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Fecha: 10-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Hasta el Quinto Pino y Más Allá. Capítulo 9.

Alex Blame
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Tiempo estimado de lectura: [ 20 min. ]
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Capítulo 9. Putadas. Marco descubre al fin qué es lo que quiere Leoola. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 9: Putadas

 

 

 

Pero aguantaron y nos introdujimos en el agujero de gusano. Al entrar, Leoola por fin dejó de gritar y disfrutando de la oscuridad y el silencio, me relajé y preparé la siguiente fase de mi plan.

En cuanto salí del agujero, le dije a Eudora que cargase las coordenadas de la siguiente singularidad y mantuve la aceleración solo el tiempo suficiente para generar otro agujero de gusano.

Justo cuando terminó de formarse apagué los motores y desplegando las velas me aparté de la trayectoria entre las dos singularidades.

Aquel sistema pertenecía a una estrella muerta, lo que evitaba que ningún reflejo o sombra  me delatase.

Ocho minutos después,  aparecieron las naves y se dirigieron sin pensarlo al siguiente agujero. Solo una pequeña cañonera se quedó a patrullar aquel sistema con todos sus sensores martilleando el espacio cercano.

Las naves desaparecieron por el segundo agujero y pocos minutos después ambas singularidades colapsaron, quedando sola la cañonera. Podía haberla dejado, pero prefería que no se supiese nada de lo que había pasado con aquellas naves así que me dirigí al módulo de armas.

—¿Quieres usar los láseres?—preguntó Eudora.

—No, creo que la armas de pólvora serán más rápidas y si no son efectivas nos dará tiempo a cambiar al láser sin que la cañonera nos haga mucho daño.

Con un ligero giro me coloqué de costado a la cañonera que todavía me estaba buscando, inconsciente de lo cerca que estaba de ella.

Dejé que se acercase todo lo posible ya que al contrario que el láser los obuses eran más lentos y cuando estuvo a menos de cuatro kilómetros abrí fuego con el cañón de 105 mm.

El escudo, preparado para desviar armas de energía y el casco, preparado para resistir meteoritos de pequeño tamaño, no fueron rival para el proyectil sabot, que entró en la nave por el morro y atravesó varios compartimentos antes de explotar y partir en dos la pequeña cañonera.

Con el cañón rotativo rocié el morro y  destruí el domo de comunicaciones para evitar que pudiese emitir una señal de socorro, pero no habría sido necesario, un segundo después los grandes generadores que le daban velocidad a la pequeña nave explotaron, desintegrándola en un trillón de minúsculas partículas.

El fogonazo de la detonación despertó a Leoola que miró la consola extrañada:

—¿Y los Glee? preguntó.

—¡Camino del infierno! —exclamé yo con una risa salvaje provocada por la adrenalina.

—¿Qué pasó?

—En cuanto salí del agujero de gusano hice otro y apagué los motores desviándome de la trayectoria. Los Glee entraron el en nuevo agujero sin pensarlo. En este momento, si los cálculos de Eudora no fallan, van camino del núcleo de la estrella más gorda que pude encontrar. Picaron como unos idiotas. ¿Se puede ser tan estúpido? —pregunté mientras le ordenaba a Eudora que revisase todos los sistemas y recargase el escudo.

—Creo que voy a descansar estoy un poco...

Leeola intentó levantarse, pero estaba tan exhausta que vaciló y hubiese caído al suelo si no lo hubiese evitado con mis brazos. Instintivamente se acurrucó en mi regazo y reposó su cabeza en mi pecho cerrando los ojos.

La deposité sobre la cama  y ella se quitó las botas de dos débiles patadas. No sabía exactamente por qué, pero en ese estado de vulnerabilidad me pareció especialmente atractiva.

Ella pareció darse cuenta y haciéndome un hueco me invitó a tumbarme a su lado. Yo la hice caso y me acomodé a su lado, echando un brazo sobre su hombro. Leoola no hizo gesto de separarse así que mi mano se deslizó por su flanco y su cadera hasta reposar en sus esbeltas nalgas.

Entonces se giró y me miró con aquellos ojos grises e hipnotizadores. Acaricié su rostro suavemente y acercando mis labios, la besé. La joven pareció revivir inmediatamente y me devolvió el beso con violenta lujuria.

A trompicones, nos arrancamos las ropa hasta quedar totalmente desnudos. Sus pechos eran pequeños y tiesos, con unos pezones grandes y rosados. Los besé y me puse sobre ella mientras sus manos acariciaban mi polla. Eran finas y de dedos extremadamente largos.

Mi miembro reaccionó poniéndose inmediatamente erecto. Ella no esperó y me guió a su interior.

Era como haber vuelto a casa. Todo estaba dónde tenía que estar y todo era más o menos como tenía que ser. No me había dado cuenta, pero necesitaba hacer el amor con una mujer.

Leoola gimió y se apretó contra mí mientras yo movía mis caderas lentamente disfrutando de cada penetración. Sus manos recorrieron mi espalda mientras gemía y me pedía que le diese con más fuerza.

Poco a poco aumenté el ritmo y aprovechando la levedad de su peso, me puse en pie aun con mi polla dentro de su sexo y la seguí acometiendo levantándola en el aire y dejándola caer. Leoola gritó y se agarró a mi cuello desafiándome a continuar. Con un movimiento rápido la empujé contra el mamparo y la penetré con todas mis fuerzas. Su cabeza golpeaba rítmicamente contra la pared de grafeno, pero ella no parecía darse cuenta, cada vez más excitada, hasta que no pudo aguantar más y se corrió con un grito.

Cuando se hubo recuperado un poco, me separó y me sentó en la cama, arrodillándose a mis pies. Cogiendo mi verga  lamió y mordisqueó mi glande, causándome escalofríos de placer.

Cogí su melena abundante y encrespada y la obligué a meterse mi polla en la boca. Acompañé sus chupadas con ligeros movimientos de mi pelvis, disfrutando como un loco hasta que finalmente me separé y eyaculé sobre su cuerpo frágil y esbelto.

Sucios y sudorosos nos acostamos y quedamos inmediatamente dormidos, abrazados el uno al otro, hasta que Eudora me despertó informándome que todo estaba en orden y podíamos continuar el viaje.

Me levanté refunfuñando y  dejé a Leoola durmiendo mientras me dirigía al módulo de mando. Tras echar un vistazo a los mapas, elegí un tranquilo sistema de la Federación, alejado de la zona de conflicto, pero que formaba parte de una fuerte red comercial, seguro de que habría dinero suficiente para pagar mi cargamento y suministros para atender las necesidades del director de Pantor.

Aproveché que Leoola dormía para hacer un nuevo salto y menos de un día después estábamos aproximándonos a Corianto planeta principal del sistema Messú.

No me apresuré. Echamos un par de días follando antes de decidir que tenía que tomarme un respiro y aterrizar en el planeta.

Corianto era el típico planeta de la Federación, populoso y con escasos atractivos para el que no amase el dinero y el poder. Todo lo que no estaba ocupado por viviendas, ya fuesen suntuosos palacios o chabolas miserables, estaba plagado de factorías automatizadas o enormes explotaciones mineras. Se encontraba en el límite de la franja que permitía la vida en aquel sistema. El intenso frío había sido   contrarrestado por la escasa humedad ambiental y el efecto invernadero que generaba la contaminación industrial. El agua era tan escasa que había un continuo trasiego de bloques de hielo procedentes de los planetas exteriores y de cometas errantes para poder alimentar las ingentes necesidades de la industria y abastecer a un tiempo a la población.

Parecía el típico  lugar en el que, tras la siguiente esquina, podías encontrar la fortuna o la muerte.

Los coriantianos se apresuraron a dejarnos aterrizar cuando les dimos cuenta de nuestro cargamento. No me costó demasiado tiempo conseguir un buen precio por los metales y los operarios estaban terminando de descargar cuando una delegación se presentó en el hangar.

—Buenos días, soy el coronel Kredan. Al enterarse de tu llegada de Pantor el gobernador Krinn desea hablar con usted y conocer todos los detalles.

Yo accedí y le acompañé, esperando que me agasajaran de nuevo. Leoola se quedó en la nave terminando de supervisar la descarga y me dijo que nos veríamos luego, que tenía que hacer unos recados.

Imaginé que iría a buscar el garito más cercano para jugarse unos cuantos lingotes que hubiese podido escaquear, pero la dejé ir. Ese fue mi error.

El gobernador de Corianto resultó ser un tipo mucho menos impresionante que el director Kremark. Era casi tan bajo como yo, tenía una barriga prominente y el rostro del mismo color verdoso que los dientes.

Enseguida noté que no estaba impresionado por mi hazaña. Aunque se mostraba educado y complaciente, sus ojos brillaban astutos, sopesando con prevención cada una de mis respuestas.

La cena fue más variada y sabrosa que la de Pantor y estaba a punto de retirarme a descansar, cuando de improviso, entraron cuatro individuos con pinta de militares que se acercaron al gobernador y le susurraron algo.

No hay que ser tonto para saber que, cuando unos tipos que no conoces cuchichean nerviosamente mientras te lanzan rápidas miradas, la cosa pinta mal. Yo esperé con cara de póquer y me maldije por haber olvidado de nuevo llevar un arma conmigo.

Finalmente los militares se irguieron y tras obtener la autorización de su gobernador con un simple asentimiento, se acercaron a mí y obligándome a levantarme, me esposaron y me sacaron del comedor a empujones entre los murmullos de sorpresa de los comensales.

Mientras me sacaban ordené a Eudora que cerrase la comunicación con todos los sistemas excepto conmigo y que si alguien que no fuese yo intentaba encender aunque solo fuese la batidora lo impidiese, expulsase a toda persona que estuviese dentro y despegando se quedase en órbita,  en modo sigilo, esperando nuevas órdenes.

Mientras me dejaba conducir mansamente, les pregunté a mis captores de qué iba todo aquello sin obtener ninguna respuesta.

Me sacaron del edificio del gobernador, donde esperaban más militares para escoltarme. Yo me mostré lo más inofensivo posible. No sabía qué demonios estaba pasando, pero no pensaba largarme hasta que supiese quién me la había pegado.

Tras una corta caminata, me metieron en un deslizador. Aquella ciudad decía mucho de la Federación kuan. Durante un par de minutos atravesamos el distrito gubernamental con sus imponentes edificios de mármol y sus jardines tan espectaculares como artificiales, antes de internarnos en el extrarradio.

 La avenida por la que avanzábamos abría un tajo ancho y recto en aquella acumulación de edificaciones endebles y apretadas, dispuestas sin ningún orden en torno a aquella arteria. Había gente de todas las razas, pero todas tenían algo en común, aquella actitud cansada y sobre todo resignada a su suerte. Mientras más aprendía de aquel sistema de gobierno, menos me gustaba.

Al explorar la estación Federación-13 y ver la miseria en la que vivían, no le di mucha importancia, pensando que al encontrarse tan alejada del centro de la Federación, era normal que las diferencias entre clases se agudizasen, pero cada vez estaba más convencido de que aquella Federación no era tan plural y justa como alardeaba.

—Un lugar precioso. —dije yo rompiendo el pétreo silencio— Y unas gentes muy alegres.

Uno de los hombres que me rodeaba en el transporte se limitó a decirme que si no me callaba lo haría él y no continué con la conversación. El deslizador siguió avanzando a una velocidad moderada, como si no hubiese prisa por llevarme a mi destino hasta que salimos de aquella ciudad.

El paisaje entonces se transformó radicalmente. Las casas destartaladas dieron paso a un planeta destartalado. Era como si hubiesen pasado un enorme rastrillo por su superficie extrayendo todo lo que podía ser útil y dejando enormes montañas de escombros e interminables cadenas de factorías a cambio.

Avanzaron por aquel desolador paisaje en silencio hasta que, después de media hora, una mole de granito comenzó a destacarse en el horizonte.

—Un paisaje muy bonito. En mi opinión solo faltaba ese excremento que se ve ahí adelante para conseguir que se me escapen las lágrimas. —dije aparentando estar emocionado.

—Te he dicho que te calles, —dijo un tipo que tenía la pinta de ser el jefe— no te lo repetiré.

—¿Y si no lo hago?

La reacción fue fulminante, bueno fulminante para un kuan. Aquel tiparraco me dio un puñetazo confirmando lo que pensaba. Acostumbrados a la baja gravedad, aquellos tipos eran incapaces de hacerme daño con esas manos ridículamente finas. Yo volví la cabeza al sentir el contacto y simulé quedar atontado por el golpe mientras por el rabillo del ojo vi un atisbo de sonrisa satisfecha en la cara del militar.

El deslizador atravesó el arco de entrada de aquel enorme edificio, casi tan grande como la mitad de la ciudad que acabábamos de dejar. Al entrar en el amplio patio y ver aquellas naves artilladas, pulcramente dispuestas al borde de una pista de despegue, me di cuenta de que estaba en una base militar.

Alrededor del patio había una muralla enorme de plástico negro y granito y adosada a ella varios barracones y edificaciones. El lugar estaba erizado de armas y patrullado por varias docenas de guardias que paseaban por lo alto de la muralla, vigilando tanto hacia dentro como hacía afuera. No iba a ser fácil salir de allí, pero eso de momento no era lo que más me preocupaba.

Me llevaron a uno de los barracones más sólidos y a empujones, me guiaron por una serie de pasillos hasta un enorme montacargas, descubriendo que la verdadera dimensión de aquel lugar se apreciaba cuando te hundías bajo tierra.

Bajamos alrededor de veinte pisos cuando la puerta del ascensor se abrió, dando paso a un laberinto de pasillos y oficinas. En aquel lugar las medidas de seguridad eran más extremas aún. Cada pocos metros había una puerta que solo se podía abrir mediante la tarjeta de un tipo que hacía guardia a su lado.

Traspasamos al menos seis de esas puertas hasta que llegamos a un pasillo con dos decenas celdas a cada lado. Sin muchos miramientos me llevaron al final de él, donde parecía estar la zona para los presos más peligrosos, justo donde los carceleros se colocaban para hacer guardia.

Me sorprendió lo que se parecen las cárceles en todas partes, una puerta de rejas para que los presos no tuviesen ninguna intimidad y poder saber que era lo que hacían en cada momento, un catre con un jergón del grosor del papel de fumar y un sanitario que parecía haber sido limpiado por última vez cuando aquel planeta era una selva verde y fragante.

Me despedí de mis amigos con una sonrisa y me tumbé mirando al techo.

—Y tú, ¿De dónde has salido? —dijo una voz rasposa a  mi derecha.

—He venido de visita y cuando me he dado cuenta, estaba aquí. —respondí encogiéndome de hombros y echando un vistazo a mi interlocutora. Lo que no entiendo es lo que tú haces aquí, debes ser la única glee en toda la Federación.

—Más o menos lo mismo que tú. —dijo la glee— No se puede uno fiar de estos gusanos. Soy embajadora del Imperio. Entonces las cosas se pusieron feas y decidieron  usarme como rehén para negociar. Cuando se dieron cuenta de que el Emperador no iba a dejarse chantajear me trajeron aquí. Me llamo Aldara.

—Encantado, soy Marco. —saludé preguntándome cuanto había de verdad en las palabras que acababa de escuchar.

—¡Silencio! —rugió un guardia desde el pasillo.

Hicimos caso y me dediqué a observar aquel lugar. Lo bueno de no tener intimidad es que los guardias tampoco pueden ocultar lo que hacen y por su actitud sabía que aquel servicio no era su favorito. Lo hacían con desgana y solo buscaban una excusa para demostrar lo brutales que podían llegar a ser.

A la hora de la comida, uno de los presos se quejó con razón de aquella bazofia. Los carceleros le sacaron a rastras de la celda y le dieron una soberana paliza. Largarse de allí sería más fácil de lo que imaginaba, solo tenía que provocarles y me libraría de ellos sin problemas.

—Pareces muy interesado en los guardias. —dijo Aldara paladeando aquella masa verde y ligeramente crujiente con sabor a nada.

—Bueno, soy un tipo curioso. Me gusta observar y aprender.

—Ya veo.

Las horas pasaban lentas y aburridas en aquel ambiente frío y monótono. Sin día ni noche, no tenía una noción exacta del tiempo. Solo la charla con aquella Glee me distraía. Ambos hablábamos de cualquier cosa menos de la razón que nos había traído allí y poco a poco establecimos una relación, si no de afecto, al menos de mutuo respeto.

Estaba haciendo ejercicio, subiendo y bajando de la taza del váter cuando llegó ella. Por la pinta,  supe inmediatamente quién me había traicionado.

—Hola Leoola. —la saludé con una sonrisa tan falsa como me fue posible— ¿Has venido a hacerme compañía?

—No, —respondió ella— he venido a decirte que estoy intentando sacarte.

—¿Ah? ¿Sí? Lo primero que me gustaría saber es por qué estoy aquí. —dije yo observando el interés de mi vecina de celda por el rabillo del ojo.

—Bueno, la verdad es que me temo que fue culpa mía. No sé cómo pasó, pero le debí contar a alguien  que habías destruido cuatro naves Glee y eso no le gustó demasiado al gobernador. Ya sabes que la Federación está obsesionada con mantener la paz.

—Sí, ya me imagino y ahora ¿Qué es lo que quieres?

—¿Sabes dónde está la nave?

—Supongo que dónde la dejé. —dije yo encogiéndome de hombros.

—Pues en el muelle no está —dijo Leoola acercándose a las rejas.

—¿No me digas? —pregunté yo poniéndome en pie y dando un paso en su dirección— Entonces supongo que la tendrán los kuan y estarán examinando cada tornillo.

—¡Qué lástima! pensé que quizás te las habrías arreglado para esconderla. Podríamos negociar con ella para liberarte.

Leoola sonrió y metió un brazo entre las rejas intentando acariciar mi barbilla. Con un gesto rápido tiré de su muñeca haciendo que su cuerpo se estrellase dolorosamente contra ellas. Antes de que los carceleros pudiesen acercarse, le susurré al oído:

—Puede que me estés contando la verdad o puede que me hayas vendido. Si estoy aquí gracias a ti, lo pagarás caro.

—¿Ah? ¿Sí? —preguntó ella intentando mantener la compostura— Empiezo a pensar que es una lástima que no lo haya hecho.

En ese momento los guardias llegaron y nos separaron. Hicieron el gesto de entrar para darme una paliza, pero Leoola les calmó diciéndoles que no pasaba nada. Con evidentes muestras de decepción, los kuan se apartaron, aun con las porras listas y acompañaron a la mujer fuera de la galería.

—Una chica muy interesante. —dijo la glee desde su catre.

—Bueno, es cierto que no soy muy bueno eligiendo mis amistades femeninas. —repliqué intentando imaginar que estaría haciendo mi Lola a un millón de mundos de distancia.

—Lo peor de este lugar es el aburrimiento y me da que tú tienes una historia entretenida para contar. Yo también tengo una historia divertida; quizás podríamos intercambiarlas.

La mirada interesada de Aldara, como si estuviese forjando algún plan me puso en guardia. No sabía muy bien si era por la especie de camaradería que se había establecido entre nosotros, pero decidí confiar en ella,  le conté todo lo que había pasado desde que acepté el trabajo de Saget, evitando explicar cómo me había cargado a las naves Glee.

—Entonces, ¿No eres de la Federación?

—Soy de quién pague mejor. Evidentemente, me la han metido doblada y ahora no les tengo ningún cariño. Ahora te toca a ti contarme de que vas.

—¿Conoces algo del Imperio Glee? —preguntó ella.

—En realidad no mucho, aunque el director de Pantor me pareció bastante sincero y acertado en sus apreciaciones. Creo que sois todo lo contrario a la Federación. Os gusta resolver los problemas por la fuerza y diría que estáis buscando una excusa para desencadenar una guerra. Esa puede ser una de las razones de que yo esté aquí, que la Federación no quiere que se sepa que ha pasado con esas naves, oficialmente desaparecidas.

—No estás muy desencaminado, pero eso no es toda la verdad. Nuestro imperio, a pesar de lo que pueda parecer, no es un estado monolítico y actualmente hay dos corrientes. Una está a favor de la guerra, intenta tensar las cosas con el bloqueo y apoderarse del sistema Opaart por la fuerza, pero la otra prefiere la astucia y la negociación. Yo pertenezco a esta segunda  corriente. Yo creo y muchos otros Glee también lo creen que un Pantor arrasado no tiene ningún valor. Supongo que si estallase una guerra, la podríamos ganar, aunque a un coste altísimo y ¿De qué serviría todo ese sacrificio si conquistásemos un sistema arrasado?

—En eso tengo que darte la razón. La guerra solo debe ser un último recurso.

—Por eso vine aquí. Según la propaganda de la Federación se estaba formando aquí un enorme convoy para dar asistencia a Pantor y me enviaron para saber que había de cierto. Mi intención era saber en qué consistía el convoy en cuestión e intentar colarme en una de las naves para intentar negociar con el Director de Pantor en persona, sin esos jodidos mamones de la Federación por el medio.

—Perdona que te interrumpa. Pero no creo que husmear por ahí sea la misión de una embajadora. ¿Y cómo diablos pensabas a pasar desapercibida en este lugar? He visto gente de muchas razas aquí, pero hasta ahora eres el único glee que conozco y ese tercer ojo en medio de la frente canta mucho.

—Cuando  me digas cómo venciste  tú solo a una flota glee  y qué has hecho con tu nave, yo te diré como me camuflo yo. —respondió ella dándome a entender que no se había tragado la historia de la desaparición de Eudora.

Aldara se levantó y se estiró un poco antes de continuar con su relato.

—En cuanto llegué aquí, me camuflé y salí a investigar; enseguida noté algo. Aquellos cabrones no estaban haciendo nada. No había el gran movimiento de mercancías que se suponía tenía que estar produciéndose para poder preparar un envío y ni siquiera había más cargueros de lo habitual. Intrigada, me mezclé con la población. Lo primero que noté es que la gente no era tan optimista como me imaginaba. Cuando intentaba preguntar sobre el gran convoy me miraban y se reían, sus risas eran tristes y cascadas. En cuestión de días me di cuenta de que la Federación tenía un problema. Ahora entendía por qué querían evitar la guerra. No tardé en sospechar que a quien temía la Federación era a sus propios ciudadanos, no al Imperio Glee. La Federación tiene un ejército y una flota imponentes, pero la necesitan para mantener el control en sus propios sistemas. Las élites se han aislado de los problemas del resto de la población y en vez de intentar solucionarlos, lo que intenta es protegerse.

—Una derrota o simplemente un conflicto prolongado podría provocar un desastre. —apunté yo.

—Eso me dio una idea. Ahora, más que nunca tenía que hablar con el director de Pantor, pero mis preguntas habían empezado a llamar la atención. Intenté hacerme con una pequeña nave correo para ir a Pantor, pero fallé y me capturaron. Ahora estoy aquí.

—Supongo que es una putada. La Federación no quiere la guerra, pero tampoco puede permitirse ceder el control del  sistema Opaart a los glee. Puede que no se atrevan a romper el bloqueo, pero tampoco pueden permitir que el Imperio se quede con el sistema. Prefieren una gloriosa batalla que inflame el patriotismo de sus súbditos y destruya los recursos de Pantor. Quizás vaya a haber guerra, después de todo. —dije mirando al techo de mi celda.

—Quizás. —se limitó a replicar la glee.

—Sí, puede que al final no puedas evitar una guerra. Aunque si juegas bien tus cartas...

—¿En qué estás pensando?

—¿Qué es lo que más desea la Federación en estos momentos? —le pregunté.

—Es evidente que no quieren la guerra.

—¿Y cuál es el mayor problema que tienen ahora mismo para mantener la paz?

—La desaparición de media flota de bloqueo del sistema Opaart. —respondió ella con interés.

—Entonces tienes a tu lado el billete para salir de la cárcel.

La mujer me miró y luego  tras pensarlo unos instantes pareció entenderlo. Mientras la miraba me fijé en que sus ojos no parpadeaban al mismo tiempo.

—O sea que la Federación niega haber tenido cualquier responsabilidad en el incidente y a cambio entrega al culpable. Y yo seré quién lo haga. —adivinó— Es un buen plan, pero ¿Qué ganas tú?

—Bueno, yo saldré de aquí bajo tu custodia, pero en cuanto salgamos de este jodido planeta te llevaré a ver al director de Pantor.

—Te olvidas de que a estas alturas habrá otra flota Glee esperándote alrededor del planeta. Esta vez no será un crucero y media docena de patrulleras. En estos momentos ese sistema será un avispero. Además mi gente no es la que tiene el control de la flota. No podré pedirles que se aparten y nos dejen pasar.

—No importa. No es problema. —dije como su fuera lo más natural colarse entre acorazados y portanaves en pie de guerra.

Aldara me miró evaluándome. Sus tres ojos se fijaron en mí con interés, yo le devolví la mirada y aproveché para observarla con detenimiento. Los glee tenían algo raro. Su piel era muy pálida y brillante, casi como si fuese mármol y su cara era extraña con unas orejas muy pequeñas, la nariz muy chata, con los orificios oblicuos y dirigidos hacia arriba y los tres ojos grandes y con los parpados transparentes.

Era alta y de cuerpo sinuoso, sin pechos pero con unas piernas rectas y especialmente largas. A pesar de la amplia túnica gris que llevaba podía intuir unas caderas anchas y un culo redondeado y muy musculoso.

El pelo era largo y de color azul verdoso, grueso hasta parecer casi carnoso y por la pinta debía de crecerle por toda la espalda.

—No sé qué demonios estás maquinando, pero cualquier cosa es mejor que estar pudriéndome en este asqueroso planeta.—dijo la Glee finalmente.

Esta nueva serie  consta de 24 capítulos. Publicaré uno  a la semana. Si no queréis esperar o deseáis tenerla en un formato más cómodo, podéis obtenerla en el siguiente enlace de Amazón:

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Un saludo y espero que disfrutéis de ella


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