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Fecha: 19-Ene-15 « Anterior | Siguiente » en Parodias

La Bella Durmiente.

Nokomi
Accesos: 23.016
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 26 min. ]
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Adaptación Erótica del clásico cuento inspirada en sus versiones originales. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Nota: Esta es una parodia erótica del clásico cuento “La Bella Durmiente”. Tal vez ya hayan leído adaptaciones eróticas de este cuento (no lo sé, no me puse a buscar si las había); pero considero que cada escritor/a tiene su propia forma de narrar, sus propia forma de ver y comprender cada historia y sus propias ideas. Esta es una versión “Nokomi” del cuento. Para escribirlo me inspiré en dos versiones del mismo:

“Sol, Luna y Talía”, de Giambattista Basile. Ésta es la primera versión conocida del cuento, la cual es bastante macabra y oscura; dista mucho de ser un “cuento de hadas”.

“La Bella Durmiente del Bosque”, de los hermanos Grimm. Ésta versión se parece un poco más a la conocida popularmente.

Advertencia: Este relato contiene Amor Filial.

La Bella Durmiente.

Nos han contado historias sobre algún lugar lejano, habitado por seres que maravillarían a los más grandes sabios, en el que existía un lujoso castillo capaz de embelesar a quien lo viera. Se nos ha contado que en ese castillo habitaba un Rey benévolo y piadoso, al que sus plebeyos admiraban y servían con efusión; pero no todo lo nos han contado ha logrado convencernos. Tal vez aquellos que posean una grácil imaginación puedan creer en hadas y duendes que nos brindan su ayuda desde los rincones que escapan de nuestra vista; sin embargo puede que les cueste más creer en un Rey justo, honesto y solidario, que sea capaz de hincar una rodilla en el suelo y colocarse a la altura de sus siervos.

Este Rey en particular distaba mucho de lo que las leyendas nos contaban, o pretendían hacernos creer. Su mayor anhelo era noble, tan sólo quería tener un hijo que continuara con su legado; pero ofuscado por los fracasos merodeaba por sus dominios descargando su ira a quien se cruzara a su paso. Espaldas se arquearon bajo el agudo latigazo de una fusta; mozos y cocineros tuvieron que arrodillarse e ingerir los platos preparados directamente desde el suelo; siervas se lamentaron de sus errores y los pagaron con pellizcos en los pezones y tirones en el cabello. Tan solo una persona en todo el reino escapa be los abusos de este Rey poco benévolo, su amada Reina, la mujer que había elegido para que durmiera en su lecho.

“Si un hijo es lo que quieres, amado Rey mío, tendrás que montarme como un hombre y dejar tu fruto sagrado dentro de mi vientre”, le decía su amada esposa. El Rey podía blandir una fusta, podía dar patadas en las costillas de sus mozos y podía dejar morados los pezones de sus sirvientas; pero levantar lo que le colgaba entre las piernas escapaba a sus posibilidades. La Reina lo había intentado por todos los medios: utilizó sus manos con destreza; le brindó el la húmeda calidez de su propia boca; recurrió a las siervas más jóvenes y bellas, las desnudo ante su Rey y lo invitó a compartir su lecho con ellas. Él amaba ver a su Reina desnuda entre otras mujeres, y que cada una de ellas le diera placer usando su lengua. Ella gozaba de sus propias ocurrencias a pesar de que éstas no dieran frutos; pero las desilusiones se fueron acumulando y su amado perdía las esperanzas.

La tragedia que al Rey acontecía llegó hasta los oídos de un alma bondadosa. Una anciana que conocía los secretos de las plantas y hierbas y con ellas elaboraba fuertes pócimas. Le ofreció un, algunos frascos a su Reina, le aseguró que si su adorado bebía de alguna de esas pequeñas botellas, su virilidad renacería. La Reina se deshizo en agradecimientos y rogó porque le ponga un precio a aquellos milagros brebajes; pero la anciana aseguró que ver a su Rey feliz era el mejor pago que podía recibir, explicando con esto, de forma sutil, que sólo pretendía que finalizaran los abusos de ese malnacido.

Esa misma noche, la Reina esperó a su amado sin ropa alguna que cubra su esbelto cuerpo, ésta la miró como quien mira a una cabra que está parada en lo alto de una roca solitaria; apetitosa pero inalcanzable. Su esposa se le acercó con galantería y le ofreció una de las pequeñas botellas de rojizo brebaje que había obtenido de la anciana. “Bebe esto, amor mío, y serás un verdadero macho cabrío”. Asombrado y esperanzado, el Rey bebió hasta la última gota. El efecto no se hizo esperar, un olvidado palpitar se apoderó de su entrepierna, se despojó de su vestimenta como quien se despoja de las cadenas que lo hacían prisionero. Por primera vez en mucho tiempo vio su masculinidad erguida y una libidinosa sensación se apoderó de todo su cuerpo.

Poseyó a su Reina en cuanto la arrojó en la cama. Ella lo esperaba húmeda, con la vagina ya dilatada. “Llena mi vientre, corazón mío, llenalo y seremos tan felices como aquellos que se jactan de comer perdices”. El Rey pudo recordar lo que era el verdadero poder, el poder de poseer a una dama y hacerla gritar de placer. Los alaridos de gozo de la Reina resonaron en todo el castillo, esa noche los mozos también festejaron y muchas sirvientas fueron felizmente poseías. El rígido garrote del Rey se movió libremente en esa funda femenina, la enterró hasta donde sus testículos se lo permitían y descargó dentro hasta la última gota de ese blanquecino y espeso líquido que tanto tiempo llevaba acumulándose sin encontrar una salida. La bella Reina gozó de la calidez que estos jugos le proporcionaron, tuvo la certeza de que esta vez lo conseguirían, tendrían ese hijo que tanto tiempo habían deseado.

A pesar de su inmensa satisfacción, la lujuriosa sed del Rey no había cesado. Penetró una vez más a su Reina y ella con lo recibió con la misma algarabía de la vez anterior. Las acometidas de ese macho cabrío fueron tan decididas y firmes como lo habían sido en los mejores años de su juventud. Las piernas de la Reina se sacudían en el aire como si estuvieran saludando a la providencia que le prometía que día siguiente todo el reino conocería a un verdadero Rey benévolo.  

Todo parecía perfecto, pero la Reina descubrió que cada brebaje, por bueno que sea, viene con algún efecto secundario. La lujuria de su Rey parecía no tener fin, una y otra vez la tomó como mujer y cuando su vagina ya le dolía, éste la hizo voltear boca abajo. En cuanto ella conoció las verdaderas intenciones del hombre, que hincaba con su miembro aquel hueco indebido le dijo: “Amor mío, por allí no se hacen los hijos”, a lo que él contestó: “Por aquí se hacen las rameras, y tú serás la mía”.

El Rey no desistió ante las negaciones de ese pequeño agujerito, lo forzó y lubricó hasta que su amada conoció lo que se sentía al ser penetrada como una sucia ramera. Nada pudo hacer ante la fuerza de su hombre, cedió su trasero e intentó olvidarse del dolor. Tantas acometidas fueron abriendo la senda del placer y llegó a tal punto que ella misma pudo disfrutar a la par de su Rey. No importaba lo que él dijera ni por dónde se la metiera, ella seguía siendo una Reina y como tal merecía disfrutar de estos placeres prohibidos... es más, de haberlo sabido, los hubiera exigido.

Las velas que alumbraban su noche de amor se fueron derritiendo, en cuanto el Rey se dio por satisfecho, retiró lanza del ano de su mujer y admiró su obra: “Por allí cabría toda la botella del brebaje que me has dado de beber”, le dijo, y antes de caer en el mundo de los sueños, le demostró a su adorada que estaba en lo cierto.

La algarabía se apoderó de todo el reino cuando se anunció que la Reina estaba en cinta, esto trajo regocijo a todos por igual ya que entre susurros se anunciaba que los crueles abusos del Rey terminarían. Veinte semanas pasaron desde la gesta y el Rey decidió organizar una ostentosa fiesta. Invitó a las duquesas más hermosas y a los duques más poderosos y acaudalados de su reino y alrededores. Al castillo también concurrieron trece gitanas, escogidas las más jóvenes y bellas, que serían las encargadas de predecir el futuro de la hija no nata del Rey y la Reina.

El banquete dio inicio, hubo cordero, cerdo y la Reina pidió explícitamente que quería cenar perdiz. Vino del mejor llenó copas a raudales. Canciones y versos de juglares alegraron la mesa. Cada quien ofreció valiosos regalos, hubo joyas, mantas bordadas con hilo de oro y un gran espejo traído de tierras lejanas que llamó la atención de quienes querían ver por primera vez sus rostros; pero el duque que trajo este preciado regalo afirmó que en ese espejo solamente se vería ilustrado el rostro de la hija de los reyes, estuvieron de acuerdo con esto y nadie miró allí su propio reflejo.

Todos sonreían y brindaban por el vientre de la Reina y el Rey, quien había bebido hasta el hartazgo, quiso mostrarle a su selecto grupo de invitados la obra que tanto lo enorgullecía. Hizo poner de pie a su amada, acarició su redonda panza y le pidió a los presentes que prestaran atención, acto seguido desnudó por completo a la Reina, mostrándola en toda su desnudez, su barriga redondeaba descansaba sobre un colchón de vellos dorados. Al principio ella sintió pena, pero luego el orgullo la consumió, todos aclamaban su belleza y la felicitaban, el Rey invitó a cada uno de los duques a acariciar el vientre su esposa, ellos habían bebido tanto como el propio Rey y más de uno se tomó el atrevimiento de sentir bajo sus dedos el jugoso gajo que la Reina tenía entre las piernas. Que acaudalados duques la tocaran sólo le provocaba algarabía, todos eran poderosos y tenían ejércitos a sus pies; pero ninguno estaba por encima de ella.

Sin que nadie se percatara de ello, el Rey bebió de una pequeña botella que guardaba entre su ropa. Bastó solo con ver como acariciaban a su adorada para que el monstruo viril que dormía en su entrepierna despertara. Se despojó de su capa y el resto de su ropaje y vociferó “En honor al hijo que mi esposa espera haré correr sangre y pondré fin a la inocencia”. Acto seguido tomó del brazo a una joven y hermosa sierva, que lo miró con sus ojos color canela presa del miedo, pero no se opuso a los designios de su emperador. Éste le arrancó toda la blanca ropa, mostrando un cuerpo redondeado, tierno y entrado en carnes que sólo poseen aquellas mujeres que han visto apenas dieciocho primaveras. Introdujo sus dedos por la femenina cavidad de la joven para cerciorarse que nadie la había invadido, en cuanto estuvo seguro de esto, la desvirgó sobre la mesa.

Todos aplaudieron y rieron, hasta la Reina se sintió honrada ya que no había sido olvidada, aún había dedos que se atrevían a penetrarla. Su Rey embistió a la bella joven con tanto ímpetu que la hizo gritar, pero aquellos que conocían de los placeres carnales supieron que no eran gritos de dolor, sino de puro placer. Los voluptuosos pechos de la muchacha se sacudieron al ritmo de su cuerpo. Recibió a su Rey con orgullo, ya que esa era la misma verga que se metía por el cuerpo de la Reina.

Mientras se deleitaba con la tierna carne de la sierva el Rey se dirigió a un mozo joven y vigoroso “Tú, muchacho, métesela a la Reina, y hazlo bien si no quieres que te corte la cabeza”. El sirviente sólo mostró desconcierto, no supo qué hacer, pero no quería ver su cabeza rodar ante el filo de un hacha, por lo que dejó de lado su vergüenza y se desnudó ante todas las miradas atentas. La Reina quiso negarse, pero no quería ir en contra de su Rey, desacreditarlo frente a sus vasallos más poderosos sería lo mismo que la traición. Con mucha educación y cortesía el mozo le pidió que se sentara en un cómodo y tupido sillón, luego tomó sus piernas y le clavó su gruesa estaca ante los vítores de los duques y duquesas. La humillación se hizo presente en los pensamientos de la Reina, ya no era un hombre poderoso quien invadía su cuerpo, sino el prescindible hijo de un porquero; pero poco a poco fue notando que cada una de las embestidas del muchacho equivalía a cuatro de su esposo. Era como follar con un toro. Entonces comprendió la Reina que su problema no era que él se la metiera, sino tener que estar debajo. Le ordenó al muchacho que se retirara, le dijo que ella era quien debía montarlo. Intercambiaron lugares y la Reina volvió a meterse ese duro falo entre las piernas.

Los duques y duquesas no querían quedarse afuera de la fiesta. Uno a uno fueron quedando tan desnudos como el Rey y la Reyna y dieron rienda suelta a su lujuria. “¡Que nadie toque a las gitanas!” ordenó el Rey con su estruendosa voz, “Yo mismo les daré, a cada una de ellas, toda mi virilidad, para que traigan a mí, a mi familia ya mi reino, predicciones favorables”. Palabras de aliento llegaron a los oídos del supremo cuando dejó de lado a la ya saciada jovencita de pechos dulces y tiernos para poseer a la primera de esas hermosas gitanas. Para ellas era todo un placer ser montadas por un Rey, no por cuestiones de orgullo u honor, sino que creían que alguna de ellas podría correr la suerte de quedar preñada y luego pedir retribución al Rey por estar criando en secreto uno de sus bastardos. Al ser penetrada, la primera, llevó al cielo agudos gritos de placer, exagerando la habilidad del Rey, quien honrado le dio con todas su fuerzas.

Para la Reina también hubo deleite en exceso. Un ebrio duque le ofreció su duro tronco y ella, con regodeo, lo introdujo en su boca y le demostró a ese hombre de lo que era capaz una buena soberana. Si su Rey pretendía poseer a cada una de las gitanas, entonces ella se saciaría con cada uno de los duques. Exigió que uno la penetrara por su trasero, algo que parecía impropio de una reina; pero que ella gozó incluso aún más que con la verga de su marido. Tuvo llenos sus tres orificios con aquel instrumento masculino que tanto le agradaba y a medida que los duques eyaculaban, iba pidiendo a las duquesas que la limpiaran. Ellas usaban sus lenguas sobre su ama, sorbían cada gota de esperma con pasión. El jolgorio era tal que nadie se percató que el Rey había agotado todas sus fuerzas hasta que una de las gitanas se quejó.

Las miradas fueron acaparadas por la gitana que maldecía. Le pedía al Rey que despertara nuevamente su hombría, ya que ella esperaba, desnuda y con las piernas abiertas, a ser poseída. El soberano afirmó que ya no tenía energía para continuar, había saciado a doce de las gitanas más hermosas que deambulaban por su reino, y había vaciado sus testículos en la vagina de la doceava. “¡No seré la única que se quede sin ser montada!”, bramó la muchacha; pero nadie hacía caso a sus quejas, las burlas hicieron mella en su orgullo. “Si quieres llevarte algo de la blanca leche del Rey, puedes beber de la que sale entre mis piernas”, dijo la doceava gitana tomando de la cabeza a su compañera y obligándola a pegar la boca contra su almeja.

La ofendida gitana se repuso con la cara salpicada por el espeso semen del Rey y fue allí cuando tramó su venganza. Buscó sus pertenencias en el suelo, extrajo de los infinitos bolsillos de su vestido lo más extraños utensilios e ingredientes, los distribuyó sobre la mesa y tomó parte del esperma del soberano y lo mezcló con los objetos extraídos. Algunos contarían luego que oyeron voces tenebrosas, otros afirmarían que todo se puso negro, hasta habría quienes jurarían que pudieron rostros endemoniados flotando en el aire, las versiones variaría; pero todos estarían de acuerdo al repetir la sentencia dictada por la gitana. “Al cumplir dieciocho años, tu hija, porque hembra será, se pinchará un dedo con el huso de un hilar y caerá muerta en el acto”. A continuación la colérica mujer recogió su ropa y se marchó en busca de algún hombre que fuera capaz de quitarle el calor que invadía su cuerpo.

El temor del Rey y la Reina llevó a suplicar a las gitanas restantes para que intervinieran, no podían permitir que el fruto de su amor muriera a tan temprana edad. La doceava gitana, conmovida, se apresuró a realizar un contra conjuro. También utilizó el semen del Rey, que aún manaba entre sus piernas. Consultó runas y huesos, arrojó polvos y conversó con almas sabias del otro mundo, consultó con demonios y alimañas; pidió consejo a espectros y ánimas en pena, todos aguardaron expectantes hasta que la joven habló: “Nada he podido hacer para anular el hechizo, su alteza; pero conseguí modificarlo levemente, su hija no morirá al pincharse con el huso de una hiladora, sino que caerá en un profundo sueño que durará cien años”.

El Rey tampoco podía aceptar este destino para su amada hija, por lo que ordenó que se destruyera hasta la última hiladora de su reino. Hubo quejas ya que el designio que aguardaba a la princesa se guardó como el más sagrado secreto de la corte; pero nadie puede esconder una hiladora sin que esta sea descubierta en poco tiempo, y muchos temieron ver rodar sus propias cabezas y las destruyeron a voluntad.

Dieciocho años había cumplido ya la hermosa Talía y las hiladoras fueron olvidadas por el pueblo. La joven muchacha era feliz admirando su belleza en el ostentoso espejo que le habían regalado antes de su nacimiento. Se maravillaba de su propia sonrisa y se enamoraba de sus ojos almendrados. Estaba segura que no existía ni moza ni duquesa que la igualara en belleza. Los hombres la admiraban y los más poderosos y acaudalados se deshacían en súplicas para tomar su mano en matrimonio; pero ella disfrutaba jugando con ellos y no permitía que nadie la hiciera su esposa, según las palabras de su propia madre, tendría tiempo para eso. La princesa era solidaria, pero cruel. Permitía a sus enamorados acariciarla, no oponía objeción si alguno quería besar su cuello y acercar su hombría a las curvas de su cuerpo; pero si alguno pretendía poseerla o besarla en la boca, los juegos terminaban de inmediato. Uno de sus mayores placeres, para matar el aburrimiento, consistía en unirse a los baños de tina caliente que se daba su amado padre. Él era el único hombre en toda la corte que tenía permitido admirar su desnudez. No hubo baño de tina compartido en el que el Rey no se fuera con su masculinidad erguida y allí la joven aprendió que tan solo algunas caricias en ese gusano que dormía, bastaban para despertarlo. Otro de los permisos que concedía a su adorado padre era dejarlo explorar su tierno cuerpecito con los dedos. El soberano jugaba a hacerle cosquillas, a pellizcarle quedamente los pezones, a besarle con deleite las redondas y blancas nalgas, a hurgar con su lengua en la virginal cavidad de su hija. 

La Reina no desconocía estos perversos juegos en la tina; pero los ignoraba ya que aprovechaba el tiempo libre que éstos le daban para exigirle a alguno de sus viriles mozos de escuadra que la montaran, tanto por delante como por detrás. Esta es la vida de los cuentos de hadas con la que ella había soñado, podía vivir feliz y su reino, en apariencia, también lo estaba; sin embargo todo cuento de hada tiene su fin, y éste en particular no termina con un “Fornicaron felices para siempre”.

Una fatídica tarde en la que la princesa Talía vagaba por el inmenso castillo, halló una puerta que hasta entonces había pasado desapercibida. Se preguntó que habría dentro, al asomarse vio penumbras y una pálida luz de vela alumbraba a una dulce viejecita. La princesa la saludó con cortesía y le preguntó qué estaba haciendo sola en aquel húmedo y abandonado cuarto, “Estoy hilando, querida mía”, le respondió la dulce viejecita. “¿Qué es eso que llamas hilar?”, preguntó Talía dejándose llevar por la curiosidad. “Acércate, dulce princesa, permíteme mostraste las maravillas que se pueden hacer con una hiladora”. La muchacha se acercó, ignorando que aquella que se hacía pasar por una dulce anciana no era otra que la gitana que había puesto una cruel sentencia en su destino. En cuanto la princesa tocó la hiladora, una aguja le pinchó el índice y se desvaneció al instante, sin tener tiempo siquiera de comprender lo que le había ocurrido.

Talía cayó en el más profundo de los sueños, llevándose a todos los que habitaban en el castillo con ella. Una sierva que barría cayó con todo el peso de su cuerpo, inerte sobre la escoba. Las aves que volaban por los límites de la fortaleza se precipitaron hacia el suelo. Perros, puercos, corderos y ganado, nadie era inmune a tan poderoso encantamiento. La Reina, quien gozaba una vez más, al ser montada por su amado soberano, también cayó rendida y su esposo con ella. El castillo se sumió en silencio y todo quedó inerte; pero la única que dormía era la princesa Talía.

Mientras los incontables cadáveres se pudrían, una inmensa muralla de rosas y espinas comenzó a crecer alrededor del castillo. En un principio nadie quiso acercarse a él, por temor a la maldición que había exterminado a todos los que lo habitaba, pero cincuenta años después ni el más intrépido de los caballeros podía abrirse paso entre tan espesa maraña de espinas. “Es el castillo más hermoso del mundo, pero también el más peligroso”, afirmaban quienes contaban su leyenda.

Jóvenes arrogantes, seducidos por hipotéticas riquezas, intentaron invadirlo. Los primeros pasos eran sencillos ya que las rosas eran engañosas. Aguardaban pacientemente hasta que sus víctimas se adentraban tanto que les resultaba imposible regresar. El cerco de espinas parecía volver a cerrarse detrás, pero la verdad era que cada uno de los que entraba se sumía en una desesperación tan profunda que perdía el sentido de la orientación, llegaban a los sitios donde la vegetación era tan espesa que los dejaba naufragando en la oscuridad. Terminaban enloqueciendo por la inmensa cantidad de espinas que rasgaban sus cuerpos, la sangre les brotaba sin darles descanso. Ninguno de los que ingresaba volvía a encontrar la salida y eran llorados por aquellos que los habían alentado.

Un agradable día de primavera, Sir Tomas, un acaudalado señor, viajaba solo a caballo, explorando las tierras que circundaban al castillo con la esperanza de encontrar quien se las vendiera. Creyó que sus ojos lo engañaban cuando vio tan inmensa construcción rodeada de rosas y espinas. Todo era verde y rojo y olía como debería oler la vagina de las hadas. Un grito de agonía arrancó de sus ensoñaciones al Sir, agudizó sus oídos y dirigió a su caballo hacia el sitio de dónde provenía el ruido. Cuando le fue imposible continuar a caballo, se apeó de él y marchó a pie, esquivando ramas, rosas, hojas y espinas. El agónico murmullo se fue acercando a él; pero cuando encontró el hombre que se quejaba, supo que había llegado demasiado tarde, éste estaba atrapado por el tupido rosal y blandía una lujosa espada que de nada le servía ya que tenía el brazo inmovilizado. Sir Tomas se apoderó de la espada y evaluó la situación con calma, si ese joven falleció víctima de las rosas, a él podría pasarle lo mismo; pero él contaba con una ventaja, no era un adolescente obstinado y soberbio, él conocía de peligros verdaderos y sabía perfectamente que el exceso de confianza era la guillotina de los intrépidos.

Sin prisa y con calma, avanzó hacia lo incierto, empleando la espada para abrirse camino. Él sabía que tan solo contaba con tres posibilidades: encontrar la salida, llegar al castillo o morir, al igual que aquel desafortunado joven. Las probabilidades estaban en su contra, pero su perseverancia lo llevó hasta donde ningún hombre había llegado. No se trataba de la puerta principal del castillo y agradeció que así fuera, ya que esa debería estar fuertemente fortificada, lo que halló fue una pequeña rendija, un hueco en la pared de piedra abierto por la fuerza de la vegetación. Se coló dentro y pudo comprobar que estaba a salvo, al menos por el momento.

Deambuló por el abandonado castillo y no pudo hallar otra cosa que no sea polvo y huesos. Todo allí parecía haberse perdido en el olvido, era un cementerio en el que nadie había recibido la sagrada sepultura. Por extraño que pareciera, ni siquiera los más pequeños roedores vagaban por allí. Mientras más se adentraba más se convencía de que él era la única criatura viviente en ese sitio. Mantuvo esta idea hasta que la casualidad lo llevó hasta un dormitorio en lo alto de una de las torres. La luz del sol de la tarde se colaba por la ventana, alumbrando directamente a lo que él creyó como otro cuerpo sin vida; pero este cuerpo distaba mucho de los derruidos huesos que había pisado. La joven de inmensa belleza parecía suspendida en el tiempo, su cuerpo conservaba la frescura de su piel intacta. Sir Tomas pensó que tal vez ella, de alguna forma, había quedado atrapada allí dentro poco tiempo antes que él. Carraspeó y aclaró su voz antes de saludarla gentilmente, pero la jovencita no se movió. Se le acercó con cautela, no porque le temiera, sino por no querer espantarla. Le tocó suavemente un brazo, constató que aún estaba tibio. Ella no despertó. La sacudió levemente, pero no hubo respuesta. Intentó por muchas maneras despertarla, pero terminó convenciéndose de que la radiante joven no despertaría. Luego recordó las espinas de rosas y pensó que tal vez ella había caído presa de algún veneno que le afectaba de forma diferente.

Un día entero pasó allí dentro, consumiendo las reservas de alimento que cargaba consigo mientras admiraba la belleza de la muchacha. Un desquiciado deseo lo fue invadiendo a medida que el tiempo pasaba. Los últimos días compartiendo el lecho de una mujer habían quedado muy atrás y aquella inmóvil jovencita le mostraba sus pantorrillas. “Sólo echaré un vistazo”, se dijo para darse valor. Pero tan solo un vistazo le bastó para perder la compostura. Un tupido manto de finos vellos dorado lo cautivó. Entre las piernas de aquella hermosa joven lo aguardaba la más hermosa puerta al placer que había visto en toda su vida. Su miembro se despertó, indicándole que estaba preparado para hacer lo que cualquier hombre debería hacer en esa situación; pero antes de liberarse a la lujuria, decidió explorar un poco más aquella encantadora cavidad. Olfateó perfume a rosas entre los suaves vellos y se dijo que ese era la tierna almejita de un hada... o un ser incluso aún más maravilloso. La acarició con sus dedos y descubrió que no todo en el cuerpo de aquella preciosura de mujer dormía. Un incoloro jugo comenzó a fluir por los pliegues de esa carnosa grieta. Sir Tomas supo entonces que, desde sus sueños, ella le pedía que la poseyera. Se arrojó con toda su virilidad sobre ella y, olvidando los protocolos dignos de un Sir, la penetró. Con la segunda embestida comprobó que aquella delicada muchachita era virgen. Sir Tomas no cabía en su asombro ni creía en su inmensa fortuna, la providencia lo había designado para ser el primero en conquistar el sexo de la mujer más hermosa que existía.

Con pasión y desenfreno hizo suya a la jovencita. Arremetió enérgicamente contra su apretado coño y fue abriéndolo hasta que su erecto mástil cupo completo y pudo moverse de adentro hacia afuera con gran facilidad. Ella continuó inerte, sólo podía oír el suave murmullo de su respiración y se extasiaba cuando creía escuchar algún exquisito gemido. No le bastó con poseerla una vez, ni dos ni tres. Pasó otro día completo en entre las piernas de esa mujer, descansaba en intervalos breves ya que su fin no era eyacular, sino extender su gozo tanto como le fuera posible. Succionó los pezones de la joven, lamió cada rincón de su cuerpo, introdujo su lengua en esa boca de labios color de rosa y embistió frenéticamente su hueco antes virginal.

Sir Tomas se detuvo a razonar, pensó y pensó sin parar hasta que llegó a una conclusión. Él podría vivir en ese castillo, haciéndole compañía a la dama que soñaba por él, tan sólo necesitaba encontrar una forma sencilla de entrar y salir, para no morir de hambre, preso de su propia fortaleza. Entonces trabajó. Trabajó como nunca lo había hecho en su vida. Tomó tablas de donde pudo hallaras, mesas, barriles, establos y porquerías. Con ellas formó un túnel entre las rosas, un camino protegido, que le permitiría abandonar el castillo cada vez que quisiera. Al extremo exterior lo ocultó entre el follaje, dejó señales de rocas imperceptibles para no perder la entrada y regresó a sus tierras, en busca de oro y joyas que pudiera intercambiar por alimentos.

Así fue que este Sir encontró la dicha. Vivió feliz en su castillo, junto a su amada Talía. Averiguó el nombre de la muchacha en unos de los libros de la biblioteca del castillo en el cual estaba anotada la ascendencia y descendencia del Rey y de la Reina. Talía sería el nombre que daría sentido a su vida. Pasaba horas y horas en la cama con su adorada. La penetraba, la ultrajaba y la violaba tanto como quería. Bebía a diario de los jugos que manaban de esa sensible vagina. La lleno cientos de veces con el semen que brotaba de su miembro y pronto descubrió que Talía bebía por instinto todo lo que en su boca caía.

El libidinoso Sir Tomas descubrió que por más que la sacudiera, ella no se despertaría. Podía levantarla de su lecho, y ella dormiría en su hombro o su pecho, ya no se molestaba en vestirla, sólo procuraba mantenerla limpia. Violó a la jovencita en todas las posiciones que su perversa imaginación le trajo. Un día, mientras la montaba como montan los perros, admiró ese apretado agujerito que nunca había probado. “Tú también serás mío”, le prometió a ese culito respingado, acto seguido. Lo lamió hasta dejar en él una gruesa capa de saliva y arremetió con su lanza. El placer fue tan intenso, ese orificio estaba tan apretado y resultaba tan agradable, que Sir Tomas no pudo resistir tan siquiera tres parpadeos. Lo llenó con su leche de hombre y retrocedió asustado. El espeso líquido blanco brotó fuera lentamente y Sir Tomas creyó que de volver a intentar algo semejante, moriría. Esa noche durmió y recobró sus fuerzas, al día siguiente despertó con su masculinidad erecta y toda su valentía intacta. Había llegado la hora de su revancha. Colocó a Talía boca abajo y sujetándola por los pelos le dijo “Te montaré, amor mío, aunque la vida se me vaya”. Abrió los cantos de su amada e imagino que, desde un sueño, ella se lo pedía. Clavó su estaca hasta la mitad y aguardó, su corazón aún latía y su verga de deleitaba. Estalló en risas y gozó a pleno del culo de su amada.

Pasaron años y Sir Tomas no se agotaba, en ese castillo tenía todo lo que necesitaba. Libros por montones, alimento que con su oro conseguía, y a su bella y adorada Talía. No pasaba día sin saciarse utilizando alguno de los orificios de la muchacha. Él envejecía pero ella joven se mantenía. Los años no parecían afectarle y por esto agradeció al cielo. Su regocijo sería eterno... o hasta que la muerte lo reclamara.

El vientre de Talía comenzó a hincharse, y Sir Tomas se espantó, pasaban días, semanas y meses, el estómago se expandía. “La he dejado preñada”, se repetía el hombre, como si la constancia de sus palabras podría hacer desaparecer al niño que crecía. Esto llevó a Sir Tomas al descuido y una tarde en la que regresaba de comprar sus preciados alimentos, no se percató de que alguien lo seguía. Un bandido, al que nadie conocía. Éste vio como el Sir entraba a su castillo y espero a que la noche lo ocultara para invadirlo. Siguió el túnel de madera en cual las peligrosas rosas no crecían.

El bandido encontró al mismo hombre con un niño en los brazos. Se miraron con temor y se batieron a duelo de espada. El viejo y desdichado Sir Tomas nada podía hacer ante la velocidad con la que su atacante se movía. Cayó muerto en cuanto una fría hoja le atravesó el corazón. El ladrón lleno de espanto creyó que en poco tiempo alguien lo encontraría. Revisó sigilosamente el castillo pero sólo encontró aquellos mismos huesos que un día habían sido pisoteados por Sir Tomas. En lo alto de la torre encontró a una bella muchacha que dormía, con cuchillo en mano la sacudió para que despertara, pero ella no respondió. Supuso que la joven había muerto en el parto y que el viejo dolido se había negado a deshacerse de su cadáver. Se sintió como una alimaña, un insecto rastrero, por haber dejado huérfano a ese niño. En un acto de piedad, luego de cargar un saco con oro y joyas, se llevó al niño consigo.

Nunca más este bandido volvería a pisar tan tenebroso castillo. Los años transcurrieron y crio niño como un hijo propio, sin nunca contarle quien él había sido el que asesinó a su verdadero padre. Invirtió el oro y las joyas y pudo abrir su propia posada, ésta lo hizo rico en pocos años y ya no tuvo necesidad de trabajar en toda su vida. Se casó con una bella dama y contrató a varias empleadas.

Tal vez sea porque el destino tiene sentido del humor, o porque los demoños estaban aburridos. Cuando el muchacho ya crecido, y con sus dieciocho años cumplidos, salió en una expedición de caza. El halcón que servía al joven se escapó y su dueño lo siguió. El ave de rapiña surcó los cielos hasta posarse en lo alto de una torre, debajo de esta torre se erigía un inmenso castillo rodeado por un espeso e impenetrable cerco de rosas y espinas. El muchacho se sabía valiente e intrépido, pero de haberse adentrado por cualquier sitio hubiera muerto como sus predecesores. Una nueva metida de mano de los demonios en su destino, lo llevó hasta el mismo túnel de madera que antaño había construido el padre que él desconocía.

Dentro del castillo actuó al igual que Sir Tomas en sus primeros días. Se asustó al encontrar a nadie con vida, pero un brillo de alegría se apoderó de sus ojos en cuanto encontró a la bella que dormía, sin ropa y con sus piernas separadas, esperando a su próximo amante, con el que durante años había soñado. Una vez agotados todos los intentos por despertarla, el joven llegó a la conclusión que cualquier hombre llegaría. Sacó su arma masculina y la hundió entre las piernas sin sospechar siquiera que se trataba de su propia madre, la cual había quedado suspendida en el tiempo y se mantenía tan joven y hermosa como lo había sido casi cien años atrás. El muchacho mostraba la misma lujuria que su padre, no el bandido, sino Sir Tomas, quien antes había hecho suya a esa divina muchacha que tenía un coño que olía como el de las hadas.

Mientras la embestía y se maravillaba con la calidez del hueco que lo recibía, el joven se enamoró de las manos de la bella durmiente. Las tomó entre las suyas y sin dejar de penetrarla, fue lamiendo cada dedo. En cuanto llegó al índice de la mano derecha absorbió con tanta fuerza que de él sacó la aguja que había sido la culpable del eterno sueño de Talía. No había contra conjuro que al joven protegiera. Nada impidió que cayera muerto en el acto, apenas pocos instantes después de haber soltado por primera y última vez el semen de sus testículos.

Talía despertó y miraba alrededor, anonadada. No sabía quién era ese hombre que le había penetrado, en cuanto levantó su cara recordó aquel espejo que le habían regalado. Vio en ese rostro el suyo, sus rosados labios, sus ojos de avellana, su nariz respingada. “Hijo mío, ¿qué haces aquí?”, le preguntó. Todo era tal y como ella lo recordaba, su castillo, su hijo al que tanto amaba, pero no había rastros del Rey con el que había contraído matrimonio, ni de sus plebeyos. Todo estaba cubierto de polvo, como si hubieran pasado años sin que nada se limpiara. Intentó despertar a su hijo, pero este no respondía. Aterrada corrió fuera de ese cuarto y bajó por la larga escalera de la torre. Vio huesos, libros viejos y rosas que cubrían los exteriores. En nada se parecía al castillo que ella recordaba. Buscó su espejo y no comprendió por qué se veía joven. Ella recordaba que algunas arrugas ya se habían hecho presentes en su rostro. Recordaba vivamente a su amado Sir Tomas, pero no había rastros de él por ningún sitio. ¿Dónde estaba su amor, quien a su lado reinaba? Presa del miedo corrió dando gritos, pero nadie respondía a su llamada. Se detuvo súbitamente y estalló en carcajadas. “Esto no es más que un sueño”, se dijo sin dejar de reírse.

Subió a lo alto de la torre, admiró a su hermoso hijo. Se tocó el sexo en el que semen abundaba. Lo lamió y se enamoró de su sabor, sonrió con ternura. Se acercó al muchacho y lo besó en los labios. “En cuanto despierte, hijo mío, te acompañaré en tu lecho”. Giró hacia la ventana la abrió, se puso de pie en el marco y miro hacia sus tierras. “Yo soy la reina de todo esto, y mío todo volverá a ser cuando despierte de esta horrible pesadilla”. Se arrojó al vació y volvió a sumergiese en un profundo sueño, pero la bella Talía no volvería a soñar Jamás.

Fin


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