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Fecha: 16-Feb-17 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Victoria y Melbourne: Altar o Mortaja (6)

Efrain Jorge
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Tiempo estimado de lectura: [ 24 min. ]
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En éste nuevo capítulo Victoria mantiene una crucial discusión con dos de los hombres más poderosos del país, una conversación de la que depende el futuro de su relación con Lord Melbourne. ¿Conseguirá la joven Reina doblegar la resistencia a su unión con el hombre que ama? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 6: …y Lecciones de Política.

Mientras en el Palacio de Buckingham la Reina disfrutaba de unos breves momentos de felicidad mientras se preparaba para momentos más difíciles en la arriesgada aventura que ella había emprendido… por todo el país una ola de apoyo popular a ella había sido despertada por el atentado contra su vida. Y también Lord Melbourne se beneficiaba de ese entusiasmo popular…

En una taberna, tres hombres tomaban alrededor de una mesa y conversaban sobre los acontecimientos:

- ¡Esos malditos bastardos! ¡Atreverse a atentar contra la Reina! ¡Deberían colgar a todos esos bastardos radicales! – exclamó uno de los hombres, un hombre viejo.

- ¡No puedo estar más de acuerdo! ¡Por Dios, la Reina es tan joven… casi una niña de la edad de mi hija! Afortunadamente Lord Melbourne estuvo ahí para salvarle la vida – replicó otro hombre, robusto y alto, que debía andar por sus cuarenta años de edad.

- ¡Es un hombre valiente sin duda! Quizás otro de esos aristócratas estirados hubiera salido huyendo y habría dejado que mataran a la Reina…cubrirla con su cuerpo y recibir unos disparos por ella, eso fue muy valiente, especialmente para alguien acostumbrado a vivir una vida de ricachón – dijo el tercer hombre, un hombre flaco y pálido de algo más de treinta años.

-Aunque no me gusta la forma en que ha gobernado el país, debo reconocer que es un hombre valiente… realmente tiene un par de cojones – replicó el hombre más viejo.

-Dicen que está enamorado de la Reina – dijo el hombre flaco.

-También dicen que ella está enamorada de él – contestó el hombre cuarentón.

- ¡Tonterías!... pero sí fuera verdad, pues prefiero que la Reina esté enamorada de un hombre de verdad, y no de uno de esos afeminados príncipes extranjeros… ¡si señor, un hombre y un patriota inglés, como yo! – replicó el hombre mayor apurando su pinta de cerveza, mientras el más flaco le daba un codazo al hombre cuarentón y ambos se reían de su viejo compañero de copas

En otro rincón del país, una mujer que trabajaba vendiendo pescado en un mercado al lado de un puerto, conversaba con una vieja amiga mientras trabajaba.

-Sí las últimas noticias son ciertas, parece que el Primer Ministro sobrevivirá. La pobre Reina Victoria debe estar muy aliviada, porque sí lo que cuenta la prensa es cierto ella lo quiere mucho… ¡Y es como para no quererlo! Un hombre que está dispuesto a sacrificar su vida por una… - dijo la amiga de la pescadera.

- ¡Tener a tu lado un hombre que está dispuesto a morir por ti! ¡Ya quisiera una saber lo que es eso! – replicó la pescadera viendo a su marido con cara de pocos amigos, mientras le cortaba la cabeza a un pescado con un certero golpe de hachuela y veía a su propio marido con cara de pocos amigos, haciendo que el hombre carraspeara incómodo y se despidiera, marchándose de prisa.

Y en otro sitio, en una suntuosa casa de una familia adinerada de hombres de negocios, tres chicas adolescentes lloraban en un salón, cuando la señora de la casa entró y se quedó desconcertada…

-Pero ¡qué les pasa niñas! ¿Por qué lloran? – preguntó extrañada.

-Es que estábamos leyendo unas crónicas en los periódicos y las revistas sobre la bonita historia de Lord Melbourne y la Reina Victoria… ¡la pobre Reina ha sufrido tanto desde que a él lo hirieron salvándole la vida a ella! ¡Y sí se muere! ¡Te imaginas mamá, lo que es perder al hombre que amas de esa manera! – contestó entre sollozos una de las niñas.

- ¡No deben creer todo lo que dice la prensa sensacionalista, niñas! Seguramente esos chismes mal intencionados… la Reina no puede estar enamorada del Primer Ministro. ¡Sí él tiene edad para ser su padre! Además, no sería apropiado, la Reina tendrá que casarse con alguien de su condición, un príncipe de sangre real – replicó la madre.

- ¡Pero sería tan hermoso que fuera cierto! ¡Tan romántico! – contestó otra de las chicas suspirando.

- ¡Dejen de soñar con hermosas historias de amor prohibido! Y mejor vayan a hacer sus deberes… ¡y no lean tantas novelas románticas! – les dijo la madre, y las chicas salieron del salón.

Cuando las niñas se marcharon, la madre tomó algunas de las publicaciones y comenzó a leer. Y entonces ella comenzó a llorar también, justo cuando entraba su marido.

- ¡Pero mujer… qué te pasa! – exclamó el hombre.

- ¡Pobre Victoria, pobre Lord Melbourne! ¡Qué historia tan triste! – replicó la mujer, y se marchó del salón, dejando al hombre desconcertado.

Mientras por todo el país se reproducían miles de escenas parecidas, en el Palacio de Buckingham la Reina Victoria recibía en su despacho al anciano Duque de Wellington. Después de los saludos de rigor, ambos tomaron asiento frente a frente.

-Lo he convocado Duque, porque quería hablar de un asunto muy importante con usted. Debo decirle que el señor Peel se unirá a nosotros en cualquier momento, pero antes quería anticiparle a usted lo que quiero conversar con ambos – dijo Victoria en tono solemne, tratando de lucir serena, aunque por dentro estaba nerviosa.

-Su Majestad, estoy a su servicio. Debo reconocer que estoy algo intrigado por eso tan urgente que usted desea tratar con nosotros – contestó el duque.

-He tomado una decisión muy importante y difícil, Duque. No ha sido algo impetuoso, sino producto de una larga meditación, y quiero que usted sea el primero en saberlo… He decidido casarme con Lord Melbourne.

La cara de Wellington reflejó cierta sorpresa, pero no tan grande como sería de esperar en esa situación tan particular, como sí fuera algo que a él no le resultaba tan inesperado. Pasado ese efímero momento de sorpresa, la cara de Wellington expresó seriedad y cierto disgusto.

-Entonces señora, me temo que usted ha firmado la sentencia de muerte de su reinado – replicó Wellington con su estilo directo e implacablemente sincero.

Victoria asumió el golpe y por un momento se le hizo un nudo en la garganta… pero enseguida calmó sus nervios para volver a la batalla…

-Duque, usted es uno de los pocos hombres que admiro sinceramente en ésta vida. Usted es el héroe viviente más grande que tiene éste país, y por eso he querido consultarlo primero con usted, porque entiendo que es un tema de Estado de máxima importancia – dijo Victoria tranquilamente, incluso con una leve sonrisa.

-Agradezco sinceramente sus palabras Majestad, créame cuando le digo que me emociona oírlo de usted. Pero debe entender que la admiración que usted tan gentilmente me manifiesta, no hará cambiar mi oposición a ésta decisión, señora – contestó Wellington en tono cortés pero firme.

- ¡Duque de Wellington, no me malinterprete usted… mis palabras siempre son sinceras con cualquiera de mis súbditos, para bien o para mal! ¡Yo no elogio esperando obtener favores a cambio, porque soy la Reina de éste país, y no necesito adular a nadie, al contrario, generalmente es a mí a quien acuden con elogios esperando obtener favores!  – replicó Victoria con voz fría y cortante como el acero, sin perder la compostura, pero con la ira contenida asomando por sus ojos, con un gesto que hubiera intimidado a muchos.

Wellington, acostumbrado a los enfrentamientos en política y a los peligros de la guerra, no pudo evitar sentirse impresionado con la reacción de la Reina… aquella niña de verdad tenía fuego en su interior, majestuosidad y don de mando, como sí fuera algo natural en ella. “¡Dios, se parece a su abuelo en sus buenos tiempos! Cuando no había perdido la razón y era capaz de imponer respeto con una mirada” pensó Wellington, pensando en el desafortunado Rey Jorge III, el abuelo de Victoria (que ella no había conocido).

-Le pido perdón sí se ha sentido ofendida, Su Majestad. Desde luego no era mi intención, solo quise ser sincero en mi opinión – contestó Wellington, sincero, pero sin sonar adulante, con tono firme.

-No me siento ofendida Duque, y desde luego agradezco su honestidad, es lo que espero de usted. Pero solamente le pido una cosa… le pido que escuche los argumentos que voy a expresar frente al señor Peel y frente a usted, sin prejuicios, con la mente abierta y sobre todo, como sí yo fuera un Rey y no una Reina. Una vez le dije a usted que por ser mujer yo debía luchar una batalla todos los días para probar mi valía, demostrando a todo el mundo que yo era capaz de reinar igual que un hombre, a pesar de mi sexo… No soy ingenua, y sé que a mí se me juzga con más severidad que a un hombre, que lo que se le perdonaría a un Rey, en mi caso no se toleraría, que se vería como un defecto de mi carácter producto de mi condición femenina, y en menor medida de mi corta edad… Solamente espero de usted Duque, que me escuche con inteligencia y sentido común, con severidad sí es necesario, pero sin prejuzgarme, y sí una vez escuchados mis argumentos usted sigue pensando que es una decisión descabellada, no me sentiré ofendida sí me lo dice a la cara – dijo Victoria con aplomo y dignidad.

Wellington la estudió y en su interior reconoció que seguía sintiendo admiración y afecto por la joven Reina, que lo seguía impresionando su halo de dignidad y grandeza.

-Creo que es justo, Majestad. Como general solo juzgué a mis hombres por su desempeño en el campo de batalla, nunca por las apariencias o por los prejuicios. Estoy dispuesto a escucharla con la mente abierta – prometió Wellington.

-Gracias, Duque – contestó Victoria.

Ambos intercambiaron algunas otras palabras, hasta que anunciaron la llegada de Robert Peel, líder del Partido Conservador, el principal partido de oposición al gobierno whig de Lord Melbourne (y el partido al que también pertenecía el Duque de Wellington). Peel se sentó al lado de Wellington, frente a la Reina Victoria. Después de algunas palabras de cortesía, Victoria tomó la iniciativa.

-Sir Robert, lo he llamado porque quiero anunciarle dos cosas. La primera, es que tendré el gusto de pedirle a usted que forme gobierno, como mi Primer Ministro.

Peel puso una expresión de sorpresa, que a Victoria le pareció muy graciosa y tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse y mantener un gesto solemne e inexpresivo.

- ¡Pero… pero Majestad…! ¡Yo pensé… yo creí que Lord Melbourne pensaba continuar al frente del gobierno y que ese era su deseo también! – exclamó asombrado Peel, haciendo que a su lado Wellington no pudiera evitar soltar una risotada irónica, que dejó a Peel más desconcertado.

-Pues se equivoca Sir Robert – contestó con una sonrisa irónica Victoria.

-Pero, no entiendo… éste no es el procedimiento habitual. No se ha anunciado oficialmente la dimisión de Lord Melbourne, y generalmente usted debería reunirse a solas conmigo… no es que me moleste la presencia de querido amigo el Duque de Wellington, pero… - dijo Peel sin terminar de entender.

-Sir Robert, conozco perfectamente los procedimientos. El punto es que aún no se lo he pedido de forma oficial, solo le he anunciado mi intención de hacerlo de manera informal. Y la razón de ello tiene que ver con la segunda cosa que quiero anunciarle – le dijo Victoria serenamente.

-La segunda cosa… ¿y qué sería, Majestad? – preguntó Peel más confundido, sobre todo al ver la expresión sarcástica y algo divertida de su amigo y antiguo jefe Wellington.

-La cosa es que, dentro de poco espero agregar un nuevo título oficial a la lista de títulos de mi propiedad – contestó Victoria, con cierta maligna y traviesa satisfacción.

- ¿Un nuevo título? ¿Cuál Majestad? – preguntó Peel con aquella sonrisa estúpida de sapo que a Victoria le irritaba y le producía risa al mismo tiempo.

-El de Vizcondesa Consorte de Melbourne – contestó tranquilamente Victoria.

Wellington no pudo evitar reír por lo bajo, mientras Peel necesitó unos instantes para asimilar y entender lo que había escuchado. Y cuando lo hizo, una expresión de asombro y horror surgió en su rostro, y estuvo a punto de ponerse de pie en una reacción espontánea, pero se contuvo recordando que no podía ponerse de pie en presencia de la Reina hasta que no lo hiciera ella primero.

-¡Pero Majestad, casarse con Lord Melbourne es…! – iba a decir Peel, pero se interrumpió al ver la dura expresión de advertencia en el rostro de Victoria, esa expresión regia de fría ira que a Wellington le recordó de nuevo al abuelo de la Reina.

-Robert, le prometí a Su Majestad que escucharíamos sus razones o argumentos sin prejuzgar, con la mente abierta… esperemos hasta entonces para exponer a Su Majestad nuestras sinceras y leales opiniones sobre la conveniencia o no de esa unión – intervino Wellington, conociendo la antipatía que sentía Victoria por Peel y consciente del poco tacto que tenía el líder tory, para evitar un choque entre ambos del que saldría perdiendo su amigo y el partido de ambos.

-Gracias, Duque… caballeros, el primer argumento puede parecer muy básico o simplista, pero como verán tiene peso. Lord Melbourne es un hombre inglés, un caballero de éste país, un patriota británico – comenzó a exponer Victoria y vio que sus primeras palabras eran recibidas con sonrisas indulgentes y desdeñosas de sus oyentes, como sí estuvieran oyendo hablar a una niña pequeña inocente tratando de opinar sobre temas de adultos, pero ella no se dejó amilanar – No es un secreto para ustedes que el principal candidato de mi familia para casarse conmigo es mi primo Albert, un príncipe alemán… pues bien, debo recordarles caballeros que, aunque no lo parezca, yo soy mitad alemana, pues mi madre es alemana. Sí a eso le sumamos que por parte de mi padre también tengo mucha sangre alemana, se podría decir que en realidad más de la mitad de mi sangre es alemana. Sí me casó con un alemán… más de tres cuartas partes de la sangre de mis hijos será alemana, y el futuro Rey o Reina será mucho más alemán que inglés, al menos de sangre. Es cierto que mi dinastía proviene de Alemania… ¿pero no creen ustedes que los británicos pueden empezar a sentirse incomodos con tanta sangre extranjera, especialmente alemana, en las venas de su dinastía reinante, de sus monarcas?

Peel y Wellington se pusieron serios y se removieron inquietos en sus asientos; Victoria había expresado algo que a ellos, especialmente a Wellington, les parecía una verdad incómoda que ciertamente no veían con buenos ojos.

-Sí a eso sumamos que la principal motivación de mi familia para querer casarme con Albert o con cualquier otro de mis primos alemanes es querer controlarme en beneficio de sus intereses…intereses extranjeros, pues tenemos un argumento de peso en contra de esa posible unión. Caballeros, mi tío Leopold, Rey de los Belgas, y mi madre, están empeñados en casarme con Albert por razones obvias: mi madre quiere ejercer sobre mí el control que ella al lado de Conroy no consiguió obtener, y mi tío también quiere manipularme en beneficio suyo. A eso se suma también el interés del padre de Albert, el que se supone será mi futuro suegro, el Duque Ernesto I de Sajonia-Coburgo-Gotha. Tengo en mi poder… - dijo Victoria rebuscando en algunos de los cajones rojos que contenían los documentos oficiales del gobierno - … informes confidenciales que me ha remitido el gobierno, provenientes de nuestros agentes en el extranjero… de acuerdo a fuentes creíbles, el duque Ernesto se jacta de que su hijo se va a casar con la “mujer más rica del mundo”, la Reina del país más rico del mundo, y que “algo de esa inmensa riqueza debe llover sobre su pequeño y empobrecido principado” …

- ¡Bastardo germano! – dijo por lo bajo el Duque de Wellington, con rabia, mientras el señor Peel torcía el gesto en señal de enfado y Victoria fingió no haber escuchado a Wellington y evitó sonreír.

-… por otro lado, mi tío Leopold, aunque es algo más discreto, ha confiado a personas de su corte que sí él consigue que yo me case con Albert, va a tener la Corona de Gran Bretaña en su bolsillo, y con ello va a garantizar el apoyo británico incondicional para mantenerse en el Trono de su pequeño y frágil Reino, que tiene menos de una década de existencia… un apoyo incluso a expensas de los intereses nacionales británicos. Como ven caballeros, el objetivo de mi familia, aunque me duela decirlo, es que la Corona esté al servicio de intereses extranjeros, en lugar de estar al servicio del pueblo británico… ¿Se imaginan ustedes lo que pensaría la opinión pública sí la prensa tuviera acceso a éstos informes secretos de la Oficina de Exteriores? ¡Especialmente sí fueran los periódicos cercanos a vuestro Partido Conservador! – dijo Victoria depositando los informes en una pequeña mesa que estaba al lado de Peel, lo que hizo que éste y Wellington intercambiaran una significativa mirada.

-También… - continuó Victoria - … hay que sopesar el hecho de que mi tío Leopold se convirtió al catolicismo, o sí lo prefieren, se convirtió en “papista” para poder ser Rey de Bélgica, y al ser mi primo Albert tan cercano a él, no sabemos qué tan influenciable podría ser mi primo por el catolicismo.

- ¡En eso Su Majestad tiene toda la razón! Te lo he advertido Robert, desde que se empezó a hablar de esa posible boda… el príncipe alemán podría ser el Caballo de Troya del papismo para entrar en nuestra Familia Real – dijo exaltado Wellington, mientras Peel se encogía de hombros.

Victoria sonrió malignamente, sabiendo que había tocado una fibra sensible en el Duque de Wellington, que era un ferviente adversario del catolicismo y por eso había expresado reticencias a una posible boda de ella con Albert, concertada por el “papista” Leopold.

-En cualquier caso, sí yo me casara con otro príncipe de cualquier otra Casa Real europea, la situación no sería muy diferente… cualquier dinastía reinante intentaría utilizar mi unión con uno de sus miembros en beneficio de sus propios intereses, anteponiéndolos a los intereses nacionales de Inglaterra. Y eso, en éstos tiempos tan convulsos en el tablero estratégico europeo es muy riesgoso – les dijo Victoria, continuando con su estudiada exposición – Por otro lado caballeros, los mismos informes de la Oficina de Exteriores que el Gabinete me ha enviado, indican una creciente convulsión política en el continente… los reportes de todas nuestras Embajadas, desde Moscú hasta Lisboa, pasando por París, Berlín, Viena o Madrid, informan de movimientos políticos que pueden desencadenar en los próximos años nuevas Revoluciones en Europa que amenazan a las Monarquías del continente… aquí mismo los Cartistas promovieron revueltas e intentaron desencadenar una Revolución, y por ello corrió sangre. Y el reciente atentado contra mi vida… - la voz de Victoria se quebró un poco al recordar el suceso que la había dejado traumatizada - …demuestra hasta donde están dispuestos a llegar los más fanáticos radicales. En éstos tiempos tan peligrosos, más que nunca necesitamos una Monarquía sólida, encabezada por un Monarca que pueda despertar el afecto y la lealtad de la gran mayoría de sus súbditos, que pueda unir a la Nación, alejándola del abismo de una Revolución…  ¿y quién podría hacerlo mejor que una joven y encantadora Reina? Sobre todo, sí esa Reina está casada con el hombre que ama, un hombre bueno y noble, y juntos forman una familia ejemplar, una buena familia inglesa que sea un modelo a seguir para todo el país. Una leyenda romántica, de esas que tanto gustan a la opinión pública. Romanticismo y familia para defender el orden frente a la Revolución y la anarquía.

Wellington y Peel se miraron mutuamente, y cada uno vio algo de sorpresa en el rostro del otro, al pensar que era como sí estuvieran escuchando a un veterano político y no a una frágil e inocente jovencita.

-Ahora, imaginemos que yo tuviera que abdicar por la oposición a mi boda…ustedes caballeros, ¿piensan que mi tío el Duque de Cumberland, podría ser mejor garantía que yo ante la amenaza de Revolución? Mi tío, un hombre que nada más convertirse en Rey de Hannover, abolió la Constitución de su reino. El Duque de Cumberland podría desatar una Revolución en lugar de prevenirla… y no tengo que recordarles las tragedias que han ocurrido en éste país cada vez que se ha tenido que derrocar a un Rey por la fuerza… Ante esa perspectiva, creo que mi opción es mucho más atractiva.

-Su Majestad, entiendo sus razones y no le resto fuerza a sus argumentos… pero Lord Melbourne es un Vizconde y usted la Reina, sería un matrimonio muy desigual – dijo Robert Peel.

-En efecto señor Sir Robert, pero entonces, ¿eso significa que cualquier noble inglés tiene menos valía que el último príncipe del más pequeño y pobre principado europeo? – replicó Victoria, haciendo que Peel y Wellington se envararan, heridos en su propio orgullo – Caballeros, los tiempos cambian, y las reglas se pueden cambiar dentro de un cierto orden. Tampoco se trata de casarme con un plebeyo, Lord Melbourne es noble, aunque sea de la baja nobleza… ¿Por qué una Reina no podría casarse con un Duque, Marqués, Conde o Vizconde de su propio país? Además, creo que, en mi caso, que soy una mujer joven me conviene más tener un marido maduro con sabiduría y experiencia en la vida, que pueda atemperar mis impulsos juveniles, que un marido casi tan joven e inexperto como yo, con el agravante de ser extranjero y por tanto desconocedor de nuestras costumbres y leyes.

-Pero su marido habría sido su Primer Ministro y líder de un partido político, eso pone en cuestión la imparcialidad de la Corona en la política – le dijo Wellington tranquilamente.

-Tiene razón Duque, pero obviamente Lord Melbourne va a renunciar de inmediato al liderazgo de su partido y a partir de ahora se mantendrá alejado de la política, incluso no volverá a pisar los salones donde se reúnen los dirigentes del Partido Whig… aparte de las apariencias, sí Lord Melbourne se casa conmigo, todas sus apariciones y declaraciones públicas serán consultadas previamente con el Gobierno, y no dirá una sola palabra en público que no cuente con el beneplácito de su futuro gobierno, señor Peel. Yo creo que ustedes conocen de sobra a Lord Melbourne, y saben que es un hombre muy cauteloso y respetuoso de la Constitución británica. Quizás no lo sepan, pero en su condición de Primer Ministro me aconsejo muchas veces para que mejorara mi relación con vuestro partido y con usted en particular señor Peel, a pesar de ser ustedes la oposición al Gabinete de Melbourne. Por otro lado, creo que no tengo que recalcarles que yo tomo mis propias decisiones, que soy absolutamente independiente en mi rol de Reina y que de la misma manera que no he aceptado ser un títere de mi familia, incluso de mi madre, tampoco lo seré de mi marido. Tienen mi palabra al respecto.

Peel y Wellington se miraron indecisos y con cierto recelo aún en sus rostros.

-Sir Robert, entiendo que usted y yo comenzamos con el pie izquierdo… - dijo Victoria tratando de sonar muy agradable - …por aquel desafortunado malentendido entre usted y yo por el asunto de mis damas, que impidió que usted se convirtiera en Primer Ministro. Pero yo era entonces más inexperta y no entendía bien las sutilezas de la política… ahora estoy más consciente de la importancia de ciertos simbolismos. Sí usted se convierte en mi Primer Ministro, estoy dispuesta a colaborar con usted de la misma manera que lo hice Lord Melbourne. Incluso estoy dispuesta a aceptar que casi todas mis damas sean reemplazadas por damas tories, exceptuando solamente a dos amigas muy queridas por mí. Sir Robert, es cierto que la Corona debe ser imparcial, pero también es cierto que un Primer Ministro se puede beneficiar bastante de la amistad de su Reina, y sobre todo de la gratitud de su Reina… Debe tenerlo en cuenta.

Peel y Wellington entendieron el mensaje que les quiso lanzar la Reina, ofreciendo su apoyo al próximo gobierno conservador a cambio de su apoyo a su matrimonio con Lord Melbourne.

-Sir Robert, creo que no me equivoco sí pienso que ésta podría ser su última oportunidad de volver a ser Primer Ministro y gobernar éste país… usted ha visto los periódicos y ha visto la reacción de la gente en la calle. Usted sabe que el atentado ha despertado una ola de simpatía popular a mi persona y a la de Lord Melbourne, y que incluso los rumores sobre una historia romántica entre ambos no son mal acogidos por mucha gente… Ahora supongamos que usted y su partido se oponen a mi matrimonio, y que por ello ese fervor popular se vuelca en su contra en las elecciones… o peor aún, supongamos que Lord Melbourne se presentara de nuevo como candidato a Primer Ministro, eso podría ponerle las cosas difíciles – dijo Victoria y vio en la cara del señor Peel el desagrado ante las perspectivas – Pero por el contrario, sí su partido apoya mi matrimonio, y usted participa en la ceremonia de boda en lugar preeminente como Primer Ministro, usted se podría beneficiar del fervor popular y tener una oportunidad mejor de ganarle las elecciones al sucesor de Lord Melbourne como líder del Partido Whig, que seguramente será Lord John Russell. Creo que tendría las elecciones en el bolsillo Sir Robert.

“El palo y la zanahoria” pensó Wellington con respeto por Victoria… ofrecer premio y castigo para obtener algo de alguien, algo clásico pero eficaz.

-Majestad, suponiendo que… fuera posible considerar su propuesta, hay que tener en cuenta que debería contar con el beneplácito del Consejo Privado, y eso será muy difícil – dijo Peel.

-Bueno, creo que sí logro convencer al Duque de Wellington tendré un fuerte apoyo en el Consejo Privado – contestó Victoria viendo con una sonrisa a Wellington – Pero además tengo otro fuerte apoyo en el Consejo Privado, mi querido tío el Duque de Sussex.

- ¡El Duque de Sussex apoya su boda con Lord Melbourne! – exclamó sorprendido Wellington.

-Si, así es… y espero tener el gusto de contar en mi boda con la presencia de la esposa de mi tío, la Duquesa de Inverness – respondió Victoria con picardía.

- ¿La Duquesa de…? Ya veo – replicó Wellington, y enseguida entendió que Victoria había comprado el apoyo de su tío con un título nobiliario para la segunda esposa de éste, un título que permitiera a la mujer entrar en los círculos de la realeza y la nobleza. Wellington sintió más respeto por la inteligencia y la capacidad maquiavélica de la Reina

-Pero, aunque el Consejo Privado dé su aprobación… habrá que discutir en el Parlamento asuntos como el título para su marido, su asignación… no será fácil ponerse de acuerdo. Evidentemente Lord Melbourne no podría ser Rey Consorte, ni siquiera Príncipe Consorte, será difícil encontrar un título aceptable – dijo Peel.

-Sir Robert, Lord Melbourne es un hombre digno de los más altos honores, pero es muy modesto, y yo soy realista… no seremos muy exigentes en el tema del título, pero desde luego que no toleraré que se le humille. Su posición a mi lado debe ser discreta pero digna, debe tener el lugar mínimo apropiado para ser mi marido. ¡Y desde luego que mis hijos con él heredaran la Corona! No toleraré que a nadie se le ocurra querer desheredar a mis hijos por la condición de su padre… En cuanto a la asignación, mi futuro marido no recibirá asignación – replicó Victoria.

- ¡Ninguna asignación, señora! – exclamó sorprendido Wellington.

-Ni un penique, Duque… él vivirá de su propio peculio y por supuesto se beneficiará gratuitamente de mi comida y de mi alojamiento – contestó Victoria con algo de ironía.

-Pero Majestad… eso no puede ser… ¿Cómo justificar que el marido de la Reina no reciba ninguna asignación mientras que parientes suyos sí lo hacen? Como su tío Leopold, que, a pesar de ser Rey de Bélgica, sigue recibiendo una asignación como viudo de su prima… una asignación por cierto cuantiosa – dijo el señor Peel.

-Bueno Sir Robert, esa es una de las cosas que podría arreglar su próximo gobierno – respondió Victoria con frialdad.

Wellington se volvió a sorprender, al ver que la Reina autorizaba tácitamente a Peel a revocar la asignación de su tío. El anciano Duque pensó que entonces eran ciertos los rumores sobre una violenta discusión entre la Reina y su tío en los días posteriores al atentado, cuando la Reina sufría por el miedo a perder a Lord Melbourne, y su impertinente tío insistió en que el atentado era una razón de más para acelerar los planes de matrimonio con Albert, y así garantizar la sucesión al Trono. La gente decía que la Reina estaba fuera de sí, y que prácticamente echó a su tío del Palacio, y que el Rey belga muy ofendido había partido al día siguiente a su país sin despedirse de su sobrina, que tampoco hizo nada para reconciliarse con él. Por su parte, el señor Peel sonrió satisfecho por primera vez en toda la entrevista.

-Su Majestad… aunque es cierto que hay un fervor popular como usted dice, una parte de la opinión pública no lo aceptará tan fácilmente – dijo Peel haciéndose cada vez más a la idea.

-A la opinión pública se la puede orientar Sir Robert… para eso cuento con la ayuda de la prensa, tanto whig como conservadora, y para eso cuento con vuestra ayuda – respondió Victoria.

-Majestad, debo advertirla que ésta unión generara críticas en los otros países europeos… lo verán como algo… escandaloso – agregó Peel.

-Señor Sir Robert, somos el Imperio más poderoso de la Tierra… Éste será el siglo británico, no tenemos que preocuparnos por la opinión de los demás, son ellos los que deberán preocuparse por la nuestra – declaró Victoria en tono regio.

- ¡Majestad, sí usted hubiera nacido hombre y no hubiera nacido en el seno de la Casa Real, hubiera sido un magnifico Primer Ministro! – exclamó Wellington con sincera admiración y algo divertido.

- ¡Quien quita Duque, tal vez algún día haya una mujer como Primer Ministro! – replicó divertida Victoria.

- ¡Ja ja! ¡Tiene usted buen sentido del humor, señora! – contestó Wellington.

-Majestad, aun así… - iba a decir Peel.

-Robert, acéptalo… Su Majestad ha vencido. Debemos reconocer que Lord Melbourne es un caballero honorable, un hombre honrado y patriota… ¡su único defecto es ser whig! Me hubiera encantado que fuera de los nuestros, pero nadie es perfecto… la Reina ha expresado de forma elocuente sus argumentos, y hay que reconocer que son fuertes y razonables. Creo que debemos apoyarla en su decisión, y tú debes ser Primer Ministro para respaldarla en ésta difícil coyuntura – dijo Wellington.

-No será fácil convencer a todo el partido Wellington, lo sabes… muchos de nuestros parlamentarios lo objetarán – contestó Peel.

-Contigo y conmigo, con el actual líder y el antiguo líder del partido respaldando la decisión, doblegaremos a los disidentes y convenceremos a todos… con el apoyo de los dos grandes partidos, de la prensa y del Consejo Privado, Su Majestad conseguirá el respaldo a su decisión. ¿Qué dices Robert? – dijo Wellington.

-Está bien. Los tories apoyaremos su decisión, Su Majestad – le dijo Peel a Victoria.

- ¡Muchas gracias señor Robert… Duque de Wellington! – respondió Victoria conteniendo difícilmente su emoción.

Después de que se marcharon Peel y Wellington, Victoria corrió a los brazos de Lord Melbourne y llorando de alegría le comunicó la buena noticia. Al fin podrían casarse de nuevo, ésta vez en público y se amarían sin esconderse. Pero aún faltaba para que ambos por fin se entregaran al “amor físico” en su lecho nupcial…

Nota: El próximo capítulo de éste relato lo publicaré en la categoría de Erotismo y Amor. 

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