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Fecha: 10-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Zoofilia

Las vacaciones de maría ( i parte )

olivenza
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Como unos días en un cortijo me pudieron proporcionar tantos momentos de placer y sexo. Sexo por cierto, que aun no había probado de esa manera. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Hola, me llamo María. Soy una chica de ciudad bien parecida que vive y trabaja en Barcelona.

La historia que a continuación os voy a contar me ocurrió este  verano cuando estando de vacaciones, tuve la oportunidad de ir unos días a un pueblecito del suroeste de España, invitada por una de mis mejores amigas. Lucía que así se llama, vive allí con sus abuelos en un cortijo desde hace cosa de un año, cuando decidió dejar la ciudad. Desde siempre hemos sido muy diferentes pero aun así, nos hemos llevado muy bien. A Lucía le gusta mucho el campo y los animales y a mí en cambio, las comodidades y el bullicio de la ciudad. Por eso ella decidió un día cambiar de aires e irse para allá. Tras ese período de tiempo sin habernos visto, hoy por fin tendríamos la oportunidad de hacerlo y estaba muy contenta. Tras el largo viaje de tren, llegué a la capital y una vez allí tuve que coger un coche de línea que me llevaría hasta su pueblo. Al llegar vi por la ventanilla que Lucía ya me estaba esperando. Llevaba puesto unos tejanos y una blusa. Enseguida me fijé en lo morena que estaba, quizás debido a las altas temperaturas de aquella zona.

La verdad es que me alegré mucho de verla. Luego al bajar nos abrazamos y nos dimos un montón de besos, a la vez que cogía mi maleta y me indicaba donde había dejado su coche.

Durante el trayecto al cortijo no paró de hablar y de preguntarme cosas, pero aunque yo le iba contestando a todo, estaba muy cansada y necesitaba descansar. Entonces le dije que teníamos por delante toda una semana para hablar y disfrutar y que me había hecho mucha ilusión volver a verla.

Cuando llegamos me presentó a sus abuelos, los cuales me parecieron unas personas muy simpáticas. Luego me indicó cual sería mi habitación. Estaba en la planta de arriba, junto a la suya. Tras sacar mi ropa de la maleta me dispuse a dar una ducha. Una vez lo hice me sentí como nueva, así que volví a bajar para seguir hablando con mi amiga.

Así estuvimos durante un rato hasta que Lucía se ofreció a enseñarme la casa por dentro y después a realizar una visita guiada por ella para ver los alrededores.

Me quedé maravillada de aquel paisaje verde y florido, y aún más cuando vi que por allí cerca pasaba un tranquilo riachuelo.

De vuelta al cortijo divisé a lo lejos un cobertizo, el cual según me dijo Lucía era el establo. Una vez llegamos pude comprobar que dentro tenían todo tipo de animales, y aunque ya os dije antes que soy una chica de ciudad y no me gustan los bichos, reconozco que enseguida me fijé en dos caballos que habían al fondo, sobre todo en uno de ellos de color castaño, alto y majestuoso que según comentó mi amiga era también su preferido. Dijo que era muy noble y dócil y que se llamaba “Duende”. El caballo se alegró mucho de verla, sobre todo cuando al acercarse a él le dio un terrón de azúcar con su mano. Luego comentó que aquel pueblo era pequeño y que por aquella zona que estaban no solía venir mucha gente. Por lo que aquellos animales que veía, habían sido desde que llegó sus mejores amigos.

Yo por mi parte, ya tenía suficiente con su perro “Sultán”, el cual no se había apartado de mí ni un momento desde que había llegado. Era un pastor alemán y por lo visto había congeniado muy bien conmigo.

Después, una vez acabada la visita volvimos a casa. Allí estaba su abuela preparando la comida compuesta por productos de la tierra, y la verdad es que estuvo todo riquísimo.

Al acabar de comer dijo Lucía que allí la siesta era obligada debido al  calor, así que subimos las dos a nuestras habitaciones para tratar de descansar un poco. Ella cerró su puerta y yo dejé la mía solo entornada, a la vez que abrí también la ventana para que hubiese un poco de corriente. Así, sintiendo el fresquito me quité la ropa quedándome tan solo encima de la cama en bragas y sujetador. Entonces intenté dormir un rato y casi lo consigo de no ser por los continuos gemidos que venían de la habitación contigua, que hicieron que me despejase y a la vez me pusiese muy caliente, ya que eran muy claros y sensuales. Tanto que con la calentura no tuve más remedio que llevar mis manos a las tetas y empezar a tocármelas. Acto seguido cerré los ojos y llevé una de ellas a mi entrepierna. Así estuvimos al unísono un buen rato, hasta que oí un pequeño ruido en mi habitación y abrí los ojos asustada. Allí estaba Sultán sentado junto a la puerta, mirándome muy atento y con su polla roja fuera de la funda. Eso aún me puso más excitada y nerviosa, así que me quité las bragas y seguí masturbándome como una loca hasta que al final me corrí.

En la otra habitación se habían acabado también los gemidos y al poco rato entró mi amiga, la cual hizo salir enseguida al perro de la habitación. Entonces se tumbó junto a mí cogiéndome de una mano y nos quedamos las dos dormidas mirando al techo. Como habréis podido imaginar, mi sueño en aquel momento no fue otro que el pensar en lo que le había visto al perro y la forma en que me miraba como si quisiera poseerme. Luego al levantarnos se le ocurrió a Lucía que podíamos ir a dar un paseo a caballo y así lo hicimos durante unas horas. Ella montaba a Duende y yo al otro que tenían.

El paseo transcurrió muy ameno ya que el paisaje lleno de encinas y flores silvestres era muy bonito. Además nos acercamos también al riachuelo y allí tumbadas sobre la hierba, estuvimos un buen rato escuchando como corría el agua y el canto de los pájaros. Luego más tarde decidimos regresar a casa y al llegar nos apeteció darnos una ducha para refrescarnos. Primero lo hizo ella y al acabar se fue a su habitación a vestirse y prepararse. Después llegó mi turno y una vez desnuda, me puse bajo los chorros de la ducha hasta que me sentí relajada del todo.

Cuando decidí salir, vi que no había debido cerrar bien la puerta y Sultán se había vuelto a colar. Allí estaba otra vez sentado y vigilante delante de mí. Yo le indiqué varias veces que saliera del baño pero no me hizo ningún caso, así que traté de ignorarlo. Seguí secando mi cuerpo con la toalla y en un ligero movimiento que hice hacia delante para ponerme las braguitas, noté por detrás algo frío entre mis nalgas. Me giré y vi que era el perro que con su hocico estaba olisqueando todas mis partes íntimas, y después con su áspera y larga lengua, empezó a lamerme el coño y el culo. En ese momento yo me asusté y no supe reaccionar, así que lo dejé allí y salí corriendo hacia mi habitación. El animal debió de pensar que estábamos jugando y me siguió hasta adentro, quedándose allí sentado como esperando órdenes.

De nuevo no sé si por la posición adoptada, volvió a aparecerle aquella polla roja y tiesa que ya me había enseñado anteriormente. Yo no paraba de mirársela y cada vez me estaba poniendo más nerviosa y cachonda. Todo aquello era nuevo para mí y me embargaba la curiosidad.

Así que me fui hacia la puerta y la cerré aunque pude comprobar que no tenía cerrojo. Así ya, dejando al perro dentro, decidí dar el siguiente paso para matar mi curiosidad.

Me tumbé al borde de la cama y llamé a Sultán, el cual obedeció al momento y se acercó a mí.

Entonces abrí las piernas lo más que pude y empezó a olerme toda la zona por encima de las bragas con aquella nariz tan fría que me estaba haciendo sentir nuevas sensaciones. Durante un rato me olió y lamió sin parar hasta dejarme las bragas todas mojadas, al igual que el coño.

Entonces sin poder aguantarme más me las quité y se las di a oler. Sultán lo hizo y también lamió todos sus jugos, lo que le puso todavía aún más excitado. Así que separé todo lo que pude las piernas y abrí los labios de mi coño para facilitarle la faena, y a partir de ahí me dejé llevar. Aquél animal de cuatro patas parecía estar muy bien enseñado ya que enseguida se puso a hacer su faena. Primero empezó lamiéndome el coño, que cada vez estaba más mojado y después pasó a mi culo. Con cada lametón que me daba alcanzaba las dos cosas. Por lo que el placer que me iba dando era inmenso. A veces me lamía también las nalgas, los muslos y todo su contorno. Yo jamás había sentido nada igual hasta entonces. Así que cerré los ojos y le dejé hacer a su antojo, a la vez que yo me iba acariciando también las tetas. Pero cuando más cachonda estaba y a punto de correrme, alguien llamó a la puerta y al no contestar la abrió.

Era mi amiga Lucía, la cual en vez de escandalizarse por lo que estaba viendo, se puso a reír diciendo que estaba alucinada de ver lo rápido que había aprendido a saborear los placeres del campo. Entonces la miré con cara de picarona y nos pusimos las dos a reír.

Al verme todavía con las mejillas rojas me dijo que ya me enseñaría ella algún día como solía jugar con sus nuevos amigos. Después bajamos a cenar y tras hablar y leer un rato, nos fuimos a dormir.

Mi segundo día en el cortijo fue más laborioso. Según dijo Lucía, sus abuelos iban a bajar al pueblo al día siguiente a buscar provisiones, así que nos quedaríamos solas durante todo el día. Pero hoy debíamos de cuidar y adecentar bien la casa. Así que salimos a dar una vuelta y de paso fuimos cogiendo algunas flores para llenar unos jarrones que habían en el salón.

Después de haber quitado el polvo a los muebles, de barrer y fregar el suelo, le tocaba ahora el turno al establo. Así que nos fuimos para allá. Al llegar vimos que su abuelo ya estaba trabajando en él. Iba limpiando todo y también sacaba el estiércol para fuera. Luego estuvo dándole de comer a los animales y al acabar de hacer todo, nos avisó que él se marchaba y que nosotras cerráramos todo bien antes de irnos.

Aunque nos dejó a solas, teníamos que seguir con nuestra tarea. Debíamos cuidar de los caballos. Lavarlos, cepillarlos y arreglarlos, por si más tarde decidíamos dar una vuelta con ellos. Así que fuimos hacia donde estaban y mi amiga cogió una manguera con la cual lavó y refrescó bien a Duende. Después me la pasó a mí para que hiciera lo mismo con el otro. Seguidamente pasamos a  secarlos bien y luego con una especie de peine, intentamos sacarles los enredos del pelo tanto del cuello como de la cola. Al llegar al cepillado dijo Lucía que yo intentara hacer lo mismo que ella, y dándome un cepillo empezó a trabajar.

Primero se dedicó a la cabeza y luego al cuello. Después a la parte de arriba y las nalgas y por último por todo el lomo y las patas. Yo fui haciendo lo mismo con el mío y la verdad es que me estaba gustando, al igual que parecía gustarle a Duende lo que le iba haciendo Lucía, ya que tras los masajes que le estaba dando, empezó a sacar toda la punta de su polla negra. Yo jamás había visto nada igual y menos desde tan cerca. Por lo que Lucía debió de darse cuenta de mi cara de admiración y empezó a bromear sobre todo aquello.

¿Has visto María, que pedazo de herramienta gasta mi amigo y qué huevos tiene ¿… Pues imagínate verlo empalmado, con esta barra de carne negra y tiesa de casi un metro de larga dándose golpes hasta en el lomo debido a la excitación, como ya lo he visto yo algunas veces.

¡Es una pasada ¡… Algún día antes de que te vayas te dejaré que lo veas y creo que  Duende estará encantado de que lo haga. ¿Verdad, Duende ¿… Y así, dándole unas palmaditas en el lomo y dejándome con la miel en los labios, acabamos la faena del establo por ese día.

Después volvimos a la casa y tras asearnos nos fuimos a tomar un pequeño refrigerio antes de comer. A continuación lo hicimos y muy bien por cierto, pasando así el tiempo poco a poco hasta que llegó la hora de la famosa siesta. Entonces fuimos las dos para arriba, mientras que sus abuelos se quedaron en su habitación. Ése día hacía mucha calor, por lo que Lucía me aconsejó que fuera a su habitación ya que allí había un ventilador muy bueno y así lo hice.

Ella empezó a ponerse cómoda, quedándose solo en ropa interior, y yo también hice lo mismo. Ése día llevaba puesto un tanga que me había comprado en Barcelona junto a un sujetador, todo ello muy sexi, por lo que mi amiga se fijó enseguida en mí y me dijo que me quedaba muy bien. Luego insinuó que si ella fuera un tío, ahora mismo me comía entera. Yo me alegré por el piropo y a la vez le dije que ella también estaba muy sexi y que ese tiempo en el campo le había sentado muy bien. La verdad es que mi amiga desde siempre había tenido un bonito cuerpo y ahora con unos añitos más, estaba mucho más formada. Tenía unas grandes tetas con un pronunciado canalillo y unas buenas curvas formadas por sus piernas y sus buenos muslos, además de un culito respingón que me lo imaginaba bien duro y suave. Así las dos bien relajadas y tranquilas nos tumbamos en la cama una junto a la otra mirando el techo, mientras ella me preguntaba si me acordaba de aquellos momentos que habíamos pasado juntas descubriendo entre nosotras poco a poco, el mundo de la sexualidad. Y así hablando de todo eso, nos fuimos animando y a la vez poniéndonos muy cachondas.

Luego Lucía me propuso jugar a darnos placer la una a la otra como en los viejos tiempos. A ninguna nos gustaban las mujeres, pero a falta de hombres debido a nuestra temprana edad, habíamos aprendido así a disfrutar del sexo. Y dicho y hecho. Giramos nuestros cuerpos, nos miramos… y al encontrarse nuestras caras, le di un pequeño beso en la boca que ella riéndose me devolvió, y cogiendo a la vez una de mis manos, se la llevó hasta sus tetas. Noté que las tenía muy grandes y casi no podía abarcarlas pero aun así empecé a tocárselas. Mientras tanto ella había puesto una de las suyas en mi entrepierna y así empezamos a jugar como solíamos hacerlo de pequeñas. Con cada movimiento que hacíamos las dos al unísono, más calientes nos íbamos poniendo. Entonces decidimos quitarnos toda la ropa y así ya desnudas, poder profundizar más en nuestras caricias. La verdad es que con los días tan intensos que llevaba, yo estaba en la gloria. Jamás hubiera imaginado unas vacaciones de esa manera. Así que decidí seguir dejándome llevar por la situación. Ella con su mano seguía tocándome el coño y con uno de sus dedos había empezado un mete y saca que me estaba volviendo loca. Yo por mi parte hacía también lo propio con su clítoris. Las dos estábamos muy mojadas y aun así no parábamos de tocarnos, pasando así un buen rato, hasta que Lucía decidió bajar a mi entrepierna y separándome las piernas empezó a chupar los labios externos de mi coño. Después metió poco a poco su lengua pudiendo así  saborear mis jugos vaginales que en ése momento ya eran abundantes.

De vez en cuando también se encargaba de mi culo, con el cual jugaba con su lengua en mi orificio y por toda su aureola. A veces me metía también uno de sus dedos, y así con ese mete y saca, me fue llevando poco a poco al séptimo cielo. Yo tenía que devolverle todo el placer que ella me había hecho sentir, así que bajé también a sus partes íntimas para repetirlo todo con ella. Las dos estábamos a punto de corrernos, pero a la vez notábamos como si nos faltara algo para que fuese perfecto. Entonces Lucía me hizo parar y sacó una cosa del cajón de su mesilla de noche. Era un vibrador de medidas considerables, el cual me ofreció a compartirlo con ella. Y al aceptar, empezamos a probarlo las dos por todos nuestros orificios hasta que nos corrimos varias veces, quedándonos allí traspuestas sobre la cama.

Ahora comprendía quien había sido el causante de crear tantos gemidos en la habitación de al lado el día que llegué. Después una vez acabamos, nos dimos una ducha rápida y decidimos por fin dormir la siesta.

Al día siguiente tras desayunar, se le ocurrió a Lucía que podíamos ir a montar a caballo y a la vez acercarnos al riachuelo a darnos un buen baño, ya que parecía que iba a hacer mucho calor. Así que nos arreglamos y preparamos los caballos tranquilamente, saliendo con ellos al trote. Durante el camino fuimos hablando de todo lo ocurrido durante esos días y así, entre risas y buen rollo, llegamos al riachuelo. Nos bajamos de los caballos y los dejamos atados en una rama. Después mi amiga fue a tocar el agua con la punta de los dedos y comentó que estaba en su punto. Así que empezó enseguida a quitarse la ropa hasta quedarse en bikini. Yo la miraba desde lejos y la verdad es que la tía seguía estando pero que muy buena. Tenía un cuerpo y unas piernas estupendas, junto a un culo respingón que cualquier hombre querría poseer. Además tenía unas tetas grandes y muy bonitas y así se lo hice saber. Ella se puso a reír y me dijo que porque no me animaba yo también a hacer lo mismo, y así podríamos comparar. Seguidamente lo hice y me quedé también en bikini como ella. Mis tetas no eran tan grandes como las suyas, pero las tenía más tiesas y duras, por lo que según me dijo, estaba también para comerme. Luego nos metimos en el agua y estuvimos nadando un rato. Aquello sí que era paz y tranquilidad. Allí estábamos las dos solas en aquél fabuloso paraje, sin nadie a nuestro alrededor que nos pudiera molestar. Entonces a Lucía se le ocurrió la idea de podernos bañar desnudas y sin pensarlo mucho las dos, nos sacamos nuestras diminutas prendas y las arrojamos hacia la orilla.

El notar el agua fresca acariciando mis partes íntimas fue una sensación distinta que no había sentido hasta entonces. Al igual que el roce del agua sobre mis tetas, las cuales se habían puesto tiesas y duras, al igual que mis pezones como jamás los había visto.

Después desde el agua pudimos ver como su caballo que estaba a la sombra todo relajado, tenía toda la polla colgando y nos pusimos las dos a reír. Luego al cabo de un rato decidimos salir del agua y nos tumbamos en la hierba para tomar el sol y de paso secarnos. Una vez lo conseguimos, nos vestimos y fuimos a por los caballos. Entonces Lucía comentó que por la tarde podíamos ir a visitar a unos amigos suyos que vivían en el cortijo de al lado, los cuales se dedicaban a la cría y venta de caballos y además según me contó, tenían el mejor semental de toda la comarca. Era un precioso caballo con un gran pedigrí que estaba ya retirado y lo usaban solo para cubrir a las yeguas del lugar. Así que al estar las dos de acuerdo, al llegar la tarde nos pusimos en camino. Al cabo de un rato llegamos a la entrada del cortijo y conforme íbamos adentrándonos en el camino, íbamos viendo a ambos lados caballos de todo tipo de tamaños y colores y a algunos potrillos que corrían como si de unos niños se trataran.

Al llegar vinieron enseguida a saludarnos y después nos ofrecieron un refresco para aliviar la calor. Luego nos dejaron dar una vuelta para verlo todo y lo que más me llamó la atención fue un cobertizo con un gran cercado fuera. Entonces me explicaron que allí es donde tenían a “Rayo”, el mejor semental de la región y con el que solían ganarse un buen dinerito extra. Dijeron también que los ganaderos traían a sus yeguas para que las cubriese porque con el pedigrí que tenía les salían después unos excelentes potrillos. Yo no sabía muy bien de que iba todo aquello, por eso mi amiga al tener confianza con ellos, les preguntó cuándo tenían fijada la próxima monta y si podíamos asistir para verlo todo. Entonces nos dijeron que no había ningún problema y que si nos esperábamos una media hora, llegaría un cliente con su yegua. Así lo hicimos hasta que puntualmente llegaron. Se estuvieron saludando y mientras unos señores iban ya preparándolo todo. Nosotras estábamos como espectadoras de primera fila para no perder detalle. Entonces uno de ellos ató a la yegua en unas anillas que habían en la pared y trataba de calmarla, ya que según nos dijo además estaba en celo. Mientras tanto otros dos fueron a buscar a “Rayo”.

CONTINUARÁ EN EL RELATO: LAS VACACIONES DE MARÍA (II PARTE).


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