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Fecha: 08-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Voyerismo

Veo, veo

porecharelrato
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Mirar produce una excitación que puede salvar a una pareja. Tan excitante es ver como saber que se es visto. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Llevaba casi dos años con Antonia, desde que nos conocimos en un viaje organizado a Marruecos. Era una chica de treinta años que a mi me parecía muy atractiva, aunque ella siempre estaba poniéndole pegas a su cara y a su cuerpo.

Antonia había estudiado magisterio y entonces daba clase en La Roda, un pueblo a unos ciento veinte kilómetros de donde ambos vivíamos, Sevilla. Ella no tenía carné de conducir, por lo que no podía desplazarse diariamente desde Sevilla hasta La Roda, y durante el período lectivo se quedaba entre semana en un piso que tenían alquilado entre varias profesoras del colegio.

En Sevilla Antonia vivía en un pequeño piso en Los Remedios que sus padres le tenían cedido. Yo por mi parte, vivía en un pequeñísimo apartamento alquilado en el centro. Las actividades profesionales de ella durante el curso nos permitían vernos sólo los fines de semana, desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde. Normalmente durante esos días yo me trasladaba a vivir a su casa y en ocasiones me quedaba allí algunos días por pereza para regresar a la mía.

Cuando conocí a Antonia yo acababa de salir de una relación larga y tormentosa con mi novia de toda la vida, Paula. Paula es lo que se podría definir como una mala bicha. Me llevé con ella desde los veinte hasta los treinta años y durante ese tiempo las sombras fueron muchas más que las luces. La ruptura definitiva se debió a que me estuvo engañando con otro durante meses, a la misma vez que tenía auténticos ataques de celos en cada ocasión que se me ocurría mirar a otra chica. Afortunadamente la pesadilla terminó y a los pocos meses encontré a Antonia.

La relación con Antonia era bastante satisfactoria: me quería, yo la quería, compartíamos aficiones y nos divertíamos juntos, excepto en la cama. En la cama las cosas funcionaban sólo a medias. Antonia era extraordinariamente tradicional en las relaciones sexuales y no le gustaban ningún tipo de juegos. Baste decir como ejemplo, que nunca permitía encender la luz cuando hacíamos el amor y que en los dos años de relaciones que llevábamos prácticamente nunca me había permitido contemplarla completamente desnuda. Esta cuestión era un auténtico caballo de batalla cada cierto tiempo, pues cuando yo le recriminaba su actitud, ella me decía que yo únicamente la quería por el sexo. Al final teníamos una bronca y dejábamos de hablarnos y de vernos durante varias semanas.

A mis treinta y muchos años, no es que fuera un obseso sexual, ni un tigre en la cama, pero echaba de menos algunas alegrías que, además de divertirnos a los dos, nos permitieran tener una mayor intimidad para consolidar nuestra pareja, más allá de la relación de amigos con derecho a roce que entonces teníamos.

En las temporadas de separación o cuando me encontraba más caliente de la cuenta, tiraba del cajón de las películas guarras de mi casa y me hacía alguna paja, imaginando que follaba con dos tías de aquellas, que me hacían todas las cosas de las que Antonia no quería ni oír hablar.

La historia que quiero contar comenzó un jueves de primavera de una semana en que me había quedado en casa de Antonia. El piso que los padres le tenían cedido a Antonia se encontraba en un portal en el que con el tiempo la mayoría de las plantas estaban dedicadas a pequeños despachos profesionales y oficinas. En unos setenta metros cuadrados tenía un salón, dos dormitorios, una pequeña cocina y un baño. El salón y la cocina daban a la calle, mientras que el dormitorio principal y el otro dormitorio, que Antonia tenía destinado a estudio, daban a un patio formado por pequeños patios de varios portales de la manzana.

Ese día me había quedado por la tarde trabajando en el ordenador que Antonia tenía en su estudio, la tarea se prolongó y cuando quise darme cuenta estaba anocheciendo y no me había levantado ni a encender la luz. En el momento de apagar el ordenador se encendió una luz en un piso del otro lado del patio, que estaba situado frente al de Antonia. Nunca antes había deparado que aquello fuese una vivienda. La habitación ahora iluminada era un salón pequeño y en su interior se encontraba una chica que parecía haber llegado en ese mismo momento. No pude evitar seguir mirando protegido por la oscuridad. La chica tendría unos veintitantos años, era morena, alta y guapa. Después de dar un par de vueltas por la habitación y poner la tele, salió hacia la derecha y se iluminó la ventana de ese lado, que resultó ser de un dormitorio. La chica comenzó a desnudarse, quitándose primero la blusa y después la falda, quedándose sólo con una braga tanga y un sujetador negros. Los escasos diez metros que nos separaban me permitían distinguirla perfectamente.

Sentí vergüenza de lo que estaba haciendo, pero no podía dejar de mirarla. Entró en el baño, que estaba al fondo de la habitación, y salió al momento, desprendiéndose de la ropa interior, que dejó sobre una silla. Estaba como un tranvía. Tenía un tipo fantástico con unas tetas grandes y naturales, una cintura marcada y un culito respingón. Me puse como una moto con una erección tremenda, y empecé a restregarme la mano por la entrepierna sobre los pantalones. Ella volvió a entrar en el baño y entornó la puerta, con lo que dejé de verla. Yo estaba alterado y paralizado por la visión, así que esperé a que saliera del baño, metiéndome la mano por la bragueta hasta alcanzar la polla. Pasados diez minutos salió envuelta en una toalla que dejó caer sobre la cama, quedando totalmente en pelotas. Buscó en el armario y se puso un camisón muy corto y unas braguitas. Apagó la luz, corrió las cortinas y volvió al salón, donde igualmente corrió las cortinas. El espectáculo había concluido y yo me había quedado nervioso y con un calentón de mil demonios. Decidí tranquilizarme. Cené y me fui a la cama todavía alterado, no sin antes mirar por la ventana desde la oscuridad, por si podía ver algo, pero las cortinas seguían corridas y las luces apagadas.

El viernes cuando me levanté temprano, seguía con la visión de la chica desnuda grabada en la retina. Me asomé a la ventana, pero las cortinas seguían corridas. Volví a casa de Antonia por la tarde, pasadas las siete. Ella ya había llegado para pasar el fin de semana. La besé apasionadamente, pero ella me repelió con un corto beso. Estuvimos hablando un rato y más tarde salimos a cenar con unos amigos. La cena resultó agradable y volvimos a casa de madrugada, los dos con un par de copas de más.

A la mañana siguiente me desperté tarde, Antonia ya llevaba un rato levantada, cuando salí del cuarto la besé, pero ella seguía tan arisca como siempre. El día discurrió con la normalidad habitual de comida, televisión, lectura y música. De vez en cuando se me venía a la cabeza la imagen de la vecina y me entraban ciertas ganas de ir a mirar, por si la veía de nuevo.

Cuando nos acostamos por la noche, estuve tentado de contarle a Antonia la escena de la vecina, pero finalmente no me atreví, no se fuera a enfadar conmigo por haber ejercido de mirón. Hicimos brevemente el amor y me quedé dormido pensando que podría hacer para que nuestras relaciones sexuales mejorasen.

El domingo fue un día triste. Volvimos a tener una bronca a cuenta de nuestras respectivas necesidades sexuales, que se zanjó cuando cada uno se fue por su lado con la sensación no hablada de que la relación se apagaba.

El fin de semana siguiente busqué una excusa para estar de viaje y aunque hablaba algunos días con Antonia, tanto ella como yo sabíamos que era una excusa para no vernos. La situación me tenía bastante abatido. El martes de la semana siguiente me llamó Paula, a la que no veía desde que rompimos, para decirme que quería hablar algunas cosas conmigo e invitarme a cenar al día siguiente. Le puse algunas dificultades, pero al final acepté. Me encontraba solo y pensé que no vendría mal un poco de charla.

A las nueve estaba en casa de Paula, mientras me dirigía hacia allí me había convencido de que ya no tenía ninguna relación sentimental con ella y que incluso se había borrado el dolor de cuando nos separamos. Estaba muy guapa cuando abrió la puerta y recordé que nuestras relaciones sexuales habían sido por temporadas bastante buenas. Tomamos un aperitivo y nos sentamos a la mesa. Durante la cena Paula estuvo muy simpática y afectuosa preguntándome como me iban las cosas tanto profesional como personalmente. Al final de la cena, tras varias copas de vino, le confesé que mi relación con Antonia no iba demasiado bien debido a que sexualmente no nos entendíamos. Con mucho desparpajo me respondió que ella eso ya lo tenía superado con las nuevas tecnologías. La cosa me hizo gracia y le pregunté que cómo era aquello, diciéndole además que igual su solución podía servirme para resolver mis problemas. Se levantó de la mesa y me dijo que nos sentáramos en el sofá.

Comenzó entonces una disertación sobre que el mundo actual es el mundo del individuo y no de la pareja. La pareja, fuera esta estable o variable, ya no servía. Las nuevas relaciones eran entre individuos que se presentaban, se comunicaban y se olvidaban libremente a través de Internet, sin llegar a conocerse, con lo que eran imposibles situaciones de celos como las que nos habían ocurrido a nosotros o relaciones decepcionantes como la que yo mantenía con Antonia. Le dije que no entendía muy bien como podían ser satisfactorias unas relaciones sin tener ningún contacto físico. Paula se puso muy misteriosa y dijo que si le prometía no contar nada a nadie me lo explicaría. Le respondí afirmativamente y ella entonces volvió a tomar la palabra. La solución era “hoyportimañanapormi.com”. Se trataba de una página de Internet para socios, desconocidos entre sí, que se daban satisfacción sexual mediante videos. Le pedí que me explicara algo más de aquello, indicándole que me parecía que no era para mí. El sistema era totalmente legal, del que sólo podían ser miembros personas adultas, que lo decidieran libremente. Su funcionamiento básico era del siguiente modo: para ser socio tenía que proponerte otro socio y debías grabar un video de dos o tres minutos, en el que te presentabas al resto de la Comunidad, este video no podía tener ningún contenido erótico, si bien podías indicar verbalmente tus gustos o tus tabús sexuales; una vez colgada la presentación en la página, debías esperar a que algún socio te reclamase y entonces debías enviarle en el plazo máximo de dos semanas, a través de los gestores del sistema, un video de contenido altamente erótico o pornográfico en el que no podía aparecer nadie más que el socio. En el plazo de otras dos semanas, el socio que te había reclamado te devolvía por el mismo conducto otro video de contenido igualmente erótico o pornográfico con referencias a tu propio video.

Lo que me estaba contando Paula me parecía el desideratun de una pandilla de pajilleros, aficionados a las películas guarras, a los que alguien les estaba sacando el dinero, si no algo más. Pero la verdad es que me resultaba curioso y decidí preguntarle por algunas normas más de cómo funcionaba el sistema.

El ser elegido y responder te daba derecho a elegir tú a otro socio para que te enviase un video. Por el contrario, si no respondías eras expulsado del sistema. Los videos podían ser de cualquier tendencia, siempre que sólo apareciera el socio, y eran puntuados por los receptores con 1, -1 ó 0. Una puntuación acumulada de -3 suponía igualmente la expulsión del sistema. La presentación de un nuevo socio daba derecho a una nueva elección o a una puntuación positiva de 2. Igualmente, los tres socios con puntuación más alta cada mes, tenían derecho a otra elección. El elegido podía solicitar de su elector determinadas cosas que, si este quería, podía realizar en el video de contestación.

Le pregunté a Paula si ella sabía lo que me estaba contando por terceros o lo sabía por estar metida en la Comunidad. Me respondió que llevaba casi un año dentro de la Comunidad y que sexualmente había sido el mejor año de su vida. La miré con cara de perplejidad y ella respondió muy seriamente, que si no me lo creía que lo probase, pues ella podía presentarme como socio. ¡Ay amigo, ya sabía por que me había llamado la bicha después de dos años sin vernos! Iba a ponerle las cosas difíciles, así que le respondí que a mí aquello no me interesaba y que además no me fiaba de la Comunidad. Ella trató de convencerme y yo seguí haciéndome el estrecho, hasta que casi llorando me rogó que le hiciera el favor, que tenía una puntuación de -2 y podía ser expulsada con otro fallo, lo que no soportaría.

Desde luego Paula había perdido el juicio, así que ese era el sistema perfecto de relaciones y, sin embargo, ella no soportaría ser expulsada de la Comunidad, como si fuera el novio que la dejase.

Recuperando algo la compostura me propuso que lo pensara durante unos días y para que viera de lo que se trataba, me prestaría algún video de los que ella misma se había hecho, pues en ningún caso podía prestarme de los que recibía, medida que me pareció muy razonable dado el carácter de los videos. Acepté por salir del trance, ella me dio un DVD y nos despedimos quedando en llamarnos por teléfono la semana próxima.

Cuando volví andando hacia mi casa no sabía que pensar. Si el asunto era como lo había descrito Paula, podía tratarse de una simple diversión entre adultos, que no hacía daño a nadie. Pero los efectos que había visto en ella, me recordaban más a los de una secta que a los de un grupo de gente desinhibida y con picores.

Cuando llegué a casa eran más de las dos y estaba cansado, pero el DVD me llamaba con cantos de sirena a los que no pude resistirme.

El video estaba mal iluminado, grabado con dos cámaras fijas en casa de Paula y montado posteriormente. En la primera escena Paula aparecía muy guapa vestida con un traje de chaqueta rojo, medias negras y zapatos de tacón. Mientras deambulaba por la habitación y ponía una música suave, iba contando que estaba muy cansada tras todo un día de trabajo, que iba a tomar una copa, después a ducharse y después …, ya vería. Conforme hablaba se iba desabotonando la chaqueta hasta dejarla entreabierta, después se ponía una copa de la que bebía un sorbo, soltaba los gafetes de la falda y bajaba la cremallera. Daba un par de vueltas por la habitación para que se la viera y se quitaba la chaqueta, quedando con un sujetador rojo que le apretaba las tetas. Me dio la impresión de que se había aumentado el pecho, pero no podía asegurarlo, al menos por el momento. Se sentó en el sofá y siguió tomando pequeños sorbos de la bebida, al poco se levantó y se quitó la falda lentamente diciendo que iría a ducharse. La escena cortaba en un fundido en negro.

El DVD me estaba poniendo caliente. Pensé como era posible que habiendo estado con ella hacia media hora, no me había producido la más mínima sensación y sin embargo verla ahora como si la espiara me estaba produciendo una fuerte excitación. La segunda escena discurría en la ducha, Paula estaba duchándose con un hilito de agua y se frotaba sensualmente todo el cuerpo y especialmente las tetas y el chocho, que llevaba rasurado. No cabía duda, se había aumentado el pecho. La escena era larga y Paula se dejaba ver en todo su esplendor, que era mucho. Cuando acabó de ducharse se secó lentamente y la escena volvió a fundirse en negro.

La tercera escena era en su dormitorio. Paula llevaba un camisón, casi transparente, y unas braguitas. Recordé fugazmente la imagen de la vecina de Antonia y me dije a mi mismo que me estaba convirtiendo en un mirón. Se situaba delante de un espejo y se contemplaba en él mientras comenzaba a acariciarse primero sobre la ropa y después metiendo la mano bajo las bragas y sacándose las tetas por el escote del camisón. Yo ya tenía la polla fuera de los pantalones y estaba haciéndome una paja desaforadamente. Paula seguía acariciándose mientras se tumbaba en la cama y se despojaba del camisón y de las bragas. En la cama adoptaba distintas posiciones, exhibiéndose, hasta situarse dando el culo, magnífico culo, a la cámara para meterse los dedos en el chocho … Me corrí con un placer que hacía tiempo que no sentía y deje de prestar atención al DVD, que se acabó a los tres o cuatro minutos.

Por los efectos que me había producido el video, a Paula no le faltaba cierta razón cuando decía que se podía obtener placer en la Comunidad. Me dormí pensando que tendría que reflexionar sobre la proposición que me había realizado.

Al día siguiente por la noche llamé a Antonia, que me respondió más cariñosa de lo habitual diciendo que en ese momento iba a llamarme. Hablamos un rato y quedamos en vernos al día siguiente a su regreso.

Esa noche volví a oír los cantos de sirena del DVD, pero me resistí. Al acostarme estuve pensando sobre la proposición de Paula. Bien utilizado podría ser un complemento a mis relaciones sexuales con Antonia y así quitar tensión sobre la materia que nos estaba separando. Por el contrario, todo aquel montaje resultaba un poco escabroso y podría terminar cualquier día viéndome en una cadena de televisión local. Concluí que le pediría más información a Paula y según lo que me dijera, decidiría.

Cuando al día siguiente fui a casa de Antonia, ella ya había llegado. Acababa de ducharse y salió a recibirme envuelta en una toalla. Le di un beso más bien frío que ella contestó con uno apasionado -no había forma de acertar-. Me cogió de las manos y me llevó al dormitorio. Se quitó la toalla, quedándose completamente desnuda. Estaba muy guapa y sensual. Se acercó, me quitó la camisa y me lamió las tetillas, mientras restregaba sus tetas contra mí y me desabrochaba el cinturón y los pantalones. Metió la mano entre el pantalón y los calzoncillos y me sobó la polla que ya estaba en situación de presenten armas. Acercando su boca a mi oreja, mientras la mordisqueaba, dijo que si no pensaba hacer nada. Me sentó en la cama, se incorporó y me metió el coño en la boca. Tenía una buena mata de pelo, se abrió el chocho y me pidió que se lo comiera. ¡Que cambio en dos semanas! Le comí el coño y le sobé su potente  culo un buen rato. Después me empujó para que me tumbase en la cama, me bajó los pantalones y jugó con mi polla entre sus buenas tetas. Cuando pareció cansarse de jugar, se subió en la cama e hicimos un “69” de los que hacen época. Se corrió en mi boca, yo me incorporé la puse a cuatro patas y la follé como no lo había hecho hasta entonces, sin que ella parase un momento de pedir que la follara y de insultarme por no hacerlo lo bastante fuerte. Cuando me corrí, ella se corrió de nuevo y caímos en la cama como muertos.

Cuando logramos reponernos la besé y le susurré que había sido fantástico. Apretada contra mi cuerpo y sobándome la polla, me contó que había estado muy preocupada las dos semanas anteriores y había pensado mucho en la discusión que habíamos tenido. En efecto, llevaba un tiempo muy arisca, pero el problema de fondo es que no tenía clara su sexualidad. Le pedí que se explicara. Dijo que llevaba años sin tener claro si sexualmente le gustaban las tías o los tíos y que eso le impedía tener unas relaciones abiertas con nadie.

La verdad es que me quedé de piedra, sin saber que decirle. Siguió diciendo que ella me quería, que no quería perderme y que por favor la ayudase a salir del problema. Con bastante cortedad de miras por mi parte, le dije que hacía un rato estaba bien claro quién le gustaba. Me contestó que no me atribuyera méritos que no eran míos y siguió diciendo que cuando había llegado aquella tarde a la casa fue al ordenador para ver los mensajes que tenía, mientras esperaba que se abriera había mirado por la ventana y en el piso de enfrente había visto a dos chicas abrazadas durmiendo desnudas sobre la cama. No pudo dejar de mirarlas hasta que comenzaron a moverse, entonces se retiró de la ventana, pero siguió mirando. Las chicas estuvieron besándose y acariciándose durante un buen rato. Ella también se estuvo acariciando, bueno masturbando, mirándolas, pero que cuando estaba más caliente, las chicas se levantaron y desaparecieron. Para disminuir el calentón se había dado una ducha y entonces había llegado yo. Benditas vecinas, pensé.

Estuvimos un rato abrazados sin cruzar palabra, después le pregunté si alguna vez había tenido relaciones con otra chica. Me dijo que de adolescente había tenido algún tonteo con una amiga, pero que las cosas no habían pasado de los besitos. Volví a preguntarle si ahora deseaba tener relaciones con otra chica. Se quedó callada durante un rato y por fin contestó que le gustaba mucho una de las chicas con las que compartía piso en La Roda y que creía que era mutuo, pero que no sabía realmente si quería tener relaciones con ella. La conversación había llegado a un punto que no daba más de sí en aquel momento, así que le propuse que saliéramos a cenar por ahí.

Pese a que yo estaba tremendamente confuso la cena resultó agradable e incluso divertida. El polvo que habíamos echado nos había sentado muy bien a los dos. A los postres le pregunté si yo conocía a mi rival. Sonriendo dijo que no y yo le dije que me gustaría conocerla. Se quedó pensativa y cambió de conversación.

Cuando volvimos a casa nos servimos una copa y estuvimos un rato hablando las incidencias profesionales de cada uno. Al terminar las copas se acercó y susurrando me dijo que podríamos ir a mirar si estaban las vecinas, que a esas si que me iba a gustar conocerlas. Le confesé que a una ya la conocía y le conté lo sucedido hacía unos días. Se quedó muy seria al principio, luego me guiñó un ojo y me preguntó si me había gustado. Contesté que si, mejorando lo presente y ella sonrió.

Nos acercamos sigilosamente a la ventana del estudio y observamos, pero las luces estaban apagadas. Nos acostamos desnudos y nos dormimos enseguida. A media noche me despertaron unos ruidos que provenían del piso de enfrente, me levanté a observar y era la chica que yo había visto el otro día y otra que debía ser la coprotagonista de la historia que me había contado Antonia. Las dos eran realmente guapas y parecían venir alegres por las voces y los traspiés que daban. Desperté suavemente a Antonia y le dije que las vecinas habían llegado. Se incorporó de inmediato y se puso a mi lado a mirar. La vecina que yo conocía se tumbó vestida en el sofá, mientras que la otra se quitó la camiseta y la faldita que llevaba, quedándose con unas braguitas mínimas. Le pregunté a Antonia si le gustaba. Respondió que si. ¿Qué es lo que más te gusta de ella, insistí? Me gusta todo, respondió, pero de tener que elegir con lo que veo, me comería sus tetitas. Le dije que yo por mi parte preferiría comerme su culito. Así no nos pelearemos, sentenció. Entró en el baño, se quitó las bragas y se sentó en el inodoro. Debió orinar, se limpió y se tumbó en la cama sin apagar la luz. Cogí la mano de Antonia y la puse sobre mi polla que iba a reventar, yo bajé mi mano hasta ponerla sobre su coño y comencé a mover los dedos. La chica, que había debido quedarse dormida, dio un respingo en la cama, salió a ver a la amiga, comprobó que estaba dormida y apagó la luz del salón. Volvió a acostarse y comenzó a tocarse el chocho, que lo tenía rasurado por los lados y con una cresta central. Antonia me pidió que siguiera más rápido, a la misma vez que apretaba más su mano sobre mi polla y la movía también más deprisa. La chica se fue poniendo  tensa sobre la cama, hasta que dio dos espasmos y se derrumbó. Nosotros nos corrimos como fieras y tuve que taparle la boca a Antonia para que no nos delatara. Nos volvimos a tumbar abrazados en la cama y nos dormirnos.

Cuando desperté Antonia seguía durmiendo. Pensé que la historia de medianoche había sido un sueño, pero tenía el pelo de los huevos completamente apelmazado de la corrida. No, no había sido un sueño. Le llevé el café a la cama a Antonia y la desperté con un beso, ella sonrió y tras tomarse el café comentó que habíamos tenido una noche movidita, pero muy divertida. Se levantó y miró por la ventana. Las cortinas de las vecinas estaban cerradas. Nos levantamos y salimos a la calle a dar un paseo y a comer.

Volvimos de comer con la idea de dormir una siesta. Entramos al dormitorio y miré hacia las ventanas de las vecinas. Estaban tumbadas en el sofá viendo la tele, vestidas con unas camisetas amplias. Le dije a Antonia que esa tarde no tendríamos función. Eso es lo que tú te crees, contestó. Me pidió que le sirviera una copa con mucho hielo y se la trajera al dormitorio.

Cuando volví estaba en sujetador, tanga y zapatos de tacón, me pidió su copa y dijo que me ocultase. Se levantó, encendió la luz de las mesillas, puso a todo volumen con música la radio del despertador y descorrió las cortinas. Deambuló por la habitación acercándose a la ventana y se sentó en la cama. Salí al estudio, miré por la ventana y en efecto había logrado captar la atención de las vecinas, que consideraron el programa de Antonia mejor que lo daban en la tele.

Ambas estaban ahora sentadas en el sofá mirando hacia la ventana de nuestro dormitorio. Volví para mirar por la puerta del dormitorio, Antonia se paseaba con la copa por la habitación exhibiéndose. Estaba realmente atractiva. Las tetas, oprimidas por el sujetador que se había puesto de igual dos tallas menos, le desbordaban el escote y su redondo culo, enmarcado por el tanga, estaba para comérselo. En voz muy baja me dijo que podía divertirme mientras la miraba. Se puso frente al espejo y comenzó a mirarse, simulando analizar si le quedaba bien la ropa interior que se había puesto. Con esa excusa se magreó las tetas para recolocarlas en el sujetador, luego se miró de perfil el culo, dándose algunos cachetes como enfadada por no estar como ella esperaba y finalmente trató de ajustarse la melena del coño dentro del triángulo del tanga. Yo no se como estarían las vecinas, pero yo estaba a cien, así que me desnudé y me puse donde Antonia pudiera verme mientras me la cascaba.

Después del espectáculo del espejo cogió la copa y se tumbó en la cama, sacó un cubito de hielo y comenzó a pasárselo por los pezones, primero sobre el sujetador y luego, sacándose las tetas, directamente. Los pezones se le pusieron como yo no se los había visto nunca y en un alarde se los metió en la boca y los lamió uno tras otro. ¡Dios, como me estaba poniendo!

Fui de nuevo al estudio para observar a las vecinas. Seguían en el sofá, sin retirar la vista en ningún momento, una se había recostado de espaldas sobre la otra y se estaban masturbando mutuamente. Volví al dormitorio y le susurré a Antonia que su espectáculo estaba fascinando a las vecinas. Sonrió y como sin querer paso la vista por la ventana por si podía distinguir a las vecinas. No se si las vio, pero se quitó el sujetador y cambió de actividad. Dio otro sorbo a la copa, tomó otro hielo que se paseo por el vientre y lo fue bajando lentamente hasta pasárselo bien por encima del triángulo del tanga. Se volvió en la cama, cogió otro hielo, se puso bocabajo y siguió pasándoselo por las nalgas y los muslos. Se colocó después a cuatro patas y siguió con el hielo por el culo y el chocho, apartándose el tanga con la otra mano. Se llevó el hielo a la boca y comenzó a meterse los dedos en la raja y a tocarse el clítoris cada vez más deprisa, hasta que rompió el tanga de un tirón y gritó repetidas veces como una energúmena al correrse: ¡Joder que bueno! Yo me corrí también como otro energúmeno y cuando pude fui al estudio a mirar. Las vecinas estaban desnudas comiéndose el coño la una a la otra como fieras. Las deje en su tarea y volví con Antonia, que había cerrado las cortinas como si se tratara de un telón tras el espectáculo. Estaba agotada. Le conté lo que estaban haciendo las vecinas y le dije había estado inmejorable. Se sonrió, me guiñó y se durmió.

Cuando nos despertamos estaba anocheciendo. Decidimos tomar cualquier cosa en la casa y no salir. Durante el picoteo me confesó que las corridas de este fin de semana habían sido las mejores de su vida con diferencia. Había averiguado que le gustaba mirar a chicas mientras se lo montaban y también hacerles exhibiciones y ponerlas cachondas, pero que seguía sin saber si le gustaría acostarse con tías. Cuando terminamos de picar algo, vimos un rato la televisión y aproveché una salida suya al servicio para cambiar de canal y sintonizar una televisión local, de esas que por las noches ponen películas guarras, a fin de observar si el porno la ponía. En algo así como la cuarta parte de la pantalla, el resto estaba lleno de mensajes SMS y de números de teléfono, iban a lo suyo una y uno cuando regresó Antonia. Se sentó sin decir nada y le pregunté si le gustaba. Me contestó agriamente que no, que la pornografía no le decía nada y que incluso le daba cierto asco. Apagué la tele y nos fuimos a la cama extenuados del fin de semana.

El domingo discurrió con tranquilidad y nos separamos por la tarde cariñosamente, despidiéndonos hasta el viernes siguiente.

Cuando llegué el domingo por la noche a casa tenía la sensación de que habían sido los dos mejores días que había pasado con Antonia, días llenos de sensaciones, sexualidad e intimidad, que habían construido más la pareja que todo el año anterior. La Antonia que había aparecido era una desconocida para mí, incluso me atrevería a decir que para ella misma. Evidentemente las chicas le producían una gran excitación, pero culminaba esa excitación conmigo. Tendría que estar muy atento a las señales que me fuera dando para tratar de ayudarla a salir del lío en que estaba, en el sentido que fuera.

El miércoles me volvió a llamar Paula para preguntarme si había pensado su propuesta. Le dije que si, pero que necesitaba alguna información más. Quedamos en vernos para tomar una copa esa misma noche.

Cuando llegué al lugar de la cita me estaba esperando vestida con el mismo traje del video. Le dije que le sentaba muy bien el traje y mejor cuando se lo quitaba. Rió nerviosamente mientras le devolvía el DVD. La información que quería era sobre la seguridad y la privacidad de los videos. Me contó que era absoluta. Los gestores del sistema firmaban un compromiso de confidencialidad con cláusulas de penalización millonarias, igual que los socios. Además, los videos que se intercambiaban entre los socios iban protegidos por una contraseña que sólo conocía el receptor. Me instó a que decidiera, pero yo le di largas una o dos semanas más. Con cierta mala leche le pregunté el motivo de que tuviera puntuación negativa, ya que a mí el video que había visto me había parecido lo bastante calentorro. Al parecer, el nivel de los videos era muy alto, tanto en su contenido, como en su producción y ella, en algunos, no había alcanzado ese nivel. Al despedirnos le dije que el aumento de tetas la favorecía. Sacando pecho preguntó displicentemente: ¿Todavía te acordabas de las originales? Bicha hasta la muerte.

El jueves me llamó Antonia para decirme que me esperaba a la noche siguiente y que la próxima semana no tenía que trabajar al ser la Semana Santa, le contesté que por supuesto allí estaría y le pregunté como iba con sus dudas. Contestó misteriosamente que igual pronto podría resolverlas.

El viernes por la tarde llegué antes que Antonia. Me asomé a la ventana del estudio para ver si estaban las vecinas y con suerte pasar un fin de semana como el anterior, pero las cortinas estaban echadas y no parecía haber nadie.

Antonia llegó al poco rato con otra chica. Me besó y me presentó a su acompañante diciendo: esta es Rosa, la compañera de piso de la que tanto te he hablado, la he invitado a pasar el fin de semana. Rosa era rubita, algo más joven que Antonia, de estatura media, muy guapa y ligeramente rellenita. Tras saludarnos dijo que tenía que ir un momento al baño. Antonia me preguntó qué me parecía Rosa, le contesté que estaba muy rica, pero que a mí me gustaba más ella.

Tras ducharse y cambiarse las chicas de ropa, salimos a pasear y a cenar. Rosa era simpática y de carácter muy abierto, adoraba a Antonia. Durante la cena no paró de agradecerle todo lo que hacía por ella, tanto en el colegio, como en el piso que compartían, como en su vida. Parecía que Antonia la había adoptado y ella se había dejado adoptar. Rosa hacía unos meses que había terminado con su novio, lo había pasado mal, pero ahora estaba encantada de su nueva situación.

Cuando volvimos a casa era más de la una. Nos sentamos en el salón y estuvimos charlando un rato. Con mucha habilidad Antonia introdujo la conversación de las vecinas y del espectáculo que le habían dado la tarde del viernes anterior, sin ahorrar ni un detalle. Rosa se mostró muy interesada y le hizo muchas preguntas sobre lo que habían hecho y como se había sentido ella. Finalmente dijo que a ella también le gustaría verlas. Fui a mirar, las cortinas continuaban cerradas y las luces apagadas. Al poco rato fuimos a acostarnos. Rosa dormiría en el sofá del salón.

Cuando nos quedamos solos en la habitación besé a Antonia y le pregunté que se traía entre manos. No contestó, me puso un dedo en la boca y me mandó a dormir. Como había tomado más de dos copas, no me costó mucho trabajo obedecer.

No se cuanto tiempo después me despertó Antonia: las vecinas habían llegado y, al parecer, venían con ganas de juerga. Dijo que me hiciera el dormido y salió de la habitación. En un minuto regresó con Rosa, le dijo que yo seguía dormido y la invitó a sentarse en la cama. Las voces que daban las vecinas se oían claramente, parecían hablar en alemán, y desde luego querían hacer notar que habían llegado. Yo, para mi desgracia, no podía ver nada ni a Antonia y Rosa ni mucho menos a las vecinas, al estar tumbado del lado contrario para disimular el pollón que tenía. Las vecinas debieron suponer que ya habían captado al público y bajaron el tono de voz. Durante unos eternos minutos no oí más que algunos jadeos próximos. Rosa dijo muy bajito que las tías estaban muy buenas y después le preguntó a Antonia qué estaban haciendo, a lo que esta contestó: pues no lo ves, comerse el coño. No pude más y como en sueños, me coloqué boca arriba para tratar de ver algo de lo que pasaba. Antonia había pasado el brazo por encima del hombro de Rosa y parecía que le estaba sobando las tetas. Debía ser así, por que al momento le dijo que vestida no parecía tener unas tetas tan grandes. Rosa comenzó a pasar la mano por el muslo de Antonia, cada vez más arriba, hasta que Antonia jadeó con fuerza. Las vecinas debían querer dar una función especial ya que Antonia y Rosa simultáneamente exclamaron: ¡Que barbaridad no le va a caber! ¡Por Dios, iba a reventar del calentón y no podía ni moverme! Pasado un largo rato de sobe entre las dos, Rosa le preguntó a Antonia si ella tenía algún aparato de esos en casa, a lo que esta respondió que ella en casa tenía uno natural estupendo y me echó mano al nabo. Tócalo, verás como es estupendo. Sentí que otra mano me acariciaba la polla. Antonia me sacudió diciendo que si no me iba a despertar. Rosa retiró la mano rápidamente y yo me hice el sorprendido preguntando si pasaba algo. Las vecinas han estado de fiesta y nosotras queremos organizar otra, dijo Antonia entre las risitas de Rosa.

Estaba claro que Antonia iba a ejercer de maestra de ceremonias, se quitó la camiseta que llevaba, encendió la luz de la mesilla, le quitó el camisón a Rosa y cogió sus manos, una se la llevó a su coño y la otra a mi polla, mientras la besaba apasionadamente. Rosa tenía los dones de la naturaleza concedidos con generosidad: tetas grandes, culo grande y chocho grande. Antonia cambió de posición, se puso debajo de Rosa y le comió el coño que llevaba rapado. Como Rosa no sabía que hacer con la boca cuando Antonia dejó de besarla, se metió mi polla y la chupó como si fuera el bombón helado más rico que hubiera comido en su vida. Al poco, o así me pareció a mí, le pidió a Rosa que le comiera las tetas y el coño, yo me quedé al margen mirando y sobándome la polla, mientras Rosa la satisfacía. Cuando ya no pude más, me puse detrás de Rosa y, sin parar de magrearle las tetas, le comí el culo y el coño, que tenía empapado. Rosa se corrió, generosamente como era toda ella, entre gritos y se derrumbó hacia un lado, momento que yo aproveché para ensartar a Antonia y follarla hasta que nos corrimos juntos, cayendo yo también hacía un lado, con el corazón en la boca. En ese momento se oyó cerrarse las cortinas de las vecinas.

Cuando me desperté estaba solo en la cama con Rosa, que seguía desnuda. Su desnudez me gustaba. Me levanté y salí en busca de Antonia que estaba, también desnuda, en el salón tomando café. Quieres café, preguntó, asentí y yo le pregunté a su vez ¿Qué tal? Con resaca, contestó. No quería hablar. Consideré que lo más adecuado era salir a dar un paseo y dejarlas solas. Se lo propuse y le pareció bien.

Compré los periódicos, me senté en una cafetería cercana para hacer tiempo y me enfrasqué en la lectura de las idioteces que los políticos habían hecho y dicho el día anterior. Cuando levanté la vista quise morirme o, al menos, cambiar de cara. Las dos vecinas estaban sentadas en la mesa de enfrente mirándome y riéndose entre ellas. Una de ellas, la que había visto el primer día, se acercó y en un castellano bastante aceptable dijo: ven a tomar el café con nosotras, que estás muy solito esta mañana. Ni pude, ni quise negarme y me cambié de mesa.

De cerca eran todavía más guapas que desde la ventana. Eran húngaras, se presentaron como Ursula y Erika. Ursula era la que había venido a buscarme y era la única que hablaba castellano. Por romper la tensión, les pregunté que hacían en Sevilla. Llevaban tres meses recorriendo España y por desgracia se marchaban el viernes próximo. Al rato saldrían para Granada, de donde regresarían el jueves, para ver la “madrugá” y terminar el equipaje. Tras esta información de cortesía, Ursula fue al grano: ella y su amiga eran lesbianas y querían despedirse de mis amigas, refiriéndose por supuesto a Antonia y Rosa, ya que se lo habían pasado muy bien gracias a ellas y creían que podrían pasárselo todavía mejor las cuatro juntas. Me pidió que les transmitiera una invitación a cenar en su casa el próximo jueves y, si encartaba, salir luego a ver las cofradías. Desgraciadamente, a mí no podían invitarme, ya que ellas eran radicales, no como mis amigas, pero no les importaba que mirase. Me quedé auténticamente de piedra, la tía me estaba utilizando de alcahueta y el pago por mis servicios era que podría hacerme una buena paja a su costa. Mientras Ursula hablaba, pensé que podría ser la forma definitiva de que Antonia aclarase sus gustos sexuales. Quedé en comentárselo, pero que no podía asegurarle nada. Me dio la dirección y su móvil y me dijo que esperaba mi llamada. Nos despedimos con un beso y se levantaron. Ya de pié Erika le dijo algo a Ursula para que lo tradujera: ayer había estado hecho un machote, pero estaba disgustada conmigo por que no había querido verlas a ellas. Siempre había pensado que las centroeuropeas eran muy liberales, pero tanto no.

Al momento me llamó Antonia y quedamos en dar una vuelta por el centro y tomar algo fuera. Le dije que la esperaba en la cafetería. Venían juntas y según parecía bien avenidas. Rosa me saludó como si no hubiera pasado nada la noche anterior y nos fuimos.

El resto del día pasó sin mayores novedades y cuando nos acostamos Rosa se quedó en el sofá viendo la televisión. En el dormitorio le conté a Antonia mi encuentro con las vecinas y su invitación a cenar. Antonia comentó que vaya cara que tenían las tías y quedó en pensárselo.

Me desperté con ganas de orinar al poco rato de quedarme dormido. Salí del dormitorio sin hacer ruido ni encender la luz para no molestar a las que dormían. Había luz en el salón y me asomé, creyendo que Rosa se habría quedado dormida viendo la televisión. Estaba sentada en el sofá, de espaldas a la puerta, viendo una película guarra en la tele. Sólo podía ver su espalda desnuda y su nuca, pero tuve la certeza de que se estaba masturbando. ¡Vaya si la muchacha era fogosa! La dejé en su tarea y fui al baño, ya haciendo todo el ruido posible para evitar malos entendidos. Al salir el salón estaba apagado, pensé que le había jodido la película y la paja a la pobre Rosa. Pero no, cuando entré en el dormitorio Rosa estaba en la cama besando a Antonia, decidí irme al salón a dormir y dejar a las dos tranquilas.

Antonia me despertó por la mañana con un café. Estaba desnuda y preciosa. Le pregunté si tenía ganas de hablar y me dijo que no, que tenía ganas de follar. Me dio un par de meneos en el nabo y se lo metió dándome la espalda. Mientras lo hacíamos muy despacio, pensé que las cosas no debían haber funcionado muy bien con Rosa la pasada noche. Me corrí sin que Antonia se corriera. Se tumbó a mi lado y dijo que seguía hecha un lío. Hasta ahora, hacerlo con mujeres y en concreto con Rosa, que era la única con la que lo había hecho, y además le gustaba mucho, no le producía gran placer. Estaba pensando aceptar la invitación de las vecinas para salir de dudas. Le dije que me parecía bien y que también podíamos probar a hacerlo mientras Rosa se masturbaba, para saber si lo que le gustaba era mirar a otras mujeres, sin estar con ellas. Me dijo que era un salido. Rosa irrumpió en el salón en ese momento, diciendo que necesitaba un café. Iba desnuda. Su desnudez me seguía pareciendo seductora. Después de pedir el café dijo, como quien no quiere la cosa, que a ella no le importaba y que incluso podía pasárselo muy bien. El resto del día y casi de la noche lo pasamos viendo procesiones.

Los dos días siguientes estuve en un viaje de trabajo que se prolongó hasta el miércoles a medio día. Llamé a Antonia y se lo dije, me contestó que me esperarían para comer. Rosa había prolongado el fin de semana. Me pidió el móvil de las vecinas. Empecé a temer que me quedaba sin novia.

Paula me llamó el miércoles por la mañana, le urgía una respuesta. Le contesté que tendría que esperar hasta la semana siguiente. Me insultó y colgó.

Cuando llegué a casa de Antonia no había nadie. La cama del dormitorio estaba sin hacer y la maleta de Rosa estaba en el armario. Seguí temiendo que me quedaría sin novia. Llegaron al poco rato. Antonia estaba seria y comimos casi sin hablar, dejando todo el peso de la conversación en Rosa. Cuando terminamos, Rosa propuso que saliéramos luego a ver procesiones, yo protesté algo pero acepté. Estuvimos en el salón viendo la tele hasta que Rosa dijo que iba a ducharse y a cambiarse para que saliéramos. Antonia, que no había abierto la boca en toda la tarde, le preguntó si le importaba que la mirásemos mientras se duchaba. Rosa acepto encantada y a mi se me cayó el vaso de agua que estaba bebiendo.

La dimensión del baño de la casa de Antonia era desproporcionada en relación al resto del piso, así que cabíamos los tres dentro sin estorbarnos. Antonia diseñó la situación: ella y yo estaríamos dentro del baño cuando Rosa entrara y ésta actuaría con total normalidad, como si no hubiera nadie. Nos colocamos junto a una estantería que estaba enfrentada a una ducha grande, protegida por un cristal y junto a la pared, con un espejo, donde estaban situados el lavabo y el inodoro. Antonia se puso el mismo sujetador del día que les hizo la función a las vecinas y unas bragas a media nalga, yo me puse unos boxer elásticos que me hacían un buen paquete.

Rosa se había cambiado de ropa cuando entró. Llevaba ahora una camiseta anudada al cuello y una falda corta muy ajustada y con el talle muy bajo, que dejaban su barriga al aire. Iba vulgar, pero muy sexy. Al entrar cerró la puerta, detalle que indicaba que estaba en el papel, se puso frente al espejo  y se miró, dándose unos retoques en el pelo. Abrió el agua de la ducha y se volvió a colocar frente al espejo, haciéndose un largo reajuste de las tetas en la camiseta, que detuvo para subirse la falda y masajearse los muslos y las nalgas. Llevaba un tanga que apenas era visible, devorado por un culo duro, carnoso y respingón. Abracé a Antonia, que acepto de buena gana el abrazo.

El chorro de agua caliente de la ducha había producido una atmósfera de vapor, que estaba comenzando a cubrir el espejo. Rosa, que estaba grandiosa en su papel, soltó el nudo de la camiseta y la dejó caer bajo el pecho, poniendo en libertad unas tetas grandes, redondas y altas. La proximidad de Antonia, el cuerpo de Rosa y el morbo de lo que estábamos haciendo me la pusieron dura como un leño. Volvió a jugar con sus tetas comprimiéndolas y soltándolas y con sus pezones, pequeños en relación a las areolas. Se desabrochó la falda y se la quitó, luego se quitó también la camiseta y finalmente el tanga. Completamente desnuda siguió mirándose en el espejo, esta vez comprobando el rapado de su coño. Me saqué la polla, abracé con mayor fuerza a Antonia y se la apreté contra el culo. Antonia jadeaba suavemente. Rosa volvió a abrir el grifo de la ducha y se metió debajo. Cuando el agua ya la había mojado, abrió las piernas y se puso a orinar. Después cogió una pastilla de jabón y comenzó a enjabonarse lentamente pero con energía.

Antonia me cogió las manos y se las llevó a las tetas, a la misma vez que me empujaba con el culo y lo movía con mi polla entre sus nalgas. Rosa se detuvo especialmente en el chocho y en el culo, restregándose con una fuerza que parecía pudiera hacerse daño. La escena me recordó el video que me había dejado Paula. Al poco, Rosa dejó caer la pastilla de jabón y se metió un dedo en el culo. Bajé una mano para ponerla en el coño de Antonia, pero ya estaba ocupado por las dos suyas. Cogí un bote de crema de la estantería, me unté la polla y dejé caer parte del contenido sobre la espalda y el culo de Antonia. Sin sacarse el dedo del culo, Rosa apoyó un pie en una banqueta y con la otra mano empezó a darse golpecitos en el clítoris, cada vez más rápidos y fuertes. Antonia jadeaba ya fuertemente. La hice doblarse por la cintura, le arranqué las bragas y por primera vez lentamente se la metí por el culo. Rosa, sin parar las manos, se volvió hacia nosotros y aceleró el ritmo por delante y por detrás. Antonia comenzó a chillar: a mí, que lo hiciera más fuerte y a Rosa, que nos mirase bien y que no se le ocurriera parar, si no quería que le rajara más el coño. Nos corrimos los tres a la misma vez en medio de un coro de jadeos. Antonia me besó y dijo que había sido maravilloso.

Nos duchamos todos juntos y nos fuimos a ver La Lanzada, de lo que se rió mucho Rosa comentando que ella ya la había visto esa tarde, y a tomar algo que nos repusiera.

Volvimos de madrugada. Rosa se quedó en el salón y Antonia y yo en el dormitorio. Cuando nos acostamos me dijo que creía que yo tenía razón, le gustaba observar a las mujeres montándoselo, pero acostarse con los hombres. De broma le dije que podía hacerme mormón o musulmán y así contaría con un harem; el problema estaba en encontrar otras esposas a las que les gustase lo mismo. Me dio un cachete y dijo que me tomara las cosas en serio. Me confesó que se había acostado con Rosa, sola por segunda vez, uno de los días que había estado fuera y que había tenido que fingir que se corría para que la dejara tranquila. Ya durmiéndose dijo que había llamado a las vecinas y había quedado con ellas a la noche siguiente. Iba a ir con Rosa, pero todavía no le había dicho nada. De esa, o salía lesbiana o salía hasta el coño de magrearse con tías. De lo del magreo no me cupo duda.

Después de desayunar Antonia me pidió que me fuera y que si quería mirar, volviese a partir de las nueve de la noche, que era la hora en que había quedado con las vecinas. Me marché a mi apartamento, cuyo acceso en Semana Santa era imposible. Pasé el día haciendo tareas de la casa, descansando, que merecido me lo tenía, y preocupado por la situación nuestra. Al despertarme de la siesta pensé que la Comunidad de Paula podría ser una solución, si al final Antonia no salía boyera con las húngaras. En caso de que no le pareciera bien la idea de la Comunidad, me veía buscando a la socias de Antonia, lo que no debía ser fácil.

A las ocho me llamó Antonia para decirme que me dejaba algo de cena en el piso. ¡Que considerada! Bromeé con ella sobre que fuera un buen reconstituyente y afrodisíaco, y que como era la Semana Santa, tendría que ser marisco. Estaba de humor y me dijo que procuraría que no fueran ni almejas ni mejillones.

Llegué al piso de Antonia minutos después de las nueve. Lo había pensado mucho y sólo quería mirar durante las presentaciones. Lo que ocurriera más tarde prefería no verlo. La verdad es que me estaba poniendo celoso con el lío de Antonia y las húngaras.

Antonia había dejado descorridas las cortinas del dormitorio y del estudio, por supuesto también las de las vecinas estaban descorridas. Me serví una copa y me senté en la cama. Todavía no habían llegado y sólo estaban Ursula y Erika, por cierto muy arregladas y muy atractivas: Ursula con un traje negro muy entallado y corto y Erika con un traje rojo de características similares, pero con un escote que le permitía lucir buena parte de las tetas. A los pocos minutos abrieron la puerta, eran Antonia y Rosa. Antonia iba guapísima con una falda corta, una blusa estilo japonés y unos tacones imponentes. Rosa, dentro de su estilo también iba guapa, aunque como siempre un poco vulgar, con un traje, que se habría comprado para la ocasión, excesivamente entallado y con un escote como un campo de fútbol, que permitía ver de entrada casi toda la mercancía. Se saludaron muy afectuosas con mucho cruce de besos y las húngaras sirvieron unas copas de vino, mientras parecía que unas se decían a las otras lo bien que iban.

Cerré las cortinas del dormitorio y el estudio y me fui al salón a terminarme la copa y a lamerme las heridas. Las dos últimas semanas habían sido maravillosas, pero también de locos. La idea de perder a Antonia por otra u otras mujeres no me hacía nada feliz, pero poco o nada más podía hacer que no hubiera hecho ya. Encendí la tele y estuve viendo unos programas horrorosos sobre la Semana Santa en Sevilla, Andalucía, España, el Mundo y su puta madre. Me serví otra copa. De vez en cuando tenía la tentación de mirar, pero en el fondo no me apetecía nada ver lo que estuviera sucediendo, que por otra parte ya lo sabía.

Al rato sonó la puerta. Me levanté a ver que pasaba, era Antonia. Seguía vestida igual e igual de guapa. Me preguntó qué pasaba. Le contesté desabrido que ella sabría lo que pasaba. Zanjó la disputa diciendo que ella había preguntado primero. Le conté que no me interesaba el espectáculo y que estaba afectado por miedo a perderla. Se acercó y me besó con locura. Tiró de mí hacia el dormitorio, descorrió las cortinas ruidosamente y me ordenó mirar, mientras ella me quitaba la camisa y los pantalones. Enfrente Rosa y las vecinas estaban desnudas como su madre las había parido y las vecinas le estaban metiendo a Rosa, que gritaba como una posesa, consoladores hasta por las orejas. Antonia me empujó para que quedara boca arriba, me chupó la polla hasta que estuvo en condiciones, se puso encima de mí, se subió la falda y se la metió mientras ella miraba por la ventana.

Con voz alterada me dijo que sabía perfectamente lo que le gustaba. Había visto las cortinas corridas y cuando habían empezado el espectáculo de grandes aparatos, sólo podía pensar en su aparato particular. Le dije que había sido mala y le solté dos fuertes cachetes en el culo. Me levanté, la puse a cuatro patas y follamos mirando los dos por la ventana. Antonia gritaba que ella sí tenía algo grande y caliente metido en el chocho. Siguió gritando como una loca, hasta que se corrió a la misma vez que Rosa. Cayó como muerta y yo terminé con una paja sobre sus tetas, mientras le gritaba a las vecinas que mirasen si querían ver una buena corrida

No pudimos ir a ver la “madrugá”. Cuando despertamos era casi mediodía. Las cosas de Rosa no estaban. Las cortinas de las vecinas estaban descorridas, pero no se veía a nadie. Para nosotros la Semana de Pasión había terminado, laus deo.

La vuelta a la rutina tuvo sus ventajas y sus inconvenientes. No hablamos de lo que había pasado durante los días atrás hasta la noche del sábado. Antonia estaba muy preocupada con el descubrimiento de sus gustos sexuales, ya que no veía como podía compatibilizarlos, con cierta normalidad, dentro de nuestra pareja. Decidí contarle lo de la Comunidad de “hoyportimañanapormi.com”, sin decirle que Paula estaba detrás de aquello. Cuando terminé, me miró con cara de asombro y me dijo que si se me había secado el cerebro de tanto follar esos días. Le dije que todavía podía un poquito más y que el sexo, como las medicinas, no se podía cortar de golpe. Se río, me besó y nos fuimos a la cama. La cosa no funcionó, estábamos igual que antes de las vecinas.

El domingo por la tarde, antes de despedirnos, volvimos a hablar de “hoyportimañanapormi.com” y quedamos en que yo entrase en la Comunidad y probáramos la experiencia.

Al día siguiente llamé a Paula para decirle que aceptaba hacerme socio. Quedamos en vernos esa misma noche y resolver el papeleo. Cuando firmé el contrato aceptando las condiciones dijo que esperaba que no fuese demasiado tarde, debido a que la hubieran expulsado ya de la Comunidad.

El martes me llamó Antonia bastante alarmada. Rosa no había aparecido todavía, ni había dado señales de vida. La había llamado al móvil varias veces, pero estaba desconectado. Esa misma tarde le había puesto un correo electrónico queriendo saber de ella.

El miércoles por la tarde me llamó Paula para decirme que estaba aceptado. Al día siguiente recibiría las instrucciones, las normas, el nombre de usuario y la contraseña por correo electrónico, que serían efectivos una vez se hubiera colgado en la página mi video de presentación. Tenía dos semanas para realizar y enviar mi video de presentación. Salí y compré una cámara de video, un trípode y unos focos.

Desde que había decidido hacerme socio de la Comunidad estuve pensando como debía ser el video de presentación, pero no se me ocurría nada que creyera adecuado. Llamé a Antonia, le comenté las novedades y le pedí que ella también pensara en el guión del video. Ella me contó que había recibido contestación de Rosa: ¡estaba en Hungría con las vecinas! Nos despedimos cariñosamente entre bromas, sobre lo fuerte que le había dado a Rosa la bollería fina.

El viernes por la tarde cuando llegué al piso de Antonia, miré por la ventana del estudio para ver si había nuevas vecinas. Estaba un chico, que parecía instalándose en ese momento. Mi gozo en un pozo. Al poco llegó Antonia y me dijo que traía el guión del video. Lo rodaríamos ese fin de semana.

La idea de Antonia tenía el valor de lo sencillo: contaría, dentro de las normas de la Comunidad, la historia que más se pareciera a la verdad. Me presentaría personalmente, diría que era heterosexual y que tenía una novia a la que quería, pero que no era capaz de satisfacerme sexualmente; necesitaba dar y recibir más sexo para mantener mi relación. Me despediría pidiendo a las chicas que se me ayudasen. Me pareció bien la idea. Lo rodamos el sábado en la azotea del piso de Antonia y lo montamos en su ordenador la mañana del domingo. El lunes lo mande al correo electrónico que me habían facilitado los gestores.

El miércoles recibí un correo de los gestores en el que me comunicaban que mi video estaba colgado en la página de varones heterosexuales y en la de novedades y que el nombre de usuario y la contraseña ya estaban operativos, por lo que podía acceder a los contenidos, aun cuando todavía no podía elegir a nadie, hasta tanto no hubiera sido previamente elegido por un socio. Decidí esperar hasta el fin de semana para que pudiéramos visitar juntos la página, así se lo comenté a Antonia por teléfono, que me dijo estar deseándolo.

El viernes Antonia llegó tarde, obligaciones en el colegio le habían impedido volver antes. Nos saludamos cariñosamente, cenamos en casa y al terminar Antonia dijo que fuésemos al estudio a ver la página de “hoyportimañanapormi.com”. Entramos sin problemas con las claves que me habían facilitado. La página tenía un diseño moderno y atractivo e iba bastante bien. Desde la página de bienvenida, llena de advertencias legales y sobre las normas de la Comunidad, podías desplazarte a las distintas páginas temáticas: novedades, y mujeres o varones heterosexuales, homosexuales o bisexuales y dentro de estas las novedades del último mes.

En un rápido y nervioso recorrido comprobamos que habría alrededor de cuatrocientos o quinientos socios entre las distintas posibilidades. Nos alegró comprobar que mi video había tenido diez visitas, aun cuando todavía ningún socio me había seleccionado. Nos dirigimos a la sección de mujeres heterosexuales, con la idea de ir preseleccionando para cuando pudiésemos elegir. Habría alrededor de sesenta posibilidades. Con paciencia, pues teníamos que ver los distintos videos, hicimos una primera selección de veinte que parecían interesantes para nuestro objetivo. Yo deje que Antonia llevase la selección, ya que en definitiva era a ella a quién le tenía que gustar la candidata. Finalmente ella concluyó en una terna, que yo también aprobé: una chica de unos veinte años, bastante guapa, que decía estar en la Comunidad debido a su casi enfermiza timidez, que le impedía relacionarse con chicos; una mujer, de unos treinta y tantos, con un tipo estupendo, que manifestaba estar en la Comunidad por que su marido y ella eran sexualmente muy liberales y activos, pero no querían tener líos personales; y por último una chica de veintitantos, bastante atractiva, que decía querer probarlo todo y por ese motivo estaba en la Comunidad.

Pasadas las tres lo dejamos ya bastante cansados. Pese a ello, Antonia, según me confesó, estaba bastante animada con la selección de las chicas –yo también diciéndolo todo- e hicimos el amor hablando de cómo serían las chicas que habíamos elegido.

A la mañana siguiente Antonia se levantó temprano, me trajo el café a la cama y dijo que teníamos que preparar el guión de mi video, para cuando me seleccionara alguien. Fue divertido. Nos quedamos casi todo el día en casa en medio de una “tormenta de ideas” sobre formas de hacerse pajas un tío, que a las chicas pudiera gustarle. Ya anocheciendo cerramos el esquema del guión: un mecánico llega a su casa tras un largo y duro día de trabajo -yo llevaría un mono y una camiseta, todo con bastante grasa-; su mujer no está y él tiene un buen calentón, así que se dirige al dormitorio, se desnuda y comienza a buscar entre la ropa interior de ella, selecciona varias prendas muy provocativas, que va oliendo y tocando, pero en el fondo del cajón descubre un consolador anal, del que él desconocía su existencia; en principio se cabrea bastante, pero al final, tras darse una ducha, decide probar sus efectos, vistiéndose con parte de la ropa interior que había seleccionado; con los efectos del vibrador y de contemplarse en un espejo con la ropa interior de ella, se corre en el momento que se oye abrirse la puerta de la calle y que una voz femenina, llena de deseo, pregunta por él, prometiéndole un buen polvo. Lo rodaríamos el próximo fin de semana, así que el domingo por la mañana encargamos por Internet el material que no teníamos. Ver las distintas páginas de Sex-shop y los productos que ofrecían nos puso como motos y echamos un polvo fantástico antes de comer. El invento de la página parecía ir funcionando.

A mediados de la semana siguiente me llegó un correo electrónico de los gestores del sistema, comunicándome que había sido seleccionado y que debería remitir un video a un apartado de correos en el plazo de las dos semanas establecidas. Llamé a Antonia, que se puso muy contenta al saberlo, alegrándose de que hubiéramos adelantado ya parte del trabajo.

El fin de semana estuvimos intensamente dedicados al cine X. Antonia hacía de cámara, completamente desnuda para excitarme. En algunos planos dejaba la cámara fija para poder tocarse ella también, lo que a mí me excitaba aun más. No pudimos hacer el amor, pues toda mi energía sexual se fue en repetir hasta tres veces la escena de la corrida, según ella, para darle la importancia que debía tener en el video. Empecé a pensar que las pajas estaban bien, pero que el perfeccionismo de Antonia resultaba excesivo, al menos para mis  deseos y mis fuerzas.

El siguiente fin de semana montamos el video, pero sobre todo echamos un buen par de buenos polvos, que compensaron el exceso de onanismo de la semana anterior. Cuando lo pusimos en el correo, el mismo domingo antes de que Antonia se marchase, nos miramos y comentamos que ya sólo nos quedaba esperar la respuesta.

Los dos viernes siguientes Antonia llegó de La Roda con montones de notas sobre futuros guiones, excusándose en que había que adelantar trabajo y que no nos podíamos permitir una puntuación negativa. La idea de la página estaba funcionando. Había despertado en Antonia una sexualidad abierta, sin las cortapisas y los pudores de antes. Nuestra sexualidad e intimidad habían aumentado exponencialmente en las últimas semanas y eso se notaba muy favorablemente en nuestra relación de pareja.

El martes de la tercera semana recibí un misterioso paquete, supuestamente de una librería, lo abrí y era un DVD. Cuando por la noche se lo comenté a Antonia, ésta me amenazó con castrarme si lo veía antes de que ella llegase. Decidí esmerarme e hice los preparativos para ofrecerle el viernes una buena cena en casa, como antesala de la sesión de video que nos esperaba luego.

El viernes la estaba esperando desde temprano en su casa, sin embargo, ella llegó más tarde de lo habitual, pero no tanto como si hubiera cogido el siguiente autobús. Me besó apasionadamente al ver los preparativos de la cena y me dijo que ella también se había preparado para la noche, mientras me enseñaba una bolsa de un centro comercial. Se fue a la ducha y yo terminé de preparar la cena. Entró al salón en albornoz y cenamos comentando las cosas que nos habían pasado durante la semana, aunque ambos con la cabeza en el contenido del video que nos estaba esperando. Quitamos la mesa y fui a servir una copa, cuando regresé al salón Antonia se había quitado el albornoz y estaba sentada en el sofá con un top blanco transparente, unas braguitas tanga a juego y unas medias sin liguero. Nunca se había vestido así, salvo para la historia de las vecinas y de Rosa, estaba preciosa. Me paré a mirarla y cuando mi vista pasó por su chochito me di cuenta que se había depilado completamente, lo que me puso en un estado de excitación, próximo al descontrol. Me llamó al sofá para que me sentara a su lado, una vez había colocado el DVD. Nos abrazamos y puse en marcha el reproductor.

En la primera escena la protagonista se presentaba como Isabel, saludaba y comentaba que el video recibido le había gustado y excitado y que por eso había decidido continuar su argumento. Enviaba un beso, deseaba que me gustase y después se producía un largo fundido en negro.

Antonia dijo que parara la reproducción y me preguntó si la había reconocido. Le contesté que no y ella afirmó que era un despistado por no darme cuenta de que se trataba de la mujer de treinta y tantos años que habíamos preseleccionado. Recordé y, en efecto, Antonia tenía razón. Nos felicitamos por la suerte que habíamos tenido para ser la primera vez, nos besamos y puse de nuevo en marcha el reproductor.

La escena se desarrollaba en el salón de una vivienda que simulaba el de Antonia, que era el que nosotros habíamos utilizado para grabar nuestro video, adornado con algunos detalles Almodóvar. Se abría la puerta de la calle y aparecía Isabel. Iba vestida con unas mallas blancas de talle bajo, una camiseta también blanca, muy ajustada, sobre un sujetador negro, que se transparentaba casi por completo, y unas chanclas de tacón. La indumentaria era hortera, seguramente simulando la pareja de un mecánico, pero erótica y el cuerpo de Isabel era magnífico: tetas grandes y muy apretadas, cintura delgada, con un poco de barriguita que sobresalía entre las mallas y la camiseta, un magnífico culo y unas piernas torneadas. En la mano llevaba una bolsa y al entrar decía:

-          Cari, ¿estas en casa? Tenía muchas ganas de verte. Tengo que contarte que me llamó Jessica, ya sabes la prima de la Joaqui, para invitarme a merendar en su casa. Cuando llegué, había allí otras amigas suyas y después del café, la muy guarra empezó a sacar bragas y sostenes transparentes, ligueros, antifaces, cremas y hasta cacharros igualitos a un nabo, pero a un buen nabo, tú ya me entiendes. A la cochinada esa la llamaba la tía un “Torpesex”, pero a mí me ha puesto tan chorreando, que me he tenido que parar en un bar para secarme, por que la mierda del tanga no chupa nada. Tengo unas ganas de que hagamos cochinadas, que no tengo ni hambre.

Mientras hablaba iba sacando cosas de la bolsa y debía haberse quedado con todo el material disponible de la Jessica, por que llenó la mesa de centro de ropa interior y de artilugios sexuales. Cuando terminó de sacar cosas, se volvió de espaldas hacia un mueble y se sirvió un vaso de agua de una jarra, mientras se sacaba la tirilla del tanga del culo. Luego se volvió de nuevo de cara a la cámara y continúo:

-          Desde luego, los sostenes que vende la Raquel son malos, mira que encoger al lavarlos –mientras decía esto se desabrochaba el sujetador y se lo sacaba sin quitarse la camiseta. Las tetas de Isabel seguían siendo espléndidas sin el sujetador-. ¿Es que estás dormido, cari? –Al beber, el agua se le derramaba abundantemente encima y la camiseta se le mojaba, volviéndose casi transparente, permitiendo que se le vieran las tetas, los pezones y las areolas-. ¿No habrás bebido después del trabajo, verdad? –continuaba gritando- Ya sabes que no me gusta.

Se sentó en el sofá para contemplar la compra y fue exhibiéndola pieza por pieza, para devolverlas después a la bolsa. Todo lo que iba mostrando era muy provocativo: sujetadores y bragas de fantasía o de cuero, correas y antifaces “bondage”, látigos, algunas prendas que Antonia y yo no reconocimos y todo tipo de consoladores figurativos, a cada cual más salvaje.

Antonia no perdía detalle del video, piropeaba lo buena que estaba Isabel y de vez en cuando comentaba el acierto de algún detalle concreto.

En el video, Isabel terminó de guardar la compra y comenzó a abanicarse con una revista, mientras decía:

-          Desde luego, como el cari se haya dormido la vamos a tener, por que yo estoy más caliente que el palo de un churrero y necesito una polla entre las piernas. ¡Que calor hace! Pues en la calle no parecía que fuese tanto –diciendo esto, levantaba y bajaba la camiseta, mostrando las tetas por segundos, para por último quitársela. Después se levantaba del sofá y se bajaba las mallas de espaldas a la cámara, quedándose con el tanga. –Voy a ver a este que seguro que está durmiendo la mona –la escena terminaba con ella contoneándose, mientras iba hacia el dormitorio con la bolsa en la mano y con un fundido en negro.

Cuando Isabel se estaba desnudando, Antonia se apretó contra mí y puso mi mano sobre sus tetas. Yo tenía la polla dura como una piedra, apretada contra el culo de Antonia.

La siguiente escena era en el dormitorio, que igualmente simulaba el de casa de Antonia, y también con algunos detalles Almodóvar complementarios. En la imagen se veía una cama, donde supuestamente había alguien acostado y cubierto por completo bajo las sábanas, un mueble con los cajones abiertos y ropa interior sobre él, un espejo de trípode y una banqueta a los pies de la cama. Isabel estaba realmente apetecible con el tanga y las chanclas de tacones, al entrar en la habitación decía:

-          Míralo, durmiendo la mona el tío penco y encima me ha revuelto todos los cajones para encontrar quién sabe qué cosa –levantó la sábana sólo un poco y volvió a ponerla como estaba, miró en los cajones, revolvió la ropa que había sobre el mueble y exclamó-: ¡Los cojones del tío perro, no ha perdido la pera de las lavativas! -se giró hacia el espejo y prosiguió sola-. ¿Y ahora que hago yo, con el calentón que traigo del “Torpesex”? Pues tu te lo vas a perder por borracho –le dijo al bulto de la cama, mientras cogía la bolsa con las adquisiciones y la escena fundía en negro-.

El video estaba realmente bien hecho, con bastante calidad de imagen y sonido, además de con un guión ingenioso. El nivel efectivamente era muy alto como me había dicho Paula. Antonia estaba disfrutando y yo notaba que se iba poniendo al rojo, como me estaba pasando a mí también.

La escena seguía en el dormitorio, pero ahora la cámara estaba situada en el punto de vista del marido acostado. Isabel sacaba de la bolsa un sujetador y una braga del tipo conejita, incluido el rabito y las orejitas.

-          Desde luego, la Jessica es una guarra y un putón, pero que cosas más bonitas tiene –decía mientras se quitaba el tanga y se quedaba completamente desnuda. El punto de vista estaba muy bien elegido, pues permitía ver muy de cerca el coño rasurado de Isabel y su magnífico culo. A Antonia le salió la vena femenina y protestó diciendo que aquella tía estaba retocada hasta en el cielo de la boca. Yo no lo se, pero desde luego estaba como un tren. Se puso el disfraz de conejita y se exhibió largamente en el espejo, tocándose las tetas todo lo que pudo-. ¡Anda, mira lo que te estás perdiendo por irte con tus amigotes! –Insistía ella mientras elegía ahora un corsé rojo transparente, un tanga y unas medias igualmente rojas. Volvió a desnudarse y a vestirse lentamente. Mirándose al espejo continuaba diciendo-: Que bien hecha me parió mi madre y que bien me he conservado yo. Mira que tetas grandes y duras y mira que culo como una piedra –mientras hablaba se magreaba voluptuosamente la parte aludida-, pero lo mejor este chochito, lastima que no sea nada más que el cacho bestia este –y lo abría bien a la cámara para que no se escapara detalle. La escena fundió en negro-.

Antonia se puso a cuatro patas de cara a la televisión y me dijo que se la metiera. Le bajé el tanga y obedecí su orden, sobándole además el coño depilado, que para mí era una sensación desconocida hasta entonces.

La siguiente toma era también en el dormitorio. La cámara volvía a situarse donde la primera vez. Isabel seguía con el corsé transparente y las medias trabadas a él, pero sin el tanga. Estaba sentada en la banqueta, frente al espejo y de espaldas a la cámara. El bulto de la cama se movía lentamente, sin destaparse en ningún momento.

-          ¡Como estoy de caliente, voy a tener que probar un nabo de estos, a ver si se me pasa! –Exclamaba Isabel mientras se tocaba el coño mirándose en el espejo. Los colocó en la banqueta y escogió el más pequeño. Se puso de rodillas, le dio un par de chupadas, lo embadurnó de crema, se lo encajó en el culo y comenzó a moverlo-. ¡Ay que bueno! ¿Cómo no había descubierto yo esto hasta ahora? Tengo que llamar a la Jessica para darle las gracias y para que me invite a más reuniones de esas. –Al rato y con el consolador en el culo, cogió otro más grande, lo chupó y lo embadurnó de crema igualmente, y se lo metió en el coño como si tal cosa-. ¡Ah y yo aguantándome toda la vida con la pirindola de este pichafloja! –gritaba ya Isabel moviendo los dos consoladores a la misma vez y saltando en la banqueta.

Antonia no paraba de mover el culo adelante y atrás, dándome palmadas en las nalgas con una mano y con la otra, entre las piernas, sobándome los huevos.

Mientras Isabel gritaba y se movía con los consoladores, el bulto de la cama montó la tienda de campaña y empezó a cascársela ferozmente. Nos corrimos los cuatro a la misma vez.

Vimos el video dos veces más ese fin de semana, en todas las ocasiones con magníficos resultados para los dos.

El domingo por la tarde, al despedirnos, Antonia me dijo que fuese tramitando los documentos para hacerse ella también socia de la Comunidad y así disponer de más ocasiones. Ahora, al cabo de un año de socia, Antonia ha sido ya cuatro meses seguidos la más puntuada en la categoría de mujer homosexual. Yo he hecho un curso de cine y muchas prácticas en casa. Lo único malo es que no paro de tomar afrodisíacos para poder seguir el nuevo ritmo de Antonia.


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