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Fecha: 30-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Mi accidente: Mi compresiva madre (Parte 3)

Aquiles
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Tiempo estimado de lectura: [ 16 min. ]
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Tercera parte y continuación de la historia de un hijo que tiene un accidente, y su madre decide hacer lo posible para que ayudarlo en lo que necesite. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Mi ACCIDENTE: MI COMPRENSIVA MADRE

 

 

PARTE III

 

Resumen: Después de haberme corrido sobre la cara de mi madre, recibiendo su reprimenda y teniendo una conversación que, de alguna manera, terminó bastante bien para mí, los días continuaron. Decidí aplicar una táctica más conservadora y no tan agresiva, me enfoqué en mis cosas y en llevar una relación totalmente normal con mi madre, esperando que fuese ella quien se acercara a mí, lo cual finalmente sucedió.

En pleno desayuno mi madre se ofrece a continuar con su ayuda manual y termina dándome la mejor y más morbosa mamada que me hayan dado.

 

CAPITULO VII: REFLEXIONES

Después de un comienzo de día inmejorable, habiendo recibido una increíble mamada por nada menos que mi madre, me encontraba en las nubes.

No me di cuenta de cómo transcurrieron las horas, no me di cuenta ni me acuerdo de nada. Solo pensaba en lo que acababa de ocurrir, estaba feliz, emocionado, como cuando un niño tiene un juguete nuevo y lo único que quiere es jugar con él y ocuparlo en todo momento.

Pero esto no se trataba de un simple juguete.

A pesar de los deseos sexuales que comenzaba a sentir por mi madre, no podía evitar una cierta sensación de angustia, de culpa puede ser. Después de todo, ¡es mi madre!

No sabía si lo que estaba haciendo era correcto. Evidentemente para las leyes morales de la sociedad, no lo era, pero las sensaciones que me provocaba eran tan espectaculares que deseaba volver a sentirlas. Estaba confundido.

Entre estos pensamientos el día paso, llego la noche y me fui a dormir, meditando, reflexionando.

Los días pasaron y no pretendí acercarme a mi madre para pedirle algún “tratamiento especial”. No buscaba nada ni estaba realizando ninguna estrategia.

Pensaba acerca de la verdadera relación que quería llevar con mi madre. Sabía que el camino que decidiera tomar sería el definitivo, no habría marcha atrás. ¿quería una madre o quería una mujer?

Al toparme con ella en la casa, tratábamos de que nuestra relación fuese la de siempre. Pero algo había cambiado en ella. 

Mi madre nunca me mostró un gesto de desprecio, nunca aparto su mirada ni me dio a entender de que se sentía incomoda con mi presencia. Pero yo sentía algo distinto en su actitud, entre nosotros, no lo puedo explicar. Quizás ella tenía pensamientos y dudas similares a las mías.

Por mi parte, cada vez comencé a admirar con mayor detención a madre. Su expresión pacifica al ordenar y limpiar la casa. Su atención a los detalles. Sus ojos siempre cariñosos al hablar conmigo. La forma que tenía de jugar con su pelo cuando se encontraba mirando algo de suma importancia en la televisión o cuando escuchaba atentamente lo que alguien le decía.

Cada movimiento, cada expresión, cada mirada, cada risa, todo me parecía hermoso, perfecto.

No estaba enamorado de mi madre, la amo por ser mi madre, fue mi conclusión, al menos en la parte racional de mi mente.

Mi verga pensaba distinto. Su forma de vestir, siempre con algún pantalón corto o una calza apretada y una polera ancha para andar por la casa. Su aspecto despreocupado, pero siempre procurando que los colores de sus ropas combinaran a la perfección, generaban una sensualidad especial en ella.

Su culo era genial, antes ya lo había mirado, pero prestándole real atención llegué a pensar que era mucho mejor que el de muchas mujeres, incluso más jóvenes.

Sus labios, esos que habían aprisionado mi verga, rojos, carnosos. Su gesto al morderlos y cuando pasaba su lengua por ellos para humectarlos.

Quería sentirlos más, quería más de ella, quería volver a ver su rostro manchado de blanco.

Mi polla quería sentir ese culo, apretarlo, fallárselo salvajemente.

La situación era extraña, pero al final, fue mi madre quien se ofreció a continuar con todo esto. Fue ella la que dio el siguiente paso, aunque yo lo hubiese deseado, pero, ¿por qué? ¿se excitaba? Debía gustarle, debía sentir algo. No puede ser que las solas ganas de ayudarme la lleven a hacerme sexo oral.

Necesitaba averiguar sus razones y que me las dijera con claridad.

Un día, mientras almorzábamos decidí confrontarla directamente:

-       Mamá, necesitamos hablar – dije en tono serio mirando mi plato de comida.

-       Uy que serio Manu, ¿no me iras a regañar, ¿verdad? Ajaja – dijo con su característica actitud relajada.

-       ¿Ah?... No… Mamá…lo que ha pasado antes entre nosotros…

 

-       ¿qué ha pasado? – me dijo mirándome e inclinando un poco su cabeza en un gesto de duda.

-       ¿cómo que “qué ha pasado”? … no recuerdas que me has… que me has ayudado el otro día.

 

-       Ah…si…¿y que con eso? – era increíble. Esa actitud de hacerse la tonta siempre había sido típica de mi madre al no querer hablar de algo.

-       ¡Mamá!, que no te hagas la tonta.

Me miro fijo y seria. Tenía su atención, pero decirle tonta a mi madre no era una decisión muy sabia. Debía continuar rápido con mi asunto y decirle lo que quería, antes de que perdiera mis dientes.

-       Quiero saber porque lo hiciste. ¿Por qué te ofreciste a ayudarme? Sabías que yo podría haberme masturbado solo, sabías que perfectamente podría haber ido con alguna chica que conociera. ¿por qué?

Hubo un silencio que duró algunos segundos. Mi madre comenzó a jugar con la punta de su cabello, haciendo movimientos ondulares. El movimiento se detuvo y me miró:

-       Mira Manu… no sé porque lo he hecho, yo… lo he pensado mucho estos días y aún no le encuentro explicación. Es cierto que no fue solo por ayudarte con tu problema, puede ser que nunca haya sido la razón. No lo sé… - suspiró – creo que un poco ha sido porque me gustaba... sentir tu… pene – dijo tímidamente, roja como un tomate.

Me quedé un poco sorprendido, pero ya lo sospechaba, no esperaba que me lo dijera, pero ya había demostrado con anterioridad lo directa que puede ser.

-       A mí también me gusta que me toques mamá. También he pensado mucho estos días. Quiero que sepas que te sigo viendo de igual forma que siempre, como mi madre, pero … la forma y las cosas que me haces… me gustan, quiero sentirlas más – dije con una seguridad no propia de mi persona, pero debía aclarar nuestra relación hoy, de una vez por todas.

-       Yo también te miro como mi hijo Manu, es lo que eres y siempre serás… y también me gusta tocarte. Supongo que el que tu padre viaje tanto … - calló repentinamente.

-       ¿Que sucede con eso? – pregunté extrañado.

-       Yo…creo que sentía la necesidad de volver a sentirme sensual, de revivir mi sexualidad…y la forma en que me mirabas cuando te ayudaba, me gustó volver a sentir esa sensación de satisfacer a un hombre – dijo con una sonrisa triste, melancólica.

-       Acaso, ¿con papá…?

 

-       Si… pero cuando está en la casa, que es muy poco. Además, cuando llega está muy cansado y todo lo que quiere es dormir, por lo que pocas veces “me presta atención”. No puedo reclamarle, después de todo se parte la espalda por nosotros, para que vivamos y tengamos todas las comodidades, pero… creo que me faltaba eso e inconsciente o conscientemente lo busqué en ti – dijo mientras una lagrima caía por su mejilla, sin perder su sonrisa.

Mierda, algo que odiaba era ver a mi madre llorar, lo cual por suerte ha ocurrid. Siempre ha tenido fortaleza y la ha demostrado en varias situaciones, al menos en mi presencia.

-       No te pongas así mamá. Yo te entiendo, esto no es fácil – dije tratando de calmarla. No sabía muy bien que decirle para consolarla.

 

-        Jaja perdóname tú por ponerme así… ajaja… que tonta – dice limpiando sus lágrimas con una servilleta.

Me quedé un rato observándola sin decir nada. Ver a mi madre tan vulnerable, tan frágil, provocó que sintiera una ternura especial respecto a ella.

-       No lo eres mamá. Creo que es normal lo que sientes… además si te he podido ayudar en algo, también eso me deja contento

 

-       Gracias Manu… lo has hecho… yo en verdad me sentía muy mal después de haberte utilizado para satisfacer una necesidad mía, pero cuando me has dicho que te gustaba, perdí la razón…

 

-       Está todo bien mamá. Los dos nos hemos ayudado, a los dos nos ha gustado… no hacemos mal a nadie. Lo único que quiero es verte tranquila y feliz, no quiero que pienses que pienso mal de ti o que me estas utilizando – dije alargando mis manos hacia delante, cruzando la mesa y tomando las suyas – a mí me ha encantado todo, y me encantaría seguir sintiéndolo – había encontrado mi respuesta y mi camino.

Mi madre me miró, con los ojos aún llorosos, su nariz algo enrojecida y su siempre permanente sonrisa:

-       A mí también me gustaría.

Estaba decidido.

  

CAPITULO VIII: MI MADRE

A partir de ese día y de nuestra conversación, todo cambio entro nosotros. Al principio fue un poco extraño, un poco incómodo, pero fue cuestión de tiempo para que todo fluyera.

En este nuevo entendimiento al que habíamos llegado, en donde ambos admitimos que nos gustaba lo que hacíamos, nos volvimos más desinhibidos.

Cuando yo estaba excitado bastaba con acercarme a mi madre y pedirle que me ayudara para que esta procediera a comerse mi polla con el arte sensual que la caracterizaba y las ganas cada vez más evidentes de satisfacerme y provocarme el mayor placer posible.

Aún sentía esa sensación de culpa por lo que hacíamos, pero decidí ignorar todo eso y disfrutar de aquello que, ahora sabía, también disfrutaba mamá.

Las mamadas se hicieron casi diarias, cada vez mi madre me mostraba más técnicas de su repertorio. Los movimientos de su cabeza, la presión de sus labios, su lengua recorriendo mi verga, dejándola húmeda. Cada día se volvía más segura y dejaba atrás los miedos, dedicándose al 100% en tragar y saborear mi pene.

Su nueva actitud también se reflejó en su vestimenta y en su modo de vivir. Comenzó a vestirse con ropa más ajustada, poleras con más escote, procuraba andar maquillada siempre. También comenzó a hacer ejercicio, salía temprano a andar bicicleta por algunas horas todos los días. Su figura empezó a experimentar una baja de peso, aunque creo que era imposible que llegara a verse tan delgada como una “miss universo” lo cierto es que su cambio fue notorio y muy agradable.

Se le veía más en forma, más alegre, sus piernas más duras y su culo (ya lo he dicho, su mejor atributo físico) cada vez se veía más apetecible.

Todo estaba perfecto, pero algo que no debía nunca olvidar era que esa mujer, que cada vez que se lo pedía se tragaba el pedazo de carne entre mis piernas, era y seguía siendo mi madre.

Eso no lo olvidaba, y ella tampoco. Nuestra relación “intima” no era excusa para andar tocándola o faltarle el respeto ni mucho menos infringir las reglas del hogar. Debía seguir comportándome como su hijo, a pesar de nuestros encuentros sexuales.

Cuando mi padre estaba en casa, aunque no era mucho tiempo, lo sufría como nadie, al igual que mis huevos. Era imposible hacer algo con él ahí, pues, salvo alguna emergencia o algún asunto que tuviera que hacer, casi se la pasaba pegado a mi madre y ella a él. No debía olvidar eso tampoco, para mamá yo solo era un cuerpo que le servía para sentirse sexualmente eficiente mientras su esposo no estaba en casa y no recibía la atención que deseaba.

Con su marido a su lado, no me necesitaba. Era una mierda para mí, pero lo entendía, y lo aceptaba.

Mientras respetara estos “límites”, todo seguiría igual, de lo cual no podía quejarme y no podía pedir más ¿o sí?

  

Estando un día mi padre en casa como es de costumbre, pegado a mamá, decidí olvidar aquellas barreras autoimpuestas y que habíamos creado mi madre y yo en un pacto tácito.

Eran casi las 9 de la noche, estábamos los tres en la sala, viendo el noticiero. Ellos abrazados, sin hablar, mi madre apoyando su cabeza en el hombre de mi padre. Ella vestía una polera blanca bastante escotada, más de lo normal y unos jeans apretados.

Estaban absortos escuchando la ola de crimines y los delitos de corrupción política que afectaban al país.

Yo estaba en un pequeño sofá junto a ellos, mirando aquella escena. Creo que sentía celos, pero no estoy muy seguro. Quizás fue eso lo que me llevó a actuar de la forma en que lo hice.

Realicé un sonido como tosiendo, cubriendo mi boca con mi mano, tratando de llamar la atención de mamá, quien luego de escuchar un par de estos sonidos, giró su cabeza y me miró.

En ese momento tomé mi celular, lo apunté con un dedo y luego le apunté a ella, señalando el suyo que se encontraba a su lado. Mi madre pareció extrañada.

Comencé a escribir y le envié un mensaje de texto: “Mamá, estoy demasiado caliente ¿puedes ayudarme? Iré a mi habitación, por favor, necesito tu ayuda”

 

El mensaje fue recibido en su móvil, quien al leerlo abrió los ojos como plato y bloqueó la pantalla dejándolo rápidamente a su lado, en su posición original, evitando que mi padre lograra ver la incestuosa solicitud de su hijo.

 

-       Quien te ha hablado – dice mi padre sin dejar de ver la televisión, como hipnotizado.

-       Nadie cariño… ha sido un mensaje de la compañía de teléfonos ofreciendo un cambio de plan – mintió con total naturalidad y credibilidad.

-       Ahh… que pesados

 

-       Demasiado – dijo mi madre mirándome, apretando sus labios y mirándome con algún grado de enfado que me causó cierta gracia e ignoré totalmente.

Pasaron un par de minutos, mi madre volvió a enfocarse en los noticieros y pareció olvidarse de mi mensaje, asique lancé un fuerte bostezo, alzando mis brazos y estirándome

-       Bueno “viejos”, los dejo, estoy muerto, iré a dormir. Buenas noches.

Mis padres me miraron. Mi madre con una expresión de duda y terror. Mi pedido era en serio.

 

-       Buenas noches hijo, descansa. Mañana te despierto para que me ayudes a comprar unas herramientas – dijo mi padre despidiéndose de mí.

-       Bu... buenas noches hijo – dijo mamá, sin mirarme.

Subí las escaleras y me quedé arriba, en el pasillo, sin entrar a mi habitación, esperando, ansioso. No sabría si mi madre accedería a mi petición, pero esperaba que así fuera.

Esperé 10 minutos, estaba desesperado, pero comprendí que no iba a suceder nada. Mierda, había intentado salirme y romper nuestro particular acuerdo. Había estropeado todo.

  

Ya me había rendido, me había dado por vencido, decidí irme a mi habitación y dormir, mañana sería otro día.

En ese momento escucho – vengo enseguida, voy al baño – y siento un paso en las escaleras, luego otro y otro. Me quedé inmóvil, era la voz de mamá. Había cedido ante mi exigencia, venía en ayuda de su depravado hijo.

Me giré y apareció ante mí ella, mi progenitora.

Nos miramos un momento, sin decir nada. Ella algo extrañada, le dije que estaría en mi habitación. Mi verga reaccionó enseguida, marcándose en mis pantalones, deseando salir a recibirla.

Me acerqué a ella al mismo tiempo que desabrochaba mis pantalones y bajaba mi cierre. Cuando estuve justo frente a ella, liberé mi polla, sujetándola y exhibiéndosela orgulloso, apuntándola hacia su cara, ofreciéndosela – chúpamela – dije, como si se lo ordenara, olvidé por un momento que era mi madre, y ella también lo olvidó.

Sin decir nada, se arrodillo, hizo un movimiento llevando su pelo hacia atrás, puso sus manos en las orillas de mis pantalones, como sujetándose de ellos para evitar caerse, sin bajarlos.

Abrió grande y se acercó. Lentamente, centímetro a centímetro, fue devorando mi miembro, el cual fue desapareciendo poco a poco, alojándose en lo más profundo de su garganta.

Su mentón chocó con mis huevos, su nariz con mi pelvis. La presión que se sentía, la punta de su lengua rozando la base de mi pene y el comienzo de mis testículos. Que sensación.

Se quedó unos segundos así, su espalda hacia movimientos y sus hombros se encogían, pero ella continuaba ahí.

En un movimiento rápido retiro su cabeza y mi verga apareció, brillante, ensalivada, libre de las fauces de mi madre.

Me miró sonriendo, con los ojos llorosos, una pequeña lagrima negra recorría su cara, su lengua se asomaba y sus labios estaban húmedos, llenos de babas que caían a través de su mentón. Que expresión más maravillosa

Fue suficiente, perdí la poca razón. Agarré su cabeza como ambas manos, sujetando y la atraje hacia mí. Le metí toda mi poronga sin piedad hasta lo más profundo y comenzó a mover su cabeza, follando su boca, que recibía gustosa las embestidas. No dejaba de mirarme y eso me volvía loco. Me iba a correr:

-       Que gusto mamá… que bien la chupas… ¿quieres que te folle? – le decía arqueando mi cuerpo hablándole bajo, susurrándole, tratando de no hacer mucho ruido.

-       Mm mmm mm – se escuchaba

Le di un respiro, saqué mi poronga cubierta de líquido pre seminal e hilos de saliva que la unían a la boca de mi madre, goteando, el piso estaba todo mojado.

-       ¿Quieres que te follé mamá? – dije mirándola directamente, ni yo mismo me reconocía.

-        

Mi madre trataba de recuperar el aliento, y tomando un bocado de aire y lanzando un suspiro – si quiero hijo – me dice.

Vuelvo a meterle la polla en la boca – cuando me lo pidas “por favor” – le dije, pegué tres fuertes embestidas y comencé a eyacular en su boca.

-       Mierda mamá…trágatela toda mami…ahhh… - decía tratando de ahogar mis gritos.

La corrida fue bestial, sentía como los chorros de leche impactaban en el interior de mi madre, quien, hacia arcadas, pero recibió cada disparo valientemente. No todas las heroínas llevan capa.

No dejo escapar ni una gota. Su mirada llena de deseo y gratitud era lo mejor.

Que bella es mi madre.

(Continuará…)

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Gracias por el apoyo y el recibimiento que ha tenido mi humilde relato.

Espero sigan leyendo y dejando sus comentarios y criticas, que me motivan a seguir.

Saludos.


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