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Fecha: 16-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

Universitario (7)

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Había llegado el momento. Ser la puta de Pablo no era servirle en la Universidad, era servirle a todas horas, incluido en su propia casa Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Llevaba ya semana y media desde que oficialmente había sido nombrado como la perra personal de Pablo, y desde entonces se me había prohibido completamente tocarme la polla absolutamente nada que no fuese mear. Los huevos me empezaban a molestar y los tenía bien cargados y sensibles. No sabía si podría aguantar mucho más así, y deseaba que se me diese permiso para poder correrme.

Por otro lado, las reuniones con Pablo iban variando de lugar. De los baños de al lado de la biblioteca nos habíamos movido a otros mucho más concurridos, como los de la cafetería, o incluso se la llegué a chupar en el aula, entre las sillas de los alumnos. una vez que ya se había ido todo el mundo y la facultad empezaba a quedar desierta.

Si no recibía ningún mensaje significaba que nos encontrariamos en el baño de siempre, como era costumbre. A veces llegaba y no encontraba a nadie, alegando después que ese día no le apetecía madrugar mas. Una vez llego a hacerlo durante tres días seguidos, con lo que por un lado me empezaba a molestar y por otro me ponía aun mas cachondo, dándome cuenta de lo mucho que lo necesitaba.

El día de hoy era uno de esos, en los que no había recibido ningún mensaje. Me dirigí al baño, me quite la camiseta como tenía ordenado, y entre dentro. No encontré a nadie, ni a Pablo ni, gracias a dios, a Víctor, del cual solo había recibido miradas cabronas y comentarios en clase o por whatsapp.

No me quise ir sin comprobar que, efectivamente, no había nadie. Suerte que lo hice, puesto que si no se me hubiese entrar en el cubículo de siempre no hubiese visto lo que allí habia. Se trataba de una bolsa de plástico con un post-it pegado a ella: "Para mi esclavo. Vete preparando y no faltes a clase". Sin duda era para mi, de eso no cabía duda. Abrí la bolsa con sospecha de lo que podía encontrar y allí pude ver un dildo y un botecito de lubricante. Era bastante mas grande del primero que use, pero aun así ligeramente mas delgado que la polla de mi amo. No se a que tenia que prepararme exactamente, pero era casi seguro que la intención de Pablo era que lo llevase puesto. Me baje los pantalones, cogí el dildo y empecé a introducirlo en mi culo. Con la ayuda del lubricante no me costo tanto introducirlo, pero sabia que cuando Pablo me quisiese follar el único lubricante que iba a usar era mi saliva. Conseguí meterlo hasta el fondo, y una vez bien colocado me subí el pantalón. Salí de ahí caminando como pude, apretando bien el ano para que no se bajase.

Cuando llegue a clase, empecé a hablar con mis amigos, quienes rápidamente notaron la dificultad con la que caminaba, que yo tuve que achacar a un dolor de barriga.

"Te ha gustado mi regalo?" Pablo apareció de repente detrás mio, metiéndose en el círculo de amigos con los que hablaba. Me quede pálido, no sabia ni que contestar ni como. Una amiga pregunto de que se trataba. "No, nada, algo que necesitaba desde hacia tiempo y que yo le he dado." Tan rápido como llego se fue. Mi amiga, como no, quiso saber mas, así que improvise que me había dejado un cómic que no podía encontrar. Coló y me dejo tranquilo. Pase las dos horas de clase angustiado, sin poder coger apuntes como toca, y notando que se me clavaba todo el dildo de las maneras mas incómodas. Al finalizar la clase, recibí un whatsapp: "Te lo puedes quitar. Te veo en mi casa a las ocho". En cuanto salí de clase, fui al baño, me saque el dildo y, después de limpiarlo, lo guarde en mi mochila.

Nunca había ido a casa de Pablo todavía, pero siempre había una primera vez. Como tenia su horario, había programado que todos los días que me había marcado como "posibles" para que me llamase y fuese a su casa no tuviese ninguna actividad. En el mismo horario también se encontraba la dirección de su casa, sin duda lo tenia todo bien montado. Llegue a su casa cinco minutos antes de la hora indicada, por lo que espere a que se cumpliese la hora en el portal. Se trataba de un piso céntrico, por lo que casi seguro que era alquilado o compartido. A la hora señalada toque al timbre. "¿Quien es?", su voz se escuchó distorsionada, pero era el. Dude en como responder, pero esta vez no me lo pensé tanto y contesté "Soy la puta de Pablo". Hubo un silencio "Era lo que quería oír". Con una sensación de orgullo por adelantarme a los designios de mi dueño, empuje la puerta que me abría y entré.

Subí hasta el piso que era, me planté ante la puerta, me quité la camiseta y entré. Me lo encontré ahí mismo, en el recibidor, esperándome bien recto. Nada más verle bajé la cabeza por instinto. "No me saludas?" Intenté pensar algo rápido, pero no pude. Me invadían los nervios, puesto que aquí podía hacer lo que le diese la gana, sin los limites que ofrecía el cuartito de baño. "Te he hecho una pregunta". Quería una respuesta y debía dársela "Buenas noches señor". Parecía que eso le contentó "Pasa para dentro, perra". Mientras íbamos entrando pude fijarme en la distribución de la casa, observando que era obvio que no vivía solo. Era el típico piso de estudiante, con pocos muebles y baratos. Llegué a su habitación, que, siguiendo el ambiente imperante en toda la casa, no estaba muy amueblada. Una cama básica con cabecero de metal, un escritorio con silla y un armario, pero poco más.

"Desnúdate entero y arrodíllate". Lo hice inmediatamente, sin necesitar ninguna coacción. "Estira bien los brazos, no los bajes". Pablo se fue de la habitación, pero ni aún así me atreví a a desobedecer su orden. Volvió dos minutos después con un refresco. "Estás cómodo", preguntó con recochineo. "No señor, pero puedo aguantar". Poco a poco entendía cual era la mejor respuesta que podía darle.

"Bien, puedes relajarte". Bajé los brazos, pero continué de rodillas. "Te presento al hermano del dildo de esta mañana". De una bolsa de plástico sacó un dildo aún más grande que el anterior, más que su propia polla. Pablo lo clavó en el suelo de baldosas del piso, alzándose grotescamente hacia el techo.

"Ya sabes, puedes empezar a lamerlo, si no dudo que te quepa". Llevaba razón: de no lubricarlo bien podía hacerme más daño que otra cosa, así que me puse a cuatro patas y comencé a lamerlo suavemente. "Venga va, métetelo". Me puse de pie y empecé a sentarme sobre él, orientado su cabeza hacia la entrada de mi culo. Noté como se abría paso, abriéndome cada vez más y más el anillo del culo. Poco a poco fue inundando las paredes de mi culo, sintiéndome lleno. Fui bajando, deslizando la goma por el interior de mi ano hasta que tocó fondo.

"Te gustaría masturbarte?" Lo estaba deseando, Asentí rápidamente con la cabeza "Por favor, señor, se lo suplico". No parecía muy convencido de que debiese dejarme. "Humíllate más. Si te humillas, te dejaré masturbarte". EL deseo de correrme después de 10 días era tal que no dudé en que eso fuese lo correcto. "Por favor señor, déjeme masturbarme, se lo suplico. Lo necesito". No le bastaba "Más fuerte". No tenía opción "Por favor, señor, déjeme masturbarme. Lo necesito, quiero que me deje correrme porque soy una zorra que sólo puede pensar en ello. Quiero su polla dentro de mí, sentir su semen dentro de mí. Quiero que me destroce el cerebro, que abuse de mi todo lo que quiera, que me folle como no ha follado a nadie. Señor, quiero que haga lo que le de la gana conmigo".

Eso sí que le bastó. "Así me gusta chaval. Vas a suplicar que te folle cada día porque no sabrás lo que es vivir sin mi polla en tu culo. Córrete". No necesité masturbarme más que veinte segundos para empezar a llenarlo todo de leche. Me salía a borbotones de tanto que tenía acumulado y de tan cachondo que iba. Él se empezó a masturbar delante de mi cara, por lo que me senté hasta el fondo del dildo, cerré los ojos y esperé su crema en la cara. Pero no pasó nada. De repente, se escuchó abrirse la puerta de la calle, y Pablo quedó pálido. La erección se le pasó, empezó a murumurar "Mierda, mierda!". Recogió un poco las cosas y me dejó ahí tirado, mientras salía en calzoncillos al pasillo.

Pablo hablaba con alguien, pero no sabía quien. No llegaba a distinguir nada de lo que decían, pero la voz del tercero no se escuchaba prácticamente nunca. Y cuando hablaba, dejaba cortado a Pablo. Minutos después entró de nuevo, ordenandome que me vistiese y me fuese. Él se quedó en la habitación, tumbado en la cama con el portátil.

Salí de la habitación y sin entender que había pasado me dirigí a la salida. Al cruzar por delante de la cocina, vi al tercero: un chico joven, con el pelo corto y negro, que le hacía contraste con unos grandes ojos verdes. Me miró, pero volvió a girar la cabeza hacia lo que estaba haciendo. No supe si era más correcto saludar o pasar de él, pero los nervios me hicieron continuar hacia la salida.

Cuando estuve a punto de cerrar la puerta, volvió a aparecer. "Perdona, no tendría que estar hoy aquí, pero he tenido unos problemas". No entendía por qué se disculpaba, era yo quien molestaba ahí. "Ten, un vaso de agua." Seguía hablandome seriamente, a pesar de ser simpático. Le devolví el vaso de agua, le di las gracias y me giré. "Me llamo Javi". No supe que hacer con esa información, así que le dije encantado y seguí camino escaleras abajo



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