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Fecha: 08-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

Dos intrusos 2/2

Guitarrista
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El final del relato completo sobre cómo se conocieron y se unieron Toño y Roberto. La historia completa comenzó en el relato corto "Al final del verano". Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota:

Final de la historia de la relación entre Roberto y Toño, que comenzó en el relato Al final del verano.

 

 

 

 

DOS INTRUSOS (II)

 

La primera cena de nuestros amigos en casa fue divertidísima y lo del aperitivo en el gabinete fue toda una sorpresa. Tuve que ir indicándoles lo que deberían hacer; degustaron algunos entrantes y se miraron asombrados. Paul no dejó sus bromas aunque, por supuesto, todo lo hizo y lo dijo con la máxima prudencia. No se había percatado, eso sí, de que Nati estaba observándolo desde la antecocina mirando por el resquicio de la puerta.

Toño presidiría la mesa y el servicio se encargó de prepararle la silla a cada uno. Como ya sabían algo de ese protocolo, no hubo problemas. El rey de la casa, mi grandullón, se sentó; con una señal de los ojos les indiqué a los invitados que se sentaran. Yo estaba, tal como me pidió, a su izquierda y los invitados a la derecha ―primero Paul y luego Agustín―. Los dos frente a mí.

Esperaron siempre a ver qué hacíamos para seguirnos. Tomamos las servilletas, las pusimos en nuestro regazo y Toño hizo sonar la campanilla para el primero:

―He preparado una cena especial ―dijo―. Aunque no sabía que venía Agustín, espero que todo sea de vuestro agrado.

―¿La has preparado tú? ―preguntó el sevillano.

―Como si la hubiera preparado yo ―explicó―. No me daba tiempo a estar en la cocina y atenderos. Os va a gustar.

A partir de ahí, entre unas bromas y otras, se habló algo más de los planes de Paul en Sevilla y Toño decidió comentar su preocupación:

―Roberto no ve esto tan claro ―dijo―. No creo que sigamos en esta casa cuando pasen las fiestas. Tampoco veo cómo conservar la casa como era el deseo de mi abuelo; para mí solo hay unos deseos que quiero cumplir: los de Roberto. ―Tragué saliva porque estaba de espaldas a Nati, que nos estaría oyendo―. Nos vamos a ir a vivir y a trabajar a Sevilla. No sé si vais a usar ese piso de la calle Betis…

―¡No, no, mi Hércules! ―musitó Paul asombrado―. Agustín y yo, seguramente, nos vamos a vivir más cerca de la facultad; en la avenida Reina Mercedes. Cuando abra la tienda, y eso ya lo veremos, quizá busquemos algún sitio más céntrico. Podéis disponer del piso tal como hablamos.

―Tal como hablamos, exactamente, no ―aclaró Toño―. Quiero que me digas lo que pides por ese piso. Está en venta, ¿no? ¡Te lo compro!

―¿En serio? ―preguntó Paul dejando caer la cucharilla en el plato―. Os lo dejaré a un precio razonable. Es muy buena zona, un sitio muy bonito, preciosas vistas… Tiene un problema: por allí suele haber movida por las noches; sobre todo los fines de semana y más en verano. Está muy bien acondicionado para el ruido, por supuesto.

―¿No lo consideras un buen sitio?

―¡Claro que sí! Me quedaría a vivir allí mejor que donde nos vamos. Sin embargo, venderlo sería para mí de gran ayuda ahora. Vamos a vivir de alquiler…

―Mañana martes ―explicó Toño ya antes de levantarse― vamos a salir a ver el mercado típico de aquí; y esta noche no deberíamos acostarnos demasiado tarde si habéis estado de viaje. El miércoles, mejor, iremos al banco…

―¡Espera, espera! ―interrumpí―. ¿Quieres ir al banco y pagarle el piso? ¡Esas cosas no se hacen así, grandullón! Si es verdad lo que dices de irnos, que está por ver, cuando estemos allí se harán los trámites.

―¡Perfecto! ―contestó mirándome satisfecho―. Sé que eso lo harás tú mejor que yo. Ponte de acuerdo con Paul y que cobre lo antes posible, ¿vale?

―Eso es cosa del banco, Toño ―aclaré―. Seguro que Paul lo sabe. Nosotros lo hablaremos y… ¡gracias!

―¿Gracias? ―exclamó mirándome atolondrado.

―Sí, gracias. Me estás poniendo a mí por delante de todo. ¿Crees que eso me da igual?

―¡No! ―dijo poniendo la servilleta en la mesa―. Sé que no te da igual. Te había prometido irme contigo a trabajar y eso vamos a hacer. Esto… ―Miró alrededor con cierta nostalgia―. Ya veremos qué hacemos con esto.

Paul me miró estupefacto en ese momento y, al ver que me levantaba cuando se levantó Toño, los dos se pusieron de pie enseguida.

―Nosotros no vemos la tele ―les comentó yendo hacia la salita―. ¿Queréis verla?

―¡Qué coño de tele ni niño muerto! ―soltó Paul al verse algo apartado del comedor―. Como dices, venimos de un viaje de cojones, así que, si podemos tomar algo los cuatro y hablar en el dormitorio, ¡a la cama todos, maricones!

―¡Bien! ―exclamó Toño haciendo planes―. Vamos a hacer algo fuera de las normas. Pediré que se nos sirvan unas bebidas en nuestro dormitorio. Id decidiendo para pedirlas. Diré que lo suban a nuestra estancia y nos pondremos cómodos. ¿Vale así?

Creí que no estaba viendo ni oyendo a Toño. Hizo sonar la campanilla, pidió unas copas para toda la noche ―según le dijimos― y subimos las escaleras solemnemente. En cuanto se cerró la puerta, cuando llevaron lo pedido, y nos vimos solos, nos echamos a reír. Nos dejaron allí una camarera con todo tipo de licores, vinos, bebidas frías, hielo, cerveza…

Nos pusimos a beber cada uno a su gusto y acabamos bebiendo de todo un poco. Toño dejó abierta la puerta de su estudio y puso una música romántica y suave de fondo que llegaba desde allí. El muy astuto, en un momento de distracción, apagó las luces y dejó encendidas las dos lamparillas de las mesillas de noche.

Me abracé a él, mientras Paul se abrazó a Agustín, y nos pusimos a bailar muy juntos los cuatro en el centro del dormitorio.

―¡Mi vida! ―exclamé en susurros en su oído―. Esto para mí es…

―¿Te gusta o no? ―respondió intrigado―. Creo que ahora ya no hace falta que nos digamos las cosas porque ya las sabemos. Yo sabía que preferías irte a Sevilla. Yo también lo prefiero. ¿He hecho mal en hacer esos planes?

―¡No, bonito! ―dijo Paul metiendo las narices―. Tú dale a Robespierre lo que le guste y ya te dará él lo que te gusta. Ya veremos qué hacemos con esta casa. Empezaste protestando porque aquí no hay trabajo y Roberto te puso una alfombra para que su masterchef tuviera un trabajo más que digno. ¡Hasta te compró ropa! Por desgracia, y de eso no te culpo, guapo, lo de vivir en Madrid no iba contigo…

―¡Es igual, Paul! ―protesté.

―¡Calla y escucha, maricón! A ver si no tengo razones… Vino hasta aquí a buscarte pidiendo clemencia ―declamó cómicamente― y se encontró con esto… ¡Mira, Hércules, bonito! Esto es una maravilla y el castillo inexpugnable y todo lo que tú quieras, pero no me digas que no te gustó Sevilla.

―¡Sí! Me gustó mucho ―le respondió avergonzado―. Ya sabes que han sido fuerzas mayores.

―¡Claro que lo sé, cariño! ―dijo Paul gimiendo cómicamente―. Mira lo que le hice yo a mi Agustín. ¡Yo sí que no tengo perdón! Tu Roberto dejó su trabajo por ti, ¿cómo no va a desear que tú hagas los planes? Todo lo que has pensado es lo mejor para los dos. Ahora dejad a la vetusta Paul que deshaga los entuertos. Ropas fuera, unos besos de cariño y a follar todo el mundo, que algo habrá que celebrar, ¡digo yo!

―¡Paul! ―gritó Agustín que estuvo muy callado hasta entonces―. ¡Que estamos de invitados en su casa!

―¡Ven aquí, miarma! ―me dirigí a él con cariño―. ¡Ven aquí! Vamos a bailar nosotros y que se entiendan ellos. Esta es vuestra casa mientras estéis con nosotros. No te preocupes por Paul; estoy seguro de que vas a tenerlo a tu lado sin condiciones; lo conozco. Supongo que lo habrás pasado muy mal. Todos lo pasamos mal algunas veces. Si todo este lío ha servido para reparar daños…

Toño se abrazó a Paul para bailar. Los vi bien agarraditos con la cabeza de la «vetusta» echada en el pecho del grandullón. Bailamos mucho tiempo y, habiendo una cierta oscuridad, Agustín aprovechó para acariciarme un poco más de la cuenta. Observé a Paul sin decir nada. No hubo caricias de ningún tipo con Toño.

En cierto momento de descanso del baile, los dos más jóvenes corrieron a poner más música y aproveché para hablar con Paul:

―¡Eh, chocho! ―le dije en voz baja―. Te he dejado a mi grandullón y sé que me lo vas a cuidar, ¿verdad?

―¡Maricón! ―exclamó como orgulloso―. A mi Hércules me lo como a besos porque lo quiero, pero si te refieres a algo más… íntimo, no creo que nos llevemos muy bien. Me parece que a los dos nos gusta la carne, bonito. Supongo que no tengo que explicártelo.

―Me parece que sí vas a explicármelo ―respondí aguantando unas risas―. ¿Te crees que a mí me gusta el pescado?

―¡Quita, quita, que me da la urticaria! Lo que te digo, clarito para que me entiendas, es que a tu novio le gusta… «el que le den». Igual que a mí, que de eso de «dar» no entiendo, chocho; así que tendríamos una relación un poquito difícil. ¿Lo pillas?

―¡Ya! ―contesté apurado―. ¡Perdona! Pensé que…

―¿Yo? ¡Mira! A mi Hércules le das lo que te pida, maricón. A mí, conque me dejes darle unos abrazos de cariño, me basta. Tú tienes ahora a Agustín en tus brazos. ¿Crees que soy lela y no me doy cuenta de las cosas?

―¿Qué cosas? ¡Estamos bailando!

―¡Eso ya lo sé, maricón! ―me dijo con mucho misterio―, pero también sé que a mi novio le gustas mucho. Dice que estás buenísimo y… ¡te está pegando unos sobeos…! Yo soy la mártir, bonito. Al mío le aguanto lo que sea después del daño que le he hecho; y si te apetece darle unos apretones…

―¡Qué mala eres! ―protesté―. ¿Con mi novio delante? ¡No, no! No se me ocurre hacer ese tipo de cosas.

―Pues… todas las cosas hay que hacerlas una primera vez. ¿No es eso lo que dices?

―¿Qué insinúas?

―Al menos, Roberto ―me rogó muy en serio―, deja que él se sienta a gusto a tu lado. A mí no va a dejarme nunca, maricón; me ha esperado mucho tiempo… Un poquito de por favor… Dale alegría a su cuerpo, maricona… ¡Échale un pespunte, que se deja seguro!

―No creo que a mi rey le hiciera mucha gracia, Paul. ¡Me pides unas cosas!

―¿Cuánto te apuestas? ―dijo muy seguro―. Ya vienen. Voy a decirle a Toño que se venga conmigo a dormir y vosotros os quedáis aquí solos. Si me dice que no, te debo una.

―Pero… ―dejé de hablar al ver que se acercaban los más jóvenes.

―¡Qué a gusto estoy! ―exclamó Toño visiblemente ebrio―. Creo que no voy a beber mucho más; no quiero pasarme.

―¿Te vienes a dormir conmigo a la estancia de los invitados? ―le soltó Paul con naturalidad―. Yo no voy a beber más; tengo un sueño de la muerte y creo que sería mejor dormir ya.

―¡Bueno! ―contestó el grandullón esperando una respuesta mía―. No sé…

―Hay que dormir ―apunté―, es verdad. ¡A ver quién nos levanta mañana! Cada uno que duerma donde quiera…

Paul me miró haciendo un mohín de superioridad. Me había ganado la apuesta. En pocos instantes, Toño volvió al estudio, quitó la música, apagó la luz y cerró la puerta:

―¿Nos vamos, Paul? ―preguntó al volver, claramente en complot con la vetusta.

Bastante confuso y muy asustado, me vi solo con Agustín en medio del dormitorio. Apenas podía verle claramente la cara pero se adivinaba en él una sonrisa muy tímida.

―¡Bueno, chico, no sé! ―dije para romper el hielo―. No vamos a estar toda la noche aquí de pie…

―¿Cuál es tu cama? ―susurró.

―¡Esa! ―balbuceé señalándola―. Vamos a desnudarnos y a acostarnos, ¿vale?

―¡Vale!

Acercándonos a la ventana, entre las dos camas y sobre la alfombra del siglo diecinueve, nos desnudamos en un silencio sepulcral. Evidentemente, me estuve fijando en el cuerpo de Agustín todo el tiempo… y tampoco dejó de mirarme con cierto disimulo. Tenía un tipo muy bonito ―un tipazo―, aunque era menudo como yo y no como mi grandullón; apetecible, desde luego, si no estuviéramos en aquella extraña situación.

Destapé mi cama y me metí en ella rápidamente, dándole a entender que me daba vergüenza de que me observase. No se movió durante unos segundos y, dando unos pasos cortos, apoyó sus rodillas en mi colchón:

―¿Tengo que dormir allí solo? ―preguntó atemorizado―. Me ha dicho Paul…

―¡Anda, venga! ―accedí levantándole la colcha―. Entra aquí conmigo. Estaremos más calentitos juntos.

―¡Gracias, miarma! ―exclamó contento acomodándose a mi lado.

―¡Bueno! ―comenté al darme cuenta de que no se movía ni decía nada―. Cuéntame algo de ti, ¿no?

―No sé…

―¿No sabes nada de ti?

―¡Sí! ―contestó entre risitas nerviosas―. No sé qué contarte.

―Pues… hay que apagar la luz, amigo ―concluí―. Estoy muy a gusto teniéndote a mi lado, ¿sabes? Habrá que descansar…

―¡Sí, claro! ―no me pareció muy convencido―. ¡Buenas noches!

Me dio la espalda y apagué la lamparilla. Trastornado por haber bebido más que de costumbre, me moví un poco para pegarme a él y me dispuse a dormir abrazándolo y acariciándolo levemente, como si lo hiciera con Toño. Lo que pasó desde ese momento no pretendo revelarlo. Bastante tiempo después, nos venció el cansancio.

Al abrir los ojos por la mañana, oí que se abría la puerta y entraba alguien. Estaba abrazado a Agustín y, según recordé inmediatamente, los dos estábamos tapados, pero completamente en pelotas. No me moví. Toño se me acercó sonriendo con picardía y se agachó un poco para hablarme:

―¡Buenos días, vida! ―me susurró al oído―. ¿Todo ha ido bien?

―¡Sí, sí! ―musité―. Hemos dormido muy bien.

En un instante, antes de que lo pensara, Agustín abrió los ojos y me miró con espanto. Toño se incorporó aguantando unas risas y, al mismo tiempo, tiró fuertemente de la ropa de cama y nos dejó a los dos sobre la sábana tal como vinimos al mundo.

―¡Toño, espera! ―grité mientras nos tapábamos con las manos.

―¡Venga ya! ―dijo con cierta guasa mientras aprovechaba para echarnos un vistazo―. ¡Buf, qué buena pareja! ¡A levantarse y a la ducha, anda! Paul y yo vendremos dentro de un buen rato, ¿vale?, así que os da tiempo de sobra… ¡Disfrutad!

Agustín y yo nos miramos asustados mientras se dirigía a la puerta riendo.

 

Los días de fiestas fueron magníficos. Aquel martes y los siguientes visitamos el famoso mercado de Plasencia, salimos de compras y, acercándose Navidad, Toño maquinó una cena especial para los cuatro.

Paul, con astucia, tuvo la idea de que saliéramos un par de tardes a pasear en pareja. Lo tenía muy bien pensado. Si yo salía con él el primer día, compraríamos los regalos para nuestros respectivos novios y, más tarde, cambiando de pareja, tendrían ellos la oportunidad de hacerlo, comprando así regalos sorpresa.

La cena de Navidad fue muy pomposa. Toño eligió los mejores manjares, no solo para mí y nuestros amigos, sino que pidió a Nati y Carmelo que se sentaran con nosotros a la mesa. Las dos chicas tendrían la noche libre para celebrarlo en su casa.

Nati, al principio, se mostró reticente. El señor de la casa le estaba pidiendo algo que, bajo ninguna circunstancia, debería hacerse. Aunque a regañadientes, dejó la cena preparada para ser servida.

―El señor tiene un gesto con nosotros que no merecemos ―comentó la mujer al comienzo de la cena―. Quiero adivinar que piensa acabar con ciertas costumbres.

―¿Lo dudas, Nati? ―le contestó sonriente.

―¿Cómo voy a dudarlo? Es la primera vez en esta casa que me siento a esta mesa.

―Siempre hay una primera ―afirmó―. Eres mi tata, no la veterana del servicio.

―¡Ay, señor! ¡Qué cosas dice!

―¿Para qué seguir esta farsa? Yo ya no voy a ser el señor de nadie, Nati. Carmelo tiene un buen puesto esperándole en Salamanca y tú, aunque eres joven aún, vas a irte a tu casa con tu hijo y su novio; a disfrutar de ellos. Habrá una buena recompensa por los años trabajados aquí, por supuesto.

―Si usted lo dice…

A la hora de servir unos dulces y algo de licor, vi a Paul mirar con disimulo hacia la cocina:

―Los dos del servicio ―dijo en susurros―, están preparando alguna sorpresa. En esas cosas me equivoco poco, maricones. ¿No decían que todo estaba preparado para traerlo de una vez a la mesa?

En ese momento, entre extraños ruidos como crujidos, aparecieron los dos con la camarera llena de dulces, licores y caramelos; muchos caramelos. Atados a los dos lados y golpeando con las puertas y el techo, aparecieron montones de globos de colores.

―El abuelo Zenón ―dijo Nati―, le hubiera traído esto a su nieto.

Miré a Toño con disimulo. Sus ojos se habían humedecido. Dejó la servilleta en la mesa y se puso de pie. Todos hicimos lo mismo. Toño cogió unos cuantos globos de colores distintos y nos los fue repartiendo. Ante la vista inexpresiva de los invitados, se volvió hacia mí, me tomó del cuello y me besó. Hubo aplausos y, sin aviso previo, sacó varias cajetillas de tabaco y las echó sobre la mesa.

―¿De dónde has sacado esto? ―pregunté asustado―. ¿Vamos a fumar aquí?

―Mientras no le prendáis fuego a los manteles…

―¡Un momento! ―exclamó Paul casi solemnemente levantando su copa―.Una situación como esta merece un brindis. ¡Vamos!

Brindamos, encendimos cigarrillos, explotamos globos, reímos y, aunque muy mal, cantamos villancicos de esos que no dicen nada pero que recordamos desde pequeños.

Agustín debió sentirse como si estuviera en una gran fiesta exótica ―que en realidad lo era― o como en un curioso «parque temático», en una representación festiva que indicaba el final de una vida y el comienzo de otra.

―¿Piensas que no lo sabía, hijo? ―me confesó Nati aparte en cierto momento―. Sorda no soy y, desde ahora, tampoco sirvienta. Sé que mi niño piensa cumplir tus deseos; y también sé que vas a cumplir los suyos. Esta casa necesita a gente más asentada y vosotros sois jóvenes. Os iréis a una tierra muy alegre que os acogerá con los brazos abiertos. No te preocupes; doña Julia y don Marcos saben muy bien lo que hacer.

―Gracias, Nati ―respondí―. Tampoco nos veía yo a Toño y a mí en estas circunstancias…

―Ni Toño ni tú estáis para esta vida tan seria; y él, además, debe irse lejos de esta casa que lo ha mantenido encerrado tantos años. ¡Llévatelo! Estos ojos han visto lo que le hacía su padre sin poder poner ningún remedio. Sé que al abuelo Zenón le hubiera gustado ver tan feliz a su nieto. ¿Qué hay de extraño en que esto sea una fiesta?

Así fue también la Nochevieja aunque, a petición de Toño y en exclusiva excepción, nos indicó que fuésemos todos a la salita poco antes de las doce, encendió el gran panel de TV y buscó la cadena para ver las campanadas desde la Puerta del Sol de Madrid:

―Es costumbre de esta casa ―dijo― y me gustaría seguirla. ¡He estado en ese sitio con Roberto! El que quiera tomar las uvas, ahí las tiene.

Cuando entramos en el nuevo año, todos nos besamos muy felices y, tras los besos y abrazos de rigor, vinieron otros bastante informales. Nati y Carmelo, tras tomar unas copas con nosotros, se retiraron a sus dormitorios.

Paul besó a Toño con verdadero cariño. A esas alturas ya sabía yo que lo quería como si fuese su hermano pequeño… o algo así. Recordé que una vez, cuando Paul me pidió permiso para besarlo, él mismo explicó que le gustaría tener amigos y poder besarlos. Agustín, por otro lado, cayó en mis brazos sollozando y, dando la espalda a los otros, me besó con arrebato. Se había abierto una puerta entre nosotros que no entendía demasiado bien pero que me gustaba; tanto como le gustaba a Toño.

Después de una celebración no muy larga, mi grandullón nos abrazó y nos besó uno a uno y nos pidió que lo siguiéramos. Cuando subimos las escaleras se dirigió a la puerta de madera tallada de nuestro dormitorio, giró el picaporte y nos invitó a pasar encendiendo la luz. A los pies de cada una de las camas había paquetes envueltos como regalos, con papeles de colores.

―Esa es vuestra cama ―indicó a Paul y a Agustín la que era la suya propia― y aquella la nuestra. Os he comprado alguna tontería para hoy… aunque también vendrán pronto los Reyes Magos.

―¿Vamos a dormir juntos? ―preguntó Agustín intrigado.

―En la misma habitación ―le respondió―. Vosotros en vuestra cama y nosotros en la nuestra… ¡O como queráis! Espero que nadie se sienta extraño. Ahora somos dos parejas de amigos, ¿no?

Me aproximé a mi grandullón para mirarlo de cerca y observé que aún le había crecido algo más el pelo; casi a punto de dejarse aquel travieso tirabuzón que le colgaba cuando lo conocí. Acerqué mi mano a su rostro y acaricié despacio su mejilla y sus cabellos:

―Repíteme los versos que me dijiste una noche ―le susurré.

―¿Qué versos? ―preguntó extrañado.

―Unos del Don Juan Tenorio; ¿ya no te acuerdas?

No contestó. Nos miró a todos pensativo y sin levantar mucho la voz, comenzó a recitar:

―«¡Ah! Mármoles que mis manos

pulieron con tanto afán,

mañana os contemplarán

los absortos sevillanos;

y al mirar de este panteón

las gigantes proporciones,

tendrán las generaciones

la nuestra en veneración».

Nos miramos todos en silencio. Nuestros amigos no sabían, según creí observar, por qué le pedí que recitara esos versos. Los creí premonitorios en su momento…

―¡Anda! ―exclamó Paul agarrándose al brazo de Agustín―. ¡Aprende, maricón! Míralo cómo recita, el masterchef… Este hombre está por descubrir. ¡Lo mismo sirve pa un roto que pa un descosío!

―¿Eran esos? ―me preguntó Toño inocentemente.

 Asentí, me sonrió más feliz que nunca, se acercó a besarme un instante y tosió para llamar la atención de nuestros amigos mientras comenzaba a quitarse la ropa:

―A dormir, ¿no? ―dijo―. Cuando despertemos mañana empezaremos esa nueva aventura que debió empezar hace ya mucho tiempo.

―¿Qué pasa, bonito? ―se quejó Paul poniéndose en jarras―. ¡Que una no es de piedra, leñe! Si os ponéis a follar ahí al lado, después de tomar las uvas, vamos a tener que «tomar medidas»… aunque haya que ir de una cama a otra en bicicleta. ¡Ay! Una haciendo siempre de celestina y arreglando descosidos y mira dónde nos mete el grandullón… «¡Cosas veredes!»

―Esta noche no va a haber ningún límite, Paul. Agustín ya sabe a qué me refiero. Eso será solamente esta noche, desde luego. Un día, dentro de poco, nos asomaremos los cuatro abrazados a aquellas ventanas de la calle Betis para disfrutar de aquellas vistas… y de las que queramos. Roberto y yo, tal como van las cosas, acabaremos siendo vuestra familia. No lo vais a rechazar, ¿verdad?

―¡No, no! ―exclamaron juntos al instante.

―¡Pues vamos! ―intervine yo quitándome ya la ropa―. ¡Todos a la cama! También se permite soñar despierto. Alguna vez tenía que ser la primera… Este es el principio.

 

 

El resto de días de fiesta fue un desmadre; nada irreverente contra la casa, desde luego. Toño había asumido que su abuelo le había dejado todo para que él dispusiera… y dispuso lo mejor. Doña Julia y su hermano, don Marcos, se harían cargo de todo llevándose a cambio, como era lógico, pingües beneficios. Paul nos fue poniendo al día sobre la vida que nos esperaba y Agustín, tan amable y cariñoso como lo había sido siempre, se comprometió a llevarnos a conocer toda la ciudad ―que según decía era tarea de muchos y muchos días―. Desde entonces empezó a besarnos a todos como sintiéndonos parte de él.

El jueves cinco de enero de 2017, después de ver pasar la cabalgata de los Reyes Magos en la Plaza Mayor, se organizó una despedida nada formal. Nati pidió a Toño que no dejara de llamarla. En realidad, era ella la que lo había criado y educado. Doña Julia confesó sentirse muy orgullosa de su hijo y de «su amigo» y propuso pasar unos días juntos en la casa de Mazagón cuando llegara el verano. No es que a Toño le agradara mucho la idea, pero comprendió que sería un buen momento para volver a aquel lugar donde nos conocimos.

Esa noche antes de la partida, cuando nos disponíamos a dormir preparados para recibir nuestros regalos y para el viaje matutino, Paul se colocó frente a nosotros muy serio y, tomando un trozo de papel donde había escrito algo, se acercó a nosotros sensualmente para poner sus manos en nuestros pechos y, después de un vistazo a la chuleta, comenzó a recitar:

―«¡Ah! Mármoles que mis manos

pulieron con tanto afán,

mañana os contemplarán

los absortos sevillanos;

y al mirar de este grandullón

las gigantes proporciones,

tendrán las generaciones

a Antonio en veneración», maricón.

Fue divertidísimo. Acabamos desnudándonos por completo los cuatro, corriendo por el dormitorio y tirándonos todos sobre una cama.

 

Ya en Sevilla con nuestros amigos, aquella misma tarde del día seis, en el pequeño pero increíble piso de la calle Betis, ocupamos el dormitorio grande. Paul y Agustín solo vivirían con nosotros unos días hasta mudarse y usarían el dormitorio pequeño.

Al día siguiente, el sábado, dimos unos paseos a pesar de que Agustín decía que enero no era la mejor época en Sevilla. No hacía calor, desde luego, pero tampoco nada parecido al frío que conocíamos en el centro de la Península.

A mediodía, entramos los dos solos en el Hotel Mármoles por saludar a don Alfonso si se encontraba allí, y nos recibió con gran alegría porque no nos esperaba. Sabía al detalle todo lo que nos había ocurrido.

Informalmente, nos dijo que el administrador que estaba llevando el hotel era un señor algo mayor… demasiado chapado a la antigua; pensó que sería mejor que tomara yo las riendas, como un día le aconsejó don Santos. Y el cocinero que había contratado no le parecía mal, pero no acababa de convencerle como segundo:

―¡No pretendo despedir a ese chico! ―nos dijo―. Lo que quiero es que esta cocina y nuestro restaurante Puerta de Goles sean los mejores de la cadena; y eso solo lo puede conseguir alguien con la mente y los conocimientos del señor Fajardo, creo yo.

―¡Anda, coño! ―exclamó Paul cuando le contamos lo del restaurante―. No sabía yo que en un hotel hubiera también puertas para meter goles. ¡Lo que gustan unos tíos buenos en pantalones cortos dándole patadas a una pelota!

―¡Que no, Paul! ―comentó Agustín con paciencia―. Goles era un nombre antiguo de Hércules, que tenía una puerta en las murallas de Sevilla. ¡Anda que no tenéis que aprender na, miarma!

―¡Ay! ¡Ya estoy viendo a mi Hércules, vestido de masterchef, apoyao en el quicio de su puerta de la mancebía! Así, con el león al lado, las dos columnas y una ramita de perejil en la mano; como el San Pancracio.

Estando solos en casa, abrazados y asomados a una de las ventanas, contemplábamos al atardecer la vista inigualable de aquel lugar. Toño dejó caer su cabeza sobre la mía y acaricié su mejilla. Se movió un instante para besarme en la frente y habló sin dejar de mirar afuera:

―Huía de mi padre como de la peste ―musitó―. Después de obligarme a veranear con ellos, ni siquiera estaba dispuesto a darme algo de dinero para tomar una cerveza y hacer amigos. Aburrido de aguantarlo el primer día, me fui a dar unos paseos por la playa a una hora y en un lugar en los que no había casi nadie. Quería estar tranquilo. No fue así… Vi por allí pasear a un chico maravilloso; el chico con el que siempre había soñado. Me escapé todas las tardes del verano a la misma hora y lo seguí a escondidas para saber por dónde se movía. El primer fin de semana desapareció y volvió el lunes…

Hizo una pausa para mirarme y saber si le estaba escuchando. Le sonreí y continuó:

―Me gustaban su cuerpo delgado, sus cabellos rizados y rubios, su mirada triste,  perdida y solitaria… Lo estuve siguiendo a escondidas hasta que descubrí a qué lugares iba. Vivía lejos del chalé, al otro lado del pueblo, así que iba a buscarlo andando y, una de las últimas noches, cuando creí que lo había perdido de vista y ya me tenía que ir, me tropecé con alguien que me derramó un cubalibre en la camisa…

Sabiendo que había que esperar a que Toño quisiera decir algo, no le pregunté nada y lo dejé hablar:

―Creí que me moría cuando me miró de cerca la primera vez… Fui un descarado. Lo invité a una copa cuando no tenía más dinero que el poco que había ahorrado en el mes. ¡Se me iba! En cuanto vi la ocasión, me invité yo mismo a su bungaló alquilado. Cuando entramos allí, pensé que me gustaría tener un día mis propias llaves… y ya las tengo. Aquella noche calurosa, con la excusa del cubata, me quité la camisa en su casa para saber si me decía algo. ¡Qué morro! Hoy, mucho después, sigo teniéndolo a mi lado. Siempre voy a tenerlo a mi lado.

 

Epílogo

Así, amigo lector, nos conocimos Toño y yo: poco a poco, con sustos y grandes momentos. Así construimos la gran amistad que nos unió a Paul y a Agustín, quizá, para siempre. Han sido los días de este año pasado tan maravillosos que he querido ir contándotelos tal como los vivía.

Quizá no deje de escribir, de vez en cuando, alguna aventura de las que nos esperen en Sevilla. Ahora nos hemos convertido en «una familia de cuatro maricones», como dice Paul, que vive unida en un piso no demasiado grande para compartir los mejores momentos como habrá que compartir los no tan buenos; pero eso será ya otra historia…

 

Roberto Macías



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