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Fecha: 28-Abr-16 « Anterior | Siguiente » en Confesiones

Adolescencia otoñal

THECROW
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La muerte, expectante, espera que mi dedo haga su recorrido final. Lo alienta, lo apura, lo hace temblar. Seguramente lo goza y ella, ella observa desde un más allá que no distingo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Primero de agosto. Mi última cena. Nada de cruces ni de Judas. Nada de salvaciones ni resurrecciones. Nada puede ser más real que el reflejo en mis ojos del dedo doblándose sobre el gatillo de un arma que se sumerge en el interior de mi boca, rozando mis muelas, apretándome el paladar. Dos botellas vacías de tequila y el recuerdo cercano de tres líneas blancas derramadas sobre un trozo de espejo son los testigos de un final anunciado. No habrá marcha atrás. El caño continuará entre mis dientes prometiendo el ocaso necesario. No tendré una palabra que me despida de la vida ni siquiera una carta que explique los motivos de esta parca a domicilio. Las hélices de un viejo ventilador de techo se mueven sobre mi cabeza y rompen el silencio en miles de pedazos filosos y cortantes. Y a pesar de esa brisa odiosa, esta habitación es tan sofocante… siempre lo ha sido, como las culpas, como la vida de algunas personas.

Su rostro viene a mi mente y sonríe como siempre lo hacía cuando la abrazaba y la estrujaba contra mi cuerpo. Aún puedo ver la separación de sus dos dientecitos delanteros y el lunar que se lucía a un costado de su boca, casi sobre el labio inferior. Aún puedo verla venir con su metro setenta; delgada, de tez blanca, piernas largas, pelo azabache hasta la mitad de su espalda, ojos marrones y esa sonrisa entre inocente y salvaje, el binomio de mi locura. Así era ella, la de esta historia. Claro que no describiré si sus tetas eran grandes como dos pelotas o sus glúteos dos moles en la cordillera de los culos, querido lector de TR, eso búscalo en uno de los cientos de relatos que se publican por día en esta página. No aquí. No entre estas letras.

La muerte, expectante, espera que mi dedo haga su recorrido final. Lo alienta, lo apura, lo hace temblar. Seguramente lo goza. Me arrodillo, arma en boca, apretando párpados y glúteos. “Es mejor morir arrodillado que vivir de esa manera” Parece un mal chiste pero nunca analicé frases hechas hasta este preciso momento. “Es mejor morir quemado que desvanecerse lentamente” Perfecta para mi puta lápida que no leeré y que nadie visitará.  Respiro profundamente y mi dedo comienza su viaje sin retorno. Es tan delgada la línea oscura que divide al principio del fin. Es tan corto el recorrido del gatillo de un punto específico al pum definitivo. Pero antes del estallido, antes del epílogo de mis latidos, hace su aparición Alejandra y todo lo vivido junto a ella; recuerdos lanzándose en desenfrenada carrera a la desintegración, a la nada, al vacío, al olvido absoluto, directo a la luz blanca del fin... mi fin.

Cinco de junio. Solo bastó su hola para hechizarme y cuando dijo su nombre supe que sería capaz de intentar cambiar sombras por luces. Esperar el ómnibus en una de esas noches, pleno otoño austral, es un suplicio para cualquiera y en aquella esquina donde los vientos confluían el suplicio era doble. Pero esa noche todo sería diferente, en esa parada de ómnibus estaba ella con sus labios morados, temblando de frío. Pantalón de vestir ajustado color blanco transparentando su diminuta ropa interior, saco azul marino de botones rojos y camisa celeste. Sus cabellos al viento, sus pies inquietos por no congelarse en la espera y la adolescencia corriéndole por las venas. Toda una vida por delante. Solo bastó con mirarla a los ojos para saber que mi deseo era anclar de una vez por todas en el puerto de sus párpados y dejar los días de piratería hundidos en el mar del pasado.

- Hola suspiro haciendo trizas la magia del silencio y sus miradas.

- Hola – murmuré como pude. “Hola”, un simple y plano “hola” es lo único que supe contestar. Sonó frío como la noche pero cargaba con las brasas de la fascinación de mil infiernos. Inmediatamente pensé que esa mujer se merecía un hola seguido de decenas de poemas dedicados a ella pero después del simple hola, solo me faltaba babear desde las comisuras de la boca.

Enarbolando una sonrisa - Me llamo Alejandra ¿podrías decirme la hora? – Alejandra… al escuchar su nombre supe que era “ella”, la mujer de mi vida, la otra mitad de mi alma. Alejandra. El nombre más hermoso de todos.

- Alejandra, me encanta tu nombre. Yo me llamo como vos pero en masculino – mi sonrisa fue tan patética como un musulmán festejando la navidad cristiana. Demasiado articulada, falta de convicciones y tan nerviosa como desesperada.

- Mucho gusto Alejandro, ¿tenés hora? – esta vez su sonrisa le enseñó a mis labios como ser sonreír.

Comenzamos una conversación que duró el resto de la espera y se extendió en el ómnibus. Debo confesar que le mentí sobre mi edad y un par de cosas más. Sé que ella también lo hizo. Nunca entenderé porque solemos disfrazar nuestras edades durante el cortejo. Inseguridad, miedo al rechazo, necesidad de ser otro, simple complejo, no lo sé, pero todos lo hacemos. Volviendo. Entre tantas preguntas, una hizo que su mirada se nublara de lágrimas. Le pregunté si era feliz. Supuse que lo era. Ahora que lo pienso, ¿por qué preguntarle algo tan complejo? Una mujer hermosa e interesante como ella tenía que serlo. Querido lector, nunca supongas. Le crucé un brazo por sobre los hombros y llevé su cabeza contra mi pecho. La vida no es color de rosas, mucho menos para una adolescente con una infancia sumida en los abusos de padrastros y hermanastros, maltratada, denigrada. Sentí su congoja y su nariz sobre mi pecho, en el borde de mi corazón. Aunque suene a cursilería barata, a frase de sobre de azúcar, sentí que la amaba como jamás lo había hecho. Resonó en mí aquella frase taimada: “No se puede perdonar al que vive sin haber amado” Si es así, el universo o el dios de turno me ha perdonado, porque la amé, cuánto la amé.

El tiempo voló como suelen decirlo los poetas, no los de TR, querido lector, los de TR solo dicen. Tenía que bajarme del ómnibus y ella seguiría su camino. No podía irme sin decirle aquello que me estaba apretando el corazón en un puño de sensaciones. Era inconcebible perderla en el olvido si era la que iluminaba mis ojos de noches eternas. Tomé su mano y la apoyé en mi pecho - ¿Sentís como late? Es por vos – sentí que quitaba de mi alma seis toneladas de silencios. Y sí, a pesar de la doble cursilería y lo trillado de la frase, sonrió como solo ella sabía sonreír, acercó su rostro al mío y posó tiernamente sus labios sobre mis labios. No sé cuánto duró ese beso tímido y lleno de amor, pero estoy seguro que aquellos segundos supieron a eternidad.

Mi parada había pasado, y la de ella, por lo que nos bajamos en la esquina de los corazones entrelazados y caminamos de la mano - bajo una noche otoñal que se disfrazó de primavera - hacia ningún lugar. Al fin de cuentas, ¿qué importaba el lugar si estaba junto a la mujer del nombre más hermoso del mundo? Ella comenzó a tararear una canción de Fito Páez y me uní como el más experto de los coristas. Le pregunté si le gustaba cantar. Respondió que solo cuando se sentía feliz. Vimos un hotel, nos miramos, no dijimos nada. Es que cuando se trataba de nosotros dos no hacían falta palabras, bastaban las miradas, lo silencios, los latidos. Habitación trece, su número favorito, también el mío. Abrí la puerta y un cuarto de tonos rojos nos pobló la vista. Más allá una cama enorme de sábanas carmesí lloviendo sobre el piso alfombrado. La tomé del mentón. Me tomó de la cintura. Le acaricié los labios. Me acarició el cóccix. Nos besamos con locura, desesperados, salvajemente, casi devorándonos. Nunca le había dado tanta importancia a los besos. Era como una puta, no los daba, pero con Alejandra todo era diferente. Ella era diferente. Y a su lado, yo también lo era.

Le quité el saco para luego desabotonarle la camisa. Uno, dos, tres, cuatro botones y asomaron sus tetas; redondas, firmes, perfectas. Tetas de adolescente con pezones de burdel. Tetas emputecidamente vírgenes. Sí, querido lector, unas tetas deliciosas. Deslicé mis manos a través de su espalda, rocé con los nudillos el nacimiento de los senos mientras ella me acariciaba la espalda, el cuello, los hombros, la cintura. Mi excitación apretaba debajo de la cremallera, no miento si digo que hasta dolía, entonces en la desesperación mis dedos se atrevieron a traspasar la línea que el pantalón creaba entre su cola y el final de su espalda. No tardé en abarcar sus glúteos bajo el pantalón y la ropa interior con mis manos, mucho menos en empujarla contra mí para que pueda sentir la dureza de mi entrepierna. La yema de mis dedos fueron más allá hasta que pude sentir la humedad caliente de su vagina, la suavidad de esos labios, el infierno de esas ganas. Se apretó aún más contra mí y comenzó a mover sus caderas.

Apoyé mis manos en su pecho y la empujé hacia atrás, dejándola sentada en el borde de la cama. Me agaché frente a ella, tomé sus pantalones por la cintura halando hacia abajo y cuando estos atravesaron los tobillos pude sentir la excitación de verla en ropa interior. Tanga negra, como aquél relato de Carletto - mi padre de letras, mi amigo que decidió marcharse un día llevándose todo - el relato que me trajo a TR. Pero, ¿quién recordará a mi padre de letras, a ese amigo en la distancia? Supongo que nadie; la ingratitud de esta página a veces quiebra al más pintado, o mejor, no sé si se trata de ingratitud pero sí de olvido, un profundo y rotundo olvido con sabor a nadas.

Me reincorporé, la besé en la boca salvajemente y luego comencé a descender con mi lengua hacia su mentón al que mordí y lamí. Continué mi travesía salivando su cuello, la línea de sus hombros, las inmediaciones de su pecho y por fin, la suavidad de sus tetas, la dureza de sus pezones. Es impresionante el ardor que me produce el tacto de unas tetas. Es tocar nubes del Olimpo, baba del cielo. Armado de deseo iba dejando en ellos círculos de baba, no como los que canta Fito en su tributo a Sasha y Sissí, sino de verdaderos círculos de saliva y calor, sin más muerte que el deseo de estallar y verla estallar. El descenso continuó hasta encontrarme lamiendo su ombligo con mis manos aferradas a sus tetas. Los besos mojados siguieron el camino de los vellos cuasi invisibles que caen hacia el pubis hasta que el elástico del tanga se interpuso entre mi boca y su piel. No lo dudé, lo tomé de la parte superior y halé hacia abajo. El resultado fue la postal más erótica de mi vida. Sus tobillos separados y sus piernas cerrándose a medida iba avanzando hasta culminar en una entrepierna que a su vez se abría en flor.

¿Quién hubiese podido resistirse a una vagina como la de ella? Abierta, ofreciéndolo todo, brillando de humedad, ardiendo de deseos, ¿cuál de los lectores que hasta aquí llegaron sería capaz de renunciar siquiera con el pensamiento a semejante elixir? Acerqué mi rostro, soplé sobre la vulva y posé la punta de la lengua entre la carnosidad de sus labios. Luego lamí, lamí enloquecido, lamí sacado, lamí convertido en un demonio obseso de ella, en un adicto a su flujo. Ella gemía, y eran sus gemidos de niña salvaje, como lo eran sus gestos de excitación y sus movimientos de caderas que la traían hacia mi boca en un ida y vuelta salado y resbaloso. Al meter toda la lengua en su interior gritó mi nombre dos o tres veces y acto seguido se derramó en mi boca. Todavía puedo sentir el hilo de flujo cayendo desde mis comisuras y el sabor a gloria de verla temblar entre espasmos de amor y placer.

¿Qué siguió después? Lo que has leído una y otra vez en esta página, querido lector de una sola mano, solo que ésta vez no es mi intención que te hagas una paja sino que escuches mi historia, nuestra historia. El resto permanece en mi memoria… lo llevaré conmigo.

Decirte que esa noche ninguno de los dos quería volver a casa, y no lo hicimos. Esa noche, nuestra casa era la habitación de ese hotel y no importaba más nada. Tras hablar muchísimo y coger aún más, nos dormimos abrazados, temblorosos de tanto amar. Aún la recuerdo con su rostro sobre la almohada, mirándome, sonriendo, al borde del sueño “No quisiera dormirme nunca o simplemente no despertar jamás, es que no sé si esto es un sueño o la realidad más hermosa” me dijo sellando esas palabras con un beso, otro de esos besos que aún permanecen sobre los labios de mi alma.

Fueron meses de encuentros furtivos, de poemas, de cartas, de sueños, de camas de hotel, de baños y asientos traseros, de llegadas tarde a nuestras rutinas, de amor, puro amor y cada encuentro sumaba historia, nuestra historia, esa que no les incumbe queridos lectores de TR, esa historia que es mejor resguardar entre el corazón y el alma.

No lo pensamos demasiado; un veintitrés de junio decidimos escapar de nuestras antiguas vidas. Empezar de nuevo pero juntos… para siempre. Y fuimos felices con la decisión. Recuerdo que camino al hotel, ella cantó una canción de Joaquín Sabina; “… y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren” y como siempre, fui su coro, su guitarra, su acorde. Quedamos en que antes de partir pasaríamos por nuestras casas y trataríamos de acomodar todo lo que había que acomodar y del resto, solo olvidar. Al despedirnos me dijo algo que jamás olvidaré; ”Mi amor, te voy a seguir hasta en la muerte... te amo” y subió al ómnibus, apurada, feliz, llena de sueños… como yo.

Al llegar a mi casa no había nadie. Cosa extraña para esas horas pero sin pensarlo dos veces junté mis pocas cosas para largarme de una puta vez. El teléfono detuvo mi partida y al atenderlo una voz distorsionada de mujer me daría una noticia que no esperaba, que arrancó mis alas para siempre y me lanzó a las llamas del averno. Alejandra había muerto en un confuso accidente. Cayó desde un noveno piso. Pensé en sus padrastros, en un posible despechado, incluso en un suicidio, e imaginé su cuerpo desarticulado en la calle, media sonrisa en su rostro ensangrentado, ojos vacíos, alma en fuga para siempre. Sin ella, la nada absoluta, el sin sentido, el cero más enorme conocido. Me pregunté cuáles habían sido sus últimas palabras, que pensaría en esa eterna caída y quién me estaba comunicando la noticia al teléfono de mi casa. Caí de rodillas y me deshice en llanto al aclararlo en mi mente. Era mi culpa. Todo había sido mi culpa. No fue un accidente, fue homicidio. La llamada la hizo el asesino, un asesino conocido. Y cobré su vida. La vengué. Pero no bastó, nunca bastaría, ni que mate a todos los asesinos del mundo, querido lector, podría sanar  esta herida mortal… Alejandra estaba muerta y esa era la única verdad en pie.

Primero de agosto. Mi última cena. Nada de cruces ni de Judas. Nada de salvaciones ni resurrecciones. Nada puede ser más real que el reflejo en mis ojos del dedo doblándose sobre el gatillo de un arma que se sumerge en el interior de mi boca, rozando mis muelas, apretándome el paladar. El ventilador gira y gira. Aún así no puede detener las huestes del calor sofocante. Como las culpas, como la vida de algunas personas.

Pero ya, querido lector de TR, lo que has leído no fue escrito para calentarte y darte un pajazo, poco tiene de eso. Lo que has leído es lo último que estoy pensando antes de terminar con mi vida, aunque ella se haya terminado cuando Alejandra voló hacia la muerte. O mejor dicho, cuando le pusieron alas a su muerte. El asesino o mejor dicho asesina, fue mi esposa que yace muerta bajo la cama matrimonial con un tiro entre ceja y ceja. El mismo tiro que le propiné luego de escupirle la cara y clavarle un puñal en el pecho… trece veces. Hija de puta. Me mató en vida. Al enterarse de mi engaño fue al departamento de Alejandra y tras una discusión, la empujó hacia el vacío. Alejandra no habrá entendido nada; desconocía que tenía esposa. Sí, esa fue una de mis mentiras. Mi intención era confesárselo camino a nuestro futuro porque no quería que nada del pasado lo empañe pero ese futuro jamás llegó.

Y ésa ha sido la historia y éstas las últimas palabras de un condenado que antes del punto final halará del gatillo y todo habrá terminado, querido lector de TR, y tú, si es que llegaste al final de esta historia, tendrás ganas de pajearte y te irás de aquí, en busca de un link que te brinde lo que deseas. No verás cuando estalle mi cabeza… y no importa. Sabrás que estoy muerto y eso es suficiente.


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