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Fecha: 24-May-17 « Anterior | Siguiente » en Parodias

Harry Potter y la ruta de Eros XXIII

Stonentaller
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 66 min. ]
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Ha llegado el juicio a Hermione, que decidirá su futuro y puede que el del mundo mágico. Harry, Ginny y Ron buscan respuestas mientras la lujuria se apodera de ellos. La curiosidad, eso sí, no siempre lleva a los lugares más adecuados. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

¡Bienvenid@ a la vigesimotercera parte de Harry Potter y la ruta de Eros!

 

Espero que vengas con muchas ganas de leer esta nueva parte de la historia, porque no sólo tienes para un buen rato, también hay mucho por descubrir. Sé que había mucha gente esperando para conocer alguno de los mayores misterios de esta historia, y créeme si te digo que yo también tengo ganas de resolverlos todos. Lo único que te puedo decir es que el relato que hoy publico es un punto de inflexión para lo que queda de serie. Nos acercamos poco a poco al final, y aunque aún queda bastante por contar hasta que llegue ese último capítulo, la trama avanza cada vez a pasos más firmes. Cómo no, me encantaría conocer tu opinión cuando acabes esta parte, porque creo que las cosas se ponen... interesantes, digamos, jaja.

 

Como sabes, escribir esta serie es cada vez más complicado porque a mi falta de tiempo libre se suma lo difícil de tener en cuenta los detalles de cada uno de los capítulos que quiero que tengan sentido en conjunto al final. Todo eso hace que haya tardado más en subir nuevas actualizaciones, pero estoy contento con cómo van mejorando (en mi opinión). Sea como sea, lo que pienses sobre cualquier punto del relato me interesa y me ayuda a tratar de hacerlo mejor. Al final, sin el apoyo que me dais con los votos, comentarios y correos electrónicos seguramente no habría seguido escribiendo, o no lo habría hecho con tantas ganas. Agradezco mucho las puntuaciones y los mensajes de lalo, scar, Daniel, Alex, Gargallu, Draco, Iván y acechador, además del resto de personas que me escriben por e-mail. No siempre llueve a gusto de todos, pero sigo escribiendo intentando que esta serie sea lo más divertida posible.

 

Aviso: En una parte del relato se confunden recuerdos y presente. La parte de los recuerdos estará escrita en cursiva y el resto de forma normal, para que se detecte sin problemas a qué pertenece cada frase.

 

Dejo por fin de escribir esta introducción, que como me descuide va a ser más larga que el relato, y me despido deseando que disfrutes del mismo. ¡Gracias por seguir ahí!

 

         36. Rubor

 

El ascensor se movía hacia arriba, hacia abajo o hacia los lados a voluntad, deteniéndose apenas unos segundos en cada destino para dejar salir y entrar a las atareadas personas que en él se apretaban. Todos los magos y brujas de aquel lugar, vestidos con túnicas sobrias y trajes oscuros, parecían concentrados en su trabajo y no daban la impresión de interesarse por nadie más.

 

En medio de todos ellos, Hermione se sentía totalmente fuera de lugar, empezando por el color claro de su conjunto, que destacaba enormemente entre los azules marinos y negros de sus acompañantes.

 

Cuando la señora Weasley le había tomado las medidas de su cuerpo, semanas atrás, creía que sólo lo hacía para tejerle uno de los clásicos jerseys de lana que regalaba a todos por Navidad, y que siempre eran más pequeños de lo apropiado. Por eso, Hermione se sorprendió cuando el día anterior al juicio, Molly apareció con un grueso paquete de Madame Malkin.

 

  • Pruébatelo, cariño. Verás qué bien te sienta.

 

Hermione había visto, sorprendida, que la señora Weasley le había regalado incluso un conjunto de ropa interior. Junto a ello había una falda de tubo que no alcanzaba sus rodillas, una blusa de calidad, una chaqueta ligera de color beis y unas sandalias con tacón.

 

  • No tengo palabras para agradecérselo, señora Weasley -había dicho Hermione tras la puerta de su habitación, desnudándose rápidamente.

 

No podía negar que Molly había elegido muy bien su atuendo, y disfrutó al verse en el espejo, con un estilo más adulto del que nunca había llevado. Sin embargo, todo el conjunto parecía una talla menor a la suya, desde el sujetador sin asas hasta la apretada falda que le hacía andar como si estuviera en una pasarela.

 

  • Te juegas mucho mañana, Hermione -había dicho Molly cuando le expresó sus dudas-. Tienes que utilizar todas tus armas.

 

No estaba muy segura de que las "armas" a las que hacía referencia la madre de su novio fueran adecuadas. Y desde luego le parecía ridículo y denigrante que aquello fuera a jugar en su favor, pero Molly había insistido tanto que acabó cediendo, más preocupada por el resto de temas que por su vestimenta.

 

Ahora, a escasos minutos del comienzo del juicio, sólo podía darle la razón a la señora Weasley. Los serios trabajadores del Ministerio que se apretaban con ella en el ascensor, a los que nada parecía afectarles, bajaban la mirada de forma pretendidamente discreta hacia el escote de su blusa. A pesar de que parecía estar diseñado para ser discreto y no mostraba demasiado, el tamaño de los pechos de Hermione era suficiente para llamar la atención sobre él. La propia blusa y su pequeño sujetador ayudaban a darle un aspecto más explosivo apretando su contenido bajo la chaqueta.

 

Por suerte, el señor Weasley la hizo salir del ascensor poco después, para decepción de sus acompañantes, algunos de los cuales parecían haberse saltado su destino sólo para deleitarse observando el cuerpo de la bruja.

 

  • ¿Lista, Hermione? No puedo quedarme más tiempo aquí -dijo, viendo que se acercaba por el pasillo uno de los empleados del Wizengamot-. Todo va a salir bien, ya lo verás. Estaré entre el público.

  • Gracias, señor Weasley -respondió ella, dándole un abrazo.

 

Arthur la correspondió, algo nervioso. Era la primera vez que estaban a solas desde la noche anterior.

 

  • Y Hermione, respecto a lo del otro día...

  • No sé a qué se refiere. Dormí plácidamente toda la noche -mintió Hermione, tranquilizando al mago.

 

Arthur sonrió ligeramente y se marchó hacia una pequeña puerta, no sin antes hacer lo mismo que muchos de sus compañeros, guardándose una imagen en la retina del busto de Hermione.

 

Pasaron unos minutos en los que una bruja muy amable se dedicó a explicarle lo que debía hacer y a tranquilizarla. Poco después, la voz profunda de un mago anciano pronunció su nombre tras unas altas puertas de roble.

 

Hermione respiró profundamente mientras se abría el acceso a la abarrotada sala de deliberación del Wizengamot y, con su valentía recuperada, dio el primer paso hacia su interior.

 

 

Los fuertes ruidos en la habitación hicieron que despertara, quejándose en silencio. Los golpes eran constantes, y sonaban apagados pero violentos. Conforme sus sentidos iban volviendo a su estado natural, fue distinguiendo más sonidos que provenían del mismo lugar. Intentó volver a dormirse, pero poco después escuchó la voz de Lavender, que sonaba desesperada.

 

  • ¡Oh, por todas las maldiciones imperdonables, dámelo! ¡Hasta el fondo! ¡Oh, por Merlín, qué grande! ¡Eres enorme!

 

Los gemidos que siguieron se coordinaban a la perfección con el chirrido de los muelles y los gruñidos de ese "gran hombre".

 

Abrió los ojos y vio que eran casi las 10 de la mañana. Ya no llegaría a su clase de Pociones, pero iba a ser un suplicio estar allí escuchando a la enésima pareja de su compañera de habitación. Se levantó sigilosamente y se quitó el pijama para colocarse un pequeño sujetador rosa, que quedó oculto tras la camisa, el jersey de Hogwarts y la corbata de Gryffindor. Sobre las piernas, más arriba en su cintura de lo que muchos profesores aprobaban, colocó la falda de la escuela y unos calcetines blancos que tapaban sus gemelos.

 

Salió de la habitación mientras Lavender pedía que le diesen una buena lección. Dio un portazo y bajó las escaleras del colegio con gracilidad hasta llegar a los jardines. El frío ahuyentaba a todos los alumnos de los exteriores del castillo, lo que le permitió un solitario paseo por el camino que conducía al campo de Quidditch.

 

Su escoba no destacaba entre el resto de las que se guardaban en el pequeño cuarto al lado de los vestuarios, pero le tenía un cariño especial. Montó en ella con la destreza habitual, disfrutando del viento que golpeaba su cara y de la tensión de las caídas en picado y los lanzamientos imposibles con la quaffle. Tras un buen rato practicando a solas los movimientos clásicos de los cazadores, una idea le pasó por la cabeza.

 

Bajó de nuevo al cuarto de las escobas y guardó la quaffle. Luego, asegurándose de que no venía nadie, soltó la snitch dorada.

 

Durante unos minutos, se divirtió como nunca persiguiendo la escurridiza pelota dorada, que esquivaba todos sus intentos por atraparla. Después, la perdió de vista girando en una de las torres y pasó tanto tiempo sin verla que ya sólo pensaba en cómo salir de aquel lío. Pero un destello dorado captó su atención antes de rendirse, y vio cómo se alejaba del estadio. Con toda la velocidad que su escoba le permitía, Ginny se lanzó atravesando árboles y paredes de piedra volando tras aquella estúpida y valiosa pelota. Cuando la tuvo al alcance de la mano perdió la noción de todo lo que ocurría a su alrededor y se lanzó en picado a atraparla, con resultado positivo. Contenta con su logro, fue incapaz de darse cuenta a tiempo de que se acercaba a uno de los invernaderos. Cuando intentó frenar ya era tarde, y un estruendoso golpe acabó con parte del tejado acristalado.

 

Dolorida en el suelo pero con la snitch en la mano, Ginny observó la vacía estancia. Su escoba estaba intacta, por suerte, junto a unas plantas de aspecto extraño.

 

  • ¡G-Ginny! ¿Qué haces aquí? -dijo una voz a su espalda.

  • ¿Tú qué crees, Neville! ¡Ay! -respondió, intentando mover su pierna.

 

El asustadizo chico parecía estar allí solo, y en lugar de ayudarla trató de pegar los cristales de nuevo con su varita.

 

  • ¡Neville! -gritó, enfadada.

  • ¿Q-qué?

  • Creo que los cristales pueden esperar. ¡Soy yo la que ha tenido un accidente!

 

Neville pensó un momento y luego se acercó, deteniéndose a un metro de ella.

 

  • Pero yo no sé ningún hechizo para ayudarte.

  • Cualquier cosa valdrá, te lo aseguro.

  • A-avisaré a la s-señora Pomfrey, tengo clase y...

  • ¡Neville, por favor!

 

El joven mago se acercó un poco más, temeroso.

 

  • Mi abuela me enseñó algunas técnicas muggles. Ya sabes, pensaba que nunca sería capaz de hacer magia. S-supongo que puedo intentarlo. ¿Dónde te duele?

 

Ginny se levantó un poco la falda y mostró su pierna izquierda, con algunos arañazos y golpes, a Neville. Las orejas del mago se pusieron rojas al instante, provocando una sonrisa a Ginny. Las manos de Neville sudaban y temblaban cuando empezó a darle un masaje alrededor de la rodilla.

 

El dolor del impacto desapareció pronto, por suerte para la bruja, pero entonces ya no quería que dejase de tocarla. Con un atrevimiento inusual para ella, levantó todavía más su falda, mostrando todo lo que escondía, a un nerviosísimo y colorado Neville que parecía a punto de explotar.

 

  • Creo que esa zona ya está bien, pero todavía me duele por aquí -dijo, señalando su muslo-. ¿Por qué no pruebas más arriba?

 

Obediente, su compañero subió ligeramente las manos. Los dedos de Neville trabajaban mucho mejor de lo que imaginaba, y le hacían mucha gracia sus intentos por no verle las piernas bajo ningún concepto.

 

  • ¿E-está bien por aquí, Ginny? -preguntó, cada vez más tímido.

 

Un pequeño gemido de duda salió de la boca de Ginny, que se mordía el labio con fuerza, hasta que decidió que esa zona ya estaba lista. Agarró entonces la mano derecha de Neville y le atrajo hacia ella.

 

  • ¿Por qué no pruebas -preguntó Ginny casi en un suspiro-... por aquí?

 

Lentamente y con una sonrisa segura, Ginny llevó la mano de Neville directamente a su tanga, posando los firmes dedos del mago sobre su sexo.

 

 

El portazo en la habitación le bajó en un momento la excitación que llevaba ganando durante casi media hora. Dejó de moverse y escuchó con atención, aún totalmente dentro de Lavender.

 

  • Vamos, no es nada -dijo la bruja rubia, abierta de piernas para él-. Puede que fuera Parvati.

  • No era Parvati, la vi saliendo de la Sala Común -respondió él, sin hacer caso de los movimientos de pelvis de su amiga, que quería sentirle de nuevo rozándose dentro de ella-. ¿No habías dicho que estabas sola?

 

Trató de salir de Lavender pero ella le apretó el culo con las piernas a tiempo para evitarlo.

 

  • Ni se te ocurra dejarme así, listillo -decía la apasionada bruja de Gryffindor agarrándose sus firmes tetas-. Vamos, ¡lo estás deseando!

  • ¿Qué crees que va a pasar si mi hermana me ve aquí, Lav? No se lo va a callar, ¿entiendes?

 

A Lavender aquello parecía darle igual y se limitó a darle un beso lleno de deseo. Ron empezó entonces a metérsela de nuevo, subido encima de ella. Hizo que se corriera con unas cuantas embestidas más y mientras ella aún se recuperaba de los espasmos, el pelirrojo ya se había puesto el pantalón y se estaba abrochando la camisa.

 

  • ¿Lo dices en serio, Ronnie? ¿Te vas a ir así? -dijo, señalando la obvia erección que destacaba en sus pantalones de tela-. Déjame calmarte.

 

Se acercó a él, besándole el pecho y acariciando su duro pene sobre la ropa, pero Ron se limitó a ignorarla y se marchó en busca de Ginny, dejando a Lavender con los labios apretados por la frustración.

 

La Sala Común estaba ocupada por los alumnos de quinto, que preparaban los T.I.M.O.S con ganas. Ginny no estaba allí, y a Ron se le ocurrió que podia haber ido a buscarle a la habitación, por lo que subió a la torre de los chicos. Su hermana tampoco lo esperaba en su cuarto, pero sí una minúscula lechuza de color marrón con un mensaje en la pata. Ron le dio un par de golosinas y recogió la carta.

 

Querido R.W.,

 

Los últimos acontecimientos son de gran interés para la comunidad mágica, como comprenderás.

 

Después de nuestro fructífero primer encuentro, creo que sería muy interesante para mí contar con la reputada opinión de una de mis fuentes más... firmes. Lo ideal sería una discusión en privado, para poder tocar todos los temas sin distracciones.

 

Te espero junto a los restos del sauce boxeador a mediodía.

 

Espero que vengas dispuesto a darme hasta la última gota de tu apetitosa información.

 

R.S.

 

¿Qué quería ahora Rita, y cómo pensaba entrar en Hogwarts sin autorización? "Se está volviendo loca", se dijo Ron, recordando sin embargo que parecía muy cuerda en La Casa de los Gritos. Un estremecimiento placentero le recorrió la espalda pensando en ello, pero se lo quitó pronto de la cabeza.

 

Vio la cama vacía de Harry y sintió pena. Trataba de odiarle por haberse acostado con Hermione, pero sinceramente no sentía ningún desprecio real por él. Si era verdad que la prueba de la ruta de Eros consistía en eso, lo único que habían hecho era por el bien de todos, o eso quería pensar. Quizá lo que realmente le ocurría es que él mismo sentía que le estaba fallando a sus amigos y que algo superior a su voluntad se estaba apoderando de ellos.

 

La cabeza empezó a dolerle pensando en todo aquello, y se le revolvía el estómago imaginando a su novia y su mejor amigo difrutando a sus espaldas. Llevaban tantos años siendo inseparables los tres que ahora todo le parecía irreal. Maldijo para sí mismo el hecho de haber tenido que crecer y que los sentimientos de lealtad y el cariño que siempre se habían tenido se hubieran corrompido por los deseos instintivos a los que con tanta facilidad se entregaban. Después, se durmió.

 

Sintió que se despertaba sobresaltado y fuera de lugar. Parpadeando rápidamente, se acostumbró a la luz que le golpeaba la cara y pronto notó el viento a su alrededor. Estaba de pie en medio de los jardines de Hogwarts. Un sonido conocido le llegaba desde abajo. Hacia él dirigió la mirada, para encontrarse con unos ojos verdes, fijos en él tras unas pequeñas gafas con una montura estrambótica. La media melena rubia de su benefactora se movía junto a su cabeza. Los labios de Rita, pintados de un rojo pasión muy llamativo, estaban dejándole marcas en zonas cercanas a su vientre gracias a su mejorada habilidad felatoria. A Ron nunca dejaría de sorprenderle aquel mundo mágico, ni las ganas que ponía la periodista cuando trabajaba con su enorme polla.

 

 

Los alumnos seguían entrando a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y Harry esperaba, sentado en el sitio de la primera fila que había escogido Neville, pero para su sorpresa, su amigo no había aparecido todavía, algo muy raro en él. Tras esa clase tenía una nueva sesión para indagar en sus recuerdos con Tonks, y no sabía lo que esperar de ella, lo cual le ponía muy nervioso. Estaba levantándose para buscar un sitio más alejado cuando Cho apareció y se sentó junto a él.

 

  • Hola Harry. ¿Te importa que me siente contigo? -dijo la chica asiática, contenta.

  • N-no, claro. ¿No ha venido Noshi?

  • Va a pasar la Navidad con su familia en Japón. Se fue ayer.

 

Harry asintió, fijándose en la corta falda que permitía ver las piernas de su exnovia, delgadas y claras bajo unas medias finas. Se alegró al confirmar que lo que le había dicho a Luna era cierto. A pesar de que Cho era tremendamente atractiva, el deseo incontrolable de aquellos meses parecía haber desaparecido, curiosamente. Un mes atrás y no habría podido pensar en otra cosa durante el resto de la clase. Eso no evitó, de todas maneras, que disfrutase viendo también las largas piernas de Tonks, cuyos altos tacones se escuchaban desde que entró en el pasillo.

 

La clase, a la que pudo atender mucho más que el resto del curso, duró dos horas que le parecieron unos minutos. Cho le sonreía y rozaba conscientemente su pierna contra él y la lección sobre hombres lobo de Tonks fue una maravilla (algo normal, con su experiencia en el tema). Tonks se paseaba además contoneando su atractivo trasero para alegría de sus alumnos, y sus piernas parecían tan largas con su minifalda y sus tacones que hipnotizaban a cualquiera. A pesar de que cubría la parte superior de su cuerpo con varias capas de abrigo, parecía no estar pasando nada de frío a escasos días de la llegada del Invierno.

 

Harry estaba quizá más contento por ser perfectamente capaz de no sentir un deseo inaguantable por aquellas dos mujeres que por cualquier otra cosa. Cuando acabó la clase, no tuvo remordimientos cuando Cho le ofreció acompañarla a estudiar.

 

  • Tengo que hacer un trabajo para Tonks -mintió a medias, ante la cara de decepción de su amiga.

 

Como dos semanas atrás, Tonks le había indicado con su dedo índice que la siguiera. Como dos semanas atrás, fue a su espalda todo el camino, fijándose en su erótica forma de andar. Pero, a diferencia de dos semanas atrás, ahora sólo pensaba en que esa tarde estaría con Luna, y no veía a Tonks con fines sexuales. O, al menos, no lo hizo hasta que se adentraron en la oscuridad.

 

Esta vez Harry frenó antes de chocar con su profesora, pero fue ella la que dio un paso atrás y pegó su culo a la entrepierna de su alumno. Un aroma dulce llenaba la estancia, y Harry ya no estaba seguro de su autocontrol. El trasero de Tonks era tan firme como la fantasía le había mostrado, y pronto el recuerdo y el roce con él actuaron sobre su aparato.

 

  • ¿Venías viéndome el culo, Harry? -preguntó su profesora, moviéndolo un poco sobre él, como si no se diera cuenta.

  • L-lo siento, Tonks, no puedo entenderlo.

  • Oh, yo sí -rio Nymphadora, separándose de su erección-. El profesor Slughorn sigue siendo una eminencia.

 

Abrió entonces la puerta y anduvieron hasta la estancia iluminada por velas y con la fuente que rodeaba el sillón.

 

  • ¿Slughorn? ¿Qué está pasando, Tonks?

  • Siéntate, esto es importante -dijo ella, dejando una bufanda en el suelo.

 

Harry no pudo evitar pensar en los gruesos labios de su profesora, bajo sus grandes ojos y la melena violeta.

 

  • Verás, Harry. No sé qué es lo que te está pasando en concreto -dijo Tonks, desabrochándose la chaqueta-. Pero sí sé qué es lo que está haciendo funcionar ese cerebrito tuyo.

 

Harry seguía sin entender, mientras capas de ropa caían del cuerpo de Tonks poco a poco.

 

  • Por alguna razón, lo estímulos sexuales son los únicos capaces de hacerte reaccionar últimamente -siguió Tonks, seria-. El profesor Slughorn me ha ayudado a preparar esta sala, ¿lo notas?

  • ¿El olor?

  • ¡Exacto! ¡Chico listo! -rio Tonks-. Pero no sólo eso, qué va. Necesitabas más poder para tratar de escarbar en tu memoria. Tengo que admitir que la idea ha sido de Snape, ya ves. No sé cómo se ha enterado de esto ni desde dónde ha enviado su carta, pero tras pensarlo detenidamente, tiene sentido. Este... deseo... -dijo, desabrochándose la camisa-. Encierra mucho más poder del que pensábamos.

 

"¿Snape? ¿Poder del deseo?", pensaba Harry. "¿A qué se refiere?".

 

  • ¿Dónde está esa poción, Tonks? ¿Y para qué...?

  • Mira detrás tuya.

 

Harry se giró en la silla y se fijó en la fuente. Lo que pensaba que era agua en realidad era algo más espeso, aunque transparente. Acercó la cara para detectar la fuente del aroma que lo invadía.

 

  • "¿Para qué?", preguntas. Para permitir que encuentres lo que tu mente esconde. Para excitarte, Harry -su voz sonaba muy cercana-. Empecemos.

 

Harry se dio la vuelta. Tonks le apuntaba a la cara con su varita y una expresión seria en los labios.

 

A Harry le dio tiempo a echar un vistazo a su profesora antes de que su hechizo impactara contra él. Su minifalda seguía mostrando unas piernas larguísimas y unas caderas de infarto. Más arriba, y gracias a que Tonks se había agachado ante él, de un top blanco de asas colgaban dos tetas descomunales, cuyos gruesos pezones se hacían notar a través de la escasa tela que contenía aquel magnífico busto. Después, se hizo la oscuridad.

 

 

 

Los altos techos de la sala la intimidaron nada más entrar. La tribuna de invitados estaba repleta, haciendo que la estancia pareciera mucho más pequeña de lo que era en realidad. Avanzó hasta el centro y esperó en el lugar que le habían indicado, sin perder detalle de la grada en la que los magos y brujas del Wizengamot se sentaban, amenazadores. Entre ellos había algunas caras conocidas y amables, como la de Elphias Doge o la de Alastor Moody. En el centro, ocupando el asiento del Jefe Supremo, estaba el Ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, con mirada severa.

 

  • Hermione Jean Granger -empezó a decir en alto un rollo de pergamino situado al lado de Percy Weasley, que tomaba notas-. Se le acusa de quebrantar la Quinta Orden Mágica en su apartado decimonoveno, la Convención Internacional Contra el Abuso en el Uso de las Habilidades Mágicas en sus artículos doce, veintiocho, ciento siete, cuatrocientos quince y mil novecientos tres; el Acuerdo Para el Efectivo Control de...

 

Durante casi diez minutos, aquel pergamino se dedicó a nombrar normas indescifrables para ella, que trataba de respirar profundamente para mantener la calma. No pudo evitar fijarse en que algunos de los miembros del Wizengamot hablaban en susurros señalándola. Se preguntaba si la razón serían los cargos o su atuendo, que atraía muchas miradas indeseables.

 

  • ... y la Magnánima Orientación de Merlín, en sus siete primeras secciones -terminó el pergamino-. ¿Ha entendido las razones por las que está hoy aquí?

  • S-sí -mintió Hermione, aclarándose la garganta.

 

El rollo de pergamino se cerró, satisfecho, y Hermione al fin se pudo sentar en la única silla presente en el centro de la sala. Cruzó las piernas, pasando la derecha por encima de la otra, temerosa de mostrar, por culpa de su corta falda, partes de su cuerpo que prefería mantener escondidas.

 

  • Señorita Granger, exponga su versión de los hechos -solicitó firmemente Scrimgeour.

 

Hermione explicó lo mejor que pudo cómo había encontrado a Malfoy atacando a Gabrielle y tratando de agredirla, amenazándola. Algunos gruñidos de desaprobacion se levantaron cuando contó cómo Malfoy se tocaba el pene ante la chica francesa y cómo había tratado de evitarlo con un hechizo.

 

  • Tengo entendido que la Sección Prohibida no es de libre acceso para los alumnos -la interrumpió una bruja anciana-. ¿Algún profesor le permitió la entrada?

  • No, señora.

  • ¿Por qué fue allí, entonces? -preguntó otro mago con una expresión amarga-. Sabía que el señor Malfoy estaba allí, ¿verdad? Lo tenía todo planeado.

  • N-no, no es cierto -respondió ella-. Sólo buscaba un libro.

  • ¿Qué libro era?

 

Hermione se detuvo un momento, recordando el libro rojo y dudando sobre qué decir de él.

 

  • No tiene nombre.

  • ¡Oh, no tiene nombre! Qué casualidad -rio el mago de antes-. Señor Ministro, termine con esta farsa. Hay cosas más importantes que requieren de...

  • ¡Silencio! -bramó el Ministro, que echó un largo vistazo a Hermione antes de seguir-. Señorita, por favor, responda a la pregunta. ¿Qué buscaba en ese libro?

 

Hermione, temblorosa y sonrojándose, decidió decir media verdad.

 

  • Es... es un libro que descubrí por casualidad -dijo, titubeante-. Cuenta historias íntimas, romances...

 

Toda la sala entendió lo que quería decir, por su forma de contarlo, y ahora fue el Ministro el que se puso algo nervioso. Se escucharon risitas entre el público, mientras algunos de los miembros del Wizengamot parecían gozar imaginándose a Hermione dándose placer a sí misma y acariciando su exhuberante cuerpo mientras leía.

 

  • Bien, comprobaremos la lista de retiradas de la biblioteca -siguió al fin Scrimgeour, haciéndole un gesto a Percy-. Señorita Granger, ¿por qué decidió utilizar el maleficio Cruciatus, pudiendo hacer uso de un simple hechizo aturdidor?

  • ¡Siempre lo ha odiado! -se escuchó decir a alguien del público, a quien sacaron de la sala al momento.

 

Hermione se quedó en blanco. Kingsley le había dicho que se declarase culpable, y ella lo tenía decidido para evitar ir a Azkaban, pero ahora, ante el Wizengamot, la idea de mentir se hizo una losa muy pesada para ella

 

  • Yo... Y-yo no... -empezó a decir, con voz temblorosa, antes de que todas las miradas se apartasen de ella y acudiesen a la puerta.

 

Temerosa de girarse, Hermione escuchó los pasos firmes acercándose a ella, y la túnica púrpura que tantas veces la había reconfortado se situó a su lado, sin tocarla.

 

  • Rufus, amedrentar a una alumna de Hogwarts no es tan sencillo como atacarla con preguntas insidiosas. Ni para el más hábil de los magos -dijo Albus Dumbledore, con voz calmada y tranquilizadora

 

 

 

Aunque Neville se había quedado paralizado, el calor de sus dedos tocando su tanga era agradable de por sí. El mago la miraba con los ojos como platos y ella le devolvía la mirada con fingida inocencia, mordiéndose el labio.

 

  • Por aquí es donde más necesito esas habilidades muggles tuyas -susurró Ginny, viendo que no reaccionaba.

 

Apretando los dedos del chico contra su entrepierna, comenzó a guiarle obligándole a tocarla con movimientos circulares. Neville se dejaba llevar todavía sin reaccionar, hasta que un ligero gemido de Ginny hizo que sus orejas casi pasaran del rojo al lila y se encogió, llevando la mano libre a su aparato mientras hacía extraños sonidos.

 

"¿Se acaba de correr?", rio Ginny para sí misma, sin saber si sentirse halagada o sentir pena por el chico. La respuesta se la dio su sexo, que sin duda se sentía halagado, pidiendo que jugara más con Neville. Haciendo caso a sus impulsos, Ginny apretó los dedos del mago cada vez más contra ella. A pesar de la vergüenza que debía estar pasando, Neville fue ayudándola poco a poco moviéndolos él mismo, y pronto Ginny empezó a desplazar su cadera buscando puntos de mayor placer.

 

  • Así está mejor, Neville. Se te da... -se detuvo para soltar un suspiro de placer-. Se te da muy bien.

 

El tímido mago ganaba confianza poco a poco, y pronto Ginny dejó de dirigirle y apoyó ambas manos en el suelo. El uniforme de Hogwarts era un incordio pero no quería asustar al joven así que no se quitó nada. Tenía las piernas bien abiertas para que Neville, ya acomodado entre ellas, la acariciase bajo la falda provocándole numerosos espasmos.

 

Cuando se quitó el tanga, mostrando su húmedo y rosado sexo a Neville, toda la confianza que el chico había ganado pareció desvanecerse.

 

  • Y-yo nunca había visto nada parecido -confesó el mago, tembloroso.

  • ¿Por qué no lo pruebas? -respondió Ginny, que se derretía imaginándolo-. Sólo tienes que ir despacio y luego, déjate llevar.

 

Ginny vio con placer cómo el chico, tras momentos de duda, acababa agachándose y acercando la cabeza a sus piernas. Como si le hubiera enseñado mil veces, Neville empezó su camino con tímidos besos en sus piernas, mientras de nuevo pasaba sus manos firmes sobre ellas. Sus labios paseaban por cada zona a su alcance aumentando el deseo. Ginny temblaba de la emoción y sus pezones amenazaban con hacer estallar la ropa.

 

Cuando los labios y la lengua de Neville empezaron a internarse en el interior de sus muslos, Ginny tenía ganas de gritar de deseo, pero el hormigueo en sus piernas era tan placentero que dejó que avanzara a su ritmo. Poco después, la cabeza de Neville desapareció bajo su falda, y con un par de lametones indecisos sobre su sexo, comenzó una de las comidas de coño más placenteras que Ginny recibiría jamás.

 

Los labios de Neville se encargaban de posarse en sus zonas más erógenas como aviso de que su lengua llegaría instantes después para cegarla de placer. Ginny se mordía un dedo con fuerza para acallar los gemidos mientras aquel mago primerizo lamía hasta el último punto de su manjar con las ganas de alguien que cree que nunca más tendrá una oportunidad como aquella. "Oh, la tendrá, la tendrá", se decía Ginny, incapaz de articular un pensamiento coherente por culpa del hombre que chupaba su coño con una maestría inesperada.

 

Si le preguntaran a Neville, probablemente no sabría decir dónde estaba el clítoris de su amiga, pero un instinto animal llevaba su lengua de paseo por su sexo para lamer en el momento justo aquel pequeño desfibrilador, para después chuparlo con sus labios y volver a recorrer de arriba abajo los simétricos labios de Ginny, abiertos de par en par. Los gemidos de la pelirroja corriéndose mientras arqueaba la espalda le animaban todavía más, y pronto los dedos que tan bien trataron sus piernas entraron a jugar dentro del empapado agujero de Ginny, saliendo sólo para recordarle que no sólo la lengua iba a estimular su erecto clítoris.

 

Fueron unos minutos inolvidables para Ginny, que disfrutaba de aquel inconcebible sexo oral rodeada de las extrañas plantas del invernadero, agarrada al pelo de Neville sin pensar, sólo deseando que nunca saliese de entre sus piernas abiertas. Fue recuperando la compostura poco a poco, incorporándose entre los lametones y los dedos que la hacían temblar, hasta que consiguió levantar al mago.

 

  • Quiero estrenar más cosas -dijo Ginny con voz seductora, desabrochándole el cinturón.

 

Neville parecía conservar su timidez a pesar de que sus labios estaban manchados todavía del placer de la pelirroja. Por suerte, entre sus piernas no había un ápice de nerviosismo, como Ginny comprobó asombrada. Tras limpiarlo de la anterior corrida con un movimiento de varita, la menor de los Weasley agarró la polla de Neville para comprobar que era tan rígida como gorda. Le dio un par de sacudidas y volvió a tumbarse en el suelo. Abrió las piernas de nuevo invitándole a pasar y se deleitó viendo la grandísima lanza que nunca se habría imaginado que estaría bajo los pantalones de Neville, deseando que la atravesase al fin.

 

 

 

La periodista siguió mamándole unos segundos mientras gemía de gusto, llenándose la boca con todo lo que podía y ayudándose de la mano para pajearla al mismo tiempo. Fue entonces cuando vio la cara de Ron, que fruncía el ceño, y se la sacó de los labios, sorbiendo un pequeño hilo de saliva.

 

  • Oh, sí, perdona -rio tontamente-. La entrevista. Es que venías tan decidido, y con lo que tienes... -siguió, echando un vistazo a Ron mientras se guardaba el aparato en unos apretados boxers-. Ven por aquí.

 

Ron, que no entendía cómo había llegado allí, siguió a Rita a través de los jardines hasta un punto cercano al Bosque Prohibido que le resultaba familiar. Era imposible no fijarse en la minúscula falda de Rita, típica en ella, sobre unas medias de puntilla que seguramente le habían ayudado muchas veces a conseguir sus extrañas exclusivas.

 

  • Bueno, ¿no tienes nada que decir? -preguntó Rita, deteniéndose en un claro.

  • ¿Decir? ¿Sobre qué? ¿No deberías decirme tú cómo has entrado en Hogwarts?

 

Rita soltó una risita y se acercó a él, acariciándole el pecho.

 

  • No querrás descubrir todo lo que tengo que ofrecer antes de tiempo, ¿verdad? -dijo, dándole un beso en la comisura de los labios-. Ahora, dime qué encontraste aquí -siguió, seria de repente.

  • ¿Aquí...? ¿Qué iba a encontrar yo...?

 

Entonces recordó dónde estaban. Allí Catho había encontrado algo en clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, pero Parvati lo había distraído. O más bien el culo de Parvati. Se estremeció recordando cómo habían empezado a follar allí, descontrolados, hasta que los remordimientos pudieron con él.

 

  • No tengo nada que hubiera aquí -dijo, al fin.

  • ¡Oh! Pero había algo -sonrió Rita, satisfecha-. Dime, ¿quién se lo llevó?

 

Ron no respondió.

 

  • Quizá... ¿una amiga? -dijo ella astutamente-. ¿O algo más? -se agachó en una zona con la tierra removida, levantándose la falda para mostrar su tremendo trasero-. "¡Oh, oh, Ronald! Métemela hasta el fondo. ¡Oh, no tan duro! ¡Cómo me gusta follarme a chicos comprometidos! Y esa polla... Es taaaan grande..." -volvió a colocarse la falda y se levantó, arqueando una ceja-. Dime, Ron. ¿He acertado?

 

Ron, avergonzado, bajó la mirada, pero Rita le agarró la barbilla y le levantó la cabeza, poniéndose a unos centímetros de él.

 

  • ¿Me lo vas a decir, Weasley? -dijo, seria, y tras ver la negativa en sus ojos, continuó-. De verdad confías en tus amigos de Hogwarts, ¿eh? -rio amargamente-. Te daré un consejo. Hay gente que esconde muy bien el monstruo que lleva dentro, pero sigue ahí aunque no lo veas. Aprende a detectarlo antes de que sea tarde.

 

Acto seguido, le dio un fuerte beso en los labios y se apartó, juguetando con su chaqueta.

 

  • Y ahora, ya que estás tan poco hablador, habrá que adelantar la siguiente parte del acuerdo.

 

Tiró la chaqueta al suelo, se deshizo del corsé y mostró sus grandes tetas operadas a Ron, que ni siquiera trató de pelear contra sus instintos.

 

 

 

Volvió a verse a sí mismo estudiando en la mesa de la biblioteca, junto a Ron y Hermione, que no parecía muy contenta. Su cara indicaba que no estaba muy concentrado, y poco después se dirigía a la salida para reunirse con Cho y Noshi. Como la última vez, todo se oscureció entonces.

 

  • Vuelve atrás -escuchó decir a Tonks a su espalda.

 

Fue como si rebobinara una película. Todo fue hacia el pasado a cámara rápida, hasta unos diez minutos antes. Su profesora contemplaba ahora la escena a su lado. Harry todavía no se había acostumbrado y echaba miradas de reojo a la pequeña camiseta de asas de la bruja, que se había aumentado los pechos gracias a sus habilidades de metamorfomaga.

 

  • Míralas sin miedo, si eso te ayuda -dijo Tonks entonces seria, girando la cabeza-. Puede que sea tu profesora, pero esto es más importante. Además, siempre puedo hacer que lo olvides, no sería la primera -acabó, con una sonrisa irónica y levantando la varita.

 

Harry no sabía hasta qué punto lo decía de broma, pero le hizo caso y aprovechó para acercarse y ver las grandísimas tetas de su profesora sin pudor. La camiseta transparentaba dos pezones de buen tamaño y se apretaba a la delantera de Tonks como si nunca fuese a soltarla.

 

Embobado ante la visión de sus pechos y con una erección incipiente, un impulso hizo que agarrase uno de ellos y disfrutase de su firmeza y suavidad.

 

  • Harry... No estoy segura de que esto sea necesario -decía Tonks, que sin embargo no le obligó a parar.

 

Era un sueño hecho realidad para él. Tantas fantasías en Grimmauld Place con aquella magnífica aurora, las visiones cuando se convirtió en su profesora, y por fin la estaba tocando. Ni siquiera se dio cuenta de que el Harry de su recuerdo había salido de la biblioteca y ahora subía las escaleras. Sin embargo, cuando llegaba al quinto piso, sin ninguna explicación se daba la vuelta y bajaba de nuevo corriendo.

 

Harry, con una erección en los pantalones y sin dejar de tocar el pecho de Tonks, vio a su yo pasado llegar hasta la puerta del aula donde se había desmayado. Allí, empezó a buscar entre los libros que se guardaban en el aula, y cuando iba a sacar uno, todo volvió a la oscuridad.

 

  • ¡No! -gritó Tonks inesperadamente, haciendo un movimiento imprevisto.

 

La mano de la profesora acabó sobre la pierna de Harry. El impulso de separarse fue contenido cuando la imagen del recuerdo volvió a ganar nitidez, aunque no totalmente.

 

Tonks miraba a Harry a los ojos, dudando sobre lo que hacer. El mago, sorprendido, seguía agarrando una de las tetas de su profesora. Tras un momento de indecisión, Tonks giró de nuevo la cabeza para ver el recuerdo de Harry y, casi como si no fuera con ella, empezó a acariciar de arriba abajo la erección de su alumno.

 

Tocándose el uno al otro, los recuerdos volvieron a cobrar vida, y el Harry del pasado ya se sentaba en una de las mesas para leer el libro escogido. Poco después, aparecía por la puerta Angelina.

 

  • ¡Fue ella! -gritó Harry, asombrado, antes de que Tonks le hiciera callar.

 

Su excompañera de Gryffindor se acercaba a él de forma seductora, preguntándole qué leía. La charla no tenía nada de especial, pero cada cierto tiempo la imagen perdía claridad, momentos en los cuales Tonks aumentaba el ritmo al que frotaba su erección.

 

Poco después, el recuerdo daba paso a algo que Harry desde luego no esperaba. Angelina cerraba la puerta y empezaban a besarse sobre la mesa del profesor. La escena iba subiendo de temperatura, y Harry notó la respiración de Tonks acelerándose. Cada vez era más difícil mantener la imagen, y cuando vio que Angelina empezaba a chupársela, arrodillada sobre la mesa, Tonks le bajó los pantalones y los calzoncillos sin previo aviso y empezó a meneársela con la mano izquierda, con los ojos abiertos por la sorpresa.

 

  • Que... puto... pollón -escuchó susurrar para sí misma a Tonks, que le pajeaba todo lo duro que podía, de pie a su lado.

 

En el recuerdo, Angelina montaba sobre Harry gimiendo como una loca, y en la realidad Harry no sabía si fijarse en el tremendo culo de su amiga o en las tetazas de su profesora, que acababa de sacar de la camiseta para doble placer de sus ojos y de su polla, que creció todavía más en la experta mano de Tonks.

 

Cuando el Harry del recuerdo se corrió en las tetas de Angelina, Tonks ya parecía sufrir para no hacer lo mismo que ella. Angelina salía en ese momento de allí y Harry, cuando se dirigía hacia la salida, cayó al suelo sin intervención aparente, devolviendo al recuerdo a la oscuridad.

 

  • ¿Qué? ¿Eso es todo? -dijo Tonks, apenada y masturbando a Harry con las dos manos para tratar de volver a escarbar en los recuerdos.

  • Quizá si aumentamos el estímulo... -dijo Harry, incapaz de controlarse, antes de empezar a chuparle los gruesos pezones.

 

Los gemidos apagados de Tonks se hicieron evidentes, sin que parase ni un momento de meneársela a su alumno, pero era obvio que no era suficiente.

 

  • Tienes razón, Harry -dijo, apartándose y agachándose ante él-. Jamás le cuentes nada de esto a Remus.

 

Harry no podía creerse lo que estaba viviendo cuando su profesora, Tonks, se metió su enorme polla en la boca, y con los gruesos labios y la lengua chupándola, la fue dejando entrar, poco a poco, hasta hacerla desaparecer.

 

 

       37. Palidez

 

  • Esto es absurdo, Albus. Deberías ser el primer interesado en castigar un hecho como este. Eres el director de ese colegio, por Merlín -decía Scrimgeour, serio-. ¿También vas a negar que se haya utilizado una maldición imperdonable?

  • Desde luego, Rufus -respondió el anciano director con voz calmada pero firme-. Como Director de Hogwarts, mi deber es que se haga justicia, no castigar al más débil por los errores de otros.

 

Un murmullo recorrió la sala del tribunal. Dumbledore llevaba hablando enigmáticamente unos minutos, y Hermione no comprendía sus palabras. La discusión con sus compañeros del Wizengamot era cada vez más acalorada, pero no parecía afectar al director. Esa tranquilidad se la transmitía a la propia Hermione, que había perdido protagonismo ante las insinuaciones que se estaban haciendo en aquella sala. Harto de ellas, Scrimgeour estalló al fin:

 

  • ¡No te creas que puedes seguir faltando al respeto a este tribunal por el aprecio que te tenemos, Albus! ¡Si tienes algo que decir, sé claro! ¡La seguridad del mundo mágico está en juego!

 

Dumbledore echó un largo vistazo a las personas que se agolpaban en las sillas de invitados antes de responder.

 

  • No te equivoques, Rufus. Siempre he sido claro y he respetado la opinión del Ministerio -respondió el director, con una mirada severa-. Si no he dicho más, es porque creía que el Ministro de Magia no querría airear ciertos asuntos en una audiencia pública.

  • El Ministro de Magia no tiene nada que esconder a los magos y brujas de este país -respondió el propio Scrimgeour, hablando de sí mismo en tercera persona-. ¡Di ahora lo que tengas que decir, o déjanos aclarar este tema de una vez por todas!

 

Dumbledore miró de reojo a Hermione con una pequeña sonrisa tranquilizadora en los labios y luego habló como le había pedido el Ministro.

 

  • Tras el robo producido en la Academia Mágica Beauxbatons la directora Maxime acudió en primer lugar a mí, como bien te expliqué en su momento. Han pasado años desde aquello, y a pesar de nuestras advertencias no habéis querido hacer nada por arreglarlo hasta que habéis visto el peligro llamando a vuestra puerta -empezó Albus, con la mirada fija en un serio Scrimgeour-. Mi buen amigo Cornelius Fudge se empeñó en negar la vuelta de Voldemort -un estremecimiento recorrió la sala-, pero tú, Rufus, estás haciendo algo peor: negar sus fuentes de poder.

  • ¡Nada de lo que dices está respaldado por la más mínima prueba, Albus! No quería creer a los que decían que los años te estaban pasando factura, pero ya no sé lo que opinar. Hablar de Quien-tú-sabes de nuevo... ¿Qué interés tendría él en asesinar a magos que ni se han opuesto a él ni son sospechosos de haberse relacionado jamás con muggles? -replicó rápidamente Scrimgeour-. Es más, ¿por qué crees que iba a atacar al joven Draco Malfoy, si su...? -se detuvo, antes de mencionar a Lucius.

 

Hermione estaba tensa, y al oír el nombre de Draco no pudo evitar acordarse del accidente. Cómo trataba de agredir a Gabrielle, como se masturbaba viéndola y cómo acabó inconsciente en el suelo por culpa de su hechizo.

 

  • No pongas palabras en mi boca que no he pronunciado, Rufus -siguió Dumbledore-. No creo que Voldemort haya tenido nada que ver con lo que le ocurrió a Draco. Pero sabes perfectamente que esa noche no se lanzó en Hogwarts ninguna maldición imperdonable, ni a Yuan Chang lo controlaron con la maldición Imperius.

  • Eso segundo lo sabemos, Albus, y es la mayor razón para creer que la señorita Granger está implicada en todo esto, si las teorías de Madame Maxime que tanto defiendes resultan ser ciertas.

 

El Ministro y muchos de sus compañeros del Wizengamot volvieron a dirigir la mirada hacia Hermione instintivamente. No acababa de entender a qué se referían, pero recordó al instante cómo se había introducido en la mente de la señora Weasley dos noches atrás. "No es posible que se hayan enterado de eso", se dijo a sí misma, tratando de tranquilizarse. Sin embargo, los ojos del tribunal la recorrían de arriba abajo. Deseó no haber hecho caso a Molly a la hora de vestirse. Ahora todo su atuendo le parecía un error. Se sentía excesivamente apretada, mostrando sus piernas de forma totalmente inadecuada. Sus enormes pechos sobresalían de su cuerpo como si estuvieran en el escaparate de una tienda, disponibles al gusto del consumidor. Los miembros del Wizengamot parecían estar pensando lo mismo, y al fin una bruja más joven de mirada severa habló.

 

  • Díganos, señorita. ¿Con cuántas personas se ha acostado últimamente?

 

 

Los movimientos de Neville eran torpes, como cabía esperar de aquel chico virgen y tímido en exceso. "Bueno, virgen ya no es", pensó con ironía Ginny, abierta de piernas en el suelo húmedo del invernadero más lejano, dejando que su amigo se la follase con embestidas nacidas de su instinto animal. El Neville que hasta hace poco comia su coño con una delicadeza inaudita se había convertido al penetrarla en una bestia que sólo parecía pensar en su propio placer. La pelirroja le dejó hacer durante unos minutos, exagerando sus gemidos para poner todavía más cachondo a aquel primerizo. Disfrutaba como una loca sintiendo el deseo de Neville dentro de ella, y gozaba de saber que el chico lo recordaría toda la vida.

 

  • Déjame jugar a mí un poco -le dijo al oído seductoramente antes de incorporarse y poner la cabeza bajo el vientre de Neville.

 

Ginny se metió la polla de Neville en la boca con un movimiento rápido. Pasó la lengua por cada punto de su durísimo falo, saboreando la mezcla de fluidos que lo cubrían, y luego lamió sus huevos, apretados bajo el aparato de su amigo y listos para descargar de nuevo. Neville gemía como loco y decía palabras sin sentido sin parar de ver cómo Ginny se tragaba su polla una y otra vez, dándole un masaje inolvidable con sus gruesos labios. Tras mamar durante largo rato, la bruja tumbó a su amigo en el suelo y le guiñó un ojo.

 

  • Te voy a enseñar a follar, Neville -le susurró de nuevo mientras montaba sobre él y metía el glande entre sus blandos y empapados labios vaginales- ¡Oh...!

 

La polla de Neville entró dentro de Ginny con una facilidad increíble. Ahora ella estaba al mando, y empezó a jugar lentamente sobre él, aumentando su deseo mientras rozaba el grueso falo en su interior. Neville le había metido las manos bajo la camisa y acariciaba sus pechos al ritmo al que ella lo montaba. Pronto la falda de Ginny acompañó a su precioso culo en sus botes sobre el acalorado alumno. La pequeña de los Weasley se lo follaba con todas sus ganas y un inesperado azote en su nalga izquierda hizo que se corriese de nuevo, con gemidos muy agudos.

 

  • P-perdón, no he podido resistirme -dijo Neville, nervioso.

  • No hay... nada... que perdonar... -respondió Ginny, sin parar de botar sobre él y acercándose para darle un beso húmedo y lleno de pasión.

 

La confianza de Neville siguió aumentando con cada penetración, y cuando Ginny quiso darse cuenta, su amigo aferraba su culo con ambas manos y ya dirigía él de nuevo la acción, taladrándola como un animal en celo a punto de llegar al clímax.

 

Cuando su amigo hizo que se levantara y la pegó contra uno de los cristales del invernadero, ya no quedaba nada del Neville tímido y torpe. Su polla, dura como una piedra, se adueñó de nuevo de ella con golpes desesperados contra su culo. Ginny sentía que se derretía gracias a lo que fuera que había poseído a su amigo, y no podía hacer nada más que gemir sin descanso con su sexo repleto de Neville, y pedir clemencia de forma muy poco sincera.

 

Ginny disfrutó durante un buen rato de todo aquello sin pensar en nada más, hasta que a través del cristal vio algo inesperado que llamó su atención. Con la mente en otra parte, se limitó a correrse de nuevo escuchando los gritos y los insultos de Neville, y apenas reaccionó cuando el grueso falo del mago descargó por primera vez dentro de una mujer una gran cantidad de leche con brutales disparos.

 

  • G-gracias -dijo al momento Neville, que se puso colorado al sacársela a Ginny-. Y... lo siento.

  • Has estado impresionante -respondió Ginny dándole un morreo de agradecimiento-. Algún día tendré que devolverte el favor en la Sala Común.

 

Sin decir nada más, Ginny echó un vistazo de nuevo a través del cristal y salió del invernadero con el tanga en la mano y dejando la escoba rodeada de los pedazos del cristal roto.

 

 

Como si les hubiesen impuesto un sistema de turnos, Rita y Ron se lamieron el uno al otro alternativamente. Empezó el pelirrojo con los gruesos pezones que coronaban la firmes tetas de la bruja, acariciando con la mano el que no estaba ocupado en su boca hasta dejarlos bien erectos. La periodista le correspondió pasando su lengua por el cuello y los pectorales del joven, mientras jugaba bajo su pantalón con el aparato que estaba deseando. Cuando le tocó a Ron de nuevo, el pelirrojo se arrodilló ante la madura bruja que tanto le ponía y bajó su tanga hasta los tobillos, dando paso a un cunnilingus que la rubia parecía agradecer agarrándole la cabeza y ayudándole a llegar con la lengua a los puntos más delicados de su sexo. En el último turno de su improvisado juego, Rita acabó con una polla enorme entre los labios

 

  • No te creas especial por dejarte hacer esto -dijo un tiempo después Rita, con las rodillas y las manos apoyadas en la hierba, mientras Ron, a su espalda, le agarraba la cadera para metérsela hasta el fondo-. Sólo te dejo... ¡oh!... t-tratarme así... para conseguir información.

 

Ron sonrió y azotó a la periodista, cuyas mentiras se descubrían solas entre sus jadeos y su empapado sexo.

 

  • No tengo nada que contarte -respondió, dándole más duro-. Así que si es por eso, paro ahora mismo.

  • Oh, cállate y fóllame cabrón.

 

Obediente, siguió entrando y saliendo del estrecho agujero de Rita, gozando con su predisposición para recibirle. Él mismo gemía por el esfuerzo y agarraba el precioso culo de aquella mujer madura como un tesoro sin parar de darle todo lo que tenía. Fue entonces cuando la vio. Tras unas ramas cercanas, la melena pelirroja de Ginny era imposible de esconder. Dudó unos segundos en los que se detuvo, para queja de Rita, pero al ver la cara de su hermana, segura de sí misma, y su mano jugando bajo su falda, decidió seguir.

 

Los insultos de Rita y sus gemidos de placer parecieron apagarse a pesar de que la periodista se movía cada vez con mayor desesperación. Ron sólo se centraba en el placentero roce en su interior, a la vez que veía a Ginny, masturbándose ante él y sofocada viendo el espectáculo sexual.

 

Procurando ayudar a la pelirroja, sacó su falo de Rita, mostrando la brutal erección que le había provocado, y la tumbó en una zona más cercana al escondite de su hermana. Allí, abriendo bien las piernas de la periodista, volvió a entrar en ella sin cuidado alguno, penetrándola hasta el fondo con cada embestida, chupándole sus firmes tetas, acariciándole el clítoris o besándola. Pero lo que más le interesaba era seguir viendo cómo Ginny se metía los dedos viendo todo aquello y gimiendo en silencio.

 

 

Tonks era incapaz de hacer con su cuerpo lo que su mente parecía pedirle. Harry miraba, de pie ante ella, los intentos de su profesora por meterse su gigantesca polla entera en la boca. Entre divertido y erótico, la cara de Tonks le recordaba a las bromas que les hacía en Grimmauld Place años atrás. Parecía la misma chica alegre y extrovertida que habían conocido entonces. Las únicas diferencias eran que en aquella época no era todavía su profesora y, por supuesto, nunca se la había chupado (por mucho que el antiguo Harry lo hubiese deseado). Por eso sentía que la veía de forma distinta.

 

Que Tonks ahora fuese una figura de autoridad sólo le ayudaba todavía más a gozar viendo sus gruesos labios masajeando su falo con deseo. Porque era deseo lo que emanaba de aquella felación. Más allá de que con ello estuvieran tratando de descubrir una información vital para la comunidad mágica, toda aquella solemnidad había pasado a un segundo plano cuando Tonks se arrodilló ante Harry. Ahora sólo parecía una profesora dando rienda a suelta al deseo acumulado por su alumno, que la correspondía con una erección que ni sus mayores fantasías podrían haber dibujado. Pero en realidad era mucho más que eso. Tras la lujuria se escondía una realidad demasiado importante. Nymphadora Tonks, que había sido una de las auroras más precoces en entrar al Ministerio de Magia, estaba de rodillas chupándole la polla a Harry Potter, el mago más famoso del mundo.

 

Tras unos minutos de una mamada asfixiante, con la lengua de Tonks llegando a donde sus labios no alcanzaban y su habilidosa mano pajeando el falo de su alumno mientras del glande se ocupaba su boca, Nymphadora abrió los ojos de par en par como si se hubiese dado cuenta de lo que hacía y se separó, ruborizada.

 

Harry vio cómo sorbía un pequeño hilo de saliva y recuperaba la respiración antes de hablar, apartando la mirada:

 

  • Eh... esto... deberías intentar volver a recordar. Mientras... yo me encargo de... -titubeó Tonks volviendo a dirigir la mirada al palpitante falo que se alzaba amenazador ante sus ojos, esperando volver a su boca.

 

Harry asintió, tembloroso, e hizo retroceder los recuerdos hasta que se despedía de Angelina, mientras Tonks retomaba el ritmo entre sus piernas lamiendo de arriba abajo su hinchado aparato.

 

En el recuerdo, Harry volvía a caer inconsciente y volvía a hacerse la oscuridad. Decepcionado, miró hacia abajo, donde Tonks parecía demasiado interesada en él como para fijarse en otra cosa. Las gigantescas tetas que se había puesto ese día colgaban imponentes en su pecho y se meneaban con el movimiento de su dueña. Fue en ese momento en el que se hizo la luz en su recuerdo, y tan pronto vio la sala llena de mortífagos desde los ojos de Voldemort, supo todo lo que iba a pasar allí.

 

Sin decir nada a Tonks para que no dejase de trabajar en sus estímulos, vieron juntos cómo Bellatrix entraba en aquella sala y, a la orden del Señor Tenebroso, se entregaba a sus compañeros. Sólo la mano de Tonks se la machacaba a Harry con fuerza pese a la estupefacción de la profesora. Sin embargo, cuando empezaron a ver cómo Bellatrix se la chupaba a todos y cada uno de los mortífagos, Tonks la imitó y le practicó el mismo tratamiento a su alumno.

 

A pesar de que pasó a mayor velocidad algunas partes por orden de Tonks, Harry disfrutó durante varios minutos dentro de la boca de su profesora, agarrando por momentos sus inmensas tetas para darse placer. Cuando el Harry del recuerdo se despertó en la enfermería, ya estaba a punto de explotar.

 

  • ¡Este es el momento! ¡No podemos fallar! -se limitó a decir Tonks antes de aplicarse de nuevo en la inolvidable mamada, dándole un ritmo endiablado con sus labios y sus manos.

 

La imagen se iba haciendo más nítida poco a poco, conforme Tonks le llevaba al clímax. En el recuerdo la señora Pomfrey había descubierto su erección y poco después se habían apagado las luces. Creyendo que se había vuelto a ir la posibilidad de conocer la verdad, Tonks chupó desesperadamente a Harry, completamente colorada y sudada por el esfuerzo. La enorme polla del mago se hinchó entonces y, coincidiendo con el sonido de la voz que había lanzado el hechizo Obliviate y la luz que iluminó la cara de aquella persona, Harry explotó.

 

Atemorizados ante la revelación de la persona que había atacado a Harry, los dos se quedaron paralizados sin respuesta, mientras varios chorros de semen salían disparados hacia la cara y las enormes tetas de Tonks.

 

 

"¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo se atreve a pedirme que le cuente con quién me he acostado?", pensó Hermione, con el ceño fruncido. Sus momentos más íntimos acudieron de inmediato a su mente a pesar de luchar contra ellos. Los primeros jugueteos con Krum eran lo primero que recordaba, aunque sin mucho interés.

 

Ron había sido un punto de inflexión en su vida, y todavía le recorría un temblor cada vez que pensaba en la primera vez que había contemplado su aparato, tan grande que parecía imposible que fuese de su amigo de toda la vida. Entonces pensó en Harry, y el placer que le había dado aquella inmensidad que guardaba entre las piernas, todavía más exagerada que la de su novio. Había pasado la mayor parte de su vida junto a ellos, viviendo aventuras increíbles y descubriendo los secretos del mundo mágico mientras forjaban una amistad inquebrantable. Su relación iba mucho más allá del mero cariño entre amigos. Parecían estar unidos por un destino heroico y libre de toda pasión terrenal. Nada le habría hecho pensar que con el paso de los años acabaría descubriendo su lado más íntimo, sintiendo un deseo incontrolable por ellos y percibiendo la misma lujuria en sus ojos. ¿Todo ese cambio estaba relacionado con el juicio al que se enfrentaba o era algo natural?

 

Todavía se estremecía cada vez que recordaba los momentos en que las miradas de sus dos amigos dejaron de verla sólo como su encantadora e inteligente compañera de aventuras. Al principio, Harry luchaba por no tartamudear cuando estaban a solas, y no podía evitar lanzar miradas a las colosales tetas que portaba en el pecho. Ron pareció empezar a perder el control, y la miraba con un deseo tal que Hermione se sentía prácticamente penetrada. Ella, lejos de molestarse, los incitaba a ello jugueteando con sus atuendos y sus acciones casi de forma involuntaria. Sólo cuando estaba con Ron o con Harry se ponía la ropa que mejor mostraba sus formas, apretando su culo y sus masivos pechos, o mostrando un escote desproporcionado con el que sus amigos gozaban sin reconocerlo.

 

Por supuesto, los cuerpos de Ron y Harry no pasaban desapercibidos para Hermione, y se encontraba a sí misma viendo sus fuertes figuras de hombre, sus firmes culos, que tanto le gustaban, y los bultos que portaban entre las piernas, que daban una pista del tamaño que escondían. Más todavía cuando los chicos contemplaban el cuerpo de su mejor amiga. Las fantasías habían pasado a ser algo común en la mente de Hermione, que en la soledad de su cama se imaginaba haciéndoles a sus amigos las mayores guarradas que su inexperto cerebro podía considerar. El resto era historia, y los dedos en su cama mientras acariciaba y chupaba sus pezones habían dado paso a sesiones inimaginables de sexo con Ron y al affaire con el superdotado Harry.

 

"No puedo pensar en esto... ¿A dónde quiere llegar con esta pregunta?" se dijo inútilmente Hermione, cuyos pezones empezaban a presionar el pequeño sujetador que contenía sus melones. El calor aumentaba en el cuerpo de Hermione, que empezó a preguntarse si los dedos que le había hecho a Ginny en la intimidad de sus habitaciones contarían para la bruja del Wizengamot. O si debería contarle la experiencia masturbándose junto a Molly mientras se contaban sus experiencias, desnudas en su tienda mágica.

 

En la mente de Hermione ya estaban los rabos de Snape y de Arthur, que había degustado con mayor placer de lo que esperaba, y el coño de Bellatrix, empapado gracias a su lengua. Fue entonces cuando la bruja repitió la pregunta, sacándola de su ensimismamiento:

 

  • Le he preguntado con cuántas personas se ha acostado, señorita Granger.

 

Hermione la miró a los ojos mientras sentía la humedad que se apoderaba de sus bragas.

 

  • Y-yo.. yo... -dijo como ya había hecho antes, tratando de ganar tiempo.

 

Un portazo estruendoso volvió a dirigir las miradas de la sala hacia la entrada. Un mago de piel blanca y pelo rubio platino se abrió paso a zancadas con expresión seria. Cuando se acercó, Hermione reconoció a Lucius Malfoy.

 

  • ¡¿Acaso el Wizengamot delibera sin avisar a las personas más importantes para el proceso?! -dijo, enfadado, antes de dirigir una mirada despectiva a Hermione, antes de bajar los ojos hacia su escote-. Lo menos importante es que una... furcia tetona... haya intentado seducir a mi hijo. Buscáis una persona a la que culpar para encubrir a la verdadera responsable, pero eso se ha terminado.

  • Lucius, estas no son formas de hacer las cosas. Y por mucho que quieras, no tienes nada que aportar a...

  • Yo no. Mi hijo -repuso, implacable-. ¡Draco!

 

Para sorpresa de todos, un chico muy delgado y desmejorado apareció agarrado a su madre, andando con dificultad ante las miradas de terror de los presentes. Su cara estaba demacrada, y en sus ojos se veía la debilidad y la furia que le consumían. Ni siquiera dedicó una mirada a Hermione, sino que se sentó a unos metros y soltó un gruñido, mientras su padre sacaba la varita y le apuntaba al cuello para que se le escuchase.

 

  • Granger... -susurró, con voz ronca-. Es... sólo... un juguete.

 

El Ministro se recuperó de la sorpresa y dudó un momento antes de preguntar:

 

  • ¿Quién es el responsable de lo que te ha ocurrido, entonces?

 

Draco tosió de forma horrible antes de contestar. Luego, con la voz rota pero perfectamente entendible, dijo un nombre. Y un frío que sólo el terror puede proporcionar recorrió a todos los magos y brujas de la Sala.

 

 

Sus dedos entraban y salían de su interior cada vez más mojados, viendo cómo Ron ensartaba a Rita Skeeter con su magnífica polla. Aquel inmenso aparato que había chupado junto a Hermione meses atrás volvía a aparecer en su vida de la forma más tentadora, y ahora sentía envidia de Rita, cuyas piernas agarraba su hermano por debajo de las rodillas para abrirla y penetrarla a placer mientras ella se tocaba con los dedos que le habían provocado ya cientos de orgasmos.

 

"Bendita masturbación", se decía a sí misma Ginny, que había tirado el tanga al suelo y se levantaba la falda con una mano mientras la otra recorría su coño con la maestría de años de práctica. Los gemidos de Rita eran realmente estimulantes, y más sabiendo que estaba completamente expuesta, a pesar de que estuviesen haciéndolo en los límites del Bosque Prohibido. Ginny se llevó los dedos a la boca viendo las firmes nalgas de su hermano, apretadas cada vez que se disponía a volver a entrar en aquella mujer. De vez en cuando, Ron miraba hacia ella con deseo, asegurándose de que seguía disfrutando del espectáculo. Ginny, a su vez, le mostraba sin pudor el buen trabajo que se estaba haciendo a sí misma.

 

Cuando Ron se cansó de esa postura, Ginny contempló admirada cómo Rita se acercaba gateando y se tragaba sin queja alguna todo lo que podía de su rabo. Instintivamente, la pelirroja se llevó de nuevo los dedos a la boca, simulando aquella mamada y cada vez más decidida a dejarse ir. Fue entonces cuando, inesperadamente, el hueco que sus dedos habían dejado entre sus piernas lo ocupó algo mucho más gordo. Ginny no pudo contener un gemido de placer y sorpresa al sentirse penetrada de nuevo, y tuvo que agarrarse al tronco de un árbol para no perder el equilibrio. Por suerte, Rita, más preocupada de chupar como una desesperada el mástil de Ron, no la escuchó.

 

Durante un par de minutos, Ginny disfrutó de las brutales embestidas del hombre que la follaba a su espalda, agarrado a sus caderas con fuerza. La idea de no saber quién era le ponía mucho, y se dejó hacer con gusto. Sin embargo, los jadeos de su benefactor lo delataron pronto, y Ginny giró la cabeza para besarle, mientras le agarraba el pelo.

 

  • ¿C-cómo es posible? Si ya te has corrido dos veces -preguntó, con la voz entrecortada por los empujones.

  • M-me pones mucho, Gin -le susurró Neville al oído con una voz delicada que contrastaba con la brutalidad que su grueso aparato demostraba más abajo.

  • Oh, Longbottom, fóllame. Sáciate con mi culito -respondió, cachondísima.

 

Dicho y hecho. Neville apretó las tersas nalgas de Ginny con sus amplias manos y se perdió entre sus piernas con un deseo que jamás había sentido. La pelirroja, mientras su amigo la metía en su interior sin piedad, no paraba de ver cómo disfrutaba Ron, ahora tumbado en la hierba agarrado a los pechos de Rita, que lo montaba mientras gemía y lo insultaba.

 

Su hermano se dio cuenta pronto de lo que Neville le estaba haciendo, y pareció espolearle todavía más. Ginny vio cómo se aferraba al culo de la periodista y la hacía cabalgar sobre su gigantesca virilidad a un ritmo imposible de aguantar mucho tiempo. La pelirroja, sabiendo lo que venía, agarró el culo de Neville con una mano y su cabeza con otra. Le dio un húmedo beso mientras el chico seguía levantando su falda para poder darle bien duro, y al fin se acercó a su oreja y susurró, a un paso del éxtasis:

 

  • Necesito tu leche, Neville. Lo estás deseando, ¿verdad? Dámela toda. Córrete dentro de mí.

 

Unas embestidas después, y previo aviso de su falo, que Ginny sintió hincharse dentro de ella, Neville descargó de nuevo dentro de la pelirroja con los dos conteniendo sus gemidos, mientras Ron hacía lo propio dentro de Rita, aunque mucho menos cautos a la hora de correrse y gritar. Ginny temblaba de placer y respiraba con dificultad. Neville seguía dentro de ella y la abrazaba con cuidado, agotado.

 

  • Has estado impresionante, Neville -dijo, poco después, mientras se colocaba el tanga de nuevo, ya de camino hacia el castillo.

  • G-gracias -contestó Neville, colorado y volviendo a parecer tan tímido como siempre-. Ha sido una suerte que me hayan mandado a cuidar de las plantas de ese invernadero. Hace años que nadie va allí. Aunque ahora tendré que explicar qué ha pasado con el cristal -acabó, asustado.

  • ¿Te han mandado? ¿Quién? -preguntó Ginny, que tenía la intuición de que algo raro estaba pasando.

 

Neville respondió al instante, y Ginny frunció el ceño, intrigada.

 

 

Cuando Ron volvió a dirigir su mirada hacia las ramas, Ginny ya había desaparecido, y con ella Neville. Rita estaba entre sus piernas, lamiendo los restos del semen que había derramado alrededor de su falo, todavía firme como una roca. Tras pasar la lengua por todo su miembro, lo metio un par de veces más en la boca y al fin se apartó, con una sonrisa extraña y con los párpados caídos tras sus pequeñas gafas.

 

  • Bien, semental -dijo entonces, sentándose encima de él volviendo a hacer contacto con sus sobreestimulados sexos, todavía desnudos-. Creo que es momento de que me devuelvas el favor. ¿Quién estaba contigo aquí en ese momento y qué encontrasteis?

 

Una libreta y la vuelapluma salieron del bolso de Rita y empezaron a tomar nota. Ron no sabía qué pretendía con aquella pregunta.

 

  • Sabes quién estaba aquí, y no sé nada de lo que encontramos. ¿De qué te voy a servir?

  • ¡Oh, cariño, claro que lo sé! Pero quiero escucharlo de esa boca tan pervertida tuya. De los ignorantes también se pueden sacar... muchos... beneficios-dijo Rita, guiñándole un ojo y arrastrándose sobre su polla.

  • Estaba con Parvati en clase de Cuidado de Criaturas Mágicas y nuestro kneazle encontró una especie de objeto dorado, alargado. No me fijé mucho, estaba ocupado...

  • Follándotela, lo sé, mi pequeño semental -sonrió Rita, que parecía satisfecha con la respuesta-. ¿Qué puedes contarme de ese kneaz...?

 

Una lechuza enorme, negra como el carbón, cortó su frase posándose sobre el pecho de Ron. Rita sacó algo del bolso y lo puso en el pico del animal antes de quitarle la carta de la pata. La lechuza se fue, dando un golpe en la cara de Ron con sus alas, y la periodista leyó atenta. Sus ojos se fueron abriendo poco a poco y una sonrisa maliciosa se formó en sus labios.

 

  • Noticias del juicio de tu querida novia. Parece que tenemos culpable -dijo Rita, antes de enseñarle la carta-. ¿Qué te parece, Ronald? ¿Sigues pensando que puedes fiarte de los que te rodean?

 

Ron le arrebató el pergamino y leyó detenidamente. Su cara palideció al llegar a la última palabra.

 

 

El corazón de Hermione se había acelerado peligrosamente. Sus enormes pechos subían y bajaban al compás de su respiración aunque ya no eran ellos los que atraían las miradas en la sala del Wizengamot. El Ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, estaba tan alucinado como ella, y tardó en reponerse antes de hacer una única pregunta. La misma pregunta que salió de los gruesos labios de Tonks, todavía arrodillada ante Harry con su semen caliente sobre la cara y cayendo a través de sus inmensas tetas. La misma pregunta que Ginny hizo a Neville, cuya erección aún no había desaparecido del todo de sus pantalones a pesar de haberse corrido por tercera vez gracias a su amiga. La misma pregunta que Ron se hizo a sí mismo mientras Rita, contenta, se frotaba con su enorme aparato, que acababa de degustar sin limitaciones.

 

 

Una pregunta que dejaría a la comunidad mágica totalmente desorientada y en una de las mayores crisis que se recordaban.

 

 

  • ¿Ha sido Dumbledore?

 


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