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Fecha: 26-Jun-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

En casa de tía Luisa (3).

SimonG
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Simón va a estudiar a Madrid y una tía y una prima a las que conoce poco, que viven allí, casi lo obligan a quedarse en su casa, a pesar de que el no quería. Luego descubrirá que estar en esa casa tiene "muchas" ventajas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Los primeros dos meses en casa de tía Luisa pasaron más o menos siguiendo la tónica de lo que ya os he contado en relatos anteriores. Durante la semana funcionábamos como amigos que trabajaban fuera los tres y que normalmente cenaban juntos (eso sí, desnudos) pero generalmente sin sexo. Y el fin de semana yo me lo montaba con mi tía Luisa de una forma más o menos salvaje (le iba bien todo, tanto que la tratase como a una novia asustadiza, como que la tratase como una puta barata o una esclava sexual). Aunque mi prima se iba muchos ratos con su novio el fin de semana, siempre se las arreglaba para compartir una mañana o una tarde con su madre y conmigo.

Es verdad que debido al cansancio del trabajo o de  la facultad, procurábamos no tener sexo durante la semana, pero si notábamos que uno de los tres se había excitado demasiado viendo a los otros dos desnudos, le ayudábamos a descargar con una comida de coño o una mamada, según el caso, pero tratando de no enzarzarnos demasiado. A pesar de ello, los tres solíamos acabar a diario con una corrida rápida.

Un día, tía Luisa me hizo una consulta.

― Simón, cariño, tengo una cosa que consultarte. Tengo una amiga desde hace poco tiempo. La conocí en el trabajo y, aunque no estoy segura, me da la sensación de que tiene tendencias sumisas. Me gustaría invitarla un fin de semana y que hiciéramos la prueba. Sobre todo tú, porque parece más bien heterosexual y no sé si conmigo funcionaría. Pero le he hablado de ti como de un amigo que comparte piso con nosotras, pero sin decirle que eres mi sobrino. Lo que sí le he dicho es que estoy preocupada porque eres muy dominante y no paras de exigirnos cosas, pero que esas exigencias me hacen sentir algo que impiden que te eche de casa. Que estoy con una sensación de odio y deseo al mismo tiempo, pero que no me atrevo a tener relaciones contigo por miedo a que me domines demasiado.

Tía Luisa siguió explicándome:

― Cuando le he contado esto la he visto sudando y con los ojos brillantes. Yo creo que se ha excitado. Por fin he cambiado de tema y hemos hablado de cosas que no tienen nada que ver. Para acabar la he invitado a merendar en casa el sábado. Ella ha abierto mucho los ojos y me ha preguntado si tú ibas a estar en casa.  Le he dicho que no sabía, pero que daba igual, que tú nunca obligas a nadie a hacer lo que no quiere. Que si alguien te dice que no, paras inmediatamente.

Y por fin, tía Luisa me preguntó:

― ¿Te apetece ayudarme  a someterla, Simón?

― Me encantaría, tía Luisa. Pero, ¿qué pasa si te equivocas y no le va que la dominen?

― No pasaría nada. Ya le he explicado que si no quiere no tiene que hacerte caso. Que no hay problema, así que si se niega la dejas en paz y ya está.

― ¡Vale! Haremos la prueba.  

Esperé con impaciencia que llegase el sábado por la tarde. La amiga de mi tía se llamaba Esperanza. En su honor, tanto tía Luisa como yo seguimos vestidos, aunque con ropa cómoda. Esperanza llegó con un vestido amplio pero bonito. Tendría unos treinta y cinco años. Un poco rellena, pero con cuerpo atractivo. Pecho y caderas generosos, pero no excesivos. Las carnes un poco fofas. Se nota la falta de ejercicio, pero era guapa. La cara un poco ajada, como si tuviese demasiados problemas y no se cuidara lo suficiente.

Yo me comporté con normalidad mientras nos tomábamos un café  y unos pasteles que habíamos comprado. Yo le conté que estudiaba en Madrid y que me iba bien compartiendo piso con Luisa y su hija. No dije en ningún momento que era sobrino de Luisa para que no se asustara con lo que iba a ver después.

Ella nos contó que había estado casada hasta hacía cinco años. Que su marido era muy dominante y no la dejaba decidir nada. Y que por fin se había cansado de ella y la había dejado para irse con otra de veinticinco años. Y ella desde entonces se había limitado a trabajar y apenas había salido más que de compras con alguna amiga, y aún eso pocas veces porque se sentía deprimida.

Yo empecé mi avance:

― ¿Una mujer tan joven y guapa como tú? Seguro que en cinco años has tenido un montón de pretendientes.

― ¿Yo? ―contestó ella― Si yo no valgo nada. Y encima no tenía ánimos para ir a ningún sitio.

― ¡Qué tontería! ―le dije yo―. Si eres una mujer guapísima que vale un montón. Esos ánimos son solo el resultado de un cabrón que te ha hecho sentir vieja e inútil cuando es mentira y eres una mujer joven y deseable.

En ese momento tía Luisa se levantó y se dirigió al dormitorio diciendo:

―Perdonad un momento, pero tengo que hacer una llamada de trabajo importante. Una clienta impaciente. Tardaré un poquito. Seguid charlando.

Esperanza se puso un poco nerviosa.

― Sería mejor que me marchase.

―No, por favor. Vuelvo en seguida. No te vayas tan pronto.

―Siento dejaros, pero la llamada es importante y Simón te hará compañía hasta que termine ―le contó mi tía.

Esperanza titubeó y por fin dijo:

― Vale, me quedaré hasta que acabes.

En cuanto tía Luisa se marchó, yo decidí atacar a lo bestia, aunque temía que se asustara, pero era ahora o nunca.

―¡Quiero oler tus bragas! ―le dije de sopetón.

―¡Qué dices!

― ¡Que quiero oler tus bragas! ¡Quítatelas y dámelas!

Hacía que mi voz sonara dominante y sin dar opción a discutir. Ella sabía que podía decir que no y ya está, porque mi tía se lo había avisado, pero yo no quería darle muchas opciones a discutir.

Esperanza se sonrojó y miró hacia el suelo. Dudó unos segundos y yo no le dije nada. No quería forzarla. Quería comprobar que le iba la obediencia. Luego se dio la vuelta y empezó a subirse la falda por los laterales y se fue bajando las bragas, intentando que yo no le viera nada.  A mí me había excitado ya la sola idea de que me estaba obedeciendo y se estaba quitando las bragas para dárselas a un extraño. Una vez que se las hubo quitado se dio la vuelta con los ojos cerrados y me alargó las bragas que tenía en las manos.

Por el modelo, podían haber sido las bragas de mi abuela. Le dije:

― ¡Abre los ojos!

Una vez que abrió los ojos acerqué las bragas a mi cara y las olí con fruición.

―¡Hueles a hembra en celo! ¡Me encanta!

Se sonrojó de nuevo más si cabe. Después, con la mirada baja, me dijo.

― ¡Por favor, devuélvemelas! ¡Va a venir Luisa y te va a pillar con mis bragas en la mano! ―tenía la voz tan entrecortada que apenas la entendía. Yo cambié de tema.

― ¡Me gusta el olor, pero no me gustan las bragas. Hoy te vas sin ellas y a partir de mañana empiezas a usar tangas.

― ¡Pero… mis bragas…!

―No discutas! ¡Si quieres hacerme caso hazlo, y si no, no lo hagas! ¡Pero no discutas conmigo!

Funcionó. Bajó los ojos, pero no siguió poniendo pegas. Yo seguí hablando.

― Tus bragas me las voy a quedar para correrme esta noche oliéndolas y pensando en ti. No tengo que devolvértelas porque tú me las has dado voluntariamente cuando te lo he pedido. ¿No te he obligado a dármelas, verdad? En cuanto al resto, te he dicho lo que quiero que te pongas. Haz lo que quieras.

Esperanza continuó con la mirada baja y no contestó. Yo seguí imponiéndome.

― ¿Te espera alguien en casa? ―ella titubeó― ¡Contesta!

― No… ―contestó.

― Entonces no quiero que te vayas todavía.

Esperanza no dijo nada. Tampoco se negó. Yo continué.

― Ahora te vas a sentar en tu sitio, pero levantando la falda para que el asiento esté directamente en contacto con tu coño.

Se dirigió a su silla sin levantar la mirada del suelo y, levantándose la falda, se dejó caer sobre el asiento. Luego se movió como intentando acomodar el contacto con su cuerpo.

― ¡Cuéntame cosas de tu trabajo! ―seguí con el mismo tono autoritario.

―Trabajo de secretaria en la misma empresa que Luisa ―empezó con voz entrecortada que se fue normalizando―. Ya trabajaba allí antes de que mi marido se marchara. No cobro tanto como las agentes, porque yo no cobro comisiones. Pero puedo vivir pasablemente.

Mientras ella hablaba, yo había puesto la mano en su rodilla e iba subiendo por la pierna. Ella se quedó callada cuando sintió que me acercaba a su coño, pero no me quitó la mano ni dijo nada.

―Sigue contando ―le dije―. Háblame del resto de tu vida. ¿Qué haces cuando no trabajas?

― Apenas nada ―continuó―. Mantengo mi casa limpia, hago la compra, y poco más. Tengo un par de amigas con las que tomo un café de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo me la paso tumbada en la cama mirando al techo y llorando. La traición de mi marido me dejó destrozada y no consigo recuperarme.

Mientras ella hablaba yo había llegado a tocar su vulva y me la encontré totalmente encharcada. El asiento estaba chorreando. Menos mal que era un tejido sintético que se limpiaba con facilidad.

― ¿Por qué  me has dado las bragas cuando te las he pedido? ―le pregunté.

Volvió a sonrojarse.

― ¡No sé!

―¡Dime la verdad!

― Luisa me había dicho que eras un poco dominante. A mí me excitó la idea de que fueras dominante conmigo. Siempre me ha gustado que los hombres me manden un poco y, cuando me lo pediste, aunque me daba mucha vergüenza, también me daba mucho morbo. Ya has visto lo excitada que estoy sólo porque seas dominante conmigo.

En ese momento volvió tía Luisa. Nosotros nos callamos. Mi tía comentó:

― A veces los clientes son pesadísimos ―dijo sonriendo. Luego se fijó en Esperanza.

― ¿Por qué estás tan roja? ¿Te ocurre algo?

― No me pasa nada. Solo estoy un poco acalorada ―dijo Esperanza.

― ¿Queréis más café? ―preguntó tía Luisa.

Yo contesté que sí y ella volvió a la cocina para traer más. Mientras tanto me incliné hacia Esperanza y le dije:

― ¡Ahora, para agradecer el café quiero que le des un beso en la boca a Luisa cuando te lo traiga!

― ¡Pero…!

― ¡O lo haces o te vas! ―Me estaba jugando que huyese, pero creí que ya la tenía bastante enganchada―. Y no me repliques. Si ella se enfada podemos vernos en tu casa. ¡Pero obedece!

La había puesto en una situación imposible, pero vi que estaba más nerviosa pero también más excitada.

Luisa llegó con una bandeja con tres nuevas tazas y la cafetera para servir el café. Repartió las tazas y las llenó. Esperanza titubeó y yo le hice un gesto seco señalando a Luisa. Luego le dijo:

― Muchas gracias por invitarme. La verdad es que lo estoy pasando muy bien con vosotros ―se acercó a darle un beso de agradecimiento y cuando Luisa fue a poner la mejilla, Esperanza le sujetó la cara y empezó a darle un beso en los labios.

Al principio solo fue un roce y tía Luisa puso cara de sorprendida, pero después Esperanza fue subiendo de intensidad y Luisa le respondió con la misma excitación. Luego la soltó y se tapó la cara avergonzada. Yo intervine rápidamente.

― No tienes que avergonzarte de nada. Sólo has hecho lo que yo te he pedido. Luisa, si tienes que enfadarte con alguien, enfádate conmigo, que la he obligado.

Tía Luisa hizo un guiño disimulado aprovechando que ella no la miraba.

― No estoy enfada. La verdad es que, aunque yo no soy lesbiana, ha resultado muy agradable.

A continuación le cogió la cara a Esperanza, y esta vez fue ella la que empezó un beso espectacular, con las dos lenguas entrecruzándose y chocando entre ellas.

Decidí apretar un poquito más.

― Esperanza, colócate en el centro de la habitación y levántate el vestido para que Luisa vea cómo vas vestida.

Sus ojos parecieron a punto de salirse de las órbitas. Se paró medio minuto sin hacer nada. La miré muy serio sin decir nada. Luego miré hacia la puerta. A ella se le escapó una lágrima pero se fue al centro de la habitación. Miró a Luisa.

― No te enfades conmigo. El me obliga y yo no sé resistirme ―y empezó a levantarse los bajos del vestido. Al llegar a la altura de la vulva paró un instante y luego siguió adelante. Hasta colocar el borde por la cintura. Era evidente que no llevaba bragas y también muy evidente que estaba excitada. Sus jugos le chorreaban por las piernas. Luego continuó hablando.

― Sobre todo no digas nada en el trabajo. Se reirían de mí y me despedirían.

Tía Luisa la atajó inmediatamente.

― Nunca cuento nada en el trabajo de lo que sé de las compañeras. Lo que no entiendo es por qué has venido a merendar sin bragas.

―  No he venido sin bragas. Simón me las ha pedido. Las tiene él. No quiere devolvérmelas.

― ¿Y por qué le has hecho caso?

― Porque me he excitado mucho solo de pensar en obedecerlo y no lo pude evitar.

En ese momento yo interrumpí la charla.

― Esperanza, ¡desnúdate por completo! ―ella dudó un momento y yo añadí ― ¡hazlo o vete!

Dejó de titubear y se sacó el vestido por la cabeza. Tenía un sujetador clásico, de una talla 100D aproximadamente. Se dio la vuelta para desabrocharse y luego volvió a mirarnos tapándose el pecho con los brazos, lo cual era un poco ilógico, porque tenía la vulva al aire.

― ¡Quítate los brazos! ¡Queremos ver tus tetas!

Esperanza lo hizo. Estaba ya totalmente entregada.

Yo aproveché su sumisión para dar el último golpe.

Ahora acércate a Luisa y desnúdala a ella.

Titubeando se fue acercando a Luisa y empezó a sacarle la ropa con miedo. Temía que Luisa se enfadara. Pero Luisa, lógicamente, no se movió. Una vez que le sacó el vestido, Luisa quedó vestida con un conjunto de encaje muy moderno. Le hice un gesto a Esperanza y por fin le quitó el sujetador y, levantándola de la silla, le bajó también el tanga. Esperaba en cualquier momento que Luisa le diese un empujón y la apartase, pero Luisa, por supuesto, no hacía nada.

― Ahora quiero que la beses y le des lametones por todo el cuerpo.

― ¡Pero a mí no me gustan las mujeres! ―dijo Esperanza.

― ¡A ti te gusta lo que yo te ordene! ¡Obedece y no discutas mis órdenes nunca más! ¡O márchate para siempre!

Esperanza se mordió la lengua y se calló. Luego empezó a besar a Luisa con pasión. Después bajó por el cuello hasta el pecho, y empezó a besar y lamer el pecho y los pezones. Al principio tenía cara de desagrado pero pronto se fue cambiando  por una cara de placer. Parece que la obediencia superaba en placer a cualquier otra cosa. Fue llegando al ombligo y se detuvo un buen rato sobre el vientre. Parecía darle miedo avanzar. Volví a ordenarle:

―Bájate del todo.

Ella no contestó, pero siguió bajando. Cuando llegó al monte de Venus, yo estaba excitadísimo. Me desnudé, me coloqué detrás de ella y, sujetándola por las caderas, le metí la polla de un golpe en la vagina chorreante. Entró sin ninguna resistencia y ella soltó un grito. Luego siguió chupando la vulva y, sobre todo el clítoris de Luisa. Miré a Luisa y me sorprendió ver que ya se estaba corriendo. Al parecer la situación le estaba dando mucho morbo.  Y más morbo le daba a Esperanza, por lo visto, porque también se estaba corriendo. Yo también estaba a punto. No sabía si podía correrme dentro de ella sin dejarla embarazada, así que no me arriesgué y se la saqué y le metí una mano mientras  me masturbaba con la otra. Al final nos corrimos los tres casi al mismo tiempo.

Después descansamos un rato y le di las últimas instrucciones a Esperanza.

―Como veo que eres una perrita obediente, te voy a explicar unas cuantas cosas. A partir de ahora me vas a obedecer en todo. Te recuerdo que no llevarás bragas, sólo tangas. Nada de depresiones ni de estar tirada en la cama. Pides cita con el ginecólogo para que te recete algo que permita que me corra sin condón y sin dejarte preñada. Pero nada definitivo. Irás al trabajo normalmente. Luisa jamás contará nada  allí. Por las tardes, irás una hora al día al gimnasio para ponerte en forma. Tomarás más proteínas y verduras o frutas, y menos hidratos o azúcares. Cuando sientas que te deprimes ponte a hacer algo o vete a la calle a tomar un café, pero nada de cama fuera de horas. Los viernes a mediodía te vendrás aquí y te quedarás como mi sierva hasta el domingo por la noche. Mientras esté aquí me llamaras señor o amo. En la calle o en presencia de extraños me llamarás Simón. No hace falta que traigas más ropa que la puesta, porque en esta casa todos estamos desnudos siempre.

― Podrás dejarlo cuando quieras o simplemente no venir ―continué―, pero no puedes discutir mis órdenes en ningún caso. Como máximo, cuando quieras te vas.

Y seguí con ella:

― ¿Tienes algún animal o motivo por el que tengas que volver a casa hoy?

― No.

―Entonces hoy te quedas y empiezas tu primer fin de semana ― le dije.

―¡Sí, señor! ―contestó ella.

Fue a coger su ropa que estaba esparcida por la habitación. Le dije:

― Puedes recogerla, doblarla y dejarla en el despacho. No la necesitarás hasta mañana por la noche.

Esperanza se sonrojó, pero no dijo nada. Bajó la mirada, recogió la ropa y se dirigió a la puerta que yo le señalaba. Soltó la ropa y volvió al salón. Eran alrededor de las siete de la tarde.

Tía Luisa y yo nos sentamos en un sofá y le dije a Esperanza que se sentara en un sillón que había enfrente. Luego puse la televisión. Nosotros la veíamos perfectamente, pero a ella le pillaba de espaldas. La miré y le dije:

―¡Ahora te vas a masturbar para nosotros!

―Pero Señor, si acabo de correrme y no creo que pueda.

―¡Haz lo que te mando!

Empezó a tocarse el pecho con bastante torpeza, la verdad. La paré.

―No quiero un acto mecánico. Quiero que sientas lo que haces ―le señalé mi pene―. Si no lo excitas te castigaré.

Me acerqué a ella. Le acaricié la mano con el dorso de la mano. Después le acaricié levemente el pecho.  Se estremeció. Yo pude ver como su vulva empezaba a brillar de nuevo. Fui bajando con la mano hasta el ombligo. Ella se estremecía según yo iba rozando su piel. Cuando llegué a la vulva di la vuelta a la mano y cerré los dedos, atrapando en mi mano todo su sexo con bastante fuerza, pero sin hacerle daño. Ella soltó un gemido bastante fuerte. Noté como mi mano se empapaba con sus efluvios. Cogí una de sus manos y la guié a su clítoris. Puse su dedo índice sobre el botón del clítoris y apreté suavemente. Soltó otro quejido. A continuación cogí su otra mano y la puse sobre su pecho, apretando el pezón entre su índice y su pulgar.  Esperanza estaba bastante excitada.

― Ahora mastúrbate ―le dije―. Y hazlo de forma  que, al verte, la polla se me ponga como un mástil de bandera. 

Esa última frase pareció excitarla más todavía. Yo me volví a sentar junto a tía Luisa y seguimos mirando a Esperanza mientras yo acariciaba el sexo de tía Luisa y ella me acariciaba la polla suavemente. Estábamos muy excitados los tres. Esperanza se tocaba y gemía y  babeaba como una auténtica loca, y nosotros nos íbamos poniendo cada vez más cachondos. Lógicamente, esperanza se acababa de correr y tenía dificultades para correrse de nuevo, pero era evidente que se iba acercando al orgasmo. Decidí seguir imponiéndome. Paré. Tía Luisa y yo dejamos de acariciarnos. Hablé con Esperanza.

― Para.

Lógicamente, ella fue incapaz de parar. Me fingí enfadado.

― ¡He dicho que pares, perrita desobediente!¡Obedece a tu amo o vete! ¡Si te quedas tendrás un buen castigo por no obedecerme en el acto!

Esperanza paró inmediatamente. Se quedó jadeando, completamente excitada. Por supuesto, no hizo ninguna intención de irse. Estaba totalmente entregada a la obediencia. Decidí seguir probándola.

― Quiero que retires la mesa de centro que hay delante del sofá.

Lo hizo sin titubear.

― Ahora tráenos otra taza de café de la cocina a Luisa y a mí. No las dejes en ninguna mesa. Nos las das con su platito en la mano a los dos.

Iba aprendiendo rápido. Se fue inmediatamente a calentar un par de tazas de café. Mientras, yo fui al dormitorio de tía Luisa y busqué un juguetito que lleva un plug anal pequeñito rematado por una especie de cola de caballo. También cogí el lubricante. Cuando volví, Esperanza traía el café de la cocina. Yo me senté en el sofá y esperé a que nos entregara el café a los dos. Tía Luisa me miraba asombrada, preguntándose qué estaba haciendo. Esperanza todavía jadeaba, al borde de un orgasmo interrumpido. Una vez que cada uno tuvo su café en la mano, le dije a Esperanza:

―Tú vas a ocupar el lugar de la mesa. Ponte a cuatro patas y mantén la espalda recta.

Puse el plato del café sobre su espalda y le señalé a tía Luisa que hiciera lo mismo con el suyo. Lo hizo. Me acerqué al oído de Esperanza y le dije:

― ¡Ahora ten cuidado de no moverte bruscamente porque  puede derramarse el café y quemarte!

Al oírme gimió de nuevo. Me acerqué a su trasero y con el lubricante que había cogido empecé a acariciarle el ano. Siguió gimiendo cada vez más fuerte.  Seguí acariciándole el ano con el lubricante y fui metiéndole poco a poco el plug que había traído. Esperanza conforme iba entrando el aparato, comenzó a temblar y a gemir a grito pelado. Se acabó corriendo de nuevo a chorro. Su cuerpo se estremecía, pero se controló lo suficiente como para derramar sólo un poco de café en los platillos, aunque no llegó a su piel. Cuando se terminó de correr ya tenía el plug entero metido en el ano. Sobresalía de él una especie de cola de caballo que hacía que se la viera muy excitante. 

― Ahora viene tu castigo por no obedecerme antes ―le dije―. Te quedas con el culo lleno y aguantas lo que vas a sentir.  

Recogí los dos cafés y los puse en la mesa grande. Luego volví a sentarme en el sofá y levanté las piernas poniéndolas sobre su espalda. A continuación tomé a Tía Luisa y la puse sobre mi polla, y la fui penetrando lentamente. Estaba más que lubricada. Así que empezamos una larga cabalgada que nos dejó a los dos agotados. Esperanza tuvo que sentir cada empujón que le di a la tía. Al final nos corrimos.  Le toqué la vulva a Esperanza y estaba de nuevo empapada. La muy perra se había puesto cachonda otra vez. Luisa y yo nos quedamos sentados en el sofá, los dos con los pies sobre la espalda de nuestra perrita, acariciándonos suavemente, ya sin lujuria.

Esperanza preguntó:

― ¿Puedo levantarme ya?

― ¡Las perras no hablan, y las mesas menos! ―le contesté yo.

Y así estuvimos un par de horas toqueteándonos tía Luisa y yo e ignorándola por completo.  Luego me fui a la cocina y preparé unas tapas para cenar. Puse los platos con la comida y las bebidas sobre la espalda de Esperanza y tía Luisa y yo fuimos cenando. De vez en cuando le acercábamos algún bocado a la boca, que se comía sin rechistar.

Estábamos cansados y nos fuimos a la cama. Antes cogí a nuestra perrita del pelo, la llevé al dormitorio andando a cuatro patas. La tumbé en la alfombra que había junto a la cama y le até una pierna a la pata de la cama con un cinturón. Le quité el plug del ano. 

― ¡Hoy duermes ahí!

Pensé que Esperanza no podría dormir  en esas condiciones, pero en pocos segundos estaba roncando. Se ve que estaba agotada, tanto física como emocionalmente. Nosotros estuvimos cuchicheando sobre lo maravillosa que estaba siendo la experiencia. Ni en nuestros mejores sueños esperábamos que nuestra experiencia con Esperanza iba a ser tan fantástica. Esperanza había resultado una sumisa de libro, que no se cuestionaba nada y que disfrutaba como una perra cuando la obligábamos a obedecer. También estuvimos planeando lo que haríamos con ella al  día siguiente.

Me desperté el primero y me acerqué a ver si mi prima Silvia estaba en casa. Tía Luisa y Esperanza seguían durmiendo a pesar de que eran casi las diez de la mañana. Efectivamente Silvia dormía en su habitación. Desperté a Esperanza y le ordené:

―Ve a la cocina y prepara café y tostadas para cuatro.

― ¡Pero si somos tres!

― ¡Te olvidas de la hija de Luisa!

― ¡No sabía que Luisa tenía una hija!

― Pues hoy la vas a conocer.

Esperanza preparó el desayuno. Además de lo que yo le había dicho, preparó zumo de naranja natural para todos. A continuación desperté a  todo el mundo y les dije que el desayuno estaba preparado. Por supuesto, todos estábamos desnudos, como de costumbre. Cuando llegó al comedor, Silvia miró con sorpresa a Esperanza, una mujer desconocida para ella y desnuda en el comedor de su casa. Esperanza la miraba un poco asustada. Tía Luisa y yo nos comportamos con absoluta naturalidad. Desayunamos los cuatro en silencio. Una vez que terminamos de desayunar, miré a Esperanza y, con expresión seria otra vez, le ordené:

― Silvia, siéntate en el sofá. Esperanza, quiero que la beses. Silvia, las manos en la nuca. No te muevas.  Esperanza, quiero que se corra.

― ¡Pero…!

Le di una palmada fuerte en el trasero.

― ¡Te callas o te vas y no vuelves!

Silvia me obedeció con cara de asombro, se sentó en el sofá y cruzó las manos en la nuca. Esperanza se acercó a ella y la miró desde arriba. Estaba roja como un tomate, pero ya ni se planteaba desobedecer.

Comienza a acariciar a Silvia con una gran ternura, tocándole el pelo, acariciándole la cara suavemente, luego le toca el pecho. Los pezones de Silvia se levantan en un instante. Sus pechos se alzan más si cabe de lo que están. Luego le acaricia el vientre. En ese momento Esperanza besa a Silvia en la boca con fuerza. Silvia está excitada. Esperanza recorre la boca de Silvia con la lengua. Silvia tiene el impulso de bajar las manos y abrazar a Esperanza. En ese momento yo me acerco por detrás del sofá y le sujeto a Silvia las manos detrás de la cabeza.

― Te he dicho que no bajes las manos ―le susurro al oído.

Silvia al oírme y notar que la sujeto se estremece. Esperanza comienza a lamer la cara y el pecho de Silvia. Yo, mientras le sujeto a Silvia las manos en la nuca, con la otra mano le toco la vulva. Descubro que Silvia, sin apenas hacerle nada, está empapada de excitación. Dejo de tocarla porque solamente quería constatar cómo iba de excitación. No quería ser yo quien la hiciese correr.

Esperanza de Se puso de rodillas delante de Silvia y de un tirón le hizo sentarse al borde del sofá. A continuación le fue lamiendo y besando el vientre y la cara interna de los muslos, rodeando, pero sin tocar las partes más sensibles. La verdad es que se estaba mostrando una experta en volver loca a la otra. Silvia estaba gimiendo ya como una perra y todavía no le había tocado la vulva. Por fin, cuando menos lo esperábamos, le metió a Silvia de golpe dos dedos en la vagina y empezó a lamer, primero el monte de Venus y justo después el clítoris. El movimiento de su lengua se volvió frenético. Silvia empezó a gritar cuando le metió los dos dedos y no termino de gemir y gritar hasta que se corrió llenando la boca de Esperanza de liquido producido por la corrida.

Seguidamente le toqué la vulva a Esperanza y comprobé que, pese a no ser lesbiana, según ella, se ha excitado como una perrita en celo. Hice la misma comprobación con tía Luisa y estaba igual de excitada. Entonces se me ocurrió una idea curiosa que pensé que podía ser divertida.

Busqué una cuerda por la casa y encontré una en el trastero. Volvía al salón y descolgué un macetero que había colgado de un gancho del techo del salón. Até la cuerda al gancho y luego llamé a Esperanza y tía Luisa para que se acercaran. Les hice levantar las manos a las dos y las até al gancho del techo, de forma que quedaban juntas una a la otra de frente. Luego les di un par de vueltas con la cuerda alrededor de ambas, pero sin apretarla, para permitirles moverse.  Entonces les di instrucciones.

― Sois dos guarras muy calientes, así que ahora os voy a dejar ahí, atadas, hasta que os corráis. Tenéis que apañaros las dos para daros gusto entre vosotras.

Tía Luisa dijo:

― ¡Pero si apenas podemos movernos!

― ¡Vosotras veréis como os arregláis!

Me senté en el sofá junto a Silvia y nos quedamos mirando lo que hacían la tía y Esperanza. Las dos empezaron besándose. Se fueron animando. A continuación tía Luisa comenzó a moverse hacia los lados de forma que los pezones y los pechos de las dos no paraban de rozarse. La situación no era nada cómoda, pero era evidente que se estaban excitando mucho las dos. Por fin a tía Luisa se le ocurrió levantar la pierna y acariciarle el clítoris con la rodilla mientras la seguía besando y frotándose. Esperanza empezó a hacer lo mismo. El equilibrio era difícil y muchas veces se caían, pero como estaban atadas por los brazos al techo, se volvían a apoyar sobre los pies sin caer de verdad.

Silvia, pese a estar recién corrida, al ver ese espectáculo se fue excitando. Yo también me había excitado y tenía el pene como el asta de una bandera. Silvia empezó a besarlo sin perder de vista a su madre y nuestra nueva amiga. Me fue haciendo una mamada lenta y dulce, Metiéndose la polla hasta que le daban arcadas y subiendo para volver a bajar. En poco tiempo  nos olvidamos de las dos guarrillas que teníamos atadas y nos concentramos en mí. Silvia me miraba a los ojos mientras me la mamaba y eso me excitaba más todavía. Por fin me corrí y ella se tragó todo el producto de mi corrida. En ese momento miramos hacia nuestras perritas atadas y descubrimos que se habían corrido y colgaban de los brazos sin fuerzas para sostenerse de pie. Eso debía hacerles daño, pero no protestaban. Estaban exhaustas. Nos acercamos Silvia y yo, las desatamos y las acompañamos al sofá. 

Aprovechamos el resto del día para seguir dominando a Esperanza. Le hice hacer tareas en casa, la comida, la limpieza, y de vez en cuando la obligaba a hacer una mamada o una comida de coño a uno de nosotros. Ya no protestaba en ningún momento. Por el contrario, pareció correrse varias veces durante el día con mis ordenes. Parecía que cuanto más incómoda era la orden que le daba, más se excitaba.

Entre mis órdenes que más le afectaron, estaban las relacionadas con su higiene personal. Le prohibí que hiciera sus necesidades si no estaba yo mirándola mientras lo hacía, o una de mis amigas si yo no podía. También le prohibí masturbarse sin mi aprobación. Cada vez que orinaba me informaba primero y yo la acompañaba al baño. Me encanta no tanto mirar como orina, sino la cara roja que se le pone, y el trabajo que le cuesta arrancar a orinar porque sabe que la estoy mirando.

A las nueve de la noche por fin le di permiso para volver a su casa, sabiendo que el viernes al salir del trabajo debía venir a nuestra casa sin dilación.

Y ahí acabó el primer acto de nuestra relación con Esperanza. No sería la última vez que nos diera maravillosos encuentros nuestra nueva perrita obediente. 


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