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Fecha: 13-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Confesiones

Secretos sucios de una mucama

AmbarConeja
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Tiempo estimado de lectura: [ 33 min. ]
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En una mansión lujosa, a veces la moral, el sexo y las estructuras son impuestas por la familia. mi hija y yo aceptamos tales deliciosos episodios. al punto que ella quedó embarazadita, y eso me pone loca de calentura! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Secretos sucios de una mucama

Guillermo y Viviana viven en un hermoso caserón ubicado en un lujoso barrio privado en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Hace más de 2 años que presto incondicionalmente mis servicios de sirvienta con cama adentro, y no reniego por tener solo los fines de semana y feriados para mí. La paga es muy buena, y no tuve tiempo de pensar en ninguna otra oferta, ya que tengo una hija adolescente sin padre, un padre enfermo, una madre ciega desde que tuvo un golpe de presión tras una discusión feroz con mi viejo. No tenía hermanos ni tíos a los que recurrir, y jamás quise molestar a mis amigas. Así que acepté ese trabajo, a pesar de lo último que mencionó Viviana antes de mi firma en el contrato.

¡bueno Marta, claro está que tendrás que adaptarte a nuestras costumbres si tomás el empleo. Todos aquí somos muy liberales, y no tenemos inconvenientes en que presencies cosas nuestras. Es más, nos encanta la idea de que alguien registre todo, y sin decir ni una palabra!, dijo con un gesto risueño y burlón. Sirvió dos copas de vino para brindar, firmamos después de ponernos de acuerdo con los números y, me puso al tanto de las actividades más importantes del hogar. Luego hicimos una recorrida por la inmensa mansión y descansé 2 horitas en el cuarto de servicio que se me asignó.

¡es precioso! Tiene un baño amplio con espejos, un balconcito, una cama matrimonial, un placard en la pared y 2 delicados muebles de pino, una mesita con 2 sillas y un suelo alfombrado delicioso. Más de lo que pudiera pedir una mujer de 35 años sin secundario, con algunos achaques del tiempo de tanto limpiar casas ajenas, y sin mayores pretensiones que una vida saludable.

Ese día conocí a Guillermo, a una amiga bastante amable a la que jamás volví a ver, y a sus hijos, que son Pablo de 26, Diego de 22, Malena de 17 y Solange de 15. Todos me cayeron bien. Es más, me recibieron con un beso, cosa que no esperaba por mis propios pudores. Tenían esas edades cuando los conocí.

No tardé en comprender a lo que se refería Viviana aquella tarde.

Cierta mañana, en la que estaba lista para ordenar la inmensa vitrina del living repleta de adornos delicados, vi a Male en el sillón abrazada a una chica rubia que seguro tendría su edad. Me disculpé por interrumpir, pero ella dijo:

¡no te vayas, hacé lo que tengas que hacer, y no seas vergonzosa!, y se rió. Entonces me puse a organizar el mueble, mientras escuchaba besos, risitas, y hasta lo que decían:

¡sí boluda, ni hablar, cogeteló y después me contás… a lo mejor más tarde lo cogemos juntitas, pero ahora sacate las ganas!, sugería Malena. La otra ni hablaba. Solo le besaba el cuello, le levantaba la remera para tocarle los pechos y jugaba con su larga cabellera.

Ese mismo día por la tarde lo internalicé mejor. Viviana me mandó a doblarle la ropa y cambiarle las sábanas a Diego, y aclaró que si él estaba no me hiciera problema. Llamé a su puerta, y él desde adentro me autorizó a entrar. Aunque apenas lo vi quise salir corriendo y dejar todo así. Pensé en mi hija y y en todas las deudas que me acorralaban. Opté por continuar. El mocoso estaba en slip frente a la compu viendo una porno, subiendo y bajando con su mano por su pene erecto y con la boca abierta.

¡Marta, me pasás los forros del tercer cajón?, no sabés si llegó Sol del colegio?!, dijo sin detener su accionar.

¡no caballerito, aún no llegó!, dije mientras le daba la cajita que encontré, y me dispuse a doblarle unas 17 remeras.

Vi cómo se puso un forro, oí que subió el volumen de la película y que también aumentó el ritmo de su paja entre pequeños gemidos. No pensé jamás que un pendejo de guita pudiera ser tan cochino, irrespetuoso y tan bien dotado. Ese pene medía seguro unos 20 centímetros, y era bastante grueso.

Ser testigo de semejante espectáculo me dio menos pudor que el de su hermana. Justo cuando salía de su cuarto con sus sábanas sucias lo vi sacarse el calzoncillo y apretarse la pija aún más. Gracias a que no lo vi acabar, esa noche soñé que me lo re garchaba.

El viernes llegó sin otro episodio, y a la hora de mi despedida le dije a Viviana lo que viví.

¡bueno bueno Martita, vos quedate tranqui, y no te preocupes por nada. Ahora sabés que Pablito se pajea seguido, y que Male tiene mucho amor para dar, a nenes y a nenas!

Se rió con entusiasmo, prendió un abano y me dio el dinero. Después agregó:

¡aaah, otra cosita, si en algún momento tenés que participar vas a cobrar el doble… pero, de esto ni una palabra a nadie, sí?!

Volví al lunes siguiente, y por la siesta tuve que limpiar el estudio del señor Guillermo, que es arquitecto. Me anuncié, y él me presentó a una chica de unos 25 años que poco a poco se quedaba en ropa interior.

¡por favor Marta, preparanos dos cafés y hacé lo que haya que hacer, que no nos molesta que estés!, dijo ese hombre, con sus cuarenta y pico, sus ojos verdes, su figura atlética y su vos grave mientras ella le bailaba, y él se bajaba el jean. El corazón se me agolpaba en las muñecas, al punto que no podía manipular la cafetera, mientras veía cómo ella fregaba sus senos en el bulto de mi jefe, cómo luego hacía lo mismo con su rostro y, que pronto su boca colorada succionaba esa pija con ardorosa pasión. Guillermo sostenía el equilibrio de pie sobre el escritorio, ella daba señales de tener una garganta estrechita y yo empezaba a calentarme como una pendeja. Después repasé bibliotecas, archivos, ventanas y limpié los sillones, pero sin dejar de relojear a Guillermo y a la chica. La vi con el corpiño con semen, luego me atormentó escuchar el ritmo de la cabalgada que ella le dio en su silla predilecta, gemidora y al parecer con uñas filosas. Mi jefe también tenía una poronga envidiable. A él tampoco lo vi acabar. Me fui por un llamado de Viviana en la cocina.

Cuando me preguntó:

¡¿por lo menos la atorranta que está con mi marido huele bien?!, creí que había problemas. Pero enseguida explicó sonriente:

¡nosotros somos así, nos gusta tener relaciones, saber que el otro lo sabe y compartirnos todo!

Me dije que esa mujer está loca, que no puede ser capaz de amar a nadie y un sinfín de cosas más. Pero en breve me mandó al cuarto de Diego para que le planche unas camisas, ya que es músico, y aquel fin de semana tenía varios shows. Cuando entré pensé que no estaba- hasta que lo vi tirado en su cama boca arriba, en bóxer y llenando sus ojos con más videos chanchos desde su celular.

¡quedate Marta, por favor, que necesito que me alcances los forros, puede ser?!, me pidió al notarme incómoda.

¡termino de planchar y se los doy!, le dije, y me puse manos a la obra, aunque fue una tortura insoportable escucharlo sacudirse la pija, balbucearle groserías a las minas y moverse como si tuviera convulsiones. ¡quería comérsela toda a ese pendejo alzado!

Apenas colgué la última camisa le di los condones en la mano, y él detuvo mi retiro.

¡pará Martu, quiero que me pongas uno, te animás?, dale, sacame el calzoncillo y poneme un forrito, que no aguanto más!

No podía negarme, y en cuanto se lo puse me pidió acongojado:

¡apretame la verga nena, dale, apretala bien, subí y bajá, y olete la mano!

Eso último no lo hice, pero sí presioné bien su pene hinchado, subiendo y bajando, ladeando y punzando un poco la base de su tronco, hasta que un temblor esperable lo hizo acabar en mi mano, adentro del forro y con los labios cubiertos de saliva.

Salí aturdida y confusa. Esa noche sí que me masturbé asolas en mi pieza pensando en ese nene cochino, y como estaba lejos de todo lo habitado por la familia, hasta podía gritar de placer. Hacía años que no me pajeaba. Para peor, debajo de su cama siempre había forros con leche, y no me dio asco probarla un par de veces, desde la primera vez.

Todo aquello ya me parecía normal, y no había tiempo para juicios, y menos aquel mediodía de otoño.

Estaba con mis auriculares en la tarea de aspirar las alfombras, por lo que no escuché llegar a Diego de la calle. Me llamó desde la cocina y me pidió que le haga un jugo exprimido de frutilla. Mientras se lo preparaba lo oí decir:

¡así chiquita, dale, un poquito más!

Cuando se lo dejé en la mesa me pidió que le alcance un cuaderno que se le había caído al piso. Entonces, ahí vi todo con claridad. Solange estaba de cuclillas bajo la mesa haciéndole un pete al guacho, descalza y con la pollerita subida para que él pueda tocarle la cola. La nena ni se quejaba.

¡hacete un juguito Marta, dale, y vos sacate la bombacha piba, ahora, y chupala más!, dijo el mocoso. Yo me serví un vaso de agua y salí para volver con lo mío. Pero al rato él quiso que le prepare unas salchichas. Entonces vi cómo ella seguía con su pene en la boca mientras él olía su bombachita con los ojos saltones de calentura. Hasta que gritó:

¡abrí la boquita guachaaa!, y observé cómo las gotas de semen le bañaban las mejillas a la nena que ya estaba desnuda. Diego se vistió y se fue tras devorarse dos panchitos, y ella me confió que le encanta comerle la pija a su hermano y a sus primos más grandes.

Su aspecto de nena crecidita se desfiguraba en mi cerebro, y tuve unas ganas locas de saborear su sexo inocente. Pero todo quedaba para mis pajas nocturnas. Cada vez se me hacía más difícil mirarlos sin excitarme, en especial al pendejo.

Otra siesta me di cuenta de las perversiones De Pablo, cuando me solicitó para que lo ayude con su habitación. Pablo es el orgullo de la familia, ya que estudia medicina, y supongo que también por encamarse con chicos. Esa vez dejamos el cuarto impecable, y a la hora entró sin permiso un chico de unos 18. Estaba por marcharme cuando Pablo dijo:

¡mirá Marta, quedate y acomodame alfabéticamente los libros de la segunda biblioteca!, y no tuve más remedio que ver cómo ese nene se arrodilló para comerle el pito durante un buen rato, entretanto él le decía:

¡¿te pusiste bombachita putito? Me vas a dar esa colita?!

Creo que nunca tuve tantos deseos de desaparecer, y más cuando vi al rubio quedarse con la colita entangada para ponerse en 4 sobre la cama repleta de libros.

¡pará, antes de culearme pajeame un poquito, dale?!, dijo el rubio, que a pesar de ser un nene tenía vocecita, cara y cuerpo de nena. Tenía un culo bien paradito, y eso al caretita parecía ponerlo como loco!

Pablo lo pajeó, le comió la boca y de vez en cuando le rozaba el ano con un dedo, el que ensalivaba previamente, y a veces se lo escupía. Apenas le sacó la tanguita rosa y vi cómo su pequeño instrumento se abría paso entre los cachetes del chico me fui para no gritar de rabia, calentura, confusión y otros sentimientos mezclados. Honestamente, la pija de Pablo me decepcionó.

Una noche, Guillermo quiso que suba a su cuarto con un maletín lleno de películas, y me quedé atónita con lo que descubrí. Solange estaba en calzones junto a su padre en igual situación, riendo y jugando a hacerse cosquillas.

¡gracias Marta, usted es una genia… pero le pido, ya que está acá, si me puede acomodar un poco los trajes, ya que tengo muchas reuniones esta semana… fijese cuál está mejor, cuelgue el que sea necesario para que se airee, bueno, usted sabe!, dijo el tipo, sabiendo que eran unos 35 trajes distintos. Lo hacía, mientras sentía que me ardía la vulva por las cosas que oía:

¡dale mi bombonsita, quedate a dormir con papi, que mami no vuelve hasta mañana… además siempre la pasamos bien, o no?... dale mi chiquitina, o te hago cosquillas hasta que te mees encima!

Después se reían, y pispié cómo se besaban en la boca, sin ruido pero bien pegaditos, ella sobre él.

¡tu lenguita sabe a chocolate, sabías?... y mirá lo hermoso que son esos pechos mi princesa… dale, bajame el bóxer y date vuelta!

Ella casi no hablaba, pero tenía la mirada encendida. Le hizo caso y Guille empezó a moverse sujetándola de las piernas para frotar su pene tieso en la cola de su hijita, amasándole las tetas y oliendo extasiado su cuello y su aliento cuando ella giraba la cara para comerle la boca.

No podía concentrarme, y me dediqué a mirar con la aprobación de Guillermo que luego dijo:

¡dale flaquita, frotame bien esa colita en la pija guacha, así nenita, más rapidito!

Sol saltaba, se deslizaba, iba de un costado al otro y pegaba todo lo que fuera posible su buen culo al pedazo de Guillermo, hasta que tras un retorcijón del cuerpo sudado del hombre le empapó hasta las piernas a su víctima obsecuente.

¡bueno mi amor, sacate la bombacha y elegí la peli… usted Marta puede retirarse, y espero que le haya gustado lo que vio!

Me fui chorreando ratones y pasiones, al punto que a la mañana siguiente fui en busca de la bombachita enlechada de Solange para pajearme como una yegua en la soledad de mi pieza. Ese día trabajé con las ojeras por el piso, aunque feliz por poder probar la leche de mi patrón.

A los días, cuando casi el sueño me vensía me levanto a abrir la puerta tras un llamado urgente, y me derrito al ver a Diego en slip y con su tremendo paquete en estado de apareamiento.

¡pajeame Marta, ahora y acá, que mis hermanas no están!

Ni siquiera quiso entrar el desgraciado.

¡mostrame las tetas y pajeame ya!

Me abrí el camisón para que las mire bien, le bajé el slip y abracé con mi mano derecha su tronco caliente para comenzar.

¡así loquita, apretala, sacudila bien, sacame la lechita, pegame en los huevos y en el culo, pajeame bien la chota mamita!, decía agitado el mocoso, y yo hacía exactamente lo que me pedía. Su pelvis se contorsionaba, su temperatura me quemaba las yemas y mi bombacha goteaba jugos como un río de lava.

Cuando al fin dijo:

¡ahí va Martita, toda la lecheeee!, me encremó las manos con su semen abundante y espeso, el que saboreé en mi cama en medio de una paja estruendosa apenas se fue diciendo:

¡gracias guachona, me pajeaste riquísimo!

No podía creer que ese pendejo degenerado tuviese una leche tan apetitosa.

Ese fin de semana, ya en mi humilde hogar, con la cabeza perdida por aquella familia de pervertidos, re caliente por mi falta de sexo, y quizás algo borracha por un vinito de mala calidad que compartí con mi padre, me hice una paja oliendo enceguecida una bombacha de mi hija Florencia. Yo misma la vi cuando se la cambió y la dejó en el suelo junto al resto de su ropa. Ambas dormimos en la misma pieza y en la misma cama, junto a mi madre, que duerme en otra pegada a la ventana. Fue apenas nos acostamos, y ni me importó que me descubra.

¡maaaa, qué hacés con eso, estás loca!, dijo eufórica, y yo le di una cachetada para callarla.

¡basta pendeja, dejame tranquila, dormite, y lavate cada vez que hacés pichí grandulona!, le largué, y seguí entrando y saliendo de mi hueco con su aroma bien de cerca mientras lloraba y daba vueltas, hasta que se durmió.

Flopy hoy tiene 16 años, es muy buena en el cole, hiper amiguera y no le interesa ponerse de novia. Además tiene unas lolas como para untarlas con dulce de leche y devorarlas. Nunca hablamos de esa noche, pero yo acabé apenas sentí el roce de sus piernas en las mías.

Cuando volví a la mansión, Viviana me pidió que a las 11 de la mañana lleve 2 cafés y 4 medias lunas a su estudio, en el que daba clases de francés, inglés y portugués. Entré con la bandeja, y vi a la señora hincada sobre las piernas de un adolescente cuyo pene parado era obscenamente manoseado por ella.

¡mirá chiquito, esto es un incentivo… vos relajate y disfrutá que tu profe sabe cómo quedarse con la lechita de los nenes como vos!, dijo la mujer haciéndome la señal de que me quede a mirar.

Vivi le lamió los huevos con besos ruidosos, se reía al ver su lápiz labial en la pija del pibe cuando amagaba con mamarla. La olía, tomaba café, le daba un chupón en el cuello, jugaba con su oreja mientras lo pajeaba y, de repente se la metió toda en la boca para petearlo con histeria. El nene masticaba una factura, intentaba tocarle sin suerte las tetas y gemía nervioso.

De pronto ella afirmó:

¡vos estás loco por mirarme las tetas no?!, mientras se abría la blusa y desprendía su corpiño con una habilidad asombrosa. Le puso las lolas en la cara y no tardó en bajar para acomodar su miembro entre ellas, y así subir y bajar unas cuantas veces, hasta que el chiquilín casi se cae hacia atrás cuando un huracán de leche le maquilló el rostro a la mujer, que enseguida se adueñó de los últimos chorros que largaba esa pija.

Cuando Vivi me dio la orden para ir a cocinar salí inmediatamente, más que nada para cambiarme el calzón por la cantidad de jugos que se gestaron en mi entrepierna.

Ese día por la tarde Malena pidió que a las 19 suba a su cuarto con 2 frizzes, una tarta de manzana y, un kilo de helado de limón. Cuando entré la muy atrevida estaba en 4 patas sobre la cama, luciendo una bombacha roja con 2 pompones en la cola y brillitos en los pezones. Ante ella había 3 pibes de no más de 18 años, de pie y con sus pijas al aire, vestidos arriba, pero con las piernas temblorosas, porque la perrita los mamaba, los pajeaba y los colmaba de chupones groseros.

¡Gracias Marta, la verdad sos mi ídola!, me dijo saboreando una de esas vergas empaladas, y yo, casi sin habla, no pude soportar no amasarme las tetas con un tímido gemido en los labios al oír a la nena atragantarse y a los chicos pedirle más y más pete. Pero Male me vio, y como adivinando mi lujuria contenida dijo:

¡Martu, si querés tocate, no tengas miedo!

Mi sangre estalló mientras ella se comía 2 pitos a la vez, y entonces comencé a frotar el culo contra un mueble al tiempo que rozaba mi vagina sobre el pantalón.

¡dale Male, chupame los huevos!

¡y a mí sacame la lechona pendejita sucia!

¡pajeame más zorrita, cómo te gusta la pija puta de mierda!, decían los chicos mientras Male seguía peteando, gimiendo y escupiendo. Acabé cuando dos pibes al unísono le dieron la lechita en la boca, sin mucho esfuerzo, porque lo que veía era más fuerte que mis frotadas.

A los dos días volvió a repetirse aquella epopeya, solo que esta vez eran 5 varones, y yo no me quedé a mirar porque tenía que enserar pisos. Pero ni bien se fueron sus invitados me llamó apesadumbrada para que le cambie las sábanas, porque la cochinita se había hecho pis durante su merienda seminal.

Amaba el cuarto de Diego con sus sábanas manchadas de semen, con forros llenos de acabada bajo su cama y dvds pornos por doquier.

Me encantaba limpiar la pieza de Male, donde el olor a sexo le ganaba la pulseada a sus perfumes acaramelados. Disfrutaba de mirarle el escote pronunciado a Viviana, el culo infartante a Male con esas calzas ajustadas, el bulto hinchado a Guillermo por las mañanas, las posturas de mariconsito de Pablo y el brillo de los ojos de Solange cada vez que salía de debajo de la mesa tras comerle la salcita a Diego. Eso lo hacían bastante a menudo. Además me enorgullecía cobrar mis buenos pesos extras por sumarme a sus peticiones carnales. Como la del mediodía en que estaba por poner la mesa, y me topé con Malena a upa de un rubio precioso al que cabalgaba suavecito hasta que me vio entrar.

¡dale pendejo, dame pija, toda la pija rica esa que tenés, te gusta cómo te cojo? Lo hago mejor que tu novia? Viste que tengo la concha chiquita? Me tenés re al palo, quiero tu verga para mí solita perrito!, declaraba ella hamacándose y sudando de tanto saltar sobre ese trozo, ahora más ligerito que antes.

¡y vos Marta, vení, chupame las tetas, porfy!, agregó luego.

Ni lo pensé. Apenas su top voló por los aires mi boca se apropió de uno de sus pezones para degustar esa piel tersa, pulcra y sedosa mientras él le comía la boca tolerando aún el ritmo de sus ansias.

¡la otra también mami, chupamelá toda, mordelas, dale perra… y vos dame la leche boludo, llename toda, damelá guachito!

Llegué a tener ambos pezones en mi boca, hasta que un concierto de gemidos cada vez más agudos me hicieron notar que una oleada de semen se juntaba en lo hondo de sus entrañas. Luego de una pequeña calma el pibe se arregló la ropa y enfiló para el baño. ella de pronto me tocó el culo y se me colgó de un hombro para susurrar en mi oído:

¡gracias Martu, nadie me había comido las gomas así de rico… acabé gracias a vos turrita!

Inmovilizada y caliente, puse la mesa para toda la familia, nuevamente después de cambiarme el calzón que estaba hecho sopa.

Tampoco me negué a colaborar con los macabros designios de Diego el mediodía que Solange llegó del colegio muerta de hambre. Pasó que, apenas terminaron de almorzar, él empezó a molestarla para que se saque la bombacha y se la dé. Malena los retó inútilmente, y en cuanto subió apurada a su dormitorio, él acorraló a la nena entre los sillones para que cumpla con su mandato. Ni siquiera le dejó comer su flan con crema.

Yo estaba lavando los platos cuando me gritó:

¡vení vos, ayudame a sacársela!

De hecho yo misma lo hice mientras él le tenía los brazos como esposándola, y se la di. Ella desapareció escaleras arriba y yo seguí lavando. Hasta que al rato volvió a reclamarme:

¡vení Marta, por favor, con los guantes puestos!

Lo vi tirado en el sillón tocándose la pija hinchada, descalzo y con el pantalón en los tobillos.

¡sacame el pantalón, la remera y bajame el bóxer, y pajeame nena, dale!

Yo obedecía inmutable. Tenía el bóxer endurecido de tanto semen, la verga hirviendo, los ojos desorbitados y la respiración pendiendo de un hilo.

¡tomá, haceme oler la bombachita de mi hermana, y pajeame con esos guantes cochina, dale que seguro te calienta mi pija, refregame la bombacha por toda la cara, no sabés el olor a concha y a culito rico que tiene, me vuelve loco esa gordita!, decía Diego mientras yo lo pajeaba con furia, olía su bóxer y trataba de que no pare de oler esa bombachita húmeda por nada.

¡meteme un dedo en el culo mami, dale, y si querés chupame toda la pija, haceme acabar Marta, dale puta!, exigió el jefesito, y yo lo hice.

Fueron un par de chupadas a fondo, después más paja con besitos a sus bolas, y luego sí me la metí de lleno en la boca para mamarlo bien, con mi dedo casi adentro de su orto, con mi otra mano jugando con sus tetillas y con su lengua lamiendo aquella bombacha.

¡mostrame las gomas perra, ahora!, me gritó, y en cuanto una de ellas salió despedida de mi corpiño me llenó los guantes de leche, la que le esparsí por la pija y los huevos.

Esa noche, mientras tendía mi cama recordé que en medio de aquella paja perversa, el mocoso mencionó a mi hija.

¡qué lindo debe chuparla tu nena no?, debe tener una conchita caliente, es re petera seguro!

Sonaron sus palabras en mi mente, y tuve infinitas ganas de pajearme imaginando a mi Flopy montada sobre la pija lechera de ese alzadito.

Al día siguiente le hice realidad uno de sus pedidos más especiales. Quería que le juntara la mayor cantidad posible de bombachitas sucias de Sol y se las deje en su cama, dispersas entre las sábanas.

Ninguno tenía acceso al dormitorio del otro, puesto que cada uno tenía sus llaves, pero no la de los cuartos ajenos. Solo yo era la apoderada de todas. Así que guardé en una bolsa unas 12 bombachas, las que Solange siempre deja tiradas o colgadas sin lavar en su baño privado, y le di el gusto. Ese y el día de Male con su chico cobré como mil pesos demás. También la mañana que Viviana quiso que limpie las repisas de su estudio mientras ella educaba con fonética francesa a Carla y a Sergio, una parejita de unos 19, que no paraban de tomar café. Al parecer eran bastante toscos en la materia. Vivi renegaba casi sin fuerzas cuando debí salir a buscar azúcar y un paño nuevo para seguir limpiando. Pero, a mi vuelta la patrona estaba en tetas pajeando despacito a Sergio, quien atesoraba una pija glamorosa por lo gruesa y cabezona.

¡¿ustedes tienen relaciones sexuales seguido chicos?!, preguntó Vivi entre risas sin soltar al nene. Los dos dijeron que sí.

¡pero vos linda, ¿te tragás su lechita sin hacer carita fea? Y vos le comés la fresita?!, averiguó después, agachándose como para embarazarse la garganta, aunque solo la olió, gimió y se la pasó por la boca.

¡vení Carla, agachate acá, que quiero verte en acción!, le pidió la profe, y la chica se hincó tras quitarse el saquito negro, la blusa y el corpiño. Frotó sus meloncitos en la dureza de su amado, juntó sus pezones a su glande rojizo para pajearlo y dejó que Vivi le suba la falda para darle unas nalgaditas.

Carla le escupió los huevos, le re babeó el slip y le mordió la puntita sobre la tela, mientras Vivi le bajaba la colales hasta las rodillas.

¡abrime más las piernitas, que quiero ver cómo te mojás nena, y chupala más, bien chancha te quiero!, le dijo bajito, y cuando se acercó a mí, casi me infarto.

¡Marta, quiero que me chupes las tetas y te pajees preciosa, sí?!, fue todo lo que debí escuchar para que mi lengua entre en contacto con sus pezones erectos, con toda la fiebre de sus pechos generosos, dulces y tibios, y para que mi mano juegue en la oscuridad de mi jogging haciendo crujir a mi pobre vulva excitada con los masajes y arremetidas dedales que me otorgaba. Vivi jadeaba impaciente repitiendo:

¡oleme las tetas putita!

Carla pajeaba a Sergio en el hueco de sus tetas y se la chupaba alternadamente. Cuando lo deseaba le comía la boca. Apenas la colales de la nena se deslizó hasta el suelo, Vivi me dio una tregua, apartó a Carla de su enamorado y la sentó en la mesa. Cuando vi su cabeza ingresando casi adentro de su falda supe que pronto la chica se retorcería de placer, y así fue entonces.

¡Marta, corré y sacale la lechita a ese pendejo, y vos gozá bebita!, dijo Vivi entre chupones y lengüetazos invisibles para nosotros por su falda maldita. Pero lo cierto era que le amasaba las tetas, le metía los dedos en la boca y, evidentemente le degustó hasta el culito.

Yo me metí de un bocado la pija a punto caramelo de Sergio, y en menos de 3 bombazos su semen recorrió mis comisuras nublándome la razón. Sus gemidos me regalaron un orgasmo fatal justo cuando sus dedos estiraban mis pezones como plastilina, y Vivi hacía lloriquear a la pibita diciéndole:

¡acabame toda, dame todo chiquitita, y no pares de coger, cogete a todos, dale guacha, que te vas a ir bien acabadita, y sin bombacha de acá!

No los vi irse, pero sí vestirse con las caras llenas de satisfacción.

Mis días eran un suplicio cuando no pasaba nada en la mansión, fundamentalmente por eso. Era demasiado para mí sola. Todos mis sentidos, mis músculos, mi presión arterial y mi decencia habían aceptado como normal y necesario cada uno de esos momentos. De hecho se me convirtió en un vicio.

La tarde en la que vi a Viviana a los besos con una embarazada en su estudio, también me crucé en el pasillo de entrada a Malena cogiendo contra la pared con un treintón que la hacía chillar como nunca. Luego en el patio Diego se hacía mamar la verga por una primita lejana que andaba de visita, y en la cocina Solange estaba bajo la mesa, en musculosa y bombacha, rodeada de sus primos meta lamerle los pitos.

No sé por qué, pero mi locura sexual me condujo al estudio de Guillermo. Entré, le preparé café mientras él trabajaba en la compu y cortaba un llamado. Me le acerqué como un perrito mojado, y cuando supe que me miraba lamí mi pulgar y dije sin ataduras:

¡quiero que me coja!

El hombre peló la verga, se abrió la camisa y me invitó a arrodillarme para que se la chupe, le lama las bolas y las piernas.

¡sabía que tarde o temprano me la ibas a pedir atorranta!, dijo después de unos minutos de pete, y se levantó de inmediato. Me dejó en tetas, me bajó el pantalón y me tumbó boca abajo sobre la mesa con los pies en el suelo. En cuanto me dio 3 chirlos en el culo se me montó, y sin usar las manos calzó con maestría su rica pija en mi concha jugosa para moverse ágil, potente y despiadado mientras me moreteaba los senos, besaba mis hombros, me pedía que le muerda los dedos y decía:

¡¿te gusta más la pija de Diego o la mía, o las tetas de Vivi, o el ojete de Male, o te calienta todo putona? Te gustó verme jugar con Solcito?!

En menos de 5 minutos su semen me inundó entera, su cuerpo se despegó de mí, y mi vergüenza por no llevar ropa interior me hizo sentir una reventada. Para él fue un trámite cogerme, pero a mí me devolvió casi tanto como las ganas de vivir. Esa poronga fue un regalo del cielo para las telarañas de mi sexo.

Rumbo a mi cuarto vi a Sol en uno de los sillones, ya sin sus primos y con la remera empapada de tantas acabadas, y sin saber por qué causas del destino me siguió.

¡¿querés entrar conmigo?!, le dije apenas llegamos a la puerta de mi pieza.

¡sí, por favor, no aguanto más!, respondió como en apuros.

Tenía los ojitos relucientes, las mejillas enrojecidas, el pelo enredado y, hasta podía oír el rugido de su corazón en su voz tierna.

Cuando estuvimos adentro y asolas la empujé sobre mi cama, le di un piquito para que su cuerpo se sacuda sorprendido, y antes de que le hable dijo: ¡sacame la bombacha y comeme toda la chuchi, porfis, te juro que estoy re mojada!

Apenas se la saqué le subí la remerita, la olí como para embriagarme los pulmones, le cubrí de besitos la panza, los muslos, los piecitos y atrás de las rodillas para hacerla reír. Su aroma virginal era como el de mi Flopy, aunque con menos olor a pipí. Le besé el cuello, probé sus labios cansados de abrirle paso a los penes de sus primos, y cuando su cuerpo resbalaba por la sábana de tanto contraerse de placer comencé a pasarle la lengua por la vagina y el culo sin introducirla. Sus gemidos me alentaban a morderle las nalgas, a escupirle el ombligo y a frotarle mis tetas en su flor más nutrida de flujos cada vez.

No sé cómo hice para quedarme en tanga tan rápido. Cuando al fin mi lengua entró y saboreé su botoncito prohibido gimió mucho más, presionó mi cabeza para que insista con mis lamidas, y decía presa de su lujuria:

¡así, comeme toda, lameme el culo también… no sabés las ganas que tengo de coger… mis primos me acabaron como 15 veces, pero nunca me tocan… le vas a llevar mi bombachita a Dieguito después?... esa pija es la más rica que probé!

En breve sentí que las paredes de su sexo apretaban mi lengua, y entonces su explosión de jugos con algunas gotitas de pichí detonaron en mi boca. Yo me pajeaba con una mano y le hacía morderme los dedos. Luego las dos nos bañamos juntas, y recién entonces ella se fue corriendo desnudita.

Ya nada me sorprendía. Más bien todo me movilizaba, al punto que ni pedía permiso para tocarme ante el cuadro que se me presentara. Como por ejemplo, la siesta que Viviana quiso frutillas con crema, un vino blanco y preservativos en su alcoba. Ella estaba en bombacha en el medio de la cama pajeando a Diego y a Nacho, su sobrino de 18 años de bobo, uno a cada lado y los dos con sus pijas en estado bélico.

¡mirá Dieguín, tenés que comerle la conchita a Sol, olerla, besuquearla entera, jugar en el agujerito de su culo, clavarle los dientes en las tetas, acabarle por todos lados, como si fueses un perrito meando a su hembra… hacela tu putita nene!, le decía la mujer sin dejar de masturbarlo, mientras al otro le daba un descanso para que se toque solo viendo al negro que se cogía a una japonesa en la tele silenciada.

¡y vos tontito hacé lo mismo con tu hermanita, manoseala y mostrale tu pija, pajeate contra su boca y que te la chupe, que a su edad es un buen momento para empezar!, le instruía a Sergio mientras le compartía unas frutillas con la boca.

Al rato los acostó bien pegaditos y les encremó los pitos para petearlos al mismo tiempo, en 4 patas sobre la cama destendida y meneando el culo con sensualidad.

¡vamos a ver quién me da la lechita primero eh, les voy a chupar bien los huevitos y el culo cochinos… y vos Marta bajame la bombacha ya!

Apenas lo hice me empujó encima de la pija de Diego para que no pare de mamarlo, entretanto ella se merendaba la verga del bobo con su almeja en movimientos cortitos.

¡cogé pendejo, quiero lechita, dale pito a tu tía nene!, repetía la dama, justo cuando yo me bajaba el jogging para que Diego me clave la suya en mi cueva húmeda. Tan solo con 3 envestidas un orgasmo me hizo vibrar, y pronto las tetas de Vivi lucían maquilladas por ambos lechazos, los que me dio a probar cuando Sergio rajó al baño.

Pero cuando los vio con las pijas duras otra vez se les tiró encima para seguir tan petera como antes. Yo no pude mirar más porque el jefe quería merendar urgente.

Así mis días se fueron llenando de sexo, mis noches de masturbaciones intensas por todo lo que veía, y mi vida de divertidas experiencias. A Guille era habitual verlo con prostitutas muy finas, a Diego con alguna paraguayita petera o gozando de las habilidades de Sol, a Male en 4 patas con distintos atuendos sexys pero siempre con dos o tres pijas en la boca y una más seguro en su concha perfecta, a la señora relajando a sus alumnos con masajes eróticos o con sexo oral, a Pablo con algún trava o trans, y a Solange debajo de la mesa en bombacha con los pitos de sus primos como chupetines.

Pasaban los meses, y yo me sentía cada vez con menos capacidades para enjuiciarlos. Hasta que, por causas de la anemia de mi padre, no nos quedó otra que internarlo. Mi madre estuvo al cuidado de una vieja amiga, y Flopy tuvo que venirse conmigo.

Esa semana no hubo colegio, ni gimnasio ni tardes de plaza con amigos para ella. Obviamente, no tenía que ayudarme con nada. Los patrones aceptaron que ella se instale durante ese tiempo, y no me descontaron nada por lo que consumió. Solo que Flopy revolucionó aún más mi cabeza y los ojos atentos de los hermanitos. Enseguida vi como a Diego se le abultaba el pantalón el mediodía que la presenté, y también observé los gestos obscenos de Male que no dejaba de mirarle las tetas.

Le advertí a Flor de todo. Pero para ella fue más fuerte encontrarse con la realidad que cualquier cosa que pudiera explicarle. Fue esa misma tarde.

Yo limpiaba especieros, mesadas y bachas mientras ella leía algo para historia, justo cuando Diego se le sentó al lado, y casi en el mismo segundo Solange se sacaba la bombacha por entre la pollera.

¡olela nenito alzado!, le dijo, y se mandó para abajo del mantel dispuesta a petearlo.

Flopy frunció el seño con resignación y bronca, pero no se movió hasta que Diego se escandalizó vertiendo su semen en la boquita de su hermana, aún cuando éste la señalaba diciendo:

¡la chupa re rico ella, y vos tenés una boquita de mamadora tremenda morocha!

Esa noche me quiso dar lecciones de moral mientras nos acostábamos, pero le dejé bien en claro que en este sitio las cosas son distintas.

En mitad de la madrugada la sorprendí abierta de piernas y semi sentada en el borde de su cama, con dos dedos entrando y saliendo de su vagina. No pude más que acercarme para ver mejor. Se horrorizó al principio, pero luego cedió cuando le acaricié las tetas y le bajé la colales.

¡qué linda pija tiene ese taradito ma, viste?, y cómo se la chupó la guachita!, dijo Flopy casi al borde de su estallido, y enseguida agregó: ¡no me voy a ir de acá sin que me coja como a una putita!, y acabó con sus dedos empapados de jugos y saliva, ya que la chancha se los lamía.

Al otro día mi niña descubrió a Guillermo con una mina  a la que le hacía el orto contra la pared, y más tarde a Male cogiendo con su profesor particular de literatura en el living. Luego la vi ruborizarse cuando se topó con Diego pajeándose en el patio mientras Sol dejaba que le lama la conchita mientras ella se balanceaba suave en un columpio solo con una bombacha rosa.

Al día siguiente no hubo más preámbulos. Para colmo yo había tenido un sueño premonitorio.

Resulta que Diego me solicita en su habitación para que lo ayude a seleccionar la ropa que no le entraba y entonces darla a un comedor. En medio de la siesta entré, ¡y no pude salir de mi estado de shock por unos segundos! Diego estaba desnudo en el medio de la cama, a su lado Malena en bombacha y al otro, acurrucada con su calcita flúor y su remerita de brillitos estaba mi Flopy, a quien Diego le manoseaba las lolas.

¡dale tontita, dejate llevar por nosotros, que te va a gustar mucho la pija de Dieguito, te lo aseguro!, dijo Malena sacándose la bombacha muy despacito, la que le dio al pibe para que envuelva su pene gordísimo allí y se pajee. Flopy temblaba cuando Male le quitó la remera y se puso a merendarle las tetas con un besuqueo que hasta yo podía sentirlo, a la vez que el nene le abría las piernas a la fuerza para fregar su cara en su mitad.

Diego no tardó en rebalsar de esperma la bombacha de Male, quien apenas lo notó exclamó:

¡uuuuh nene, no te pudiste aguantar, me la enlechaste toda!, mientras jugaba con los pezones de Flopy.

Hasta allí pude conservar la calma. Yo misma desnudé a mi hija, le exigí a Male que le huela y lama la conchita, que se le ría por usar bombachas de Mickey, que le ponga su culote enlechado y que la suba a la pija otra vez erecta y fornida del pendejo, al que yo masturbé emputecida mientras Male se hacía de los jugos, la vergüenza, los pudores y los aromas afrodisíacos de mi Flopy.

¡quiero sentir cómo me llenás la concha de leche guacho!, anheló cuando Diego comenzaba a pujar clavando su arma cargada cada vez más adentro de su sexo, al tiempo que Male le chupaba las tetas y yo la nalgueaba, le frotaba mis pezones duros en la espalda o le rozaba la piel con las uñas.

Eso era lo que había soñado. Que Flopy le pedía un bebé al degeneradito que tantas veces pervirtió mi mente.

¡embarazala putito, acabale todo adentro, y vos meale la pija, bien puta te quiero zorra!, le grité en el oído a ellos, y enseguida, entre que el chucu chucu los tenía más y más cebados, tumbé a Male en la cama. Tomé un consolador que sabía que siempre pululaba en el tercer cajón del armario, se lo hice lamer a los tres, me le tiré encima poniendo mi sexo sobre su cara y le abrí bien los labios vaginales para darle placer como seguro nunca lo había alcanzado.

Male aullaba de lujuria y se colmaba de flujos sabrosos. Mi vulva estallaba una y otra vez en su boca y los contornos de sus mejillas. Ahora Flopy estaba en 4 patas sobre el suelo pero con los codos en el acolchado, con la bombacha de Male toda rota y empapada, sudorosa, boquiabierta y con los ojos entrecerrados, disfrutando de los bombazos de Diego a su conchita rosada, quien de repente se la dejaba quietita pero bien ensartada, y luego volvía a percutir como un perro vehemente.

Cuando empecé a oír los quejidos agitados de Diego y los pedidos urgentes de Flopy, cosas como: ¡así, toda la lecheee, dameee guaachooo!, supe que estaba acabando como para fecundarla, y no me equivoqué. Cuando ella se puso de pie vi fluir unas líneas de semen por sus piernas, y de un empujón la tiré encima de Male para lamérselas, tanto como a sus pezones chiquitos y como de piedra de tan duros.

Male se daba placer con el chiche y Diego se pajeaba contra la cara de las dos. Pero en cuanto tuvo la pija lista como un termo, se subió arriba de mi nena y la envistió con más agresividad que antes, mientras Malena le comía los huevos y el culo, intentaba meterle el juguetito en la cola a Flopy y la denigraba haciendo arder mi sangre como a un volcán entre mis piernas. Le decía cosas tales como: ¡cómo le gusta la pija a la nena de la empleadita, bien sucia sos mami, y terrible olor a concha tenés, sos chiquita pero te encanta la leche, el pito y que te rompan el culito, no?!

Yo le introducía la lengua a Male por atrás y adelante, alentaba al pibe para que la coja más rápido, y Flopy lloriqueaba de dolor, humillación y vergüenza, pero no paraba de decir: ¡haceme un pibe guacho, dame leche!

De repente Diego volvió a latir en un apretado grito de guerra que concluyó en otro río seminal adentro de la vulva de mi hija, y corrió para que yo le limpie la verga con la boca.

¡no sabés cómo me pajeaba tu mamita Flor, y cómo me coge la yegua!, decía el mocoso entre que Male le pedía a Flor que le chupe los dedos de los pies mientras se masturbaba, y mi boca hacía cada vez más espacio a la nueva erección del semental de la familia.

Ni bien Malena aseguró: ¡ahora mi hermanito te va a hacer la colita sabés!, acostó boca abajo a Flopy, le abrió las nalgas, la escupió, la pajeó con el consolador, le metió un dedito haciéndola gemir un poco, le fregó sus tetotas por la espalda, le dio unos chirlos, y justo cuando mi lengua había lubricado todo el tronco de Diego, Malena dio precisas instrucciones.

¡Martu, soltalo y alcanzame una bolsita roja del cuarto cajón, que yo me voy a acostar acá… vos Flopina vení a upita mío, y vos Diego acercate, que te la vas a empomar por la colita!, dijo Male sobándose las tetas, ya boca arriba y besuqueándose con mi nena. En la bolsita había una bombacha con un pito de goma, mucho más pequeño que la poronga de Diego. Me pidió que se la ponga, lo que hice con bastante incomodidad, y que introduzca el chiche en la concha resbaladiza de Flor por tanto semen. En cuanto terminé Male empezó a cogerla rápido, sin pausa y sin dejar de comerle la boca, entretanto Diego se pajeaba contra su ano, le daba tremendos pellizcos y pijazos en las nalgas.

Todo hasta que Male le dijo:

¡dale nene, métesela ya, que yo le cojo toda la conchita!

Diego se montó en su cuerpo ardiente, y solo empujó dos veces para que Flopy grite como una marrana. Era imposible calzar esa pija cabezona por su grosor, pero Diego logró que su glande sea absorbido por el culo virgen de mi nena, que se llenaba de lágrimas agridulces, de alaridos, palabrotas y hasta de mocos.

Pronto Male salió de debajo de su cuerpo y se arrodilló para que Flopy le chupe el juguetito como una peterita servicial, para que se haga pis de tantas envestidas en su culito cada vez más abierto y para acabarle toda su tensión sexual en la boca mientras le gritaba: ¡dale putita meona, mordeme la concha que te acabo perritaaa, y vos rompele el culo a esta cerditaaa!

Diego enseguida dio vuelta a Flopy, le hizo chupar la pija y los huevos, después unos cuantos forros usados que sacó de debajo de su cama junto a dos bombachitas de Sol que muy bien atesoraba. Cuando no pudo más se le trepó sin piedad y se la ensartó nuevamente en la concha para sacudirla como a un papelito, y en cuestión de segundos llenarla con su semen furioso.

Aquella siesta inevitablemente Flopy quedó embarazada, ya que no toma pastillas, y porque el morbo fue más allá de cualquier límite que cualquiera pudo haber establecido. Desde luego, aquí no hay infieles, ni culpables ni explicaciones. Cuando Diego le contó a su madre lo sucedido, ella decidió entonces que Flopy participe de cada acto sexual en el que se la solicite, y así fue que se convirtió en un objeto preciado por Guillermo y sus amigos. Les encantaba que una embarazadita les chupe la pija en el estudio, descalza, en bombacha y cada vez más gordita. También a Diego y a sus primos.

Aún Flopy está de 8 meses, y Guillermo no para de chuparle las tetas cuando se le antoja. Prácticamente todo lo que la deja lucir es una bombacha blanca y una remera ancha con unas sandalitas. A Malena la vuelve loca el sabor de la conchita de mi hija. Y yo, ahora sí tengo licencia para garcharme al macho de la familia. Siempre y cuando haya testigos.

Por lo que sé, Guillermo también dejó preñada a la hija de su secretaria, pero eso no fue bien visto por su mujer, quien piensa presentar cargos contra él hasta lograr el divorcio.

Pero yo sigo en la mansión, sin abrir la boca, feliz, cada vez mejor cogida y con una hija a la que jamás le va a faltar nada.      fin


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