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Fecha: 31-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Intramuros 01: esperanza

Clementine
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Tiempo estimado de lectura: [ 7 min. ]
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Comenzamos una serie que rondará por muchas categorías. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Aunque la idea, en principio, pudiera parecer absurda, era lo mejor que tenía, de manera que la acepté. Apenas una semana después, en el desangelado edificio en mitad del campo, acompañada por la madre Angustias, comenzaron las entrevistas y fueron llegando los pupitres y el resto de los muebles necesarios para poner en marcha un colegio partiendo de la nada.

- No queda más remedio que despabilarse, Soledad. Tenemos apenas cuatro meses para que funcione y a nuestra comunidad le hacen mucha falta los ingresos que podemos conseguir.

La madre Angustias, con quien apenas había mantenido una relación esporádica y formal mediante breves encuentros en las reuniones de la Parroquia a que acudía, resultó ser una mujer interesante: iletrada, aunque extremadamente inteligente, se había hecho cargo de un convento en franca decadencia, donde residían y oraban apenas cinco hermanas ya entradas en años, que sobrevivía a duras penas en un pueblo castellano sobre el que no procuraré más detalles por salvaguardar el anonimato de quienes participamos de los hechos que describiré en mi narración.

Según me hizo saber, el éxodo rural había hecho bajar alarmantemente los ingresos procedentes del arriendo de las fincas que poseían en la sierra, dejándolas al borde de la miseria, alimentadas apenas por los escasos productos que obtenían de su huerta, y de la caridad de los vecinos, cada vez menos y más viejos, y, por consiguiente, menos capaces de mantenerlas.

- La idea, Soledad, es muy sencilla: se trata de poner en marcha un colegio. Desafortunadamente, nuestro convento conoció tiempos mejores, y ahora sobran celdas. Como en sus mejores fechas alojamos entre nuestros muros a jóvenes de la nobleza, que requerían de espacio para sí mismas y para sus séquitos de sirvientes, es perfectamente posible separar un ala donde alojar a hasta un centenar de alumnos. El aulario se construirá aprovechando las cuadras y almacenes que ya no usamos.

- Pero esto requiere una inversión importante, madre ¿Quién va a pagarlo?

- He conseguido que el Obispado acepte financiar las obras a cargo de los beneficios que, si mis cuentas son correctas -y al ecónomo de la Diócesis se lo han parecido-, vamos a obtener. Ofreceremos una educación de altísimo nivel en un ambiente selecto y recogido a un grupo reducido de alumnos de muy buenas familias interesadas en mantener sus lazos y el nivel formativo de sus herederos.

- ¿Y qué pinto yo en todo esto?

Era la pregunta clave. Había intuido ya que aquello podría ser la oportunidad de reconducir mis finanzas que, tras la muerte temprana de Andrés, mi marido, que me había dejado con dos hijos, una pequeña cantidad de dinero que amenazaba con terminarse, y una colección de propiedades que se veían afectadas por las mismas dificultades que las del Convento, se encontraban muy próximas al colapso.

- Tú, Soledad -vamos a tutearnos ¿Te parece?- he sabido por el padre Ángel que en su día estudiaste Historia, y sé también que eres una mujer educada, capaz de relacionarte con el tipo de personas a quienes vamos a educar, y, lo que es más importante, con sus familias.

- ¡Pero Madre!

- Deja que termine, cielo: disponemos de recursos suficientes como para llenar el colegio, y te vamos a apoyar en la preselección del profesorado. Sé que no eres religiosa, pero es que el colegio no va a serlo tampoco, aunque, como comprenderás, sin enseñar religión, ofreceremos a nuestros jóvenes sólidos principios morales, claro. Además, vas a tener mi discreto apoyo en todo momento. Ya sé que no has ejercido, pero el obispo y yo consideramos que no es un problema. Por lo que he tenido ocasión de comprobar, eres una mujer prudente, y transmites la imagen que deseamos para la institución, de manera que entendemos que serás más que capaz.

Su razonamiento resultaba inatacable, la necesidad me empujaba, y la oferta económica resultaba más que atractiva. Después de dos años de viudedad, con los gemelos ya de diecisiete años, y encerrada en aquel pueblo frío, de ambiente mediocre y provinciano, la idea, aunque me diera un poco de vértigo, me resultaba atractiva. En cualquier caso, no había opción, y la oportunidad de que mis hijos estudiaran en aquel círculo de poder, por así decirlo, resultaba irresistible, de manera que terminé por aceptar, aunque pedí unos días para sopesar el asunto y consultarlo con ellos.

Así que, el día uno de octubre, tras una jornada agotadora recibiendo uno por uno a cada alumno, saludando a sus familias, orientándolos acerca de sus alojamientos, explicando con detalle el proyecto educativo del centro, presentando a los profesores, cuando ya todo parecía estar encaminado, al anochecer, cuando repasaba la lista de las diferentes clases en mi portátil, sor Angustias se presentó en mi despacho para valorar el desarrollo de la jornada y ultimar los detalles del inicio del curso.

- Bueno, querida, parece que todo va como debe. Solo quería felicitarte. El día ha ido perfectamente y las familias se han marchado satisfechas.

- Mañana será la clave. Creo que la plantilla de profesores es excelente, pero habrá que estar atentas.

- Bueno, cielo, no te preocupes por nada, de momento. Disfruta de lo conseguido.

Me quedé de piedra. Inclinándose sobre mí, me besó los labios. En aquel momento, fui incapaz de resistirme, tal fue la sorpresa. Sentí su boca mullida, su lengua aventurándose entre mis dientes, su mano apoyándose en mi pecho, y me dejé hacer sin resistencia. Sor Angustias, aprovechando mi desconcierto, había deslizado su mano bajo mi falda. Nada en mi formación, ni en mi experiencia anterior, me había preparado para aquello, carecía de una respuesta adecuada y titubeé durante un lapso suficiente como para que se adueñara de la situación. Cuando pensé en resistir, sus dedos resbalaban entre mis labios, y se me escapaba un gemido.

- ¡Shhhhhh! No temas nada, querida. Déjate querer. Te mereces un premio…

Empujó mi silla hasta apartarla de la mesa. Arrodillándose entre mis piernas, comenzó a besar mis muslos. Mis dedos se aferraban a los brazos, crispados, mientras un escalofrío me recorría cada vez que sentía aquella sutil caricia, como si prendiera un pellizco muelle y delicado.

- ¿Cuanto hace, mi amor?

Fue como si aquellos más de tres años de abstinencia, desde que Andrés enfermara, me estallaran de repente entre los muslos. Cuando bajó mis bragas y sus labios se apoyaron en mi sexo besándolo, todo mi cuerpo tembló al unísono. Apoyé las manos en su toca y separé los muslos cuanto pude entregándome a sus caricias. Me lamía ya con ansia. Lo recorría con un beso experto, continuo, que me enervaba, al tiempo que uno de sus dedos escarbaba en mi interior. Me rendí temblando, dejándome besar.

- Así, cariño, así, déjate hacer, disfruta…

Escuchaba sus palabras a lo lejos mientras sentía deslizarse su lengua entre mis piernas y sus dedos desabrochaban con maestría los botones de mi blusa hasta hacer aparecer mi pecho generoso. Mis caderas se movían solas, independientemente de mi voluntad. Cuando hizo asomar mis pechos sobre las copas y pellizcó uno de mis pezones, duro como ya no recordaba, grité. Mi cuerpo entero estalló en un temblor convulso. Agarré con fuerza su cabeza apretándola contra mi y me deshice en gemidos, en jadeos intensos y ahogados. Me dejé llevar por aquella ola de placer extremo que parecía consumir mis fuerzas, hacerlas derramarse agotándome.

- Sabía que acertaba contigo.

Me besó los labios. Me los mordió mientras agarraba mi coleta con la mano. Todavía hurgaba en mi vulva con los dedos arrancándome los últimos estertores convulsos. Tenía la cara mojada y sabía a sal.

- Anda, vuélvete a casa y descansa, cielo. Mañana será otro largo día.

La vi como en sueños saliendo del despacho y cerrando la puerta tras ella. Se limpiaba los labios con un pequeño pañuelo amarillo floreado. Sonreía.

Cuando recuperé la consciencia, me sentía confusa, extraña. No era desagradable, solo extraño. Mientras recomponía mi ropa en el pequeño aseo anexo a mi despacho, pensé en sor Angustias. Era incapaz de deducir su edad. De hecho, ni siquiera podía intuir cómo era su cuerpo bajo el hábito. Me sorprendí sonriendo.

Al cerrar el portátil para llevármelo a casa, una calavera con dos tibias, como una bandera pirata, parecía reír en el monitor.

- Tengo que comentárselo a Arturo, el de informática -dije para mis adentros-.


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