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Fecha: 19-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

Dueño de mi vida

Guitarrista
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Tiempo estimado de lectura: [ 29 min. ]
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Al saber el contenido del testamento, la pareja feliz tendrá que cambiar sus planes. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota:

La relación entre Roberto y Toño comenzó en el relato Al final del verano.

 

 

 

 

DUEÑO DE MI VIDA

 

La primera noche que nos acostamos juntos y abrazados desde que faltó su padre, la conversación nos había llevado a un punto que no sabía cómo controlar. Toño, sin meditarlo en absoluto, dejó caer una frase que parecía ser la solución al problema económico y laboral que se nos presentaba para poder seguir estando juntos; simplemente eso.

«¿Te quieres casar conmigo?» no había sido una pregunta, a mi parecer, hecha por amor; así que no le respondí. Le sonreí y puse su rostro entre mis manos:

―Ahora sí que no sé lo que estás pensando ―le dije―. He creído entender durante la cena que deseas que sigamos aquí toda la vida; tenerme a tu derecha. Y luego… te pusiste a hacer planes para irnos a Sevilla.

―¿Te has molestado, cari? ―exclamó preocupado―. Es verdad que esa pregunta me ha salido así como una solución para no separarnos, pero es que siempre hemos pensado en vivir juntos, ¿no?

―Sí, grandullón. No me he molestado. Sé que preguntabas eso como solución a este problema. Siempre cabe la posibilidad de hablar con el jefe para que medie con don Alfonso. De todas formas… Sería mejor pensarlo muy despacio.

―¡Bésame! ―susurró acercando su boca mí con los ojos cerrados.

―Te ha crecido mucho el pelo, grandullón ―comenté al poner mi mano en su cuello para besarlo.

Lo miré fijamente, observé sus labios unos instantes y lo besé tal como lo deseaba desde hacía tiempo. Su boca se abrió dejándome saborearla y aspirar su aliento excitado. Después de un beso largo, volvió a mirarme, me sonrió pícaramente y habló en voz baja:

―Esto es lo único que me importa, vida. Me importa que estás conmigo porque me quieres. Me lo has demostrado desde el primer instante. Yo no necesito que me firmes unos papeles para estar seguro de que me amas. En todo caso… tómalo como quieras.

―Te quiero, Toño ―musité―. Y sé que ninguno de los dos podríamos ya vivir sin el otro. No has dicho ninguna tontería… solo es que pensaba que ese tipo de cosas se preguntan por otros motivos.

―¡Claro! Tienes razón. Es poco romántico…

El ruido de la lluvia afuera producía un zumbido sordo y continuo mientras nos mirábamos entusiasmados iluminados por una simple lamparilla perdida en un dormitorio enorme.

Toño se movió al oír un trueno, tiró de la colcha y se bajó de la cama para abrir las pesadas y tupidas cortinas. Mientras miraba con curiosidad afuera, me miró un instante:

―¡Ven! ¡Ven aquí! ¡Mira cómo llueve! ¡Hay tormenta!

―Ya pasará, petardo. ¿Me vas a dejar aquí solo?

―¡No, no! ―dijo seguro―. Tú eres el que tienes que levantarte y venirte aquí conmigo. ¡Vamos a vivir tu fantasía!

Tiró un poco más de las cortinas para abrirlas y, con unos movimientos muy lentos, se sacó la camiseta y se bajó los calzoncillos dejándose los calcetines. Me levanté al instante y tiré de mi camiseta y mis calzoncillos para quedar desnudo como él. Dando unos pasos lentos sobre la mullida alfombra que quedaba entre las dos camas, justo a los pies de la ventana, llegué hasta él y puse mis manos en sus caderas.

Al notar que pasaba mi mano lentamente por su espalda, se fue inclinando hasta apoyar sus codos en la madera para seguir mirando afuera.

Me había empalmado en cuanto lo vi desnudarse, así que me acerqué un poco para ir rozando todo su culo. Se vio un relámpago y sonó un fuerte trueno. Mi polla se había quedado clavada entre sus nalgas.

―¡Vamos! ―ordenó―. No hay tiempo que perder ahora; antes de que se acabe la tormenta.

Me agaché para besar su espalda y fui dejando caer mis labios por su columna besándolo una y otra vez, hasta llegar a aquel mullido culo de carnes suaves y perfumadas. Caí al suelo de rodillas y, tirando se sus glúteos rosados, casi a oscuras, lo besé con todo mi cariño.

Me pareció oír que suspiraba y saqué mi lengua apretando mi cara a él para darle el beso más oscuro y más bello que jamás había dado a nadie. Y así estuve hasta que echó su mano hacia atrás y tiró de mi cuello hacia arriba.

Me puse de pie y busqué al tacto para empezar a penetrarlo. Él mismo me la cogió y la colocó correctamente. Empujé con suavidad mientras jadeaba entrecortadamente. Poco a poco, sin movimientos violentos, entré en él hasta el fondo.

Estaba tan caliente que supe que no iba a aguantar nada y, antes de que se lo dijera, se adelantó:

―La primera vez te pasó lo mismo, Roberto. No te aguantes. Tenemos tiempo para repetir cuanto queramos…

Solo de oír su voz diciendo eso, me dieron calambres de placer y me dejé caer sobre su hermoso cuerpo para empujar varias veces hasta transmitirle todo lo que tenía dentro.

Me quedé sobre él jadeando y besando el lóbulo de su oreja:

―Eres el único tesoro que quiero tener; no para poseerte, sino para que me tengas a tu servicio.

―Se hará lo que tú digas, mi vida ―musitó sin volver la cabeza―. Y ahora que te tengo en las entrañas… ¿Quieres casarte conmigo?

No pude contestar. Me incorporé y la fui sacando despacio mientras se volvió a mirarme, dejándome ver a la tenue luz de la lamparilla su cara de sorpresa y disgusto:

―¿No me contestas? ―gimió.

―¡Sí! ¡Claro que sí! No puedo vivir ni un instante sin ti. Quiero casarme contigo.

Aguantando las lágrimas y cogido a sus manos, fui cayendo lentamente al suelo hasta quedar de rodillas ante él y, con todo cuidado, lo besé hasta el hastío; hasta que sus chorros cálidos, como una explosión de gozo cayeron sobre mí para empaparme.

―¡Vamos, levanta! ―dijo tirando de una de mis manos―. Vamos a ducharnos. Mañana ya tenemos muchos planes. Supongo que lo del notario será largo e interesante. Tenemos que buscar tiempo de donde sea… Vamos a comprar los anillos, que es lo que me importa.

No sé cuántas veces nos dijimos «te quiero» aquella noche. No éramos capaces de encontrar otras palabras para decirnos lo que de verdad sentíamos el uno por el otro. Las palabras, a veces, están tan manidas de usarlas para simplezas que, cuando las necesitas en serio, ya no significan nada.

 

El martes bajamos pronto por la mañana a desayunar con doña Julia. En casa habíamos tomado todo tipo de manjares de los que él elegía y, sin embargo, no pude disimular mi asombro al ver lo que ponían en la mesa. Zumo, frutas, el café bien caliente y recién hecho, tostadas, manteca, porras y huevos estrellados. No faltaron sus torreznos, desde luego.

―¿Sirves? ―le preguntó la madre.

―Sírvete tú, mamá. Le preparo esto a Roberto y me sirvo lo mío.

―¿Te gustan los torreznos en el desayuno, Roberto? ―me preguntó la madre sonriente―. Este hijo mío te va a acostumbrar muy mal. A mí me parece demasiada grasa para la mañana.

―La verdad es que están exquisitos ―dije―. No los había comido nunca en el desayuno…

―¡Sí los has comido, cari! ―dijo Toño descuidadamente sin que su madre pareciera oírlo―. La otra vez…

―¡Sí, sí! ―interrumpí―. No me refería a eso, sino a comerlos en Madrid.

―El de Madrid, Roberto ―comentó la madre sirviendo el café―, seguro que no es como este. El adobo es de mi hijo. Ni siquiera en Talavera, que tiene fama, es tan bueno. Hay un pueblecito allí muy cerca, El Real de San Vicente, donde dicen que tienen el mejor torrezno de la Mancha. Y si te vas al sur de Extremadura, mejor que pidas jamón; es como si estuvieras en Andalucía. ¿Has probado el jamón de Jabugo?

―¡Sí, claro! ―aseguré antes de catar el zumo―. Solo un poco; es totalmente diferente a lo que llamamos aquí jamón. ¡Exquisito!

―Pues eso es lo interesante ―añadió Toño―. En cada sitio debe comerse lo mejor de cada sitio. ¡Menudo hartón de buñuelos me di en Madrid!

Cuando acabamos, se acercaron las dos chicas a retirar algunos platos mientras Nati ―como ya pude observar anteriormente― controlaba por el resquicio de la puerta. En poco tiempo se acercó ella misma a saludar:

―¡Buenos días, señor! ―se dirigió a Toño―. Buenos días, señora. Buenos días, don Roberto… ¿Debo servirle algún licor?

―¡No, no! ―prorrumpió Toño―. Bueno… ―Me miró intrigado―. ¿Tú quieres alguno?

Él sabía claramente que yo no solía tomar licores; y mucho menos en el desayuno. Supuse que así quedaba claro que no se serviría más licor por la mañana. Al parecer, don Antonio acostumbraba a tomar coñac o aguardiente; un veneno para su enfermedad.

―Me apetece un cigarrillo ―dijo mi rey dejando la servilleta sobre la mesa para levantarse―. ¿Vamos a la salita?

―¡Vamos! ―exclamó su madre―. Si fumáis tabaco rubio, retomaré el vicio… ahora que puedo ―acabó la frase entre dientes.

Toño tomó a su madre por el brazo para llevarla ―no porque fuera mayor, que no lo era en absoluto, sino porque era la costumbre― y, ya allí sentados, sacando yo una cajetilla casi llena, le ofrecí primero a ella y luego a Toño.

―¡Ah! ―exclamó doña Julia al exhalar la primera calada―. Fumaré poco para no marearme. No hay nada como un cigarrillo tras el café… ¿No es así? ―preguntó mirándome.

―Eso creo. ―«Creemos», interrumpió Toño―. En casa no fumamos porque no se pueden abrir las ventanas para ventilarla… Abrimos la ventana de la cocina y fumamos allí.

―¿Pero cómo es eso? ―indagó muy extrañada.

―Las normas energéticas, creo. Si se ventila el piso en invierno se desperdicia la calefacción, que no puede apagarse.

―¡Ay, joven! ―sentenció―. ¡En qué mundo vais a vivir! Aquí respetamos a los demás; según quiera hacer cada uno en su casa. Digamos que… esto es el fumadero.

―Te veo extraña fumando, mamá ―le dijo Toño aguantando unas risitas―. Dime qué marca prefieres y te la compramos ahora.

―Ya casi es hora de irse ―le contestó mirando el enorme reloj de pared―. Vamos a disfrutar al menos de este pitillo. En la notaría vamos a estar también un buen rato… y yo estoy de los nervios. Luego vais al estanco y me compras tabaco.

Toño no había pensado en nada de eso. En aquellos momentos, por una costumbre en desuso que conservaban, el dinero de la casa solo podría manejarlo él, es decir, que su madre quedaba económicamente a expensas de lo que él quisiera. Ella no insinuó nada al respecto. Al menos, ya nadie le iba a prohibir fumar…

En pocos instantes, doña Julia hizo sonar la campanilla y apareció Sofi. No entendí nada de lo que le dijo y, según me pareció, Toño tampoco. La chica salió de allí deprisa y volvió poco tiempo después con una bandejita cubierta con un pañuelo, que acercó a doña Julia.

―¡Hijo! ―lo llamó su madre con un gesto―. Acércate aquí.

Toño se levantó tras mirarme y, al ponerse junto a ella la miró extrañado.

―¿Qué pasa, mamá?

―¡Toma! ―dijo cogiendo algo de la bandeja y poniéndolo en sus manos―. No vamos a dejar que Roberto nos lleve en su coche teniendo ahora tú el tuyo.

―¡El mío! ―exclamó casi asustado mirando unas llaves―. ¡Estas son las del Audi!

―¡Pues claro! No pensarás que vayamos hasta el notario en uno de los otros… Abre el primer cajón de ese bargueño. ―Señaló moviendo mucho el dedo―. Ahí hay dinero suficiente para llenar el depósito. Tendremos que movernos unas cuantas veces… y las que os mováis vosotros.

Efectivamente, el grandullón no sabía que la vida le iba a cambiar mucho; nos iba a cambiar mucho; demasiado quizá. Él ni siquiera tenía una tarjeta de débito y, con toda seguridad, yo iba a tener que enseñarle mucho de eso; demasiado, tal vez.

 

Cuando se abrió lentamente la puerta del garaje, nuestro coche se fue moviendo con total suavidad hasta salir a un día luminoso. A pesar de que era temprano y el sol todavía estaba muy bajo, se adivinaba un día espléndido.

Doña Julia no permitió que yo me sentara detrás, así que, con disimulo, fui fijándome en cómo conducía Toño y en los controles de a bordo de aquel lujoso carro azul muy oscuro con asientos de piel. Me sorprendía verlo, tan cándido, tan tierno, conduciendo un vehículo tan elegante y tan serio. Cuando me vine a dar cuenta, entrábamos en un parking.

―Es mejor que no subas, Roberto ―me dijo doña Julia estando Toño aún dentro del coche―. Sé que el notario no va a querer extraños en la consulta. ¡No te preocupes, hijo! ―exclamó entonces cariñosamente―. En cuanto salgamos te contaremos lo que nos diga. Si lo prefieres, aquí al lado hay un bar donde ponen un café exquisito; y en la calle puedes fumar. Dile a Toño que te dé suelto; no quiero que gastes nada mientras estés aquí.

No supe qué contestarle. Me limité a asentir sonriéndole y a esperar a que Toño saliera para despedirme de él. Su madre se había ido hasta la puerta del ascensor y mi grandullón, guapísimo y elegante, se me acercó un momento mientras sonaban los silbidos del bloqueo de las puertas:

―Toma y no digas nada ―murmuró dándome un billete de cincuenta euros detrás del coche―. Estarás mejor en la calle, cari. Al lado hay un estanco; compra tabaco para los tres y toma lo que quieras… por si tardamos. Luego hablamos, ¿vale? Un beso.

Salí de allí por una escalera bastante lúgubre y, pocas casas a la derecha, vi el anuncio de un estanco. Compré bastante tabaco y me sobró para café o alguna otra cosa más. Pensé que aquella visita iba a ser muy larga y, aunque no llovía, hacía bastante frío para quedarse en la calle. Esperé en el bar.

Ni siquiera había salido una sola vez para ver si habían terminado cuando aparecieron por la puerta y se me acercaron.

―¿Ya? ¿Os pido café? ―les pregunté.

―¡Sí, hijo! ―contestó la madre tiritando―. Para leer eso de carrerilla no hacen falta ni cinco minutos. ¡Y lo cobra!

―Yo no me he enterado de nada ―dijo Toño intrigándome y mostrándome el testamento―. Después de leer esto a toda velocidad, le he pedido que nos lo explicara en cristiano.

―Nada nuevo que yo no supiera… ―añadió la madre―. ¡Bueno! Casi nada. Toño podría haber dispuesto de sus dos terceras partes hace cuatro años…

―En casa lo hablaremos, mi vida ―me dijo al oído al verme preocupado.

―He comprado tabaco ―advertí para cambiar de tema―. Seis paquetes para que sobrara para café. Me he dejado el dinero en la casa.

―¡Ah, qué bien! ―exclamó doña Julia―. ¿Puedo quedarme los dos míos en el bolso? Es para no andar dándoos la tabarra…

―No fumes mucho, mamá ―apuntó Toño con una deliciosa sonrisa―, aunque sin luto y fumando estás mucho más guapa.

―¡Como mi niño! ―exclamó ella besándolo sonoramente―. Hay gente por ahí con muy buen gusto, ¿sabes? ―Me miró insinuante.

Deseé que me tragara la tierra en ese momento. Había una extraña complicidad entre Toño y su madre a pesar de aquella curiosa novedad sobre el momento en que debería haber heredado; a sus dieciocho años, como ya nos advirtió Paul. Tampoco parecían muy afectados, así que, posiblemente ―y nada de eso iba a preguntar―, doña Julia no debió ser demasiado feliz en su matrimonio; excepto por tener un hijo maravilloso.

Una vez en el coche, de vuelta a casa, la oí protestar:

―¡Bueno! Al menos me queda esa tercera parte… Tu padre, Toño, no solamente se comportaba tan odiosamente contigo. Lo hizo con el abuelo y lo hizo conmigo. ¡Que descanse en paz! Y bien sabe Dios que me duele que haya acabado tan mal.

Quise comprender todo lo que había estado sucediendo. Posiblemente, su abuelo Zenón, indignado por el maltrato recibido de su único hijo, don Antonio, decidió desheredarlo y dejarlo todo en testamento a su pequeño nieto pero, según la ley, a su padre le correspondía una tercera parte: la legítima. Al morir este, esa tercera parte pasaría a ambos: la esposa y el hijo.

Todo eso se supo aquella misma mañana en la salita. Reunidos los tres con un montón de papeles inútiles delante, se confirmaron mis sospechas… excepto lo que ya sabía: Toño podría haberse quedado sus dos terceras partes a los dieciocho años. De una forma que solo se entendía mirando profundamente la bondad y la inocencia de mi grandullón, el padre no dijo nada y siguió disponiendo de todo el patrimonio. Pensé que lo del maravilloso estudio de Toño no era más que una migaja que le había regalado como una limosna para mantenerlo en casa y callado.

―Estas escrituras ―comenté ojeando unos cartapacios― no me dicen nada. Necesitaría ver las cuentas para saber de cuánto líquido se dispone. ¡Cash!

―¿Las cuentas? ―preguntó ella―. ¿Te refieres a las cuentas del ordenador?

―¡Esas, por ejemplo! ―aseguré―. Aquí solamente veo que hay muchas propiedades… ―Miré a Toño asustado―. Demasiadas.

―¡Dime, cari! ―gimió preocupado―. ¿Está todo bien o habrá problemas?

―No va a haber problemas, Toño; te lo aseguro. Hay mucho inmovilizado; muchas propiedades que, además, deben estar rindiendo. Si no tenemos las cuentas de tesorería, habrá que preguntar quién las tiene y pedírselas. Es la forma de saber lo que hay de dinero; money-money, ¿comprendes? ¡Es tuyo!

―¡Ah, perfecto! ―aclaró la madre indiferente―. De cuentas no sé nada, pero sí sé dónde está la contraseña para verlas. Él las miraba por la pantalla…  Y yo… ¡Oye, Toño! Verás… No es que me moleste eso de «cari», sino que me parece que no es la forma más apropiada de llamar en público a un amigo. ¿Me equivoco?

―¡No, mamá! ―se excusó―. ¡Han sido los nervios! No volveré a decirlo… ¡Qué vergüenza!

―¿Vergüenza? ¡Anda, granuja, vamos con Roberto al despacho a ver esos números…! Si me dejas verlos, claro… Plasencia es como un escaparate donde estás a la vista de todos… «Al paño fino en la tienda una mancha le cayó; por poco precio se vende porque perdió su valor». Mejor no dar de qué hablar…

Don Antonio, confiando en que nadie excepto su esposa iba a registrar en su lujosísimo despacho, había escrito la clave de acceso en un lugar muy a la mano, por si la olvidaba: en la base de un pisapapeles muy pesado con forma de león. Toño encendió un modernísimo PC donde apareció Windows en pocos segundos y, abriendo el único programa que me pareció relacionado con los negocios, accedí a una intranet empresarial donde podría consultar los planes de cuentas. Apareció una cuenta general de tesorería... y el total líquido.

―¿Eso está en euros, verdad? ―me preguntó Toño mirando la suma que le señalé.

―No creo que a nadie se le ocurra a estas alturas llevar las cuentas en pesetas…

―Pues… ―balbuceó―. ¿Para qué quiero yo todo eso? ¡Vamos a la salita! Necesito tomar algo.

Volvimos a la salita los tres y Toño, agarrándose a mi cintura por el camino, como si fuera mareado, me hizo unas caricias y me miró sonriente.

―Eso no me dice nada ―exclamó incrédulo al dejarse caer en el sofá―. Unos números en la pantalla no tienen por qué ser euros.

―Pues lo son; aunque tú no los veas. Yo ni los imagino en billetes de quinientos…

―Quizá haya una forma de verlos, Toño ―señaló su madre acertadamente pero manteniéndose distante―. Puedo traerte las tarjetas de crédito de tu padre y algunos comprobantes. Si él sacaba el dinero así…

―Eso es lo correcto ―dije―. Así sabremos, de momento, de dónde puedes disponer si es necesario. Si quieres, podemos ir a uno de los bancos y aclarar lo de las cuentas. El director sabrá lo que tiene que hacer; insisto: deberíamos buscar a un asesor.

―¡Espera! ―exclamó la madre aspirando una profunda calada―. Me parece que hay uno para todas las empresas. Preferiría que no metiese las narices en los asuntos de mi hijo. Se llama Rodrigo Sánchez y ha almorzado con nosotros bastantes veces. Barrería siempre para su casa. Mi hermano Marcos nos aconsejará…

Abandonamos los dos la casa andando para ir callejeando a una sucursal bancaria donde operaba su padre. El director lo recibió primero con un afectado e hipócrita pésame al que Toño hizo poco caso y, al punto, abriéndonos la puerta como a las grandes cuentas, nos hizo pasar y nos invitó a sentarnos.

Toño le aclaró que yo era su persona de confianza y futuro administrador pero, después de no muchas palabras, aquel hombre coligió que, don Antonio Jesús Fajardo, el hijo grandullón y elegante de don Antonio Fajardo, no entendía nada de gestión. Intervine yo para aclarar los hechos, se nos pidieron documentos y certificados, se me puso a mí como persona autorizada de la cuenta principal ―cosa que acepté a regañadientes―, se habló de la parte que retendría Hacienda, se solicitaron sendas tarjetas Visa Oro y supe, al fin, el desproporcionado saldo que había a su favor. Toño quiso retirar una buena suma para «gastos diversos» ―según dijo―, y… pensé que ya pasaría toda esa novedad.

―Lleva tú el dinero, cari ―me dijo antes de salir.

―¿Yo? ―exclamé con disimulo en voz baja―. No quiero verme en la calle con dos mil euros en el bolsillo; ¡para gastos diversos!

Un tanto sonriente y otro tanto confuso, caminó a mi lado pensativo yendo a casa. Al entrar ―seguramente por verse en un lugar apartado y seguro―, me miró como descompuesto:

―Cari ―susurró―. Llévame despacio al dormitorio. Necesito entrar al baño.

―¿Te encuentras bien?

―Creo que no… Tal vez haya sido el desayuno.

―¿El desayuno? ―ironicé―. ¡Anda, anda! Agárrate a mí y ve despacio.

Nati salió al paso y también preguntó; le hice señas para que no interviniera en esos momentos y subimos despacio las escaleras.

―No sé tu manía de subir al dormitorio ―protesté―. Tenéis aseos por toda la casa.

Cuando abrí la puerta de la habitación y lo vi ir casi corriendo hacia el baño, comprendí que había algo más que una mala digestión: descomposición general.

Fui tras él para ayudarle y lo encontré vomitando. Mojé una toalla en agua fresca para ponérsela en el cuello y traté de aflojarle la corbata y quitarle algo de ropa.

―¡Los pantalones! ―musitó―. Creo que he manchado los pantalones.

―¿Y eso es un problema, vida? ―lo consolé mientras lo desnudaba―. Esto se lava, cariño; y lo tuyo se pasa con un poco de descanso. No podemos solucionar todo en un día, así que… a descansar un poco y yo aviso al servicio.

―¡No, espera! ―exclamó asustado―. Voy a ducharme antes…

―Lo que tú creas conveniente. Solo hace falta que me digas a qué botón del cuadro ese tengo que darle para llamar.

―Es muy fácil, Roberto. Es como un teléfono pero con seis números. Hay un botón naranja para llamar a Nati a la cocina. Cuando te conteste, hablas.

―¡Venga, petardo! ―traté de quitarle importancia a lo sucedido―. Vamos a quitarnos toda esta ropa sucia y la dejamos ahí. Voy a ducharme contigo.

―¡No, no! ¿No te da asco?

―¡Deja ahora eso, por favor! Voy a desnudarme para lavarte bien, así que no se hable más.

En un minuto estábamos los dos bajo los chorros de agua. Lo enjaboné bien, lo sequé y lo puse delante de los espejos de los lavabos:

―¡Mira qué guapo estás! Ya se pasó todo. Líate la toalla y vamos a vestirnos.

―¡La boca! ―respondió preocupado―. Tengo que cepillarme y enjuagarme bien…

Liado en la toalla de cintura para abajo, lo dejé sentado en mi cama ―que era la más cercana al baño― y llamé por aquel panel. Contestó Nati un poco preocupada y le dije que no pasaba nada importante y que subiera un momento. A los pocos segundos, llamaron a la puerta.

―¡Pasa! ―gritó Toño.

―¡Ay, señor! ―dijo Nati mientras se le acercaba―. Mire usted que le vi muy mala cara cuando llegó de la calle. ¿Se encuentra bien?

―Sí, Nati ―le dije yo―. No son más que los nervios. Se ha duchado y ahora va a descansar un poco.

―Mire el señor que se lo tengo dicho ―se quejó la mujer―. Es usted muy vehemente y pasan estas cosas.

―¿Y por qué no me hablas normalmente? ―se quejó el grandullón como enfadado―. Ahora no hay nadie como para que sigas hablándome de usted y llamándome señor.

―Verás, hijo… ―le respondió sentándose a su lado y acariciando sus cabellos aún húmedos―. En mi modesta opinión, no debes cambiar nada de eso; ni siquiera conmigo. ¿Qué van a pensar los demás? ¡Ts, ts, ts! ¡Ni hablar! No hay en esta tierra un servicio tan bien pagado como este y, si ese servicio incluye guardarte un respeto y hablarte de usted, así deberá ser. ¿Piensas que a veces no me muero de ganas de besarte y estrujarte? ¡Es mi trabajo y voy a cumplirlo! Tú ahora cumple con tu deber como un hombre y como dueño de esta casa. Tienes aquí a tu pareja, ¿no? ¿Qué más puede desear nadie?

―Tienes razón ―farfulló―. Es mejor hacer ese teatro; pero que sepas que, si me apetece, voy a zamparte dos besos.

―¡Eso es diferente! ¿Ves? ―le contestó ella con muy buen humor―. Si el señor de la casa quiere besar a la veterana del servicio, ¿por qué no va a hacerlo? ¡Al revés sería un disparate! Es usted tan guapo y tan gallardo, que no dejarían de besarlo todas las sirvientas durante el día.

―¡No, no, eso no! ―exclamó poniéndose de pie, pisando la toalla y quedándose desnudo.

―¡Toma! ―le dije cogiendo la toalla y mirándolo con paciencia―. ¡Tápate, pudoroso! No vaya a ser que Nati se escandalice de verte así.

―¿Yo? ―exclamó ella entre risas―. ¡Le habré limpiado el culo pocas veces al señor! ¡Ay, preciosidad! ―le dijo muy en serio―. Está usted en «su» casa ―acentuó mucho el «su»―. Lo que sí que me gustaría que supiesen los señores, por si no lo saben, es que esa alfombra que está entre cama y cama, esa de la ventana, es del siglo diecinueve; debe cuidarse un poco, que no es bueno andar quitándole manchas a menudo. Si los señores no necesitan nada más…

―¡No, no, Nati! ―le dije aturdido―. Muchas gracias. Ya yo le hago compañía.

―¡Y muy buena que se la hace, señor! ―sentenció yéndose ya para la puerta―. Voy a prepararle una manzanilla que le hará el estómago. El almuerzo, a las dos, ¿verdad?

Una vez que le llevaron la manzanilla y la tomó despacio, descubrí su cama y, tomándolo por la cintura, lo llevé para que se acostara:

―Vas a descansar un buen rato, ¿sabes? ―dije mientras lo tapaba bien―. Si estás tan cansado como yo, y con esos nervios que te han dado, debes descansar hasta el almuerzo. Ya te avisaré.

―¿Y tú no te vas a acostar conmigo?

―¡No, petardo! Voy a vestirme y a hacer unas llamadas que sí son urgentes y no puedes hacerlas tú. Ya sabes a lo que me refiero. Pensábamos irnos a Sevilla pasado mañana y… ¡ya ves! Voy a llamar a Carolina a ver qué se puede hacer.

―¿Y vas a irte? ―gimió.

―¡No, mi vida! No voy a irme sin ti. Si hay que dar la cara, iremos los dos, ¿vale? Pero sin prisas y todo a su tiempo. ¡A dormir! Voy a correr esas cortinas del siglo de oro para ponerte esto oscurito. ―Miré con disimulo la alfombra del siglo diecinueve que estaba pisando.

Me pareció que se dormía mientras yo me vestía, así que abrí con cuidado la puerta del estudio y encendí la luz para hablar desde allí por teléfono sin que nadie me oyera. Cerré bien la puerta y, cuando fui a llamar, vi que no tenía cobertura.

Salí de allí preocupado y, al instante, volvía a tener señal como normalmente. Salí con cuidado del dormitorio y me armé de valor para bajar las escaleras como si estuviera en mi propia casa. Al llegar abajo, al salón, se me acercó Sofi corriendo con cortos pasitos:

―¿Necesita algo el señor?

―Hmmm… Verás… ¿Dónde está la señora?

―La señora está en la salita, como todos los días a estas horas; viendo La Ruleta de la suerte. ¿Necesita que la avise?

―¡No, no, no la moleste! ―dije inmediatamente―. Lo único que necesitaría sería un lugar tranquilo para hablar por teléfono. Tengo que hacer unas llamadas.

―¡Ah! ―dijo como extrañada―. ¿Por qué no usa el despacho? Ahí no le molestará nadie. ¡Sígame!

Fui tras de ella ―a pesar de que ya sabía a dónde íbamos―, abrió la puerta, encendió la luz y me dejó allí solo inmerso en un completo silencio. Miré alrededor estupefacto. No me había dado cuenta hasta ese momento de las pinturas y todo tipo de adornos que llenaban las paredes.

Recorrí los más de cinco metros que había hasta el escritorio, me senté despacio en el sillón negro de piel e hice mis planes. Lo primero y urgente que tenía que hacer era llamar a Carolina. Descolgué el teléfono del escritorio y marqué el número del hotel:

―¿Diga?

―¡Soy yo, Margarita! Roberto.

―¡Ah, claro! ―contestó perpleja―. Ya me extrañaba ver ese número. ¿Cómo estás?

―¡Bien, bien! ¡No te preocupes! Solo quería hablar con Carolina…

―Te paso…

Apenas pasaron unos segundos cuando contestó mi amiga, que ya sabía quién llamaba:

―¡Roberto! ¡Por fin apareces, aunque sea por teléfono! ¿Cómo os va? ¿Todo bien?

―Hola, Carolina. Va todo bien y… regular.

―¿Qué pasa? Te noto raro… ¿Por qué hablas tan flojito?

―Eso no importa ahora… Es que estoy con Antonio en Plasencia.

―¡Qué bien! Supongo que ya tendréis todo preparado para iros, ¿no?

―¡Sí, sí, claro! ―contesté sin demasiado entusiasmo―. Es que… hay un pequeño problema.

―¡Uf! ―preguntó intrigada―. ¿Qué os pasa?

―Verás… tengo una mala noticia… ¡No una, dos! Es que, cuando preparábamos todo para la mudanza… murió el padre de Antonio, ¿sabes?

―¡Vaya por Dios! Lo siento, amigo. Dile que tu compañera de trabajo le envía sus condolencias. No sé qué decir… ¿Está en condiciones de irse?

―No lo sé, la verdad ―balbuceé―. No es que esté mal de ánimos, es que, al morir su padre, alguien tiene que ocuparse de un montón de negocios familiares.

―¡Madre mía! ―empezó cambiarle la voz―. ¿Eso significa que tienes que irte solo a Sevilla?

―Ni siquiera eso, Carolina. Antonio está más bien crudo en eso de los negocios; ya sabes que lo suyo es la cocina… así que me ha pedido que yo le ayude.

―¿Qué? ¿Cómo? ―reprimió unos gritos―. ¿Te vas a comprometer a llevar un emporio familiar sin saber de qué va?

―No es eso… ―pensé―. No sería demasiado difícil porque todo está muy bien organizado. El problema es que él tiene que quedarse por fuerza y… ¿qué hago yo?

―Si te ves capaz de hacer ese trabajo, ¿dónde está el problema?

―¿El problema? ―le pregunté extrañado―. ¿Cómo vamos a decir ahora que no nos vamos a Sevilla?

―Bueno, sí… Eso habría que aclararlo. De todas formas, si tienes una oferta mejor, en cualquier sentido, o un problema mayor, basta con comunicarlo, creo. Si te parece bien, puedo enterarme antes, pero yo vendría mañana mismo a dar la cara. El jefe que avise a Sevilla, mejor.

―¿Lo ves tan fácil?

―No tanto ―respondió ya dudosa―. Déjame ver qué dice don Santos y te llamo dentro de media hora a este número. ¿Te parece bien? ¡Pobre Antonio! No le queda otra que venir a Madrid, me parece…

―Espero tu llamada entonces. Si hay que ir en cualquier otro momento, me lo dices. Podemos desplazarnos cualquier día.

Cuando colgué no lo vi tan claro. Era entonces el momento de llamar a Paul sin entretenerme demasiado.

―¿Paul?

―¡Maricón! ―exclamó contrariado―. Ya me extrañaba a mí que no me llamarais. Una aquí sola reconcomiéndose y vosotros, seguro, de juerga perpetua. ¡Échate amigos para esto! En cuanto se vuelven nuevos ricos, no quieren nada más que la alta sociedad.

―No, no es así, Paul ―le expliqué con paciencia y resumiendo―. No imaginas dónde me he metido, amigo. Veo esto muy oscuro, ¿sabes?

―¡Coño! ¿Es que vas a tener que trabajar en una mina? Por lo que sé, tu novio, mi Hércules bonito, no se ha quedado allí para pedir limosnas, ¿no? ¡Anda que no podéis vivir bien ahora! Mucho dinero, mucho lujo, mucha ropa… que me la compraréis a mí… ¡Oj, qué fantástico!

―Pues… más o menos, sí. Lo malo de esto es que ya nos íbamos para Sevilla y ahora me parece que no. Toño está cambiando mi vida, Paul. Tendremos que anular lo del alquiler de tu piso.

―¡Anda, chocho! ―habló consigo misma―. Estos preocupados por mi piso y tienen una casona que ya la quisiera la duquesa de Alba; es decir, yo. Hablaré con Agustín, y ya está. ¡A ver si invitáis, roñosos, que yo me hunda en la pompa y la circunstancia del boato placentino! Ahora puedo poner en la tienda «cerrado por defunción» y no miento.

―Creo que tendremos que invitarte por fuerzas mayores. De momento, hay tanto que averiguar, que mi niño hasta se ha puesto malo de los nervios.

―¿Malo? ―exclamó casi con pánico―. ¿Malo mi Hércules? ¡Dime que le pasa, maricón!, que al que le haga daño me lo como, como a los mariscos: hervido vivo, despellejado y a chupetones.

―¡No pasa nada, hombre! No puedo contártelo ahora todo por teléfono. Lo único que ha hecho que se le descomponga el cuerpo es ver lo que tiene por delante. ¿Comprendes por qué no puedo irme?

―¡Claro que lo comprendo, maricón! Si encima de tener a un novio adonis te saca de pobre… ¡Anda, a ser feliz y deja a cada uno con su envidia! Que se arañen la cara así, pero con las uñas para arriba, que duele más. A mí, con que me invitéis un día o dos… Él está bien de verdad, ¿no? ¿O me ocultas algo?

―¡No, no! ―contesté al fin entre risas―. Está muy bien, de verdad. Un poco cansado, nada más.

Y así, entre unos comentarios y otros, pasó la media hora y esperé un rato curioseando. En cuanto sonó el teléfono corrí a descolgar:

―¿Sí?

―Roberto… Soy Carolina. Tómate un Valium o algo así, anda, que la cosa me parece que no es tan grave. Tiene solución. El jefe va a estar mañana aquí toda la mañana, así que, si podéis venir, es lo mejor que hacéis.

Aclarado esto ―y alguna otra cosa más―, subí a ver cómo estaba mi niño. Me di cuenta enseguida de que una de las chicas del servicio me observaba mientras subía la escalera. Seguí hasta nuestro dormitorio ―qué bien me sonaba ya eso de «nuestro dormitorio»― y abrí con cuidado.

―¿Dónde has estado, mi vida? ―me preguntó desde la cama.

―He bajado a hablar por teléfono para no despertarte. Intenté llamar desde ahí dentro y no tenía cobertura.

―¡Pues claro! El estudio está insonorizado con placas de plomo, pero hay un teléfono fijo.

―¡Es igual, bonito! ―dije besándolo y apretándole la mano―. He bajado y me han dicho que entre en el despacho.

―¡Eso! Para eso está. Ahora serás tú quien lo use… aunque yo te acompañe.

―Estaba muy preocupado, grandullón. Te veo mejor ahora. Si se pasa este arrechucho, deberíamos ir mañana a Madrid a dar la cara. Luego, si no hay problemas, a poner todo esto en marcha.

―¡Vaya, otra vez a Madrid! De todas formas, cari, tendrías que traerte todas tus cosas y, si es posible, podríamos visitar a tus padres para que sepan que estamos bien, ¿no?

―¡Qué me gustas! ―susurré acercándome mucho a él―. Eres… ¡Joder, nunca encuentro la palabra para definirte! Y no me refiero a tu belleza. Te has apoderado de mí; y eso me hace muy feliz.

En ese momento, cuando me movía para recostarme un poco a su lado, me pareció ver un bulto sobre la mesilla del desayuno.

―¿Sabes si ha entrado alguien aquí mientras dormías? ―le pregunté.

―¡No! ¿Qué pregunta es esa?

―Espera un momento… ―avisé para levantarme.

Sobre la mesa estaba el puñado de billetes que llevaba Toño en el bolsillo; dos mil euros. Habían entrado a recoger la ropa sucia, lo encontraron en un bolsillo y lo dejaron allí. Pensé que no era tan íntima la vida que me esperaba, aunque sí muy segura. 



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