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Fecha: 16-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

¿Por qué a mí? Capítulo 4

Jesus tsukishiro
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Tiempo estimado de lectura: [ 16 min. ]
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La desesperación se hace presente en Job al enfrentar él solo el resultado final, eso desencadenará una descompensación emocional que lo orillará a terminar con su vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo IV

Desesperado.

 

 

Dormí lo qué no había dormido en días pasados; desde que llegué a casa; luego de aquel desmayo en la academia; estuve en cama, me sentía mal, me daba de vueltas todo; así como si me hubiese chingado unas 5 cubas al hilo; despertaba entre ratos para ir al baño, tomar agua y volver a dormir como perezoso; mis hermanos en su rollo con mi mamá, ni me hacían caso; para mi familia siempre fui el hijo que fue hecho de caca; cuando no me daba gripa, era diarrea, cuando no era diarrea, era infección, cuando no era eso, era lo otro; así mi vida, enfermizo y para cereza del pastel, lo que viene a continuación.

Son las 8:25 de la mañana; mis resultados estarán por entregarlos; me siento solo; de hecho estoy haciendo esto solo, tengo miedo, tengo mucho miedo de lo que vaya a pasar, mi pierna derecha me tiembla y luego la otra pierna la muevo; alternando una y otra; necesitaba a alguien a mi lado, no sé, estaba pensando en hablarle a Bimba o Flavio, tal vez a Keila; pero no quería incomodarlos, mucho menos causarles lástima o vergüenza.

¡Oh santo cielo!, ahí está el doctor y también María; pues sí, creo son malas noticias, ¿qué hago?, muero de miedo, estoy sudando, tengo muchos nervios; ¿sí salgo corriendo?; ¡debo ser fuerte!, así como tuve los huevos suficientes para andar teniendo sexo sin protección, así debo tenerlos para aceptar lo que me dirán; ¡neta, neta, tengo mucho, mucho pinche miedo!; tanto miedo tengo, que mis piernas no me responden para salir corriendo rápido, cruzar la avenida principal y dejar que un autobús me arroyé hasta dejarme muerto; ¡lo sé, soy dramático!, ¿pero qué quieren que haga?, tengo miedo, no se imaginan el pavor que tengo.

Fue en ese momento que el doctor me hizo señas discreto; María me miró y regalándome una sonrisa, me invitaba a pasar; 8:33 de la mañana; cruzando la puerta, no había vuelta atrás, mi pasado chocaba con el presente para destruir juntos mi futuro, estas son las consecuencias de llevar una vida sexual irresponsable.

Pasando al consultorio; Javier me decía amable. – Buenos días Job, siéntate.

– María me puso sus manos en mis hombros diciéndome. – Buenos días, tranquilo, toma asiento.

– El doctor, sacaba mis estudios y me preguntaba serio. – ¿Viniste solo?, ¿tu familia?, ¿algún amigo de confianza, alguien?

– Mi boca estaba seca seca, mis labios igual.

Ordené mis palabras en la mente y contesté. – Vine solo, como siempre; mi familia no sabe que soy gay y mis amigos, mis amigos no quiero molestarlos.

– Javier miraba los resultados mientras eso le respondía.

Luego él miraba a María y me miraba a mí; María muy amable, me abrazaba diciendo. – Aquí estoy para lo que se te ofrezca.

– Mis ojos se estaban inundando, quería llorar, pero estaba aguantando, ¡cómo los meros machos!

El doctor Javier, me decía con calma. – Te recuerdo que en este hospital, podrás encontrar el apoyo necesario y la medicación requerida para tu tratamiento.

– Ya con escuchar eso, me quedaba en claro lo que tenía.

– Javier me veía al mismo tiempo que emanaba las siguientes palabras. – Job, tus resultados del estudio Western blot confirman que efectivamente eres seropositivo.

– ¡No mames!; cuando escuché eso, mi corazón latía muy rápido y mi respiración se alentó; por mi mente, pasaban las imágenes de mis momentos buenos, gratos y positivos en mi corta vida, luego pasaban mis peores momentos, los sin sabores y negativos; seguido del recuento de todas las veces que tuve sexo.

Tres lágrimas cayeron a mis manos y exclamé. – ¡Me voy a morir!

– María me abrazaba en lo que me revelaban lo ya sospechado; ella sentía empatía por mi reacción.

El doctor con calma y tratando de hacerme entrar en razón, me explicaba. – No, no, no te morirás, el simple hecho de que seas seropositivo, no quiere decir que te vayas a morir, el  término de seropositividad es frecuentemente empleado para designar el estado serológico de las personas infectadas por el virus de la inmunodeficiencia humana; en tu caso, marca la presencia de tu sangre los anticuerpos al VIH, que indica que estas contaminado por el virus y que puedes transmitirlo a través de la sangre, el esperma, líquido seminal; en mujeres por las secreciones vaginales o la leche materna.

– Movía mi cabeza, mostraba una ligera sonrisa y decía. – ¡Entonces no tengo VIH!, ¡pensé que sí!

– ¡Vaya, qué tonto e ingenuo me vi!, pero, ¿qué tiene?, eso pensé.

El doctor me hablaba con mucha seriedad. – ¡No, no, haber, te explico fácil!

– María no dejaba de abrazarme; tal parece que sí le afecto mi diagnostico.

Yo miraba al doctor y en mi mente mantenía ese minúsculo granito de esperanza y fe de que no tuviese esa enfermedad; Javier serio emanaba. – Eres portador del VIH, estás contagiado por el VIH, tienes VIH, pero aún no desarrollas la enfermedad.

– ¡Pum!, ¡Zas!, ¡Cuas!; ahí quedo mi granito de fe y esperanza.

Miraba al techo del consultorio, bajaba lento y despacio la mirada diciendo. – ¡Soy un sidoso!, ¡soy un sidoso, un maldito sidoso!

– Mis lágrimas no brotaban, simplemente estaban ahí contenidas en mis ojos.

María me soltaba y trataba de hacerme fuerte diciendo. – Job eres muy joven, con el tratamiento podrás llevar una vida normal, con medicamentos y control, serás un chico normal, ¡ya lo verás!

– Volteaba a verla con una desesperación y un odio; obviamente es evidente que ella ni el doctor tenían la culpa, ¿pero qué más podía hacer?

Sostenía la mirada y le decía. – ¡Sí claro, una vida normal!

– Javier con cierta pena, pero conservando la seriedad, decía. – Job estamos a tiempo de atacar el virus y fortalecer tu organismo, ¡te vamos a ayudar!

– María conservando la calma, me decía. – Job, Job, aquí tenemos buenos doctores, buenos psiquiatras, psicólogos y terapeutas que podrán ayudarte a ti y a tu familia; las terapias de grupo te beneficiaran mucho.

– ¡Podrás llevar una vida normal!, es cuestión de que accedas a recibir la ayuda. – Decía el doctor mientras guardaba de nuevo mis resultados en un sobre.

– Yo me levantaba de mi asiento, me llevaba la mano a la cabeza, caminaba de la puerta a la mesa de revisiones; o cómo se le diga a esa camita que tienen los médicos en sus consultorios; movía la cabeza repitiendo en mi mente “eres seropositivo, eres seropositivo”.

Se hacía una pausa entre las tres personas que estábamos en el consultorio y, de nuevo al escucharlos decirme “Puedes llevar una vida normal”, estallé en cólera exclamando. – ¡Una vida normal!, ¡una pinche vida normal!, ¿es en serio?, a ver, para ustedes, ¿una vida normal es vivir todos los días tragándose un coctel de medicamentos por el resto de su miserable y patética vida?

– Pero eso te mantendrá sano y fuerte, muchas personas que tienen VIH llevan una vida normal, plena, controlada. – Decía María con una pasividad.

Javier me daba un ejemplo diciendo. – Job, hijo, las personas con diabetes tienen que vivir con su medicación para el control de su glucosa, controlar su alimentación, hacer ejercicio y eso los hace tener una vida sana, otro caso, las personas con hipertensión deben tomarse una pastilla diaria para controlar la presión arterial, comer bien, ejercitarse, y así vivirán muchos años más, tú serás como ellos, tomarás las pastillas retrovirales para ayudarte a sentirte bien.

– Sus ejemplos eran buenos, pero no tanto como mí contraataque.

Con un tono de voz más alto de lo que ya, les decía. – ¡A ver!, ¿Es qué no entienden nada?, los diabéticos y los hipertensos son muy diferentes a mí, a lo que yo tengo, ¡eso lo debe saber muy bien usted, doctor!; ¡estar tragando pastillas no me garantiza una vida plena, saludable, feliz!, y lo que ustedes vienen alegando, ¡una vida normal!, ¡ellos sí la tienen, yo no la tendré!; porqué ellos no deberán cuidarse de una gripa, una tos, una infección; ellos viven despreocupados si se mojan y se resfrían o no; ellos si pueden enamorarse, tener relaciones, besarse, ellos pueden amar, pueden ser queridos, abrazados, amados; ellos si pueden tener una vida normal, ¡eso es tener una vida normal, no lo que ustedes tratan de hacerme entender!

– Ambos quedaron mudos y anonadados, se miraban entre sí en lo que yo parlaba un poco más moderado. – Yo tengo ganas de amar, tengo la ilusión de ser feliz con alguien, pero con esto, nadie me va a querer, mucho menos a tolerar, ¡escuchen bien!, ¡esto no es una vida normal!

– Tomaba mis estudios del escritorio, los guardaba en mi morral, abría la puerta y salía presuroso del hospital.

Únicamente escuchaba la advertencia de: ¡Este es un hospital no se debe correr!; pero me valió madres, yo corrí hasta que me salí de ahí.

9:47 am; hambre no tenía, sed tampoco, pensativo, solamente caminaba por calles que nunca antes había pisado; con lo sabido ya me valía verga si me asaltaban, violaban, secuestraban o mataban; mi vida ya no tenía ningún sentido, ¿para qué seguir viviendo?.

Llegaba a la calle del “arte callejero”; la calle donde había chicos pintando en paredes con aerosol, chicas pintando en el piso con gis, murales que ponían en paredes de comercios, parejas que bailaban danzón, los marimberos, el saxofonista, el chico que canta canciones de los años ochenta, la chica que canta canciones pop en inglés; muy mala por cierto, pésima pronunciación, pero ella hace su lucha; el grupo de poetas; quienes recitaban poemas originales y uno que otro ya muy escuchado; y también un joven violinista; que para mí gusto, pues toca bien, con sentimiento, cuidado y pasión.

De música no sé mucho, pero me gustó escucharle tocar; caminé un poco, me senté cerca y lo admiraba tocar; no sé qué melodía era, pero le ponía empeño y entusiasmo, se entregaba al violín; su melodía me llegaba a mi ser, me daba sentimiento, quería llorar, me tronaba los dedos y continuaba oyéndole tocar; estuve ahí sentado como media hora; el joven cuando termino su presentación, varias personas se le acercaban a dejarle monedas, billetes y palabras de felicitaciones; él me miró y se sonrió conmigo, yo igual hice lo mismo; ¡vaya neuronas espejo!; me levanté, metí mi mano al bolsillo trasero izquierdo de mi pantalón, saqué mi cartera y de ahí un billete de cincuenta pesos se lo dejaba en su estuche del instrumento.

Ese joven sonrió más diciendo. – ¡Muchas gracias, es muy amable!

– Yo sonreí hablando. – Gracias a ti, por mostrarnos ese gran talento que posees.

– Me di media vuelta y caminé para perderme entre las personas; en lo que ese joven; que por cierto no estaba nada feo, lo único que no me gustaba eran sus rastas casi al cuello; guardaba sus cosas, me imagino que para irse a su casa.

Esa calle me gusta un poco, aunque a veces me estresa; por qué antes era muy transitada por los vehículos, por ser de las principales calles de la ciudad; pero ahora al haberla cerrado casi de extremo a extremo; obstruía el flujo vehicular y aumentaba el flujo peatonal; mucha gente se iba a pasear y a babosear, se adueñaban de las banquetas, como si fuera un parque y era algo molesto tener que casi brincarlos para continuar el paso; las quejas no se hicieron esperar y luego de meter un poco de orden sobre la zona, pues comenzaron a llegar los artistas callejeros; de ahí viene el nombre a esa calle, por tanto talento que se desconocía existir y que poco a poco se comenzaron a mostrar; algunos lo hacen por gusto, por distracción, para entretener a las personas o por ganarse unos centavos para vivir; con tiempo, nos fuimos acostumbrando a esa calle y los talentos, pero no al ruido del tráfico que se desesperaban por no tener un paso normal; también por la gente mal educada que no sabe caminar y se siente dueña de la calle; por eso hay pros y contras con la calle, sin embargo mientras tenga popularidad, lo demás no importa.

10:30 de la mañana; mi celular comenzaba a vibrar cada cinco segundos por los mensajes del grupo de ensayo en la academia; revisaba sin escribir algo, sencillamente pasaba de largo los avisos, así también con los mensajes de mi mamá y mis hermanos preguntando, ¿dónde había salido tan temprano?; y se quedarán con la duda pues no sabrán el motivo; llegué en un punto de mis pensamientos en los que no me encontraba con una explicación certera a lo que estaba viviendo; subía las escaleras del puente peatonal con los ojos casi llorosos; el calor estaba intenso, me sentía cansado, desanimado, sin ganas de vivir.

Llegaba al punto medio del puente y miraba hacia abajo; los camiones y autobuses hacían que se cimbrara la plataforma; suspiraba y dejaba que el aire saliera por mi nariz, que el viento tocara mis mejillas, mi cabello y oreara mi ropa; cerraba los ojos y extendía mis brazos, haciéndome un cuestionario mental. – ¿por qué a mí?, ¿por qué yo?, ¿qué hice para merecerme esto?, ¿qué mal estoy pagando?, ¿acaso es por ser gay y ocupar mi ano como vagina?, ¿por haberme metido con hombres casados?, ¿por calentura, por lujuria, por morbosidad?, ¿por qué yo?, ¡¿por qué diablos yo?!, ¿por qué a mí?

– Estando así, dejó de importarme el mundo, mi vida, mi familia, mis amigos, sólo era yo desesperado, queriendo tener una respuesta a las muchas de mis interrogantes, con los ojos cerrados; en mi cabeza, rebobinaba mi pasado sexual.

Los fajes con Pedro, el delicioso sexo oral que le hice a mi primo, luego a su hermano, luego a su papá; cuando mi tío abusó de mí con engaños y posteriormente creyendo que eso estaba bien, a escondidas me metía con él para mamarselo o dejarme penetrar; sus mentiras de que si no lo hacía con él, mi familia se enteraría de eso y me llevaría un gran castigo, por eso fue nuestro secreto por algunos años; ya hablaré de eso con calma.

Luego vino el rápido sexo con el esposo de mi prima, posteriormente los fajes en secundaría, mi primera relación amorosa, el sexo de despecho, el sexo con mi prefecto, los motelazos con los hombres casados del chat; “José Luis”, un maduro, muy varonil de cuarenta años con quién siempre tenía sexo usando condón, nos veíamos cada semana durante 8 meses; tenía 18 años en ese entonces; con “Pepe”; un tipo que me juraba tener treinta y ocho años, cuando en si tenía cincuenta y dos; ¡delicioso sexo con él!, nos vimos en tres ocasiones y perdimos contacto; con él nunca me cuidé, pero era muy rico sentirlo dentro; vino “Ramón”, un albañil de treinta años; siempre que nos veíamos, traía aliento a cerveza y a decir verdad, me excitaba eso; lástima que de las cuatro veces que nos vimos, eran fajes, unas mamadas rápidas y una sola vez tuve sexo con él, sin condón y en su camioneta, sobre los asientos traseros; primera vez en auto y con él; besaba delicioso, su aliento me encendía; a pesar de tener finta de campesino, me gustaba, tenía algo que me atraía; él hubiera sido mi segundo novio, pero ambos perdimos contacto; hasta cierto punto, lo seguía buscando por Facebook para al menos volverle a besar.

Siguió “Pablo”, un joven de veinticinco años, fajamos rico en los cines, en los baños, en la calle, en el rio; un buen sexo oral y su rico semen dulce; ahora somos “amigos” vía Facebook; con mi profesor de inglés que se protegió hasta en el sexo oral, mi entrenador de voleibol, con el entrenador de basquetbol, con el de futbol y con el profesor de educación física; todos ellos con condón; con un taxista que se dejó mamar en lo que conducía; su semen sabía salado y muy espeso; vinieron tras de ellos, algunos bailarines de intercolegiales de baile; igual por ser sexo fugaz, usamos condón; con “Pedro”, un maduro con casa disponible, ejercitado, buen tipo, guapo, atractivo, de cuarenta y cinco años, bigotón y peludo hasta en la espalda; sexo oral sin condón, cogida con mucha leche y tenía fetiche por qué le lamieran los pies; “Oscar” un gordo, güero, muy cachondo, hombre de cuarenta, muy vigoroso; al igual que “Pedro”, lo contacté por el chat y cuando no había nadie en casa, le hablaba a él y me cogía; él siempre usaba condón, me besaba, me mordía, me lamía la espalda, pero siempre protegiéndose el pene; una cosa muy gruesa, lechosa, pero sabrosa; cinco veces de encuentros casuales en los que era su “putita” y me hacía hablar como mujer para excitarse más; se protegía aún más, por qué no quería embarazarme según él.

“Vicente” de veintiséis años, con verga rica, se dejaba mamar; una de las cuatro veces de encuentros; mientras se lo chupaba en mi cuarto y a oscuras, me volteo, me dejé; pensando en que me rosaría su miembro en mi recto; cuando ¡cuas!, me la metió de putazo; gemí y grité, eso lo excitó y me lo metía y sacaba un rato, hasta que me hizo hincarme y ¡tómala! Un buen chorro de semen espeso y blanco; dulce, muy rico; “Cristián”, un chavo de veintinueve años, que tenía un pene grueso, muy grueso, negro y choncho; no quería que me penetrará, pero lo hizo, me dolió mucho y me la tuvo que sacar, me salió sangre, pero aun así, me hizo chupárselo y acabó tirando chorros enormes en mi pecho y su cama; con ese fue debut y despedida; “Luis”, igual contactamos por chat, quedamos de vernos y al gustarnos, nos fuimos a revolcar a un buen motel en la carretera; a pelo y gozándonos mucho, nuestros tres encuentros fueron de los mejores; el que más me gustó, fue en una casa en obra negra, dónde entre olores a estiércol de vaca, caballo y demás animales, me penetraba y me hacía gemir como sólo él sabía hacerlo.

Vino mi segundo novio y sexo maravilloso, pero no me satisfacía al cien; llegaba el turno de un maduro de sesenta y tres años, que me bajaba el sol, la luna y las estrellas, pero no quise; a pesar de su edad, mantenía una buena erección, pero precoz; en la única tarde sexual, me dejó relleno en cuatro ocasiones; vinieron tres “amigos” en una borrachera con condones, uno por mi boca, uno atrás alternando con el otro; fui usado como nunca; sus condones con semen los guardé durante un buen tiempo en mi habitación; mi tercer novio un doctor, qué tenía buen paquete, pero siempre que me quería penetrar me dolía bastante; jamás me pudo coger, sólo fajes y oral, con condón, pero oral; se venía en mi espalda o nalgas; pero era muy rico; al finalizar mi relación con él, tuve algunos encuentros más con casados o bisexuales; a veces había protección a veces no; luego vino “Fermín”; con quien en el sexo, era terminar empapado de su sudor, de su saliva y de su semen; nuestros encuentros eran en moteles y siempre a pelo; estuvimos a punto de ser novios, pero no supe porque me bloqueo en whats.

Mi mente al hacerme recordar mis aventuras sexuales, me dejaba entre ver que quién tenía la culpa por estar infectado era yo y por mi promiscuidad, por mi putería, era lo que me merecía; lo único que me quedaba hacer, era morirme, pues, no sabía cuánto daño había causado, si tuve relaciones sexuales y ya estaba infectado, pude crear una cadena de enfermos; ¡vaya irresponsabilidad mía!, por eso estaba correcto lo que quería hacer.

Obtuve mis respuestas a todas esas preguntas incógnitas, y así con los ojos cerrados, me dejé tambalear por el viento, aguantando el llanto, me estaba dejando ir; mis manos las relajé, mis piernas también y pues a soltarme para caer directo al pavimento o sino mi cuerpo ser aventado por varios carros hasta despedazarlo por toda la carretera; pero; ahí viene el pero, al dejarme al aire, un sujeto me tomaba de los brazos y me sostenía para no caerme; mis oídos se comenzaron a desbloquear, percibiendo el bullicio de la gente y sus murmureos sobre mi intento de suicidio; yo me resistía a ser salvado y al bajar mi mirada a la carretera, un objeto caía al suelo; alzaba mi mirada atrás de mí y me percataba que la persona que me “salvaba” la vida, era el joven violinista.

Con su mejor esfuerzo, me cargó, me tiró al piso y la gente; tanto abajó como arriba; le aplaudían ante gran hecho heroico; pero yo estaba muy molesto con ese tipo; ¿quién se cree para interrumpir mi acto?; furioso, tomé impulso y de nuevo intenté, pero tres policías me bloquearon y me intentaron llevar a un hospital; pero el joven violinista, les decía. – Tranquilos, me haré cargo del chico, no pasará nada, se los aseguro.

– ¿Verdad? – Se dirigió a mí, guiñándome el ojo.

Yo tartamudeando, le seguí el juego contestando. – Sí, sí, claro… sí, él estará cuidándome.

– Los policías conformes; cómo siempre la justicia conchuda; me dejaban en paz, la gente se disipaba y regresaba todo a la normalidad.

Excepto yo, que estaba muy enojado; pero el violinista, me miró, diciendo. – Te salvé la vida amigo, mínimo las gracias.

– Le mostraba el dedo medio, hablando. – ¡Aquí tienes tus gracias, imbécil!

– El muchacho se rio, para luego decirme. – Ya no hay gente que te impida aventarte, sí deseas suicidarte, ¡hazlo!, pero eso sí, procura no caer sobre mi cojinete que uso o más bien usaba para tocar.

– Me puse cerca del barandal, nos miramos fijamente y decidido, quería finalizar con esta vida tan mal vivida y mal administrada; no tenía caso seguir, pero ese tipejo me obligaba a seguir vivo cuando no.

¡¿Acaso no se puede morir a gusto?!, ¡hasta eso es desesperante!

Hola, muchas gracias por leer; que tengan un grandioso fin de semana, saludos.



© Jesus tsukishiro

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