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Fecha: 18-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Entre tus sabanas

AnD
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Capitulo 6 Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Abril se sentía de lo más estúpida. Había desechado la idea de que actuaba de esa forma después de que Lorena hubiera conseguido acostarse con ella. No tenía demasiado sentido si ya lo habían hecho una vez con anterioridad. Sin embargo, la primera vez fue sin planearlo y quizás en sus planes hubo algo más, pero otro pensamiento se interpuso descartando esa conclusión. Quizás no había quedado satisfecha de que solo hubiera sido una vez y de esa forma. Por eso le había comprado un vestido, la había llevado a cenar o incluso la usó para dar celos a la mujer que se encontraron. ¿Había sido solo un juego para Lorena? Recordaba lo cariñosa que se había mostrado y todo lo que le había hecho sentir para después tratarla de esa forma, ni siquiera la miraba a los ojos sino se hubiera visto obligada porque la enfrentó. Pero ¿qué sacaba de ello? Ya habían acordado mantener una relación que se basase solo en la atracción física y no le había pedido nada más en ningún momento. No tuvo que engañarla con falsas promesas para ello ni nada parecido. ¿Fue una forma de diversión extra para Lorena? Si media plantilla femenina lloraba por ella era por algo. Le dolía pensar que así fuera. Con Lorena había llegado a experimentar tantas cosas que, pensar que para ella no había sido más que una burla, la hacía sentirse muy humillada. Había tomado una decisión al acercarse a ella y ahora tendría que aceptar las consecuencias, pero lo que tenía claro era que no quería saber nada más de Lorena. Se pasó las manos por debajo de los ojos para limpiarse las lágrimas traicioneras que no quería que hicieran su aparición. Ya estaba bien de llorar por mujeres que no merecían la pena. No quería saber nada más de Lorena, pues ya había sufrido suficiente por su culpa. Ni tampoco le apetecía que Emma la viera de esa forma. No quería volverla a preocupar. Abrió la puerta de casa esperando que todavía estuviera dormida, pero escuchó su voz alegre procedente de la cocina.  

—Buenos días. —Al escucharla se sintió flaquear y casi da rienda suelta a las lágrimas que todavía reclamaban su liberación. Sin embargo, apretó con fuerza los labios a la vez que cerraba los ojos para infundirse fuerzas antes de dirigirse hacia la cocina. De no ir, sabría que algo había ido mal. La vio de espaldas untando una tostada con mantequilla. —¿Qué tal la noche? — preguntó, dándose la vuelta, con una sonrisa que se fue apagando al ver la expresión de su hermana—. ¿Qué ha pasado? —  No debía sorprenderla que Emma enseguida podía saber su estado de ánimo con solo mirarla.

Abril intentó sonreírle para que viera que no era para tanto, pero solo salió un intento amargo de ello.

—No ha resultado ser la persona que creía.

—Oh, Abril. — Esta se acercó a la silla para dejarse caer con pesadez. Emma hizo lo mismo a su lado y le cogió la mano. Abril ya había vivido esa situación. —No importa, son cosas que pasan. — Emma le apretó más la mano de forma cariñosa. Sabía que no quería hablar de ello y lo respetó, pero quería infundirle ánimos. —Siempre nos tendremos la una a la otra. — Abril devolvió el apretón de Emma.

—Siempre. — Parecía que no aprendía la lección.

Una semana antes había terminado con Ximena, desilusionada, afrontando un nuevo día de trabajo y teniendo que verla después de la humillación sufrida. Ahora tuvo que pasarlo de nuevo cuando se enfrentó a un nuevo día con la posibilidad de encontrarse con Lorena en cualquier momento. Al menos, este no era su jefe directa y las probabilidades eran menores, a no ser que la llamara directamente, cosa que no creía que sucediera. No obstante, en esta ocasión se sentía diferente. La vez pasada se notaba nerviosa, pero una parte de ella quería enfrentarse a Ximena para que viera que para ella le resultaba indiferente y así causarle una parte del daño que le había provocado, pero en esta ocasión no se sentía así, ni una pequeña parte de ella tenía ganas de ese posible encuentro ni tampoco fingir que lo que había pasado le era indiferente. Con Lorena había vivido muchas cosas más que con Ximena, no solo lo relacionado con la pasión que habían compartido sino por muchas más razones. La había hecho vibrar por primera vez y, aunque se sintiera estúpida por ello, se había sentido apoyada también por primera vez en su vida. La forma de abrazarla, de rozar sus labios por su frente. Pequeños actos que normalmente no se le dan demasiada importancia, pero que a ella le habían llegado al corazón. En ese momento se dio cuenta de ello y, después de que tantas personas con las que contaba le dieran la espalda, descubrió que esos pequeños actos le habían hecho sentirse respaldada, que no estaba tan sola. Por eso le dolía tanto que Lorena hubiera jugado así con ella.

—¿Qué tal el fin de semana?—preguntó Karen a sus espaldas, provocándole un respingo. ¿Es que esa mujer nunca la dejaba en paz?

—Bien —contestó en un golpe de voz seco, indicando así que no quería seguir con ninguna conversación.

—Sí, ya lo creo que bien. — Lo escuchó acompañado de una risa burlona. Abril se giró extrañada por esa reacción de su parte. No entendía dónde encontraba la gracia. Pero entonces Karen hizo algo que no esperaba. Se quedó callada y fingiendo que tenía más cosas que hacer. Así que tampoco le dio mucha importancia. No obstante, descubrió que Karen no era la única que mostró una conducta extraña. Otras de sus compañeras la iban mirando con disimulo y emitiendo risitas por lo bajo. No lo entendía, pero decidió no prestarles atención.

No quería reconocerlo, pero de vez en cuando miraba hacia la puerta del despacho de Lorena para ver su poderosa figura, temiendo que se abriera la puerta. Al cabo de poco rato, tuvo que ir hacia el despacho de Ximena. Era su rutina de los lunes por la mañana. Tenían que adjudicarle el trabajo que había de hacer durante los próximos días. En las ocasiones anteriores que tuvo que hacerlo, se puso un poco nerviosa, pero en este momento, no tuvo ningún efecto en ella tener que acercarse a Ximena.

—Buenos días —le saludó cuando la invitó a pasar.

—Buenos días — respondió, cortante. La actitud de Ximena había sido distante y apenas la miró si no fue estrictamente necesario, cosa que a Abril le pareció una gran decisión.

—¿Qué tal el fin de semana? — La pregunta de Ximena hizo que levantara la vista de la pequeña libreta que le gustaba usar para no olvidarse de nada, frunciendo el ceño de una manera distinta a como lo hacía con anterioridad. No le hablaba de nada que no estuviera relacionado con el trabajo y de repente le soltó la misma pregunta que le había formulado Karen hacía poco. ¿Qué estaba pasando esta mañana?

—Bien —respondió sin que el ceño fruncido hubiera desaparecido de su rostro—. ¿Y el suyo? —se vio obligada a preguntar para no ser descortés.

—Bien, bien —respondió de forma mecánica—. Pero seguro que el tuyo mejor —terminó de decir con una mueca de asco. Abril se sintió todavía más confundida por esa reacción. —Normal que no hayas querido nada conmigo. Tu mira se posicionó en alguien de más nivel, ¿eh? —dijo de pronto sin dejar la mueca de repugnancia.

—¿Cómo dices? —dejó de hablar de usted bajo esos términos.

—Por favor, no te hagas la inocente. — Ximena se levantó para acercarse a ella, mirándola de forma crispada y con una actitud intimidante. —Era eso, ¿verdad? Conmigo no, pero con otra con más dinero, sí. Que te la has follado. — Abril gritó en un tono ahogado, disgustada por sus palabras y por la vulgaridad empleada. Intentó apartarse de ella, dar un paso atrás, pero Ximena no la dejó, la cogió por un brazo para que no se escapara.

—Me haces daño —dijo Abril en voz baja, la única que fue capaz de emplear en ese momento.

—Tú me lo has hecho a mí —respondió cada vez con más rabia circulando por su cuerpo. Abril estaba a punto de replicar. Era ella quien estaba con otra mujer mientras empezaban a salir. No tenía derecho a reclamarle nada. Pero, en lugar de decirle lo que estaba pensando para que su enfado no fuera a mayor, le preguntó para salir de ese estado sin comprender:

—Pero ¿a qué te refieres?

—¿A qué me refiero? — exclamó, cogiéndola por el otro brazo—. A que te has follado a Lorena. — Abril estuvo a punto de hacer una mueca al escuchar esa palabra, pero nada le salió al sentirse paralizada por todo lo que estaba pasando. Su cuerpo no podía moverse y su voz parecía haberla abandonado. Al ver que Abril no decía nada, Ximena continuó: —Hay fotografías de vosotras dos colgadas en internet.

—¿Foto… fotografías? — fue lo único que fue capaz de articular debido a la sorpresa de lo que terminaba de escuchar.

—Así es. — Su mueca de asco aumentó al mismo tiempo que decía: —Os pillaron el viernes por la noche cuando salíais del restaurante y fuiste directamente a su apartamento —paró un instante antes de continuar—. No eres más que una vulgar zorra. — Esas últimas palabras fueron lo que provocaron que Abril saliera de su estático estado, sacudiendo con fuerza sus brazos para soltar el agarre de Ximena. Ella era más fuerte, pero lo consiguió al ser un acto inesperado para quien la tenía agarrada.

—No vuelvas a llamarme de esa forma —dijo, deteniéndose en cada palabra empleada, también sintiéndose furiosa por tener el descaro de tratarla de esa forma. Pero su estallido no sirvió para que Ximena se detuviera.

—Te llamaré como me venga en gana —escupió con desprecio.

—¿Y quién te crees para hacerlo? —le preguntó sin aplacarse por su trato.

—A las zorras, como tú, nadie les tiene respeto. — Abril no aguantaba ningún insulto más. Esas palabras le dolieron, pero iba a darle la satisfacción de que se diera cuenta. Su intención era irse de allí lo antes posible, pero Ximena volvió a detenerla. Esta vez para intentar besarla a la fuerza, pero Abril pudo apartarla y darle una buena bofetada por atreverse a tratarla de una forma tan humillante. Cuando estuvo a punto de tocar el picaporte para desaparecer de allí, escuchó:

—Si te vas —le avisó Ximena con la voz ronca y con una mano sobre su mejilla dolorida mirándola con cólera—, date por despedida. —  Abril no vaciló y se fue de allí.

Le hubiera gustado decirle un par de cosas bien dichas a la cara, pero sentía que le quemaba la garganta por el llanto que no iba a dejar escapar por esa imbécil. No hacía falta que cumpliera con su amenaza. Ella misma quería irse de aquel lugar en el que ya la habían dañado demasiado en poco tiempo. No se merecía ese trato y no iba a dejar que la siguieran humillando. Recogió su bolso y la foto que tenía con Emma encima de la mesa y sin preocuparse de nada más, caminó por el pasillo en dirección al ascensor. El camino era corto, pero aun así pudo escuchar a varias mujeres soltando pequeñas risas burlonas. Se obligó a tomar y soltar aire para tranquilizarse y no derrumbarse allí mismo. No pensaba volver, nunca más.

Karen se quedó viendo cómo se iba de esa forma tan precipitada. No hacía falta saber qué había ocurrido en ese despacho. Estaba bastante claro. Debería sentirse mal porque una parte de lo ocurrido había sido por su culpa. Ella había hablado con la secretaria de Lorena para sonsacarle dónde iba a cenar el viernes por la noche. Tuvo el presentimiento de que llevaría allí a Abril y que podía aprovecharse de la situación. En ese momento le entraron ganas de reír, pero no era la ocasión y se apresuró a olvidar sus carcajadas. ¡Fue tan fácil! Solo necesitó ir allí y hacer unas cuantas fotografías con su móvil. Una cuando llegaban y otra cuando salían bastante acarameladas, pero con ello no tuvo suficiente. Cogió un taxi para seguirlas y así tener la imagen impresa, que era que las dos iban al apartamento de Lorena y no precisamente para jugar al ajedrez. Suspiró con satisfacción mientras fingía que trabajaba cuando en realidad estaba pensando en qué podría comprar con el dinero que le habían pagado por su habilidad como detective. Karen poco sospechaba que con la misma facilidad que ella había descubierto dónde irían aquella noche, la descubrirían a ella como autora de esas fotografías y no tardarían en despedirla por su falta de respeto hacia sus superiores.

Lorena apretaba con fuerza el volante de piel que tenía entre sus manos. Helena le había reclamado y le exigió que se acercara de inmediato, colgándole el teléfono después de sus gritos para que no diera pie a ninguna objeción. Ya sabía el motivo por el que exigía su presencia con tanto apremio. De buena mañana, el agente de comunicaciones de su empresa le había informado de la nueva noticia, de la que era la protagonista, y enseguida esperó a que Helena se pronunciara. Ni siquiera tuvo tiempo de preocuparse por cómo estaría Abril por culpa de esa noticia. Ver a Helena le alteraba de mala manera y no dejaba que se detuviera a pensar en nada más. Accedió a su petición, no porque ella se lo ordenara sino porque ya era momento de zanjarlo todo de una vez por todas. No obstante, aunque estuviera decidida a ello, con solo pensar en volver a verla se sentía de nuevo como esa chiquilla de once años que casi muere desangrada. Y su nerviosismo aumentó cuando tuvo delante la imponente residencia, fría y oscura. Ese era el aspecto que se percibía en ese lugar, lo mismo se podría usar para definir a todos y a cada una de las personas que residían en su interior. Por suerte, no iba a encontrarse al hombre que biológicamente era su padre. Se había casado hacía poco con una joven veinte años menor que él y estaban recorriendo el mundo como regalo de su luna de miel. Ya le tenía a ella para llevar la empresa, así que podía dedicarse a vivir la vida con desmadre. Al llamar a la puerta, una de las empleadas asustadizas de Helena acudió para abrir.

—Buenos días, Helen. —  La pobre mujer estaba tan sorprendida de que alguien le dirigiera la palabra sin que hubiera algún insulto o reprimenda por el medio y apenas pudo emitir un atisbo que quería convertirse en una sonrisa, pero en ningún momento consiguió aplacar el pequeño temblor que sacudía su escuálido y pequeño cuerpo. Y no era de extrañar que los empleados de Helena estuvieran de ese modo, a ella también le afectaba tenerla cerca. Helen le llevó hacia el comedor, donde se encontraba la mujer sentada en una de esas sillas tapizadas a la antigua.

Solo se la veía de medio cuerpo por el bastón que llevaba desde hacía bastantes años que sobresalía a su lado, un bastón de madera más doble de lo normal tallado a mano, con la inicial del apellido tapada en ese momento por su mano arrugada, sus uñas largas y sus dedos un poco flexionados hacia un lado por culpa de la artrosis. Daba la imagen de algo descuidada. Y ese solo era el principio, al dirigir su mirada hacia los ojos de Helena, un escalofrío bajó por su columna vertebral. Sus ojos eran oscuros como su corazón. La miraba con una rabia solo contenida por las limitaciones de su edad. Si no ya hubiera hecho un buen uso del bastón como bien lo había hecho años atrás.

—Otra vez no has podido tener la bragueta en su sitio, acostándote con todo lo que se te ponga delante. Igual que tu padre — terminó de decir con una mueca de asco. Ese insulto no solo se refería a Abril, lo cual ya le molestó sino también a su madre. Tuvo que apretar los puños con fuerza para poder controlarse.

—¿De eso querías hablar?

—¡Por supuesto! — exclamó con un golpe de bastón contra el suelo—. Y no hables hasta que yo te dé permiso. — No replicó, pero puso los ojos en blanco para que la viera. Sabía que eso la haría poner furiosa. —¿Crees que voy a permitir que vayas de Valeria  en Valeria  antes de casarte con Fernanda?

—¿Casarme con Fernanda? —repitió de forma jocosa.

—¡Te he dicho que no me hables! —exclamó de nuevo, levantándose.

—Has hecho una pregunta y te he respondido.

—Bastardo —dijo con asco—. No hubiera permitido que te acercases a mí si el inútil de mi hijo hubiera podido tener más herederos. — Esa frase la había escuchado demasiadas veces para que en ese momento pudiera afectarle. —Y ya estoy muy harta de tus impertinencias y, a partir de ahora, vas a hacer exactamente lo que yo te diga, para que dejes de tirar por el suelo «mi» apellido — puso especial énfasis en el «mi», dejando claro con otras palabras que no sería nada suyo si pudiera evitarlo. Pero ese rechazo llegó a un punto que ya le aburría. —Te vas a casar con Fernanda. Su familia se va a fusionar con nuestra empresa y nuestro imperio así crecerá todavía más y…

—No —dijo, interrumpiéndola. — Y, antes de que Helena pudiera quejarse una vez más, siguió: —No voy a hacer nada de lo que me digas, se acabó — terminó de decir, cruzando los brazos sobre el pecho y mirándola valientemente.

No obstante, Helena cambió de actitud, en lugar de seguir gritándole se la quedó mirando con una sonrisa de suficiencia en su arrugado rostro.

—Sigues siendo igual de estúpida, ¿te has olvidado que tu madre y tú seguiríais viviendo en la calle si no fuera por mi generosidad?

—Siempre sueltas esa amenaza, pero ya no te va a funcionar.

—¿Así que ahora no te importa que a tu madre la echen de ese psiquiátrico? Si me fallas, te lo quitaré todo tan rápido como te lo he dado.

—Eso crees tú. — Esa seguridad que no se tambaleaba le empezaba a flaquear.

—No seas prepotente, chica. Me he cuidado de que todo vaya a mi nombre y que no puedas tener nada si no me obedeces.

—Eso era antes —se tomó unos instantes para ver la cara de confusión que empezaba a formarse en ella—. Pero tu vejez ha dado pie a ciertos errores que he convertido en mi beneficio.

La sonrisa de suficiencia de Helena terminó por desvanecerse. —¿Qué quieres decir con eso, chica?

—He ido desviando algunos fondos —ahora era el turno de que apareciera en Lorena una sonrisa de suficiencia—.Solo los que iban destinados a tus amigos o los que querías que «desaparecieran» para que no se pudieran declarar, claro está. Nunca he jugado con la vida de los empleados de la empresa.

—¡Eso es imposible! Siempre he tenido mucho cuidado de firmar cualquier documento — dijo con un nuevo golpe de bastón para enfatizar sus palabras. Lorena se acercó unos pasos más a ella. Al fin tenía algo contra ella y no al revés.

—Ya te he dicho antes que tu vejez ha jugado en tu contra y lo he aprovechado —dicho esto, le dio la espalda para irse.

—¡Bastarda! No sabes a quién te enfrentas, puedo destruirte en cualquier momento.

—Oh, de verdad —dijo con tranquilidad, volviéndola a tener de frente—. Adelante — terminó de decir con desafío.

—¡Puedo hacerlo ahora mismo! No lo dudes ni por un segundo —dijo con la voz ya ronca a consecuencias del tono de la conversación.

—No lo dudo, pero no lo harás.

—¡¿Por qué crees eso?!

—Puedes amenazarme todo lo que quieras, pero las dos sabemos que no te vas a enfrentar a un escándalo. — Al escuchar esa última palabra, Helena reaccionó asustada, cosa que no pasó inadvertida a Lorena. —No quedaría demasiado bien a tu imagen, estar en guerra con tu propia nieta —después de decir eso, volvió a girarse y sin hacer caso del estallido de insultos que escuchó a su espalda.

 Se iba y esa vez para no volver más a ese maldito lugar donde solo había conocido el sufrimiento, sintiendo desde ese momento una gran liberación en su interior, pensando en que podía cerrar al fin esa parte de su vida. Se subió a su coche y se apresuró a apretar el acelerador para irse lo antes posible, quemando el asfalto en ese proceso. En el trayecto al apartamento que pronto tendría que desocupar, tuvo que respirar profundamente varias veces para intentar tranquilizar su cuerpo agitado. Al fin la había enfrentado y finalmente se había terminado y no tendría que soportar más su tiranía. Era lo que había deseado durante todos esos años cuando reconocieron su apellido. Fueron muchos los años planeándolo para que todo saliera como ella quería. No le importaba el dinero, pero así conseguía dos pájaros de un tiro: su madre podría seguir con su tratamiento, tranquila, y ella había sacudido la fortuna de los Miller. Sin embargo, dentro de esa inmensa felicidad seguía habiendo un sentimiento de vacío. Un vacío que tenía nombre y que sabía perfectamente a quién se debía, pero no quería reconocerlo, ni tampoco pensar en ello. Eso quería obligarse, pero resultó que no era tan sencillo. No quería pensar en ella, pero no podía evitarlo. Sentía una molestia constante en su pecho de la que no podía deshacerse. ¿Por qué seguía pensando en ella? Cuando había terminado con alguna de sus amantes se había sentido aliviada después de apartarlas de su vida. Ese era el problema, no se había cansado de Abril. Y no podía sacársela de la cabeza por mucho que lo hubiera intentado. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que, al llegar a su apartamento, solo tuvo que dar una vuelta con la llave y entrar a su habitación sin darse cuenta de qué había encima de su cama.  cuando fue para deshacerse de su blusa, además de recoger unos documentos que había dejado en el cajón de su escritorio.

—¡Mi amor! — Escuchó una voz femenina y poco agradable a su espalda dándole un buen susto.

—¡Fernanda! —dijo al volverse y ver de quién se trataba, con un sentimiento de decepción porque por una fracción de segundo hubiera deseado de que se tratase de otra persona—. ¿Qué haces aquí?

—Te echo de menos — contestó, haciendo un pequeño puchero, y lanzándole un amago de beso, exhibiendo sus labios rojos excesivos. Entonces Lorena se dio cuenta de que agarraba con fuerza las sábanas sobre su pecho y que la parte que estaba expuesta solo era su piel desnuda.

—Fernanda, por favor, vete y deja de molestarme. — La fuerza de sus palabras y su seriedad hicieron que Fernanda cambiara de estrategia. Se levantó de la cama y dejó de lado la sábana para exhibir su cuerpo totalmente desnudo delante de ella.

—Te he echado de menos —volvió a repetir, pero dejando atrás la conducta más infantil para dejar paso a la mujer que había debajo.

Lorena la miró y se sintió asqueada por la humillación que estaba dispuesta a hacer solo para reclamar su atención. Ni tampoco el motivo por el que se había acostado con ella. Era atractiva, pero por muy rica que fuera, le parecía de lo más vulgar.

—Deja de humillarte, Fernanda. — La mujer acusó sus palabras con pena y su pálida piel empezó a enrojecer todo su cuerpo debido a la rabia que iba recorriéndola por todas partes.

—Es por esa puta, ¿verdad? — El estallido de furia solo provocó que Lorena se acercara a ella con una actitud intimidante.

—No vuelvas a llamarla de esa manera.

—¿Por qué? —le preguntó, desafiante.

—¿Has sido tú la que has subido esas fotos a internet?

—Lo que me faltaba, una humillación pública al ver que me has dejado por una cualquiera. — Volvió a insultarla y le molestó, pero Lorena no iba a entrar a ese juego. Así que, al ver su ropa por el suelo, la recogió para tendérsela.

—Vete de aquí de una vez —dijo, esta vez con una forma más tranquila.

—¡No, espera! —exclamó, cogiéndolo del brazo de forma posesiva cuando se alejaba de ella —. Te di tiempo para que te dieras cuenta de que tienes que ser para mí, que no hay otra mujer mejor que yo. ¡¿Cómo es posible que no lo veas?! —terminó de decir, abrazándola y apretándola, desesperada, contra ella.

—Fernanda, para ya —le dijo de forma suave, apartándola con delicadeza, no quería hacerle daño. Nunca le hizo promesas de algo más que sexo, pero se había hecho unas ilusiones que nada tenían que ver, pero no quería que sufriera por su culpa—. ¿Por qué no te vistes y hablamos?

—¡No! —exclamó, apartándose de ella repentinamente como si su tacto le quemara—. Eso quiere decir que no querrás volver conmigo —su voz sonaba dolida, pero también rabiosa. Lorena ya no sabía qué decir para que se sintiera mejor. —No voy a dejar que nos separe —le dijo con el dedo extendido—. Te lo advierto.

... Espero que les este gustando  *-*...


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