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Fecha: 05-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Compañeros con derecho a roce

Blaise
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Tiempo estimado de lectura: [ 28 min. ]
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Tras años trabajando junto a Silvia, Javier recibe la orden de trasladarse. Inacapaz de alejarse de Silvia, decide llevarsela con él, quiera o no. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Javier sale del despacho de su jefe inquieto. Acaba de recibir una noticia demoledora. Su empresa va a abrir unas grandes oficinas en Centroamérica, y le van a destinar allí. Estará todo por hacer, el organigrama de la filial sera flexible y móvil, le sera fácil ascender si se aplica y demuestra utilidad. Javier no es idiota. Necesitan enviar gente experimentada, pero al mismo tiempo conservar a los mejores en la empresa original, envían a los prescindibles, para poder cortar los lazos con facilidad si las cosas van mal. Se lo intentan vender como un ascenso, cuando en realidad están poniendo patas arriba su vida. Va a tener que dejar atrás a su familia y a sus amigos, empezar de cero. Pero lo que realmente le preocupa es dejar atrás a su amada. “No”, se dice Javier, “eso no sucederá; ella vendrá conmigo”. Le habían dado dos semanas para poner en orden sus asuntos.

Cuando entro en la empresa le pusieron a cargo de Silvia, para que le enseñara el oficio, y con el tiempo trabaron una fuerte amistad. Con el paso de los meses y los años la amistad se fue convirtiendo en amor, y actualmente estaban locos el uno por el otro. El problema es que, ahora se daba cuenta, como se veían todos los días, no habían considerado necesario hablarlo, hacerlo oficial, “salir juntos” como tal. Pero los jefazos habían acelerado las cosas, ya que para poder seguir juntos tendrían que hacerlo oficial.

Así pues Javier se encamino a la mesa de su compañera Silvia.

Silvia era una mujer anodina, normal. Ni demasiadas curvas ni ninguna, era bonita pero no llamativa, no se exhibía ni llamaba la atención, pero tampoco se escondía; su vestuario no incluía vestidos extravagantes, ropa que enseñara mas que ocultar, ni ropa sucia y arrugada, vaqueros, camisetas y zapatillas eran lo habitual en ella. Con su personalidad pasaba igual, era seria pero no maleducada, costaba verla reírse, era orgullosa sin prepotencia, decidida y segura de si misma, pero no se aislaba. Era simplemente el tipo de mujer en la que no se fijaría casi nadie, pues no destacaba del montón por ningún lado.

Javier se coloco frente a su mesa y le dijo:

-¿Podemos hablar un momento?

-Ana, me cojo el descanso – le dice Silvia a su compañera mientras se levanta y va en pos de Javier.

Javier la conduce hasta la calle para tener mas intimidad, ya que las oficinas están en un polígono industrial, rodeadas de grandes naves y con poco transito. Allí le cuenta lo que acaban de decirle.

-¿Traslado a tomar por saco y sin aumento de sueldo ni nada? Vaya putada te han hecho, tío

-Pero si todo va bien, podre ascender, casi como si tuviera mi propia empresa.

-Si, es cierto, tienes posibilidades, pero las veo pequeñas. De cualquier forma tu eres quien tiene que estar contento.

Extrañado de que Silvia no se haya dado cuenta de lo obvio, decide ir al grano, seguro que el miedo la hacia evitar el tema.

-Silvia, quiero que te vengas tu también Seguro que si lo pides te trasladan.

-¿Y porque iba a pedirlo? Yo estoy bien aquí. Es cierto que no tengo muchas probabilidades de ascender, pero mi puesto es estable. No ganaría nada yéndome a una nueva filial.

-Pero... pero dejaríamos de vernos... no estaríamos..

-Espera. No sigas por ahí – ambos guardan silencio, pensando en que decir – No se... no me explico que... es decir, creo que me has malinterpretado algo. Tu y yo no... bueno, solo somos compañeros, nada mas. Me caes bien, pero ni si quiera somos amigos, no sabes nada de mi, ni yo de ti. No nos conocemos en lo personal.

Silvia mira a su alrededor, claramente incomoda.

-Lo siento mucho, pero tengo que volver al trabajo – y añade con una voz fría y seria – de verdad que siento el malentendido.

La mujer entra en el edificio, dejándole solo.

 

Javier pasa el resto del día maldiciéndola La muy puta le ha tenido engañado todos estos años, manipulándole y aprovechándose de él. “Es como todas” piensa “una puta egoísta que solo piensa en si misma, nos ve a los hombres como objetos de usar y tirar. Pero se lo que hacer, se como darle la vuelta a esto.

De inmediato entra en la oficina y pide un permiso especial para gestionar el traslado, alegando que necesita hacer papeleo. Le dan el día libre sin problemas, ya que su petición es lógica

Por supuesto Javier dedica el resto del día a preparar algo bien distinto. Sabe lo que tiene que hacer, lleva algún tiempo leyendo por Internet a un tal Blaise, y ha fantaseado mucho con este día, con la semana que tiene por delante, solo que el miedo le había impedido ponerlo todo en marcha. Los malditos burócratas le habían metido prisa y lo habían echado todo a perder, pero por fortuna el ansia le había vencido a veces y ya se había concedido algunos caprichos que hasta ahora eran solo adornos. Ya era hora de que dejaran de serlo.

 

Es invierno, así que ya es casi de noche cuando Silvia sale de trabajar al día siguiente. Ella dice que no la conoce, pero no es cierto, sabe que siempre aparca el coche en el mismo callejón, ya que esta muy escondido y hay aparcamientos libres a cualquier hora.

Silvia abre el coche con el mando a distancia y se acerca para abrir la puerta. Entonces Javier mira alrededor, ve que no hay nadie mas a la vista, y sale de entre los coches de enfrente; del bolsillo saca una jeringuilla, con la boca quita la protección de la aguja y agarra a la mujer por un brazo. “Esto sera rápido, estirar, clavar y apretar el embolo. He leído sobre ello mil veces”. Con unos reflejos asombrosos Silvia gira sobre un pie mientras con el otro lanza una patada que le impacta en el estomago, haciéndole retroceder cuatro pasos. Al principio mira a Javier con sorpresa, e incluso culpa, pero cuando su mirada se detiene en la mano del chico y en la jeringuilla, su gesto se torna serio, y con dos veloces zancadas se planta frente a él, para asestarle un puñetazo en la mandíbula Él intenta saltar sobre ella, pero de nuevo la mujer reacciona con entrenada velocidad, con un antebrazo bloquea el ataque mientras con el otro da dos rápidos puñetazos, uno en el estomago y el otro en el mentón, derribando a su oponente. Silvia no se molesta en intentar razonar, con la fantasía que se ha montado él solo, y con lo que obviamente pensaba hacer carece de sentido hablar, así que le propina una patada mas y salta por encima del cuerpo caído para salir del callejón y poder llamar a la policía Este es su único error, pues Javier logra levantar los brazos y rodear uno de sus tobillos; al frenarse en medio del salto la mujer se desequilibra y cae de bruces, pero de nuevo asesta una patada con el pie libre, y se arrastra al notar que la presa se suelta, se pone en pie y duda entre continuar con su fuga o volver a la lucha. De pronto siente que el suelo se inclina. Sorprendida baja la mirada, pero el suelo vuelve a estar quieto. Entonces el coche mas cercano cae sobre ella, golpeándola en el costado, y el suelo vuelve a acercarse poco a poco. Esta vez, al mirar hacia abajo ve la jeringuilla sobresaliendo de su gemelo, y el embolo esta totalmente apretado. En apenas unos segundos el mundo se apaga para ella.

Terriblemente dolorido pero sabiendo que el tiempo apremia, Javier se pone en pie, coge en brazos el cuerpo inerte de Silvia y la mete en el maletero de su propio coche, recoge las llaves del suelo donde se le han caído al empezar la refriega, se pone al volante y se lleva al coche y a su dueña hasta su casa.

 

No se entretiene, pues aunque ha utilizado la cantidad adecuada con la anestesia nunca se sabe. Llega hasta su casa, una construcción de dos plantas, con garaje adosado, como las que se pusieron de moda por las series estadounidenses. Mete el coche en el garaje vacío, pues su propio coche esta en donde lo ha dejado, cerca de aquel callejón, abre el maletero, y saca a su presa, a la que baja al sótano Esta prácticamente vacío, no tiene ventanas, pero si tiene muchas luces de diversos tipos, y unos pocos muebles poco habituales. Javier se acerca a una de las paredes y con toda la delicadeza de la que es capaz, tumba a Silvia sobre una estructura con forma de X. En cada extremo tiene una cadena con un grillete, a los que sujeta las muñecas y los tobillos de Silvia. Después le mete un trapo en la boca y usa cinta adhesiva para cubrírsela Para terminar acciona una manivela que tensa sendas cadenas, poniendo en pie la cruz y pegándola a una de las paredes. Una vez tiene lista a su nueva posesión enciende una única luz potente, con forma de foco, y la apunta hacia la pared en la que esta Silvia, sumiendo el resto del sótano en la oscuridad absoluta. Hecho esto se sienta a esperar.

La mujer tardo un rato en empezar a despertar, pero sentirse atada y amordazada, y no ver nada mas que a si misma acelera el proceso de despejarse. Solo entonces Javier sale de entre las sombras, sonriendo feliz al ver su ansiado sueño cumplido.

Ignorando los ruidos que salen de la mordaza, se acerca a ella despacio, temiendo despertarse del sueño, y aun mas despacio todavía alza una mano, la posa sobre la cadera de Silvia, y baja hacia el muslo. Para su sorpresa la mujer no llora, no cierra los ojos, si no que le mira furiosa e iracunda, prometiéndole una paliza mil veces peor que la del callejón cuando se suelte. Divertido por su actitud desafiante cambia la mano de pierna, acariciando ahora la cara interna del otro muslo, y subiendo ahora hacia la entrepierna, pero la retira sin prisas cuando ella se sacude, intentando al mismo tiempo librarse de las ataduras y de su mano.

Controlando sus ansias, Javier pone ahora una mano en cada cadera y las acaricia ahora hacia arriba, hacia la cintura. Silvia se retuerce y agita las caderas de un lado a otro intentando quitarse las manos de encima, pero logrando en su lugar bailar con él. Llegadas a la cintura, las manos siguen subiendo y obligan a la camiseta a subir con ellas hasta que terminan enrollándola debajo de las axilas. De nuevo ella le mira prometiéndole matarlo por el ultraje, pero él ya no hace caso a su mirada asesina, pues se centra en admirar sus tesoros al fin alcanzados, en levantar el sujetador despacio, saboreando cada segundo. Con una mano sujeta uno de los pechos para llevarse el pezón a la boca y succionarlo con los labios, mientras que la otra recorre don dos dedos el canal, baja hasta el ombligo, llega al borde del pantalón, se mete bajo las bragas y acaricia el clítoris La mujer trata de cerrar las piernas, dar patadas, las cadenas tintinean, la estructura en forma de X se sacude, pero las manos y los labios de Javier siguen su trabajo. Poco a poco los labios abandonan el pezón y son sustituidos por los dedos, mientras él empieza a repartir besos por su pecho, y subiendo muy despacio termina besándola en el cuello; los dedos dejan el clítoris y entran dentro de ella, y para la sorpresa del chico la notan totalmente seca. No encaja con lo que ha leído en Internet, pero decide tomarlo como un reto y la masturba con suavidad, despacio, al mismo ritmo que estimula sus pechos y pezones. Durante un buen rato ella sigue luchando, pero finalmente el cansancio físico hace mella en su determinación, y sus puntos erógenos van logrando la atención de su cerebro por culpa del asalto del violador. La lucha se apaga, al principio imperceptiblemente, pero cada vez es mas evidente que Silvia tiene menos fuerzas, cada vez respira con mas pesadez, y poco a poco sus movimientos de lucha y forcejeo se van acompasando a los movimientos de las manos que asaltan sus zonas mas sensibles. Silvia no se queda quieta, no se rinde, pero su lucha queda reducida a movimientos patéticos hasta que al final, tras mas tiempo del que habría aguantado otra persona, el orgasmo llega y la mujer se deja caer en sus ataduras para recobrar el aliento.

Necesita varios minutos para recobrarse de la vergonzosa traición de su cuerpo, pero cuando levanta la cabeza el fuego vuelve a dominar su mirada; tal vez haya tenido un momento de flaqueza, pero sigue sin rendirse a su captor.

-Como sabrás, o por lo menos deberías saberlo, hay varios veterinarios en mi familia. Esto me da una cierta facilidad para conseguir unos cuantos anestésicos

Entonces se da cuenta de que Javier tiene ahora a su lado una bombona metálica, en la que pone N2O en legras negras bien grandes, y de la que sale un tubo de plástico que da a una mascarilla. En cuando él levanta la mascarilla ella vuelve a sacudir la cabeza y los brazos, redobla sus esfuerzos cuando nota la mascarilla en la cara, sobre la nariz, y cuando nota la goma elástica ajustarse tras la cabeza le parece notar que uno de los grilletes de las muñecas empieza a escurrirse. Pero sin inmutarse Javier abre la llave de paso de la bombona, se acerca a ella y le acaricia el pelo.

-Tranquila, todo esta bien, solo unas pocas aspiraciones. – le dice con el tono de voz que se usaría con un animal asustado – Eso es. Sssssh. Respira, todo esta bien.

Solo entonces la mujer derrama unas pocas lagrimas de desesperación

 

Silvia se despierta en el mismo sótano, iluminado esta vez por una luz suave y amarillenta que cuelga del centro del techo. Esta vez puede ver todo el sótano Intenta levantarse pero su cabeza choca con algo metálico, y al levantar la vista ve unos gruesos barrotes de acero entre el techo y ella, los cuales sujeta con las manos para intentar empujarlos, mas por acto reflejo que porque esperara conseguirlo. Después mira a su alrededor y ve mas barrotes. Esta metida dentro de una jaula de poco mas de medio metro de alta, y de unos dos metros cuadrados, aproximadamente. De rodillas examina el lugar. En una pared ve la cruz en la que la violaron, y en la pared opuesta ve un colchón tirado en el suelo, y un armario cerrado. A parte de esos objetos, y de su jaula en el centro del sótano, no hay nada mas. Durante un breve instante la luz aumenta de intensidad, mientras la puerta que hay en lo alto de las escaleras se abre y se cierra para permitir bajar a Javier.

Rápidamente la vergüenza le hace notar que todavía tiene los pechos al descubierto y se recompone la ropa mientras observa a Javier bajar las escaleras, eso le lleva a notar que tiene las manos y los pies libres de cadenas, y eso también le lleva a tocarse la cara y descubrir que tampoco tiene mordaza; esta libre, salvo por el detalle de la jaula.

-¡¿Quien te crees que eres!? ¡Suéltame ahora mismo! - grita Silvia aferrando los barrotes con fuerza -¡Te matare si no pones fin a esto de inmediato!

-Veo que ya te has despertado.

-¿A que coño estas jugando? ¡No puedes hacer esto!

-Y si no puedo hacerlo, ¿como es que lo he hecho?

Javier camina despacio en círculos amplios al rededor de la jaula. Como la desafiante Silvia quiere mantener el contacto visual se mueve al compás que él por el interior del a jaula de la única forma que puede, gateando sobre sus manos y rodillas, como una fiera enjaulada.

-¡Porque estas loco! ¡Suéltame!

-Ahora las exigencias las hago yo.

Ella sigue moviéndose en círculos como una bestia furiosa a punto de saltar sobre su rival, y él no para de moverse para que ella no pare. Le encanta el aspecto que tiene su culo en esa postura, aun mas redondeado de lo normal, le excita ver como se bambolea al gatear, esta deseando sacarla a rastras de la jaula y partírselo allí mismo, pero logra controlarse. Todo a su debido tiempo.

-Veras. Ahora eres mi mascota, me perteneces, y hay ciertas condiciones que debes cumplir.

Mientras dice esto, Javier saca de un bolsillo un collar de cuero rojo y lo lanza sobre la jaula. El collar se escurre entre los barrotes y cae en el interior.

-Pontelo, Silvia.

Sin decir nada, la mujer coge el collar y lo arroja fuera de la jaula, tan lejos como puede, para de inmediato retomar el movimiento en círculos y la mirada desafiante. Para su sorpresa, Javier le sonríe

-No vas a salir de ahí - con el pie mueve el collar por el suelo hasta dejarlo mas cerca de la jaula, pero fuera de su alcance - y vas a permanecer sin comida ni agua hasta que te pongas tu collar, tu veras.

Y con estas palabras Javier vuelve a subir las escaleras y abandona el sótano

 

En cuanto la puerta se cierra Silvia centra su atención en la jaula, la examina. Todas las piezas están soldadas unas a otras. Las únicas que están sueltas son la puerta que hay en uno de los laterales, y una pequeña rejilla corrediza, de barrotes mas finos, que se levanta en la base de la puerta. Esta claro que la jaula es para animales grandes, así que Silvia no necesita muchas pistas para saber para que es la pequeña rejilla, ni para saber que ella no cabe por esa abertura. La puerta esta sujeta con tres bisagras a un lado, y un candado al otro lado, todo ello con poco o ningún uso, por lo que su única vía de escape es esperar a que alguna de las piezas móviles se dañe con el uso y el oxido, y harán falta años de uso y oxido para que haya alguna posibilidad. Frustrada por la dureza y estabilidad de su jaula, asume que solo tiene una opción, y es esperar, pero se niega a mostrar la mínima rendición, así que en lugar de esperar tumbada en el suelo se obliga a mantenerse en movimiento, de nuevo de la única forma que le permite su jaula, así que el tiempo transcurre con Silvia dando vueltas en círculos, recorriendo su jaula en un sentido y en el otro. Y Javier, que la observa desde varias cámaras de vídeo disfruta mas de lo que nunca habría creído posible.

 

Sin acceso al exterior, totalmente aislada del mundo, los segundos se hacen horas, y los días minutos, por lo que la mujer desconoce cuanto tiempo ha pasado cuando la sed la vence y logra hacerle ver que Javier no esta de farol, que esta dispuesta a dejarla morir de inanición. Así que se detiene en el punto de su jaula mas cercano a donde la espera el collar y estira el brazo para intentar alcanzarlo, pero es imposible, no llega. Trata de esforzarse, de meter parte del hombro entre los barrotes, pero es imposible, esta demasiado lejos, no puede alcanzarlo y morirá de hambre y sed. Pero entonces se acuerda de que el collar lo dejo Javier ahí, quería que pudiera alcanzarlo, pero, ¿como?. Se pone a pensar, tenia que utilizar alguna herramienta, y tras aceptar que lo único que tiene es su ropa, se quita los pantalones y los utiliza como gancho. Sujetándolos por los tobillos los lanza entre los barrotes intentando que caigan sobre el collar, para después traerlo hacia si estirando. Es muy frustrante, el collar es de cuero y metal, es pesado, pero poco a poco, intento tras intento, el premio se va acercando. De nuevo no tiene forma de medir el paso del tiempo, pero esta segura de llevar mas de una hora cuando al fin el collar queda al alcance de su mano.

Lo primero que hace es meterlo dentro de la jaula, para después volver a vestirse, y solo entonces toma el collar entre sus manos y lo examina. Es de grueso cuero rojo brillante, de una anilla cuelga una chapa metálica del tamaño de una moneda, y en la que pone “Silvia”, en la hebilla hay un agujero del que cuelga un diminuto candado metálico, con la llave en la cerradura; en la cara interna del collar ve varios componentes metálicos, pequeños cables, hilos dorados y cosas así Esta claro que no es un collar normal, pero ¿que remedio le queda?. Abre el candado, lo quita y sostiene el collar ante si con ambas manos, teniendo un ultimo debate interno entre ceder o resistir. Con movimientos lentos que evidencian asco y desprecio se rodea el cuello con el collar, lo ajusta bien y cierra la hebilla. Hecho esto vuelve a apoyar las manos en el suelo, bien lejos del collar, como si pudieran negar lo que han hecho. Silvia espera en silencio, pero nada ocurre, nadie aparece. Sintiendo como la ira crece aun mas en su interior coge el candado, lo abre, saca la llave de la cerradura, lo mete en el agujero de la hebilla y lo cierra. El suave “clic” del candado le pesa en los oídos como si el mundo se desplomara sobre ella. Menos de cinco segundos después la puerta se abre.

-¿A que no era tan difícil? - le dice Javier sonriendo mientras baja las escaleras llevando un plato en cada mano – todo va a ser mucho mas sencillo si colaboras y te portas bien.

-¡Cállate, hijo de puta!

-Vamos a tener que corregir ese lenguaje, pero de momento, un trato es un trato.

Javier se agacha, deja un plato humeante en el suelo, y con la mano liberada levanta la pequeña rejilla de la jaula, para así poder deslizar el otro plato en el interior, rebosante de agua.

Por segunda vez Silvia pierde el control, coge el plato lleno de agua y bebe con rapidez y brusquedad hasta saciar su sed, tirando al suelo y sobre su ropa buena parte del contenido. Una vez se ha calmado deja el plato junto a ella y mira el otro, que permanece fuera de la jaula. Por el olor parece algún tipo de estofado de carne y verdura, muy completo. Pero el aspecto pastoso evidencia que lo ha cocinado buscando que se parezca a una lata de comida para perros.

-Ese aun te lo tienes que ganar.

-Pero tu dijiste...

-Dije que no comerías hasta que te pusieras el collar, no que comerías al poneponértelo

Ella le mira furiosa por engañarla de esa forma.

-No es mi culpa si has tardado dos días en entrar en razón. Lógico que no recuerdes lo que dije.

Silvia aferra los barrotes con ambas manos y trata de sacudirlos, logrando sacudirse ella como una loca.

-¡Sácame de aquí, desgraciado! ¡Suéltame!

-Veras. Tu collar es de alta tecnología, me ha costado un huevo. Me va a servir para corregir todas estas conductas tuyas tan inapropiadas. A partir de ahora llámame Amo.

-Vete a la mierda.

-Mal – Javier susurra la palabra, y de inmediato un suave cosquilleo le recorre el cuello, justo donde esta el collar – cada vez que yo diga ciertas palabras, el collar te dará un correctivo.

-Estas enfermo.

-Mal – esta vez lo dice con todo de voz normal, y Silvia nota una seria molestia punzante en el cuello.

-¡Púdrete!

-¡Mal! ¡Mal! ¡¡Perra mala!!

Cada vez que oye las tres letras una descarga eléctrica sale del collar, esta vez haciéndola tumbarse en el suelo y doblarse de dolor.

-¡Vale! ¡Lo haré! ¡Lo diré!

-Dilo – Javier recupera la compostura como si nadie hubiera gritado allí

Un murmullo inaudible parece provenir de la figura acurrucada dentro de la jaula.

-¡Perra mala! ¡No te oigo!

Silvia alza la cabeza para mirarle a los ojos, todo odio, rabia y frustración, todo ello amplificado por las lagrimas que surcan su rostro.

-¡Soy tu mascota, mi amo! ¡Te pertenezco!

Él se arrodilla frente a ella y vuelve a hablar con voz suave y paciente.

-¿Ves como todo es mas fácil para ti si aceptas tu nueva posición? - el hombre guarda silencio durante unos segundos, y al no obtener respuesta añade – Mal.

-Si, mi amo – termina diciendo Silvia con un respingo.

Sin mas, Javier levanta la rejilla de nuevo y empuja el plato de comida dentro de su jaula. Indecisa y dolorida, la mujer se arrastra en el suelo para acercarse al plato y extiende una mano, pero cuando queda claro que no va a coger el plato, si no a meter la mano dentro, la palabra “mal” y la débil descarga asociada la hacen retirar la mano y mirarle de nuevo iracunda. Javier le devuelve la mirada sonriendo en silencio, divertido por el constante cambio de su mirada de la claudicación a la ira. Tras devolver la mirada al plato, la mujer hace un soberbio esfuerzo de autocontrol, se levanta (sobre manos y rodillas), avanza hasta donde esta el plato, usa una mano para hacerse el pelo a un lado y mete la boca en el plato para comer. Entre tanto su dueño se mueve por el sótano para disfrutar del espectáculo desde cada angulo.

Como único resquicio de oposición se limita a comer lo mínimo para calmar su hambre, y para dejar clara su postura ella misma levanta la rejilla y empuja fuera los platos. Sin mediar palabra ni mirarla a la cara Javier los recoge y se marcha. En cuanto se queda sola lleva las manos al collar y estira y forcejea, intenta arrancárselo, romper la hebilla o el candado, lo intenta todo, pero es inútil, los materiales son buenos y haría falta mucho tiempo para que cedieran por el desgaste. Tarda unos pocos minutos en asumir que no puede liberarse, y retoma su movimiento por el interior de su jaula, ya que es lo único que siente que supone un desafío, una proclama de independencia, una promesa de que es una mujer y no una mascota. El problema es que el collar tintinea con el movimiento, recordándole a cada paso que ha sido débil, que ha cedido, que lleva el collar de perra que se ha puesto ella misma, que se ha puesto en sus manos por un poco de agua. Tras varias horas dando vueltas en círculos, el cansancio físico y mental la vence, logrando que por fin se tumbe en el suelo y se duerma.

 

Al día siguiente vuelve a llevarle agua y comida, aunque por supuesto, la joven no tiene ni idea del tiempo que ha pasado. Esta vez le da los platos sin pedirle nada, y Silvia se sacia con desconfianza. Javier la vuelve a mirar en silencio mientras come, y cuando termina saca una llave de un bolsillo y abre la puerta de su jaula.

-Sal – le dice mientras se aparta un poco.

Todavía desconfiada, la chica gatea hasta dejar atrás los barrotes.

-¡Mal! - le dice su dueño cuando las manos de Silvia dejan de tocar el suelo, con la clara intención de dejar de gatear. Cuando ella vuelve a ponerse a cuatro patas dolorida, él sigue como si nada hubiera pasado, paciente con la educación de su mascota. - Sígueme.

Sin mirarla si quiera, sube las escaleras y deja la puerta abierta para que pueda seguirle; Silvia gatea tras él, obediente por fin. En la planta baja la mujer ve un salón, una cocina, unas escaleras que suben, y en medio un pasillo que muere en una puerta solida de madera. “Debe ser la puerta de la calle”, piensa Silvia. Por las ventanas entra poca luz, por lo que supone que deben estar ya por la tarde. Cuando vuelve a mirar a Javier ve que esta sentado en un sillón mirándola, y da unas palmadas en el lateral del sillón como si llamara a un perrito. “Al fin y al cabo es lo que esta haciendo”. Intentando mirarle con todo el odio que puede, se acerca aun gateando, se sienta sobre sus rodillas a su lado y agacha la vista al suelo cuando nota su mano acariciándole la cabeza. A los pocos segundos oye como enciende la televisión

-Ya me deben de estar buscando. - Silvia intenta transmitir su enfado con la voz, pero no grita ni dice nada que pueda ofenderle.

-Sin duda.

-Me encontraran.

-Eso si que lo dudo. Nada te relaciona conmigo mas que con cualquier otro de la empresa, así que tendrían que revisar todas las casas de todos los empleados. Y antes de eso empezaran investigando a tus amigos y a delincuentes conocidos. La lista tardara mucho en llegar hasta aquí, si llega.

El salón volvió a pertenecer a la televisión una vez Silvia se quedo sin nada con lo que contradecirle. “Tiene razón, jamas me buscaran aquí, tengo que escapar yo”.

-Hazme una mamada.

-Jamas.

De nuevo sin gritar le responde, pero esta vez levanta la cabeza para mirarle furiosa y desafiante. No es que no lo haya hecho antes, pero siempre con hombres que se lo merecían, que tenían su cariño y confianza. Le resulta impensable meterse en la boca la poya de este cabrón

-Chica mala.

Todo su cuerpo se tensa por la descarga del collar.

-¡Nunca lo haré! ¡No te voy a tocar!

-¡Mal! ¡Eso esta mal! ¡Muy mal! ¡Mal! - con cada descarga la joven se dobla sobre si misma.

-¡Lo haré! ¡Por favor, amo, lo haré!

Tras unos segundos para recomponerse, Silvia gatea hasta ponerse de rodillas frente a Javier, con lagrimas de dolor y vergüenza en la cara, le baja la cremallera del pantalón y libera su pene ya erecto. Ignorando el olor que tan desagradable le resulta decide pasar el mal trago rápidamente, abre la boca y se introduce el miembro dentro, acariciándolo con la lengua a su paso y rodeándolo con los labios.

-Sin manos. Pontelas a la espalda.

Ella obedece sin perder un segundo, y entonces descubre que al no tener punto de apoyo, solo puede mover el cuello y la cintura adelante y atrás, y que así es muy difícil coger un ritmo rápido Con la simple prohibición de usar las manos la ha obligado a hacer la felación despacio. Por fortuna o por desgracia para ella, al ir tan despacio Javier se excita y decide pasar a mayores. La separa de su entrepierna, se inclina sobre ella, sujeta los bordes de su camiseta con ambas manos y estira hacia arriba hasta quitársela, para de inmediato tirarla a un lado. Después le desabrocha el sujetador, y también lo quita de en medio. Ni siquiera cuando la tumba en el suelo Silvia se atreve a hacer nada. Él se tumba sobre ella, con una mano y descargando su peso sujeta las dos muñecas de la muchacha sobre su cabeza, contra el suelo, y la otra la mete bajo el pantalón, pasando directamente a masturbarla, y mientras la besa en la boca con pasión, que es como debería haber empezado todo si ella no fuera una zorra mentirosa. Solo separa sus labios de los de ella un instante para susurrar “mal” tras notar que ella intentaba separar sus muñecas. El leve cosquilleo del cuello la anima a desistir y dejarse hacer. Cuando nota que ella esta llegando al clímax pasa a besarla en el pecho, a lamer sus tetas y morder sus pezones, pero justo cuando parece que ella esta a punto de gritar de placer lo detiene todo, suelta sus manos y su entrepierna, se yergue sobre sus rodillas y con movimientos torpes y apresurados le quita las zapatillas, los calcetines y el pantalón junto a las bragas, para entonces volver a tumbarse sobre ella y penetrarla, probablemente intentando tener el orgasmo a la vez que ella. Silvia llora de frustración mientras Javier vuelve a besarla, mientras nota su lengua dentro de la boca, frustrada por no poder ni luchar, frustrada porque un imbécil al que podría matar con las manos desnudas la este violando sin usar cuerdas ni cadenas. Finalmente llegan al clímax, se tensan, se estiran, y Javier cae tumbado a su lado, ambos jadeando de cansancio.

Pero ella esta en mejor forma que él, a pesar del encierro, lo que la permite levantarse de un salto bastante ágil y salir corriendo al pasillo; cuando alcanza la puerta apenas le oye pelear por ponerse en pie, tiene tiempo de sobra para coger el picaporte, girarlo y estirar... y la puerta no se mueve. Vuelve a intentarlo con idéntico resultado, esta cerrada con llave. Pensando con rapidez, busca algún objeto o mueble grande para tirarlo contra una ventana.

-Eso ha estado muy ¡Mal! ¡Confío en ti, me entrego por completo, y así me lo pagas! ¡¡MAL!! ¡Muy mal!

Silvia cae al suelo frente a la puerta, a tan solo cinco centímetros de escapar del infierno, retorciéndose de dolor. Javier camina hasta ella despacio, con calma, pero absolutamente furioso. La coge del pelo y la arrastra por el suelo de vuelta al sótano, después por las escaleras, y la mete en la jaula a empujones para de inmediato cerrarla con el candado. Llorando y gimiendo Silvia se arrastra hasta el extremo opuesto de su jaula.

-¡Que quieres de mi, maldito bastardo!

-Te quiero a ti.

Y tras mirarla con furia unos segundos, dolido y traicionado, vuelve a subir la escalera. Silvia llora desconsolada, no puede negarlo mas, es imposible resistirse a él, la posee por completo, le pertenece, puede hacer con ella lo que le de la gana, y ella no puede hacer nada por impedírselo Lleva un collar de perro, come en platos para perros, vive en una jaula y ahora ademas esta totalmente desnuda. Rendirse y complacerle es su única opción

Javier reaparece a los pocos segundos, sosteniendo en las manos la ropa de la joven. Vuelve a mirarla, pero ya no hay enfado en sus ojos, vuelve a haber alegría y lujuria. Sopesa sus opciones durante unos segundos y finalmente lanza sobre la jaula su camiseta y sus bragas. Con movimientos lentos, doloridos y desconfiados, Silvia coge ambas prendas, las mete dentro de su jaula y se las pone.

-¿Que se dice?

-Gracias, amo.

Satisfecho vuelve a salir del sótano, esta vez cerrando la puerta. “Déjale conservar un pequeño resquicio de dignidad y podrás quitárselo tantas veces como quieras”. Con tan alegre pensamiento Javier se prepara la cena y planifica su futuro, que al fin empieza a mejorar.

 

Al día siguiente la vuelve a dejar salir de la jaula. Están viendo la televisión en un sofá, él sentado, y ella tumbada a su lado, con la cabeza apoyada en su regazo. Al principio se limita a disfrutar de la película mientras acaricia su pelo y cabeza, pero termina aburriéndose, y pasa a acariciar el culo cubierto solo por las finas bragas, después acaricia la cadera, y poco a poco la mano va bajando hacia la entrepierna. Silvia sabe lo que tiene que hacer, y va levantando el muslo para permitirle el acceso, igual que haría una perrita a la que le están rascando la barriga. Los dedos no se contentan y se meten bajo la ropa interior, empiezan rascándole los labios vaginales, después el clítoris, y terminan entrando en la vagina. Llegados a este punto ella ya esta tumbada boca arriba, ofreciéndose por completo, mientras él le acaricia la cabeza con la otra mano. Silvia solo cierra los ojos cuando siente que su cuerpo se abandona al éxtasis, cuando la derrota es total, y derrama lagrimas de angustia. Javier se inclina en este momento y la besa en la frente con dulzura. “Por fin entiende lo que estoy haciendo, esta tan feliz que llora de alegría”.

 

Tras varios días con la misma rutina de pasar casi todo el día en su jaula, comer en sus platos y pasar un poco de tiempo con su amo, Javier la saca de la jaula, y al llegar a la casa propiamente dicha Silvia ve una enorme maleta y una bolsa de viaje. Confusa, mira a su captor, el cual le responde con el tono de voz con el que se le habla a un niño que no entiende lo evidente:

-Me voy, me trasladan, ¿no te acuerdas?

-Pero... no iras a dejarme aquí, no puedes mantenerme encerrada.

-Claro que no, tu también te tienes que ir.

-¿Vas a dejarme ir?

-Si. Pero no de cualquier forma. Vamos a ir juntos a un sitio, y después te iras, si no haces ninguna tontería

-No lo haré Me portare bien, amo. - la esperanza de que la pesadilla termine la ayuda a mantener los buenos modales.

-Muy bien. Ponte este abrigo largo y ven al garaje. Tu iras en el maletero.

Silvia decide no rechistar a esto, al fin y al cabo puede obligarla a hacerlo, así que se pone el abrigo tapando su escasa ropa y sube voluntariamente en el maletero. Reza por estar haciendo lo correcto cuando la puerta se cierra.

Se mueven durante una hora aproximadamente y cuando el maletero se abre ya es noche cerrada. Silvia baja al suelo y mira a su alrededor. Esta en un aparcamiento grande y desierto, y rodeados de edificios amplios que la mujer reconoce rápidamente: es el aeropuerto. Sin comprender muy bien lo que pasa, ve a Javier colgarse la bolsa al hombro, coger la maleta con una mano, y rodear con el otro brazo la cintura de la mujer, para encaminarse en silencio hacia uno de los edificios. Cuando entran dentro Silvia ve la típica zona de facturación, pero es mas pequeña de lo habitual, tiene muy pocos mostradores, y esta desierta, solo ve unos pocos empleados del aeropuerto. Entonces la muchacha entiende lo que pasa, “quiere tenerme vigilada hasta el ultimo momento para estar bien lejos cuando le denuncie”. Decide que de momento lo importante es salir de allí, así que le sigue el juego. Se encaminan a los mostradores de facturación juntos, como una pareja a punto de tener que despedirse, y Javier entrega sus dos bolsas y la documentación, la señorita del mostrador lo mira todo, teclea en su ordenador, y pone pegatinas en las maletas, que desaparecen por la típica cinta transportadora. Al terminar, mira a Javier con una amplia sonrisa y dice:

-Aquí me pone que también aviso de que facturaría un animal vivo.

-Exacto, este es – dice Javier con seriedad mientras le quita el abrigo a Silvia de los hombros.

La mujer mira a su alrededor, confusa, procesando con demasiada lentitud lo que esta sucediendo. Solo entonces se da cuenta de que todos los mostradores son de la misma empresa de viajes, y de que no la ha visto ni oído en su vida.

-¡No! - la mujer se separa del mostrador, chocando con el cuerpo de Javier.

-Sssh, tranquila, relájate – le responde él moviéndose a un lado y a otro para bloquearle la vía de escape.

Justo cuando toma la resolución de jugárselo a una carta y empujarle, la sujetan por los brazos dos hombres que han llegado a su lado.

-¡No! ¡No puedes hacerme esto! ¡Allí nadie me conoce! ¡No me buscaran, socorro! ¡Soltadme!

En absoluto silencio los dos hombres la llevan a rastras tras los mostradores, y Javier les sigue, invitado por la otra mujer.

Con calma y paciencia los hombres la ponen sobre una jaula para perros grandes que se abre por el techo y descargan su peso poco a poco, hasta que sus pies tocan el suelo de la jaula, y entonces siguen presionando hacia abajo hasta obligarla a agacharse.

-¡No podéis hacer esto! ¡Soltadme!

Silvia intenta luchar, apoya los pies en el suelo y trata de ponerse en pie, pero los hombres son fuertes y le mantienen apresados los brazos. Por mas que patalea y mueve las piernas, solo consigue ir pasando de estar de cuclillas a estar arrodillada, pero la mitad de su cuerpo no se mueve ni un ápice Entre tanto la mujer mete las manos entre los barrotes y utiliza unos grilletes de cuero con cadena metálica para atar cada muñeca a una esquina de la jaula, inmovilizándoselas Entonces los hombres sujetan sus tobillos con las manos, y la mujer los ata a las esquinas opuestas. Teniéndola ya asegurada toman varias barras de hierro y las atraviesan en la jaula de lado a lado, poniendo una bajo sus axilas, otra bajo su cintura, una mas sobre la mitad de su espalda, y la ultima tras las rodillas, inmovilizándola por completo en la postura de una perra de exposición

-Por favor, no me hagas esto. Solo quiero irme a casa. Déjame ir, por favor.

Todas sus suplicas son ignoradas, y entre los dos hombres y la mujer le ponen sin dificultad una cinta de cuero sobre los ojos, privándole de la vista, unos grandes auriculares, dejándola sin oír nada, y una mordaza consistente en un parche de cuero que mantiene un pene de plástico dentro de la boca, y que se sujeta a la cabeza con una cinta tras la nunca, otra bajo la barbilla, y una mas sobre la cabeza.

-El viaje va a ser muy largo. ¿No le pasara factura estar tanto tiempo en esa postura? - a pesar de sus dudas, el chico esta impresionado por el nivel de seguridad.

-No tiene que preocuparse por nada, la entretendremos y el tiempo le pasara volando.

Y efectivamente aun delante de él cierran la parte superior de la jaula y ponen sobre ella una batería, y empiezan a enchufarle cables para alimentar aparatos. Uno de ellos consiste en una serie de pistones distribuidos ingeniosamente encima de la jaula que terminan en dos consoladores que ahora se descuelgan desde el techo hasta quedar justo a la altura de la pelvis de Silvia. Sin mucha ceremonia le bajan las bragas hasta las rodillas, lubrican los consoladores y se los meten en la vagina y el culo. La misma estructura también incorpora una bola vibradora que tras ajustarla bien, presiona el clítoris Javier respira aliviado al ver que también le meten un catéter por la uretra, y lo conectan a una bolsa que dejan colgando en el exterior de la jaula. El ultimo aparato es una pequeña bomba de aire de la que salen dos tubos de goma que meten bajo la camiseta, justo sobre los pezones; al accionar la bomba, primero hace una succión inicial para absorber los pezones, y después entra en un ciclo de subir y bajar el poder de succión para crear la sensación de unos labios succionando una y otra vez los pezones.

Privada del oído y de la vista, y casi por completo del gusto, su cerebro se vuelca por completo en las oleadas de placer que le llegan por todas partes cuando arrancan las maquinas. Estando totalmente inmovilizada, y sintiendo bailar cada fibra de su sistema nervioso, Silvia hace lo único que puede, sacudir la cabeza con absoluta desesperación, intentando liberarse de aquella locura.

-¿Lo ve? Ya esta disfrutando. Lo va a pasar mucho mejor que usted, se lo aseguro.

 


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