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Fecha: 08-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Tuareg

Gambito Danes
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Tiempo estimado de lectura: [ 16 min. ]
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A veces el desierto esconde secretos que uno no es capaz de imaginar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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T U A R E G

En el desierto, las estrellas están tan cerca, que los tuareg las pinchan con sus lanzas y las clavan en la tierra para alumbrar con ellas los caminos

El jeep avanzaba con cierta dificultad, los caminos polvorientos de las afueras de Tombuctú empezaban a desaparecer y daban paso al desierto más denso y arenoso, al salvaje Sáhara maliense. Hugo miraba de reojo al guía que, experimentado, conducía con destreza por el complicado sendero. El viaje hasta el centro minero de Taodeni era largo y complicado, fotografiar y entrevistarse con las gentes que trabajaban allí era posiblemente el trabajo más difícil que le había encargado nunca la revista. El periodista revisaba el material cuando Bertrand, el conductor, señaló las dunas en el horizonte:

—Hasta allí iremos, mon ami.

—Parece que no termine nunca —contestó él.

—Dios creó el desierto para que el hombre pudiera sonreír al ver las palmeras.

—Vaya Bertrand, no te hacía tan profundo.

—Bueno, la frase es de “El Alquimista” —rio.

El guía era un hombre corpulento y barbudo, con marcado acento francés pero impecable español. Hugo se sentía como si fuera escoltado por el mismísimo Harry el Sucio. Sin él, probablemente, habría rechazado el encargo.

—Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo —contratacó él.

—“El Principito” —acertó el guía con una sonrisa.

Se adentraron aún más en la inmensidad del desierto, eran pocos los matorrales secos que rompían la hegemonía de la arena. Pasaron por el lado de un pequeño blindado, oxidado y abandonado, vestigio de conflictos anteriores. A Hugo se le heló la sangre. El coche traqueteaba ahora por unas piedras de cierta consideración. Bertrand farfulló algo en francés. El sol seguía alto, dominante, orgulloso de su poder. Ni las gafas de sol podían protegerles de su vigor.

—¿Estás casado? —preguntó el reportero.

—Difícil estar casado por aquí, con la vida que llevo. Un día estoy en Malí y al otro en Costa de Marfil. ¿Y tú?

—No me busques mal tan pronto, tengo solo veintiocho años.

—Que no te engañe mi piel gastada o mis ojos cansados, yo tengo treinta y dos —advirtió el francés ante la sorpresa de Hugo.

—¿Es peligroso cruzar el desierto?

—Siempre hay peligro en el Sáhara, los persas decían: “La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio”.

—Gente sabia, los persas —añadió él.

—Sí, lo fueron, antes de convertirse en iraníes y dejarse atrapar por el Islam.

—¿No eres muy fan del Islam, verdad?

—De ninguna religión, sobre todo llevada al extremo. He visto de lo que son capaces, especialmente en África.

—Pero el Islam no significa lo mismo que ser salafista o creer en la Sharía —replicó Hugo sorprendido de que un hombre tan leído demostrara tal intransigencia.

—Desde luego los fundamentalismos son mucho peor, pero creme, la religión solo ha traído problemas a la humanidad. Esa manía del hombre de necesitar todas las respuestas…

El periodista no quiso seguir, el debate era demasiado profundo y complicado, y estaba muy cansado. Volvió a clavar su vista en el desierto y dejó que se evadiera su mente. Lo logró hasta el punto de quedarse profundamente dormido. Los gritos y el alboroto le despertaron, abriendo los ojos y viendo tres jinetes, montados en dromedarios y vestidos de riguroso azul añil, rodeando el vehículo.

—¡¿Qué pasa?! —preguntó sobresaltado.

—Nada mon ami, no te preocupes, vamos a detener el jeep poco a poco.

—Eso no era árabe, ¿no?

—Tamashek, su lengua madre.

—Van armados —dijo casi en un hilo de voz, fijándose en el AK-47 que uno de ellos llevaba en la espalda.

—Tranquilo, déjame hablar a mí, son tuaregs, nada nos va a pasar.

Bertrand bajó la ventanilla y empezó a hablar con el que parecía ser el líder, el lenguaje era del todo incomprensible para Hugo. Así siguieron un rato, al reportero le calmó ver que el tono no parecía hostil, más bien todo lo contrario. Finalmente volvió a subir el cristal e informó:

—Abdellah nos invita a ir con ellos hasta su pueblo, están instalados cerca de aquí.

—¿A su pueblo?

—Pueblo, poblado…son nómadas, pero a veces permanecen estancias prolongadas de tiempo en el mismo sitio por el bien del ganado.

—¿Debemos ir?

—Sin duda, lo contrario sería una ofensa. Además, te caerán bien, son tuaregs.

—Eso no era árabe, ¿no?

—Tamashek, su lengua madre.

El guía siguió a los dromedarios alcanzando cierta velocidad mientras Hugo seguía dándole vueltas al tema de sus anfitriones.

—¿Son de fiar?

—Por supuesto, son buena gente, hoy en día viven de la ganadería. Son libres, el último pueblo libre sobre África probablemente. Son los amos del desierto.

—Pero, creen en el Islam, creí que odiabas eso.

—Se convirtieron, sí, pero lo practican de una manera muy distinta a la que te imaginas, mucho más relajada.

—Van armados.

—¿Crees que es para asaltarnos? Van armados porque luchan contra cualquiera que quiera robarles la libertad. Son tiempos muy duros, los tuareg combaten a muerte contra Boko Haram, ¿eso te parece bien?

Nuevamente el reportero sintió un escalofrío, probablemente había sido un inconsciente aceptando el reportaje, pero ni él mismo sabía hasta qué punto.

—Tendré que fiarme de ti.

Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo

Una hora después llegaron al poblado. Este estaba formado por menos de una decena de ehes, tiendas, y enseguida se notaba la vida que daban los niños curiosos, acercándose al vehículo. No todos los días veían al hombre blanco. Ambos bajaron del jeep, Bertrand con una amplia sonrisa y Hugo cohibido al sentirse rodeado de extraños. Pero pronto notó la amabilidad de la gente, que casi lo arrastraban de un lugar a otro.

—Cuando oscurezca Abdellah hará una gran fogata y cenaremos todos juntos —advirtió el guía que estaba como pez en el agua.

Al poco tiempo el periodista se fue animando, preparando su cámara y disparando fotografías en ráfagas de diez, fascinado por su modo de vida. Le sorprendió apreciar que los hombres iban tapados, sin embargo las mujeres, no. Tal fue su curiosidad que se lo comentó al francés. Este rio y le habló a uno de los presentes, Hassan, el primo de Abdellah, que rio también.

—Dice que las mujeres son hermosas y quieren verles la cara. Ya te lo dije, no son como imaginas.

Hugo reparó entonces en cinco niños que jugaban desnudos alrededor de un ehe, libres. Los fotografió hasta que la máquina protestó, sobrepasada por el trabajo y el calor. Un adulto, de piel negra y distinta vestimenta, se acercó a él ofreciéndole un cuenco con almendras. Hugo miró a Bertrand buscando una explicación.

—Es un íklan, un bellah. Los tuaregs tuvieron esclavos hasta que el gobierno francés lo prohibió, ahora son sirvientes, siempre por voluntad propia.

Aceptó las almendras haciendo una especie de reverencia en agradecimiento y siguió su improvisado tour por el campamento. Tal y como había prometido, en cuanto se empezó a poner el sol, Abdellah y sus hombres prendieron un poderosos fuego y mientras la gente se arremolinaba a su alrededor en busca del calor se sirvieron todo tipo de cuencos y platos con comida. Frutos secos, carnes secas, algunas cocinadas en leche, cereales, un auténtico banquete. Todos conversaban unos con otros. Todos excepto Hugo, que desconocía por completo su lengua. La increíble belleza de una de las tuareg hizo que la mirara casi con descaro, completamente obnubilado.

—Es la esposa de Abdellah —le informó Bertrand consciente de qué llamaba su atención.

—Será mejor que disimule, pues —contestó él, sonrojado.

—Jajajaja, no te preocupes amigo, puedes mirar. Insisto, no son como crees.

 Hugo se dio cuenta de la increíble belleza del momento, rodeado de aquella gente, con el desierto iluminado por el fuego. Una duna de más de doscientos metros les daba cobijo, acampados en el fin de la ladera, suave y sinuosa. En el horizonte las formas de estas recordaban al océano, salpicado de gigantescas olas cristalizadas. Pero lo que más le impresionaba era los gigantescos ojos verdes que le observaban, aquella anomalía genética, caprichosa, que contrastaba con su piel oscura.

—Se llama Samira, y creo que también le gustas —añadió el guía viendo que su jefe no salía del ensimismamiento.

—No quiero que nuestro anfitrión le de mis pelotas de cena a sus próximos invitados.

—Tranquilo, mon ami, esto es el desierto, y en los tuaregs las que mandan son las mujeres.

Hugo reflexionaba sobre aquella afirmación cuando pudo notar la exaltación del poblado, los gritos y cánticos. Dos tuaregs vestidos de riguroso azul se alzaron. Armados con sendas espadas empezaron su baile, ancestral, la danza del pueblo de la lanza, el pueblo de la espada, el pueblo del velo azul. Un ritual guerrero pero no por eso menos bello, armónico, conciliador con el desierto.

—Son una gente alucinante, incorruptible, el último pueblo libre. Dispuestos a luchar para preservar su modo de vida —contaba Bertrand, fascinado.

—¿Por qué nos acogen?

—Es su ley, y lo hacen de corazón.

El periodista gestionaba su mirada, alternando entre el baile y la bellísima Samira. Tres círculos color cobre hechos con pequeños puntos, en las mejillas y el entrecejo, decoraban su rostro a modo de maquillaje. Le costaba entender como una criatura tan perfecta podía haber surgido del desierto, vivido entre las dunas, criado entre hipotéticos “salvajes”. Era increíble como la tuareg era capaz de sonreír con la mirada, de expresar sin mover un solo músculo.

—Pronto acabará el festejo —informó el francés.

—¿Dormiremos aquí?

—Sí, pero no juntos.

—¿Qué quieres decir?

El guía rio a modo de respuesta, «lo verás», fue lo único que dijo, «lo verás». Como si de un profeta se tratara, la gente empezó a recoger. A medida que se extinguía el fuego Hugo pudo notar el frío del desierto, constatando la dureza del entorno, sus cambios y sus contrastes. Pocos quedaban al aire libre, la mayoría ya se habían recogido a sus ehes mientras que Bertrand hablaba, casi con familiaridad, con Abdellah. Después de despedirse efusivamente el francés se acercó al fotógrafo, diciéndole:

—Te esperan.

—¿Quién?

—Ya lo sabes, mon ami.

—Te puedo jurar que no.

—Jajaja, la gente de ciudad nunca dejáis de sorprenderme. Ya te dije que a Samira también le habías gustado.

—¿Y? —preguntó el periodista cada vez más inquieto.

—Pues eso, que te esperan.

—¡¿Pero de qué demonios hablas?! —estalló Hugo al fin.

—Trátala bien, como la princesa que es, y recuerda la única norma. Deja la tienda antes de que salga el sol.

Al fotógrafo se le pasó hasta el frío, dejó de mirar el manto estrellado y agarró por la solapa al guía, interrogándole:

—Bertrand, ¿de qué estás hablando pequeña sabandija libertina?

—Jajajaja. No escuchas. Aquí mandan las mujeres, pueden tener los amantes que quieran, antes y después del matrimonio. Y has sido elegido, no seas descortés. Te espera en su ehe, estará también Abdullah pero no prestará ninguna atención. Así son, así actúan. Dormirá como si vuestros gemidos fueran los sonidos de las relajantes cigarras, jajajajaja.

—Bertrand…

—Basta, estás en su casa, dirígete a la tienda, es esa de allí. Confía en mí, aquí la vida es mucho más sencilla.

Con el cuerpo congelado, más por la adrenalina que por las inclemencias de la noche, anduvo lenta y pensativamente hasta la tienda más confortable de todo el campamento. Se agachó, tragó saliva y entró en ella con dificultad. Por un momento pensó que enseguida lo echaría un enfurecido Abdullah, armado con una cimitarra, pero no fue así. Samara le esperaba de rodillas, paciente, sonriente por primera vez en toda la noche. Abdullah dormía en el fondo, dado la vuelta a unos escasos cuatro metros. Hugo se sentó frente a la tuareg, observándola, sin saber que decir. Cuando se decidió a pronunciar el primer sonido el índice de la mujer lo contuvo, apoyado sobre sus labios. Segundos después la reina del desierto agarró la vestimenta típica en forma de túnica y con un solo movimiento se desposeyó de ella, dejando a la vista un precioso cuerpo, de proporciones perfectas, de pechos no muy grandes pero deseables, de piel canela, de cintura firme, nalgas fibrosas y sexo cuidado.

—Dios mío…

Su pelo negro azabache cayó larguísimo sobre su escote, libre del velo que lo cubría tan solo parcialmente momentos atrás. Hugo hizo el ademán de desabrocharse la camisa pero nuevamente la tuareg lo detuvo, apartándole con suavidad las manos para seguir ella misma con el proceso. Botón a botón, primero un brazo y luego el otro, lo desvistió de manera casi ritual mientras que el periodista dudaba sobre qué podía hacer, ansioso por poseer aquel cuerpo pero con miedo a ofenderla. Después Samira siguió con las botas, los pantalones e incluso la ropa interior. Colocó la mano en su miembro, dándose cuenta de que la estimulación apenas era necesaria, mostrándose este erecto y vigoroso.

Sonrió.

Le empujó con excepcional delicadeza, tumbándolo sobre la lona, y se acomodó encima. Mientras atrapaba el falo presionándolo contra su pubis se acercó a él besándole por primera vez en los labios, casi rozándolos. Todo iba despacio pero, a la vez, todo iba tan deprisa. Siguió mordisqueándole la boca, mirándole a los ojos sin parar mientras sus caderas se movían, comenzando una increíble masturbación llevada a cabo con el cuerpo, la cintura, los glúteos. Su glande se frotaba contra la piel de la tuareg de una manera tan placentera que Hugo incluso tuvo miedo de eyacular.

—Mmm.

En un acto de valentía sus manos se lanzaron sobre los senos, acariciándolos, jugando con los erectos pezones y las oscuras areolas. Bendijo su viaje y a su vez, maldijo a Abdullah por pura envidia. La envidia que ni el jefe ni su poblado tenían. Enseguida se sintió traicionado por su corrupto pensamiento occidental, triste. La princesa pronto le sacó de sus disquisiciones mentales, liberando su miembro lo suficiente para colocar el bálano en la entrada de su sexo. Hábilmente se lo introdujo, con lentitud, disfrutando de cada milímetro al ser penetrada, venerando cada pedazo de su ser que se fusionaba con el de ella.

—¡Mmm!

Los dos gimieron, ajenos a todo, a la noche estrellada, al desierto, a Abdullah, Bertrand o el trabajo que le había llevado hasta ese remoto lugar. Samira le aguantó la mirada pero Hugo no pudo evitar entrecerrar los ojos por el placer.

—¡Mmm!, ¡mmm!

La tuareg empezó a cabalgarlo, despacio pero con contundencia. Moviendo su cuerpo como si surfeara una inacabable ola, como si montara a un dragón mitológico. Sus pechos se sacudían por el movimiento los escasos momentos en los que las manos del periodista no los magreaban. Las acometidas fueron subiendo de intensidad al igual que los gemidos ahogados de Hugo, que sentía que estaba siendo bendecido con siglos de experiencia amatoria. La tuareg también gemía, y se mordisqueaba el labio inferior por el gozo hasta sangrar.

—¡¡Mmm!!, ¡¡mmm!!, ¡¡mmmm!!

No hablaban, sobraban las palabras. No necesitaban ninguna ayuda para que el acto fluyera, más bien concentración para que este se extendiera en el tiempo lo máximo posible. Ahora el fotógrafo notaba el cuerpo de Samira chocar contra el de él, embistiéndolo con tanta fuerza que sus caderas podían incluso rozarse.

—¡¡Oh síii!!, mmm.

Poco después la mujer se abrazó con fuerza a él, sabia, penetrándose hasta lo más hondo para que ambos tuvieran un fortísimo orgasmo, notando como el occidental derramaba toda la simiente en su interior. Los cuerpos de ambos temblaron casi con violencia. La princesa se echó a un lado, acurrucada contra uno de sus hombros, esperando a que las respiraciones se recuperaran y las pulsaciones fueran descendiendo. Volvió a mirarle a los ojos y le dijo con exótico acento:

—Luego podemos volver a.

Hugo entendió perfectamente la frase, y deseó que el sol no saliera jamás.


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