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Fecha: 07-Feb-17 « Anterior | Siguiente » en Interracial

El ginecólogo de mi mujer,misma estrella de la nba

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(primera parte, narrada por Solange) Mí nuevo genecólogo superó la ficción que mi marido había creado, para satisfacer mis fantasías erógenas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

EL GINECÓLOGO DE MI MUJER: MISMA ESTRELLA DE LA NBA

(PRIMERA PARTE, narrada por Solange)

Mi nuevo ginecólogo superó la ficción que mi marido había creado, para satisfacer mis fantasías erógenas.

___________________________________________________________

-      Si mi vida. Te juro que esta vez si cumplo tu fantasía. El negro ya está escondido en el closet, desde hace rato. Está desnudo y erecto, esperando una señal para intervenir.

-      ¡Siii! ¿Verdad? ¿No me mientes? Ya dile que salga, quiero verlo. Pero ahora… antes que me corra. ¡Ayyy, por favor!

Me encontraba cabalgando a horcajadas, sobre mi marido. Estaba muy excitada, casi al borde del orgasmo y él sugestionándome con una de mis fantasías predilectas. Sabía presentar la quimera con tal realismo, que tenía la sensación de que en cualquier momento se presentaría el invitado a participar del festín. Mi obsesión era tal, que por momentos tenía la ilusión de sentir algunos ruidos y hasta su respiración, dentro del walking closet, ubicado a espaldas mías.

-      Ya mi vida, apoya tu pecho sobre el mío y ábrete bien las nalgas con ambas manos. ¡Esa es la señal convenida! Ese ademán lo autoriza a encularte. Por eso te he lubricado y ensanchado, generosamente, el orificio anal.

Me susurraba al oído, dándole un toque de misterio y de prohibida complicidad. Mientras tornaba sus embestidas más profundas y acompasadas. Haciendo que nuestras carnes al chocar, marquen el compás con su sonido. Orquestación a la que rápidamente se sumaban mis agudos trinos y los graves mugidos de Eric, anunciando el inicio de un clímax simultáneo y compartido.

-      ¡Oh mi dios! yaaa me estoy viniendooo. Ayyy, ¡Oh! Siii.

Eric, mi marido, siempre supo darme gusto y quiso prestarse al juego de mis erógenas fantasías. Claro así él también se beneficiaba, disfrutando de los intensos orgasmos que me sacaba, con esa artimaña

Siempre nos llevamos muy bien en materia sexual. Él quince años mayor que yo, hombre experimentado, que supo guiarme y moldearme a su manera. Ahora con el paso de los años, ha decaído en cuanto a vigor sexual, aunque debo reconocer, que en las esporádicas oportunidades en que tenemos sexo, quedo totalmente satisfecha. Conoce de paporreta todas mis fantasías y se esmera por darme gusto, prestándose de corazón, a todo tipo de quimera que sea de mi agrado.

Como anécdota, en cierta oportunidad, se caracterizó de mandinga… Se vació completo un spray que usan los físico culturistas en sus competiciones. Como quiera que usara el color más oscuro, tuvimos que irnos de vacaciones fuera de la ciudad, por que tardó más de una semana en decolorarse por completo. Tanto hemos usado las fantasías relacionadas con hombres de piel oscura, que hay veces en que me pregunto ¿Cómo será estar con uno de ellos? ¿Será verdad todo lo que dicen de los negros y lo que aparece en los videos porno? Pero, en la realidad, el tema nunca dejó de ser una fantasía, ni pasó de ser una simple curiosidad.

Últimamente, estoy teniendo ciertos malestares, que yo atribuyo a un próximo retiro de la regla. Esporádicos dolores de cabeza, ciertos bochornos, una que otra irritabilidad, frecuente excitación sexual, etc. No sería nada raro que estuviera en la etapa de pre menopausia. Algunas amigas ya están pasando por eso y tienen más o menos los mismos ardores. Quien podrá diagnosticar con precisión de lo que se trata, será mi ginecólogo de confianza, el que siempre me ha atendido, desde niña.  

Había transcurrido más de seis meses desde mi última revisión y decidí que ya era momento para una nueva visita. Me puse de acuerdo con Eric, para determinar el momento en que dispusiera de algún tiempo libre. El día acordado, Eric me acompañó a la consulta, tal y conforme lo había hecho siempre.

Al llegar a la recepción de la clínica, pedí consulta con el Dr. Revoredo, segura que al escuchar que había llegado Solange, me haría pasar de inmediato. Cual habría sido mi sorpresa, cuando me informaron que hacía mas de dos meses, el Dr. Revoredo había pasado al retiro por jubilación y que su reemplazante era un tal Dr. Ronald Robinson. Le pregunté a la señorita si se trataba de un buen profesional y me aseguró que la clínica tenía un proceso de selección muy estricto y que todos los profesionales que lograban ingresar, tenían que ser de primera, sin lugar a duda. Le pregunté su opinión a mi marido y él me respondió que no lo pensara más y que me atendiera con el nuevo médico.

Como no había pedido cita con anticipación, la recepcionista tuvo que consultar con el Dr. Robinson, quien al enterarse que se trataba de una antigua paciente de la cínica, tuvo la gentileza de aceptar atenderme ese mismo día. Claro que me puso al final de la lista y tuvimos que pasar largo rato en una oficina, mientras llenábamos un minucioso cuestionario, que luego sería utilizado en la consulta. Yo estaba un poco nerviosa, el Dr. Revoredo me había atendido desde que era niña, se trataba de un hombre mayor al que yo le tenía gran confianza y no sabía si sería igual con un nuevo medico. Pero al fin llegó nuestro turno e ingresamos juntos a la consulta, tal como lo había permitido siempre, nuestro antiguo médico.

-      Señora Solange… Adelante, pase por favor.

Se escucho una voz grave, profunda, cálida. Me estremecí de pies a cabeza. Al ingresar al consultorio, fue grande mi sorpresa al ver por primera vez al Dr. Robinson. Se trataba de un hombrón de más de un metro noventa de estatura, de porte atlético, de algo más de treinta años de edad y de color negro azabache. Resaltaba el blanco de sus ojos y el nacarado de su sonrisa, por el marcado contraste con su aterciopelada piel oscura. Las piernas me empezaron a temblar, definitivamente no me encontraba preparada para una consulta de tal naturaleza.

-      Adelante señora Solange. Soy el Dr. Robinson, haré todo lo posible por que no extrañe a mi amigo y colega el Dr. Revoredo. Ya puede pasar. La señorita enfermera la ayudará a ponerse cómoda para el examen. Lo siento mi estimado señor, por protocolo de la clínica, Ud. deberá quedarse en la salita de espera. Ahí tiene algunas revistas de actualidad, para entretenerse mientras atiendo a la paciente.

Sin más que decir, el Dr. cerró la puerta del consultorio. Unos instantes después, luego de asistirme, la señorita enfermera se retiró por una puerta posterior. Quedé solita e inerme, encerrada con el tremendo hombrón,  con salvoconducto para someterme a su voluntad. Quedé cubierta solo con una ligera batita de tela rosada. Obviamente me sentía muy insegura y nerviosa. Debajo de aquella liviana batita, solo estaba mi carne completamente desnuda. Y ahora mis partes íntimas serían expuestas a un extraño para ser revisadas y manipuladas a su regalado antojo. Esta vez ya no se trataba del viejito inofensivo de toda mi confianza, sino de un hermoso ejemplar afro americano, que había tenido como fantasía de mis mejores orgasmos. Y para colmo, con mi marido ahí afuera imaginando sabe dios que morbosidades.

-      A ver Señora Solange, acuéstese en la camilla por favor. Ha… y por si acaso ya leí su historia clínica y el cuestionario que llenó en recepción. Parece que se encuentra saludable y que no estamos frente a nada grave. De todos modos procederé a la exploración de rutina para asegurarme.

Empezó por una palpación de senos que la hizo en forma muy profesional, sin atisbo de malicia. Pero sin embargo yo me estaba fijando en el tamaño de sus inmensas manos, cuyos gigantescos dedos, quemaban a su paso por mi piel. Sentí como se me fueron parando los pezones, y yo, sin poder hacer nada por evitarlo. Sin duda mi reacción no pasó desapercibida para el Dr., Incluso, no se si fue de casualidad o fue un toque de constatación o fue idea mía, pero al terminar de auscultar mis senos, me pareció sentir un toquecito malicioso en uno de mis pezones.

Luego pasó a ponerse frente a mí. Me pidió que me abriera la batita completamente y que pusiera los talones en los estribos de la camilla ginecológica, mientras tanto él se iba colocando los guantes de látex. Separó con delicadeza mis labios vaginales y tomó un tubo de lubrificante, que sin usar, lo volvió a dejar en su lugar, al notar que ya no hacía falta. Mi conducto vaginal ya se hallaba generosamente receptivo y caudalosamente lubricado.

-      Caramba… Que bien, veo que la damita ya no necesita lubricación artificial. Mi reina… leí en una de sus respuestas al cuestionario, que usted menciona ciertos dolores de cabeza, bochornos y sobre excitación y los atribuye a una probable etapa de pre menopausia.

-      Siii, si doctor. Efectivamente, así es. Respondí, tratando de ocultar mi excitación y sonrojo.

-      Pero también veo que recién ha cumplido cuarenta y un años de edad. ¿Acaso, últimamente ha sufrido retrasos en su período menstrual?

-      No Dr. No he tenido retrasos.

-      ¡Hummm! Tal vez sus síntomas no tengan nada que ver con la menopausia.

Mientras me hacía las preguntas, tenía insertados en mi conducto vaginal, dos de sus tremendos dedos, dándoles vueltas, como parte de la exploración. Ahora además de mojada, también estaba con el clítoris en plena erección, como queriéndome explotar. Sentía mucha vergüenza y no sabía como ocultar mi alterado estado. Me preocupaba que el Doctor pudiera pensar que estaba frente a una degenerada, que había ido a la consulta para morbosearse con el médico. Pasó suavemente uno de sus dedos por la base del clítoris, arrancándome un involuntario gemido. Luego como habiendo logrado identificar la causa de mis dolencias, sin dudarlo, puso en forma de gancho los dos dedos que tenia insertados en mi vagina e inició la típica veloz estimulación del punto G. No tardó en sacarme un intenso orgasmo, acompañado de chisguetazos de abundante fluido eyaculatorio, mientras con su otra manaza me tapaba la boca, para acallar mis ahogados alaridos.

-      Que fue eso doctor. Nunca había tenido un clímax tan intenso y jamás con descarga de fluido eyaculatorio.

-      Mi reina… La causa de todos sus males es la falta de sexo. Ud. lo requiere con mayor frecuencia. Así lo indica su temperamento altamente pasional. Ahora está muy, muy, pero muy necesitada de sexo.

Después de tan intenso orgasmo, lejos de calmarme me había quedado más excitada y apetente. Me sentía engolosinada  e insaciable como nunca.

-      Doctor… ¿Podemos hacer pasar a mi marido para que me satisfaga? Se lo pido por favor, ya no puedo más.

-      No mi reina imagínese en que situación me dejaría a mí, viéndola en ese estado de incontinencia. Podría creer que yo me he propasado con usted.

El clima que se vivía dentro de ese consultorio, estaba cargado de lascivia. El médico, por ética, no tomaba la iniciativa, pero su mirada suplicante lo decía todo. También estaba deseándome, tanto como yo a él. Su excitación no se notaba solo en su mirada, se le sentía muy agitado y con un inocultable bulto en la bragueta del pantalón.

-      Usted también está excitado doctor. Eso no lo va a poder negar.

-      Mi reina, es usted tan bella… Claro que estoy muy excitado. No creerá que soy de piedra.

-      Ay doctor, pero… ¿Y si entra la enfermera?

Tan explícita pregunta fue una señal inequívoca de entrega y claudicación, con ella estaba autorizando la  toma de posesión de mi sumisa humanidad y de mi apetente genitalidad. 

-      No se preocupe por eso, mi amor. Ella solo puede entrar cuando escucha el timbre.

Luego de tan explícito sometimiento, el afortunado facultativo muy solícito, se bajó el pantalón y los calzoncillos, quedando desnudo desde la cintura hasta los tibillos. Así dejó en libertad una increíblemente hermosa verga negra, muy cabezona, en pleno estado de erección, que apuntaba al techo. Dio unos pasos hacia mí, dejando su virilidad al alcance de mis manos. Ya era tarde para arrepentimientos. Además era yo quien había propiciado el amancebamiento y ahora lo que correspondía era colaborar. Lo tomé entre mis manos con gran emoción y nerviosismo. Me parecía mentira lo que estaba ocurriendo en un consultorio tan serio y a escasos metros de donde se encontraba mi marido.

-      Mi reina… demuéstrame tu cariño y con tu boquita remójale un poquito la punta, para metértela sin dificultad… Lo que aquí ocurra quedará entre nosotros ¿Verdad?

-      ¡Oh mi dios! Que locura, claro que sí. Alcancé a decir antes de empezar a chupársela.

Con dificultad pude meterme en boca un glande tan cabezón. Por momentos lo sacaba y lo lamía con desesperación. Estaba ansiosa por ser penetrada, sin saber aun si podría resistir dentro de mí, un miembro de esas dimensiones. Luego se emplazó frente a mí. Coloqué nuevamente los talones en los estribos de la camilla y corrí el culo hacia delante, lo más que pude, para quedar servida y a su entera disposición. Acercó su cara a mis genitales y solo le permití unas cuantas pasadas de lengua y una breve mamada de clítoris. Con premura lo insté a la copulación. Yo ya me estaba derritiendo entre las piernas, impaciente por tener dentro de mí ese instrumento que tantas veces había imaginado en mis más alocadas fantasías erógenas.

-      Ya la quiero adentro doctor Robinson. Por favor... Aun que me mate, pero… ¡Métamela yaaa!

Él me cubrió envolviéndome con su cuerpo y con delicadeza colocó su gran bálano en mi lubricado orificio vaginal, que resultaba pequeño, no obstante su estado de dilatación. Hice un bollo con la tela sobrante de la bata y lo mordí, logando así acallar los gemidos que me brotaban del alma. Me invadió suavemente, sin presión, con calma, poco a poco y con mi más ferviente complicidad. Sentí su voluminoso glande tomando posesión de mi entrada vaginal. Sentí como mis íntimos labios se aferraban a su contorno, brindándole una calurosa bienvenida y sentí como al penetrar, iba estirando mis músculos de cierre, agotando su máxima elasticidad, hasta dejarme finalmente abotonada. Yo fuera de sí, en ostensible estado de descontrol, me encontraba sumida en una insolente danza, en busca del placer. No obstante la considerable diferencia de tallas, entre gemidos, logré asimilar la embestida, hasta donde mi cavidad lo permitió. Resoplé y pujé ligeramente, pero luego cobré valor y ya estaba nuevamente sacudiendo mis caderas, con el afán de aguzar mis sensaciones. Él mantenía inalterable su pausada cadencia, ponía la pericia y el dominio obtenido de su basta experiencia, mientras yo era presa del desespero. Él prolongaba la llegada del éxtasis y yo me hallaba inmersa en una cadena de intensas sensaciones, como si estuviese tratando de ponerme al día, en una tarea por largo tiempo descuidada. Mi voracidad se mostraba irrefrenable, los cadenciosos movimientos iniciales se tornaban en frenéticas convulsiones. Mis apasionados gemidos, estaban siendo opacados por la tela que mordía. Los bramidos del doctor, quedaban convertidos en furiosos resoplidos de alterada respiración, para evitar ser escuchados y descifrados por mi marido. La culminación del gozo anunciaba su llegada. Resultaba un reto poder silenciar su estruendosa manifestación. Nuestros cuerpos tensos y electrizados se estiraban como queriendo agrandarse, en espera de las convulsiones que nos permitiera derramar todo nuestro placer. Hasta que por fin, un sello pasional de nuestros labios, se encargó de apagar los desgarradores gritos delatores, convirtiéndolos en melodiosos acordes y cánticos de agradecimiento, interpretados por voces contrastantes, una aguda y cantarina, la otra grave, profunda y estremecedora.

Fue una copulación breve pero intensamente placentera, no podía ser de otra manera. Las circunstancias y las limitaciones de tiempo, así lo exigían. Dentro del consultorio, dos seres con la morbosa curiosidad satisfecha, aunque con el apasionado deseo aún apetente. Fuera del consultorio, un ambiente cargado de dudas y de impaciencia. Mi marido estaría dando vueltas como una fiera en cautiverio, sin comprender aún, si los ahogados gemidos que creyó haber escuchado, fueron reales o talvez producto de su imaginación. ¿Y por que la excesiva demora?, se estaría preguntando. Su corazón palpitaría fuera de control y su respiración lo habría estado ahogando. Una mezcla de intensos celos y morbosa excitación, seguramente lo tenían atrapado en una antagónica disyuntiva. Debía estar irritado, impaciente y preocupado, pero con una inexplicable, férrea erección que lo estaría atormentando.

El doctor y yo, pasamos juntos al sanitario para ganar tiempo, nos higienizamos lo mejor que pudimos, sin poder llegar a quedar pulcros. Mientras tanto, afuera escuchábamos, lo que podía tratarse de una airada protesta de mi marido. Pegue el oído en la puerta mas cercana a la salita de espera y con dificultad alcancé a escuchar algo así como “Señorita enfermera yo la hacía dentro de la consulta”.

-      Doctor Robinson…, y ahora que hacemos. ¿Se le ocurre algo doctor?

-      Tú Solange aún no estás satisfecha y seguro que tu marido lo va ha notar. Yo me voy a retirar del consultorio durante un lapso prudencial y le voy a permitir el ingreso como algo extraordinariamente excepcional, para que tengan intimidad a puerta cerrada.

-      Per…, pero doctor ¿que explicación le voy a dar?

-      Tendremos que improvisar lindurita. No queda otra.

El doctor Robinson se acicaló lo mejor que pudo y poniendo su mejor sonrisa, abrió la puerta del consultorio y sorprendió a mí desconcertado marido diciéndole, al oído, en una especie de murmullo:

-      Mi estimado señor, su esposa está muy excitadita y reclama su presencia con suma premura. Por tratarse de una emergencia, voy romper las reglas del protocolo y los voy a dejar solos por un momento, como excepción. Cuando estén listos, me avisan haciendo sonar el timbre. 

El ginecólogo, hizo pasar a mi marido y cerró la puerta con seguro, dejándonos solos frente a frente. Yo me encontraba tendida en la camilla como si en ningún momento me hubiera levantado de ella, ni siquiera para lavarme. Con ojitos pedilones y voz entrecortada, le pedí a mi marido.

-      Mi amor, estoy muy excitada, necesito copular. Por favor ven. Méteme tu miembro y hazme gozar.

Por temor a que pudiera descubrir algo, quería evitar los preliminares a toda costa. Pero no. Él fiel a sus hábitos, metió la cabeza entre mis piernas y empezó un cunnilingus, que en realidad yo ya no necesitaba, al estar tan excitada.

-      Mi vida que ha pasado, tienes el coño desbocado. ¿Es acaso que ese ginecólogo cabrón, se ha propasado contigo?

-      Que cosas dices mi vida… lo que pasa es que estoy en celo y es por eso que tengo la vulva tan lubricada y dilatada.

Sin tragarse por completo mi mentira, se bajó los lienzos, alterado e impaciente. La erección que traía esta vez, no se la había visto desde hace un buen tiempo. Tenía el bálano apuntando al cielorraso. Ambos nos mostrábamos impacientes por fornicar, así es que sin mas tramite me penetro, hasta hacerme sentir sus testículos pegaditos al ano.

-      Mi vida, ese negro tiene unos dedazos inmensos y calientes. Para la palpación vaginal, me metió dos a la vez y con ambos me exploraba por dentro y eso me excitó demasiado. ¿Mi amor no te vas a resentir con tu mujercita, verdad? ¿Quieres que te siga contando?

Mientras le contaba, su acostumbradamente cadencioso vaivén copulatorio, se hacía torpe y desordenado, pero más apasionado.

-      No amorcito ¿Cómo me voy a resentir?, tú sabes que me gusta eso, sigue…, sigue contándome. ¿Que más te hizo?

-      No mi vida. Él no me hizo. Yo le hice. Empecé a lubricarme y a gemir de una manera que me resultaba imposible disimular. Y eso lo excitó a él también.

-      ¿Y..., tú como sabes que él también estaba excitado?

-      Su respiración mi amor, muy agitada y una tremenda prominencia en la bragueta del pantalón.

-      ¿Tú le miraste el bulto o él te lo mostró?

-      ¡Señora!... me dijo, ambos estamos vivamente erectos. Y es ahí cuando se mostró, para que yo le viera el bulto.

-      ¿Y tú que hiciste? ¿Le llamaste la atención por su frescura?

-      Nada de eso mi vida… ¡Solo llegué al orgasmo! y el me ayudó acariciándome el clítoris, pero, solo un poquito.

-      ¿Y como te acarició el clítoris?, ¿solo te palpó, verdad?

-      ¿No te vas a resentir, mi amor, si te digo la verdad?

-      Te juro que no, mi vida, cuéntame toda la verdad.

-      En primer lugar, el doctor es muy respetuoso y yo fui quien le pidió que me ayudara. Él no sabía que hacer, quería hacerlo con los dedos. Pero amor yo reventaba de cachonda y le pedí que me chupara el coño. Apenas sentí el lengüeteo y el calor de su voluminosa bemba, se me vino rapidito.

-      ¿y entonces para que me llamaron a mí?

-      ¿Estás seguro que después no me vas a odiar?

-      ¿Cómo te voy a odiar, no te das cuenta como me pone tu narración?

Por momentos detenía el furibundo mete y saca, como para posponer la eyaculación y seguir preguntando. Luego lo reiniciaba con renovados bríos.

-      Yo le rogué, mi amor, que me la meta. Él también quería, pero tuvo temor de verse tan involucrado y que lo pudieran sorprender in fraganti.

-      ¡UFFFF! Que excitante, si sigues me voy a venir irremediablemente.

-      Fue así que le tuve que implorar…, que te dejara pasar. Yo quería satisfacerme contigo, pero él doctor se negaba a dejarte entrar. Para que acceda se la tuve que mamar. Ahora no se mi amor, si se habrá ido a masturbarse, o estará esperando una señal tuya para entrar, como el negro del clóset.

Apenas escuchó la sugestión relativa a mi fantasía, aceleró la cadencia de sus arremetidas y llegamos juntos a un copioso clímax, mordiéndonos los labios para evitar que alguien más se diera cuenta de lo que venía ocurriendo en ese consultorio. Pero me quedé con la duda. ¿Qué hubiera ocurrido si Eric no termina en ese momento? ¿Hubiera dejado entrar al Doctor para cumplir mi fantasía? Esa interrogante aún quedó sin despejar. Luego nos calmamos, nos acicalamos, cuando estuvimos listos para retirarnos, tocamos el timbre.

Se apersonó el doc, abrió la puerta del consultorio y juguetonamente dijo:

-      ¡Que bien!... lo felicito estimado amigo. Ahora la señora tiene otra carita. La ha calmado usted, rápidamente.

-      Estimado doctor, déjeme darle las gracias, por su comprensión y por las facilidades que usted se ha molestado en brindarnos.

-      Estimados señores, ha sido un verdadero placer servirlos. Espero verlos nuevamente el próximo mes. Al pasar por caja, no se olviden de solicitar la constancia para la próxima cita.

-      Mi estimado doctor, dígame… ¿Sería posible pedirle una visita domiciliara, para el próximo examen ginecológico de mi señora?

-      Bueno amigo… Ya establecí un mal precedente. Rompí el protocolo, al dejarlo quedarse a solas con su señora en el consultorio. No veo que me podría impedir volver a violarlo, después de haberlo roto. Sobre todo tratándose de una paciente tan “singular”. Por mi parte, no tengo problema alguno. Es cuestión de coordinarlo por teléfono.

-      Mi querido doctor Robinson y que le parece si mejor lo coordinamos personalmente. Lo invito a cenar, en el lugar, día y hora que Ud elija.

¿Que se traerá entre manos Eric? ¿Estará preparándole una nueva quimera a su querida mujercita o será que ya decidió hacer realidad la tan acariciada ilusión de su amada? Pero que Solange aún tiene un tácito desafío con su ginecólogo, ahora convertido en su predilecto, es un hecho evidente e incontrovertible.

OCTOPUSI

05/FEBRERO/2017

  


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