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Fecha: 09-Sep-16 « Anterior | Siguiente » en Autosatisfacción

Noche solitaria de verano

Maria Roura
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Tiempo estimado de lectura: [ 4 min. ]
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No me sabe mal pasar la noche sola, ya que voy a hacer el amor conmigo misma, o quizás es con una yo distinta cada vez. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Hay días con deseos de sensaciones violentas, de orgasmos salvajes, de los que casi duelen, pero hoy no es así: hoy tengo una manos que me exploraran, y también mi mente consciente exploraré un cuerpo con la máxima suavidad. El tiempo ahora se va a detener, o al menos va a transcurrir muy despacio.

Tengo unas manos en la cintura, las palmas son suaves y calientes, no me sujetan, se están moviendo en pequeños círculos, ahora se acercan al ombligo, luego bajan hasta que los meñiques entran en contacto con la zona selvática. Círculos en el vientre, con presión en aumento, me gusta. Lentamente, los círculos se alargan hasta llegar a los costados y las manos llegan a acariciar la cintura, casi en la zona de los riñones.

Estoy desnuda en la cama, sentada sobre los pies, con las rodillas separada, cruzo los brazos abrazándome, y aprieto. Si alguien me viera por detrás, vería unas manos femeninas en mi espalda y quizás creería que somos dos muy juntas. Muy apretadas, pechos contra pechos.

Ahora tengo una mano en cada pecho, se mueven muy lentamente, noto como los pezones empiezan a hincharse, me gusta, me gusta que sea lento. Cuando alcanzan su tamaño máximo unos pulgares los frotan, como si fueran la lengua lamiendo los pezones de mi amiga imaginaria.

En la mesilla de noche tengo lubricante; ahora mis dedos están resbalosos, me aprieto los pechos y es una sensación como la de un beso, con toda la boca y unos labios que me están dando placer. Continúo, continúo. Al cabo de un rato, empiezo a notar sensaciones en otra parte del cuerpo, mucho más abajo. Pero continúo frotando los pechos hasta que las manos ya no son capaces de obedecer mi voluntad que las manda continuar, y vuelven a aterrizar planas sobre el vientre.

Esta vez, la selva pilosa no va a ser el límite, tienen demasiadas ganas de traspasar la frontera. Una de ellas ya penetra en el triángulo negro frondoso, la otra se entretiene tirando suavemente de los pelitos. Ya baja, ya baja, se coloca encima del valle, que en estos momentos está cerrado. Va a ser fácil entrar, al lubricante que ya tenía en el dedo se le suma el de producción natural. Con un poco más de presión, dos dedos ya han entrado entre los primeros labios verticales. Tengo un deseo, ahora, cada una de las manos va a ser una pinza que apriete cada uno de los labios mayores. Cuatro dedos dentro, y los pulgares fuera. Mucho rato, hasta que las zonas más sensibles pidan a gritos que quieren su ración de cariños.

Ya no puedo más,  dos dedos de la mano izquierda, penetran entre los labios menores los otros dos ayudan a encontrar un camino entre ellos, hay una cueva, van a quedarse en la parte más sensible, la más exterior.

La otra mano sube por la rendija, en dirección al vientre, allá encuentra algo abultado, que antes no estaba así. Uy… cuando toca la punta es como una descarga eléctrica, no lo puedo aguantar. Voy a subir un poco más, hasta llegar a una zona que sí pueda resistir.

Me he estirado en la cama, algo arqueada, me coloco un cojín grande bajo las nalgas para estar más cómoda, las piernas continúan separadas, el movimiento de los dedos es mínimo, pero cada vez me hace temblar más. n rozamiento mínimo pero constante, pronto estallaré. Pero no, quiero hacerlo más largo. Dentro de los muslos empiezo a notar un fuego, lentamente se va extendiendo y subiendo, cuando llegue a donde tengo los dedos sé que va a estallar, pero cuando casi lo hace, me detengo un rato sin quitar los dedos. Ahora, nada en movimiento estimula las zonas más sensibles, inmovilidad hasta que el fuego de los muslos se calme.

Ya se ha enfriado un poco, voy a mover dedos otra vez; igual de suave, igual de lento. El fuego interior vuelve a aumentar de temperatura. Lentamente, el calor avanza hasta cerca del punto de no retorno. Otra vez inmóvil. Cuento hasta treinta lentamente y vuelvo a empezar. Una y otra vez.

Cada vez me cuesta menos rato llegar al punto del estallido, lo deseo tanto, pero me obligo porqué sé lo que vendrá aun será más fuerte.

Al fin, con muy pocas estimulaciones de los dedos estoy a punto del clímax. Otra vez quieta, treinta segundos en los que el fuego interior, en vez de apagarse se está moviendo solo hacia sitios más atrevidos. Continuo con los dedos, voy a explotar, pero como último recurso, relajo los muslos y las nalgas para retardar lo inevitable.

No, veo que no va a ser suficiente. Ya no me voy a parar, los deditos van a continuar hasta que no pueda más.

La ventana de la habitación está cerrada, porqué hace más calor fuera que dentro, los vecinos están de vacaciones, voy a chillar. Y si alguien lo escucha, mejor para él. O para ella, que nunca se sabe. No creo que nadie confunda mis alaridos con los de dolor.

Ya está, ya está, lento, lento, muy despacito, no quiero que el orgasmo termine, la sensación es irresistible. Para durar más chillo, no me paro, no me paro, hasta que las convulsiones me hacen rodar por la cama.

—¿Será posible que hayan pasado tanto rato? —pienso mientras miro el reloj luminoso— El tiempo se ha detenido para mí.

Ahora ya es de día, estoy desnuda envuelta en una sábana suelta y, maravillosamente, los pies están cubiertos. Es verano y hace calor, pero dentro de mi cueva de tela, el calor es agradable, es el que me ha acompañado toda la noche; más que en las sábanas, tengo la sensación como de haber dormido en las nubes. Son vacaciones, no tengo prisa para levantarme, dormiré un rato más. Y soñaré, soñaré con unas manos cálidas que empiezan a acariciarme por los pechos… sabiendo que muy pronto, volverá a ser así, pero distinto. Cada vez me gusta que haya novedades: muy lento muy violento, con la mente en blanco, en un mundo onírico con todos, iba a decir mis fantasmas sexuales, pero más bien debería decir mis hadas o ninfas, que son muy buenas conmigo. Hasta la próxima vez, me dan energía para mantenerme alegre, optimista y feliz.


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© Maria Roura

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