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Fecha: 25-Jun-17 « Anterior | Siguiente » en Parodias

Harry Potter y la Ruta de Eros XXIV

Stonentaller
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 58 min. ]
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Hermione sigue aturdida tras el juicio, pero cree que la llegada de las vacaciones de Navidad aliviará un poco estos duros tiempos. Harry, Ginny y Ron vuelven al fin a la Madriguera, donde les esperan unos reencuentros que llevan mucho esperando. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

¡Bienvenid@ a la vigesimocuarta parte de esta historia alternativa de Harry Potter!

 

Después del gran apoyo que he recibido en la última parte, y que sólo parece aumentar con cada capítulo, esta continuación la he podido traer antes de lo que viene siendo habitual (aunque soy consciente de que sigue siendo un fastidio tener que esperar por cada una nueva, jaja).

 

El final del último capítulo era un momento que tenía previsto desde hace mucho tiempo y ha sido un placer leer las reacciones que me habéis hecho llegar tanto por los comentarios como a través de e-mails. En esta nueva parte se profundiza un poco más en los resultados del juicio, aunque debo advertir que en los dos capítulos que hoy subo hay un peso bastante importante de las relaciones íntimas. Espero que guste tanto a quienes disfrutáis con ellas como a quienes preferís leer mucha más parte de la historia propiamente dicha, aunque como veréis, lo que quería contar esta vez no daba pie a dar un gran salto en ella sin perder buenas oportunidades de escribir algunas partes que me parecen divertidas. Aún así, estaré encantado de responderte si crees que debería enfocar de alguna otra forma cada relato. Siempre es bienvenida la crítica.

 

Sea como sea, lo importante ahora es agradecer a todos los que puntuasteis de forma tan generosa el relato XXIII y a quienes me apoyasteis con tanto fervor. Alex, lalo, Netrot, Gargallu, Busca, scar, Daniel, Babylonian, Ion, sarasa y quienes me han escrito de forma anónima por correo electrónico. Esta va especialmente por tod@s vosotr@s.

 

Por último, y acabando ya con otra más de estas introducciones cada vez más largas, os digo que me encantaría saber qué partes de este relato os han gustado más y cuáles menos. También, en general, de todo lo que he subido hasta ahora, qué os ha parecido lo mejor o cuáles son las partes de los relatos que más habéis disfrutado. Ahora que ya vamos avanzando hacia un final cada vez más cercano, me gustaría enfocar el resto de la historia con las ideas que ya tenía pero, a poder ser, recogiendo la forma de contarlo que más os haya atrapado hasta ahora. Y ahora sí, ¡disfruta de nuevo de este mundo!

 

 

            38. Experiencias

Cuando abrió los ojos, no pudo evitar que de su boca saliera un grito terrorífico. Se tranquilizó al instante, al ver que reconocía las viejas paredes de la casa de los Weasley a su alrededor. Durante un momento habría asegurado que estaba en Azkaban, rodeada de los dementores que habían teñido de gris su tercer año en Hogwarts. Se tocó la frente para tratar de descubrir por qué le dolía tanto la cabeza, pero no la tenía especialmente caliente.

 

  • ¿Estás bien, cariño? -escuchó decir a Molly desde el otro lado de la puerta unos segundos más tarde.

  • Sí, no se preocupe señora Weasley.

 

La mujer abrió la puerta y se sentó junto a ella en la cama.

 

  • Tienes mala cara, Hermione, ¿quieres que...? -se detuvo Molly-. ¡Oh, estás empapada! -exclamó antes de tocarle la frente ella misma-. No pareces enferma, ¿has tenido una pesadilla?

 

Hermione la tranquilizó con una vaga explicación hasta que consiguió que la dejase sola y se paró a pensar en lo que había soñado, pero fue incapaz de recordarlo. Se tocó el camisón con el que dormía y vio que estaba muy húmedo. Notaba todo su cuerpo sudado, desde sus piernas desnudas hasta el pecho que concentraba la mayor parte del calor.

 

Se levantó y se fue a la ducha, sintiendo cómo el camisón se le pegaba al cuerpo y lo mostraba con sus transparencias. Se deshizo de él ante el espejo, donde vio cómo algunas gotas de sudor caían siguiendo el largo camino que marcaban sus grandísimos pechos, y acababan bajando por su vientre. Hizo correr el agua antes de desnudarse del todo, quitándose sus cómodas bragas, y luego se metió en la bañera.

 

Las imágenes del juicio no paraban de pasar ante sus ojos. Todavía no podía creerse lo que había dicho Draco, pero cuando Dumbledore desapareció, sin decir nada más, todos en el Wizengamot se alarmaron y la noticia del juicio llegó a cada punto del mundo mágico en cuestión de minutos. "Albus Dumbledore, ¿el culpable de los asesinatos en el Ministerio?", había titulado El Profeta en su edición vespertina. Todos los articulos de aquella tarde los dedicaban a culpar al anciano director de todos los extraños sucesos de los últimos meses. Del ataque a Draco, de las muertes de magos y brujas alrededor del mundo, del extraño comportamiento de muchas "honorables personalidades"...

 

Hermione no quería creerse nada, pero que Albus escapase sin dar ni una explicación la preocupaba. "No puede ser verdad", pensó, mientras el agradable chorro de agua caliente limpiaba sus tetas y ella se enjabonaba las nalgas con delicadeza. Como cada mañana, sintió la tentación de dejar su mano más tiempo del necesario entre sus piernas, pero con todo lo que le rondaba la cabeza, decidió dejarlo para más tarde. Luego, un pensamiento hizo que sonriera por primera vez aquella mañana: "los chicos vuelven hoy de Hogwarts, por fin puedo dejarle este trabajo a otro".

 

 

  • ¿Te vas a volver a follar a Hermione?

 

Harry estuvo a punto de escupir la gragea que se estaba tomando cuando escuchó la pregunta. Los grandes ojos grises de su amiga lo miraban con verdadero interés.

 

  • Este no es el momento para hablar de eso, Luna -dijo alarmado, viendo que algunos de sus compañeros de Hogwarts, que esperaban junto a ellos para subir al tren, habían girado la cabeza-. Y... No, no voy a...

  • ¿A Ginny, entonces? -preguntó Luna sin dejarle acabar, contenta-. Creo que lo pasó muy bien contigo. Además, tu fuiste el primero que...

 

Harry le tapó la boca con la mano antes de que siguiera contándole a medio colegio su vida sexual. Luna, como si estuviera jugando, le mordió y aplaudió con una sonrisa cuando la soltó.

 

Subieron al tren poco después, quitándose de encima los abrigos que les protegían de la nieve que caía sobre Hogsmeade. Luna lo llevó de la mano hasta un compartimento alejado, en la zona donde solían estar los alumnos de Ravenclaw. Por el camino cruzó la mirada con Ron, que estaba sentado junto a Parvati, Lavender y Ginny en el vagón contiguo. Cuando llegaron al lugar que Luna buscaba, vio que estaban los dos solos. "No todo el mundo se va de Hogwarts en Navidad", se explicó a sí mismo Harry.

 

  • ¿Por qué no quieres volver a hacerlo con Hermione? -insistió Luna mientras colocaban las maletas.

  • Luna, yo... Hermione es la novia de mi mejor amigo, ¿recuerdas? Sólo lo hicimos porque ese libro... -Harry se detuvo, confundido-. ¿Qué más da? Ya te lo he dicho. Últimamente me puedo controlar mucho mejor. Sólo cuando estoy contigo tengo ganas.

 

Su excéntrica amiga se acercó a él y lo inspeccionó con la nariz encogida, dudando.

 

  • No te entiendo, Harry -dijo al fin-. ¿Por qué dejaste que te la chupara Tonks entonces?

  • Luna, ya te lo he dicho.

 

Volvió a explicarle todo lo que había pasado en sus recuerdos ante la mirada de Luna, cuyos ojos brillaban de la emoción cada vez que lo oía. Aunque Tonks le había pedido que no dijera nada sobre Dumbledore por el momento, Luna lo imaginó al instante cuando se lo insinuó por primera vez.

 

  • Me pregunto por qué querría Dumbledore que olvidases justo esas horas -dijo Luna, cuyo cerebro parecía ir a mil-. Aunque tiene sentido, ¿no? Sólo te afectó a unos pocos recuerdos. Si alguien hubiese querido hacerte daño, no se habría preocupado por eso.

 

Harry le dio vueltas a esas palabras mientras Luna se levantaba y cerraba la cortina que daba al pasillo. Poco después se acercó, contenta, y se sentó en sus rodillas dando botes con su delicado trasero.

 

  • Si de verdad piensas pasarte todas las vacaciones sin sexo, vas a tener que hacerte cientos de pajas -exageró Luna sonriéndole antes de ponerse de nuevo seria-. Como tu fiel amiga, es mi deber dejar que me folles para que te vayas descargado a tu prisión de celibato.

 

Harry agarró el culo de Luna y la pegó a él antes de darle un azote y besar sus labios entre risas. A pesar de todo lo que estaba pasando, los dos estaban felices y la preocupación por Dumbledore se quedaba en un lugar secundario cuando estaban juntos. Sus sexos, de nuevo estimulados y deseando entrar en acción, eran lo que ocupaba sus jóvenes mentes mientras sus lenguas y sus dedos encontraban de nuevo los lugares más necesitados en el cuerpo del otro.

 

 

Hermione acabó de secarse todo el cuerpo y enrolló la toalla sobre él hasta cubrirse a duras penas sus zonas más privadas. Salió del baño en dirección a la habitación y por el camino se encontró a Arthur, ya vestido.

 

  • B-buenos días, Hermione -la saludó, nervioso.

  • Buenos días señor Weasley -respondió ella, divertida.

 

Hermione dejó que el padre de su novio se deleitara unos segundos observando su voluptuoso cuerpo apretado bajo su inestable cobertura, pero Molly le llamó al momento desde el piso de abajo y tuvo que dejar que se fuera, aturdido.

 

Una vez en la habitación, Hermione se deshizo de la toalla y buscó entre su ropa interior la más adecuada para recibir a Ron. Un pequeño tanga negro se encargó de cubrir su sexo recién depilado. Hermione se observó al espejo para comprobar que se apretaba entre sus nalgas ayudando a hacer todavía más atractivo su trasero, mientras metía las tetas en un amplísimo sujetador del mismo color que, a pesar de todo, apretaba y realzaba sus atributos. Tras meter sus largas piernas en unos pantalones vaqueros que se camuflarían bien entre los muggles, Hermione decidió ponerse una blusa atrevida. Ya que iban a recoger a sus amigos a la estación de King's Cross, pretendía darles una sorpresa agradable. Vista la imagen que le devolvía el espejo, estaba segura de que lo conseguiría. Los pantalones se apretaban en sus largas piernas y su culo, que se veía firme y apetecible. Sus rizos caían sobre sus hombros con naturalidad y se sentía especialmente guapa esa mañana, con sus profundos ojos marrones destacando sobre sus labios rosados y su delicada nariz. La blusa conseguía, junto al sujetador, su último objetivo. El vientre de Hermione parecía completamente plano bajo la sombra de sus pechos, que parecían suspenderse en el aire por arte de magia y se mostraban a través del vasto escote como dos amenazantes y jugosas armas dispuestas a alimentar a cualquiera que lo necesitase.

 

Contenta con lo que veía, bajó las escaleras dando pequeños botecitos y fue a la cocina, donde toda la familia se reunía. Su conjunto atrajo las miradas al instante y en ese momento se ruborizó y pensó que igual no era tan buena idea haberse vestido así. Sin embargo, pensó en cómo la recibiría Ron en la estación y volvió a ganar confianza, antes de tratar de apartar de su mente las ideas que le hacían pensar en cómo reaccionaría Harry.

 

  • Buenos días, Hermione -escuchó decir desde la puerta a una voz profunda que no esperaba escuchar esa mañana.

  • ¡Kingsley! -respondió, sorprendida, antes de darle un abrazo-. ¿Nos vas a acompañar a la estación? ¿Por qué has...?

 

Se detuvo al ver el sobre que llevaba el auror en la mano, con el logo del Wizengamot. No tenía dudas de lo que era, pero se limitó a ver los ojos oscuros del mago.

 

  • Me parece que nos vamos a tener que quedar aquí, Hermione -dijo Kingsley, con una mueca, mientras le daba un pergamino a la bruja.

 

Hermione leyó el contenido, que efectivamente era la sentencia tras el juicio. Empezaba enumerando cada una de las leyes mágicas que le habían atribuido, para después explicar punto por punto lo que había ocurrido, antes de confirmar la sentencia. Cada vez más extrañada, el humor de Hermione fue empeorando por momentos, hasta que llegó a la firma de Scrimgeour, alucinada.

 

  • ¿Qué significa esto? ¡Pero si quedó demostrado que yo no había hecho nada! ¡Malfoy lo reconoció!

  • Hermione, entiendo que...

  • ¡No! -respondió la bruja, más exaltada que nunca en su vida-. ¡Me niego! No puedo estar más tiempo sufriendo por algo que no he hecho ¿Vigilada por dos aurores sin poder salir de La Madriguera? ¡Ni siquiera cuando creían que era culpable me trataban así!

  • Hermione -siguió Kingsley, que no se esperaba esa reacción-. Esto no es sólo contra ti. Tienes que entender...

 

Hermione no le dejó acabar, y en una actitud impropia de ella, lanzó la carta al suelo, salió corriendo de la cocina y subió las escaleras a toda prisa. Estaba segura de que iba a poder volver a Hogwarts tras el juicio, y aquel veredicto le sentó como un puñal. Ni ella misma entendía que le afectase tanto, pero se obligó a evitar gritar mientras subía hasta la habitación. Por sus mejillas caían a montones lágrimas de frustración que acababan mojando sus tetas, que botaban gracias a sus violentos pasos y siguieron subiendo y bajando con su acelerada respiración cuando se detuvo ante el espejo.

 

Sin dejar de llorar y sin saber todavía muy bien la causa, se deshizo con rabia de su ropa hasta quedarse desnuda contemplando su reflejo. Allí, viéndose tal y como era, quiso con toda su alma volver al pasado, como si el cuerpo de mujer que el espejo le mostraba fuese el causante de todas sus penas. En aquel momento se odiaba a sí misma y todo lo que veía. Sus largas piernas y sus labios, presuntuosos. Su sexo, rosado y sin rastro alguno de vello, le parecía inapropiado para la mejor alumna de Hogwarts. Sus exageradas curvas, en las que brillaban con luz propia sus descomunales pechos, amenazantes. De alguna forma o de otra, quería culparle de todo lo que estaba ocurriendo, y sus lágrimas siguieron cayendo por su cuerpo desnudo mientras su cabeza buscaba una solución y la rabia se adueñaba de ella.

 

 

Harry no podía aguantar la risa mientras Luna, subida encima de él, le hacía cosquillas en el cuello y le contaba alguna de sus ocurrencias, como su plan de buscar y criar un thestral esas Navidades. Ella, juguetona, le devolvía su preciosa sonrisa mientras le veía con sus grandes ojos grises, siempre curiosos. Los juegos pasaron a ser poco a poco más serios, y pronto las manos de Harry agarraron con fuerza las firmes nalgas de su amiga a la vez que sus labios se confundían en un beso apasionado e histérico, sabiendo que estarían unas semanas sin verse. En los pantalones de Harry fue creciendo otro tipo de bestia que Luna estaría encantada de dominar, pero junto a sus ganas de sexo, también apareció otra necesidad.

 

  • Luna, tengo que ir al baño -se disculpó, sacando a duras penas la cabeza de entre las tetas de su amiga, que se las presionaba contra la cara.

  • Vale -se limitó a decir Luna antes de levantarse de golpe, como si nada de lo que estaban haciendo hasta entonces le hubiese afectado-. ¿Quieres que me vaya haciendo un dedo para prepararme?

  • Eh... Si quieres... -dudó Harry- Quiero decir... No. Ya me encargo yo cuando vuelva.

 

Luna asintió y se sentó tranquilamente, viendo el paisaje por la ventana del compartimento. Harry, que todavía no era capaz de acostumbrarse a la actitud de su compañera, se cubrió con la capa para ocultar su erección y recorrió el vagón hasta llegar al baño de chicos. Una vez dentro del pequeño compartimento, bajó sus pantalones y, con la dificultad propia de su dureza, acabó con aquel inoportuno instinto. Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

 

  • ¡Ocupado! -se limitó a decir Harry mientras continuaba dejando su aparato listo para Luna.

 

Unos segundos después, escuchó un murmullo y el sonido de la cerradura abriéndose. No le dio tiempo a cubrirse ni a darse la vuelta, sorprendido.

 

  • ¡He dicho que...! -empezó a decir, alterado, antes de sentir como una mano pequeña y fría se cerraba alrededor de su grueso pene en el momento en que la puerta volvía a cerrarse.

  • ¡Oh, por todas las brujas, Harry! ¿Esto... esto es normal?

 

Al escuchar la voz de Cho, Harry fue incapaz de pedirle que se detuviese. Ni siquiera se movió, temiendo asustarla, y dejó que la chica asiática fuese moviendo la mano con cuidado a través de toda su erección. Incapaz de rodearla por completo con sus dedos, Cho parecía estar más bien dándole un masaje en una parte muy inflamada de su cuerpo, cubriendo y descubriendo su glande conforme subía y bajaba su mano sobre el pene de Harry, que aguantaba la respiración temiendo que cualquier ruido le privase de aquel inesperado placer.

 

  • Cho, ¿por qué haces esto? -preguntó al fin tras unas cuantas sacudidas, agradeciendo el contacto con su delicada mano.

  • Y-yo... No lo sé... -respondió la bruja, que parecía muy nerviosa pero no dejaba de masturbar a su exnovio-. Desde que se fue Noshi... yo... Y te vi pasar por mi compartimento... ¡Perdón!

 

Pensar en eso pareció devolverle su timidez, y soltó a Harry de golpe. Trató de salir del baño pero el mago la agarró por la cadera, dándose la vuelta. Cuando se giró, la cara de Cho era un poema. Estaba colorada y sus ojos evitaban mirarle a la cara, pero eso no le impedía lanzar fugaces miradas a la enorme polla que Harry no tenía prisa en ocultar. Confundida y, al parecer, muy caliente, Cho no dijo nada más.

 

  • Cho, tuvimos nuestro momento -empezó Harry, que no estaba seguro de lo que hacer-. No funcionó, y yo ahora sólo pienso en otra persona -mientras lo decía, sin embargo, se guardaba el paquete muy lentamente, para mayor placer de su amiga-. ¿Por qué no... te vienes un rato a nuestro compartimento? Hasta que te tranquilices.

 

Cho no discutió la idea, y dejó que la llevase hasta el lugar donde Luna lo esperaba, leyendo El Quisquilloso. Se había cambiado de ropa y ahora una ligera camisa era lo único que la cubría por encima de una minifalda con pliegues y unas medias de puntilla.

 

  • ¡Creía que no ibas a volver! -dijo Luna, contenta-. ¿Te gusta...? ¡Oh! ¡Hola Cho! ¿Te lo estabas follando?

  • ¡No! -respondieron a la vez Harry y su compañera de Ravenclaw.

 

Luna los miró, extrañada, como si supiera que algo había ocurrido, y se limitó a sonreír y decirle:

 

  • ¡Oh, pues deberías! Seguro que te diviertes tanto como cuando Noshi te come el coño.

 

La inesperada respuesta de su amiga hizo que la cara de Cho pasase del pálido al rojo más intenso que Harry había visto en su vida en cuestión de segundos. El mago aguantó la risa como pudo y le pidió a la morena que se sentase.

 

  • ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Luna, buscando la respuesta en los ojos de Harry, que se limitó a encogerse de hombros.

 

Durante un buen rato hablaron del curso en Hogwarts y de sus profesores más odiados. Cho era la única que consideraba a Tonks mala profesora, y Harry no pudo evitar imaginarse las razones, con una sonrisa. Después, Cho empezó a abrirse más y a contar sus penas tras lo que le había sucedido con su familia y lo mal que lo había pasado tras la marcha de Noshi.

 

Tras unos minutos de conversación muy poco interesante, Harry veia que se acercaban a Londres y no había podido intimar con Luna. La bruja parecía pensar lo mismo, con la nariz fruncida en una mueca graciosa, así que le hizo un gesto con la cabeza para tratar de echar a Cho cuidadosamente. Luna asintió con una sonrisa, dando a entender que había comprendido la idea de su amigo.

 

  • Bueno, creo que ya hemos hablado suficiente, ¿no? -dijo Harry, de repente.

  • Tienes razón -respondió Luna levantándose y, para sorpresa de Harry, cerrando el pestillo del compartimento-. Cho, ¿tienes ganas de chuparle la polla?

 

 

Cansada de ponerse de nuevo en lo peor, Hermione se había encerrado en la habitación y se había metido en la cama, tapada hasta el cuello con las sábanas recién cambiadas. No dejó entrar a Kingsley, que le hablaba desde la puerta a pesar de que no entendía lo que estaba diciendo, ni a Molly, que le había subido el desayuno. Cuando la señora Weasley le anunció que se marchaban a la estación, Hermione ni siquiera respondió, pero se tranquilizó un poco ante la idea de volver a ver a sus amigos, y poco después se quedó dormida.

 

Unos ruidos suaves despertaron a Hermione un tiempo después. No debía haber dormido mucho, por la luz que entraba por la ventana, pero alguien había aprovechado para entrar en su habitación. Abrió los ojos con dificultad y vio a Fleur agachada a un par de metros de su cama. Desde su posición podía ver el pantalón corto de tela que se apretaba contra su precioso trasero, que permitía intuir la forma del tanga que la cubría debajo.

 

Hermione no dijo nada, y se limitó a ver cómo la francesa recogía la ropa que había tirado por el suelo y la ordenaba en el armario, deteniéndose asombrada en el cajón donde guardaba los sostenes. Cuando se aseguró de que todo estaba recogido, Fleur se acercó a la ventana y contempló el paisaje. Hermione sintió un temblor al ver cómo la luz de aquella mañana mostraba los ojos azules de la semiveela y su preciosa cara, cubierta por su deslumbrante melena rubia.

 

  • Kingsley está hablando con una mujeg. Cgeo que es otga de las augogues que se quedagá vigilándote -dijo Fleur, que parecía saber desde hace un buen rato que Hermione estaba despierta-. No es muy pgopio de una señoguita como tú pogtagse así, ¿sabes? -acabó, seria, mirando a su acompañante.

  • Lo sé. Lo siento -respondió Hermione tras pensar unos segundos-. No tengo ganas de explicarme ahora, Fleur, pero... gracias por recoger.

 

La francesa negó con la cabeza y se acercó lentamente hasta posarse sobre la cama, viendo a Hermione, que ahora se sentía estúpida. Fleur le sacó un mechón de pelo de la cara y la miró a los ojos con verdadero cariño.

 

  • Hegmione, esto no es sólo contga ti. Kingsley ha tgatado de explicágtelo. Lo hacen pagga pgotegegte. No sabemos lo que Dumbledogge...

  • Dumbledore no me hará nada -respondió ella, sin mucha convicción.

  • Ni tú ni yo podemos asegugag eso, ¿vegdad? -respondió tranquilamente Fleur-. Ya no hay nada que podamos asegugag con claggidad. Ni siquiegga sé si podemos confiag en la diggectoga Maxime. No ggesponde a mis cagtas desde hace semanas -siguió, decaída, antes de forzar una sonrisa-. ¡Pog eso tenemos que estag juntas! Y mientgas yo esté aquí, no te va a faltag de nada.

 

La semiveela se acercó sonriente y Hermione sintió sus jugosos labios besándola en la mejilla. Eso, unido al delicado aroma de su pelo, provocó que la piel de Hermione se erizase y sus mejillas se coloreasen.

 

  • ¿Tienes fgío? -preguntó Fleur levantándose y dirigiéndose hacia la ventana para cerrarla.

 

Hermione no pudo evitar fijarse en las largas piernas de la bruja, que se contoneaba sin pretensiones. Cuando volvió a sentarse, la reacción de su cuerpo seguía siendo la misma, como era de esperar. La mirada de Fleur indicaba que ella también se había dado cuenta, y Hermione volvió a estremecerse cuando la francesa paso los dedos por su cuello.

 

  • Piensa otga cosa, Hegmione. Duggante estos días vas a teneg la suegte de estag con tu chico de nuevo -dijo, con una sonrisa, antes de pasar la mano a sus piernas, sobre las sábanas-. Estoy segugga de que tiene... muchas... ganas, de estag contigo a solas. Tienes que pogtagte bien.

 

Hermione no podía dejar de mirar los asombrosos ojos azules de Fleur, que parecía actuar con toda naturalidad. La mano de la bruja, que se paseaba por sus piernas despacio, ayudaba a que se imaginase con mayor claridad lo que la francesa insinuaba con sus palabras. Hermione sentía el calor volviendo a su cuerpo mientras el acento de su confidente se hacía con sus oídos. Intentó hablar sin éxito, porque en un grácil movimiento, Fleur le puso un dedo sobre los labios.

 

  • Me pgegunto cuántas noches habgá estado Ggonald tratando de gecogdag lo que esta tela tapa ahoga -siguió diciendo, mientras descubría los hombros desnudos de Hermione bajando un poco la sábana-. Pego la mente nunca puede supegag lo que los ojos nos muestgan, ¿vegdad?

 

Fleur se acercó de nuevo y posó sus labios sobre la espalda de Hermione, incapaz de reaccionar y olvidándose incluso de respirar. Despacio, la semiveela llevó sus labios a su oreja y susurró a su oído:

 

  • Egges una mujeg pgeciosa, Hegmione. Quieggo que seas capaz de mostgaglo, y antes de eso necesitas ggelajagte.

 

Ya no sólo era su piel lo que reaccionaba a los labios y las palabras de su compañera. El resto de su cuerpo empezaba a mostrar síntomas de que algo muy bueno le estaba ocurriendo. Fleur seguía descubriendo su figura desnuda con delicadeza, mientras besaba cada nueva zona. Hermione no dejaba de ver cómo aquella mujer, probablemente la mayor belleza que vería nunca, se paseaba sobre su piel sin necesidad de pedir permiso. Se sentía en otro mundo, incapaz de rechazar un regalo tan especial y placentero.

 

Los pechos de Hermione quedaron pronto al descubierto, a la vez que Fleur la invitaba a tumbarse. Su exagerado tamaño provocó una sonrisa a la francesa, que se limitó a verlos mientras seguía bajando la sábana hasta el vientre, momento en el que se detuvo. Sin dejar de acariciarle los brazos, posó los labios bajo su ombligo y empezó a besarla haciendo un camino ascendente. Hermione temblaba y seguía con sus ojos el movimiento, aunque se perdía de vez en cuando en el trasero de la semiveela o en los pechos que, firmes, rozaba contra ella tras la camiseta.

 

  • Tus seins son una magavilla -dijo Fleur al llegar a ellos, agarrando con ambas manos las mamas de Hermione-. Tan ggandes, tan lindos, tan... son pegfectos -acabó la bruja, justo antes dar un pequeño lametón a uno de sus duros pezones.

 

Hermione vio, empezando a cegarse de placer, cómo Fleur chupaba con maestría el pezón de su pecho izquierdo, mientras sus delicadas manos acariciaban el resto de su busto. La semiveela parecía gozar entre las enormes tetas de Hermione, que parecían gigantescas al lado de su cara. La lengua de Fleur iba de un pezón a otro cada cierto tiempo, manteniéndolos tan duros que casi le dolían. Sus manos apretaban lo justo para mantenerlos juntos, exhuberantes y amenazantes, pero la francesa no se intimidaba por su tamaño y siguió haciendo que Hermione le pidiese más con su desesperada mirada.

 

Entonces llegó. Fleur dejó de lamer sus cántaros y se tumbó junto a ella. Sus labios fueron directos a los de Hermione, que sintió que se derretía mientras Fleur la besaba y sentía su mano bajando por su vientre. Todavía cubiertas por las sábanas, las piernas de Hermione seguían temblando y se abrieron lo justo para dejar pasar los dedos de la semiveela, que acariciaron el clítoris de la bruja provocando unos gemidos apagados y luego comprobaron cómo sus labios más húmedos estaban entre sus piernas.

 

Sin dejar de mirarla a los ojos, Fleur se metió en la boca los dedos que acababan de bajar a la intimidad de Hermione y, ya empapados, los volvió a esconder entre las sábanas y los metió dentro de la bruja a la vez que metía la lengua entre sus labios. Hermione ya no sabía si algo tan bueno podía ser real, pero se esmeraba en seguir el delicioso beso de Fleur mordiendo sus labios y acariciando su cuello. Los dedos de Fleur parecían más largos todavía dentro de ella, y acariciaban su interior con tanta familiaridad que sólo podía desear que se los prestase para masturbarse el resto de su vida. El anular y el corazón la penetraban a la velocidad justa para darle más y más ganas de más mientras el pulgar la hacía temblar tocando su sensible clítoris. La francesa hacía todo aquello sin dejar de jugar con sus labios. Sólo abandonaba la boca de Hermione para saborear de nuevo sus jugosísimos pechos con aparente placer.

 

  • F-Fleur... ¡Oh...! -fue todo lo que fue capaz de decir sin quedarse sin aire.

 

Tras unos minutos metiéndole los dedos y escuchando sus gemidos desesperados, Fleur dejó de masturbarla. Con una de las miradas más arrebatadoras que Hermione vería en toda su vida, la preciosa bruja francesa se chupó los dedos de forma sensual y volvió a besarla, dejándole que sintiese su propio sabor con la lengua. Hermione ya no podía estar más caliente, y acarició el increíble culo de Fleur justo antes de que la chica le guiñase un ojo y apartase sus adictivos labios.

 

Entonces vio los preciosos ojos azules de Fleur fijos en los suyos, y sintió la necesidad de correrse cuando la francesa se tapó lo pies con la sábana y su boca empezó a hacer un recorrido descendente. El cuello fue la primera parada de aquella experta mujer, y besó sensualmente esa zona, que fue el inicio de un camino que hizo posando sus labios sobre la piel erizada de Hermione. Tras detenerse largo tiempo de nuevo entre sus masivos pechos, Hermione vio conteniendo la respiración como la melena rubia de Fleur le impedía detectar cómo podía hacer con sus labios sobre su vientre que se sintiera tan a gusto. Su monte de Venus fue la última estación de Fleur antes de taparse la cabeza con las sábanas. Hermione no pudo ver cómo seguía bajando desde allí, ni cómo se hacía hueco abriendo sus piernas, ni entender por qué estaba tan increíblemente sensible aquella mañana. Fleur dejó de tocarla entonces, pero sólo unos segundos. Cuando volvió, inesperadamente, Hermione descubrió el placer.

 

 

  • ¿Ch-chupar? ¿E-en el tren? -respondió Cho, roja como un tomate.

  • Claro, ¿no es lo que le ibas a hacer en el baño? -respondió Luna, que siguió, contenta, viendo que no lo negaban-. Vamos Harry, enséñale.

  • ¿Enseñarle? ¿A qué? -preguntó Harry, antes de ver cómo Cho apartaba la cara, aún más avergonzada-. ¿Nunca...? -Cho negó con la cabeza-. ¿Ni siquiera a...? -la asiática volvió a negar.

 

Luna se acercó al asiento Harry y desabrochó su cinturón.

 

  • A Cho sólo le gustan realmente las mujeres. Cedric debió acabar desesperado -acabó Luna, con un comentario totalmente inadecuado que sin embargo dejaron pasar-. Pero si es tan buena chupándosela a un hombre como comiendo coños lo vas a pasar genial, Harry -siguió, sonriendo.

 

Cho parecia a punto de explotar de vergüenza, y se refugió contra la ventana del compartimento. Harry estaba aturdido, y miraba a las dos chicas tratando de comprender.

 

  • ¿Y tú cómo sabes eso Luna? -preguntó, antes de ver la lujuria en los ojos de su amiga, que sin duda había probado de primera mano las artes de Cho-. ¿Y si sólo le gustan las mujeres, por qué iba a querer...?

  • Eso pregúntaselo a ella -respondió Luna-. A lo mejor es porque tienes una forma de ser femenina -dijo, frunciendo el ceño.

  • Yo no tengo una forma de ser fe... -empezó a protestar Harry.

  • ¡No! -interrumpió Cho de repente, incorporándose-. Yo no quiero c-comérsela a Harry ni a nadie, no s-soy así, L-Luna.

 

Cuando terminó de decirlo, sin embargo, la bruja rubia acabó de bajar los pantalones a Harry y sacó de sus calzoncillos su pene, todavía flácido pero increíblemente largo. Cho se quedó tiesa viéndolo y con las rodillas temblando. Lo que acababa de decirles quedó en el olvido poco después, cuando se arrodilló ante el asiento de Harry y, sin verle a los ojos, lamió con nerviosismo todo su aparato, provocando una primera hinchazón.

 

Luna estaba satisfecha, y se sentó enfrente con las piernas abiertas. Bajo su minifalda sólo había unas braguitas transparentes. Harry contempló a su excéntrica amiga con deseo, y empezó a crecer bajo los labios de Cho en el momento en que Luna metió su mano derecha bajo sus bragas.

 

  • Lo estás haciendo muy bien -dijo entonces Luna-. Ahora métetela en la boca.

 

Cho, nerviosa pero obediente, empezó a comerse el glande de Harry, cuya impresionante cola crecía por segundos. Harry acariciaba el pelo negro de su amiga para animarla mientras se sentía grande entre sus finos e inexpertos labios. A Luna parecía ponerle mucho todo aquello, y pronto empezó a gemir gracias a sus dedos, momento en el que lanzó un hechizo para insonorizar el compartimento. Cho seguía mamando con curiosidad, pero cuanto más crecía Harry menos conseguía tragarse ella.

 

Cuando la erección de Harry fue completa, su polla parecía gigantesca al lado de la cara de la asiática, que parecía sufrir para mamar algo más allá de su glande, pero cuya lengua pasaba de vez en cuando por toda la virilidad de su amigo. Aunque no tuviese una buena técnica, la idea de saber que era la primera vez que Cho hacía una mamada ponía realmente cachondo a Harry y a Luna, que ya se metía los dedos a gran velocidad.

 

  • ¿Te gusta, Harry? -preguntó poco después Cho, mirándole a los ojos por primera vez desde el comienzo de su mamada.

  • Me encanta, Cho -respondió, acariciándole la cara-. Eres muy delicada chupándola.

 

Cho se ruborizó y volvió a metérsela en la boca, esta vez mirando directamente a los ojos de Harry. Iban pasando los minutos y ahora sí parecía más cómoda, llegando cada vez más lejos sobre su pene. Sus ojos rasgados le miraban cada vez con mayor deseo y su lengua parecía empeñada en tocar las zonas que más le predisponían a correrse. Cho subía y bajaba a buena velocidad sobre él y le estaba dejando empapado con su saliva, que era incapaz de sorber con aquel gigantesco falo ocupando su boca.

 

Luna se levantó en ese momento y agarró el pelo de Cho. Arrodillada a su lado, la besó con muchas ganas mientras veía de reojo a Harry, cada vez más caliente. El mago se deshizo entonces del pantalón y se volvió a sentar ante ellas, listo para la mamada conjunta de sus dos amigas. Cho y Luna, como sabiendo sus intenciones, se miraron la una a la otra y soltaron una carcajada. Para decepción de Harry, Luna se llevó a su feladora al lugar donde ella se había sentado y se deshizo de sus bragas, lanzándoselas a su amigo a la cara.

 

  • Ahora me toca a mí -dijo la rubia.

 

Cho, con mucha más confianza, se introdujo bajo la minifalda de Luna y empezó a chupar su coño con rápidos lametones. Desde su posición, Harry podía sólo podía ver las piernas y la espalda de su exnovia, arrodillada lamiendo a su actual "amiga con derechos". Los movimientos de su cabeza entre las piernas de Luna eran tremendamente estimulantes y le ayudaron a mantener la erección.

 

  • ¿Y qué pasa con esto? -preguntó, mostrando su durísimo falo a sus dos amigas.

  • Encárgate tú ahora -rio Luna viéndole, y respondiendo por las dos.

 

Harry negó con una sonrisa y empezó a sacudírsela viendo aquel espectáculo lésbico. Atrevido, decidió algo después levantar la falda de Cho, que sólo se quejó con un gemido, y se pajeó viendo el precioso culo en pompa de su delgada amiga, cubierto por un minúsculo tanga azul de Ravenclaw que añadía más detalles de aquella casa a la ya erótica situación de aquellas dos alumnas seleccionadas por el sombrero seleccionador sin saber que iban a acabar tan unidas.

 

La comida de coño duró unos cuantos minutos en los que Harry se mantuvo duro gracias a su mano para lo que pudiera ocurrir. Y pronto sucedió. Luna agarró de nuevo la cabeza de Cho y la besó, antes de decirle:

 

  • ¿Quieres follártelo ya?

 

Cho giró la cabeza y se quedó con los ojos muy abiertos unos segundos mirando el rabo que Harry meneaba.

 

  • Y-yo no puedo meterme todo eso -respondió al fin, con temor en sus ojos-. Me partiría en dos.

 

Luna se rio y se levantó, cediendo su sitio a Cho. Luego le hizo una señal de que se acercara a Harry con el dedo y se colocó a cuatro patas mostrándose de lado a Cho. La asiática entendió enseguida y apartó la parte delantera de su tanga para acariciarse. Harry echó un vistazo al perfecto sexo de su exnovia, impoluto y con un color rosáceo tremendamente apetecible. Durísimo e incapaz de pensar en nada más que en el placer que le esperaba, vio la cara de placer de Cho y le mostró su pene en toda su extensión antes de colocarse tras su compañera de Ravenclaw y, con un rápido movimiento y ayudado por la excesiva lubricación de ambos, se la metió hasta el fondo.

 

El tren traqueteaba a toda velocidad sobre las antiguas vías que conectaban la estación de Hogsmeade con King's Cross. La luz invernal entraba por las ventanas de sus compartimentos alegrando el día a sus pasajeros, que gozaban ante la idea de volver a casa con sus familias. Algunos de ellos se acercaron a los cristales para ver, a lo lejos, el río Támesis, señal de que estaban ya muy cerca. Los alumnos de primer año se atiborraban con ranas de chocolate y los de quinto y séptimo comentaban sus miedos a los TIMOS y EXTASIS que se avecinaban. La mayoría reía de chistes estúpidos o cotilleaba sobre sus compañeros. Sólo en uno de los vagones las cosas eran distintas. En el último de ellos, habitual de los alumnos de Ravenclaw, uno de los compartimentos tenía las ventanas empañadas y era imposible ver qué sucedía dentro de forma clara. Ajeno a todo lo demás, Harry empotraba a Luna con furia, acoplando sus gemidos a los suyos y a los de Cho, que se masturbaba como una loca disfrutando del durísimo sexo que estaban manteniendo sus amigos. Harry chocaba contra el culo de Luna a toda velocidad con su hinchadísimo aparato, más gordo de la habitual teniendo de espectadora a su exnovia, que no podía creerse que follase de aquella manera.

 

  • ¡Oh! Sois buenísimos. ¡No me puedo creer que te entre semejante bestialidad, Luna! -dijo Cho, asombrada y gozando con el culo de Harry, firme y apretado para hacerlo con más fuerza.

  • Deberías probarlo -respondió ella entre gemidos de placer-. Mira cómo se hace.

 

Luna se la sacó de dentro y obligó a Harry a tumbarse. Dio la espalda a Cho y, tras agarrar el mástil que Harry tenía bajo el vientre, empezó a montarlo a toda velocidad. Harry se agarraba a sus tetas mientras se dejaba hacer. No podía ver a Cho, pero escuchaba sus gemidos, cada vez más altos, tras Luna. Agarró entonces la minifalda de la rubia y la levantó más para mostrarle todo su culo a la asiática. Cho agradeció corriéndose aquel favor, y no dejó de tocarse viendo cómo Luna hacía botar su gran culo sobre la mastodóntica polla de Harry, que abría el coño de Luna con mucha sencillez pero parecía rozar absolutamente todo el interior de aquella mujer. Luna, por su parte, explotó poco después con gemidos capaces de dejarles sordos, a la vez que en el tren se escuchaba la voz de la encargada.

 

  • Estamos llegando a la estación de King's Cross. Por favor, no dejen ninguna varita o mascota. ¡Especialmente sapos!

  • ¡Oh, no! -dijo Cho alterada, intentando levantarse.

 

Luna, tremendamente satisfecha, se levantó también y la volvió a besar.

 

  • Tranquila, todavía te queda una cosa que hacer -dijo, señalando la erección de Harry.

  • ¡Luna! ¡Estamos en Londres! No podemos...

 

Luna la detuvo con un nuevo beso mientras le indicaba a Harry que se levantase. Haciéndole caso, el mago vio cómo Luna conseguía que Cho se agachara y, en cuclillas, saboreara directamente de su polla todos los fluidos que habían generado. Luna se colocó tras ella y le metió los dedos en el coño con la mano apoyada en su culo mientras se turnaban para mamar y se besaban.

 

El tren se paró poco después, y el ruido de los compartimentos abriéndose y las maletas paseando les interrumpió. Por suerte, a través del cristal empañadísimo no se veía nada, y Luna evitó que Cho dejara de chupar, para alegría de Harry. La asiática, nerviosa, mamaba ahora con una velocidad inaudita y se la pasaba a la boca de Luna para descansar, posando sus manos en los abdominales ligeramente marcados de su exnovio y sus ojos en la placentera expresión de su cara. Tras un minuto más así, Harry no pudo más.

 

  • Me voy a correr chicas, ¿qué hago?

  • Échanoslo en la cara -respondió Luna por las dos.

 

Cho intentó protestar, pero cuando se decidió, la mano experta de Luna había conseguido que Harry descargara al fin. Con la boca abierta por los gemidos que Luna le provocaba, la asiática vio cómo un hombre se corría por primera vez, y cómo los chorros de su semen caliente acababan sobre su cara, sobre sus labios, dentro de su boca o sobre los mismos lugares del cuerpo de Luna. Instintivamente escupió lo que había caído en su lengua, pero fue incapaz de no saborear la leche de Harry cuando Luna la besó y le hizo tragar parte de ella. Harry, de pie ante ellas, se guardó una de las imágenes de su vida viendo a sus dos amigas enrollándose cubiertas de su corrida.

 

 

 

 

            39. Frustración

Tras despedirse de Cho y hablar un rato con el excéntrico padre de Luna, ignorante de lo que le había hecho a su hija hasta hace escasos instantes, Harry encontró a los Weasley.

 

  • Creíamos que te habías quedado en Hogwarts -rio Arthur tendiéndole la mano.

  • Lo siento, señor Weasley. Me despisté un poco -respondió él, estrechándosela.

 

Ron y Ginny no parecieron tragarse su excusa, pero Molly sí se acercó a saludarle. Le dio un abrazo fuerte, como siempre, haciéndole notar sus gordísimos melones en el pecho. Sin embargo, le pareció algo más fría de lo habitual, seguramente debido a lo que había pasado entre ellos en verano. "No tiene nada de lo que preocuparse. Ahora sólo necesito estar con Luna" se dijo a sí mismo Harry, que de todas formas echó un vistazo discreto al enorme trasero de la señora Weasley mientras se dirigían al coche.

 

  • ¿Y Hermione? -dijo entonces, dándose cuenta de que faltaba alguien.

  • En casa, castigada -respondió Fred mientras se apretaban en el asiento trasero del nuevo Ford Anglia.

  • El Wizengamot no le permite salir de allí por ahora -complementó George.

  • Deberías haber visto lo enfadada que estaba. Ahora debe estar subiéndose por las paredes, cabreada con el mundo -acabó Fred.

 

 

  • ¡Oh, por Merlín, Fleur, te amo! ¡Gracias! ¡Ahhh! ¡Gracias!

 

Escuchó una pequeña risita de la francesa, que sin embargo siguió lamiendo entre sus piernas como nadie había hecho jamás. Desde el momento en que su lengua acarició su clítoris, sabía que aquello iba a ser único. Fleur le estaba demostrando lo que era posible en el sexo oral, y las comidas de coño que había recibido hasta entonces parecían una broma a su lado. Estaba tan sensible que sentía placer con el roce del pelo de la francesa contra su culo, y sentir la lengua de Fleur revoloteando sobre su clítoris como las alas de un colibrí provocaba terremotos en sus piernas y en su cabeza antes de que los calmase chupando su coñito con sus finos labios. A cambio, Fleur recibía gemidos cada vez más agudos, y agradecimientos incoherentes cortados por nuevas corridas de la alumna más exitosa de Hogwarts.

 

Hermione no sabía a dónde agarrarse, y tan pronto apretaba la cabeza de Fleur sobre las sábanas como se abrazaba a sus propios pechos. Había tenido que insonorizar la habitación para que no las escuchara Kingsley, y ahora gritaba de placer pellizcando sus durísimos pezones o lamiéndose instintivamente las gigantescas tetas. Sin saber muy bien dónde poner las manos, acabó destapando a Fleur, que la miró a los ojos con una mirada inocente que no se correspondía con su maestría para provocarle espasmos sólo con su lengua. Era preciosa, y le estaba comiendo el coño sólo a ella, empapándola de placer con la sencillez que sólo una veela podría tener.

 

  • ¡F-Fleur, déjame devolverte el favor! ¡Ohh! ¡Lo necesito! -dijo entonces Hermione, gimiendo.

  • No es necesaggio -se limitó a responder ella-. Sigue disfgutando, bonita.

 

Hermione se mordió los labios para intentar detener una nueva corrida ntes de contestar.

 

  • ¡Quiero comértelo, por favor...! -respondió Hermione con su último aliento.

 

Sin dejar de lamer su sexo, Fleur la miró a los ojos con los párpados entrecerrados, asegurándose de que iba en serio.

 

  • Como quiegas -dijo entonces Fleur, levantándose y colocando su sexo sobre la boca de su benefactora.

 

En aquel improvisado 69, Hermione volvió a gozar con la lengua de su amiga mientras uno de sus dedos se colaba de nuevo en su interior. Ella, con el tanga y el pantalón de Fleur por medio, empezó a besar y lamer la entrepierna de la francesa, que ya parecía bastante húmeda. En el momento en que agarró bajo la camiseta una de las magníficas tetas de Fleur, las dos chicas escucharon un motor de coche acercándose.

 

  • Han llegado al fin, ¡qué ganas de veglos! -dijo la francesa, que sin embargo volvió a trabajar entre las piernas de Hermione.

  • ¡N-no pares ahora! -ordenó la morena, incapaz de decir que no a la idea de seguir follando con Fleur.

 

No lo hizo, y menos cuando Hermione le bajó el pantalón y el tanga lo suficiente para acceder a su coño con la lengua. Las dos jóvenes empezaron entonces un festival de corridas mutuas agarrándose al cuerpo de la otra con menos delicadeza que antes. Apretando las nalgas de Fleur con fuerza, Hermione metía ahora la lengua en su interior mientras escuchaba los ruidos de los Weasley en la cocina. Fleur se centraba en su clítoris, haciendo que su espalda se curvase para pedirle más.

 

  • ¡¿Hermione?! ¿Fleur? ¿Dónde estáis, chicas? -se escuchó decir a Molly desde abajo-. ¡Ya han llegado los alumnos más trabajadores de Hogwarts.

 

Las chicas hicieron caso omiso, ocupadas entre las piernas de la otra. Sólo cuando escucharon pasos por las escaleras, a Hermione se le encendió una bombilla en la cabeza.

 

  • ¡Oh, no, Fleur! ¿Te acordaste de cerrar la puerta?

 

Fleur dejó de chupar su sexo en ese momento, en el que la voz de Molly se fue haciendo más clara conforme abría el paso a la acalorada habitación.

 

  • ¡Vamos Hermione! Tienes que recuperarte. Hay muchas cosas por las que merece la pena... -se detuvo al entrar en la habitación y ver el 69 que las dos novias de sus hijos practicaban sobre una de las camas de Ginny-. ¡Oh, por Godric Gryffindor!

 

Fleur se levantó de golpe, avergonzada, y se subió el pantalón, cuya entrepierna estaba todavía húmeda por culpa de los lametones de Hermione, que se limitó a cubrirse, asustada.

 

  • Lo siento mucho, Molly. Quieggo que quede claggo que nunca había sido infiel a Bill. Lo juggo -se disculpó Fleur.

 

La señora Weasley tardó en contestar, aparentemente aturdida. Cuando lo hizo, no decía nada muy claro.

 

  • Her-Hermione, mi hijo te... te espera abajo... -se detuvo-. Seguro que t-te echa de menos. Y-y tú, Fleur -tragó saliva-. S-sólo la ayudabas a sentirse mejor, ¿verdad? -acabó, cerrando la puerta y echando el cerrojo de espaldas.

 

Hermione y Fleur se miraron extrañadas mientras Molly se acercaba, indecisa pero colorada.

 

  • N-no entiendo por qué me siento así -dijo, ya al lado de Hermione-. Sois tan... jóvenes y llenas de pasión -una de sus manos empezó a acariciar su delantera-. ¿Q-quieres seguir... ayudándola? -preguntó a Fleur mientras destapaba a Hermione y se quedaba admirando su cuerpo.

 

Fleur apenas dudó unos segundos, y volvió despacio a comer el coño a Hermione, que se sentía indefensa, desnuda para aquellas dos mujeres en la cama. Molly se levantó la falda y empezó a tocarse viendo a las dos chicas, mientras Hermione trataba sin suerte de contener sus gemidos. La situación era muy extraña, pero el calor no permitía que se detuviesen. Tras un rato masturbándose, además, Molly se quitó el apretado jersey y, poco a poco, se deshizo de todo lo que cubría la parte superior de su cuerpo y puso en la cara de Hermione su propio par de sandías.

 

  • Cómaselas, Molly. Así conseguiggemos que se ggecupege antes.

  • T-tienes razón, Fleur. Lo que sea por tu bienestar, Hermione -dijo, antes de agacharse y lamer uno de los pezones de la novia de su hijo.

 

Hermione estaba en la gloria, y pronto correspondió a la señora Weasley chupando sus mastodónticas tetas mientras ella hacía lo propio con las suyas y Fleur la llevaba al clímax con su lengua a la vez que se tocaba. Fueron sólo unos minutos, pero cuando los gemidos autoprovocados de Molly y Fleur llegaron a sus oídos, Hermione tuvo un orgasmo que jamás olvidaría y, exhausta, empapada y desnuda, recuperó el aire mientras Molly se vestía apresuradamente y se despedía con un escueto:

 

  • Bajad cuando podáis chicas. Tengo la comida lista.

 

 

Molly apareció acalorada y con prisas en la cocina. Haciendo caso omiso de las quejas de sus hijos para que sirviera ya la comida, se llevó a su marido de la mano. Harry, curioso, los siguió hasta el salón sin que nadie se fijara en él, y escuchó apoyado en el marco de la puerta.

 

  • Molly, ¿estás bien? ¿Dónde están las chicas? -preguntó Arthur.

  • Eso da igual ahora -respondió ella, siguiendo sus palabras de un beso-. No vayas esta tarde al Ministerio, Arthur.

  • Cariño, sabes que estamos en una situación...

  • ¡Me da igual! -respondió su mujer, desesperada-. Vamos, mira lo que te espera.

 

Harry no podía ver qué le enseñaba su mujer, pero por la reacción de Arthur, lo imaginó.

 

  • ¡Molly, por favor! Los chicos están ahí al lado -dijo, alterado, antes de callarse unos segundos-. ¡Por Merlín, sí que estás empapada!

  • Sólo por ti, Arthur. Si no vas a estar aquí esta tarde, al menos métemela ahora. Vamos, sólo un poquito.

  • Cariño, no podemos... Oh, por ahí no... Ya sabes que...

 

Harry escuchó pasos a su espalda y, antes de que le pillasen espiando a los Weasley, entró sin pensar en el salón. El señor Weasley tenía agarradas con fuerza las nalgas de su mujer, que le besaba el cuello con una mano metida dentro de sus pantalones. Al ver a Harry se separaron de golpe, avergonzados.

 

  • P-perdonen. Venía a preguntarles si... -se detuvo, pensando una excusa-. Si debería subir las maletas antes o después de la comida.

  • ¡Sí! -respondió Molly instintivamente-. Quiero decir...

  • Ya te ayudo yo, Harry -dijo Arthur, que parecía contento por poder librarse del repentino ataque de su mujer.

 

Subieron las maletas al momento y de camino se encontraron a Fleur, que salía apresurada del baño. Dio un beso rápido a Harry, que sintió que estaba menos arreglada de lo habitual y algo sudada. Eso no impidió que el señor Weasley girase la cabeza por instinto para ver cómo bajaba las escaleras contoneando su trasero bajo su pequeño pantalón de tela. Pero a Harry aquello ya no le importaba.

 

Cuando volvieron a bajar, se encontraron con la persona que faltaba, abrazada a a Ron y con los ojos rojos de emoción.

 

  • ¡Harry! -gritó Hermione soltando a su novio y abrazándole a él, con las lágrimas cayendo por sus mejillas.

  • Todo va a ir a mejor ahora. Te lo aseguro -se limitó a decir Harry, emocionado.

 

 

La comida transcurrió mejor de lo esperado, entre chistes de los gemelos mientras se ponían al tanto de todo lo que había ocurrido. Sólo Molly parecía algo nerviosa, pero su comida estaba tan deliciosa como siempre. Sin embargo, todo se volvió mucho menos alegre cuando pasaron a hablar de Dumbledore.

 

  • ¿No te dijo nada antes de irse? -preguntó Ron a su novia, con cara de preocupación.

  • Tras la acusación de Draco, simplemente desapareció -respondió Hermione.

  • Tenía entendido que no era posible aparecerse en el Ministerio -añadió Ginny

  • Dumbledore no tendría problemas con una minucia como esa -respondió Harry, que se negaba todavía a tratar a su admirado director como un criminal.

 

Todos le miraron y asintieron.

 

  • ¿Creéis que de verdad está detrás de todo esto? -preguntó Ron de nuevo.

  • ¿Desde cuándo nos creemos lo que diga Malfoy? -le respondió su hermana, con el ceño fruncido.

  • Más nos vale que no... -dijo entonces George.

  • ... o acabaremos peor que Nick -terminó Fred, simulando que se ahorcaba.

 

Molly le reprendió mientras el resto no sabía si reír o no. Después llegaron los postres, y todos cambiaron de conversación.

 

  • ¿Hay alguna novedad con el libro? -preguntó Hermione a Harry, susurrándole al oído-. No podemos dejarlo ahora.

  • Anoche no había aparecido la próxima prueba.

  • Tenemos que apresurarnos y descubrir la tercera.

  • Cuarta.

  • ¿Cuarta? ¿Qué has estado haciendo? -preguntó Hermione con una sonrisa.

  • Luego te lo cuento -mintió Harry, nervioso y viendo que Ron no les sacaba el ojo de encima.

 

Al acabar de comer, Arthur, Fleur, Percy y los gemelos se despidieron para acudir a sus respectivos trabajos. Harry, agotado, subió a su habitación con Ron, que parecía de mucho mejor humor. Hablaron durante un tiempo de cosas insulsas, pero al menos hablaron, pero poco después Hermione apareció en la puerta y, tras decir cuatro frases manidas, se llevó a Ron a su habitación. A Harry ya no le molestaba eso, y ahora sólo pensaba en volver a Hogwarts para estar con Luna otra vez. No pretendía entender por qué sentía aquello, y se sentía feliz así.

 

Antes de tirarse en la cama, sacó el libro rojo del baúl y leyó las mismas palabras que llevaban allí semanas, tras conseguir que Ron se acostase con Rita.

 

"Un trabajo excelente, Harry Potter", decía la parte superior de la hoja,"La leyenda sólo está al alcance de aquellos que comprenden el valor de su causa, dejando atrás lo circunstancial y lo efímero".

 

Resignado, lo dejó en su mesilla de noche, cerró los ojos y trató de dormir.

 

 

La polla de Ron le supo a gloria desde el primer lametón. La echaba tanto de menos que apenas había hablado con su novio antes de tirarle en la cama y bajarle los pantalones. Ahora el pelirrojo le seguía contando anécdotas de Hogwarts pero ella sólo pensaba en seguir tragándose su brutal aparato. Ron apretaba sus tetas de vez en cuando para ayudar a estimularse, y estaba tan duro que Hermione ni utilizaba las manos para ayudarse en su mamada.

 

Pronto Ron pasó a su modo bestial, y antes de que se diera cuenta, el pelirrojo se había subido encima suya, le había abierto las piernas y había metido su gigantesco aparato dentro de ella. Sentir sus embestidas indefensa ante él, sus labios chupándole las enormes tetas como poseído y sus manos tocando con desesperación el resto de su cuerpo hacían que Hermione gimiera como en sus mayores sueños. Sin embargo, conforme iban pasando los minutos y Ron la ponía de lado, encima, a cuatro patas o en cualquier otra postura que le permitiese follarla de la manera más estimulante, la mente de Hermione la fue ocupando el recuerdo de Fleur. Adoraba cómo entraba y salía su gran hombre de ella, pero aún así en su cuerpo aún temblaba el placer de la lengua de la francesa, de sus labios y de sus magníficos dedos.

 

Como si volviese a revivirlo, el placer que Fleur le había proporcionado se hizo real en ella, y pronto fue incapaz de resistirse a un nuevo orgasmo de dimensiones siderales mientras Ron, creyendo ser el artífice de tales gritos, se corría inesperadamente con grandes disparos que llegaron a lo más profundo de Hermione.

 

Pasó casi una hora. La luz de la tarde empezaba a desaparecer. Ron estaba abrazado a ella, dormido y saciado. Hermione lo veía de reojo, asegurándose de que todo iba bien. Estaba colorada, chupándose los dedos de una mano mientras metía los de la otra en su interior, incapaz de entender lo que Fleur le había provocado, pero conteniendo a duras penas otra corrida que despertase a su novio.

 

 

Incapaz de dormir, y tras muchas vueltas sobre las sábanas en aquella fría tarde de diciembre, Harry se levantó y bajó al jardín. Se acercó a Ginny, que parecía ocupada con un terraplén.

 

  • ¿Qué haces, Gin?

  • Oh, hola Harry -respondió, poco interesada-. Es por los gnomos de jardín. Estoy ayudando a mamá con ellos. Hay que echarlos antes de que llegue el invierno.

 

Harry vio a Molly a unos metros, algo alterada. Cuando se acercó, vio que su habitual buen humor se había escapado tan rápido como un pequeño ser que tenía agarrado.

 

  • ¡Maldita sea! Odio estos gnomos -gritó, antes de darse cuenta de que Harry estaba allí-. Harry, no es un buen momento -se limitó a decir, antes de agacharse.

  • ¿Puedo ayudarle? -preguntó él, que no tenía nada mejor que hacer.

 

Molly se giró y le echó un vistazo de arriba abajo mientras murmuraba: "vaya que si puedes". Cuando se dio cuenta de que lo había dicho en alto, carraspeó algo nerviosa.

 

  • Quizá... No hay mucho más que hacer aquí. ¡Por lo menos no hoy! -gritó, como echándole una bronca a los gnomos-. Ven conmigo, Harry. Me vendrás bien a mi espalda.

 

Harry ignoró el comentario y la siguió al cobertizo, mientras Ginny seguía trabajando fuera. Una vez dentro, la señora Weasley le puso una esponja y un paño en la mano y señaló el Ford Anglia.

 

  • Veamos que tal se te da frotar -dijo, sonriente.

 

Juntos, empezaron a limpiar el coche familiar, mucho más sucio de lo que Harry esperaba. La señora Weasley frotaba con mucha fuerza, como si pretendiese deshacerse de su frustración sexual de aquella mañana. Harry no podía evitar fijarse en como aquellos rápidos movimientos hacían que sus grandísimos pechos se meneasen bajo la camiseta de asas de Molly, que se iba mojando con las salpicaduras de agua y jabón. Además, cada vez que iba a cambiar el agua de su esponja, Harry estaba prácticamente seguro de que la señora Weasley sacaba más el culo para obligarle a rozarse con ella. Él, contento con su extraña relación con Luna, apenas le daba importancia y le daba a la madre de los Weasley el roce que buscaba, sin sentir él mismo ningún deseo especial.

 

  • Parece de mal humor -dijo entonces Harry, intentando iniciar una conversación.

  • No lo entenderías -respondió ella, seria, antes de negar con la cabeza y sonreír-. Oh, perdona Harry, tú no tienes la culpa, pero acabemos con esto pronto y luego ya hablaremos.

 

Volvieron a trabajar en silencio pero sin embargo, un rato después, con el coche todavía a medio lavar, Molly vio por la ventana y le pidió a Harry que se detuviera. Salieron del cobertizo y fueron hasta el lugar donde Ginny descansaba.

 

  • Cariño, ¿te importaría ir hasta el pueblo a comprar unos buñuelos para esta noche? -preguntó Molly a su hija.

  • ¡Siempre tengo que ir yo! ¿Por qué no se lo pides a Harry?

  • ¡Harry es nuestro invitado y nos tenemos que encargar de él! ¡Y no rechistes!

 

Ginny murmuró algo y se fue, malhumorada.

 

  • Sígueme, cariño -dijo entonces Molly a Harry, sonriente.

 

Harry le hizo caso y la siguió de vuelta a La Madriguera, donde la señora Weasley echó un vistazo rápido al reloj. Sólo Ron y Hermione estaban en la casa. Molly se lavó las manos en el fregadero y, para sorpresa de Harry, se las secó apretándose los pechos. Luego le llevó de vuelta al jardín y caminaron por él.

 

  • Ahora que estamos solos, podemos hablar -dijo Molly.

  • ¿De qué quería hablar, señora Weasley?

  • "Señora Weasley" -le imitó Molly, con una expresión curiosa-. Siempre eres tan formal, Harry. Y tan guapo. Eres un chico estupendo.

 

La señora Weasley se detuvo y se puso delante de Harry.

 

  • Nunca pudimos hablar como es debido de lo que pasó en verano -dijo, mordiéndose el labio-. Cometimos un gran error.

  • Lo siento, señora Weasley, me dejé llevar y...

  • Oh, yo también, yo también, Harry -respondió Molly acercándose a él-. Tener a un chico tan joven mirándote de esa manera... -rio-. Qué tonta fui. Siento haberte hecho pasar por aquello.

 

Harry tragó saliva y sintió que tenía ganas de decir algo que no debería, pero aún así lo dijo, provocando que la señora Weasley se pegara aún más.

 

  • No tiene que disculparse -dijo, serio-. Perder la virginidad con usted fue un honor.

  • ¿Perder...? Oh, Harry, no lo sabía -contestó, poniéndose roja y rozando ya su pierna contra la del mago-. Y yo sin pensar en eso, subida sobre ti... Qué irresponsable. Pero si era tu primera... Oh, por Merlín, lo tienes en la sangre... Ahora entiendo por qué Lily estaba tan obsesionada con James... -acabó la señora Weasley, como hablándose a sí misma.

 

La pierna de Molly se apretó contra la polla de Harry, que fingió que no ocurría nada a pesar de que ya notaba su aliento en el cuello.

 

  • No puede volver a ocurrir, Harry -dijo entonces, posando sus tetazas sobre el pecho del mejor amigo de su hijo-. Por muy grande que seas ahí abajo... Por divertido que fuera sentirte entrando y saliendo de mí con todo eso... ¿Me guardarás el secreto? ¿O tendré que contarle a todos cómo me agarrabas las tetas como un poseso?

 

Dicho eso, se las apretó con ambas manos haciéndolas rebotar ante los ojos de Harry.

 

  • Tranquila, señora Weasley, nunca me atrevería a contarle a su marido cómo me cabalgaba mientras hablaba con él. Y tiene razón, no debería volver a correrme dentro de usted.

 

Molly parecía a punto de explotar de deseo, sintiendo la erección de Harry. El mago tardó en reaccionar, pero cuando volvió a pensar en Luna, se separó de la ardiente madre de Ron y se despidió abruptamente ante su cara de frustración. Subió a su habitación y tras cerrar la puerta se bajó los pantalones y agarró su magnífica erección con ambas manos. Sacudió con todas sus fuerzas aquel durísimo aparato pensando en pasadas sesiones de sexo con Luna, pero para su desesperación, en el momento en el que se hizo llegar al clímax, la cara de Molly corriéndose gracias a él se apareció en su mente y explotó recordando los gemidos que le había provocado aquella noche tan pasional.

 

Harry, atento a no manchar demasiado por culpa de su lujuria, no se dio cuenta de que, conforme se pajeaba, en el libro abierto en su mesilla de noche se iba escribiendo un nuevo mensaje. Una nueva esperanza.

 


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