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Fecha: 23-Jun-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Pilar VI

Alexorca
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El marido, cornudo aceptado Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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PILAR VI

No miramos atrás, ambos sentíamos como Pedro, su marido, no nos quitaba los ojos de encima mientras nos encaminábamos a la habitación.

En la puerta, antes de entrar, la apoyé mientras la besaba y mis manos recorrían su figura. Los jadeos y el olor a deseo se mezclaban con la incertidumbre de que alguien pasara y nos pillara en plena faena.

La mantuve así, apoyada mientras mi mano bajó a su entrepierna para seguir acariciándola, masturbándola y manteníamos la mirada clavada el uno en el otro.

“¿Sabes Pilar? Ya es oficial tu entrega. Como has visto tu marido ya es consciente y consiente todo lo que le propuse. Te ha entregado a mí y te reconoce como mía y él como tu cornudo marido, ¿no te excita la situación?”

“La verdad Carlos es que estoy algo confusa. Nunca pensé llegar a tales extremos, pero no sé que me das que no te puedo negar nada. Mi cuerpo sólo respira cuando te tengo cerca, el deseo me puede constantemente, sólo quiero que me toques, que me folles, sentirte y disfrutarte. Nunca he gozado como lo hago en tus manos, nunca me he sentido puta como me siento contigo, tu puta, nunca he sido ni me han tratado como a una auténtica hembra”

Me decía esto mientras movía sus caderas buscando aumentar el contacto de mi mano en su sexo, las caricias de mis dedos en sus húmedos labios vaginales.

La miré y me detuve, la besé y abrí la puerta diciéndole “pasa, quiero que te desnudes para mí, voy a disfrutarte más que nunca sabiendo que tu marido se estará masturbando pensando en lo que te haré”

Entramos en la habitación y Pilar se encaminó justo hasta el centro de la misma. Se giró mientras yo tomaba el móvil y me disponía a grabarla en su sensual baile, mientras miraba fijamente a la cámara y dejaba caer su vestido al suelo, para quedarse con las zapatillas de tacón y el tanga.

Lentamente vino hacia mí para empezar a desvestirme lentamente, con cuidado mientras yo seguía grabándolo todo.

Me quitó la corbata, la camisa, se arrodilló para liberarme de los zapatos, los calcetines, lentamente mirando y sonriendo a la cámara, liberarme del pantalón y posteriormente del bóxer para que mi pene saltará ya durísimo en dirección a su cara.

Ella sonrió, lo tomó en sus manos y lo beso, lentamente, recreándose y sin dejar de mirar al objetivo para, después, empezar a lamer, ensalivar y poco a poco chupar tragándose casi entero mi pene.

Movimientos lentos, disfrutados, la saliva colgando desde mi polla hasta sus labios cuando los retiraba para respirar, saliva que caía en sus pechos.

Así durante bastantes minutos hasta que me vio parar la grabación.

“¿Qué vas a hacer?” me preguntó

“Excitar a tu marido, hacerle ver lo que él nunca tendrá. Quiero que vea a su mujer entregada a su macho” le dije mientras le enviaba el video a Pedro con un mensaje

“Mira a tu mujer, mi hembra. ¿Sabes lo que voy a disfrutarla? Dime que quieres que lo haga, pídelo por favor”

Envié video y mensaje mientras colocaba una silla delante del espejo y me senté de cara a él. Pilar entendió enseguida y pasó una de sus piernas por encima de mí, para montarme y comenzar a restregar su sexo contra mi pene mientras lamia mi cuello.

Sonó el bit de una entrada de mensaje que abrí inmediatamente mostrándoselo a Pilar

“Por favor Carlos, disfruta de mi mujer, es toda tuya, trátala como tú quieras, cuando me la regreses la cuidaré y mimaré para ti”

Mientras lo leíamos Pilar se clavó lentamente, muy lentamente, mi pene en su sexo. Lo deslizó milímetro a milímetro hasta sentirse plena, totalmente penetrada. En ese momento suspiró dejando caer su rostro en mi hombro, me abrazó con fuerza y, tras breves segundos, comenzó a mover sus caderas con cadencia, lentamente.

Ambos sentíamos como mi polla entraba y salía despacio de su sexo, abierto, caliente, empapado de sus flujos. Poco a poco fue aumentando la cadencia, mientras arqueaba su espalda hacia detrás ofreciéndome sus pechos, sus pezones duros y erectos. Yo la tomaba de las nalgas mientras dejaba escapar miradas furtivas al espejo. Me encantaba verla así, entregada a mí, disfruté de la visión de mi pene perdiéndose dentro de ella. A ratos dedicaba mi atención a sus pezones mientras ella gemía más alto, mientras ella me decía “soy tuya oficialmente, tu hembra, tu puta, estoy aquí para que me disfrutes, para hacerte disfrutar” mientras el ritmo de sus caderas crecía al compás de sus gemidos.

Cuando explotó en su orgasmo lo hizo con un largo y sordo gemido, dejándose caer sobre mi cuerpo, apretando sus caderas en busca de la mayor penetración, temblando en cada sacudida de placer.

Tomé mi móvil y le hice una foto al espejo de la imagen reflejada, foto que envié a Pedro con un mensaje

“Se está portando bien, te la devolveré totalmente usada, follada. Quiero que esté repuesta para mañana así que te toca cuidármela. Por hoy no más mensajes hasta nueva orden” y lancé el móvil a la moqueta para, tomando a Pilar de las nalgas, incorporarme sin salirme de su sexo.

La llevé en volandas hasta la pared donde apoyé su espalda y empecé a follármela salvajemente mientras le decía “ahora me toca a mí”

Ella enseguida reaccionó besándome, sujetándose más fuerte a mí, gimiendo como sabe que me gusta

“tu hembra, tu puta” repetía como un mantra mientras seguí penetrándola hasta correrme en su coño. Lentamente ambos nos recuperamos, respiramos más pausadamente y me salí de ella manteniéndola en esta postura un rato.

Para cuando la dejé apoyar sus lindos pies en el suelo, el espectáculo era inenarrable, por sus muslos bajaba la mezcla de sus flujos con mi semen. Me encantó tanto este espectáculo que volví a abrazarla para besarla.

“Vamos a tomarnos un baño” le dije mientras de la mano caminábamos hacia el cuarto de baño.

Allí nos esperaba una bañera grande, para dos personas y con hidromasaje. “Pedro está aprendiendo” fue lo que pensé. Mientras se llenaba pedí al servicio de habitaciones una botella de vino blanco, lo que ría muy fresco.

Cuando tocaron a la puerta le dije a Pilar “abre”, “pero estoy desnuda” me dijo y yo, tendiéndole una toalla con la que sólo podía cubrirse los pechos y el sexo por delante le dije “con esto es suficiente”

La cara del camarero era un poema al verla tapándose con la toalla y sabiendo que su desnudo cuerpo estaba detrás de la tela. Dejó la botella en la mesita y salió mirando de reojo lo que pudo en el espejo.

“Eres un malvado morboso” me dijo Pilar entre risas mientras golpeaba mi hombro y ambos estallamos en una carcajada

“Recuerda, muchos te desean, muchos más haré que te deseen, pero eres y serás sólo mía”

Estuvimos un largo rato disfrutando del baño, de los chorros de agua en nuestros cuerpos mientras bebíamos el vino frio.

Allí entre caricias y juegos de dedos en el sexo de mi hembra, obtuve otro potente orgasmo de ella. Cada uno de sus orgasmos eran un regalo para mí. Ella lo sabía y cada vez los disfrutaba más para mi deleite.

Mi pene nuevamente duro como una piedra reclamaba su cuerpo. Salimos y sin secarnos, con los cuerpos empapados, la llevé hasta el balcón apoyando sus riñones en la barandilla. No sabía si los vecinos de habitaciones estaban asomados, no sabía si había alguien mirando desde abajo, de una u otra forma y si fuera así, que disfrutaran del espectáculo que verían cuando alcé a Pilar para penetrarla nuevamente de pie. Esta postura ya era una práctica habitual entre nosotros y ella, con su diminuto cuerpo, se acoplaba a la perfección.

No disimuló en sus jadeos ni en sus gemidos, los golpes de mi cadera eran audibles en su encharcado coño. La barandilla crujía y rechinaba en cada embestida de mis caderas y más cuando, sacando mi polla de su sexo, lo dirigí a su ano clavándosela y haciendo sus gritos más audibles.

Mordió mi hombro en el momento de correrse, evitó el escándalo público, pero me deleitó con sus contracciones. Fue como si al ahogar su placer, su cuerpo redoblara sus convulsiones. Definitivamente, me puso aún más caliente y comencé a caminar hacia dentro de la habitación, hacia la cama donde la coloqué en cuatro.

Durante un rato me disfruté de la visión de sus nalgas, de su sexo hinchado de placer que emanaba flujo que bajaba por la cara interior de sus muslos.

Volvió a suspirar al notar mi glande en su ano y, ella misma, movió sus caderas para auto-penetrarse. La tomé del cabello tirando hacia mí y comencé a follarle el culo con salvaje necesidad, en ese momento solo pensaba en rompérselo, en darle la follada de su vida a este culo, el culo que me pertenecía.

Cuando me vacié en sus intestinos, ella llegó a otro orgasmo con la misma intensidad anterior. Esta intensidad debilitó su cuerpo haciéndola caer hacia delante y ofreciéndome la imagen de su cuerpo sudoroso, follado, rendido. Su piel brillante, su respiración entre cortada, su ano aun mostrando los síntomas de la dilatación. Estaba en el cielo.

Cuando pudimos recuperarnos, nos dimos otra ducha relajante. Miré el reloj e hice cálculos mentales, aún podemos disfrutar un par de horas más antes de irnos.

Pedí al servicio de habitaciones algo de comida rápida, una ensalada y un plato de variedad de quesos. Otra botella del vino blanco que nos trajeron y una cubitera con hielo.

Esta vez abrí yo al camarero mientras Pilar miraba todo desde la cama, tapada sólo con la sábana. Nos sentamos desnudos uno frente al otro para devorar la ensalada y degustar la variedad de quesos. Reímos y bebimos vino para entonarnos.

Risas y más risas. Comentarios pícaros, comentarios morbosos de la situación, de las respuestas de Pedro, complicidad entre ambos hasta que Pilar me preguntó “¿para que has pedido el hielo?”

La miré fijamente y con una mueca pícara en mi cara le dije “Ven a mi”

Ella se levantó y sin dejar de mirarme vino caminando, muy despacio, hasta situarse a mi lado, Yo sentado rozando sus muslos con mis muslos. La tomé de la cadera abrazándola mientras, con la otra mano, tomé uno de los cubitos de hielo.

El contacto del hielo en su cuello la tensó, pero como la tenía agarrada de la cintura enseguida se dejó hacer. Pasé el cubito por sus pezones, me dediqué a dibujar caminitos de hielo frio en su piel, mientras ella se dejaba y llevó una de sus manos a su boca, mordiendo el dorso de la misma con mucha sensualidad.

Cuando los cubitos se derretían, tomaba otro para seguir con la tortura. Sus pezones casi estallaban cuando llevé el cubito a su sexo, acariciando con él los labios mayores, separándolos, restregando el cubito en toda la extensión de su coño.

Nuevo cubito, esta vez masajeando su clítoris, Pilar a punto de estallar y yo retiraba el instrumento de tortura. Así estuve un buen rato hasta que, de nuevo, se derritió el cubito sin que yo la dejara llegar a su preciado placer.

Continué largo rato manteniéndola en esta posición, jugando con ella sin dejarla llegar, manteniendo el clímax a las puertas hasta que, sin que ella lo esperara, puse un cubito en la entrada de su coño. Los labios de su sexo se abrieron y absorbieron el cubito con glotonería, un “flop” me dio la señal de que estaba dentro. En ese momento con mi mano libre del cubito empecé a trabajarle el clítoris mientras, con la mano que rodeaba su cintura, palpé sus nalgas para meterle un dedo en el ano.

Ella se apoyó en mí y empezó a convulsionar de placer, corriéndose de pie entre gemidos mientras mis dedos jugaban a la par con su ano y su clítoris.

De una forma casi salvaje, apartó ambas manos para sentarse a horcajadas sobre mí y penetrarse en coño con mi pene.

Sentí la delicia del frio del hielo en su coño mientras ella me cabalgaba con furia. Arañé su espalda, pellizcaba sus nalgas, las palmeaba y esto añadía más furia a su cabalgada hasta que ambos nos dejamos llevar por un largo e inagotable orgasmo que fue desapareciendo poco a poco mientras ella se mantenía brazada a mí.

Recuperándonos, pero en la misma postura, nos miramos, aparté los cabellos de su rostro y le dije “vamos a ducharnos para irnos, es tarde. Tu marido tiene la hembra más deseada y mejor follada, pero no por él, sino por mí, tu dueño”

Ella me respondió con un beso intenso.

Nos duchamos y salimos del hotel como dos tortolitos, cogidos de la mano. La acompañé hasta su coche y, mientras la besaba le dije “que tu marido te dé un masaje, te prepare la cena y te deje descansar. Si te pregunta algo de lo de hoy dile que sólo yo podre decirle lo que hago contigo, que me pregunte a mí”

Regresé a casa destrozado, una tarde de sexo como esta es para llegar con la excusa de “que dolor de cabeza tengo, el estrés del trabajo”      

Seguirá?...

Sólo si os ha gustado.


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