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Fecha: 03-Dic-15 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Una cogida con alas y sin piernas

THECROW
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Tiempo estimado de lectura: [ 23 min. ]
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"Un espectáculo dantesco" fue su título original, publicado en el año 2005. Corregido. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

 

- Esto es un espectáculo dantesco- exclama Victoria a la salida de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, frunciendo el ceño y llevando una mano hacia su nariz. Se aferra a mi brazo, apoya su rostro sobre mi hombro y observa con desprecio como cinco niños menores de doce años se trepan a una montaña de bolsas de basura en busca de lo que sería su cena. Apresura el paso para alejarse lo antes posible de aquella imagen que tanto le molesta y en su apuro clava uno de sus tacos aguja entre dos baldosas Esto es un espectáculo dantesco, qué desagradable.

- ¿Desagradable? ¿ves a unos niños harapientos y hambrientos y solo dices que es desagradable? Ten un poco de respeto – repruebo su tono despectivo – Allí está el futuro comiendo de las sobras, revolviendo la basura. Allí están los últimos latidos de nuestra esperanza como sociedad. Cuánta impotencia. Cuántas ganas de patear el puto tablero. Dan ganas de llorar – completo mientras uno de los niños lleva a su boca un trozo de pan salpicado con alguna salsa roja.

- Sí... qué ganas de llorar... y qué rabia. Estos zapatos me costaron quinientos dólares. ¿Entiendes?, quinientos fucking dólares, dir – solloza y se acomoda un mechón de cabello platinado que caía sobre su ojo izquierdo.

- No te das cuenta de nada, ¿no? Son niños, por el amor de Dios, algún día serás madre, muestra un poco de respeto, por favor – me muestro indignado ante su frivolidad, una marca registrada de su personalidad.

- Sí mi amor, me doy cuenta. Acaso ¿tú no te has dado cuenta que estos zapatos me costaron quinientos dólares? Quinientos malditos dólares. Por Dios y todo el santoral. Malditas calles de esta maldita ciudad y sus malditas baldosas – remata mientras se aferra más a mi brazo.

Hace más de un año que Victoria pretende dejar de ser una niña caprichosa y superficial, hija de padres dueños de media provincia que le dieron todo. Para ello tomó medidas tales como leer a los grandes autores de la literatura, ir a cuanta obra teatral se le cruzara en el camino, conocer a otro tipo de personas "más cultas" Intenta erradicar la liviandad exasperante con la que trata al mundo pero nadie puede nadar contra su propia naturaleza. Interiormente lo sabe. Victoria es incorregible. Perfecta en cada curva, cada línea, cada pliegue. Unos senos perfectos, un culo digno de un cuadro y las piernas más bellas. Hermosa por donde se la mire hasta que emite una palabra y todo se cae como un castillo de naipes en medio de una tempestad.

- Mi amor, hoy no quisiera llegar tarde a mi casa. Mañana debo asistir a una entrevista y necesito con extremísima urgencia darle a mis cabellos un cariñito con un baño de crema. Míralo, siento que está reseco y triste – se toma una coleta de cabello y frunce el ceño - No te molesta, ¿no? – sonríe con los ojos inmensos, tan celestes como un día de primavera - Seguro no te molesta… si es que tú eres hermoso – y se aferra a mi brazo apretando su rostro en mi hombro.

- ¿Molestarme? ¿por qué me molestaría que debas ir temprano a tu casa justo en el festejo de nuestro aniversario? – muerdo mi labio inferior - Amor, si es que soy hermoso, un alma luminosa, un príncipe encantador, jamás podría enojarme por semejante nimiedad-  ametrallo con sarcasmo, un sarcasmo que ni en mil años entenderá,  y llevo la mirada hacia uno de los niños ¿Cuál será el resultado de tanta desesperanza? ¿qué nos ha llevado como sociedad a este abismo de nadas? Claro, la palabra desesperanza no existe en el diccionario de Victoria, para ella desesperanza es una marca de cremas hidratantes ricas en vitaminas. Su egocentrismo no la deja ver más allá de su nariz y eso es mucho decir, a veces creo que ni siquiera puede verse la punta de la nariz. Nunca nota el dolor ajeno y lo peor es que no le interesa, no forma parte de su realidad, lo desecha como está desechando mi molestia.

Un beso sobre los labios de esos a los que llaman “picos”, tan frío como nuestra relación, larga y sin sentido. Tres, a lo sumo cuatro sonrisas y es que, según ella, en demasía arrugan el rostro y para culminar la escena “romántica” una caricia en la mejilla, como las caricias de mamá cuando le decía algo gracioso y le causaba ternura - No me toques el cabello, te he dicho que lo tengo hecho un desastre, mi amor. Sabes que no me gusta, plis. Bueno, nada, no puedo esperar mucho más, ya es demasiado tarde, tengo que irme - levanta el brazo derecho para detener el primer taxi que viene hacia nosotros y con la lucecita roja de “libre” - Nos hablamos mañana, hermoso. Bai. Te amo - y sube llevándose su sonrisa medida, su cariño que no amor, su pasión deslucida y rancia.

- Sí, nos hablamos mañana - es lo que alcanzo a balbucear antes que la puerta del taxi se cierre con un ruido sonoro - Te amo - agrego con la idea que lea mis labios. Iluso ¿Quién me dijo que daría la vuelta para verme y regalarme un beso lanzado al aire? No sea cosa que se le arruguen los pómulos y el culo.

Comienzo a caminar hacia la avenida principal pateando latas de cerveza, filtros de cigarros, bollos de papeles y haciéndole goles a los arcos imaginarios de la soledad. La noche porteña es el sitio ideal de los enamorados. Sonríen el excedente de sus latidos, se pierden en los ojos de su otro yo, incluso más allá de ellos ¿Es que el amor ha decidido salir a la calle justo cuando me dejan de a pie? ¿Se han complotado contra mí todos los enamorados de esta puta ciudad? Solo falta fondo musical para que mi sensación de abandono y soledad sea épica. Pero seré realista, no se trata de ningún complot ni nada parecido, solo que en las otras noches ignoro las felicidades ajenas para no desnudar la infelicidad propia.

- Hey, flaco – un alguien tras las sombras de una esquina me llama y aunque sé que es conmigo, decido hacer caso omiso. Seré sincero, si hubiese estado seguro de quien me llamaba otra sería la historia pero sé que se trata de un indigente y a estas horas da mala espina ¿Vivir en la calle te hace delincuente? ¿revolver la basura en busca de la cena te quita el mote de ser humano? Seguramente no,  pero vivir al margen del sistema, lejos de los parámetros del consumismo y a merced de los despojos de deja la gran ciudad, te convierten a la vista de todos en un delincuente por necesidad en potencia. Además, los que pagamos impuestos y tenemos donde dormir tememos mirarle la cara a esa miseria que nos rasguña la espalda y de la que nadie está exento. Nos molesta pensar que podríamos ser ellos. Nos lastima la realidad. Pesa verle los ojos a la pobreza y evitamos ese “espectáculo dantesco” acelerando el paso y estrellando la vista en alguna vidriera con maniquíes delgados como lombrices y miradas muertas que no dicen nada.

- Tú, el de la camisa blanca, sé que me escuchas – levanta la voz mientras me apunta con su dedo. A estas alturas no voy a esperar que insista. No sea cosa que terminemos jugando al gato y el ratón. Sonrío y me dirijo hacia él. Es mejor ocultar los dientecillos blancos de caniche doméstico ante un lobo hambriento que enfrentarlo Sabía que me estabas escuchando ¿Tienes un cigarro? – al acercarme descubro que aquella sombra es un tipo de casi dos metros de altura, andrajoso, ojos oscuros como la noche y la voz similar a un choque de aviones.Su sobretodo negro se desparrama sin complejos por el suelo y un gorro de lana con una hoja de marihuana bordada cubre la mugre de sus cabellos que de estar limpios serían rubios.

Me aproximo lentamente con el paquete de cigarros en una mano y el culo en la otra. Diviso detrás de la montaña viviente un bulto del que sobresalen unos caños cromados que alternan su brillo con una manta de varios colores. Imagino que debe ser el carro que carga la basura obtenida de los tachos del lugar. El tipo estira su brazo y toma el cigarro saliente del paquete  - Qué bueno. Como caído del cielo… un Marlboro, mi favorito - dice examinando el largo y la textura del cigarro como si se tratase de un auténtico habano cubano proveniente de las oficinas gubernamentales de mismísimo Fidel Castro - ¿Me darías otro, man?pregunta esbozando una sonrisa tan falsa como un dólar celeste.

- Son tuyos – aseguro y le arrojo el paquete que ataja – Que los disfrutes – remato parco pero sonriente y llevo mi vista hacia esos hierros cromados. La curiosidad, ese defecto que me marca desde siempre, el mismo que me llevó a ser periodista. Como si el universo conspirara para mostrarme de que se trata, la manta de varios colores cae al suelo y descubro entre las sombras a una joven de unos dieciocho años sentada en una silla de ruedas.

- Ella es mi hermana, Soledad. Un ricachón pasado de copas no recordó que el rojo en un semáforo indica que hay que detenerse y allí la ves. Inválida, inservible y virgen – cuenta sin pena la mole humana. Soledad es una adolescente con rasgos faciales bruscos que tiene la cabeza rapada cual mohicano, un piercing en su ceja izquierda, otro en su labio inferior y un tercero en la nariz; una remera negra inmensa con la estampa de Jim Morrison en el frente y sus piernas, delgadas como ramas en pleno otoño, con las rodillas pegadas y los tobillos muy separados uno del otro. Si bien impacta la imagen de una niña sin piernas útiles y en estado de indigencia, me detengo en la inmensidad de su rostro pálido, en sus ojos húmedos y enormes, resignados, desesperanzados. Tan joven y tan vieja.

- Loco, ¿y no tendrás un porrito para compartir? - pregunta la mole apretando el anular y el pulgar. Detesto cuando me preguntan eso, como si uno llevara un paquete de porros para fumar después de una cena de negocios o para compartir una hora de humo dulce con los muchachos de la esquina. Total, seguro que nos para la policía y se suman a la fumata del viernes.

- Me pides cigarros, me pides porro ¿no quieres que te pague dos pasajes ida y vuelta a Madrid y tres entradas en primera fila para el nuevo concierto de Joaquín Sabina?Hasta podría buscar contigo hoteles cinco estrellas y si se dan dos rubias tetonas, mejor – digo sin pensar bien cuál podría ser la consecuencia de mis palabras, y todo por tener prendada mi mirada en la geografía del rostro de Soledad, ese ángel caído en la desgracia, que no es hermoso ni mucho menos pero me llama poderosamente la atención.

- Un poco de respeto ricachón, no vengas de humorista a esta parte de la ciudad porque puedo ponerme intenso y ahí sabrás cuánto pesa una noche en esta esquina. No se te olvide que no estás hablando con tus amigos de la oficina. Esta no es tu oficina y nosotros no somos tus amigos – refunfuña el grandulón mientras se rasca las bolas por sobre el pantalón.

- Disculpa, es que no fumo marihuana, al menos no en la calle, además acabo de darte lo único que tenía – me rasco el mentón y caigo en lo peligroso que es ladrarle a un lobo - Bueno, nada, disculpa… tengo que irme, que disfrutes del humo - digo tratando de enfriar los ánimos ¿Por qué será que mi orgullo jamás deja que cierre la boca ni siquiera en momentos tan críticos como éste? Al dar la media vuelta una mano se posa sobre mi hombro. La observo. Uñas largas, falanges sucias, nudillos amoratados. Esto no pinta nada bien.

- Tú te quedas. He notado como miras a mi hermana más de lo debido. Yo creo que te gusta, ¿no es así? – aquella montaña con músculos aprieta su mano en mi hombro como la garra de un águila a su presa y debo admitir que duele ¿Decirle que su hermana no me gusta? ¿qué no es atracción sexual sino pena por verla sin futuros que la esperen? El tipo reaccionaría de la peor manera y no, tampoco soy suicida. Ella solo se limita a observar con esa mirada que parece contener una tormenta que no sabe llover.

- No, no, perdona si te generé esta confusión. Nada más lejano. Tu hermana es muy bonita pero tengo novia y estoy a meses de casarme – digo con la voz temblorosa y las rodillas golpeándose entre sí. Lo asumo, el miedo me invade y con él, la inseguridad. Recuerdo aquella frase del eterno Gustavo Cerati: “Buenos Aires te mata” Espero que no.

El tipo se deshace en una carcajada mientras se toma el bajo vientre – Mentir no es lo tuyo, ricachón, ¿bonita? Vamos, que seguro te sabes mejores halagos, pero qué va, no sé porqué extraña razón pero te gusta, definitivamente mi hermana te gusta... y mucho – carcajea mientras deseo que la tierra me trague bien profundo, como hasta China - Soledad, ya tenemos un candidato para que te quite la virginidad - agrega limpiándose los ojos con el lomo de sus manos.

Por mi mente pasan miles de intentos para evitar lo inminente. Tal vez, arrancarle la cabeza con una patada voladora, aunque lo único que sepa de las artes marciales es que arte va sin hache y Bruce Lee murió joven. Quizá tomar un objeto contundente del suelo y arrojárselo en un ojo para dejarlo ciego, aunque lo único que me rodea son papeles de caramelos, ni siquiera un puto periódico con alguna noticia pesada. O la más factible, empujarlo y salir corriendo, pero como hacer caer a un elefante sino es con un cañonazo en medio de los ojos. De pronto el tipo saca de entre sus harapos una pistola plateada como la luna y larga como el Obelisco, y mi rostro palidece hasta convertirme en un fantasma, lamentablemente no tanto como para desaparecer de la escena.

- Bueno, ricachón, es hora de darle una alegría a mi hermana - dice agitando el arma hacia los costados, pasando en elipses imaginarias por mis costillas del lado derecho, mi brazo izquierdo, mi pelvis, mi ombligo, mi tetilla izquierda, mi huevo derecho. Soledad baja la mirada y se sumerge en las aguas de un silencio tan gris como su existencia. Siento pena por ella, duele ver el vacío absoluto de la muerte reflejado en los hombros caídos de una juventud envejecida por una vida que no sabe de contemplaciones. La vida es injusta con algunos, pero con otros es perra y cruel. Nadie merece estar sentado allí marchitándose pero ¿qué culpa tengo? Mis piernas son fuertes, corro una hora y media todas las mañanas, subo y bajo escaleras casi todo el tiempo porque evito los ascensores, tengo un sueldo que me permite vivir bien y una novia hermosa que me quita de las estadísticas de los solitarios, ¿eso me obliga a sentarme en el banquillo de los acusados? ¿por qué debo sentirme culpable por la carencia de quiénes no tienen lo que tengo? Sí, es evidente que la vida es perra y cruel con algunos y muy injusta con el resto.

- ¿Por qué me llamas ricachón? Vivo bien y ya, no tengo auto ni casa propia, jamás atropellé a nadie y nunca hice la vista a un lado cuando veo la pobreza. Razonemos. No creo que tu hermana haya soñado tener su primera vez detrás de unas bolsas de basura con su hermano como espectador. Merece más que eso - tiemblo como hoja al viento pero algo tengo que decir para aclarar la situación e invitar que se nos una la lógica.

 

- Ricachón, no conoces a mi hermana para decir si merece o no lo que sea. Yo digo que esta noche mi hermana tendrá su primera vez... y el arma en mi mano apoya la moción – mastica y escupe apoyando el orificio de fuego entre mis cejas – Que te quede claro, no estoy preguntando, estoy exigiendo. La noche se está acabando y con ella mi paciencia, no hagas que mi hermana tenga que presenciar como los sesos de un tipo se desparraman frente a ella - agrega empujando el caño de muerte contra mi frente.

Soledad permanece ajena a todo, con la mirada perdida en alguna “nada” ubicada entre su hermano y yo, rendida ante su destino arrollador, apagada. Y yo no tengo muchas opciones si pretendo continuar con vida. Si debo hacerlo, mientras más rápido, mejor.

- ¿Debe ser aquí?murmuro mientras pienso de que sitio de mi alma sacaré coraje para hacerlo.

- Pero por favor, faltaba más. Ahora mismo vamos a pagar un cuarto en el Hilton Hotel con yacuzzi y tres negritos que te masajeen las nalgas - vocifera escupiendo hacia un costado - ¿Ves? También puedo emplear el sarcasmo, por suerte aún nadie nos cobra por usarlo. Deberías ser más positivo. Vas a coger con una mujer que no es tu novia y por ello no vas a pagar ni un puto peso. No te estoy robando, te estoy regalando. Así que basta de rodeos o te vuelo la puta tapa de los sesos - me empuja hacia Soledad y apoya el arma en mi nuca - Arrodíllate y deja de romper las pelotas que mi paciencia no es eterna.

Me arrodillo frente a Soledad hasta quedarnos cara a cara y llevo mis labios a su oído. Sus ojos son negros como su destino. Sus labios pálidos como el mío - Soledad, estoy seguro que esto no se parece ni de cerca a lo que hubieses querido para tu primera vez, tampoco se parece a lo que yo hubiese soñado alguna vez - le murmuro – Lamento que además de tener esta imposibilidad, tengas un hermano de mierda que no te respeta.

 

- Nunca tuve más sueños que morirme y terminar todo esto de una vez y para siempre – por fin Soledad habla pero sus palabras son sombras adentrándose en sombras aún más oscuras. Su voz es apacible como el aleteo de los ángeles si es que existen los ángeles y esas palabras las más tristes que escuché en toda mi vida - Las cosas son así, no te sientas culpable de nada. Como dices, mi hermano es una mierda y su sentido de inferioridad y resentimiento lo llevan a hacer estas cosas. Por más que me niegue, su cerebrito envió una orden y no tiene retorno. Él es así. Un idiota funcional. Lo lamento por ti… imagino que tener relaciones con algo como yo no debe ser una bendición para nadie – solloza pegada a mi oído.

- Dejen de mascullar palabras y empiecen de una buena vez. Soledad, vamos que no hay tiempo, no lo entretengas que es esta noche o será nunca – apura con su arma en la mano y sus ganas de usarla colgándose de sus pestañas.

- ¿Cómo te llamas, extraño? – pregunta Soledad intentando tranquilizarme. Ella intenta tranquilizarme a mí.

Carraspeo con los nervios llevados a su máxima expresión - Mauricio... mi nombre es Mauricio.

 

- Mauricio, sé que preferirías tomar un vaso de cicuta o caminar sobre lava antes de tocarme, pero mi hermano está loco y no nos dejará tranquilos si no hacemos lo que pide. Y yo, bueno, ya me cansé de que me golpee hasta dejarme inconsciente. Si te sirve, de haber soñado como sería mi primera vez, seguramente hubiese sido con un tipo bueno y sincero, totalmente diferente a eso que ves ahí empuñando un arma - sentada en esa silla de ruedas se encuentra la sinceridad y el sentido común que todos hemos perdido entre cenas y paseos por los cómodos callejones del consumismo.

- Ya, están hablando demasiado, carajo - interrumpe el cabrón apretando el caño en mi nuca y preparando el disparo.

Cierro los ojos y trato de imaginar a Victoria, mi bella y vacía prometida. Su rostro gira en torbellinos dentro de mi cabeza. Sus escasas sonrisas, sus miradas de lado, sus roces prohibidos muchas veces demasiado prohibidos, todo su narcisismo ¿Por qué estaré enamorado de ella? ¿ realmente estaré enamorado? Victoria no es lo que soñé y muchas veces siento que no es lo que necesito y aún así decido permanecer junto a ella, a sus desvaríos emocionales, a sus superficialidades, a su falta total de pasiones. Mis labios se acercan a esos labios macilentos, desvaídos, hasta que nos convertimos en un beso. Soledad posa sus manos en mi rostro y profundiza el beso ¿Quién diría que esta niña de aspecto y vivir apocado besa tan bien? Su lengua dentro de mi boca, sus mordiscos en mi labio inferior, el aliento cálido de su respiración, el conjunto y la situación logra mi excitación.

Llevo mis manos a su espalda y con la yema de mis dedos naufrago con vehemencia en la inmensidad de su espalda. Late mi entrepierna. Pienso en mi chica y crezco en deseo y tamaño. Imagino que es su espalda blanca de catorce lunares y la aprieto contra mí hasta sentir los latidos de su corazón. Los desconozco. Estos latidos son salvajes, no podrían ser de Victoria pero quiero creer que lo son. Deben serlo. Sus dedos entrelazados en mi nuca van ganando fuerza y perdiendo altura hasta recalar en mi cintura. Acaricio su cuello, sus hombros, su pecho hasta toparme con la pequeñez de sus senos. Pechos pequeños y blandos; los de Victoria dejaron de ser pequeños luego de haber pagado miles de dólares por una operación con el mejor cirujano de la ciudad y adiós naturalidad ¿Por qué critico a mi chica en cada comparación? Quisiera que esté aquí, mirarla y sentir que estoy a salvo. Abro los ojos ¿para qué mierda abro los ojos? La realidad, dura como el asfalto, me golpea en la cara, en las pelotas y en el orgullo. Esa remera sucia con el rostro desdibujado de Jim Morrison trae en su interior a una joven rapada cual mohicano, desahuciada, derrotada, digna de desfilar entre las consecuencias de una sociedad que hace mucho olvidó de que se trata la humanidad. Y aún así, sus ojos, sus hermosos ojos son capaces de contener a todas las luces del mundo. Qué ironía.

- Ricachón, la puta que te parió, es mejor que te apures o te pego un balazo en la cabeza. Eres tan idiota como todos los que lo tienen todo, ni siquiera sabes aprovechar una cogida caída del cielo -reclama exasperado y me patea el culo.

- ¿Puedes dejar de presionarme así? Lo haré, lo haré maldita sea, solo que no es fácil para mí, estoy intentándolo y el arma apoyada en mi cabeza no ayuda, carajo –muevo la cabeza a los lados, lentamente – No es fácil, hombre, no es fácil. No se trata de sacarla y ponerla así como así, menos… - me detengo, sé que mis palabras están abriendo heridas en la pequeña inválida y no es lo que quiero.

Soledad me pierde en sus pupilas, sonríe lastimosamente de lado y su atormentada alma se derrama desde los ojos. Siento su dolor, hasta podría palparlo, es el dolor del rechazo, el dolor de los despreciados. Siente que prefiero correr desnudo sobre hielo a estar frente a ella. Siento que con el caño de un arma besándome la cabeza se hace difícil cualquier cosa.

Vuelvo a cerrar mis ojos y le planto un beso en los labios que lo devuelve apasionado. Imagino a Victoria, quiero imaginarla, pero ella no besa así, jamás sentí pasión en sus besos. Según dice, demasiados besos resecan la textura de los labios y le hacen perder el brillo natural. Siempre supe que son cosas de su narcisismo estúpido y es por ello que ni siquiera se lo reclamo. Así la conocí. Ni modo. Soledad es tan diferente, tan humana, tan frágil. De pronto, sus manos en mis glúteos y mi pene apretujándose contra sus piernas muertas. Comienza el safari de sus caricias, rodeando mi cintura hasta llegar a mi entrepierna donde aprieta con ganas. El placer es intenso, los rostros de Victoria y Soledad se entreveran hasta formar uno; las pupilas, los párpados, el mentón, las lenguas. Se pegan, se mezclan, se unifican.

Abro los ojos, nuevamente la realidad de frente. Soledad me mira con sus ojos confundidos entre el placer y la tristeza y atina a bajar su mirada - Mirame a los ojos, Soledad - tomo los bordes de su remera y halo hacia arriba. Levanta sus brazos, entregada, y la remera se desliza hacia arriba rumbo a la desnudez. Victoria desaparece en la niebla de la noche y Soledad lo ocupa todo. Ya no veo a una niña apocada e inválida. Veo a una mujer hermosa con el alma empapelándole las córneas, un ser luminoso entre llamas, apasionada, fuerte.

- Apura el tramo, ricachón. Si viene la policía te vuelo la puta cabeza - vuelve a reclamar arma en mano.

- José, acaba ya, basta de insultarlo - irrumpe Soledad asombrándonos - No se merece lo que le estás haciendo. Bastante tiene con hacerlo obligado... y con alguien como yo – sus ojos se llenan de lágrimas formando lagos oculares - Sé que no nos dejas alternativa, hace mucho entendí que eres tan ignorante que da pena, así que te pido que cierres la boca y no mires, que esto no es una porno. Ponte de espaldas que no soy una de esas putas a las que frecuentas. Soy tu hermana -  carraspea envalentonada. José baja su mirada y se aboca al silencio. Nos da la espalda pero antes me devora con su mirada y me muestra el arma. No puede creer que su hermana, un ser que se ha mostrado casi autista, lo regañe delante de otra persona. Sonrío y antes de decir algo continúo sonriendo para luego seguir sonriendo con una sonrisa enorme. Así de aliviado.

Su vientre plano, su ombligo, sus costillas marcando las huellas del hambre en su tórax, sus lunares esparcidos por la inmensidad de esa piel herrumbrosa y descuidada, el nacimiento de sus pechos pequeños, los círculos imperfectos de sus pezones en punta endurecidos por la pasión y por el frío de la brisa. Una postal erótica que no olvidaré mientras esté vivo. Mis manos son partícipes de las primeras caricias incendiadas por aquellas regiones de belleza oculta, zonas vírgenes e incólumes de roces prohibidos.

Mis labios retornan a sus labios y el beso más envidiado por todos mis besos pasados enciende la luna de la noche más extraña de mi vida. Lenguas friccionándose, bocas devorándose en deliciosa cena de placeres. Y sus pechos abarcados por las palmas de mis manos, apretándolos, magreándolos, sobándolos hasta que deshago el beso y lo rehago famélico en esos copos de nieve en punta. Neruda sería feliz con la descripción y Benedetti hasta me daría la derecha. No porque sea un poeta sino por la postal que estamos ofreciendo. Soledad aprieta los párpados reteniendo todo el fuego de su pasión. Intenta restregar su sexo contra la silla y arquea la espalda.

No aguanto más. Necesito liberarme. Soledad me vuelve loco. Sus besos, su sabor a fracaso rancio, sus curvas, sus heridas, incluso su olor que no es perfume francés ni de cerca, toda ella me enloquece. Me pongo de pie, bajo mi bragueta y dejo caer el pantalón hasta mis tobillos. Tomo el borde de esas faldas roídas por el tiempo y la pobreza, y la subo hasta su cintura. Braguitas diminutas color negras con encajes y agujeros de miseria que hago a un lado.

- Mauricio, ¿estás seguro? No sé si esto está bien, debo imponerme a las locuras de mi hermano, esto no puede seguir, será mejor que te vayas, no quiero ensuciarte la vida, no quiero ser un mal recuerdo, no lo mereces –solloza entre la excitación y la tristeza,  esa tristeza que la acompaña cada segundo.

- No quiero irme, Soledad - tomo sus piernas marchitas, separo sus rodillas y me arrodillo ante ella.

 

- Estás a tiempo, prometo que intentaré convencer a este imbécil para que deje de amenazarte y no es necesario que intentes hacerme sentir deseada por ti… seamos realistas, eso no es así – vuelve a la carga en el afán de evitar dejarme una mala marca pero si supiera que algo se encendió en mí, algo que ella provocó y me hace sentir feliz.

- Insisto, no quiero irme – susurro mientras mi pene enhiesto apunta hacia arriba. Me dejo llevar. Nunca me he sentido tan libre. Y me dejo caer sobre ella. Rechina la silla de ruedas mientras su vagina húmeda se abre como una flor en la primavera de la vida. Mi glande se posa entre sus labios cerrados, sin más recuerdos que las propias manos. Empujo hacia ella una, dos, tres veces hasta que logro hundirme en su océano de ganas. Me incendio en su interior. Me ahogo en su interior. Jadeamos fuera de nosotros. No existe nada alrededor, ni hermano ni arma ni silla ni calles ni ciudad ni Victoria ni teatros ni cenas ni aniversarios.

Mis glúteos van y vienen, atrás y adelante creciendo en candor, sus caderas vienen y van empujada por las mías, se besan las ingles, se agitan los pechos, resuena el chasquido de humedades en los sexos e insiste el chirrido de la silla que apenas soporta nuestros embates.

Un rayo de frío atraviesa mi columna vertebral rumbo a mis glúteos y de allí a la entrepierna. Siento ganas de acabar, de derramar litros y litros de semen en su interior y disfrutar de su infierno inundado pero un segundo de cordura me lleva a intentar sacarlo. Antes de hacerlo, ella me toma por la cintura y me adhiere a su cuerpo sin dejarme mover.

- La quiero dentro de mí – pide con esa mirada universal de las mujeres cuando están en el fragor del éxtasis. En mi lugar, ¿te preguntarías por qué una virgen pide que le acabes dentro? ¿se lo preguntarías estando al borde del orgasmo? Si puedes, te felicito, porque yo no puedo, en ese momento y con ella la cordura se lanzó debajo de algún taxi y ya no está. Sé que sería lo correcto pero todo eso desaparece, me niego a intentar ser siempre perfecto, sin fisuras. Y estallo desde mis entrañas al tiempo que ella implota hacia las suyas. Todo es blanco. Todo es fuego. Todo es húmedo. Todo late.

***

Aún los latidos de mi corazón se encuentran galopando en un terreno desconocido - Soledad, espero que estés bien. Recuerda, nunca apagues la luz de tus ojos, no permitas que nada ni nadie te quite la posibilidad de vivir. Eres hermosa, tu alma es hermosa, la luz que se esconde dentro de ti - le doy un beso en la frente y subo mis pantalones. Recuerdo una escena de la obra teatral que vi con Victoria hace unas horas. Un tipo escucha a los Doors mientras mantiene relaciones sexuales con su hermana. Al terminar se siente culpable, tanto que no sabe cómo actuar hasta que ella le hace una pregunta tonta, si Morrison tenía hermana o algo así. Él le contesta con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos: "Esta noche, yo también te amo" Sonrío de lado, porque increíblemente esta noche, yo también la amo aunque sea una extraña.

Sonríe y una lágrima cruza su rostro rumbo a su mentón y de ahí a sus piernas muertas- Puedo decir que esta noche soñé por primera vez. Me has enseñado a soñar. Gracias, Mauricio, nunca voy a olvidarme de ti - muerde tormentas con los párpados. Toma la remera con el rostro de Jim Morrison y mientras lo hace observo sus senos y luego sus ojos, esos ojos preciosos que se esconden tras una muralla de penas ¿Decirle adiós? Le diría muchas cosas, pero ¿para qué?

José continúa de espaldas sin emitir sonido. Podría darle un buen golpe en la cabeza y una vez en el suelo, patearlo hasta lograr que se disculpase en diez idiomas, pero no lo haré.  Sin decir palabra alguna, le toco un hombro, lo miro y continúo mi camino.

- Disculpa el mal trago, a veces… a veces… -le escucho decir aunque nunca terminará la frase o jamás la escucharé. Vete a la puta madre que te parió, pienso, y en ese pensamiento hasta le doy una soberana patada en medio de las bolas que lo dobla sobre sí para toda la puta eternidad.

Retomo mi camino hacia la avenida pateando latas de cerveza, filtros de cigarros, bollos de papeles y haciéndole goles a los arcos imaginarios de la soledad. Llevo mi mano al bolsillo del pantalón en busca de un cigarro que me alivie las tensiones y viene a mi mente el momento en el cual se los entregué a ese idiota. Realmente necesitaría en este momento un porro tan grande como el Obelisco. En fin. Y Soledad, ¿qué pasará con ella? ¿podrá quitarse las penas? ¿sabrá emerger de las sombras? ¿aprenderá a vivir con los obstáculos que le puso el destino? ¿estará bien?

***

A los dos meses me casé con Victoria. Su vestido costó cinco mil dólares, mi traje unos quinientos, los anillos mil trescientos y el sí, la felicidad. Siete años pasaron de aquella ceremonia en el altar católico y su anillo de unión eterna. Siete años que nos dieron dos hijos varones, dos perros de raza pequeña, una casa de dos pisos en la zona más cara de Buenos Aires, otra casa en la costa, dos autos, una moto, cuatro bicicletas, tres amantes y cero pasiones. Victoria potenció su narcisismo y yo, agudicé mis silencios a medida fue pasando el tiempo.

¿Soledad? No volví a verla nunca más aunque desde aquel día, todos los viernes por la noche, paso por esa esquina solo o con Victoria con la esperanza de encontrarla y perderme en su mirada de ángel. Le diría todo lo que no le dije por temor a reconocer lo que hoy, con dolor, reconozco. Que nunca la pude olvidar, que aún siento el calor de sus labios en los míos, que fue lo más real que me pasó en la vida, que con ella fui libre como nunca volví a serlo, que la amo, sí, así de increíble, el amor no requiere de horas de vuelo sino de sensaciones. Y el tiempo me ha demostrado que la belleza es tan efímera como pompas de jabón, que tras los rasgos toscos de aquél rostro había un alma tan pura y luminosa como jamás vi, que me hizo sentir como nunca.

Sus ojos empapados de tormentas me observan desde las nieblas del tiempo.

A la salida de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, aferrada a mi brazo y en el afán de evitar ver la miseria visible que rodea a todos, Victoria clava por enésima vez su taco aguja entre dos baldosas mientras varios adolescentes y niños buscan su cena en bolsas de basura – Malditas baldosas, estas calles, estas veredas, Dios, nunca cambian –chilla desconsolada por otros zapatos caros que se han roto - Esto es un espectáculo dantesco. Lo es.

 

La miro. Verdaderamente hay cosas y personas que nunca cambian, pienso. Sonrío de lado. Rechino los dientes. Elecciones, la vida es un puñado de elecciones. Me resigno - Verdad, "esto" es un espectáculo dantesco, un enorme e inevitable espectáculo dantesco.

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