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Fecha: 10-Mar-17 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Nuestra Implacable Educación (VII)

Santiiii
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Tiempo estimado de lectura: [ 56 min. ]
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Dos adolescentes son educados por su tía después de la muerte de su madre. En este séptimo capítulo, A Daneil se le confiere una importante decisión tomada acerca de él. De noche, acaba disfrutando de la compañía de Rosario. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

            7: LA DECISIÓN.

            Así transcurría el tiempo en aquella casa, entre los devaneos con las criadas, las clases con doña Severa, cada vez menos exigentes, pero igual de tediosas que siempre, y la rutina que lo acaba envolviendo todo. Nuestro progreso en ese sentido era tal, que la mujer había cambiado notablemente su conducta hacia nosotros. De una actitud agresiva, había pasado a ser mucho más contemplativa, aunque sin perder un ápice de exacción. Ya no nos veía como dos potros salvajes, aunque siempre tenía tiempo para aducir un sin fin de carencias que aún teníamos. De todas formas, no dejábamos de ser unos simples adolescentes. Lo que doña severa no sabía era que yo estaba muy por encima, porque mi cualidad me permitía ser mucho más maduro que lo que mi edad indicaba.

            Con lo que respecta al trato con las sirvientas, era lo más afable que se pudiera desear, ya absolutamente extendidos todos los comentarios sobre mí, que se habían convertido en mito entre aquellas paredes, sordos tan sólo para quien no lo quisiera oír. Cada vez que me cruzaba con alguna que ya había estado en mi intimidad, se afanaba por tocar mi bulto, ese culto, esa devoción que las envolvía; procurando no ser vistas. Y las que no, evidenciaban ese deseo en miradas perdidas a mi paquete, entregadas en una amabilidad que denotaba toda su disponibilidad.

            Y así había pasado todo un mes. No podía disfrutar de las dádivas de la servidumbre a diario, y quien más acudía a mi lado, por su condición de mi asistenta, era Milagros, la que más gozaba de mis favores, y yo de los suyos. Cuando le refería a las demás detalles, no hacía más que engrosar algo que ya no sabía hasta qué punto entraba en la exageración.

            El trato con mis primas había mejorado considerablemente. Sin embargo, notaba cierta rivalidad entre ellas, situación que no era del todo de mi agrado, mas, como quiera que aquello no sobrepasaba los límites razonables, no le daba mayor importancia. Ambas se mostraban especialmente seductoras, y desplegaban toda la amabilidad de las que eran capaces de desarrollar, rozando, incluso, la imprudencia en algunas ocasiones.

            Doña Virtudes era la que menos cambio había mostrado hacia nosotros. Había desaparecido, eso era cierto, su desprecio; pero mantenía una altivez excesiva cuando estábamos en su presencia; como si intuyera algo que se le escapaba de su entendimiento. Si ella no mostraba la menor intención de que la fraternidad fuera más intensa, por nuestra parte tampoco lo procurábamos: dejábamos eso correr.

            Por el contrario, mi hermana Adela era quien más me preocupaba. La inercia del comportamiento de aquella casa, hacía que no estuviera tan unido a ella como cuando vivíamos con nuestra madre, y eso me tenía inquieto. Sin embargo tampoco había notado una tristeza especial en ella, lo cual me dejaba algo más tranquilo. No obstante, nunca perdía la oportunidad de preocuparme por su estado anímico. Generalmente era después de comer, cuando más podía conversar con ella, interesándome por su moral. Lo solía hacer en esos paseos entre los árboles, ligeramente apartados de la casa, donde mayor intimidad podíamos gozar.

             —¿Echas de menos algo? –Le preguntaba en una caminata, aquel mediodía–.

            Ella me miró agradecida por mi intranquilidad, sonriendo mientras ambos nos habíamos sentados muy juntos, con nuestros pañuelos debajo, para no mancharnos.

            —Aunque no te lo creas, Daniel, te diré que no –me respondía–. Pensaba que la ausencia de madre sería mucho más dura de llevar, pero, extrañamente, hay un estado de tranquilidad en mí. Además te tengo a ti, que infundes un cariño que difícilmente hace que tenga tiempo para estar triste.

            —Me alegra oír eso. Pero en realidad yo me refería a si el hecho de que no estemos tanto tiempo juntos como antes, te afectaba en alguna manera –la quise hacer ver–.

            Adela me miraba. Su rostro era toda una sonrisa, y al entender el sentido de lo que yo quería saber me respondió directamente:

            —No te lo tomes a mal, Daniel; pero si te refieres a si echo de menos que nos toquemos como antes, y que nos corramos, te diré que estoy tan satisfecha sexualmente, como lo puedes estar tú –expuso, para mi sorpresa–.

            Y, realmente, Adela había conseguido impresionarme. Primero por saber que sus deseos sexuales de adolescente estaban satisfechos en aquella mansión tan aparentemente rígida en la moralidad; y, segundo, su insinuación de que conocía mis aventuras con las mujeres del servicio del hogar. Y ya que ella se había sincerado de tal manera, lo hice yo también.

            —No te voy a preguntar quién te satisface, Adela, pues veo en eso una intromisión en tu intimidad que no debo hacer. Pero ¿cómo sabes que yo sí estoy satisfecho sexualmente?

            Y mi hermana se reía a gusto. Ver esa felicidad en ella, ya lo era todo para mí. No necesitaba ni que ella me buscase, ni ninguna otra repuesta por su parte; no obstante, la obtuve.

            —Las paredes son un clamor proclamando tus facultades, Daniel; hay que taparse los oídos para que no te llegue ningún comentario. Eres un deseo puro en esta casa, hermano, y eso es un secreto a voces, créeme.

            —Sólo espero que ese secreto a voces, no llegue a ciertos oídos. No sería nada bueno para nadie –expuse–.

            Y mi hermana seguía riendo a placer.

            —No debes temer nada al respecto. Esas voces que proclaman tu excelencia no suponen riesgo alguno para esos oídos a los que te refieres –me tranquilizó–. Hablan muy bien de ti, por lo que me siento dichosa entre todas, al haber sido la primera que ha tenido ese objeto de deseo entre mis manos –remató–.

            Y los días trascurrían unos detrás de otros. El momento del día que más celebrábamos era cuando terminaban las clases y la hora del almuerzo se aproximaba. En comedor, yo siempre, desde que fuéramos a la villa, quedaba situado entre mis dos primas. Ellas se divertían de sus travesuras conmigo. Yo suponía que, el hecho de que su madre no las creyese, ni por asomo, capaces de nada parecido a lo que venían haciendo últimamente conmigo en las comidas, sin duda, era una ventaja a su favor, que las dos aprovechaban, dando libertad a sus manos.

            Si uno escrutaba sus rostros, bien podría decir que esas dos niñas no habían roto un plato en la vida; pero bajo la mesa, todo era distinto. Con su cara de buenas, por debajo sus manos tenían una actividad frenética sobre mi pene, que ya había endurecido. Incluso, cuando ambas coincidían con su mano, no se la apartaban la una a la otra, sino que compartían aquello que palpaban. Y yo mantenía la compostura lo mejor que podía, aunque he de confesar que no era nada fácil, porque toda aquella provocación, me hacían hervir todo mi deseo. Y así aconteció el almuerzo.

            Acabado éste, decidí dar un paseo yo solo, pues mi hermana había declinado mi compañía. Dejé que mis pasos errasen, hasta llegar al lugar que siempre me gustaba estar: aquél en donde las piedras parecían bancos, cubiertas por las ocres hojas secas, lejos de la casa, pero sin perderla de vista. Me senté, poniendo un pañuelo encima, y dejé que mi cabeza volase. Aunque todavía estaba empalmado por las caricias que mis primas me dedicaran durante el almuerzo, no quería subir aún a desahogarme. Me deleitaba estar unos minutos ahí, al aire libre. El silencio era casi total, sólo interrumpido por los pájaros que abundaban y la leve brisa que se a veces se levantaba; así que pude oír con claridad que alguien se acercaba. Al principio pensé que sería mi hermana, que se habría arrepentido, o alguna de mis primas, que buscaba algo más. Pero me equivoqué en ambas predicciones: se trataba de Rita, la cocinera.

             —¿Puedo sentarme junto a usted, señorito? –Me preguntó haciendo ademán de colocarse a mi lado, pues daba por sentada la respuesta afirmativa–.

            —Por supuesto, Rita, será muy agradecida tu compañía.

            —Gracias, señorito –repuso ella, situándose a mi vera–. El trabajo de la cocina ya ha acabado para mí, y ahora ha quedado Prudencia recogiéndolo todo y fregando. Yo quería descansar un poco. Me iba a retirar a mi cama, pero entonces vi de lejos que se dirigía hacia aquí, y quise unirme. Espero que eso no le haya molestado.

            —En absoluto, Rita –la tranquilizaba yo–. Ya te he dicho que me agrada que lo hagas.

            —Es muy amable el señorito, aunque eso ya lo sabía yo: hablan maravillas de usted, y no sólo de su…, personalidad… –me contaba ella–. Y como usted apenas pasa por la cocina a visitarnos, pues entiendo que es un lugar en el que a usted no se le ha perdido nada, he decidido estar unos minutos con usted.

            —Ya me gustaría a mí poder tener más tiempo para estar en la cocina con vosotras, Rita –le exponía yo–; me gusta mucho confraternizar con todo el mundo, conocerlos bien… Bueno, aunque tus modales no estén acostumbrados a lo que voy a decir, también intento que todas vosotras seáis mis amigas. Sí, ya sé que sólo sois las criadas y yo el señorito, pero ¿por qué no se puede tener amistad también con los subordinados? No dejáis de ser personas, con sentimientos con deseos…

            Rita me escuchaba con los ojos como platos, sin perderse ni una sola palabra de todo lo que yo decía. Suspiró profundamente cuando yo terminé de decírselo.

            —Qué bien habla el señorito, deja a una sin aliento, sin palabras… Esa era una de las razones por las que quería estar con usted, para sentirme llena. Y ya verá cómo también seré una buena amiga suya, igual que lo son Milagros, Trinidad, Leonor o Ascensión –expuso–.

            —Veo que llevas muy bien las cuentas de mis amistades –dije sonriendo agradablemente–.

            —Verá, soy consciente de que el señorito ya sabe que entre nosotras nos lo contamos todo, así que sería ridículo aparentar que no lo sé. También estoy al corriente que al señorito le gusta mucho la sinceridad, y que le digan las cosas tal cual las sentimos, igual que lo hace usted.

            —Me gusta oírte decir eso, Rita –le manifestaba yo–, la sinceridad y la confianza es algo que siempre me ha llenado.

            —Y el señorito llena a todas con su dulzura y consideración, y con otras cosas también –agregaba Rita, con una sonrisa–.

             —¿Te gustaría a ti que también te llenara con esas otras cosas? –Interrogaba yo al ver su mirada ansiosa–.

             —¡Oh, el señorito es muy amable! –Exclamó la cocinera–. Pero no creo que usted quiera ninguna relación conmigo, soy mucho mayor que las demás.

            Me la quedé mirando con simpatía. Rita era de las pocas mujeres con las que no había mantenido una buena charla, y la mujer desconocía mi forma de ver las cosas. Así que se lo expliqué todo, sin eufemismos.

            —Si dices que entre vosotras os lo contáis todo, deberías saber, buena Rita, que lo que menos me importa de una mujer es su aspecto físico. Sólo le pongo atención a la personalidad de las mujeres, el resto para mí carece de importancia.

            —No le quepa duda que me han hablado de que ese es su punto de vista, señorito –aclaraba la mujer–, pero si le enseño mi cuerpo desnudo no sé si opinará usted igual.

            La mujer me miraba esperando mi respuesta.

            —Si quieres mostrarme tu cuerpo que sea por tu propia libertad y decisión. Si quieres saber si me gustaría verlo, la respuesta es sí. Pero no creo que este sea el lugar más apropiado, nos pueden ver desde la casa –dije, haciéndola saber cuál era mi pensamiento–.

            La cocinera, ya convencida, se levantó pidiéndome que la siguiera. Nos dirigimos al edificio donde ellas dormían, y nos fuimos directamente a su cama. Allí, ya sin dudas, se desnudó por completo. Su camiseta, su corsé, su pantaloncito y sus enaguas, cayeron uno por uno, detrás de su uniforme al suelo. La contemplé de arriba abajo. Sus pechos, ciertamente estaban más caídos que los que había visto, mas no dejaban por ello de ser totalmente apetecibles. Sus pezones eran muy oscuros y grandes. El vientre daba paso al valle del ombligo, tras el cual, surgía su monte de Venus, poblado de su vello negro.

            —Me encantan –comenté simplemente, sin quitar la vista de sus senos–.

             —¿Se refiere el señorito a estas tetas tan caídas? –Me interrogaba ella mientras reía–.

            —Me refiero a que son tus pechos, por eso me encantan, porque tú me agradas. La anatomía de tu busto me trae sin cuidado –aclaré–.

            Y me acerqué y los besé. Y con mi lengua acaricié sus extremidades que de inmediato se irguieron. Seguí acariciándolos con la boca, y ella ya empezaba a gemir.

             —¡Qué gusto, señorito! –Murmuró–.

            —Para que no tengas dudas de que en realidad me gustan tus tetas, te mostraré cómo se ha quedado mi polla. Creo que eso será el axioma más indicado para tu certeza. –Le anticipé–.

            Y, poniéndome de pie, extraje mi verga por la bragueta, colocándola muy cerquita de su cara.

             —¡Es cierto que es enorme, señorito! –Profirió con sorpresa–. Realmente su polla es la mayor tentación que una mujer pueda tener. ¿Puedo tocarla?

            Me miraba a los ojos, llenos de fuego los suyos, dudando con la mano semi extendida.

            —Claro que sí, Rita, es toda tuya –concedí–.

            Y la mujer extendió su mano y acarició con los dedos toda la longitud, desde el escroto hasta la punta. Después la asió con fuerza, y comenzó un ligero sube y baja de su mano. Estaba extasiada, y, no conforme con eso, acercó sus labios y la besó. Su lengua lamió todo mi glande, para finalmente introducirla en su boca. Se la sacó brevemente para decirme:

            —Veo que es cierto que no le importa mi aspecto, y que es cierto que le gusto, señorito. Eso me halaga como usted no se imagina. Me encantará que me llene el coño con ella, y le aseguro que le exprimiré hasta la última gota de leche, para recibirla toda en mi boca.

            Y se la volvió a meter en su cueva húmeda. Comenzó despacio una felación maravillosa: mientras me acariciaba los glúteos, movía la cabeza hacia delante y hacia atrás. Un espasmo me recorrió entero, y mis primeros gemidos llenaron todo el ámbito. Cuando la mujer percibió que si seguía descargaría prematuramente, cesó en su mamada.

            —Ahora lléneme el coño, señorito –pidió ella, poniéndose de pie de espaldas a mí, con las piernas lo más abiertas que pudo, apoyada en un árbol–.

            Me acerqué con lentitud y le abrí las nalgas. Con mi glande, comencé a acariciar su ano y toda la raja de su coño, que ya estaba muy mojada.

            —Ufff, señorito, no aguanto más: métala toda hasta el fondo –suplicaba–.

            Y, cuando me disponía a penetrarla, oímos que alguien entraba. Rita se asustó mucho y me apartó con presteza. Su ropa permanecía en el suelo, y yo con la verga muy dura apuntando.

            — Aunque hay mucha confianza entre nosotras, y sé que no puede ser nadie más, y aunque no me importe hacerlo con alguien delante, ni siquiera compartir el acto sexual, el susto que me he llevado me ha dejado fría –me confesaba–. Siento que nos hayamos quedado a medias –se lamentó–.

            Miré a la cocinera. Estaba disgustada, fijando su vista hacia la puerta. Después de unos interminables segundos, una figura femenina se hizo ver, apareciendo en el umbral: era Prudencia.

            —Siento haberos interrumpido –se disculpaba verazmente, llegando a nuestro lado–. Realmente lo lamento, pues no imaginaba que pudiera haber alguien aquí. Había acabado ya mi trabajo, y venía a descansar –se excusaba como podía la criada–.

            —No te preocupes, Prudencia, no ha sido nada –trataba ella de tranquilizar el desasosiego de la otra–. Ahora creo que lo mejor es que se vaya, señorito Daniel y espero sinceramente que sea capaz de entenderlo –agregó finalmente–.

            —Pierde cuidado, Rita. Lo entiendo perfectamente –expuse–.

            Sin más palabras, me guardé mi aún erecto miembro y salí del lugar. Ni siquiera me había desvestido, lo cual facilitó que fuera rápido Después, regresé al lugar donde me había encontrado Rita, desandando mis pasos. Allí estaba mi hermana, sentada.

Miraba hacia mi dirección, por lo que me advirtió de lejos.

           

—Lo he visto desde aquí –me dijo una vez estuve situado junto a ella–. Vi cómo primero ibas con Rita al edificio, y cómo luego accedía a él Prudencia. Supongo que os ha interrumpido. Siento que te hayas quedado así, ha tenido que ser frustrante… –Continuó con una sonrisa–.

            —No te preocupes, Adela –quitaba hierro yo–. Ella me dijo que no le importaba hacerlo en compañía, pero que se había asustado y perdió las ganas. Iré a mi aposento a desahogarme –Desvelé sin haberme sentado–.

            —Que lo disfrutes hermano –expuso Adela–.

            —Gracias –respondí únicamente–.

            Y, sin más, dirigí mis pasos hacia la casa, con el objeto de buscar mi cuarto, y pajearme a gusto, para terminar lo que Rita había empezado.

            Pero, antes de llegar, por el camino, me crucé con Petra. Estaba apoyada contra un árbol, mirando cómo yo caminaba; y se diría que se había quedado ahí esperándome. Se fijaba en mí como se mira una reliquia, algo que se desea poseer con todas las fuerzas, pero que es inalcanzable. Al final, inevitablemente, mis pasos me dejaron en frente de ella, muy cerquita los dos.

            —Buenos días, señorito Daniel –me saludó–.

            —Buenos días, Petra. Espero que estés teniendo una buena tarde, y que el trabajo no te haya fatigado en exceso –respondí con amabilidad–.

            —Muchas gracias, señorito. Usted tan amable como siempre. La tarde está siendo muy llevadera. La señora está en uno de los saloncitos, reposando –me contó–.

            —Lo celebro, Petra. No es bueno trabajar en exceso –expuse con mi habitual cortesía–.

            Y los dos nos quedamos callados durante un instante. La mujer me escrutaba de arriba abajo, pero permanecía sin pronunciar palabra, igual que yo. Al final decidí romper ese silencio incómodo.

            —Venía de dar un paseo –dije mintiendo, queriendo preservar la intimidad de las mujeres con quienes había estado, y queriendo iniciar una conversación que no parecía fluida–.

            —Eso está bien, señorito –repuso ella–. Pero yo me dirigía a la casa de las criadas, a reposar, y he visto que tenía buena compañía –añadió, sin embargo–.

            —Sí, es cierto –reconocí–. No venía de dar un paseo, sino de ese lugar. Te mentí porque no quería involucrar a nadie. Al principio estaba sentado en un sitio que me gusta mucho, en unas piedras que se asemejan a butacas, y Rita se unió a mí. Y luego nos encaminamos a su cama. Pero apareció repentinamente Prudencia –confesé–.

            —Espero que el señorito no se enoje conmigo por mi osadía de contárselo –se excusaba ella, nerviosa–. Verá es que me dirigía a la casa de los sirvientes, como antes le comenté, y le vi de lejos que paseaba solo. Me iba a ir con usted, pero Rita se adelantó y ya no quise interrumpirles. Sin embargo me quedé observando no lejos de ahí primero y tras la ventana entreabierta de nuestra habitación después. Procuré no ser vista ni hacer ruido –reconocía–. Le pido mil perdones por mi actitud inexcusable, pero prefiero serle sincera, porque sé que a usted le gusta eso, y sé que será compasivo conmigo.

            Yo sonreí lo más tiernamente que pude, antes de responderla:

            —No tengo nada que disculpar, Petra. El ser humano es curioso por naturaleza, y tú no has podido evitarlo. Tu sinceridad te honra, de verdad, y por eso no estoy ni enojado ni molesto; de sobra sé que serás discreta.

            —Muchas gracias, señorito. Sabía que sería comprensivo. Y no se apure por nada, todo lo que he visto quedará sólo en mi retina, y no lo sabrá quién no debe saberlo. Tiene usted mi palabra. Aunque, al final, me he quedado apenada –explicó–.

             —¿Por qué, Petra?

            Y la mujer agachó la cabeza. El rubor le invadió por completo las mejillas, y su azoramiento era más que evidente.

            —Verá señorito –comenzó a decir–, es algo delicado de explicar, tiene que ver con lo que he visto, y no sé si a usted le va a disgustar que se lo comente –aclaró–.

            —Dime lo que tienes dentro, Petra –inducía yo–. Sea lo que sea, si es un sentimiento sincero no puede causarme ninguna molestia.

            Aún la asistenta de mi tía dudó en decírmelo o no. La confianza con esa mujer, igual que con otras de la casa, todavía no era tanta. Pero al final se decidió llevada por tantos comentarios que había oído de mí.

            —Bueno, señorito –se arrancó ella–, como ya le dije me quedé detrás de la ventana mientras Rita y usted conversaban. Yo les podía oír, y por supuesto verlo todo… He de confesar que cuando vi su polla de usted me quedé atónita. Menudo ejemplar tiene, y discúlpeme por mi atrevimiento. Pero cuando se asomó Prudencia, e interrumpió, me apené mucho; usted se ha quedado con una buena erección sin que haya podido desahogar. Y no creo que sea justo que le haya sucedido eso, aunque he de confesar que entiendo perfectamente que Rita se haya quedado tan cortada. La conozco bien y le aseguro, señorito, que habría sido bien diferente si las dos hubieran planeado aquello, porque a ella no le importa compartir. Estoy convencida de que ahora Rita está tan contrariada como yo, y que la conciencia le remuerde.

            Me había quedado mirando a Petra con mi mayor dulzura. El que mi incomodidad de no haber podido correrme le causara desánimo, el mismo que seguramente tendría Rita, me había llegado a mi sensibilidad. Con el tiempo tendría que buscar a la otra y hablar con ella, para mitigar ese infundado pesar.

            —Eres muy considerada conmigo, Petra, por pensar en mi estado ahora mismo. Me siento muy agradecido, y en justicia he de decirte que eres un encanto de mujer, dicho con todos mis respetos. No te preocupes por Rita. Cuando pueda, la buscaré y hablaré con ella, para hacerla ver que su actitud ha sido normal, y que para nada me ha desagradado. El comportamiento que todas estáis teniendo conmigo es fascinante, y ojalá yo supiera daros la mitad de lo que recibo –expuse–.

            —Oh, el señorito no tiene que dar nada. Ya nos da mucho más de lo que jamás imaginamos que un hombre nos pudiera dar. Es por eso que usted recibe nuestro trato así, por toda su gentileza con nosotras. Es usted muy elegante queriendo buscar a Rita y consolar su posible consternación; pero supongo que seguirá con el mismo problema, y eso ha de ser incómodo –comentó ella–.

            —Eso es lo de menos, Petra –le quité rápidamente importancia–. Ahora mismo iba a subir a mi cuarto a aliviarme –concluí para su tranquilidad–.

            —En fin, señorito, qué tonta soy, ¿verdad? Usted deseando masturbarse –decía ella ya con mucha más confianza–, y yo aquí haciéndole esperar.

            —Nada de eso, Petra –repuse–. Me puedo masturbar cuando quiera a lo largo del día, sin embargo, no siempre puedo tener el gusto de hablar contigo, y te aseguro que prefiero lo segundo.

            —Señorito, no diga esas cosas, que una no es de piedra. Me hace derretirme, tan grande es su bondad y su galantería: hace desear que una fuera esa mano que le calmase –confesó la mujer–.

            —Te aseguro, Petra, que nada me gustaría más que fuera tu mano la que me llevase al clímax, y no la mía –descubrí–.

            —Oh, señorito, eso sería maravilloso, si yo pudiera, quiero decir, si usted…

            Petra había avanzado su mano haciendo ademanes de lo que imaginaba, aunque no completó el gesto, sus dudas la habían frenado.

            —Ya veo que titubeas –dije, adivinándolo–. Así que para que todo quede claro no me voy a andar con ambages: tenemos ambos el mismo deseo, por lo que no debes de tener miedo a tu actitud o a mi reacción; si de verdad lo deseas hazlo, si lo quieres hacer sólo por mí, no lo hagas.

            —Usted me embarga, señorito, por completo. Claro que lo deseo, con todas mis fuerzas. No creo que ninguna mujer de esta casa no desee lo mismo que yo, y sé bien lo que digo –expuso la criada–.

            —Pues adelante entonces, Petra. Subiré a mi habitación, y tú me seguirás a cierta distancia. Si el camino está libre, entra sin llamar; si no es así, busca cualquier excusa –exhorté yo–.

            Y ella ya no vaciló. Entró en la vivienda unos metros detrás de mí, y encontrando el recorrido vacío, traspasó el umbral de mi aposento sin llamar, como habíamos acordado, y cerró la puerta tras ella. Ya sin peligro, la invité al interior de mi dormitorio. Cerramos también esa puerta y la criada se aproximó todo lo que pudo. Extendió su mano y la llevó al paquete, asiéndolo por encima de mis ropas. Cuando la sentí en mi erguido pene, un escalofrío me recorrió entero. Aún ella giró la cabeza en un último temor de que hubiera una presencia que no había.

—No nos pueden ver Petra… –balbucí–.

            —Créame el señorito que ya lo sé, ha sido un gesto sin querer –aseguraba ella, mientras me seguía acariciando mi crecida verga–. Soy consciente que aquí nadie nos va a descubrir. Llamarán a la puerta antes, me podré ocultar y solo será otra lastimosa interrupción. Además usted está ya a punto, no creo que se demore mucho en correrse.

            Sabiéndola más tranquila, la besé, e hice ademán de comenzar a desnudarla, mas ella con extrema dulzura me apartó las manos.

            —Deseo hacerle eyacular, tan solo –apuntó–.

            —Pero yo no podré darte a ti lo mismo que tú me vas a dar, Petra –la hice ver, no queriendo que ella se quedase en la misma situación que me había quedado yo–.

            —El señorito siempre pensando en los demás –afirmaba la mujer, como si repitiese un refrán–. Ahora mismo lo que yo deseo es que usted alcance el orgasmo conmigo, de sobra sé que en otro momento me lo compensará –anunció–.

            —De acuerdo, Petra; entonces no te demores. No aguanto más. Y tienes mi promesa formal que cuando se pueda recibirás lo mismo que me des –indiqué–.

            Y la sirvienta se agachó ante mí, me desabotonó con presteza los pantalones, y me los bajó, junto con mi ropa interior hasta los tobillos. Mi pene saltó duro como un resorte apuntándola a los ojos.

             —¡Qué pedazo de instrumento! –Se asombró ella–.

            Me agaché un momento, y besé la boca de la sirvienta, dejando que mi lengua explorara su cavidad, que se enredara con la suya. Tras eso, me incorporé de nuevo.

            —Qué bien besa el señorito. Ha aprendido muy bien, aunque no me extraña, ha tenido buenas maestras –confirmó Petra–.

            Y me empezó a acariciar el rabo con suavidad, recorriendo con sus dedos toda su longitud, deteniéndose en mi glande y rozándolo con la yema de los dedos. Mis gemidos eran ya evidentes, y unas gotas de líquido preseminal asomaron, esparciéndolas ella por toda la cabeza de mi pene. Después ya empezó el movimiento con su mano muy levemente al principio, para incrementar el ritmo. Pero Petra era avezada en esas lides, y comprobó que no iba a tardar demasiado en correrme; así que sin más, se introdujo todo mi bálano en su boca. No lo movía, sólo lo dejaba ahí quieto, acariciándolo con su lengua, y mis primeros gritos de placer ya eran evidentes. Después comenzó a mover la cabeza hacia delante y hacia atrás, sujetándome las nalgas con una mano, y sosteniendo mi miembro con la otra. Parecía que calculaba el tiempo con la precisión de un reloj, porque, cuando estaba a punto de venirme entero, se la sacó de la boca, para hablarme:

            —Qué polla tan enorme tiene el señorito. No sabe usted cuánto deseaba tenerla entera en mi boca

            Y de nuevo la engulló. Pero no contábamos con un factor sorpresa. Si bien estábamos seguros en mi estancia, no habíamos advertido lo que había sucedido. Mi hermana me había seguido desde donde estaba, me había visto con Petra, había comprobado cómo subíamos a mi cuarto, y con un atrevimiento que jamás se había manifestado en ella, había abierto las dos puertas sin hacer el menor ruido, y la teníamos a nuestro lado, contemplando extasiada la maravillosa felación que Petra me estaba dando, y que estaba a punto de culminar. La vimos los dos a la vez. Nos quedamos mudos e inmóviles. Yo aún no me explicaba cómo había entrado sin que ninguno nos diéramos cuenta. Petra se había sacado mi pija de la boca, pero la mantenía asida con su mano, como si fuera un premio. Miraba a mi hermana con un susto terrible.

             —¡Señorita Adela! –Acertó a exclamar–.

            Yo no me atrevía a decir palabra alguna, la sorpresa me había dejado mudo.

            —Veo que has encontrado a alguien que te serene por ti, hermano –me hablaba ella–. Pero no te pares, Petra, mujer, que ya lo tienes a punto; no querrás que el pobre se quede a medias dos veces seguidas. Te prometo que yo ni he estado aquí ni he visto nada, así que no debes temer mi presencia –se dirigió luego a Petra, para que no se asustase de su estancia allí–.

            La criada aún dudó. El pavor que tenía era enorme, pero sopesando bien la situación, decidió proseguir, confiando en la palabra de la inesperada espectadora, pues no quería que la situación anterior con Rita se repitiese. Pero esta vez la sirvienta aceleró mucho más el ritmo, mientras mi hermana no quitaba ojo, y se acariciaba los pechos por encima de su ropa, y se mordía el labio inferior. Petra quería hacerme acabar cuanto antes, y así fue. Unos segundos más tarde, yo clamaba, mientras chorros de esperma se vaciaban en su boca.

            —Así, hermanito –decía Adela, llena de excitación–, dáselo todo a la buena de Petra, que ya te tenía que doler la polla de tanto amago de corrida que no acababa de llegar.

            Cuando la asistenta se sacó mi verga de su boca, la había dejado completamente limpia de cualquier resto de semen.

            —Señorito, qué cantidad de leche a echado usted. Todo lo que decían es bien cierto –proclamó Petra, después de haber deglutido mi eyaculación–.

            Casi al instante, jadeante, ella se dirigió a mi hermana.

            —Lo siento, señorita Adela, yo…, no sé qué decir –intentaba disculparse–.

            —Ya te dije que no te preocuparas, Petra –la calmaba mi hermana con afabilidad–. Puedes confiar en mí, lo mismo que confías en el señorito. En el fondo me ha gustado ver cómo has dejado satisfecho a mi hermano. Lo mejor es que nos vayamos ya. No es bueno que se percaten de nuestra ausencia y que cause cualquier tipo de sospechas –advirtió finalmente–.

            Y mi hermana dirigió sus pasos afuera. No había riesgo que la vieran salir de mi cuarto, pues, al fin y al cabo era mi hermana. Pero sí levantaría sospechas si alguien la hubiese visto observar detenidamente que el pasillo estaba libre, y a una seña suya, ver salir casi corriendo a la rubia doncella escaleras abajo. Y, entre tanto, yo procuraba componer mis ropas y dejar el tesoro guardado.

             —¿Estás asustada, Petra? –Quise saber yo antes de que ella saliese, mientras mi hermana todavía miraba asomada asegurándose, preguntándoselo en un susurro, muy cerca de sui oído–.

            —No señorito, no tenga pena por eso. Confío totalmente en ustedes –confirmó la mujer, tranquilizándome–.

            —Te prometo que te compensaré por todo esto, Petra. Y yo siempre cumplo mis promesas –le di mi palabra–.

            —Eso de sobra lo sé, señorito, no hace falta que lo diga. Ahora tengo que irme ya, no quiero que nadie recele nada –urgió la mujer, al ver que mi hermana le indicaba que nadie había–.

            Y así, se alejó.

            Tras esperar un poco, para no llegar a la vez que Adela, bajé directo al saloncito, y ya mi hermana se hallaba allí, departiendo con nuestra tía y sus hijas, como si nada hubiera ocurrido, como si la rutina habitual del día a día del hogar fuese tal cual deseaba doña Virtudes. Saludé al entrar, y obtuve la respuesta cortés de todos. Sin saber qué hacer, me quedé ahí, aburrido. En un momento dado de la tediosa charla de las mujeres, Araceli se dirigió a mí.

            —Tengo algo de frío, primo. ¿Te importaría subir a mi alcoba y bajarme una chaqueta? La encontrarás extendida sobre la cama –pidió–.

            Yo no sabía si aquello solo era sincero o una excusa para que me ausentara brevemente, como si quisieran comentar algo que no deseaban que oyese.

            —Con gusto, prima –accedí con amabilidad, no obstante–.

            —Muchas gracias –respondió ella con una sonrisa–. Ahí tenéis el cambio de un vulgar muchacho a un caballero –se dirigió después al resto, sin que hubiera comentario alguno al respecto–.

            Al fin llegué a su cuarto. Como ella me había indicado entré hasta la cama. Allí estaba lo que buscaba. Sin embargo, estando ya a punto de salir, alguien irrumpió en la antesala. Me sorprendí bastante, porque si hubiera sido Olga, habría llamado antes, aun cuando no hubiera nadie. Oí claramente cómo los pasos se encaminaban hacia el dormitorio. Yo seguía inmóvil, tratando de adivinar quién era. Al final, la puerta se abrió, y pude ver quién entraba.

            —Soy yo, Daniel –dijo Araceli, cerrando la puerta tras de sí–, Quería hablar contigo a solas y no sabía cómo hacer para no levantar sospechas. Por eso ideé la forma de hacerte subir –explicó–.

            Mi prima sonreía con una gran tranquilidad, y yo había quedado mudo. Pero, al ver su calma, me llené de confianza. Si ella quería que las cosas fuesen así, no iba a ser yo quien pusiera impedimentos.

            —Ven, acércate –me invitaba, con todo el deseo en su mirada–.

            Comencé a caminar, sin que ella quitase su mirada de mi entrepierna, hasta que me quedé casi pegado a ella. Y la niña empezó a desnudarme. Tenía destreza en ello, pero eso no me sorprendió. Tenía que acostumbrarme que nada me pudiera sorprender ya en esa casa. No se demoró mucho en tenerme totalmente en cueros. Aún estuvo callada un rato, contemplando mi cuerpo absorta.

            —No me arrepiento de mi propósito –confesaba–, si el premio es lo que tengo delante.

            Yo solo sonreía.

            —Túmbate solo –me pidió a continuación–, no te arropes. La estancia está caldeada, y quiero seguir teniendo esa maravillosa vista.

            Efectivamente el fuego hacía que la temperatura se mantuviese muy tibia ahí. Así que hice lo que me sugirió: me tumbé estirado en la cama, mientras ella se recogía el vestido para sentarse junto a mí. Sus ojos se posaban descaradamente en mi apéndice. Guardó unos segundos de silencio, para luego hablarme.

            —Sabía que mi trama era peligrosa, pero también sabía que la recompensa merecía la pena, de lo que me alegro profundamente –me comentaba–. Me encanta tu cosa, y algún día será mía. Bueno, nuestra. Mi hermana y yo hemos tenido un par de días en los que discutimos y tuvimos peleas estúpidas, porque ambas te deseamos. Pero al final hemos acordado que te compartiríamos. Me muero de deseo por entregarme a ti ahora mismo, pero no lo voy a hacer por dos razones, y créeme que no será fácil para mí contenerme: primero, porque cuando eso ocurra quiero que tengamos todo el tiempo del mundo, y ahora no hay mucho antes de que mi ausencia haga pensar; y segundo, porque cuando eso suceda quiero que sea con mi hermana también.

            Me había quedado boquiabierto, ante las palabras de Araceli. Ignoraba que ambas hubiesen tenido una disputa por mi causa, y me había quedado totalmente sorprendido al saber que las dos se entregarían a la vez a mí. Iba a ser mi primera experiencia de ese tipo. Sin embargo, no le di ninguna respuesta a su discurso, y ella lo había esperado.

             —¿No dices nada al respecto, Daniel? –Preguntó directamente ante mi silencio–.

            —Pues ¿qué quieres que te diga?, que me parece muy bien. No me gusta que ambas riñáis por algo que tiene una solución tan simple como la que vosotras habéis encontrado –dije finalmente–.

             —¿Y de la idea de que ambas te compartamos, Daniel, no dices nada? –Me seguía interrogando–.

            —Araceli, bien sabes que no soy de piedra; y no hace falta que te diga mi opinión al respecto para que sepas lo que pienso. Pero si tu deseo es oírlo, te diré, querida prima, que no hay nada que me haga más satisfecho que la sola idea de poder estar con ambas a la vez –expuse–.

            Mi prima sólo sonería, feliz de escuchar mis palabras.

            —Sabía que te gustaría Daniel. Se lo diré a mi hermana, seguro que la hace tan feliz como a mí. No sabes lo que deseamos las dos que puedas ser nuestro; te aseguro que no nos quedaremos sin probarte. Y no nos importa que el resto de las mujeres de la casa te prueben también…, solo queremos que guardes fuerzas para nosotras; será una sesión muy intensa.

            —No te preocupes, Araceli. Habrá fuerzas para vosotras… Pero si me sigues hablando de eso, conseguirás que algo se despierte, soy un ser humano, y reacciono como tal –expliqué, sintiendo que mi pene quería avivarse, aún habiéndose acabado de correr–.

            —Me gusta ver que despierta, querido primo –me confesaba–. Eso quiere decir que tiene mi mismo deseo, y puedo imaginar mejor el tamaño que alcanzará cuando esté en su máxima expresión; y soñar que la siento en mi boca, en mi coño, que la comparto con mi hermana… Aunque he de confesarte que tengo que controlarme, pues los deseos que tengo ahora mismo de llevarla a la boca son insoportables.

            —Los mismos que yo tengo de que lo hagas, Araceli. Pero extrañarán tu tardanza, y además tú has de esperar a que esté mi otra querida prima –dije–.

            —Es cierto –reconocía ella–. Pero al final vamos a tener los dos un calentón importante, pues noto cosquillas en mi chochito, y tu pija se engrandece… Lo mejor es que nos vayamos ya. Saldré yo primero. Luego te vistes y te vas.

            Se acercó a mí, y me besó la boca. Su lengua la recorrió entera, como queriendo notar todo el grado de excitación que ahora nos dominaba. Después, con una sonrisa, se alejó. Yo no me demoré mucho más en volverme a vestir. El beso de mi prima y la conversación que había mantenido con ella, me había dejado en un estado de erección. Pero no podía hacer nada, sabía que no había tiempo.

            Regresé al salón donde me esperaban con la chaqueta de Araceli. Todo pareció responder a la más inocente de las normalidades. Y, por supuesto, nuestra tía no tenía la más mínima de las sospechas. La única que probablemente lo sabía era Encarna, pues si habían tenido el acuerdo que Araceli me contara, seguro que también sabía que había subido a explicármelo. Lo que dudaba que supiera era que me tuviera desnudo ante ella. De nuevo el aburrimiento, con la charla acerca de las gentes del lugar de las mujeres, me invadió. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero para mí fue una eternidad, hasta que oí lo que estaba esperando: alguien golpeaba la puerta del saloncito. Mi tía, con el mismo actuar que de costumbre, invitó a entrar a Ernesto, que hasta yo sabía ya que era él.

            —Las cocineras me mandan comunicar que la cena está servida –anunció–.

            —Gracias, Ernesto –contestaba ella con su porte de siempre–. Enseguida vamos.

            Y, sin respuesta por parte del que había hecho tal anuncio, cerró la puerta mientras salía de espaldas. Aún tardaron unos minutos en moverse ellas. Querían dar por zanjado el último tema que estaban tocando, que no era otro que desvelar los malos hábitos y defectos de alguien bien conocido por ellas, y desconocido por completo por mí. Cuando mi tía se dio por satisfecha acerca de todos los comentarios vertidos, se levantó de su silla.

            —Vayamos, la cena se enfriará –parecía urgir–.

            Nos levantamos todos. Yo esperé a que primero las damas fueran abandonado el saloncito para ser el último en salir, pues así era de esperar que fuera mi comportamiento. Pero, noté que Encarna deliberadamente también se quedaba la última. Ya todos fuera, ella se detuvo antes de cruzar el umbral, y se dirigió a mí, los dos un poco alejados del resto, por lo que pudimos hablar con libertad.

             —¿Te ha gustado el ardid de mi hermana para poder contarte nuestro secreto? –Preguntó sin más–.

            — Sois muy astutas –contesté, sabedor de que había sido concebido por ambas–.

            Mi prima pequeña solo se reía.

             —¿Y también te ha gustado lo que tenemos ideado? –Seguía interrogando con toda la intención–.

            —Ha sido tan agradable la sorpresa, que desde que Araceli me lo comunicara la polla está irresistiblemente dura –confié–.

            Y noté que mi interlocutora se turbaba. Con disimulo, pero con todo el atrevimiento y riesgo que eso suponía, rozó mi pija con sus dedos. Y entonces su ofuscación se incrementó. Su mirada lo evidenciaba de forma diáfana. El deseo se había acumulado en ella repentinamente, casi sin que pudiera reprimirlo, lo mismo que me sucedía a mí.

            —Tienes suerte de este ahora y este lugar. De lo contrario, ninguno de los dos podría evitar lo que ya no podemos casi soportar –dijo–.

            Y ya nada más. Simplemente salió de la estancia.

             —¡Vamos niñas, no os demoréis más! –Oía inquirir a su madre–.

Cuando llegamos primero Encarna, y a continuación yo, aún todos estaban acabando de acomodarse. Me senté como siempre, entre mis dos primas: era el único sitio que quedaba, misteriosa y casualmente. Sabía que aquello era una treta de las chiquillas, aun cuando desconocía su astucia para conseguirlo. Tampoco me preocupaba en exceso, porque, simplemente, me gustaba estar entre las dos niñas, y con eso bastaba.

Claro, que la conversación que tuviera con Araceli hacía unos momentos, llenaba mucho más de morbo aquella situación. No podíamos hacer comentario alguno, sin embargo, a lo sucedido. No sólo por el peligro de que descubrieran la naturaleza de nuestra conversación; sino porque en la mesa el silencio tenía que ser sepulcral, si nadie nos preguntaba nada. Se tenían que oír las moscas volar, en palabras de doña Virtudes. Así que teníamos que suplir las palabras con miradas cómplices entre nosotros, cuando nadie se fijaba. Los ojos de ambas niñas me confirmaban que el acuerdo era total, al respecto de lo que había hablado con Araceli.

Y yo pensé que todo moriría ahí. Pero me había olvidado de la travesura que habían descubierto las muchachas no hacía mucho. Y no transcurrió demasiado tiempo hasta que sentí las manos de ellas perderse por mi entrepierna. Yo las abrí, a propósito, para facilitarles el camino. Y ellas no perdieron el tiempo. Jugaron con mi pene todo lo que quisieron, en todo el tiempo que duró la cena. Ni que decir tiene que la erección que ya traía se hizo más intensa. A medida que mi resoplaba, o suspirada lo más diplomáticamente posible, las chicas parecían disfrutar más, e intensificaban sus caricias, pellizcándolo, o asiéndolo con firmeza. Su habilidad había mejorado de tal forma, que me habían dejado al borde de la eyaculación. Sería muy comprometido para mí, si aquellas criaturas no hubieran sabido pararse a tiempo. Pero parecía que aprendían mucho y muy rápido; porque no pecaban de ignorancia, al demostrarme perfectamente cuándo debían detenerse, y cuándo proseguir con las caricias. Y mi rostro debía ser todo un poema, porque en más de una ocasión me preguntó mi tía si la comida estaba en exceso caliente, por los gestos de mi cara. Y tuve que improvisar, e inventarme excusas, como que me había atragantado, o algo por el estilo. Y, aunque mi tía parecía estar satisfecha con mi respuesta, yo divisaba a Adela sonreír muy sibilinamente, lo cual me hacía ver que a ella no la había engañado, adivinando mi hermana cuál era la verdadera razón de mis muecas. Si bien era cierto que desde su posición no se advertía nada, no era menos cierto que Adela era la que mejor me conocía de todos, y sabía también el menor detalle de los juegos de aquellas dos, por eso vaticinó a qué respondían los gestos que se habían dibujado en mi cara. Mis dos primas me dejaban al borde del orgasmo, esperaban un poco, y proseguían con sus tocamientos. La cena no se prolongó mucho más, y aquella situación llegó a su fin. Todos nos levantamos, y yo, lo más disimuladamente que pude, abandoné el comedor. Las ropas ajustadas que llevaba evidenciaban mi total erección, y me costó mucho disimularlo. Al final, sólo se dieron cuenta quienes presentían realmente lo que sucedía, como mi hermana; y, quienes lo habían observado de primera mano, como las criadas que nos habían servido. Lo cierto era que había superado aquella prueba de una manera más o menos airada. Fuera de la vista de mi tía y de doña Severa, me sentí libre, pues ya no me importaba que mi erección fuese perceptible a los ojos de las demás criadas.

Sudaba y estaba sofocado por todo ello apoyado en la pared, bien cierto era, pero ya no tenía nada que temer. Todavía en aquella postura, me sorprendió Trinidad, con su gesto serio de siempre, tal cual me había explicado ella que se comportaba dentro de las paredes de la mansión.

—El señorito tiene mal aspecto: ¿Se encuentra bien? –Me preguntó–.

—Sí, sí, Trinidad, descuida. Estoy perfectamente –respondí yo de inmediato–.

El ama de llaves guardó silencio unos segundos, antes de añadir:

—Por lo que veo, sí, parece que usted está perfectamente erecto –comentó con confianza, pero bajando la voz, mientras en sus labios asomaba una sonrisa–.

—Ten cuidado, Trinidad, te pueden oír, aunque susurres –sugerí yo–. Salgamos afuera. A mi tía no le gusta que lo haga una vez anochecido, pero si voy contigo será diferente; así podremos hablar en intimidad, y tú siempre podrás aludir que querías comprobar cualquier cosa.

El ama de llaves no dijo nada. Sólo asintió con la cabeza, y los dos, en silencio, abandonamos la mansión. Afuera, la oscuridad era nuestra mayor cómplice. Ligeramente alejados de los candiles de la casa, más seguros de que nadie nos veía, mi acompañante me habló, muy cerquita de mi cara, casi podía sentir su aliento, con su pecho pegado al mío, y mi polla muy dura tocando su vientre.

—Gracias por su amabilidad, señorito. La erección de usted me descompuso, y me olvidé que estábamos en peligro de ser oídos y vistos.

—No te preocupes, Trinidad. Ya lo supuse. Pero ya sabes que yo siempre pienso en ti. –respondí–.

—Eso bien que lo sé, me lo demuestra a menudo –seguía conversando ella–, por eso le estoy tan agradecida. La verdad es que me excité al ver su polla marcándose tan grande en sus pantalones. Sus primas han hecho un buen trabajo.

—Es cierto que me la han dejado bien dura, Trinidad, aunque viene de bien atrás de la cena. Casi creí que me corría cenando y todo, pero afortunadamente no ha sido así.

—De buena gana haría mía otra vez la polla de usted, señorito –me confesaba mi interlocutora, mientras me la acariciaba por encima del pantalón–. Tiene que estar a punto de echar toda la leche, y de buen gusto la recibiría en mi boca.

—Pues no sé a qué esperas, Trinidad. Aquí el peligro de ser vistos es mínimo, ya sabes que siempre existirá algún tipo de riesgo, pero tal y como estoy sólo tardaré segundos en llenarte la boca con mi leche. Tus tetas pegadas a mi pecho y tu mano en mi polla, junto con las caricias de mis queridas primas, me tienen a punto –casi pedí–.

—Estoy seguro de eso, señorito, pero no podrá ser. Dentro de unos minutos le espera una sorpresa en su dormitorio, y yo no quiero estropearlo. Será ella quien se beba todo su manjar nada más que la meta en la boca, está usted a punto. Y luego usted se la follará del modo que me folló a mí, y me dio tanto gozo –me explicó–.

—Entonces permíteme que me vaya, Trinidad. Me va a estallar la pija, no aguanto más. Sea quien sea quien me visite a mi cama, lo primero que recibirá será mi leche, estoy al límite.

—Seguro que sí, señorito. Corra usted, ella ya está sin duda en su cama, esperándole. Permítame que no le diga quién es. Quiero que sea una sorpresa, tal cual ella me pidió. Vaya, y dele toda la leche en su lengua.

El exhorto de la buena ama de llaves, me tenían ya más que dispuesto a eyacular. Con habilidad, ella había quitado la mano de mi paquete. Pero eso no evitó que yo la besase con lengua, recorriendo toda su boca, y que le sobase los pechos, antes de despedirme.

—Nos veremos Trinidad. Y la próxima vez no te desharás de mí tan fácilmente, te lo aseguro –amenacé con esa broma–.

—No se lo discuto, Señorito, pero ahora no se demore más, vaya –me apremió la otra–.

Y, besándola nuevamente con mi lengua enredada en la suya, y de nuevo acariciando sus pechos por encima de la ropa, salí corriendo en dirección a la casa. Sabía que sólo me encontraría criados en mi camino, por eso no disimulé mi erección, ya a punto de estallar, ni mi ansiedad. Con paso rápido, pero sin hacer ruido subí la escalera que daba a las habitaciones. En el rellano estaba Milagros.

—Apresúrese, señorito, que le espera –me decía–. Las señoras y señoritas están recogidas ya –anunció–. Ya veo que su polla de usted está lista. Será llegar y besar el Santo –concluyó–.

Yo proseguí con mi paso rápido, pero procurando no hacer ruido. Abrí la puerta de la antesala, estaba en penumbra. Abrí la puerta de mi dormitorio: un candil estaba sobre la mesa, iluminaba toda la cama, en la que yacía, sin arroparse, y completamente desnuda ya, Rosario. Podía ver su rizada melena caer sobre sus hombros, sus pechos separados y grandes, los pezones negros, enormes y totalmente tiesos, coronando aquellas montañas, y las piernas abiertas exponiendo su negrísimo vello ya lleno de gotas de flujo.

 —¡Cómo la tiene ya, señorito! –Exclamó, clavando sus ojos en mi bulto bajo el pantalón–. Está tan caliente como yo –proseguía–. Acérquese, que Rosario se la va a aliviar. Tenemos toda la noche para que usted me alivie a mí.

 —¿Y a ti quién te ha puesto así? –Quise saber yo mientras me acercaba hasta la cabecera de la cama exhausto–.

—La buena de su sirvienta, Milagros –confesó sin miedo–.

Y aquello encajaba con las noches de frenesí que se me había insinuado.

No supe qué hacer, así que la dejé a ella, que con presteza, desabotonó mis pantalones, me los bajó hasta los tobillos, igual que mis calzones.

 —¡Joder, qué polla! –Lanzó–.

 Asió mi palo con su mano derecha, y comprobando que me iba a correr ya, la engulló. Dos movimientos con la cabeza bastaron para que descargase toda mi eyaculación en su boca. Entre mi sollozo de placer, pude ver cómo un hilo de semen corría por la comisura de los labios de quien yacía en mi cama.

 —¡Vaya corrida, señorito! –exclamó–. Es la primera vez que me lo hacen en mi boca, pero quería probarlo y no ha sido desagradable del todo –confesaba–. ¿Has visto, Milagros? –Preguntó a continuación, para mi sorpresa–.

—Sí, Rosario –contestó la aludida, sin yo haberme percatado que estaba ahí–. Ya te dijimos que se corría abundantemente. Sé que al señorito no le importará, pero aún así debo preguntarle si no le importa que me quede a mirar –Explicaba–.

Así quedó aclarado el porqué de su presencia ahí cuando le llenaba de esperma la boca a Rosario, se fue cerrando la puerta tras de sí.

—Si a Rosario no le importa, a mí no me molesta tu presencia –sentencié–.

—Rosario desea que Milagros nos mire –aclaró la aludida–.

—Ya verá que ni se enterará de que la buena Milagros está aquí –prometió–.

—Acábese de desnudar y túmbese junto a mí, señorito. Le prometo que le voy a hacer muy feliz –espetó Rosario, dando por zanjada aquella presencia–.

—Y yo a ti –dije convencido, mientras me iba despojando de la ropa–.

Me tumbé junto a mi acompañante, completamente desnudo, igual que ella. Descargada mi eyaculación, satisfecha esa necesidad perentoria, ahora ponderaba el cuerpo que yacía a mi lado con la quietud necesaria para aprenderlo. No, no me había olvidado de lo único que hacía funcionar mi cualidad: el tener en cuenta a los demás, antes que a mí mismo. Pero quienes estábamos sobre esa cama sabíamos de sobra que eso llegaría, que existía toda la noche para que todos los placeres y deseos quedaran saciados. Algo dentro de mí me decía que ahora era momento de calma, y yo siempre escuchaba mi interior, como me dijera el espectro de mi madre.

Los dos, en silencio nos mirábamos. Ella tenía una media sonrisa encantadora, bajo sus bucles rizosos que la hacían arrebatadora. Su piel era morena, y no tardé en descubrir dos senos magníficos, coronados por sendos pezones muy oscuros, con una amplia aureola. Su cintura estrecha y sus anchas caderas, daban paso a un pubis cubierto de un rizoso vello negro, igual que su cabello. Como todas las criadas, su edad rozaba la veintena, y sus curvas estaban tan bien trazadas, que, aun habiéndome acabado de correr, hacían que mi pene volviese poco a poco a tomar su vigor. Rosario lo advirtió y sonrió complacida.

—El señorito tiene mucho brío –se atrevió a decir–. Me acaba de llenar la boca de su leche, y su polla ya está poniéndose en pie otra vez –siguió comentando–.

—Eso es por lo hermosa que tú eres, Rosario –dije–, igual que todas las mujeres de esta casa; y para que te hagas una idea de lo que te espera esta noche –concluí–.

—Es usted muy generoso, señorito. Yo ya lo sabía, pues usted me lo ha venido demostrando cada vez que nos cruzábamos en la escalera, o los pasillos; y todas las veces que las demás criadas me lo contaban… Por eso tenía tantas ganas de estar una noche con usted, señorito. No sabe cómo ese deseo me consumía, cada vez que le veía por los pasillos, me quemaba sin poderlo resistir; a punto estuve de cometer alguna locura en medio de la escalera, no sé cómo me contuve. Porque créame que es difícil encontrar este hueco que ahora tenemos. Primero, porque mi trabajo hace más complicado que me encuentre con usted, que si tuviera la tarea de Milagros o Trinidad: yo no me puedo mover de los pasillos. Y segundo, porque quería que usted supiera que yo le estaba esperando, antes de que me encontrara el señorito aquí desnuda. Afortunadamente, pude contar con la colaboración de Trinidad y Milagros. Entre nosotras nos apoyamos mucho, señorito, usted creo que ya sabe lo que son las noches en nuestros dormitorios: un fuego de deseo por usted sin calma posible –me confesó–.

—Sé que todas vosotras tenéis una gran camaradería; y eso me congratula –le decía–. También sé todo el deseo que tenéis hacia mí; pues cada mujer con la que he estado me lo ha contado. No debéis preocuparos, siempre estaré disponible para todas vosotras, cuando eso sea posible –aseguré–.

—Y nuestros coñitos estarán siempre dispuestos (siempre que sea posible), para ese enorme ariete que le adorna, señorito –añadió ella, sujetándomelo con delicadeza–.

Y ya no hablamos más. Me acerqué a sus labios, y besé su boca. Nuestras lenguas se encontraron y jugaron a gusto. Su saliva sabía salada, conservando el sabor de mi anterior corrida. La muchacha comenzaba a ronronear, sabía que su deseo estaba a punto de estar satisfecho. Mis labios se deslizaron por su cuello hasta llegar a su escote, que ya ascendía y descendía por la velocidad de un respirar que trascendía la cadencia normal. Sus pechos parecían suplicarme que no me entretuviera mucho, y así lo quise hacer: quería darle a Rosario delirio, no martirio. Enseguida dibujé con un roce la curva de su pecho, y mis labios atraparon uno de sus pezones, en mitad de su infinita aureola. Un leve gemido escapó de su garganta: eso sólo era el principio.

Mi lengua lo acarició con mi mejor maestría, y éste tomó su mayor tamaño, mientras que de la garganta de quien recibía mi hacer, ya salían sin disimulo sonidos que explicaban el goce que sentía.

—El otro se pone celoso, señorito –me hizo ver–.

¡Claro que también habría la misma caricia para el otro!, que me miraba desafiante, y repleto de ganas de sentir lo mismo. Y cuando también sintió mi lengua, sólo se oía bufar a la buena de Rosario. Estuve tanto tiempo como creí oportuno, hasta que ella me advirtió que debía seguir camino hacia el sur.

—Mi conejito se ha encharcado –anunció en un hilo de voz–.

Yo no hice comentario alguno. Simplemente descendí con besos por su vientre, lamí su ombligo, introduciendo durante escaso instante mi lengua, y proseguí mi camino hasta que su rizoso vello púbico, me atrapó. El olor a sexo desde ahí era intenso, y me emborrachaba de él, mientras mi garrote adquiría firmeza ante la presencia de semejante manjar. Le abrí las piernas y sus labios. Aquello era agua pura. No quise prolongar mucho más su pasión, y mi lengua bebió de su vulva las primeras gotas de su excitación. Cuando ella notó el contacto, chilló, tanto era su deseo acumulado…

—Shhh, contente, Rosario. Si te oyen a ti te despiden, y mi polla se quedará sola eternamente –dije, advirtiendo que nos podían oír–.

—Tiene razón, señorito. Procuraré controlarme, aunque usted lo hace difícil, me está llenando de placer –explicó–.

Y yo proseguí. Mi lengua entró todo lo que cupo en su vagina y sus paredes blandas, rezumaron todo su líquido directo a mi boca. Después ascendí hasta encontrar su perla escondida entre los pliegues de sus labios menores, y cuando la chica sintió el contacto ahí, casi se derrite.

 —¡Qué gusto señorito, qué bien lo hace, no se pare, se lo ruego, siga ahí, que me mata! –Sollozaba la joven, sintiendo que todo se aproximaba–.

Unos minutos más tarde, Rosario, se retorcía en su primer orgasmo esa noche. Se tapaba la boca para amortiguar lo más posible un chillido eterno que confirmaba que el deleite que recibiera había sido extraordinario.

—Ha sido genial, Señorito. Me ha hecho correr como una puta –dijo, sin pensar en las palabras que había pronunciado–.

—Pues es sólo el principio, Rosario –anunciaba yo–. Aún está por venir lo mejor.

Y encontré su más tierna sonrisa como respuesta. Nos besamos, y nuestras lenguas jugaron felices.

—Es la primera vez que pruebo mi flujo –confesó–. Sabe fuerte y extraño.

—Así es Rosario: pero para mí es el más exquisito manjar –manifesté–.

Me puse de rodillas en la cama, y exhibí mi pene en su máximo tamaño, en su máxima dureza. Ella lo miró extasiada, y cayó como en una hipnosis. Cuando fue consciente de que mi intención era anunciarle lo que la esperaba a continuación, ella habló.

—Métamelo, señorito. Cláveme esa interminable daga hasta lo más hondo de mi coñito –exhortaba casi en un suplicio–.

Y no hizo falta que lo repitiera. Su sexo chorreaba y me fue fácil hundir mi palo hasta lo más hondo de su caverna. Su lubricación era total, y enseguida comencé un ritmo de mete y saca a una velocidad importante. Las oleadas de placer que ambos sentíamos eran transmitidas con sonidos ininteligibles, y gemidos que llenaban todo mi dormitorio.

—Señorito, tiene usted una polla colosal –decía ella, con la voz entrecortada, con la fatiga llenando su pecho–. Me está matando de gusto, su arma penetrándome sin pasión.

 No pasaron muchos minutos, hasta que de nuevo la joven doncella se corría en otro orgasmo escalofriante. Esta vez tuvo que poner la almohada sobre sus labios, para que los gritos no fueran audibles fuera de mi cuarto. Cuando sentí que había acabado de venirse, detuve mis acometidas, pero sin sacar mi pene del agradable cobijo en el que se hallaba.

—Ha sido impresionante, señorito, mi coño se muere de gusto, al seguir sintiendo esa inmensa pija ahí dentro. Pero ahora voy a ser yo la que le voy a cabalgar hasta que escupa la última gota de leche –anunció–.

Y, tal y como lo había pronosticado así fue. Con una habilidad que me sorprendió, sin que mi polla saliese de su coño, se giró, se situó sobre mí, y comenzó a cabalgar mi recto ariete que se hundía en lo más profundo de sus entrañas. Al principio sus movimientos eran suaves, de delante hacia atrás. Pero luego fueron tomando mayor velocidad, hasta que se convirtieron en brincos sobre mi mástil. Sentí mi polla hervir, y se lo quise transmitir:

—Rosario, no me queda mucho, me correré dentro de ti –advertí–.

Pero ella no me hizo caso.

—Aguante señorito, que ya me viene a mí también –fue su único comentario–.

Sin embargo yo notaba que no podría, que no daría tiempo a que ella se corriese y se sacase mi verga porque mi venida estaba ya ahí. Y así fue. Nos corrimos a la vez. Mientras la mujer tensaba su coño al máximo y aullaba del placer que estaba sintiendo, yo notaba como mi pene era un surtidor puro escupiendo esperma mientras no podía contener mis voces por el goce tampoco. Cuando Rosario sintió que ya no salía más, se detuvo. Los dos estábamos fatigados, y llenos de una sesión de sexo a nuestra entera satisfacción.

—Me he corrido dentro –comenté apenado, mientras la mujer se sacaba mi polla, teniendo cuidado no pringar las sábanas–.

No dijo nada a mi comentario. Entró en baño y la oí chapotear con agua. Adiviné que se estaba limpiando. Apareció en el umbral de mi dormitorio secándose el chichi, con una toalla.

—Milagros le traerá mañana al señorito una jofaina con agua nueva y toallas limpias –dijo mirando para quien iba dirigido el mensaje, sin hacer referencia a lo que tan asustado me tenía–.

La otra solo asentía con la cabeza, llena de fatiga porque se había estado masturbando mientras nos observaba, sin que un sonido salido de su boca nos perturbara.

Pero, mi gesto seguía turbado, y fue entonces cuando retomó el tema.

—Pensé que se lo había explicado todo Milagros, señorito. Al menos eso me dijo ella. Que usted ya sabía que podía follarnos sin riesgo alguno –soltó, mientras se volvía a tumbar junto a mí–.

—Sí, sí, Rosario –me apresuré a decir yo–. Me contó todo eso la primera noche que estuvimos juntos… Pero aún así, me parecía tan inverosímil, que…

La joven sirvienta sonrió con dulzura, antes de convencerme del todo.

—No tenga miedo, señorito. Si Milagros y Rosario le dicen que con nosotras no hay riesgo alguno es que no lo hay.

Hizo una breve pausa, y al fin se arrancó.

—Antes de que entremos a trabajar en su casa, doña Virtudes nos trae una medicina secreta del extranjero, de un doctor que ella conoce. Pero se supone que no podemos hablar de ello porque es algo prohibido –aclaraba–. Así que no me pregunte más… Solo le diré la última cosa, aunque no debo: su hermana y sus primas también están protegidas con esa medicina. No obstante, estoy segura de que lo acabará sabiendo todo por otras personas. Esta casa tiene secretos, señorito, y usted los descubrirá con el tiempo. Si le he contado eso, es porque estoy convencida que mis palabras habrán sido como si no hubieran sido dichas –puntualizó–.

—Eso de sobra lo sabes, Rosario. Todo lo que me contéis, quedará sellado en mis labios –insistí–.

Y recibí su encantadora sonrisa como respuesta. Permanecimos juntos aún unos minutos antes de que ella se despidiera. No se podía quedar ahí toda la noche, obviamente.

—Milagros saldrá contigo, y cuidará de que no te descubran. Así iréis juntas a dormir. –sugerí yo, mientras ella se iba a medio vestir–.

—El señorito siempre pensando en los demás –me repetía ella, igual que todas las demás con las que había estado–. Su generosidad es muy grande, y por eso nos tiene a todas entregaditas a usted. Descuide su miedo, señorito, que Milagros y Rosario se irán sin que nadie sepa que han estado aquí.

Y después, nada más. Las vi salir de mi cuarto, y yo dejé que me venciera el sueño. El cansancio por la vorágine sexual facilitó que fuera rápido. Mañana sería otro día.


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