Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias.
Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.
Usuario:
 Contraseña:
 CREAR CUENTA  Recordar Clave  Ayuda
 5.984 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad de Cams ] [ Twitter TodoRelatos ]  1.455.634 Miembros | 19.674 Autores | 100.780 Relatos 
Fecha: 27-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (27)

Nokomi
Accesos: 8.953
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 56 min. ]
 -   + 
Confesiones de una Monja. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 27.

Confesiones de una Monja.

La primera vez que Anabella rompió mi corazón, resultó ser un gran malentendido. En aquella ocasión cometí el error de creer que ella estaba manteniendo relaciones sexuales con Luciano Sandoval. La monja se ofendió y se enfadó conmigo, sólo por creerla capaz de semejante acto.

Esta segunda vez, lo había escuchado directamente de su boca, lo dijo mirándome a los ojos. «Tuve relaciones sexuales con una de ellas». Me estaba confirmando que había tenido sexo, con otra mujer… otra monja.

Me aferré a una absurda esperanza, tal vez ella sólo intentaba hacerme un mal chiste, como los que acostumbraba a hacer Lara.

―Decime que es una broma ―le dije con una grotesca mueca de dolor, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

―Lamentablemente no es ninguna broma, Lucrecia. Es algo que pasó de verdad ―su voz temblaba.

―No… no, no puede ser. Vos no… No me hagas esto, Anita. Por favor te lo pido ―me estaba muriendo por dentro.

―Tranquilizate, Lucrecia. No es para tanto, yo…

―¿No es para tanto? ¿Después de todas las veces que intenté intimar con vos? ―no sabía si ella me entendía, porque no podía hablar con claridad, debido al llanto―. Todo lo que hice por llegar a vos y por hacerte entender que el sexo entre mujeres no es algo malo. Me hiciste creer que nunca harías eso; pero al menos tenía la esperanza de que si un día decidías hacerlo, lo harías conmigo. Al fin y al cabo fui yo la primera mujer que sintió algo por vos, y…

―Claro, porque fuiste la primera debía ser con vos ―dijo en tono sarcástico―. ¿Yo no tengo derecho a elegir? ¿Acaso yo no tengo derecho a elegir con quién tener relaciones? ¡Al fin y al cabo vos no sos mi dueña, Lucrecia! ¿Creías que sería como en un cuentito de amor donde todo sería perfecto para vos y serías la primera en acostarse conmigo? No quiero ser dura, pero lamento decirte que las cosas no son así. Este no es un cuento de hadas en el cual voy a caer rendida de amor por vos, Lucrecia. No tenés derecho a hacerme ningún tipo de reclamo. Te lo dije antes, y te lo digo ahora: mi vida no gira en torno a vos. No sos el centro del mundo. Yo tomo mis propias decisiones, te gusten o no.

No pude soportarlo más, esta vez la que necesitaba estar sola era yo. Al parecer este fin de semana nos la pasaríamos dándonos portazos en la cara. Fui hasta mi habitación y me encerré en ella.

Me tiré en la cama a llorar y a gritarle a la almohada. Hasta pataleé, como una nena chiquita haciendo berrinches porque le habían robado su juguete favorito. De hecho así mismo me sentía, como si me hubieran robado a mi persona favorita. A mí querida monjita. Sabía que ella tenía derecho a elegir con quien acostarse; pero ¿por qué no me eligió a mí? ¿Qué hice mal? Le brindé todo mi cariño, hice todo lo que pude. Intenté ser lo más comprensiva posible, hasta le di tiempo para que ella pensara.

En mi mente siempre tuve la absurda fantasía de que la primera vez de Anabella con una mujer, sería conmigo. Nunca jamás se me cruzó por la cabeza que eso no sería así. Llegué a pensar que nunca tendríamos sexo, pero en esa alternativa ella nunca tenía sexo con otra mujer. Tal vez sí con un hombre; pero nunca con una mujer… no una que no fuera yo.

Me sentía traicionada, porque era yo quien había compartido todos mis sentimientos con ella; yo le había metido en la cabeza la idea del sexo entre mujeres. De hecho, prácticamente yo le había metido en la cabeza toda idea de sexo, ella ni siquiera podía masturbarse sin culpa antes de conocerme a mí… y ahora me salía con que se había acostado con otra monja.

¡Otra monja!

Me había dicho mil veces que no era correcto tener sexo conmigo, porque yo soy mujer… ¡y ahora me sale con que se cogió a otra monja!  

Me sentía una estúpida, por haber creído en sus palabras. Por haber pensado que ella era mía y de nadie más.

―Lucrecia ―Anabella golpeó la puerta de mi cuarto―. ¿Puedo pasar? Tenemos que hablar.

Hubo una pausa. No contesté, seguí llorando.

―Vamos, Lucrecia ―insistió―. Necesito que me dejes explicarte.

―¡Ya me lo explicaste! ―Le grité―. ¡Yo vivo en un cuento de hadas y soy la mina más egocéntrica del mundo! ¡Ya me quedó claro!

―Por favor, Lucrecia. Dejame explicarte. ¿Puedo pasar?

―¡No! ¡Yo te dejé tranquila cuando te enojaste conmigo, ahora vos dejame tranquila a mí!

―Está bien. 

No volvió a insistir. Me quedé sola, llorando desconsoladamente, con el corazón hecho añicos. Parte de mí quería que ella volviera a golpear la puerta, pero no lo hizo.  

No pretendía salir de mi cuarto en toda la noche, me quedaría allí a llorar, y a morirme de tristeza.

Tenía calor y me sentía incómoda. Me quité el corpiño, que me apretaba, y luego hice lo mismo con el pantalón. Me quedé sólo con la remera, la bombacha y las medias. Estuve a punto de levantarme para apagar la luz, pero me dio miedo quedarme a oscuras.

Volví a hundir la cabeza en la almohada y continué llorando. Lloré tanto que me agoté y me quedé dormida.

*****

Mi sueño fue espantoso. Primero me asaltaron imágenes de mis padres regañándome, o dándome algún cachetazo. Luego ellos me echaban de mi casa. Al salir no me encontré con la calle, sino con el convento; pero éste lucía mucho más tenebroso de lo que lo recordaba. Las paredes eran tan altas que no podía ver el techo, los pasillos parecían infinitos. Se alargaban cada vez más a medida que yo avanzaba. Por fin encontré una puerta, y al abrirla vi a dos monjas en una cama, se tocaban y se besaban con mucha pasión. A pesar de no poder distinguir bien sus rostros, yo sabía que una de ellas era Anabella. La angustia se apoderó de mí y comencé a correr por el pasillo. De pronto, al darme vuelta, me encontré con un hombre que me perseguía. No tenía rostro y tenía una mano levantada en dirección a mí. Sus dedos se alargaron como tentáculos y comencé a correr más deprisa. Corrí sin parar hasta chocar contra una pared que nunca vi venir. Caí al piso y al mirar hacia atrás pude ver al hombre sin rostro muy cerca de mí. Demasiado cerca. Me cubrí con los brazos y sentí que unos dedos fríos se cerraban sobre ellos.

Comencé a gritar, desesperada.

―¡Lucrecia! ―me dijo una voz; luché contra la presión de esos dedos que me sujetaban―. Lucrecia, despertate.

Me sacudió con fuerza y abrí los ojos, pude escuchar mi propia voz gritando, por tan sólo una fracción de segundo, luego me quedé en silencio, mirándola.

Reconocí a Anabella.

―Lucrecia, ¿estás bien? ―me preguntó, acariciando mi cabello; aún me costaba acostumbrarme a verlo tan corto y de color negro, lo sentía artificial, como si fuera de otra persona.

En otro momento hubiera pagado una fortuna por despertarme y que Anabella sea lo primero que viera; pero aún me dolía el alma.

―S… sí. Estoy bien.

―Perdoná que haya entrado… pero estabas gritando. Me asusté mucho.

―¿Qué hora es?

―Son casi las dos de la madrugada.

―¿Te desperté? ―pregunté avergonzada.

―Sí, pero no importa.

Me senté en la cama y me percaté de que ella vestía sólo una holgada remera, la cual era mía, una de esas viejas que sólo uso para dormir. Recordé habérsela prestado. No tenía corpiño y sus pezones se marcaban en la tela. Abajo tenía puesta solamente una bombacha blanca.

Cada vez que vi a Anabella con poca ropa, me excité; ésta fue la primera vez que eso no me ocurrió.

―¿Te acordás por qué gritabas?

―Tuve una pesadilla.

―Ah, bueno ―me miró, preocupada―. Ya pasó. No tenés por qué asustarte.

Me abrazó, pasando uno de sus brazos debajo de mi cuerpo y se acostó a mi lado; muy cerca de mí. Continuó acariciándome el pelo. Seguía enojada y dolida, pero sus caricias eran mágicas. Lamenté que tuvieran tanto efecto en mí. ¿Cómo podía enojarme con ella? Era un ángel caído del cielo. Era pura ternura. Era el amor de mi vida.

Me sentí frágil, no pude luchar más, sólo quería tenerla cerca. La abracé, pegando mi cuerpo al suyo. Quise llorar, pero mis lágrimas no salieron. Tal vez ya las había agotado todas.

Todo en ella ayudaba a relajarme: el calor de su cuerpo, la suavidad de sus manos, la tibieza de su aliento, el aroma de su cabello. Junto a ella me sentía segura. El miedo ocasionado por la pesadilla comenzó a disiparse.

Anabella comenzó a tararear una melodía. Lo hacía casi en un susurro y me costó distinguirla. No sabía exactamente a qué canción correspondía; pero recordaba haberla escuchado en la iglesia alguna vez. Ella era demasiado perfecta como para que yo fuera su dueña. Me equivoqué en pensar que yo podía tener algún derecho sobre un ser tan magnífico. Me había lastimado, pero tenía todo el derecho del mundo a hacerlo que prefiriera… aunque a mí se me partiera el alma. No podía enojarme con ella. Mis sentimientos hacia esa dulce monjita eran demasiado grandes.

―Te amo ―susurré.

La melodía se detuvo.

―Yo también te amo, Lucrecia.

Repentinamente sus labios se encontraron con los míos y quedaron unidos en un beso. No era un beso como los otros que nos habíamos dado, éste estaba cargado con otra energía. La pasión no se notaba en la potencia, sino en la unión misma. Nuestros labios se movían lentamente, como acariciándose los unos a los otros. Era un beso diferente, cargado de amor.

Me había dicho que me amaba. Por primera vez me había dicho que me amaba… y me había besado. Me estaba besando. No se trataba de un beso por curiosidad; éste era un beso de amor. De pronto comencé a llorar, pero no por dolor, sino por felicidad. De pronto, todo el daño que me había hecho, pareció lejano; como si perteneciera a una época remota. No sólo sus manos eran mágicas… todo en ella lo era, y sus besos podían curar todas mis heridas, todos mis males. Eran el elíxir que podía devolverme a la vida.  

La amaba… y ella me amaba a mí.

La tristeza se desintegró, como si se tratase de un trozo de papel en las llamas de la pasión. Estaba feliz.

Anabella me hacía feliz.

Mi cuerpo flotaba en una nube de sábanas y caricias.

La monja me ama. Anabella dijo que me ama.

Cuando el beso terminó, permanecí con los ojos cerrados, y apoyé la cabeza en sus tiernos pechos. Me sentía tan feliz y tan calmada al mismo tiempo que temí que todo hubiera sido parte de un sueño. Sin embargo Anabella seguía a mi lado, había vuelto a acariciar mi cabello y me daba besitos en la frente. No era ningún sueño. Realmente había dicho que me amaba. De todas formas, dudé.

―¿De verdad me amás?

―Sí ―contestó ella al instante, sin titubeos.

Se me dibujó una sonrisa en el rostro. Hundí más mi cara en sus pechos. Hasta me sentía apenada por lo bien que se sentía saberlo. Todo el interior de mi ser era un revoltijo de júbilo.

―¿Pero… pero me amás en un sentido romántico, o sólo como amiga?

―Las dos cosas. Te amo en el amplio sentido de la palabra.

Esta vez yo busqué su boca. Ella me aceptó, volvimos a besarnos con la misma calma que lo habíamos hecho antes. Dos besos seguidos, y no opuso resistencia. Esto iba en serio.

Su mano izquierda acarició mi espalda y bajó hasta una de mis piernas. Sentí el contacto de su suave mano con mi piel al desnudo. Yo estaba fría, pero sus dedos estaban tibios. Sin dejar de besarme, me acarició la cola. Se quedó allí durante unos segundos y luego me tomó por sorpresa.

Uno de sus finos dedos se posó justo entre los labios de mi vagina, la cual estaba protegida por la bombacha. Presionó suavemente mi clítoris y tuve un espasmo. Separé levemente las piernas y comencé a besarla con mayor intensidad. Ella nunca antes me había tocado de esa manera. Todo mi cuerpo se acaloró al instante.

Su dedo siguió acariciándome, con mucha delicadeza. Noté que me estaba mojando y posiblemente ella lo notaría dentro de poco, cuando mis flujos traspasaran la tela de la bombacha.

Hubiera querido que esas caricias no terminaran nunca, pero ella quitó la mano y volvió a posarla en mi pierna. El beso también se terminó.

―¿Fin de semana de amigas? ―le pregunté, en tono sarcástico.

―Las dos sabíamos que eso nunca iba a funcionar ―me respondió ella; abrí los ojos y pude ver que sonreía.

―Me dejás totalmente anonadada, Anita. No entiendo nada.

―No entendés nada porque no me dejaste explicarte.

―Lo que pasa es que me da miedo. Sé que lo que me vas a “explicar” me va a doler mucho.

―No lo creo. Bah, no sé. Depende de cómo te lo tomes.

―¿Hay alguna forma en que me lo pueda tomar bien? Te acostaste con otra mujer… eso me duele. Tal vez no debería dolerme, pero lo hace. No puedo evitar que me duela. Además todo lo que me dijiste me lastimó mucho.

―Lo sé. Te quiero pedir perdón por eso. Reaccioné mal, me puse a la defensiva y terminé atacándote. Dije cosas muy fuertes.

―Son cosas que pensás realmente.

―Sí, las pienso. Pero podría habértelas dicho de forma más suave. A veces me exaspera un poquito que creas que yo vivo alrededor tuyo. He llegado a pensar que creés ser mi dueña.

―Lo sé. Es un error mío. Te juro que quiero evitarlo, pero me cuesta muchísimo. Tengo problemas mentales.

―No creo que sea para tanto.

―Sí lo es. Hace poco me enteré que, probablemente, padezco de algo llamado “Trastorno histriónico de la personalidad”. Querer ser siempre el centro de atención es una de las características de ese trastorno. También el creer que las relaciones que tengo con las personas, son más profundas de lo que en realidad son.

―¿En serio? ¿Pero quién te dijo eso? ¿Un psicólogo?

―No, lo busqué en google.

―Ay, Lucrecia. No podés diagnosticarte buscando en google.

―Pero ese trastorno encaja muy bien con mi personalidad. Tanto que me da miedo.

―No lo conozco, así que no puedo opinar. Yo sólo te conozco a vos. De vos sí puedo opinar.

―¿Y qué opinás?

―Que a veces podés ser un poquito egocéntrica, pero tenés buen corazón. Te preocupás por los demás, y sé que siempre que esté atravesando una mala situación voy a poder contar con vos. Sos una chica muy simpática y siempre me hacés reír… bueno, siempre que no estés haciéndome enojar ―me reí con eso―. Nunca en mi vida había conocido a una persona tan interesante como vos. ¿Sabés la cantidad de veces que me senté en la puerta del convento a esperarte? Incluso sabiendo que no ibas a venir. Cada vez que me sentía triste y sola, aparecías vos y me dabas vida otra vez. Me traías felicidad. A veces también me traías algunos dolores de cabeza; pero generalmente me hacía feliz verte. Nunca me había sentido tan cerca de alguien, nunca nadie había conseguido que yo me abriera tanto. Vos tenés una maravillosa forma de ser, Lucrecia. Tenés un par de defectos, pero todos los tenemos. Nadie es perfecto. Vos lograste cosas que nunca nadie antes me había hecho sentir. Vos me hiciste dudar de mi sexualidad… de hecho vos despertaste mi sexualidad. Antes de conocerte, me masturbaba de forma muy esporádica, y siempre lo hacía con una culpa que me carcomía. Pero gracias a vos empecé a hacerlo de forma más frecuente y sin culpa.

―No sabía que podías masturbarte sin sentir culpa.

―Ahora sí. De hecho, hasta me siento bien después de hacerlo. Antes, si me tocaba, lo hacía por no poder tolerar más la excitación. En cambio ahora lo hago cuando me apetece, incluso a veces hasta llego a planificarlo; pero sintiéndome bien y aguardando el momento indicado para hacerlo.

―¿Y qué usas para “estimularte”?

―¿Te acordás que poco después de conocernos me mandaste un video?

―¡Ay, sí! ¡Qué vergüenza pasé ese día!

―Yo también, y me enojé mucho cuando lo recibí. Pero después empecé a conocerte mejor y agradecí no haberlo borrado.

―¿Por qué no lo borraste?

―No lo sé. Había algo extrañamente atrayente… la forma en que te tocabas, lo excitada que estabas… tus gemidos. El que esa sea tu vagina… y no cualquier otra. Creo que ya es momento de admitir que me masturbé muchas veces mirándolo.

―No te lo puedo creer. Me siento muy halagada. De haberlo sabido te hubiera mandado más.

―Me alegra que te lo tomes así. Porque sí tengo más... y fotos también.

―¿Eh? ¿De mí? ―asintió con la cabeza, había una sonrisa perversa en su rostro―. ¿Y de dónde los sacaste?

―Tatiana me los pasó.

―¿Qué? ¿Tatiana? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Recordé que muchas veces Tatiana me tomó fotos desnuda o incluso llegó a filmarme masturbándome. Siempre me dijo que era para su propia “reserva personal”. Básicamente, para hacerse la paja cuando yo no estuviera. Pero jamás se me cruzó por la cabeza que todo ese material podría terminar en manos de Anabella.

―Te dije que todo lo que supe de vos en estos últimos días fue gracias a Tatiana. Ella sigue concurriendo a la universidad y como sé que vive con vos, me tomé la libertad de hablarle. Ella se dio cuenta enseguida de que mis intenciones con vos eran “poco apropiadas para una monja”. Era cierto que necesitaba un tiempo lejos de vos, pero al mismo tiempo necesitaba tenerte conmigo, de alguna forma. Le pedí a Tatiana fotos tuyas, pero de las normales. Ella me prometió que me las mandaría y cuando lo hizo me pasó, entre otras, una tuya en tetas. Yo me puse muy nerviosa y le dije que no quería esa clase de fotos. Tu amiga me contestó: «Sí, claro, y yo me chupo el dedo», y a continuación me mandó una foto de tu… de tu vagina. Me quedé petrificada al verla, pero al mismo tiempo sentí un fuerte calor en toda la parte baja de mi cuerpo. Me excité. Me excité tanto que le pedí a Tatiana que me mandara más. No me importó disimular, porque ella ya se había dado cuenta de todo. Sólo le hice prometer que no te contara nada de nada. Pero al mismo tiempo me hizo prometer que yo alguna vez te contaría todo… y bueno, ahora estoy cumpliendo con esa promesa.

―Estoy impactada, Anabella. Se me bloqueó el cerebro y lo único que saco en limpio de todo esto es que te hacés la paja mirando fotos y videos porno de mí.

―¿No te molesta que tu amiga me los haya pasado sin tu permiso?

―¿Molestarme? Tati me hizo el mejor favor del mundo. Cuando la vea le voy a dar un fuerte abrazo y se lo voy a agradecer de corazón. Consiguió lo que yo nunca pude: que reconozcas que querías verme desnuda. Me hace muy feliz saberlo. Adoraba a Tatiana y ahora la quiero mucho más.

―Ella también fue una gran ayuda para mí. Espero que no te pongas celosa, pero estuve charlando mucho con ella. Sin embargo todas esas charlas fueron más bien terapéuticas. Ella debería ser sexóloga. Es muy buena leyendo a la gente. Nunca le conté que yo decidí tener sexo con una mujer ―sentí un repentino dolor en el pecho―, porque me daba miedo que te lo dijera a vos, o que se enojara conmigo. Pero la verdad es que lo hice por vos.

―¿Por mí? ―estaba confundida. No sabía si sentirme halagada o dolida.

―Sí ―se quedó mirándome en silencio durante unos segundos―. La última vez que te vi me quedó una terrible angustia, sentía que había sido muy dura con vos. Sabía que no sólo fui dura esa vez, sino muchas veces antes también. Tal vez tus métodos me incomodaron un poco, pero tus intenciones nunca fueron malas. Tenías mucha razón en algo: yo tenía miedo, estaba aterrada. Siempre fui una miedosa. Temía que por culpa de mis miedos fuera a perder a la persona más maravillosa que conocí en mi vida. Necesitaba ser valiente por una vez, aunque no fuera con vos. Quería afrontar mis miedos. Quería ser impulsiva, al menos por un rato. Necesitaba probarme a mí misma que podía ser valiente… y que podía tener sexo con una mujer. Sólo sexo. Dejando el sentimentalismo de lado, para saber que si la atracción que siento por vos es solamente porque sos mujer, o porque sos vos, Lucrecia.

―¿Fue sólo sexo para vos? ―tenía un nudo en la garganta.

―Sí. Nada más. De hecho, la mayor parte del tiempo pensé en vos. Al hacerlo con ella pude descubrir que me excité, pero la excitación fue por hacer algo prohibido, no porque ella fuera mujer. También me estimuló saber que me había animado a hacerlo, que había vencido mi miedo. No sentí nada especial hacia su cuerpo, fue sólo el objeto donde descargué mi energía sexual acumulada.

―¿Eso quiere decir que no sos lesbiana?

―No lo sé. Me da un poco de miedo, y me genera rechazo, ser catalogada como lesbiana.

―Está bien, te comprendo. A mí me pasa lo mismo. No me gustan las etiquetas.

―Son algo muy feo y discriminatorio. En fin, me acosté con ella porque lo necesitaba. Al hacerlo pude corroborar que lo que siento por vos va mucho más allá de una simple curiosidad hacia el sexo femenino. Va mucho más allá de tu género. No creo haberme enamorado de una mujer, me enamoré de vos, Lucrecia… y punto.

―Eso que dijiste fue muy hermoso, Anabella. Lo aprecio mucho. Me tranquiliza enormemente saber por qué hiciste eso con aquella monja. Estoy empezando a ver las cosas de otra forma, y estoy tan feliz de que me hayas dicho que me amás, que ya me duele menos. Te aprecio mucho, Anabella. Aprecio todo lo que estás haciendo ahora por mí, incluso que me hayas tocado ahí abajo, eso no me lo esperaba.

―Lo hice para demostrarte que me gusta tu cuerpo y que no me importa que seas mujer.

―¿No habías acabás de decir todo lo contrario?

―A ver, dejame explicarme mejor. Vos sos muy especial, y puedo hacer una excepción; pero tampoco soy tan tonta, no puedo negar que, además de ser una persona maravillosa, sos mujer. Es tú cuerpo el que me excita, porque es tuyo. No es el de las demás mujeres. No lo veo como un cuerpo femenino y nada más. Lo que a mí me atrae es el cuerpo con el que viene Lucrecia.

―Eso me gustó todavía más ―le dije con una amplia sonrisa; le di un rápido beso―. Tenés una enorme facilidad para hacerme mierda con tus palabras, pero sos la única que puede curarme con tanta facilidad. Hace unas horas, sentía que te odiaba y que se me partiría el alma si volvía a verte. Pero ahora puedo decir que me hiciste la mujer más feliz del mundo.

―¿De verdad? ¿No seguís enojada porque me acosté con otra?

―En este momento me resulta imposible estar enojada con vos. Estoy demasiado feliz. Me dijiste que me amabas, me diste vuelta todo el panorama. Dijiste algo que esperé escuchar durante mucho tiempo, algo que creía que jamás escucharía salir de tu boca. Además si vos decís que lo hiciste por mí, yo te creo. Yo también soy idiota y hago las cosas sin pensar…

―¿Me estás llamando idiota?

―Sí, pero no te juzgo. Hiciste una locura. Sor Anabella hizo una locura. Es algo de no creer. Se podría decir que, por un rato, fuiste como yo. Impulsiva. Actuaste sin medir las consecuencias. Sé que a veces te lastimé, por actuar de esa manera.

―Sí, eso mismo hice. Actué sin medir las consecuencias… pero lo disfruté. Lo disfruté porque a cada momento te sentí a mi lado.

―Me causa mucha ternura lo que me decís ―acaricié su tibio rostro―. Me gustaría que me contaras más sobre el tema.

―¿Estás segura?

―Sí, ahora me entró la curiosidad. Yo soy como Pandora, no puedo contener mi curiosidad, aunque sepa que puedo descubrir cosas que no me gustan. Más de una vez me trajo problemas ser tan curiosa, pero te juro que es más fuerte que yo… ahora me genera mucha intriga saber qué pasó realmente. Si es cierto que lo hiciste pensando en mí, entonces quiero ser partícipe, de alguna manera. Quiero que me cuentes. ¿Cuál de las dos monjitas fue la gran afortunada? ¿Cómo fue que llegaste a tener sexo con ella? ¿Qué hicieron? ¿Cuántas veces lo hicieron? ¿Qué tanto pensaste en mí? Perdón por esta última pregunta, sé que quedo un poquitín egocéntrica… ―puso un dedo en mi boca.

―No me pidas perdón por ser como sos.

Me quedé mirándola como quien contempla una diosa. No sólo había dicho que me amaba, sino que me estaba diciendo que me aceptaba tal cual soy. Todo el dolor que sentí cuando me contó sobre su encuentro sexual, se había disipado completamente. No quería dejar ni un pequeño lugar para la tristeza en el que tal vez sería el día más feliz de mi vida. Estaba con mi monjita y ella me amaba, eso era todo lo que importaba.

―¿Me vas a contar lo que pasó? ―pregunté abrazándola con fuerza.

―¿Me prometés que no te vas a enojar otra vez?

―En serio, Anita, no me voy a enojar. Estoy muy feliz como para enojarme. Ahora sólo siento curiosidad, quiero que compartas ese momento conmigo, así voy a saber que yo también fui parte de él.

―Es que lo fuiste, como te dije antes, pensé en vos todo el tiempo ―sonreí como una estúpida enamorada―. La monja con la que tuve esos encuentros es Sor Melina.

―No recuerdo los nombres de las monjitas que vimos; pero me imagino que Melina era la más joven.

―Exacto. ¿Por qué imaginaste que fue ella?

―No lo sé, tal vez porque me pareció la más bonita, además parece tener más o menos tu edad, debe haberte resultado más fácil hablar con ella.

―Sí, lo fue. Poco tiempo después de que… mmm, discutí con vos, me sentí muy sola; más que nunca. Sabía que no te volvería a ver entrar a mis aposentos durante varios días. Antes, cuando no ibas, te esperaba con muchas ansias, pero siempre con la esperanza de que algún día fueras a aparecer. Pasé varios días sola, pensando en un montón de cosas; pero me estaba volviendo loca. No sabía qué hacer con mi tiempo y no podía concentrarme en ninguna actividad. Ni siquiera podía leer un libro sin acordarme de vos ―mientras narraba me acariciaba el pelo―. Al parecer se me notaba en la cara que no andaba bien, porque una tarde me crucé con Sor Melina y ella se quedó preocupada al verme. Me dijo que estaba más pálida y delgada de lo normal, y que tenía grandes ojeras. Cuando me preguntó qué me estaba pasando, estuve a punto de salir con alguna evasiva; pero luego recordé que ella solía tener sexo con Sor Ana. Ella era quien mejor podía comprender mi problema. Por eso le dije que quería hablar con ella, pero en privado, ya que se trataba de un asunto muy delicado. Acordamos conversar a la tarde del día siguiente. No te lo voy a negar, me moría de miedo. No sabía cómo poner en palabras todo lo que me pasaba, y temía que, por alguna razón, ella le contara a otra persona. Al día siguiente fui a sus aposentos. Son similares a los míos, pero en una versión más pequeña.

―Vos una vez me dijiste que tenés cierto privilegio con tus aposentos, por eso son más grandes que los del resto de las monjas.

―Sí, pero eso te lo cuento en otro momento. Cuando Sor Melina me recibió, le hice prometer que todo lo que le contara quedaría entre ella, yo y Dios. Bueno, ahora vos también, pero yo elegí contarte a vos. Cuando estuve segura de que ella sería discreta le confesé que una vez la había visto tener sexo con Sor Ana. La pobrecita se puso pálida, parecía un fantasma. Me sentí mal por darle semejante disgusto, por lo que me apresuré a decirle que yo no tenía ninguna intención de contárselo a nadie, y que si sacaba el tema a colación era porque estaba relacionado con lo que yo quería hablar. Melina es una chica sumamente amorosa y simpática; pero esa vez le costó mucho recuperar su sonrisa. Comenzó a tranquilizarse un poco cuando le conté que a mí me estaba pasando algo muy extraño con las mujeres. Mejor dicho, con una en particular ―volví a sonreír―. Ella me miró confundida, como si yo estuviera poseída o algo así. Me dijo que jamás imaginó que yo pudiera tener esas inclinaciones. Sabía que había una chica que me visitaba regularmente y que había rumores al respecto; pero ella nunca los creyó. De a poco le fui contando de vos, al mismo tiempo que ella me contaba cómo fue que se animó a hacer el amor con Sor Ana. Fue una charla muy entretenida, en la que logramos establecer un fuerte vínculo entre las dos.

―¿Y ahí te la cogiste?

―No ―me dio un golpecito en la cola―. No soy como vos, a mí me cuesta mucho más abrirme sexualmente.

―¿Me estás llamando puta?

―No. Sé muy bien que has tenido sexo con muchas mujeres, más de las que yo llegué a saber. También sé que alguna ocasión estuviste con más de una a la vez; pero no por eso te llamaría… de la forma en que vos dijiste.

―¿Puta? ―volvió a golpearme la cola.

―No me gusta esa palabra. Prefiero: promiscua.

―¿No te molesta que lo sea?

―Tal vez antes sí me molestaba, no te lo voy a negar. Pero con Sor Melina aprendí que el sexo y el amor pueden ir por separado. Eso sí que fue una completa revelación para mí y eso nunca lo hubiera descubierto con vos ―hizo una pausa―. Porque yo te amo… y, en el hipotético caso en que tuviéramos sexo, lo haría con amor ―volví a darle un corto beso, se lo merecía, por ser tan dulce; aunque me había jodido un poco que remarcara tanto lo de “hipotético”―. ¡Qué cariñosa estás hoy!

―Como para no estarlo. Me hacés feliz, Anita.

―Y vos a mí, Lucre. Tanto que ya ni siquiera me molesta que me digas “Anita”.

―A mí me podés decir Redenta, si querés, que viniendo de vos me lo voy a tomar bien.

―Está bien, Redenta.

―Tampoco era para que te lo tomes tan literal.

―¿Por qué no, Redenta? ―vi una verdadera sonrisa de alegría en su rostro, una que pocas veces le había visto.

―Porque ni siquiera a vos te gusta mi segundo nombre.

―No, admito que es un nombre horrible. Lamento mucho que te haya tocado.

―Me gusta que seas honesta conmigo, además odio cuando la gente intenta convencerme de que es un lindo nombre. Es horrible, y punto ―ella se rio―. ¿Ves? Siempre nos pasa lo mismo. Empezamos hablando de algo y nos vamos a cualquier tema. Mejor seguí contándome de Sor Marina.

―Melina.

―Eso.

―Bueno, te había dicho que habíamos logrado establecer un vínculo de confianza. Ella nunca había podido hablar de su romance con Sor Ana con nadie, y yo estaba en la misma situación. Nunca le había podido hablar de vos a nadie. Hablarlo con vos no era lo mismo, necesitaba la opinión de otra persona, otro punto de vista.

―Entiendo. ¿Te puedo volver a interrumpir? Porque hay algo que me está carcomiendo la cabeza.

―¿Qué es?

―Vos te enojaste conmigo, cuando te pasé a buscar con el auto. No quiero que volvamos a pelear por lo mismo, pero… si ya había pasado todo esto con Sor Melina, y supuestamente lo hiciste por mí. ¿Entonces por qué seguías enojada conmigo?

―No estaba realmente enojada. Tenía miedo.

―¿De qué?

―De que lo que sentías por mí fuera algo meramente sexual y superficial. Que solo intentaras acercarte a mí porque querías tener sexo conmigo. Pero luego me demostraste, al estar dispuesta a pasar un tiempo como “amigas”, y por otras cosas que dijiste, que lo que sentís por mí no es superficial. Además porque lloraste como loca cuando te conté lo de Sor Melina. Si sólo sintieras un deseo sexual hacia mí, no te hubieras puesto de esa manera. Me puso muy triste verte llorar, pero por otro lado, me alegró; porque me estabas demostrando que por mí sentís algo especial.

―Así es ―tenía ganas de volver a llorar otra vez―. A vos te amo como nunca amé a nadie en mi vida. Sé que a veces puedo ser un poco superficial, es algo que no puedo evitar ―pensé en mi patología―, pero eso no significa que no sienta algo profundo por vos.

―Está bien, me puedo acostumbrar a esas cuestiones superficiales, sabiendo que hay mucho más que eso en vos.

―Gracias. Ahora contame, antes de que termine llorando otra vez. ¿Qué más pasó con la monja?

―Bueno, seguimos teniendo encuentros, y poco a poco las charlas con Sor Melina se fueron decantando más hacia el sexo que hacia el “amor entre mujeres”. No me preguntés por qué pasó eso, porque ni siquiera yo lo sé.

―Tal vez fue porque nunca pudiste hablar de sexo con alguien que no sea yo, y era un tema que te carcomía mucho la cabeza.

―Sí, lo hacía. Me llevó mucho tiempo asumirlo, pero a veces me pasaba días enteros pensando en sexo.

―¿Con mujeres?

―Con Lucrecia.

―Ohhhh, me vas a hacer llorar, Anita. Vos sacás de mí toda la sensibilidad que yo quiero reprimir.

―Me alegra hacerlo, así se te quita un poquito lo superficial ―ella habrá notado la expresión de dolor en mi rostro, porque inmediatamente dijo:― perdón, no pretendía decir eso. Quise hacer un chiste y, otra vez, me salió mal. Es que estábamos hablando de eso y…  

―Está bien, Anita. Sé que muchas veces di motivos para que pensaras que soy una persona superficial. Aunque me cueste admitirlo, hay algo de cierto en eso. Por eso quiero seguir demostrándote que lo que me pasa con vos no es una cuestión meramente superficial. No es ni siquiera porque seas mujer o monja… que me re súper archi reontra calienta que seas monja; pero esa es sólo la parte superficial de lo que siento por vos ―ella comenzó a reírse a carcajadas; nunca la había visto tan contenta.

―Tenés una forma bastante absurda de explicar las cosas, pero me gusta ¿Así que te calienta que yo sea monja?

―No te hagás la boluda, porque ya lo sabías.

―Sospechaba que eso podría ser parte de tus fantasías.

―¿Te molesta?

―Ahora no. Antes me molestaba mucho, lo consideraba una falta de respeto a mis hábitos. Pero los hábitos me han faltado el respeto a mí también, así que ya no me importa. Si te calienta que yo sea monja, perfecto. A mí… a mí… ―se puso roja―. Me cuesta mucho decirlo.

―Tengo la sensación de que vas a decir algo muy lindo, así que tomate tu tiempo ―le sonreí con calidez.

―Bueno ―dijo después de unos largos segundos―. A mí me calienta que seas tan calentona. Ya está, lo dije.

―¿Qué? ―me senté en la cama y la miré a los ojos―. Siempre creí que eso era lo que más te molestaba de mí.

―Creíste mal. También me costó reconocerlo, hasta te critiqué por ello; pero lo hice porque no quería admitir que me calentaba mucho. Me calentaban esos arrebatos que tenías conmigo, eran tan… impulsivos, tan intensos. Era demasiado para mí, y no podía manejarlo.

―¿Y ahora podrías?

―No sé. Pero tal vez podría intentarlo. Pero no quiero que hablemos de eso todavía.

―Sí, claro. Sor Melina. Contame ―volví a acostarme con la cabeza en sus pechos―. Por cierto, también me calientan tus tetas.

―Gracias, eso me gustó. Me gustó más de lo que imaginás. En el convento siempre recibí críticas por mi cuerpo, me alegra que alguien que aprecio diga cosas buenas sobre él.

―¿Puedo? ―dije agarrando una con una mano.

―Lucrecia, cuando alguien pregunta si puede hacer algo, lo hace antes de hacerlo, no después ―la miré con carita de cachorro mojado por la lluvia―. Está bien, podés. Pero no te emociones mucho.

Presioné un poco esos turgentes pechos y me deleité con su calidez. Hasta podía sentir levemente su pezón debajo de la ropa. Comencé a sobárselo lentamente. Tuve una enorme y agradable sorpresa cuando sentí uno de sus dedos recorriendo otra vez la raya de mi vagina, por encima de mi bombacha.

―Sí, podés ―le dije irónicamente. Ella empezó a reírse.

―Con la cantidad de veces que me tocaste sin permiso… no tenés derecho a quejarte.

―¿Y quién se queja? A mí me encanta. Si querés me saco la bombacha.

―Por ahora dejátela puesta. Vos siempre querés ir de cero a cien en un segundo. Eso me gusta, lo admito; pero yo también tengo mi forma de hacer las cosas, la cual es muchísimo más lenta, y si querés que nos llevemos bien, vamos a tener que encontrar un punto medio.  

―Estoy de acuerdo. Punto medio. Es lo mejor. Somos demasiado opuestas en muchos sentidos. Quiero que vos me lleves a un punto medio. Necesito empezar a hacer las cosas de otra manera.

―Yo también, y esa manera requiere que me acerque un poquito a tu forma de ser. Algo más impulsiva, sin preocuparme tanto. Por eso se dieron las cosas con Sor Melina.

―¿Fue por un impulso?

―Sí, un impulso al mejor estilo Lucrecia.

―Contame, por favor.

―La cosa fue así: después de haber pasado tantos días hablando de sexo con Sor Melina, yo había comenzado a masturbarme con mucha mayor frecuencia y sin sentir culpa. Lo pasaba de maravilla. Estando en mi cama yo era dueña de mi propio cuerpo, y le hacía todo lo que quería.

―¿Anal?

―No, eso no. Me da miedo. Pero sí me penetraba con cosas, por la vagina.

―Me hubiera encantado verlo.

―No fue tan sexy como te imaginás.

―Si te incluía a vos, con la vagina húmeda y las piernas abiertas, ya es demasiado sexy.

―Gracias. Bueno, cuestión que andaba muy excitada. La masturbación, en lugar de calmarme, me mantenía caliente todo el día. Una tarde fui a conversar con Sor Melina y ella, en un momento, me dijo que quería darse un baño. La esperé y cuando la vi salir envuelta en una toalla, se me electrificó el cuerpo. Esa sensación sólo la había tenido con vos. En mi cabeza empezaron a resonar tus palabras, especialmente todas las veces que me dijiste que yo no me animaba a aceptar mi sexualidad y que era una cobarde. Me desafié a mí misma. Me quedé mirando a Melina fijamente, ella me preguntó qué me pasaba. Cuando pasó caminando por delante de la cama, la empuje para atrás, y ella quedó acostada. Le saqué la toalla y me mandé, de cabeza, a su entrepierna.

Oh, my fucking God.

―Algo parecido pensé yo, al hacer contacto con su sexo. Fue maravilloso, Lucrecia. Vos ya sabés cómo se siente, me vas a entender bien; pero para mí fue como abrir una puerta mágica y entrar a… no sé…

―¿Narnia?

―Iba a decir el paraíso.

―Me gusta más Narnia.

―Ponele el nombre que quieras, lo importante es que fue espectacular.

―¿Y Sor Melina? ¿Qué hizo ella? ¿Te sacó a puteadas como me hizo a mí varias veces cierta monjita que yo conozco, pero no quiero nombrar?

―Esa monjita habrá tenido sus buenas razones para putearte.

―La boca, Anabella ―le dije riéndome.

―Cierto, perdón... pero sos la menos indicada para retarme. Sor Melina no me dijo nada malo. Al contrario, me incentivó a seguir haciéndolo.

―Quiero detalles.

―¿Por qué?

―Porque me calientan los detalles.

―Está bien, pero cuando me cuentes alguna otra de tus experiencias sexuales, vas a tener que darme muchos detalles.

―Te doy todos los que quieras; pero me sorprende que los pidas.

―Sí, a mí también. Cuando empieces a detallarme lo que hacés pueden pasar dos cosas: o me excito, o me pongo mal. Esperemos que pase lo primero.

―Sí, yo también. Hasta ahora no me siento mal porque me cuentes de Sor Melina. Sé que lloré como una boluda, pero fue algo muy repentino, me lo dijiste de forma muy directa. Fue como chocar de frente contra un camión. Me costó procesar la información. Para ser monja, tenés muy poco tacto al decir las cosas.

―Perdón por eso, sé que a veces puedo ser demasiado franca. Es que estoy acostumbrada a no mentir.

―Y a meter suspenso. Hace dos horas que quiero que me cuentes de la monjita, ya me estoy mojando toda. Pero eso también es por tus tetas, y por lo que me estás haciendo ahí abajo.

Presionó un poco más fuerte la división de mi vagina; me costaba creer que ese dedo fuera de Anabella. Si bien me intrigaba que me contara todo lo que ocurrió con Sor Melina, por otro lado no quería que este momento terminara jamás. Junto a mi hermosa monjita, estaba aprendiendo que se puede disfrutar mucho llevando las cosas con calma.

―Me da mucha vergüenza darte detalles tan íntimos, pero si le quiero contar esto a alguien, vos sos la persona indicada. Puedo decirte que el sabor y el aroma de su sexo me hicieron sentir más pecaminosa que nunca, y que esta sensación, en lugar de ser un tormento, fue una liberación. Cuando introduje mi lengua en su vagina lo hice pensando en que allí dentro encontraría todas mis respuestas. Su clítoris me sedujo, con cada vez que lo succioné di un paso hacia adelante para liberar toda esa libido que había acumulado durante tantos años. Ante la actitud de entrega total de Melina, me mostré más confiada en mis actos; por más prohibidos que estuvieran por la iglesia. Ella quería, yo quería. Quería que fueras vos, Lucrecia ―al escuchar mi nombre mojé mi ropa interior, Anabella no dejó de tocarme, tan suavemente como lo había hecho desde el principio―. Todo el tiempo pensé en vos. Cerré los ojos e imaginé que esos labios vaginales eran los tuyos, los conozco muy bien, los vi muchas veces, en las fotos. No me costó hacerme una imagen clara de ellos. También pude imaginar que sus gemidos eran los tuyos, y que la mano que tocó mi entrepierna, era la tuya.

―¿Y de quién era en realidad esa mano?

―Mía. Debido a la excitación que tenía, metí una mano dentro de mis hábitos y comencé a masturbarme. Mi sexo estaba tan húmedo como el que lamía. Imaginé que vos misma habrás adorado esa sensación, de tener la boca llena de flujos femeninos. Ese flujo que tanto simboliza la sexualidad de la mujer ―Anabella introdujo su mano dentro de mi bombachita, y su dedo me acarició la vagina de forma directa―. El mismo flujo que estoy tocando ahora ―gemí de placer y presioné con más fuerza su seno―. Tu vagina es hermosa, Lucrecia.

―Gracias… me gustaría decir lo mismo de la tuya, pero en realidad nunca la vi.

―Si con ese comentario estabas esperando que te la muestre, vas mal.

―Odio que me conozcas tanto.

―Tal vez no nos conocemos tanto, Lucrecia. Siempre nos llevamos sorpresas al hablar.

―Eso es muy cierto.

―Pero puede que aprovechemos estos días para conocernos de forma más… íntima.

―¿Eso quiere decir que vamos a…?

―Quiere decir lo que quise decir. No hagas trabajar tanto esa cabecita tuya.

―Imposible no hacerlo, con ese dedito que me está volviendo loca.

―Esto es un simple obsequio, por todas las veces que te juzgué y que te traté mal.

―Está bien. No te voy a pedir que me des más de lo que querés dar.

―Agradezco eso. Ya nos estamos entendiendo mejor.

―Tocándose, la gente se entiende ―volví a presionar su teta.

―Y a vos te encanta “entender” a las mujeres.

―Es una de mis grandes pasiones. ¿Qué más pasó con Sor Melina?

―No mucho más. Lo demás es pura repetición de lo que ya te conté. Estuve… no sé, como veinte o treinta minutos lamiéndole la vagina, sin parar.

―Veo que te tomaste en serio tu primera vez.

―Bastante. Lo que pasó fue que no quería soltarla, sentía que al dejar de hacerlo todo volvería a la normalidad. A la tediosa rutina del convento, a mi culpa, a mis pecados, a mi deber con Dios. No quería nada eso, en ese momento sólo quería estar con vos. No tenía los pies en la tierra, y no quería volver a bajar. Esa no soy yo, yo vivo con los pies en la tierra y mi corazón en el cielo, donde está Dios; bueno, simbólicamente, porque yo pienso que Dios está en todas partes.

―¿Incluso entre las piernas de Sor Melina?

―Posiblemente. No veo por qué no. La vagina es un símbolo de vida. Es nuestra primera puerta al mundo terrenal.

―¿Y Sor Melina? ¿Qué hizo con vos?

―¿Conmigo? Nada. Ella quiso desnudarme, pero le dije que yo no quería. Ni siquiera le permití que me besara. Que prefería dejar mi cuerpo fuera de todo lo que pasara con ella.

―¿Eso quiere decir que… no te tocó?

―No, ella a mí no me tocó en ningún momento.

―¿De verdad? Me alegra mucho saber eso ―tenía una sonrisa de oreja a oreja―. Mucho.

―¿Por qué?

―Porque sé que hay algo que aún te falta explorar, y que puedo ser yo la primera.

―¿Y qué te hace pensar que podés serlo?

―No sé, ¿será por esto? ―metí la mano debajo de la remera de Anabella, hasta que llegué a tocar su teta directamente, su pezón estaba muy duro.

―Esa es una buena señal. Pero de todas formas no te hagas tantas ilusiones. Aún no sé qué tan lejos quiero llegar. Me da mucho miedo todo esto. Lo que pasó con Sor Melina fue hermoso, y fue producto de un acto impulsivo. No me arrepiento de haberlo hecho, pero eso no quiere decir que volvería a hacerlo.

―Pero tampoco lo descartás.

―Tampoco lo descarto.

―Con eso me basta ―su dedito seguía haciendo maravillas en mi sexo, siempre cuidando de no meterse en el huequito―. Me encanta cómo me tocás. Tenés las manos más suaves que conocí en mi vida. Amo tus manos.

―Pensé que sólo amabas mis tetas.

―También. Pero si tengo que elegir alguna parte de tu cuerpo, elijo tus manos… y tus ojos… y tu boca. Al fin y al cabo eso era lo que más veía cuando charlaba con vos. Digamos que ese hábito no es el mejor atuendo del mundo para relacionarse íntimamente con alguien.

―Pero a vos te conquistó.

―Sí, lo admito. Maldita y sexy monja.

―¿De verdad pensás que soy sexy?

―¿De verdad dudás que sos sexy? Anabella, sos la mujer más sexy que vi en mi vida. Todo en vos irradia sensualidad. Tu mirada, tu voz, tu forma tan suave de hablar, tu sonrisa. Hasta la forma en que cebás mates me parece sexy. ¿Por qué te creés que siempre te dejaba cebarlos a vos?

―Pensé que era porque tus mates son horribles.

―¿Tatiana te contó eso?

―Sí.

―La voy a matar. Yo que quería sorprenderte con mis mates.

―No, gracias. Prefiero seguir luciendo sexy, y cebarlos yo. 

Me estaba riendo cuando ocurrió algo que me quitó la risa súbitamente. Anabella introdujo su dedo dentro de mi vagina. Mis ojos se entrecerraron y gemí de placer. Lo sacó y volvió a hundirlo. Volví a gemir. Eso que tanto había esperado, por fin estaba pasando. Me pasé meses masturbándome con la idea de tener los dedos de Anabella dentro de mi vagina, y por fin lo estaba experimentando. Era la sensación más dulce y erótica que había vivido.

―¿Te podés sacar la…?

No alcanzó a terminar la frase que yo ya me había despojado de mi bombachita, tirándola lejos. No quería volver a verla, quería estar desnuda para Anabella.

Al estar libre de mi ropa interior, ella pudo tocarme con mayor comodidad. Ya no lo hacía con uno solo de sus dedos, me penetraba con uno y acariciaba mis labios con otros dos. Notaba cierto titubeo en sus movimientos, pero yo estaba tan nerviosa como ella, y esta ni siquiera era una de mis primeras veces con una mujer… pero sí la primera con la monjita.

Comencé a gemir suavemente, en parte porque me agradaba y también para darle más confianza a ella. Mi mano derecha seguía masajeando incansablemente esa teta tibia y blandita, de pezón arrugado y erecto. Poco a poco le fui subiendo la remera, hasta que todo el seno quedó expuesto. Lo miré atentamente. Su piel era muy blanca en esa zona. Sonreí al corroborar, científicamente, el dicho: «Blanco, como teta de monja». Su pezón, en cambio, era de un color marrón intenso, y presentaba leves arrugas, como si tuviera frío. Hice girar mi dedo siguiendo el contorno de la areola, una y otra vez. Repetí la acción hasta que me animé dar un paso más hacia adelante. Saqué la lengua y le di una leve lamida en la punta del pezón. Ella no se quejó. Lo hice otra vez. No dijo nada. «Esta teta es tuya, Lucrecia», me dije. Pero en cuanto abrí la boca para engullirla, Anabella dijo:

―Cuidadito con lo que vas a hacer ―me quedé petrificada, con la mandíbula abierta al máximo, como muerto de hambre al que le niegan comer―. No quiero que empieces a ponerte “salvaje” ―giré la cabeza y la miré, aún con la boca abierta. Arqueé las cejas en señal de súplica―. No, Lucrecia. No me mires así. Acordamos en que no me ibas a pedir más de lo que yo pudiera darte. En este momento no me siento preparada para que empieces a lamer mi cuerpo.

―Pero no es el cuerpo entero… es sólo una teta.

―Por una teta se empieza. ¿Después quién te para? Ni Dios, con los cuatro Jinetes del Apocalipsis, te puede frenar cuando te emocionás con algo.

―Detesto que me conozcas tanto ―era la segunda vez que se lo decía, pero era necesario―. Está bien, no te la chupo. Pero quiero que sepas que te hubiera gustado mucho.

―Eso no lo dudo. Justamente mi miedo está en que me guste demasiado. Vos y yo tenemos una gran diferencia, Lucrecia.

―¿Una sola?

―Bueno, una que es más grande que las demás. Vos pensás todos tus actos en base al presente. Para vos es todo “Ya, ya, ya y ya”. Por eso sos tan errática e impulsiva. En cambio yo vivo pensando en las consecuencias de mis actos. ¿Sabés qué estoy pensando ahora mismo?

―En que no querés que te chupe la teta ―respondí, frunciendo el ceño.

―Aparte. Estoy pensando que luego tengo que volver a mi vida en el convento. Tengo que regresar a mis deberes con Dios. Creo que no me equivoco al decir que vos ni siquiera estás pensando qué va a pasar dentro de una hora, mucho menos dentro de tres días.

―Eso es cierto. Para mí este momento es perfecto. No necesito pensar en qué pasará después. No te lo tomes a mal, Anita, pero la que tiene deberes con Dios, sos vos. No yo.

―¿Te parece que vos no los tenés? ¿Acaso no sos creyente? ―eran preguntas retóricas―. Vos sos tan hija de Dios como yo.

―Y a las dos nos trató bastante mal. ¿Qué necesidad tenía de hacernos pasar por las cosas que pasamos? ¿Eh?

―No te puedo responder eso, yo tampoco le encontré una respuesta, todavía. Pero confío en Dios y sé que él deberá tener sus razones.

―Así qué fácil. Confiar por confiar. ¿Sabés una cosa, Anabella? Ya me estoy cansando de confiar tanto en Él. No le pedí nunca una vida perfecta, pero siempre fui buena persona, siempre tuve buenas intenciones, y él nunca me demostró que eso valiera de algo. Lo que me lo demostraron fueron las personas que me quieren.

―¿Y no es lo mismo? Ellos también son hijos de Dios.

―Ah no, esa sí que no me la creo, Anita. ¿Acaso no dice la Biblia que el hombre tiene libre albedrío? Que la gente haya actuado de buena o mala manera conmigo, no tiene nada que ver con Dios. Los que me ayudaron, lo hicieron porque quisieron. Al igual que los que me perjudicaron. Dios nunca interviene en nada. Sólo gente. Gente que te puede ayudar o te puede joder la vida. Hace días que no puedo dormir bien, y en las noches me aterro pensando en cosas que sé que no están ahí. ¿Sabés qué otra cosa sé que no está ahí durante esas noches? ―la miré, enojada. Ella ya sabía la respuesta―. Dios. Nunca sentí a Dios a mi lado durante esas noches de mierda. Ni por un solo instante. Me sentí más sola que nunca.

―Me apena mucho escucharte decir eso, pero Dios…

―No, Anita. No quiero otro discurso de monja. Ya estoy cansada de eso. No quería admitirlo, pero a mí cada día me cuesta más creer que Dios existe. Ya está, lo dije. Pero también voy a decir una cosa más. Este momento, se arruinó. Era perfecto, y se arruinó, por culpa de Dios. Una vez más es Dios el que me jode la vida, sin siquiera estar en realidad. Sólo tiene que aparecer en la boca de la gente, para que a mí se me arruine todo lo lindo que tengo.

Me aparté de ella y bajé de la cama. Con los ojos llenos de lágrimas, una vez más, me dirigí al comedor. Necesitaba tomar algo.

Diez minutos después, Anabella salió del cuarto y se sentó a mi lado, yo estaba tomando una copa de vino tinto.

―Efectivamente, vamos a estar peleando todo el tiempo ―me dijo, apenada.

―No me enojé con vos, Anita ―le dije apretando fuerte su mano―. Me enojé con Dios. Con vos está todo bien, te lo prometo.

―Está bien, me alegra que así sea, porque yo tampoco estoy enojada con vos. Lamento que el momento se haya arruinado. No debí meter a Dios en la conversación, menos en ese momento. Sin embargo, dedico mi vida a Dios, es uno de los pocos temas sobre los cuáles puedo hablar. No tengo mucho más para compartir. Me gustaría que mi vida fuera más interesante, pero, lamentablemente, no lo es.

―No pasa nada, Anita. No fue tu culpa. La boluda soy yo, por ponerme sensible. Últimamente ando demasiado sensible. Todo me afecta el doble, cada estupidez que me dicen, puede hacerme sentir mal. Es por la falta de sueño, y por ese miedo constante que siento durante las noches.

―Te quiero hablar sobre dos cosas ―me dijo mostrándome dos de sus dedos―, pero antes necesito tomar un poco de vino.

Le serví en una copa y la vació de un trago. Me hizo señas para que volviera a llenarla. A esta segunda copa la hizo demorar un poco más, pero también se la tomó completa, sin decir ni una sola palabra.

―¿Tan jodido es lo que me tenés que decir? ―pregunté.

―No es un tema del que me guste hablar. Pero bueno, vos necesitás escucharlo ―giró su silla, para quedar mirando de frente a mí, hice lo mismo para que nos pudiéramos ver cara a cara. Suspiró―. Cuando aquel hombre abusó de mí, me pasaba lo mismo que a vos. No podía dormir. Me pasaba horas dando vueltas en la cama, con miedo a todo: a los ruidos, a las sombras, a las luces, a las voces, al silencio… a todo. Siempre tenía esa angustiante sensación de que ese hombre volvería, para seguir torturándome. Al principio creía que este miedo era real, ya que el hombre seguía haciendo su vida normal, como si nada hubiera ocurrido. Pero luego… mi papá… ―sus ojos se llenaron de lágrimas.

Sabía que su padre había provocado un choque automovilístico con el hombre que violó a su hija, y ambos murieron en el suceso. No quería que Anita tuviera que volver a narrarme eso, era muy duro para ella.

―Sí, lo sé. Me contaste lo que hizo ―le dije, tomándola de las manos.

―Bueno… después de eso pensé que, al menos, dejaría de sentir miedo. Ese hombre ya estaba muerto y no podía lastimarme. Pero me equivoqué. El miedo se hizo peor, porque se sumó al dolor por la pérdida de mi padre. Te dije que poco después de eso decidí unirme al convento ―asentí―. Al hacerlo me enviaron a hablar con una monja, que también era psicóloga. Sor Juana. Ella me explicó que lo que me estaba pasando a mí se llamaba “Estrés post-traumático”. El cual era muy común en personas que habían atravesado por una situación de alto riesgo, como por ejemplo un accidente o una violación. Sor Juana me ayudó mucho, no sólo se volvió mi amiga y confidente, sino que además logró llevar a cabo un gran tratamiento conmigo. De lo contrario, ni siquiera podría estar hablándote de esto ahora mismo.

―¿Creés que yo también tengo estrés post-traumático?

―Sí. Por lo que me contás, es lo mismo que me pasó a mí.

―Pero ¿por qué no me dio antes? Si lo de mi violación fue hace mucho tiempo.

―Lo empezaste a sentir cuando fuiste consciente de la violación. Vos me dijiste que lo recordaste porque el chico volvió a aparecer en tu vida, y por la intervención de tu hermana.

―Sí, ella me contó todo. ¿Creés que hizo mal en hacerlo?

―No soy psicóloga, Lucrecia; pero no creo que haya hecho mal, al fin y al cabo ella debía protegerte de ese chico. Hubiera sido un error no contarte, ya que hubieras vuelto a confiar en él.

―Eso es porque soy una pelotuda.

―No, es porque habías bloqueado todo. La mente es algo muy poderoso, yo también bloqueé muchas de las cosas que me hizo ese hombre, y pude hacerlas conscientes gracias a Sor Juana. Ella me ayudó a considerar todo y a pensarlo, desde otro punto de vista. Me hizo ver que él era un hombre enfermo, y que yo no tenía la culpa de nada. Eso es lo que vos tenés que entender, Lucrecia. No es tu culpa. Él se aprovechó de vos ―mis ojos volvieron a rebalsar por las lágrimas―. ¿Lo comprendés?

―Creo que sí.

―No me basta con un “creo” ―presionó más fuerte mis manos―. No fue tu culpa. Entendelo. Vos no provocaste eso.

―No, no lo provoqué ―el llanto comenzó a provocarme espasmos respiratorios.

―No, no lo provocaste. No fue tu culpa.

―No. No fue mi culpa. No hice nada malo para que eso pasara. No fue mi culpa.

La abracé y comencé a llorar copiosamente. Ella lloró conmigo. Por primera vez, desde que fui consciente de mi violación, sentí que estaba dejando salir un poquito de todo ese mal que vivía dentro de mí. En algún momento, entre llantos y caricias, nos besamos; pero fue un beso corto. Luego nos quedamos abrazadas otro rato más, hasta que comenzamos a serenarnos.

Antes de poder hablar, volvimos a tomar una copa de vino. Lo hicimos lentamente, en silencio, enjugando nuestras lágrimas con mi remera, la cual me quité con ese propósito. Quedé completamente desnuda ante Anabella, pero no era una desnudez erótica. Lo que simbolizaba era la desnudez de mi alma, estaba completamente abierta y entregada a ella. Ni siquiera pensé en sexo en ese momento.

―Te dije que te iba a hablar de dos cosas ―comenzó diciendo Anabella―. Ahora que ya te hablé de la más importante, me resulta mucho más fácil hablar de la otra.

―Te escucho.

―Tiene que ver con Dios, con tu enojo ―habré puesto cara rara, porque ella se apresuró a decir―. Esperá… antes de opinar, dejame explicarte. No pretendo darte ningún sermón. Lo que vos sientas por Dios es cosa tuya, y si decidiste dejar de creer en él, entonces no voy a interferir. Lo que te quiero contar tiene que ver conmigo. Te lo cuento para que comprendas que ese enojo que sentís hacia Dios, también lo puedo sentir yo ―de pronto sentí interés por lo que me estaba diciendo―. Te conté sobre las paredes pintadas con aerosol ―asentí―, pero no te dije por qué lo hice.

―No, pero imagino que tiene que ver con alguna injusticia.

―Así es, una que me tocó muy de cerca. Pocos días después de que tuve sexo con Sor Melina, la echaron del convento, junto con Sor Ana ―abrí los ojos todo lo que pude, lo cual no era mucho, ya que los tenía hinchados de tanto llorar―. Aparentemente alguien las delató. En un arrebato de ira, Sor Melina vino a decirme de todo. Por suerte lo hizo dentro de mis aposentos, donde pude calmarla y explicarle que yo jamás haría una cosa así, ya que, al fin y al cabo, sería comprometerme a mí misma. Ella lo entendió, me pidió disculpas. Le prometí que haría todo lo posible por ayudarlas. Ellas tuvieron que dejar el convento, fueron trasladadas a otros lugares, por separado.

»Comencé a movilizar medio convento, buscando quién las había delatado; pero nadie parecía saberlo, o nadie quería decírmelo. En más de una hermana noté cierta mirada de desprecio hacia mí, imaginé que era por los rumores que había sobre vos y yo. Como yo estaba tan interesada en saber quién había sido la delatora, esos rumores se incrementaron. Todas las monjas creían que yo tenía miedo de ser la próxima en ser delatada. Comencé a sentirme impotente. No podía hacer nada de nada. Nadie quería darme respuestas y todas parecían estar de acuerdo en que Sor Ana y Sor Melina debían ser expulsadas del convento. Sé que violaron las normas y puede que antes de conocerte a vos, yo también hubiera estado de acuerdo con que las echaran; pero ya no pensaba de la misma manera.

»Le recé a Dios para que me ayudara, ya que esas dos mujeres sólo habían expresado su amor. Se amaban demasiado. Incluso sé que cuando Sor Melina le contó a Sor Ana lo que hizo conmigo, ésta ni siquiera se molestó, al contrario, se acercó a hablar conmigo. Me dijo que si yo estaba enamorada de una mujer, no tenía por qué tener miedo, ya que, si ese amor era puro y verdadero, entonces Dios no podría oponerse.

»Al parecer se equivocó en esto último, porque las “reglas” dictadas por Dios prohíben las monjas tener relaciones sexuales, más si es entre ellas. Entonces empecé a dudar en qué tanto se puede confiar en esas normas. Entiendo que una monja debe dedicar la mayor parte de su amor a Dios, pero ¿qué problema hay si tiene más amor para dar, y si ese amor está dirigido hacia una mujer? Es amor, y punto.

»Un día me crucé con un grupo de monjas, me mantuve apartada para que no se dieran cuenta que era yo la que andaba cerca. Las escuché hablar de una forma horrible de Sor Ana y Sor Melina. Incluso llegaron a decir que éstas deberían recibir un castigo mucho peor que la expulsión del convento y que no tenían derecho al paraíso, por pecaminosas. Esa fue la gota que rebalsó el vaso.

»Me enojé con las monjas, me enojé con los curas. Me enojé con todo el mundo y me enojé con Dios, por permitir que algo como eso ocurriera. No podía concebir que en la misma casa de Dios se dieran ese tipo de injusticias y que las monjas hablaran como si fueran jueces y verdugos.  

»Harta, junté la poca plata que tenía y compré las latas de pintura, ya te conté lo que hice con ellas. Pero la historia no termina ahí. No actué por un arrebato de locura, lo hice intencionalmente. Sabía perfectamente lo que ocurriría después, y me había preparado para eso. Habría consecuencias, y estaba lista para afrontarlas.

»Me citaron a una junta, con un obispo incluido, y otras autoridades del convento. No te voy a dar todos los detalles de la junta, porque te aburriría. Basta con decir que les dije un montón de verdades en la cara. Hasta cité versículos de la Biblia sobre el amor, como por ejemplo: «Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto». «Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él». «Siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros, en amor». «Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor», y mi favorita de todas: «El amor no perjudica al prójimo. Así que el amor es el cumplimiento de la ley».

―Te encanta recitar versículos de la Biblia ―le dije con una sonrisa.

―Sí, es que esa es la palabra de Dios, mi mejor defensa ante las injusticias. Especialmente aquellas que son cometidas por personas que dicen servir a Dios. Ellos pueden enojarse todo lo que quieran, pero no pueden contradecir la palabra de Dios. Con esto logré que el castigo sobre Sor Ana y Sor Melina fuera mucho menor, y que se les permitiera verse. Poco tiempo después de eso, ellas decidieron apartarse de los hábitos y llevar una vida normal, juntas.

―Qué lindo.

―Sí, ese final es muy lindo, al menos para ellas. Porque para mí no lo fue tanto. Me gané muchos enemigos en el convento. Tantos que ya estoy dudando seriamente marcharme de ahí. Estuve hablando con gente de otros conventos, puede que pida el traslado.

―Pero… pero si lo hacés no te voy a ver nunca más.

―No, sonsa. No pienso irme a Italia o a Guatemala. Voy a buscar algo por acá cerca. Algo que me permita visitar a mi mamá, y a vos.

―Ah bueno, eso me pone más contenta. Entonces te apoyo totalmente. No podés quedarte en ese lugar, aunque tengas los mejores aposentos de todos.

―Hablando de eso, ya que te mencioné a Sor Juana, te puedo contar que es gracias a ella que tengo esos aposentos. Ella era quien los usaba antes que yo, y poco antes de morir…

―Ay, no sabía que había muerto…

―Sí, por eso me cuesta hablar del tema. Pero ya lloré demasiado. En fin, poco antes de morir ella solicitó que fuera yo la que ocupara esos aposentos. No fue una “herencia”, propiamente dicha, ya que las monjas no tenemos mucho para heredar. Fue más bien una sugerencia, que cumplieron por respeto a ella y a la importancia que tuvo en ese convento.

―Se nota que te adoraba.

―Sí, para mí fue como una segunda mamá, o una abuela. Ella me hizo creer en la bondad de Dios. Ella era la bondad personificada. Lamento haberle dado tantos dolores de cabeza. Pero bueno, yo era joven y rebelde.

―Seguís siéndolo ―le aseguré.

―Bueno, lo de rebelde, sí. Joven, ya no tanto.

―No seas ridícula, hasta que no tengas el pelo cubierto de canas, y la cara como una vela derretida, vas a seguir siendo joven y hermosa. Estoy segura que hasta de viejita vas a ser hermosa.

―Gracias, Lucrecia.

Sonrió y me dio un rico beso en la boca. Sus labios me revitalizaron. Volví a sentir el calor en mi cuerpo, pero no llegaba a ser un calor lujurioso, sino pasional, amoroso. Estaba enamorada. La abracé e incrementé la pasión en el beso. Duró un buen rato, y me ayudó a ir dejando el dolor atrás. Lo que me había contado me ayudaba mucho, a conocerla mejor y a saber que hasta las monjas pueden dudar de Dios.        

―¿Te molesta si nos vamos a dormir? ―me preguntó cuando el beso terminó―. Hoy fue un día muy largo, y necesito descansar.

―Yo también, Anita; pero me da miedo irme a la cama.

―¿Querés que duerma con vos?

―¿Harías eso por mí?

―Sólo si prometés…

―Sí, prometo no tocarte, ni nada de eso. Sólo quiero dormir a tu lado, y que nos despertemos juntas.

―Entonces, vamos a la cama.

Me acosté desnuda, y ella, con poca ropa. Me abrazó por detrás, y me sentí protegida al instante. Algo en mi interior me decía que ningún mal del mundo podía alcanzarme si tenía a mi monjita cerca. Ella era mi talismán de protección. Mi remedio contra todo dolor del alma. Mi ángel guardián.

Pude dormir plácidamente, durante toda la noche.

*****

Al despertar me di la vuelta en la cama y me llevé un gran sobresalto. La monja dormía a mi lado. Me coso asimilarlo. Nada había sido un sueño, ella realmente estaba ahí. Casi lloro de la emoción. Fue el despertar más hermoso que tuve en mi vida. Quería abrazarla y besarla, pero tenía miedo de despertarla. Ella lucía tan serena, que hubiera sido un crimen apartarla de su calma.

Aproveché el tiempo para darme una ducha y ponerme algo de ropa limpia. No me molestaba andar desnuda frente a Anabella, pero no sabía si eso le incomodaría a ella.

Miré mi celular, eran las once y media de la mañana. Hacía tiempo que no me despertaba tan tarde. Tenía algunos mensajes, la mayoría eran mails laborales, los cuales debía ignorar, debido a órdenes directas de mi jefe. Sinceramente no tenía ganas de ponerme a trabajar, así que lo obedecí.

Luego vi un mensaje de texto de Lara. Sonreí al leerlo. Hacía tiempo que esperaba recibirlo. Era cortito, decía: «¿Cuándo puedo ir a visitarte?».

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Lara me visitó. Admito que yo también anduve con la cabeza en otros asuntos, por lo que no tenía derecho a reclamarle nada. Le dije que me estaba tomando unas lindas vacaciones, pero preferí no mencionar a Anabella, no quería que ella empezara con el típico discurso de: «Lucrecia, no podés cogerte una monja». Porque, en realidad, no “debía” hacerlo, porque poder… bueno, tampoco podía. Anabella parecía ser bastante reacia a intimar de esa manera; sin embargo lo ocurrido durante la noche anterior, aumentaba mis esperanzas.

No concreté una fecha de visita con Lara, pero le dije que pronto fijaríamos una.

―Se te ve feliz.

Volteé y vi a la mujer más hermosa y despeinada del mundo. Tenía los ojitos entrecerrados y la cara hinchada y enrojecida. Los pezones se le marcaban en la remera y la bombachita se le ceñía muy bien al cuerpo. Me atraganté con mi propio corazón cuando quise responderle.

―¿Pasa algo? ―me preguntó.

―La puta madre, ¡qué linda que sos!

―La boca, Lucrecia. Además no exageres. Recién me levanto. Estoy hecha un espantapájaros ―al cambiar el peso de su cuerpo a la otra pierna, su cadera hizo un leve meneo, que me sacudió el corazón en esa dirección.

―Cuando yo me levanto de dormir, parezco salida de película de horror japonesa; pero vos, Anabella, sos demasiado sensual. ¿Por qué no dejás los hábitos y te ponés a trabajar como actriz de películas eróticas?

Se puso roja como un tomate.

―Me moriría de hambre haciendo eso.

―Pfff, sí claro. No seas tan modesta. Tenés que admitir que sos bella.

―Ya te lo dije, es un tema que me cuesta mucho. La belleza física siempre me trajo problemas.

―Está bien, perdón. No quería tocar una fibra sensible.

―Vos sí sos hermosa ―me dijo con una amplia sonrisa.

―¡Ay, gracias! ―casi me hago pis encima, por la emoción. 

―Me voy a lavar los dientes. Si querés podés esperarme en la pieza, quiero darte una sorpresita.

―¿U… una sorpresita? ―la voz se me desafinó al decirlo.

―Sí.

―¿Te espero con ropa o sin ropa?

―Con ropa, Lucrecia. Con ropa.

―Oh, bueno. Está bien.

―Y cerrá la puerta. Yo entro cuando está lista.

―Dale.

Aguardé impacientemente dentro de mi cuarto, caminando hasta por las paredes. No sabía qué tenía en mente Anabella, pero ya me había demostrado que cometí un error al esperar algún tipo de sorpresita erótica. Eso me hacía la tarea aún más difícil. ¿Qué tipo de sorpresa podía darme? Si ni siquiera había traído nada. Tampoco sabía cocinar, por lo que la comida quedaba descartada. Ella se demoró bastante y yo tenía ganas de azotarme la cabeza contra la pared, para dejar de pensar estupideces pseudo-pornográficas.

De pronto la puerta se abrió. Me quedé pasmada al ver a Anabella, completamente enfundada en sus hábitos de monja. Sólo podía verle la cara, porque hasta sus manos estaban cubiertas, por tenerlas tan juntas.

―¿Ésta es la sorpresa? ―pregunté, algo desilusionada.

―¿No dijiste que te calentaba que usara mis hábitos?

―¿Eh? Sí.

―Bueno, acá estoy ―una libidinosa sonrisa se dibujó en su rostro―. Ahora sí podés sacarte la ropa. 

Contrinuará...


Comunidad de Autores y Lectores de TodoRelatos
Chatea online con webcams!

comunidad.todorelatos.com

© Nokomi

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradecerán y supondrá una mejora en la calidad general de la web.
 Comentarios sobre este Relato (7)
\"Ver  Perfil y más Relatos de Nokomi
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« VOLVER A LA PAGINA ANTERIOR IR ARRIBA  ▲
 
LWNET 1999-2017 | TodoRelatos.com v3.80
Info Legal / Privacidad / Cookies · Ayuda · Stats · Enlaces · Contacto · Webmasters (Sponsors Favoritos)