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Fecha: 29-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

La segunda vuelta

Guitarrista
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Tiempo estimado de lectura: [ 20 min. ]
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Una ciudad con encanto, un hotel de lujo y tiempo suficiente para todo... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota:

La relación entre Roberto y Toño comenzó en el relato Al final del verano.

 

 

 

 

LA SEGUNDA VUELTA

 

El día del viaje a Sevilla no hubo que preparar desayuno; el billete que teníamos pagado en AVE era en clase Preferente y lo incluía. Fuimos en taxi hasta Atocha y a Toño no le pareció nada especial ―cosa que me pareció normal sabiendo su plan de vida― y encontró nuestro coche y asientos sin ningún problema. Recordé cuando había ido a recogerlo a la estación por primera vez. Seguía siendo el mismo, desde luego; la diferencia era que lo conocía mejor.

Después de dos horas y media de muy agradable charla, llegamos a Santa Justa ―la estación del AVE de Sevilla― y tomamos otro taxi para ir al hotel. Los Seises no era un hotel de nuestra cadena ―no hubiera sido muy lógico alojarnos en el mismo lugar donde íbamos a trabajar―, sino que, también muy lujoso, estaba a un par de minutos andando del Mármoles. Después de callejear por lugares por donde apenas cabía un coche, el taxista paró exactamente en la puerta.

Me pareció un lugar muy elegante; tan espectacular como el Parador de Plasencia, pero ubicado en un antiguo palacio sevillano con un estilo menos sobrio. Nuestra habitación era muy luminosa y absolutamente silenciosa. Lo único que pudimos oír en cierto momento fueron las campanas de la Giralda, que estaba a escasos metros. Toño se abrazó a mí emocionado cuando estuvimos solos:

―¿Has visto esas calles? ―me preguntó en voz baja―. Te dije que quería venir a conocer Sevilla… de turismo, ¡y mira dónde estamos!

―Conozco algo del centro, vida ―respondí con el mismo nivel de voz―. Sé que te va a gustar mucho esta ciudad, y eso me parece importante.

―¿Y a ti? ¿No te gusta?

―¡Claro que sí! ―exclamé besándolo―. He venido varias veces. Ahora solo nos queda saber dónde está nuestro hotel. Podríamos haberlo buscado en Google antes de venir, digo yo. Preguntaremos abajo.

Los pasillos palaciegos, llenos de columnas y arcos muy antiguos, algún suelo de auténtico mosaico romano y un increíble patio de estilo sevillano, dejaron al grandullón mudo.

Nuestro hotel, según nos indicaron en recepción, estaba a unos trescientos metros de allí ―a dos calles―. Nos miramos asombrados. Al salir para localizarlo, antes de hacer cualquier otra cosa, me pareció que me miraba retraído. Puse mi mano en su hombro y le hablé mientras recorríamos la callejuela estrecha:

―Es el Barrio de Santa Cruz ―le expliqué―. Estamos en el centro histórico de la ciudad, el más grande de Europa, y todo es más o menos así. Visitaremos también otras zonas que conozco y que son muy bonitas. El piso que nos ofreció Paul, sin embargo, está en Triana, en la otra orilla del Guadalquivir. Es como… como si fuera otra ciudad dentro de esta.

―¿Sí? ―preguntó incrédulo―. Es moderna, supongo…

―No y sí ―reí―. No toda la ciudad es como esto. Daremos una vuelta para que vayas viendo cosas. Ahora vamos a ver cómo es esa calle Mármoles y el hotel. Así nos aseguramos de no perdernos. De todas formas, para eso están los teléfonos, ¿no?

Se detuvo y volvió a mirarme de forma muy extraña; me estaba ocultando algo. Volví a agarrarme a él y continuamos andando.

―He apagado mi teléfono, cari ―me dijo preocupado―. No quiero recibir llamadas.

―Eso no puede ser, petardo ―le quité importancia―. Si hace falta, damos de baja ese número y se contrata otro. Tenemos que estar en contacto.

―¿No te importa?

―¡No! ―contesté despreocupado―. Sé lo que te pasa y… quizá yo hubiera hecho lo mismo que tú. Buscaremos un sitio donde contratar otro número.

Entrando por otra calleja ―la calle Aire―, salimos a un lugar más espacioso donde comenzaba la calle Mármoles. Allí estaba el hotel; también ubicado en una lujosa casa antigua. No entramos; volvimos sobre nuestros pasos y, pasando unos cien metros la puerta de Los Seises, salimos a la plaza Virgen de los Reyes.

―¡Mira! ―prorrumpí señalándole hacia arriba―. ¿Te gusta?

―¡La Giralda! ―exclamó―. ¡Es increíble! ¿Aquí vamos a vivir y a trabajar?

―Ya sabes dónde está el trabajo. El piso del que nos habló Paul no está tan cerca, según se miden las distancias aquí. Creo que está más cerca que mi trabajo en Madrid. Si quieres, podemos dar un paseo hasta el río y verás eso y muchas más cosas. ¡Vamos por allí!

―Si se pudiera ver nuestro futuro piso… ―dijo sin dejar de mirar alrededor.

―No sé yo… ¿Quieres que llame a Paul? Puede decirnos qué número es y ver el edificio por fuera. La calle Betis la conozco y te aseguro que es un lugar privilegiado.

―Si no te importa preguntarle… aunque no podamos ver el piso por dentro.

Llamé a Paul ―que creyó que estaba en Madrid― y cuando le pregunté por ese alquiler del que habíamos hablado y que me había prometido, se puso muy contento:

―¡Ay, maricón! ¡No me digas que ya os vais a ir a Híspalis! Pasaos por la tienda luego y os doy las llaves del piso. Si yo pudiera cerrar el chiringuito, me iba con vosotros a la ciudad del amor… ―hizo resonar la última erre.

―¿Tienes las llaves tú? ―carraspeé―. Verás, Paul… No me vayas a soltar una de las tuyas. Es que… ya estamos en Sevilla; al pie de la Giralda, para más señas.

―¡Anda, coño! Si sabía yo que esto iba a pasar… Y yo pensando en ver a tu… en veros, vamos; este fin de semana. Y… ¿estáis allí ya para siempre? ¡Os podíais haber despedido, digo yo, y no iros a la francesa!

―¡Espera, hombre! ―le expliqué―. Todo ha sido de un día para otro. Solo hemos venido a presentarnos y a que nos digan cuándo empezamos. El domingo por la noche estamos otra vez en casa.

―¡Por un día! ―protestó a gritos―. Por un puñetero día, podría haber cerrado la tienda «por defunción» y me hubiera ido el finde con vosotros. ¡Ay, canallas! ¡Qué os gusta estar solitos!

―Te prometo que cuando volvamos estás invitado unos días con todo incluido.

―¿Todo, todo? ―insinuó sensualmente.

―Todo lo que sea gasto, mamón; que te conozco… El caso es que… vamos dando un paseo hacia el río; ya sabes por dónde es. Me dice Antonio que le gustaría saber dónde está ese piso…

―Ahora, ¿no? Ahora que estáis allí y yo aquí lejos de tu Hércules, para darle alegría a mi cuerpo. ¡Qué me hubiera gustado verle la cara asomada al balcón! «No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla…».

―No pasa nada… ―maticé―. Era simple curiosidad; conque nos digas qué número de la calle Betis es…

―¡Ah, pues mira, guapo! En eso vais a tener suerte… ¿Antonio puede oírme?

―No. ¿Por qué? ¿Pongo el altavoz?

―¡No, no, espera, maricón! ―habló a toda velocidad―. Te dije que quería hablar contigo… ¡antes!, ¿comprendes, guapo? El piso es mío, chocho. Me lo compré con mi trabajo y a buen precio porque el dueño no podía pagarlo. ¡Y ya ves tú lo que lo disfruto! Por eso quiero que viváis ahí.

―¡Ah, no lo sabía!

―¡Calla! No mientes la soga en casa del ahorcado… Tengo un amigo ahí, Agustín, que tiene una copia. Vive allí cerca, en la calle San Jacinto. Te doy el teléfono por WhatsApp y lo llamas. Dile lo siguiente: «La Paula, que me des las llaves hasta el domingo». ¿No vais a volver el domingo?

―¡Sí, sí, claro!

―Ahora te lo mando, cariño… ¡Ay! No me seáis traviesos y dejad todo como está, que aquello no es un picadero. Antes de veniros, déjale a Agustín las llaves.

Miré a Toño con picardía y creí ver en sus ojos una gran ilusión.

―¡Sí, Toño! Su amigo Agustín vive cerca y nos dará las llaves.

Sonó mi teléfono con el mensaje mientras el grandullón se mordía las uñas por no dar saltos en plena calle. No entendía muy bien para qué quería Paul un piso allí, pero era cosa de hablarse en otro momento.

Fuimos dando la vuelta a la enorme catedral y, al llegar a la avenida, me miró Toño como asustado al ver pasar el moderno tranvía:

―¡Ah! ―exclamó―. Creí que todo iba a ser antiguo…

Poco más adelante, tal como le dije, atravesamos hasta el Paseo de Colón para ver la Torre del Oro y el río. Creo que no se dio cuenta, pero tenía la boca abierta como un niño de teta.

―¿Ves  todas aquellas casas de colores de la otra orilla? ―le pregunté.

―¡Sí, sí! No sabía que esto era así…

―Esa es la calle Betis, mi vida. Vamos hasta aquel puente y atravesamos el río. Tomaremos una cerveza con un «pescaíto frito» de Triana. ¡Te va a gustar!

―Sí, sí ―era lo único que decía, sin dejar de observar todo lo que le rodeaba.

Recorriendo todo el paseo hasta el Puente de Triana para salir a San Jacinto, donde vivía Agustín, me miró no sé cuántas veces con tal entusiasmo que me dieron ganas de besarlo allí mismo. Sabía que Sevilla era una ciudad donde darse un beso en la calle no estaba mal visto, pero esperé a que estuviéramos en el piso.

Llegamos a la calle San Jacinto ―la principal de Triana― y fuimos dando un paseo con tranquilidad por ser toda la calle peatonal. Toño seguía absorto mirando a un lado y otro. Plasencia, por supuesto, era todo un monumento, aunque de un estilo muy distinto.

A medio camino, en una esquina muy llamativa, vimos un gran azulejo de un bar llamado Las Columnas. Nos gustó tanto su aspecto que decidimos entrar:

―Voy a llamar a Agustín ―le comenté―. Pide mientras…

―¿Y qué se pide aquí? ―preguntó en voz baja al oír hablar a los camareros.

―¡Yo qué sé! Dos cervezas y alguna tapa… Mira la carta. ¡Aquí no hay pinchos!

Llamé al teléfono que me había enviado Paul y oí la voz de un joven. No me atreví a decirle directamente las palabras de mi amigo:

―¡Hola! ¿Eres Agustín?

―¡Sí, claro! ¿Quién eres?

―Hmm, verás… Soy Roberto, un amigo de Paul…

―¿Paul? ―preguntó extrañado―. No conozco a ningún Paul.

―La Paula…

―¡Anda, joder! ¿Eres amigo de la folclórica? ¡Haberlo dicho antes, maricón! ¿Estás por aquí? Podríamos vernos, ¿no te parece?

―Sí; creo que sí ―contesté un tanto asustado―. Estoy en un bar que se llama… Las Columnas. Es que me ha dicho que tú tienes las llaves del piso…

―¡Uy, miarma! Al ladito estoy, corazón. Ahora mismo «bajo pabajo», que vivo al lado, cielo. ¿Cómo sé quién eres?

―Verás… Venimos dos; y los dos vestimos de traje y corbata… Es por el trabajo, ¿sabes?

―¡Bajo ahora mismo, churra! No os vayáis…

Cortó y se lo comenté a Toño escuetamente. En un minuto vimos entrar a un chico muy joven, guapo y simpático, muy bien vestido, no con traje, sino informal; nos miró con sorpresa y se acercó a nosotros un tanto asustado:

―¿Roberto? ―le preguntó a Toño, que era más vistoso.

―No; Roberto es este…

―¡Hola! ―balbuceó―. Perdona, pero es que creí que…

―No te preocupes, Agustín ―reí―. Hemos venido a cosas del trabajo. No somos dos ejecutivos. ―Me acerqué un poco para hablarle―. Somos pareja.

―¡Ah! ¡Vaya! Con tan buena pinta y de Madrid… no lo parecéis.

―Pues… es que dice la Paula, que me des las llaves hasta el domingo.

―¡Ah, sí, las tengo arriba! ―exclamó―. ¿Vais a alquilarlo o solo es para…?

―Vamos a verlo ―dije acercándome a Toño insinuando claramente que éramos pareja formal―. Creo que nos venimos a trabajar a Sevilla y nos lo va a alquilar.

―¡Perfecto! Ahora subo a por ellas.

―¡Espera! ―lo llamé cuando ya se iba―. ¿Quieres tomar algo?

―Bueno… una cervecita, miarma; así os acompaño.

Cuando salió del bar, Toño me miraba aún más extrañado. Me pareció que le costaba trabajo entender lo que hablaban y le llamó la atención que un chico me llamara «mi alma» (en andaluz, miarma) en público.

―No te preocupes, grandullón. Aquí todo el mundo se dice «miarma»; es como una coletilla… como si le dijeras «tío», o algo así.

Ni siquiera había probado la tapa que me pusieron cuando volvió a entrar Agustín apresuradamente:

―¡Toma! ―Alargó la mano para entregarme un llavero―. Os acompaño a la puerta para que sepáis cómo abrir. ¡Es fácil! Vosotros os quedáis y yo me vengo, miarma; no te preocupes.

Fue muy divertido tomar una «cervecita» con Agustín ―una «cervecita» eran unas cuantas cervezas cada uno y algunas tapas variadas―. Me pareció que a Toño le iba cambiando la cara poco a poco hasta mostrar una clara sonrisa de satisfacción:

―¿Es verdad que en esa calle estuvo don Juan Tenorio con doña Inés, en su casa? ―le preguntó curioso en cierto momento.

―¡Uf, yo qué sé, miarma! Del Tenorio se dicen muchas cosas, ¿sabes? Pero si te refieres a la escena del sofá en su quinta, en la otra orilla, junto al río… no vas desencaminado, cariño. Y las vistas, dan para mucho, la verdad. Os va a encantar.

Poco antes de irnos, Agustín se despidió del camarero con un «miarma» de tal forma, que oí a Toño hablar como nunca antes:

―¡Adiós y gracias, miarma!

Caminamos hasta la mitad de la calle, más o menos, y subimos a un tercero que, en realidad, era un ático bastante espacioso y amueblado con muy buen gusto. Agustín encendió las luces y levantó unas persianas. Enfrente, no muy lejos, teníamos una vista completa de Sevilla. Toño me miró disimulando su sorpresa.

―¡A disfrutarlo, miarma! ―se despidió―. A ver si nos vemos algún diita, ¿eh?

Ya solos, abracé a mi niño echando la cabeza en su hombro y mirando la panorámica. Me pareció un lugar de película; lo que no sabía era cuánto nos iba a cobrar Paul ―la Paula― por aquello. Ninguno de los dos pasamos de unos besos. Echamos un vistazo a la cocina, por supuesto, y a los dos dormitorios. Elegimos el que tenía cama de matrimonio, que daba a la calle.

 

La noche en el hotel fue apoteósica y el viernes salimos a contratar el teléfono para Toño, a almorzar a base de tapas, en vez de ir a un restaurante, y a prepararnos para la presentación.

A fin de cuentas, después de mucho misterio, cuando dimos el paseo hasta Mármoles y entramos en el hotel, nos recibió una señorita muy amable, nos hizo esperar un rato y entramos juntos a hablar con don Alfonso. No hubo nada más que algunas preguntas para satisfacer su curiosidad, abrió y leyó sendas cartas, me entregó otra para don Santos y nos dijo que prepararía nuestra documentación con la gestoría para incorporarnos el jueves, uno de diciembre. Quería que estuviéramos ya allí para el puente de la Constitución ―día seis― y la Inmaculada ―día ocho―. Como el día seis era martes y el ocho jueves, ¡había más de una semana de vacaciones! Desde la tarde del viernes, día dos, hasta el domingo, día once… Nosotros no nos tomaríamos esos días como festivos, evidentemente. Había que trabajar.

―¡El día uno! ―exclamó Toño cuando salimos―. Eso está ya muy cerca. Ni un mes. ¿Tomamos café o nos vamos al hotel?

―Un café primero… ―contesté pensativo―. Me gustó mucho el Costa Coffe que había en la avenida. ¿Vamos?

Pues no tomamos café. A las seis y media de la tarde, prácticamente de noche, pasamos por la puerta de un bar muy ambientado y entramos. La gente estaba tomando cerveza. Vimos un jamón muy apetitoso y cambiamos los planes.

Para cenar, preferí ir al hotel. Estábamos cansados y quería que Toño echase un vistazo al comedor y al servicio. Miró todo con asombro y detenidamente:

―No está nada mal, miarma ―me dijo―. Es mejorable, desde luego…

Y para celebrar aquel día tan señalado para nosotros, ¿qué mejor que una botella de buen cava en la habitación usando el room service?

―Creo que me va a costar más esta botella que la habitación ―bromeé―. Esto no debe ser barato aunque no es temporada alta.

―A ver si la aprovechamos bien, ¿no? ―dijo insinuante―. Con una botella para los dos, nos iremos a la cama enseguida… miarma.

Vi a mi grandullón ―mi vida― más feliz, incluso, que la noche que nos conocimos. Lo mismo que había copiado aquello de «cari» en Madrid, copió lo del «miarma» de los sevillanos. Brindamos en pelotas como en una ceremonia, nos besamos con pasión en un absoluto silencio ―ni se nos ocurría encender la TV―, pasamos el vino espumoso de boca a boca y dejó caer desde sus labios un chorro para empapar mi vello púbico y mi polla oscilante, antes de empezar con el chupetón que tanto le gustaba.

―Tengo curiosidad ―le dije―. No sé cuánto se llenaría esta copa si te corres dentro. ¡A lo mejor rebosa!

―¡No seas exagerado! ―protestó haciendo una pausa en su mamada―. No pienso correrme en la copa y desperdiciar lo que es para ti.

―No digo que te corras en la copa, mi vida; pero si en vez de escupirla la echo aquí…

―¿Tanta curiosidad tienes?

―Quizá. A lo mejor es que yo echo muy poca leche; no lo sé.

―¡No! Es verdad que echo más de la cuenta.

―¿Y quién te lo ha dicho? ¡Con alguien habrás comparado!

―¡Pues no es lo que tú te crees, miarma! ―dijo antes de seguir chupando sin dejar de acariciármela―. He visto pelis porno en Internet y echan menos que tú; y mucho menos que yo, claro.

―Una vez vi a uno que echaba chorros y chorros; como una vaca. Supongo que estaría trucado, como en muchas otras pelis. Lo tuyo no es normal y, además, es un pequeño detalle que se suma a tu encanto. ¡Uf! ―exclamé jadeando―. Ya empiezas con esos lametones… ¡Dale, dale! ¡Así! Que me corra mejor que nunca, mi vida.

Lamió y lamió hasta hacer que me revolcara por la cama corriéndome casi perdiendo la vista y viendo las estrellitas. Cuando pude incorporarme para mirarlo, había cogido su copa vacía de la mesilla y estaba echando allí mi semen, que no era tan poco; como un par de cucharadas.

En esos preámbulos nuestros ―antes de lo que él llamaba la segunda vuelta―, me aseguraba de darle el máximo placer posible porque era cuando más cantidad echaba y para que, al recuperarse, tardara más en correrse. Normalmente, siempre había sido así.

Me aseguré de dejar mi copa bien vacía y me miró con astucia sabiendo lo que pensaba hacer. Se levantó de la cama ante mi asombro y puso sus espaldas en una de las puertas del armario empotrado empujando su culo hacia adelante ―como para dejarla bien visible o como llamada de atención―. Cuando lo vi allí de pie, tan grande y apetecible, con su grandioso y atractivo nabo balaceándose, me levanté también para acercarme a él, cogiendo antes mi copa y dejándola en el suelo cuando me arrodillé en la moqueta.

Tomando entre mis manos sus dos hermosas «columnas», abrí la boca moviéndome para darle el bocado del placer. Aspiró profundamente y, cuando intentó echarse atrás, tiré de él aún más. Con las piernas un tanto abiertas, y tan separado de la pared, lo pillé en una postura de la que no pudo zafarse. El placer extra estaba asegurado.

Le hice una mamada a conciencia; aun sabiendo que iba a correrse muy pronto. Mi lengua permaneció siempre en movimiento y mis labios apretados, de tal forma, que su capullo quedara todo al descubierto y sintiera el roce que no iba a poder aguantar mucho. No me equivoqué.

Cuando empezó a gemir, a jadear y a decir cosas incongruentes, me puse alerta. No quería que se desperdiciara ni un mililitro de su apreciada ambrosía. Soltó primero un caño que me golpeó en el paladar, y tuve que aguantar un poco. Cuando salieron, uno tras otro, los sucesivos chorros a presión que solía disparar, tomé la copa del suelo sin dejar de moverme y fui dejando caer allí dentro lo que no cabía en mi boca.

―¡Te saliste con la tuya! ―se quejó respirando agitadamente.

―¿Qué pasa? ―pregunté al escupir en la copa el resto―. ¿No te ha gustado?

―¡Mucho! ―exclamó resbalando por la pared para caer al suelo junto a mí―. Ya tienes la medida que querías y los dos tenemos la copa lista para brindar.

―No pensarás que nos bebamos esto, ¿verdad?

―¿Por qué no, miarma? ―musitó mordiendo mis labios―. ¿Te doy asco?

―¡No! ¿Qué dices? ―respondí seguro―. No me da ningún asco de ti; y lo sabes. Una cosa es tragárselo del frasco y otra bebérselo así, en frío, ¿no crees?

―¡Claro que sí! ―susurró dejando caer su cabeza en mi hombro―. La verdad es que nunca había visto toda una corrida mía así; tan claramente.

―Es mucho más del doble de lo que echo yo en un buen día, ¿sabes? Cuando tienes una buena tarde, tu corrida es un espectáculo. ¡Casi media copa!

―¡No exageres, porfa! Tira eso.

―¡No, espera! Quiero contemplarlo.

―¡Vale! ―sentenció haciendo un esfuerzo para levantarse―. Vamos a la cama y te vas recuperando, que la cosa no ha empezado…

 

Como ya era costumbre entre nosotros, no paramos hasta bien entrada la madrugada. Apagamos la luz y oímos unas campanadas de la Giralda.

―Las seis ―farfulló―. Mañana no hay que madrugar.

―Pondré el «no molestar» en la puerta para que no entre la camarera y nos vea…

Le gustó mucho lo que pudimos ver el sábado y parte del domingo. Nos vestimos un poco más informalmente ―«casual», que dicen― y quedamos con Agustín para tomar unas cervezas y hablar de todo un poco. Era un tío muy divertido, nada afeminado, que a sus veinte añitos vivía en un pequeño estudio, trabajaba, estudiaba, no tenía pareja… y se había acostado con Paul.

Había pensado en no volver a Madrid demasiado tarde y tomamos el AVE de las siete y cuarto de la noche. Llamé a Paul en el mismo tren para decirle que volvíamos en ese momento. Ya le había dicho que vimos el piso y nos gustó mucho, pero no se habló nada del precio del alquiler por teléfono y delante del grandullón. También le di el nuevo número de Toño y comprendió que se lo hubiese cambiado:

―Yo hubiera hecho lo mismo, guapa. Esa criatura debe estar pasando el mismo calvario de la muerte sin saber lo que piensan hacer sus padres. Tienes… tenemos que quitarle ese miedo o aliviárselo, ¡ya me entiendes! ¿Sabes una cosa? Para algo soy la mayor de la clase, maricón. Si quieres saber lo que piensa tu novio, déjame a mí que hable con él.

―¿Tú? ―ironicé en voz muy baja―. ¿A solas?

―No me seas ingrato, Robespierre ―dijo seriamente―. Con treinta años se ven las cosas de otra manera. Os veo muy jóvenes y vais muy de prisa, no porque vayáis en el tren ahora, majo. Si no te fías de mí, que ya te vale, nos vemos en tu casa, me invitas a una cena de esas del «masterchef» y me dejas meterle los dedos… ¡Sabes a lo que me refiero, guarro!; no hablo de meterle los dedos en ningún sitio. Seguro que conmigo se sincera más. ¿No te das cuenta? Lo tienes al lado. ¡Míralo! Seguro que no te dice que se siente mal por no preocuparte. ¡Ay! Yo le quitaba su disgusto en un rato…

―No te preocupes, Paulita ―concluí―. Ya veremos…

 Sí. Observé a Toño asomado a la ventanilla mirando a ningún sitio, porque todo estaba muy oscuro afuera. Paul tenía razón. Había algo en su mirada que era lo que yo ya había notado. Sabía que no me iba a decir todo lo que sentía; quizá yo mismo hubiera hecho eso para no preocuparlo. Decidí invitar a Paul a cenar…

Había poca gente en el vagón de los ejecutivos un domingo por la noche. Miré con disimulo al otro lado del pasillo y no había nadie. Me dejé caer muy despacio y reposé mi cabeza en su hombro como si me fuera a dormir. Moviéndose lentamente y dando un vistazo alrededor, levantó su mano para acariciar mi mejilla y apretarme contra su cuello.

Sobre las nueve y media llegamos a Madrid, tomamos un taxi y volvimos a casa derrotados. Al entrar,  tiró la bolsa de viaje a un lado y se despojó de bastante ropa, dejándose caer en el sofá. Hice lo mismo y caí junto a él intentado ver cualquier gesto de preocupación. Me miró sonriente, tiró de mi cabeza para ponerla en su hombro y suspiró fuertemente:

―¡Uf! ¡Por fin en casa! ―musitó―. Estoy demasiado cansado, mi vida. Voy a preparar algo de cena y, si no te importa, me gustaría dormir.

―¡Claro que sí! Si lo prefieres, yo preparo lo que sea y tu cola-cao. Ahora toca descansar. Mañana te quedas en la cama y yo iré al hotel a llevarle la carta al jefe.

―¿Qué vamos a hacer todos estos días? ―preguntó ensimismado.

―Hay mucho que hacer, Toño. Mañana lo hablamos. He pensado en invitar a cenar a Paul para contarle todo lo que no le hemos contado, así que tenemos que comprar algo especial para él. ¡Ve pensándolo! Puede ayudarnos mucho. Nos van a faltar días para hacer todos los preparativos… La ropa, los libros, el ordenador, la agencia de mudanzas… ¡Tenemos que despedirnos! Hay mucho que hacer.

―La segunda vuelta será para quedarnos. Juntos; por fin… Para siempre.



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