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Fecha: 21-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Las vacaciones del 77

porecharelrato
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Una fantasía sexual en los años de la transición española. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Acababa de terminar el curso de segundo año de carrera y sus resultados habían sido contradictorios: académicamente, las cosas habían funcionado y sólo tenía una asignatura pendiente para septiembre; personalmente, no podía decir lo mismo, en el mes de febrero había roto con mi novia y llevaba casi seis meses sin tocar cacho.

Mi novia era una chica de diecinueve años que estudiaba primer curso de exactas y que había conocido a través de unos amigos el verano anterior, durante las vacaciones. No era ni guapa ni fea, pero tenía un cuerpo de lujuria o, al menos, a mi eso me parecía. Lo malo era que quería guardarlo para ella sola.

Las pocas veces que había logrado algo de contacto físico, que no fueran manitas, no había pasado de un toqueteo de las tetitas -realmente buenas tetas- en el cine, después de insistir hasta que me dolía el brazo de pasarlo por encima del hombro, pero a mí con veinte años, y en la España en los años setenta, eso me parecía el colmo del sexo.

Ella decía siempre la misma canción: que no era una cualquiera y que hasta no nos conociéramos más no estaba dispuesta a servir para el desfogue de un marrano. Sólo una vez perdió esa frialdad que parecía caracterizarla. Era el mes de enero y, como todos los domingos por la tarde, estábamos en el cine. Tras los esfuerzos consiguientes, logré pasar el brazo por encima de su hombro e introducir la mano por el escote de la blusa y bajo el sujetador, por cierto, un auténtico vehículo acorazado. El contacto con la piel de su pecho fue escalofriante, pero lo mejor empezó cuando le tomé primero un pezón, luego el otro y le sobé las tetas a gusto. No sólo para mí debió ser escalofriante, sino por lo que pareció, también para ella ya que comenzó a jadear bajito y a moverse con pequeñas convulsiones, hasta que se puso primero rígida y después se quedó muy quieta y tranquila. Yo, mientras tanto, no pude evitar correrme en los pantalones sin pena ni gloria, ya que ella se negó a tocarme. Tuvimos que ver la película –Terremoto- dos veces –seis horas en total- hasta que mi entrepierna se secó. Durante la segunda sesión, además de retirarse de mí todo el espacio que le permitía su butaca, me estuvo diciendo guarro, obseso, salido y otras lindezas similares, sin que yo pudiera contestar.

A los pocos días del episodio, Pepa, que así se llamaba la exacta, me plantó diciéndome que era un enfermo. Una pena, ya que le había cogido cariño, sobre todo a sus tetas, que puedo decir que, al menos al contacto ya que no llegué a verlas, estaban bastante mejor formadas que su cabeza e igual de duras.

La ruptura con Pepa no me quitó la afición al cine, aunque sí me cambió el gusto por el tipo de películas, que pasó de las de catástrofes que veía con ella, a las clasificadas “S”- una especie de porno blando, muchas tetas, pocos coños y nada de nabos- y dentro del género, muy especialmente a la serie de Enmanuelle Negra. ¡Señores y señoras!, quien no ha visto Enmanuelle Negra no ha visto cine calentorro.

La susodicha Enmanuelle era una negra de al menos dos metros, o eso me parecía a mí, que se acostaba con todo lo que se moviera y si no se movía nada, se movía ella sola. Además, tenía la deferencia para los espectadores de sus películas, no adecuadamente reconocidas hasta el momento, de estar todo el santo el día en pelota picada, dejando ver unas tetas comparables cada una de ellas con el “pan de azúcar”, un culo redondo, elevado y duro, como para doblar vigas de hierro al apretar, y un chocho donde, según dice la leyenda urbana, se rodó la carrera de Indiana Yones delante de la piedra. Hablando de piedras, así terminaba yo después de cada sesión.

Esta buena samaritana y sus amigas acompañantes, macizas pero incomparables a la protagonista, fueron mi distracción preferida, junto con los trabajos manuales,  desde que Pepa me dejó hasta el final del curso.

Tras los exámenes, mi amigo Antonio, que había pillado menos cacho todavía durante el curso, y yo decidimos hacer un viaje de mochileros durante una semana o diez días, según se diera la cosa. Lo hablamos largamente y bajo el influjo de unas calenturas hasta dañinas, decidimos irnos a Benalmádena, tras desechar por cobardía de Antonio mi propuesta de ir a El Congo en busca de la samaritana, que sin duda nos acogería en su seno como solía hacer con todo ser humano, hombre o mujer.

Benalmádena era entonces el paraíso después de Ibiza, donde no podíamos ir por falta de recursos, de suecas, inglesas, holandesas y demás chicas extranjeras, que no dudábamos nos estaban esperando con los brazos y, lo más importante, los biquinis abiertos.

El día acordado para iniciar el viaje quedamos a las diez en la salida hacia Málaga para hacer autostop. De entrada, mi amigo se presentó pasadas las once y sin desayunar, como era su costumbre. Hasta las doce no nos pusimos a sacar el dedo. Día de extranjeras echado por alto.

A eso de las tres de la tarde, con un calor sofocante y un principio de hambre más que notable, nos recogió un SEAT 127 que nos llevó hasta Estepa, donde llegamos sobre las cuatro y media. El hambre ya no era un principio, sino una necesidad, así que tomamos un bocadillo y volvimos a sacar el dedo pasadas las cinco.

A las siete y media, ante el poco éxito que teníamos, claudicamos y preguntamos por un autobús que nos llevara a Málaga. Mala suerte, el último había pasado hacía quince minutos, así que volvimos a sacar el dedo. Más o menos a la hora nos recogió un paisano en un Land-Rover que nos podía acercar hasta Campillo. Como no nos sobraban ofertas, agradecimos la posibilidad y nos montamos.

Un poco antes de las diez estábamos a la entrada de Campillo, por lo que asumimos que dormiríamos allí y no en Málaga entre extranjeras calentitas por algo más que el sol de la playa. Lo malo era que no teníamos ni tienda, ni saco, ni nada que se le pareciera y tampoco queríamos gastar parte del poco dinero que teníamos en aquel sitio.

Cuando comenzamos a andar hacia el centro estaba anocheciendo. A los pocos pasos, a la misma vez que escuchamos una música verbenera que venía de detrás de la calle por donde íbamos, nos cruzamos con un coche de la guardia civil. Los números nos miraron por la ventanilla de arriba abajo con cara de pocos amigos, lo que entonces daba mucho en que pensar, sobre todo al recordar que meses antes habían salido en la prensa unos sucesos en Campillo entre la guardia civil y unos jornaleros, que no habían terminado bien para estos últimos.

Antonio dijo que porqué no nos asomábamos para ver si había verbena y así podríamos quitarnos la sed y el hambre que teníamos. Me pareció bien, siempre podríamos buscar una pensión más tarde.

La verbena, si así se podía llamar a aquello, estaba compuesta por unos cacharritos penosos y una especie de caseta churrería. En  total habría unas quince o veinte personas, incluyendo los tres camareros de la churrería y los dos que manejaban los cacharritos.

Nos acercamos a la caseta con idea de comer y beber algo. De nuevo mala suerte, lo único que servían era chocolate con churros y aguardiente. A Antonio le salió el macho que todos los hombres llevamos dentro y pidió una copa de ¡aguardiente seco!, yo, consciente de mis limitaciones como hombre, pedí chocolate, churros y mucha agua.

Desde que llegamos fuimos el objetivo de las miradas de los pocos asistentes. El no ser conocidos, las mochilas, las pintas y nuestra presencia en una verbena de barrio de Campillo eran motivos sobrados.

Cuando estábamos a punto de pagar y seguir camino hacia el centro, pues yo no podía soportar más música de Aute en aquel sitio sin deprimirme profundamente, aparecieron tres chicas con uniforme escolar, que no llamaron la atención de las paisanas, aunque si de los paisanos, por lo que supuse que ya las habían visto antes.

Tras una breve discusión entre ellas, se colocaron en el extremo del lado de la barra donde estábamos, lo que nos permitió admirarlas como se merecían. Tendrían unos diecisiete o dieciocho años y no sólo por comparación con el resto de féminas presentes, sino por méritos propios, se podía decir que estaban para comérselas en lugar de los churros.

La más alta era una rubita de pelo largo y lacio, con lo que parecían ya que la amplitud de la blusa del uniforme no permitía garantizarlo, unas tetas esplendidas, un culito ajustado y respingón y unas piernas de fábula, casi enteras a la vista gracias a la escueta faldita del uniforme y a que ella se la había subido un poquito más.

La más guapa era una pelirroja con un fantástico pelo rizado recogido en una cola, unos ojos violetas y una boca carnosa con la que había que tragar saliva al verla, pues todo lo que uno podía desear era comérsela. El resto del cuerpo no desmerecía ni de la cara, ni del de su amiga la rubita.

Pero la que más morbo tenía era la tercera chica, una morena con los kilos de más justos como para decir que estaba maciza en todos los sentidos. Pese también a la amplitud de su blusa, aquí no cabía duda sobre la potencia de sus tetas, que difícilmente podían ser abarcadas por la ropa. Por si la cosa parecía poco, llevaba medias oscuras, a pesar de ser finales de julio y en Andalucía, que envolvían unos muslos sin duda duros como piedras.

Nos cruzamos algunas miradas, las nuestras de embobamiento, las suyas posiblemente de curiosidad. Antonio dijo que cómo nos íbamos a marchar ahora, cuando por fin habíamos tenido suerte después de un día tan duro. Yo, con la nueva visión, estaba logrando sobrevivir a Aute, que incluso empezó a parecerme alegre.

Nos pedimos otra ronda de lo mismo, Antonio seguía de macho y yo seguía con hambre. Ellas se pidieron unos chocolates sin churros y comenzaron a mover quedamente sus cuerpos al ritmo de la música. ¡Atención que seguía Aute!

Antonio propuso preguntarles por algún sitio para dormir, contarles lo duro del día para así dar penita y entablar conversación con ellas, por si acaso caía algo. Dicho y hecho, las dos copas de aguardiente seco le habían dado valor, así que nos acercamos, nos presentamos con mucha cortesía y le preguntamos por una pensión.

No eran del pueblo -nos dijeron-, lo que era bastante obvio, y que estaban en un internado próximo. Respecto a la pensión, creían que había una en el centro. Ellas a su vez se presentaron Vero, María y Lola, por orden de aparición, y nos preguntaron que hacíamos allí buscando donde pasar la noche, lo que permitió a Antonio contar el día como uno de los más dramáticos de su vida, desde el día que empezó a ir al colegio. Las dos copas también lo animaban a exagerar bastante.

Entretanto, habíamos terminado nuestras bebidas, lo que le dio pié a Antonio para proponer otra ronda. Las chicas se miraron entre ellas y aceptaron indicando que se tenían que marchar en quince minutos. Nosotros tomamos otra vez lo mismo, esta vez sin churros, yo seguía teniendo hambre, pero otra ración me habría llevado indefectiblemente al servicio, de cuya existencia en la verbena tenía serias dudas.

La conversación fluyó bien gracias a la simpatía de las chicas y a las tres copas que ya llevaba Antonio. Nos contaron que eran las únicas tres alumnas del internado durante el verano, ya que ni sus padres, ni sus profesoras estaban muy contentos con ellas, tanto por las notas de junio, cinco cates la que menos había tenido, como por su conducta durante el curso, veinte castigos entre las tres.

A estas alturas yo tenía el nabo como el badajo de una campana y más que chorreante, hasta el punto de que temía que la humedad empezara a traspasar los pantalones y me pasara como el puñetero día del cine. Con una mano en un bolsillo trataba de disimular el problema, pero este crecía aun más con el roce.

Los quince minutos pasaron como un rayo. ¿Cómo era posible que quince minutos sacando el dedo parecieran medio día y quince minutos con estas chicas parecieran quince segundos? Dijeron que se tenían que ir y que era una lastima no poder coincidir otro día más tiempo. Nosotros también dijimos lo mismo, pero sintiéndolo de verdad.

Cuando pese a nuestras súplicas, se perdieron en la oscuridad de la noche Aute me volvió a resultar insoportable. Antonio dijo de tomarnos otra ronda antes de irnos a buscar la pensión. Acepté, sumándome esta vez al aguardiente seco para poder resistir la ausencia, el sitio, el calentón y sobre todo a Aute, que no paraba de penar.

Recordé entonces la copla “Soy minero” de Antonio Molina para disentir de ella. ¿Cómo se podía cantar: “Yo no maldigo mi suerte porque minero nací”? Si lo que había que cantar era: “Yo si maldigo mi suerte porque caliente nací”.

En estas cavilaciones estaba cuando me di cuenta que Antonio empezaba a estar con una borrachera de no te menees. Lo que faltaba, ahora iba a tener que tirar de él hasta la pensión, en el caso de que existiera, de que la encontrase, de que tuviera sitio, de que nos quisieran abrir… Aute había conseguido su propósito y había logrado agobiarme. ¡Me cago en Aute y en “toas” sus castas! Exploté. Los paisanos me miraron sin entender lo que pasaba, aunque noté la solidaridad de muchos de ellos, y yo metí la cabeza entre los brazos apoyado en la barra.

Un leve roce en el hombro me sacó del ensimismamiento y sin cachondeo, que al volver la cabeza se me apareció la Virgen en su forma de María, María la chica del internado claro. Juro que si se me hubiera aparecido de verdad la Virgen en la forma de Dolorosa, Pastorcita o Inmaculada, no me hubiera llevado una impresión de tal calibre.

Tratando de reponerme estaba, cuando comprendí que si no era la Virgen, al menos era una santa. Me dijo inmediatamente, en medio de mi arrobo, que era una suerte que no nos hubiéramos marchado de la verbena, ya que lo habían estado hablando entre ellas y habían pensado que podríamos quedarnos a dormir en el internado, que la mayoría de las habitaciones estaban vacías y si no hacíamos ruido y nos marchábamos temprano no lo notaría la profesora que quedaba en verano.

No lo recuerdo con claridad, pero creo que tuvo que empujarme varias veces para que lograra reaccionar y articular algún sonido, aunque este no fuera comprensible. Pensé pedirme otras dos copas de aguardiente seco para que mi cuerpo y mi mente lograran encajarse, pero comprendí que ella no quería que la pudiesen ver tan tarde fuera del colegio.

Según me comentó, después de presentarse las tres amigas ante la profesora, ella había salido de la habitación por la ventana y del internado por un escape que tenía la valla, así que debíamos irnos cuanto antes para que no fuera descubierta.

Cogí una mochila, le di otra a ella y agarré a Antonio, que estaba o muerto o profundamente dormido, por debajo de los brazos y tiré de él como pude. La borrachera de Antonio no le hizo mucha gracia a la santa, imaginé que por los problemas que podría acarrear, pero ya era tarde para dejarnos a los dos a nuestra suerte.

Me despedí de Aute con un corte de mangas virtual y entramos en la oscuridad por un camino estrecho que conducía a nuestro destino. Arrastrando como pude a Antonio, hay quienes nacen con la mala suerte puesta, recorrimos unos escasos doscientos metros bajo la luz de una débil luna, hasta llegar a una puerta medio rota en la valla del internado. Durante el breve trayecto, como mi paso era necesariamente lento por el fardo que llevaba, María iba casi siempre delante, lo que me permitió recrearme en su espléndido culito y en sus larguísimas y bien formadas piernas. Un hombre con hambre permanente de sexo nunca pierde una oportunidad de deleitarse.

María abrió la puerta con cuidado de no hacer ruido y se adelantó para indicar a sus amigas que abrieran la ventana de una habitación próxima y que me ayudaran a meter a Antonio, que se había puesto malo, les dijo, para no  alarmarlas más de la cuenta.

La operación tuvo sus dificultades, ya que la ventana estaba como a metro y medio del suelo y Antonio estaba incapaz de prestar cualquier ayuda. Cuando finalmente conseguimos entre los cuatro dejar a Antonio en una cama, tuve ganas de rezar dando gracias a Dios.

Les di efusivamente las gracias a las chicas, que me rogaron antes de marcharse de la habitación, que no hiciéramos ruido y que nos fuéramos en cuanto amaneciera, para evitar ser vistos, lo que podría causarles muchos problemas.

Cuando me quedé a solas con Antonio en la habitación, juro que si le hubiera dado por vomitar o hacer algún ruido propio de la borrachera, lo hubiera ahogado con la almohada, sin el más mínimo remordimiento.

Pude comprobar con la luz que entraba por la ventana, que la habitación mediría unos cuatro por tres metros y tenía dos literas colocadas en fila en uno de los lados largos; en el otro lado largo había cuatro taquillas altas, un par de sillas y un cuadro de esos que dan grima del Corazón de Jesús. No pude evitar pensar que el cuadro de marras daría pocas ganas a las muchachas que durmieran en la habitación de toquetearse mirándolo.

Una cosa llevó a la otra y cuando me senté en la litera estaba empezando a ponerme muy cachondo. La idea de estar en el dormitorio de un internado de chicas y con tres tías buenísimas, solas y al lado, me golpeaba en la cabeza y en el nabo, hasta ponerme las dos partes de mi anatomía tan hinchadas como para dolerme. Decidí masajearme el nabo por encima de los pantalones, en vez de las sienes, con el consiguiente aumento de hinchazón y dolor en ambas partes.

Con el masajeo se me cayó la cartera y me agaché para recogerla, pues en ella estaba el poco dinero de que disponía y si la dejaba seguro que se me olvidaría por la mañana. Cuando cogí la cartera del suelo, vi que había dos o tres mochilas que parecían llenas debajo de la cama. Me extrañó, pero pensé que siendo chicas seguro que no tendrían suficiente sitio en las taquillas.

Al incorporarme, me pregunté si estarían abiertas las taquillas y si las chicas que las usaban habrían dejado algo de interés en ellas. No pude reprimir la curiosidad y me acerqué sin hacer ruido, para ver si tenía suerte. La primera taquilla estaba cerrada con llave, la segunda abierta pero vacía, sin embargo, la tercera estaba abierta y con algunos objetos. La escasa luz que entraba por la ventana no me permitía discernir los objetos, así que los saqué  de la taquilla, los puse encima de la litera y me senté de forma que mi sombra no me estorbara para escudriñar.

Se trataba de un pequeño montón de ropa y libros. Encima blusas y faldas del uniforme, sin gran interés para satisfacer mi morbo, pero una vez desplazadas estas prendas apareció una que no identifiqué al principio. Al extenderla sobre el colchón para poder observarla, se cayó otro pequeño bulto que por el tacto parecían medias o calcetines. La prenda grande pareció ser un corsé, con lo que mi respiración se entrecortó un poco más y mi erección creció otro poco más, si eso era posible ya.

En efecto se trataba de un corsé sin tirantas y sin copas, pero con ballenas y liguero. Su color parecía ser rojo con algunas partes negras. Cuando lo sostuve entre las manos comprobé que su propietaria debía estar muy bien formada. ¡Coño con la niña!, pensé. Me lo acerqué a la nariz para olerlo y aquello todavía me puso más cachondo. Olía suavemente a perfume y más fuertemente a un olor humano, cuya procedencia exacta no pude identificar, pero que su degustación me estaba sacando de mis casillas.

Dejé el corsé sobre la cama y analicé lo que parecían ser las medias o calcetines. La respuesta acertada era la primera, pero además había un tercer objeto: ¡unas braguitas mínimas! Me acerqué las prendas a la nariz y joder, olor a perfume casi no tenían, pero el peculiar olor a humano del género femenino era fuerte y profundo hasta desquiciarme. Retomé, con más animo si cabe, la búsqueda en el montón que había sacado de la taquilla. La ropa que quedaba era otra blusa del uniforme más, que ahora miraba con bastante más interés, al imaginármela cubriendo el corsé, con su propietaria dentro. Los libros eran novelas en su mayoría, excepto un libro de matemáticas y otro de química de sexto de bachiller. El de matemáticas estaba muy usado, es más extraordinariamente usado, lo que me extrañó un poco y decidí abrirlo. Nueva sorpresa, y palabra que yo ya no podía con más, dentro del libro, en un hueco cuidadosamente realizado en las páginas, había una revista de pequeño formato. Me temí lo peor para mi enervado estado y acerté. Al ponerla hacia la luz me encontré con una boca que se comía un pollón descomunal. ¡La tía tenía escondida una revista guarra!

Imaginé a la tía, con las otras compañeras en el cuarto, vestida sólo con el corsé y las medias, en la litera de arriba, tapada con una escasa sábana y magreándose el chocho mientras miraba la revista. Bastante debía importarle a esta el Corazón de Jesús.

Hasta aquí había llegado el asunto. Tenía que hacer algo, y pronto, o terminaría corriéndome en los pantalones. El silencio en el colegio era absoluto y Antonio seguía como un leño, me desnudé por completo y cuando fui a echarle la mano al nabo se me ocurrió una idea que ese momento encontré genial. Cogí el corsé y, tras algunos esfuerzos, conseguí ponérmelo y abrocharlo, ya que los ganchos de cierre estaban por delante; después cogí las medias e igualmente me las puse y las abroché con los ligueros de delante. En ese momento estaba temblando tanto que casi no podía controlar mis manos. Cogí las braguitas y las olí por el lado de la felpa. No hizo falta nada más, el primer y abundante chorro dio contra el bajo del colchón de la litera de arriba, el resto cayó contra el corsé. Un regalo para su propietaria, que tanto y tan bien me había regalado esa noche.

Sin retirar las braguitas de la nariz, me recosté en la cama y caí en una especie de sopor, mientras sentía la presión del corsé y de las medias por todo mi cuerpo.

De repente, unos golpes muy suaves en la puerta me sacaron del ensueño y puedo afirmar que, figuradamente, me cagué al recordar la vestimenta que llevaba. Volando salté de la cama, y sin hacer ruido me puse encima los pantalones y la camiseta que había tirado en el suelo y metí las cosas que no llevaba puestas en la taquilla. Me acerqué a la puerta y cogí el picaporte. Al rozarlo oí que desde el otro lado de la puerta alguien susurraba que abriera. Reconocí la voz de una de las chicas, así que no me quedó más remedio que abrir, maldiciendo internamente el momento en que se me había ocurrido la genial idea de ponerme el corsé y las medias.

Era Vero que entró inmediatamente cerrando con mucho cuidado tras sí. Seguía preciosa vestida con ese uniforme de ensueño tan cortito, pese a la hora que debía ser ya. Me preguntó cómo seguía Antonio y si es que no podía dormir. A la primera pregunta contesté que bien y como un tronco y a la segunda que no tenía sueño. Estupendo, dijo, nosotras tampoco y hemos sacado un poco de licor, vente a nuestra habitación y tómate un poquito con nosotras.

¡Hostia puta! Si rechazaba la oferta no podría volver a mirarme en un espejo en mi vida y tendría que matarme a pajas pensando en lo que podría haber sucedido. Pero por otra parte, si descubrían mi nuevo modelo de ropa interior, tampoco podría volver a mirarme al espejo de vergüenza. Pensé en decirle que iría en un minuto, pero esa salida era imposible ya que no sabía ni como era el colegio, ni donde estaba su habitación y de noche no podría encontrarla. Mirando a Vero me volvió el calentón, que sólo había bajado mínimamente con la fugaz corrida. Muchas gracias, le contesté, y vámonos que habrá que levantarse temprano. “Alea jacta est”.

Salimos y cerramos la puerta con sumo cuidado para no hacer ruido. La oscuridad era casi absoluta y Vero, que iba delante, me llevaba de la mano para que pudiera seguirla. Aquel inocente contacto había conseguido de nuevo una erección, cuya verticalidad, gracias a Dios, estaba impedida por los pantalones vaqueros ajustados que llevaba. Como castigo me estaban produciendo rozaduras en el capullo por el contacto sin calzoncillos con la cremallera.

No puedo recordar el recorrido que hicimos, pero en cierto momento Vero llamó suavemente a una puerta al ritmo del primer compás de la quinta sinfonía de Beethoven, lo cual me pareció, además de un signo de cultura, un signo de consideración hacia mí, porque las rozaduras del capullo empezaban a ser muy dolorosas. El primer compás se repitió de nuevo, esta vez del otro lado de la puerta. Tanto santo y seña me resultó un poquito preocupante, al ser indicio de que las chicas no las tenían todas consigo dentro del internado. Vero me dijo: la situación está controlada, podemos entrar.

¡Y un huevo estaba la situación controlada! Yo no había estado más descontrolado en mi vida: de intruso en un internado de chicas entrando a una habitación con tres de las internas, que les tenía que doler de buenas que estaban, con un corsé y unas medias debajo de la ropa y con una erección impedida que provocaba un bulto más que evidente bajo el pantalón.

Entramos y Vero cerró la puerta tras ella. Hacía mucho calor, o así lo sentía yo, la habitación estaba suavemente iluminada por varias velas y la ventana cerrada. María y Lola estaban de pié, guapísimas y también vestidas de uniforme.

Por lo que me pareció a primera vista, la habitación era un poco mayor que la otra y con un baño a la entrada. Estaba amueblada con tres camas a la izquierda, pegadas entre sí formando una amplia superficie, dos taquillas a un lado a la derecha, junto a un cuadro o lámina más o menos centrado en la pared, cuyo motivo no pude distinguir por la falta de luz, otro Corazón de Jesús, pensé. El resto del mobiliario eran dos mesitas de noche y una silla.

Después de saludarnos ellas se sentaron de lado sobre las camas, en una posición parecida a como se ponen las chicas en la playa para hablar en grupo. Yo fui a sentarme en la silla, pero insistieron en que me sentara con ellas en las camas para poder hablar más bajo.

Les agradecí de nuevo la atención que habían tenido con nosotros, les dije que habían sido nuestra salvación y que nunca sabría como devolverles el favor. Se miraron entre ellas, rieron y callaron. María cogió una botella que estaba sobre una de las mesitas de noche y tras darle un pequeño sorbo me la pasó. Era de licor de guindas, le di también un pequeño sorbo y se la pasé a Lola que estaba a mi izquierda.

María dijo que no había nada que agradecer, que todos éramos jóvenes y que teníamos que ayudarnos entre nosotros en una sociedad tan represora. El deseo de las tres para ese verano era haber hecho como nosotros: coger una mochila y viajar haciendo autostop. Sin embargo, sus padres no sólo no se lo permitían, sino que dos semanas después de terminar las clases, las habían mandado al internado.

La botella dio una segunda vuelta, yo trataba de mirarles a la cara, pero los ojos viajaban solos de los muslos de una al busto de otra. Por suerte, la posición en la que estaba sentado disimulaba mi erección, pero el dolor comenzaba a ser muy intenso, lo mismo que el calor. Tras lamentar su mala suerte, les pregunté que hacían en el internado para pasar los días. Tenían algunas clases, pero sobre todo horas de estudio. Al atardecer las dejaban salir un rato, volvían al anochecer, cenaban y si querían veían televisión hasta las once y media, hora a la que debían acostarse.

Siempre me había costado mucho mantener conversaciones intrascendentes con las chicas, especialidad que tenía Antonio. En la situación en la que estaba ahora, lo echaba de menos. Por no parecer idiota o creído les pregunté si donde estábamos era el cuarto de las tres. Durante el curso era el cuarto de María y de Lola, Vero dormía en la habitación donde nos habían instalado, pero al estar las tres solas durante el verano, les habían permitido agruparse, sin duda para que gastaran menos.

La presión del corsé y de las medias sobre mi cuerpo y la del nabo contra la cremallera de los pantalones creció en gran medida al pensar si la taquilla que había asaltado sería la de Vero y, por tanto, las prendas íntimas que ahora llevaba puestas, las braguitas que me habían hecho correrme y la revista guarra serían suyas.

¡Por Dios que calor tenía! Estaba sudando como un cerdo por todos los poros de mi cuerpo, pero sobre todo bajo el corsé. El calor pareció no ser sólo mío cuando María dijo que hacía una noche de bochorno, pero que no podían abrir la ventana para no ser oídas por la profesora que dormía en la habitación próxima Mientras hablaba comenzó a desabrocharse la blusa y se la quitó, quedándose con una camiseta blanca de tirantas, tan ajustada que parecía una segunda piel. Se le marcaban unas tetitas, ni grandes ni chicas, sólo como peras perfectas. Vero y Lola imitaron a su compañera. Las camisetas debían formar parte del uniforme, pues eran todas iguales. Lo que no eran iguales eran las tetas, las de Vero eran mayores que las María y erguidas como mástiles, las de Lola no eran grandes, eran enormes, ocupaban toda la camiseta desbordando por encima y por los lados y parecían duras como piedras.

Mis ojos eran incontrolables, e iban de una camiseta a otra simulando el movimiento de los ojos de Marujita Díaz en sus mejores momentos.

Le di otro trago al licor de guindas para humedecer algo la boca, que tenía como el papel secante. Todas mis secreciones debían estar concentradas en el capullo, donde empezaba a notar un nivel de humedad preocupante para mi imagen pública.

Mientras María bebía también otro sorbo de licor, Lola dijo que lo más aburrido del internado eran las noches, que se hacían eternas sobre todo cuando el calor no las dejaba dormir. No sin cierto morbo por mi parte, pregunté que hacían esas noches. María contestó, mientras miraba fijamente a sus amigas, que algunas veces se contaban historias, otras oían la radio y otras hacían concursos. Yo, en broma, añadí que otras hacían de buenas samaritanas recogiendo a jóvenes perdidos en las verbenas. La broma pareció ponerlas momentáneamente nerviosas y se cruzaron miradas furtivas.

María volvió a insistir en el calor que hacía. Se volvió hacia la mesilla de noche y cogió una jarra de agua que estaba sobre ella. Lentamente, mientras los demás la mirábamos, se recogió el pelo con una mano y con la otra levantó la jarra y la inclinó para que cayera un poco de agua sobre su nuca. ¿Señor, por qué sometes a estas pruebas a un siervo tuyo? Nada de lo que yo hubiera visto o imaginado hasta ese momento de mi vida (incluyendo a la Enmanuelle Negra) había sido ni más bello ni más erótico. Cuando muchas veces lo he pensado después, por muy lentamente que María hiciera el movimiento, no podía ser tanto como para que yo viera caer, una a una, las gotas de agua desde la jarra hasta el suave vello pelirrojo que cubría su nuca y deslizarse por él. Creo que en ese momento mis ojos, mis nervios y mi cerebro funcionaron al mil por ciento de su capacidad, diseccionando la escena como a cámara lenta.

La belleza no siempre va unida a la precisión, o las bocas de las jarras no están diseñadas para el fin que le dio María. Lo cierto es que el agua, además de resbalar por la nuca, resbaló por sus hombros y de éstos al pecho. El agua empapó la camiseta transformándola de blanca a rosada y de opaca a traslúcida, emergiendo con toda claridad dos preciosas tetas con sus correspondientes pezones y areolas. Los pezones se pusieron duros en cuestión de segundos, creando dos puntos que nos embobaron. Intenté tragar saliva, pero no tenía, así que bebí otro sorbo de la botella de licor, que en ese momento tenía en mis manos de nuevo.

Vero y Lola rieron nerviosamente y en ese instante María pareció darse cuenta de lo sucedido e inclinó el cuerpo hacia delante para separar la segunda piel de la primera. Con la excusa de beber pude separar mis ojos de la visión. María pareció enfadarse con sus amigas y con la jarra en la mano en posición de amenaza, se incorporó y se acercó a ellas. Cuando parecía que iba a verter sobre ellas la jarra, se paró en seco y dijo muy quedamente: queréis concurso por las buenas o por las malas. Por las buenas, respondieron las dos al unísono. María se volvió hacia mí con el brazo libre tapándose las tetas y dijo: ahora puedes devolvernos el favor que te hemos hecho, queremos que seas el juez único de nuestro concurso de camisetas mojadas.

Cuando logre entender lo que decía, se me descolgó la mandíbula de abajo hasta casi rozar con la punta del capullo, que a su vez había recibido un fuerte impulso en sentido ascendente. ¡Y yo con corsé y medias que podían ser de Vero! El esfuerzo realizado por mi cerebro y nervios durante la escena de la jarra habían acabado con mis reflejos. A duras penas conseguí entender que las noches que hacían concursos, al no tener a nadie que hiciera de jurado, sólo podían hacerlo sobre cuestiones mensurables, ya que en caso contrario se peleaban, permaneciendo enfadadas durante días. Como yo no parecía entender, María aclaró que comparaban cosas como las medidas de las caderas, la cintura o el contorno del pecho. Hasta ahí todo más o menos normal para unas chicas adolescentes, pero como el aburrimiento en las noches de calor debía ser mucho, también comparaban medidas como el diámetro de las areolas, el calibre y longitud de los pezones, la longitud de la raja del culo con las nalgas apretadas, la longitud del chocho, … Creo que mi memoria y mi imaginación me juegan en esto una mala pasada y le añado mediciones que María no describió.

Mientras yo trataba de reaccionar, y sobre todo de no correrme pensando en negros con pollas enormes que me enculaban, locas con cuchillos de cocina que me castraban y otras cosas por el estilo, ellas empezaron a organizar la logística del concurso. Yo debía ponerme mirando hacia las taquillas y mantener los ojos cerrados hasta que ellas avisaran. Así lo hice. Para que otras partes de sus cuerpos no distrajeran mi atención y no pudiera saber quien era cada una de ellas (inocentes criaturas, como si yo no tuviera la forma de sus tetas grabadas a fuego en mi cabeza), María se cambiaría la camiseta por otra seca, y Vero y Lola, montarían con sábanas un escenario.

En el minuto escaso que duró la preparación yo estaba simplemente fuera de mí, por más negros, con pollas más grandes que me imaginara. La situación para la segunda corrida de la noche era tan alarmante, que por fin mi cerebro reaccionó y les indiqué que, como juez único, debería ser yo quien pusiera la cantidad de agua que creyera adecuada en las camisetas y poder hacerlo las veces que considerara necesarias para emitir un juicio cierto. Esto, además de resultarme un verdadero placer, me permitiría echarme agua en la entrepierna, para disimular en caso de que me corriera.

Cuando me indicaron que podía abrir los ojos, observé que las chicas habían colocado más velas y abierto las puertas de las taquillas, sobre ellas habían colgado una sabana que les tapaba la cara y algo de los hombros y con una mano agarraban otra sábana por encima de las caderas. Aprovechando su ceguera, bebí agua de la jarra para poder despegar la lengua del paladar, y me bajé el nabo todo lo que pude, metiéndolo entre el muslo y una pernera. Las chicas hicieron un leve movimiento, que parecía indicar impaciencia. Me levanté y me acerqué hacia ellas con la jarra en la mano, procurando que no me oyeran, intento inútil pues la calentura me hacía jadear como un perro a la vista de la comida.

María, con sus tetitas como peras, se encontraba a la izquierda, Lola, con sus cántaros, en el centro y Vero, con sus pitones, a la derecha. Realmente, incluso bajo las camisetas, no sabía que tetas me gustaban más, así que decidí aplicarme a la tarea que se me pedía.

Comencé por Vero, dejando caer un chorro de agua sobre la parte baja de su cuello, esta resbaló lentamente hasta empapar la camiseta. Vero se estremeció suavemente a la vez que aparecían dos tetas grandes y puntiagudas rematadas en sendos pezones, que parecían mirar al cielo, rodeados por unas pequeñas areolas.

Salté a María, aun cuando ya había disfrutado de verla con la camiseta mojada, la sensación volvió a ser estremecedora. Al contacto con el agua emitió un leve gemido. Tenía todavía los pezones grandes y duros y sus tetitas, aun cuando más pequeñas que las de Vero, me seguían pareciendo perfectas.

Por fin le tocaba a Lola. Antes de volcar la jarra me detuve a contemplar el espectáculo que ofrecían sus tetas a duras penas contenidas por la muy ajustada camiseta. Su volumen era tal que el escote de la camiseta las presionaba por el centro y obligaba a desbordar por encima, formando una canal como el Gran Cañón del Colorado. Por los laterales se podían admirar sus tetas casi completas. Volqué la jarra por el centro del Gran Cañón y la visión me dejó consternado. No sólo el volumen de sus tetas era enorme, además tenía unas areolas del tamaño de un posavasos, casi sin pezones. Lola se revolvió más que sus compañeras al contacto con el agua, yo diría que la humedad casi le produjo un pequeño orgasmo.

Me senté en la cama y simplemente contemplé aquellas tetas bajo las camisetas, convencido que había muerto y resucitado. Las chicas se movían levemente y reían de manera nerviosa. Bajé del cielo de golpe cuando me acordé del puñetero corsé y de las medias. Era el momento, mientras ellas tenían la cara tapada por la sábana yo podría quitarme las prendas y esconderlas, si actuaba con rapidez. La operación era complicada, pero posible. Empezaría por soltar las medias del corsé y sacarlas por debajo de los pantalones, luego desabrocharía el corsé y lo sacaría por debajo de la camiseta, para terminar escondiendo todo bajo el colchón. La liberación me permitiría un contacto distinto con las chicas, que hasta el momento venía evitando.

Tras una larga mirada a las camisetas y su contenido pensé: al tajo. Me abrí la bragueta y traté de meter la mano hasta la muñeca en busca de las presillas. Debido a la erección que tenía y a la posición de la polla, la operación era complicada y a veces dolorosa. Corté por lo sano y me saqué la polla para poder actuar por debajo de ella. La agarré primero con la mano derecha, la separé del cuerpo y deslicé la izquierda por debajo de los pantalones hasta alcanzar la presilla del corsé y soltarla. Las chicas cada vez se daban más empujoncitos con los codos y reían con mayor nerviosismo. Cambié de posición para atacar la otra pierna, así que la agarré con la mano izquierda y metí la derecha por los pantalones para alcanzar la presilla, lo conseguí y la solté.

Juro por lo más sagrado que no estaba meneándomela, incluso que era de los pocos instantes de esa noche en que ni lo estaba pensando, pero comprendo que para un observador eso era lo que estaba haciendo exactamente y además a dos manos. María alzando la voz, aun cuando no demasiado, formuló una pregunta para ella retórica: ¿pero que estás haciendo tío guarro? Solté la polla como si fuera una bicha y logré sacar la mano del pantalón, antes de que tuviera a las tres encima sujetándome los brazos y las piernas. Mis negaciones y alegatos de inocencia lógicamente no sirvieron para nada y consideré que era mejor callarme, quedarme quieto y esperar por donde salía la situación.

María parecía realmente enfadada, cogió la camiseta que llevaba puesta antes del concurso y mientras Vero y Lola me sujetaban me ató fuertemente las manos por la espalda. Me puse rojo como hacía tiempo que no me ponía. Una situación que podría haber sido la mejor de mi vida, empeoraba por momentos: ahora, además de seguir llevando el corsé, tenía la polla fuera, estaba atado y para colmo se me caían las medias.

María, como siempre, fue quien tomó la palabra: eres un guarro y un salido. ¿Creías que no te veíamos a través de la sábana? ¿Que querías correrte rápido mirando nuestras tetas bajo las camisetas mojadas? Pues no va a ser así, te va a costar mucho más trabajo amiguito.

Volví a no entender nada de lo que me decía María. ¿Qué quería decir con que me iba a costar mucho más trabajo? ¿Qué pensaban hacer? María, comprendiendo que yo no estaba casi para nada, me dijo muy despacio: vas a sentarte quietecito y vas a nombrar, en serio, a una ganadora de este concurso. Luego ya veremos. ¿De acuerdo? Asentí con la cabeza y muy bajito dije que de acuerdo. María, se acercó a mí, me dijo que cerrara los ojos, hasta que ellas volvieran al improvisado escenario y me dio un piquito en los labios dando por terminado el asalto.

A los pocos segundos Vero dijo que ya podía abrir los ojos y seguir evaluando, hasta nombrar a la ganadora. Con el asalto y el calor las camisetas estaban prácticamente secas y así se lo hice saber, ofreciéndome a volver a mojarlas. Ellas ya se habían percatado, habían cogido la jarra y me contestaron que se despacharían cada una a su gusto y que yo me quedase sentado y observando.

En la situación en la que estaba, lo mejor que podía hacer era seguir sus instrucciones, así que me concentré en disfrutar de la vista y en dar un veredicto justo. Cogió la jarra Lola, que seguía en el centro, y comenzó a verter agua muy despacio sobre el pecho de Vero hasta empapar la camiseta, seguidamente hizo lo mismo con María y finalmente con ella misma. Cada vez que el agua caía sobre una de ellas lanzaban un breve y suave gemido que yo percibía como un calambrazo. Cuando Lola terminó, depositó la jarra sobre el suelo y volvió a sujetar la sábana con las manos.

Por extraño que parezca, la situación empezaba a gustarme y mucho. Estaba a merced de tres tías buenísimas, viendo tetas veladas, con las manos inmovilizadas, la polla fuera de los pantalones y posiblemente con la ropa interior guarrona de una ellas puesta. La erección estaba volviendo tras el asalto de que había sido objeto.

Traté de concentrarme en cuales debían ser los méritos de las tetas para ganar el concurso y recordé las veces que había visto en algún taller mecánico los calendarios de tías con camisetas mojadas. El denominador común de todos ellos era el tamaño de las tetas, de las areolas y de los pezones. Según este criterio la ganadora debía ser Lola que, salvo en el tamaño de los pezones, más que duplicaba a sus amigas. Sin embargo, este no era un concurso de medidas, como los que al parecer hacían ellas, sino de sensaciones. Volví a observar con este criterio y las tres me produjeron una intensa sensación, hasta el punto que no podía decidir cual me producía la más fuerte.

Durante los minutos que dediqué a la observación las chicas se contoneaban suavemente tras la sábana. Fijé la vista un poco más abajo de las camisetas y me pareció percibir unos leves movimientos en la sábana a la altura del chocho de Lola. ¡Vero y María le estaban haciendo una paja mientras las miraba! María sostenía la sábana con su mano derecha y extendía el brazo izquierdo hacia la entrepierna de Lola, Vero, por el contrario, la sostenía con la mano izquierda y alargaba el brazo derecho hacia la concurrida entrepierna y Lola sostenía la sábana con las dos manos para no estorbar los movimientos de sus compañeras.

¡Joder, estas tías eran unas calentorras de cuidado! ¿Cómo querían que aguantara sin correrme? Me permití un minuto más de contemplación de la escena y decidí premiar a Lola, tanto porque se lo merecía, como para que tuviera una nochecita completa. Así se lo hice saber, nominando a la del centro para seguirles la corriente, no sin cierto miedo a las represalias de que pudiera ser objeto por parte de las otras dos. Las tres dieron un paso al frente y pude contemplar de nuevo sus rostros. María me preguntó si estaba seguro. Yo empecé a murmurar que realmente las tres merecían el premio, pero que me habían pedido una ganadora. Vero sugirió que explicara el veredicto, pero María se opuso esgrimiendo que el jurado era libre para tomar su decisión.

Tras mirarse entre ellas, dejaron caer la sábana de abajo. La faldita de Lola estaba algo revuelta y subida, dejando ver parte de sus blancos muslos por encima de las medias negras, y su cara roja y tensa confirmando todo ello mis suposiciones. Vero y María abrazaron por separado y conjuntamente a Lola y la felicitaron por ser la ganadora del concurso. Durante los efusivos abrazos pude deleitarme del contacto entre sus tetas, comprobando como tras cada abrazo los pezones se les ponían cada vez más grandes y duros. Cuando terminaron las felicitaciones se volvieron hacía mí y percibí como sus ojos no podían dejar de mirar el pollón que tenía fuera de la bragueta, tal y como estaba cuando ellas me ataron.

María volvió a adelantarse hacia mí diciendo: ¿ya estás otra vez con lo mismo?, ¿crees que ya te vas a poder a correr? Ella misma se contestó indicando con la cabeza que no. No todos los días podemos tener jurado -continuó- así que vas a tener que esperar a que terminen las competiciones y a que las ganadoras disfruten con sus premios. Dicho esto, las tres juntaron sus cabezas y mantuvieron un breve conciliábulo. Coño, aquellas chicas eran una caja de sorpresas y yo, cada vez tenía más cara de panoli y sobre todo un dolor más fuerte en los huevos y en el nabo debido a la calentura insatisfecha y  a unas ganas de mear cada vez mayores.

Cuando se separaron, María, confirmada como líder de las chicas, volvió a acercarse para decirme en que consistiría el siguiente concurso. Yo a estas alturas de la noche ya me suponía que no iba a ser de poesía. La siguiente cuestión que tendría que dilucidar era cual de ellas tenía el mejor culo y las piernas más bonitas. La dinámica sería similar a la de la competición anterior: yo cerraría los ojos, ellas se prepararían, formarían el escenario,…etc.

Miré a los ojos a María con cara compungida y en voz muy baja le dije que tenía que hablarle. Ella contestó que lo que tuviera que decirle lo debían oír sus amigas, si no pensarían que estábamos amañando el resultado del concurso. ¡Joder con el concurso! No tenía más remedio que hablar, así que me deshice de la vergüenza y les dije que estaba en un estado de excitación tan grande, que me correría seguro al verlas como me habían anunciado y que además me estaba orinando, pero que así como estaba no podría hacerlo. La cuestión le hizo mucha gracia a Vero y a María, Lola se quedó bastante seria. Cabronas, menos gracia les haría si estuvieran como yo. Lola miró a María y le dijo que tenían que hablar, volvieron a juntar sus cabecitas y al cabo de pocos segundos, María le dijo a Lola dando por concluida la conversación, que se no se preocupara, que tendría su premio.

Tras ello María se dirigió a las taquillas, agarró la jarra de agua que había quedado en el suelo y sin pensarlo dos veces vertió parte su contenido sobre mí entrepierna, diciendo: con esto te refrescarás un poquito el calentón y podrás aguantar hasta que hayamos concluido, además, si te meas encima no se notará. ¿Coño, cómo se podía estar tan buena y ser tan mala? El agua hizo un doble efecto: me bajó un poco la erección, pero me aumentó las ganas de mear.

Cerré los ojos nuevamente antes de que volvieran a castigarme y comencé a pensar en cosas secas, el desierto, mi boca o los polvorones de Estepa, a fin de disminuir las ganas de mear. Cuando me dijeron que podía abrir los ojos, no quise mirar directamente hacia ellas, sino que dirigí la vista hacia la derecha, para después poder ir asumiendo la visión poco a poco. Me encontré con el cuadro, que ahora si podía distinguir al haber más velas encendidas, era el “Desayuno en la hierba” de Manet. ¡Coño, que cosa más rara ese cuadro para una habitación de internado de chicas! Pero me extrañó aun más que el cuadro parecía retocado en los ojos de la mujer desnuda del primer plano que mira hacia el observador. Parecían salirse del plano y con una extraña viveza. Supuse que, con lo narcisistas que eran las niñas, lo habrían hecho para reforzar la sensación de sentirse observadas.

En el tiempo que estuve mirando el cuadro no disminuyeron mis ganas de mear, pero si aumentó otra vez la erección hasta ponerme como antes de la miniducha. Lentamente fui girando la cabeza, temiéndome lo peor para el estado en que me encontraba. En efecto, habían mantenido la sábana colgada de las puertas de las taquillas, bajándola hasta media espalda. Lola era claramente identificable a la derecha, tanto por sus formas, como por la medias negras que conservaba. Sin embargo, de las otras dos no podía identificar cual era Vero y cual María, lo que aumentaba el morbo. A ninguna de las tres se le notaba ni rastro de la camiseta. O se las habían quitado o se las habían subido. Preferí creer lo primero.

La imagen de Lola me subyugó. Se había puesto unos zapatos con mucho tacón que le hacían las piernas más largas y le subían el culo, mantenía las medias, que se sujetaban con un tipo de liguero que no pude distinguir al principio y llevaba unas bragas negras de malla que le tapaban la mitad superior de las nalgas. Los muslos y las nalgas eran de un precioso tono claro. Los muslos eran fuertes, incluso gruesos, pero no gordos. El culo era grande, hermosamente grande, y parecía duro como una roca. La forma de las bragas destacaba unas nalgas poderosas y prominentes, donde se perdía la parte estrecha de las bragas. Muchos méritos tendrían que enseñar María y Vero para superarla.

La chica del centro, iba descalza, sin medias y con unas braguitas que se reducían a tres cintas que formaban una Y griega, en cuyo centro brillaba una argollita que parecía metálica. Incluso descalza, las nalgas se apretaban una contra la otra en una raja recta y formando dos bolas en la unión con la espalda, aun más marcadas por las cintas de las bragas. Las piernas eran perfectas, más morenas que las nalgas, único defecto que alguien, no yo, podría poner al conjunto.

Por último, la otra chica llevaba también unos zapatos de tacón muy alto y no llevaba ni medias ¡ni bragas! Esta chica quería ganar como fuese y sabía como darme por el lado del gusto. El color de la piel era tostado claro, sin diferencias ni interrupciones a lo largo de todo el cuerpo. Las piernas eran realmente preciosas: pantorrillas fuertes y moldeadas, con los gemelos apretados por los tacones, y muslos de anchura creciente desde las rodillas hasta las nalgas. Sin embargo, el culo, siendo muy bello no llegaba a serlo tanto como el de la amiga que tenía al lado, ni tan cautivador como el de Lola. Había apostado muy fuerte al no ponerse bragas que podrían haber mejorado su figura. Estuve mirando un buen rato intentando ver algo más que el culete, pero lo prietas que tenía las nalgas imposibilitaban mi intento.

Yo estaba a punto de la catástrofe, por lo que retiré la mirada de las chicas y traté de pensar fríamente, bueno de pensar a secas. Tras conocer un poco como funcionaban las chicas, hasta que María no ganase un concurso no me dejarían orinar, antes o después de correrme, y de verdad que lo necesitaba. Sólo tenía que averiguar cual era María y cual Vero.   En mi opinión, Vero estaba en el centro y María a la izquierda. Volví a mirar para tratar de confirmar mi opinión. La chica del centro no llevaba tacones y su culo estaba casi a la misma altura del de la chica de la izquierda, como Vero era la más alta, la del centro debía ser Vero y la otra María.

Cuando ya iba a declarar ganadora a la que creía María, me entró un ataque purista y pensé que no podía defraudar mi papel de juez único, por muchas ganas de mear que tuviese. Si atendía a los méritos presentados, sin duda era Vero la que tenía mejores piernas y mejor culo, pero lo que aportaba Lola era impresionante, hasta insultar. Pese al dolor que me producían la erección y las ganas de orinar, volví a mirar a las posibles ganadoras por méritos. La belleza de las piernas, el culo y la parte de espalda que veía de la que yo suponía Vero era excepcional, perfecta, demasiado perfecta. Sin embargo, las formas de Lola, siendo bellas, no llegaban a la perfección, pero con sólo mirarla mi erección crecía y crecía. La parte de las piernas que velaban las medias no tenían nada que envidiar a ninguna, fuertes y torneadas, pero lo mejor estaba más arriba, al terminar las medias. La parte alta del muslo se desbordaba ligeramente al unirse a los imponentes cachetes del culo que, o tenía apretados todo el tiempo o eran así de duros de natural, a mi lo mismo me daba.

Sin poder mentir, y temiendo las consecuencias, volví a declarar ganadora a Lola diciendo que en mi parecer las más completa era la de la derecha. En un primer momento sólo ella celebró su triunfo levantando tímidamente los brazos y dando un saltito, pero inmediatamente después, sus compañeras volvieron a unirse a ella en un abrazo tras la sábana, sin que por el momento hubiera reclamaciones. Todavía fundidas en el abrazo, oí que Lola decía que ella era la ganadora de la noche y que ya le correspondía disfrutar de su premio. Las otras dos asintieron con un vale a regañadientes.

Se separaron, tiraron la sábana al suelo y aquello fue el paraíso y el infierno simultáneamente. Como yo suponía Lola y Vero estaban desnudas de cintura para arriba y María totalmente, excepción hecha de los tacones. No pude evitar fijar primero la vista en la concha de María. Tenía un pelucón espeso de pelo rizado color castaño que formaba un triángulo casi equilátero, con un suave bigotito de vello rubio que le llegaba hasta el ombligo. Cuando comprendí que si seguía mirando así el chocho de María me iba a llevar un castigo seguro, deje correr la vista y comprobé que las camisetas mojadas no habían mentido y las tetas de las tres eran tal y como las había podido intuir. Las tres tenían los pezones como astas de toro y las areolas apretadas, o tenían frío, lo que era imposible, o estaban más calientes que el pico de una plancha, lo que a me hacía presagiar para mi agrado y terror que lo serio empezaba ahora.

Lola y Vero volvieron a fijarse sin el menor recato en mi erección, que seguía en un excelente estado de salud, mientras el felpudo, que diga María, separando los ojos a duras penas del palo mayor, se acercó y me dijo que habían declarado ganadora a Lola con base en mis criterios y que a partir de ahora ella sería la que mandaría sobre los otros tres. Separé la vista de las tetas de María, que por cierto no estaban sujetas a la ley de la gravedad ni cuando se agachó para hablarme, y miré a Lola, que ya era el centro del resto de miradas, con carita de cordero degollado, intentando con ello influir en sus órdenes para que la primera fuese dejarme mear.

Lola dio un salto de alegría cuando se supo públicamente confirmada como ganadora, produciendo un vaivén en sus tetas que yo seguí con una reacción en la  cabeza como si estuviera viendo un partido tenis pero en sentido vertical. Sus primeras palabras fueron de agradecimiento al jurado y a sus compañeras por declararla ganadora. La chica estaba perdiendo la cabeza y se creía en el concurso de Miss Universo, sólo le faltaba dedicar el triunfo a sus padres y desear la paz mundial. Pero en vez de desear la paz mundial, lo que deseaba era mi polla, ya que como si fuera el cetro de la vencedora la cogió con la palma de la mano y apretó. Yo di un respingo que a poco me caigo de la cama y eso que era grande. Sin soltar la prenda y mirándola dijo finalmente que quería compartir el premio con sus compañeras, aunque ella se reservaría la mejor parte.

Volví a mirarla con cara suplicante y casi sin poder articular palabra le dije que me producía mucha alegría y satisfacción que me eligiera como premio, yo estaba dispuesto a seguirle el rollo Miss Universo, pero que seguía con la misma necesidad de antes y que si conocían algo de la fisiología masculina sabrían que mi situación resultaba muy dolorosa. María felpudo contestó que en efecto lo sabían, pero que también sabían que como estaba tardaría más en correrme y que eso les daría más “gustito” a ellas y a mí. ¡Joder, el felpudo era la madrastra de Blancanieves, pero con más experiencia! Durante la breve conversación Lola, ansiosa al parecer de disfrutar de su premio, no había soltado en ningún momento el bastón de mando, lo había movido su poquito y había metido la otra mano por la bragueta con la sana intención de que los huevos hicieran compañía al chorizo. Afortunadamente, las medias las tenía ya a la altura de las rodillas y no se percató de mi curiosa ropa interior.

Mientras Vero y María se sentaban en la cama, Lola se puso entre mis piernas y comenzó a agacharse, como para darle una chupadita al plato combinado. ¡Dios mío la ilusión de mi vida y yo en estas condiciones! A medio camino se detuvo, acercó el muslo a mi entrepierna a la altura de las ligas y apretó. Sentí un fuerte dolor, que se vino a sumar al que ya tenía. ¡Coño aquella tía pinchaba! Me quejé y Vero me espetó que no fuera una nenaza, que Lola los llevaba todo el día y no protestaba. ¿Pero qué? Pregunté. Lola desplegó la vuelta de la media y me enseñó un cilicio fuertemente apretado que le servía de liguero. Explicó que al principio se los ponía para con el dolor calmar su ardiente carácter, pero que después el dolor le había gustado y ahora la ponían más cachonda todavía. ¡Estas tías eran unas pervertidas! Esa certidumbre me tranquilizó sobre la ropa interior, si me descubrieran pensarían que era normal e incluso pacato que un tío fuera con corsé y medias. Volvió a plegar la parte alta de la media y siguió rozándome con fuerza, mientras que con las manos me sobaba el nabo, lo que pese al miedo, a las ganas de mear y al dolor que me causaba el roce del cilicio me producía un gusto que me iba a llevar a lo peor que podía sucederme en aquel momento.

Me equivoqué de nuevo. En ese momento sonaron unos golpes en la puerta de la habitación. En un primer momento creí que sería Antonio que se había recuperado algo de la borrachera y me había buscado sin saber donde se encontraba ni en que circunstancias. Desgraciadamente no debía ser él, porque las chicas exclamaron ¡mierda! al unísono y cada una se tapó con lo que pudo, mientras se repetían los golpes en la puerta y finalmente se abría. En menos de un segundo se me quitaron las ganas de mear y la erección: tenía que ser la profesora. ¡Eso era lo peor que podía sucederme!

En efecto, entró una mujer con un albornoz y al observar la situación les preguntó a las chicas qué estaba pasando. María, tenía que ser ella, cubierta ahora con una camiseta larga comenzó a llorar y a decir que estaban durmiendo profundamente cuando a ella la despertó un ruido y entonces pudo ver como había un hombre, yo al parecer, a los pies de la cama haciendo cosas muy feas con su rabito. Fue entonces cuando gritó horrorizada para despertar a sus compañeras y que protegieran su virtud. Sin duda, los gritos de ellas la habían despertado y hecho venir. Despiertas las tres, y a la voz de marrano, se habían abalanzado sobre el hombre, yo de nuevo, y habían logrado reducirlo y atarlo. Lola, igualmente llorando, sentenció que no habían querido taparme debido al asco que esas cosas les producían ¡Las tías eran el demonio disfrazado! Vale que se buscaran alguna excusa, pero no que me pusieran a mí de asaltante, marrano, exhibicionista, pajillero y quien sabe si violador de niñas, por el camino que llevaban las cosas todo se andaría.

La profesora se abrazó a ellas llorando igualmente y dando gracias a la Virgen por la fortaleza y el coraje que les había dado en defensa de su virtud. Terminado el abrazo la profesora cogió una de las camisetas de las chicas que habían quedado en el suelo y me la lanzó a la entrepierna con la orden de que me tapase mis vergüenzas. Después se dirigió de nuevo a las chicas y les dijo que iba a encerarme en otra habitación mientras venía la Guardia Civil y que ellas procurasen coger otra vez el sueño y olvidar una experiencia tan horrible.

Esta vez si que estaba bien jodido. Me era imposible hablar o pensar, mi cabeza estaba llena con dos palabras: ¡GUARDIA CIVIL!

La profesora se acercó a mí y cogiéndome por el hombro me obligó a levantarme, cayendo la toalla al suelo, lo que produjo un grito de espanto de las tres chicas. ¡Falsas, cínicas, guarras, cuando antes no le quitaban la vista de encima! Tápate asqueroso, me espetó la profesora sin recordar que estaba atado. No pude ni contestar ni hacer ningún gesto, por lo que ella cogió la camiseta del suelo y me la colgó de los pantalones a modo de hoja de parra. Tras ello me empujó hacia la puerta, volvió la cara hacia las chicas y les lanzó un casto beso maternal. Al salir volví la cabeza para mirar a mis verdugos por última vez y pude comprobar que parecían tres angelitos que en su vida habían roto un plato. Tras cerrar la puerta Antonia, así la habían llamado las chicas, me volvió a empujar para que caminara hacia la derecha. Todo el trayecto ella fue detrás de mí, empujándome y llamándome cerdo, marrano, depravado y otras lindezas.

Cuando llegamos a mi improvisado calabozo abrió la puerta, volvió a empujarme para que entrase, encendió la luz, salió y cerró la puerta tras sí diciendo que iba a llamar a la Guardia Civil.

Con el último empujón se me cayó la hoja de parra, me senté y me puse a llorar. Conforme trataba de dejar de llorar, comencé a tratar  de pensar, ya se sabe que los hombres no podemos hacer dos cosas a la misma vez. Mi situación era desesperada, el cuento de las chicas era demoledor e irrefutable, más cuando la Guardia Civil descubriera que, además de ir con la polla y los huevos fuera del pantalón, debajo de la ropa llevaba medias y un corsé con una corrida encima. No tenía conocimientos de derecho penal, pero estaba seguro de que los diez años no me los quitaba ni el Rey y, además, acababan de conceder la amnistía general que hubiera sido mi única posibilidad.

De repente recordé a Antonio. A él no le caería gran cosa, todo lo más un susto y un par de hostias. Lo mejor sería que no dijera nada de nada a la Guardia Civil hasta el día siguiente, con un poco de suerte se marcharía e igual escapaba sin nada.

De vez en cuando se me venían las chicas a la cabeza y no podía recordar su belleza, sólo las veía como horribles demonios que debían estar riéndose a mi costa las muy cabronas. En aquel momento no sólo no me importaba no volver a ver tías en los años que tuviera que pasar en la cárcel, sino que me prometí hacerme Cartujo o misántropo a la salida, para no tener que verlas más.

Pensé que mi única posibilidad era escapar y ser un prófugo de por vida, pues la cartera con mi documento se había quedado en la habitación con Antonio. Moví las manos para intentar soltarme, pero las cabronas sabían como atar a alguien. No me extrañó dado que debían tener práctica en hacerlo. ¡Cacho viciosas!

Al poco comencé a notar de nuevo las ganas de orinar. A los minutos las ganas eran insoportables. Me levanté por si encontraba un servicio a la entrada de la habitación, sólo faltaba que la Guardia Civil me encontrase meado. No había dado dos pasos cuando se abrió la puerta y entró Antonia. Anunció que ya había llamado a la Guardia Civil y que no tardaría en llegar, así que no intentase nada contra ella o contra las chicas. Cuando terminó de hablar, me miró y vio que el taparrabos se había caído. Simplemente dijo: asqueroso.

La miré con los ojos rojos de haber llorado y le dije que las cosas no habían sido como las chicas contaban, pero tampoco quise insistir en la cuestión, pues la verdad sólo serviría para echarme más mierda encima por difamador de las niñas virtuosas a las que había tratado de escandalizar o violar. No podía aguantar más las ganas de mear y por cuarta o quinta vez en aquella puta noche, tuve que implorar al género femenino que me dejara orinar. Esta vez con menos esperanza todavía que las anteriores. Leí en su cara la repugnancia que le daba y volvió a llamarme asqueroso. Le supliqué y le juré que, además de no ser un asqueroso, no podía aguantar más. Me miró atentamente y se volvió hacia la puerta. Me tendría que mear encima. Sin embargo, cuando ya tenía el pomo de la puerta en la mano se volvió y me dijo que volviera a jurarle, esta vez por mi madre, que era una necesidad. No la dejé terminar y se lo juré por mi madre, mi padre y toda mi familia. Después de pensarlo asintió pero dijo que no podía soltarme las manos. Daba igual, no es lo mismo unas gotitas en el pantalón que una litrona. Finalmente abrió la puerta del baño que había a la entrada de la habitación, encendió la luz y con un gesto me indicó que pasara. ¡Por fin!

Una vez los dos dentro del servicio, cuando yo esperaba que saliera, dijo que tenía que asegurarse que lo hiciera en el bidé, ya que la Guardia Civil querría las muestras para conocer que drogas y en que cantidad había tomado para convertirme de parecer un buen chico a ser un depravado. Me situó en el bidé mirando hacia la pared y salió dejando la puerta abierta. Me senté tratando de recoger los pantalones hacia atrás. Se trataba de un baño antiguo de esos en los que algunos aparatos se situaban despegados de las paredes. Frente al bidé, que se encontraba en un rincón achaflanado, había un espejo en el que, además de verme a mí mismo por fin meando, pude ver a Antonia que se encontraba en el pasillo mirando hacia la puerta de la habitación. Se trataba de una mujer guapa de unos treinta y tantos años, morena, con el pelo castaño, largo y rizado, alta y al parecer con buena figura por lo que dejaba intuir el albornoz que llevaba puesto. Se movía con cierto nerviosismo, lo que no era extraño con la situación que estábamos viviendo. Durante el tiempo que estuve en la tarea no pude evitar lanzar alguna exclamación de placer al disminuirse el dolor que soportaba. Finalmente me levanté intentando, sin conseguir, que los huevos con chorizo volvieran al interior del pantalón.

Salí, le di sinceramente las gracias y le pedí si podía taparme con algo, ya que yo no podía por estar atado. Me contestó que lo tenía que haber pensado antes y me sentó en una silla no sin antes echarle una buena mirada a la entrepierna, ocasión que aproveché para examinarla de cerca a ella, calificándola con un notable alto. Que poco duran algunas convicciones en los hombres.

Me preguntó de donde era, mi edad, a qué me dedicaba y qué hacía en Campillo. Yo le contesté a sus preguntas de la mejor posible y cargando la mano en que era un buen chico con las tonterías de la edad tan difícil en que estaba y en que las cosas no eran como parecían por lo que habían dicho las chicas. Durante las preguntas y respuestas, que duraron algunos minutos, ella me miró varias veces la entrepierna y yo la miré como a la amiga buenorra de mi madre, con cierto deseo, pero sabiendo que estaba en otro plano y que no podía ni intentarlo.

Escuché ruidos fuera y se abrió la puerta de la habitación entrando un número femenino de la Guardia Civil. Lo que faltaba pensé, esta viene a comprobar si las he violado y esas son capaces de jurarlo en cuanto se descubra que tienen más perdida la virginidad que España a Cuba.

La guardia me miró de arriba abajo tomándose su tiempo en las que eran mis partes íntimas y que ahora debía llamar mis partes públicas. Yo no me atreví ni a levantar la vista. Se separaron de mí y cuchichearon entre ellas un buen rato, entraron y salieron del baño, con alguna risa. Seguramente, Antonia debía estarle contando a la número lo sucedido.

Mientras las dos conversaban intenté disminuir mi agobio observando la habitación. Su tamaño y distribución era más o menos igual que la de las chicas, solo que simétrica. Estaba amueblada con una cama y un armario con la puerta central de espejo a la derecha y una mesa, dos sillas y una butaca a la izquierda. Completaban el mobiliario un espejo en la puerta de entrada y una lámina del cuadro de las “Tres Gracias” de Rubens al lado de la mesa de trabajo.

Tras la conversación, la guardia se acercó y me ordenó levantarme, indicó que iba a quitarme las ataduras para que me desnudara, y que no se ocurriera hacer ningún movimiento extraño, pues no tendría empacho en pegarle dos tiros a un pervertidor de menores. ¡Lo que faltaba, pervertir yo a esas bichas, yo que todavía estaba sin catar mujer!

Había llegado la hora de lucir ropa interior, si esto se sabía en la cárcel iba a ser el tío más popular después de los componentes de los Chichos. Decidí que era mejor empezar por lo fuerte, así que me quité la camiseta dejando a la vista el corsé rojo con los encajes negros. La guardia me llamó también pervertido y asqueroso, al parecer estaban de moda estos epítetos en Campillo. Cuando iba a quitarme el corsé la guardia dijo que no lo hiciera, que era una prueba de cargo. Desabroché los pantalones, la bragueta no hizo falta, y traté de bajarlos con las medias, pero Antonia se dio cuenta de algo y se lo hizo saber a la número, que me ordenó detenerme y quitarme sólo los pantalones. Al hacerlo aparecieron las medias a la altura de la rodilla. Antonia soltó una risita, pero la número volvió a repetir que era un pervertido y un asqueroso. Cogió la camiseta y el pantalón del suelo, comprobó que no tenían nada y los volvió a tirar al suelo, mientras me ordenaba que me subiera las medias y las abrochase al corsé, quería saber con que imagen pretendía pervertir a unas criaturas inocentes. ¡Joder y dale con la inocencia!

Cuando terminé de trabar las medias pude contemplarme en el espejo del armario, la escena se completaba con Antonia y la número que me observaban directamente por detrás y en el espejo por delante. Sentí como enrojecía hasta el pelo y maldije el momento en que se me ocurrió ponerme esa ropa. La número y Antonia cuchicheron algo y esta última se acercó y miró el corsé por delante, poniendo especial atención en la mancha de semen que lo decoraba.

Estando en esta vergonzante situación, la número le comentó a Antonia, que no dejaba de mirarme, que la juventud estaba perdida debido al libertinaje, las drogas y la influencia de la depravada música extranjera y que habían descubierto en varios controles a jóvenes que transportaban droga en su cuerpo. Afirmó que estaba casi segura que yo era uno de esos degenerados y que el consumo de drogas alucinógenas me habría llevado al pozo de lodo en que me encontraba, concluyó entre la repugnancia y la conmiseración con un: ¡que pena¡

Me permití hablar para decir que yo no consumía drogas y mucho menos las transportaba, que lo sucedido era una tontería mía fruto de la juventud y de los calores del verano. La número me contestó que eso ya se vería cuando concluyera el cacheo y poniendo una silla delante del espejo me ordenó que me colocará de rodillas en ella de cara al espejo y con las manos por delante, pues para concluir el cacheo tenía que colocarme las esposas. Lo hice sin rechistar y ella con un movimiento muy profesional me trabó las manos y me bajó la cabeza hasta meterla en el marco del respaldo de la silla, que servía de yugo.

Mi situación no podía ser más ridícula: vestido con el corsé y las medias, de rodillas en la silla y con el culo en pompa. Lo peor además es que, aun cuando con dificultad, podía verme a mí y a ellas dos reflejados en el espejo. Antonia se dirigió a la número como Irene y le preguntó si salía a llamar a otro guardia para que la ayudase. Irene contestó que si a ella no le importaba estar presente en el resto del cacheo no hacían falta más guardias para lo que tenía que hacer. Antonia asintió e Irene le preguntó si tenía en la habitación vaselina o algo similar, ya que con las prisas de la salida a ella se le había olvidado. La petición me iluminó sobre en que consistiría el resto del cacheo y agradecí en mi fuero interno la delicadeza de Irene.

Antonia fue al baño y volvió diciendo que vaselina no tenía pero que en la habitación guardaba algo de mantequilla, que podría servir igual. ¡Coño el Último Tango en París había llegado a Campillo! La número cogió la mantequilla y untó sus manos, su defensa y mi culo y le dijo a Antonia que si le resultaba violento se alejara y mirase hacia otra parte, ya que algunas veces el cacheo tenía el efecto de una lavativa. Por el espejo observé como Antonia se alejaba hasta que la perdí de vista. Me había vuelto a equivocar: mi situación si podía ser más ridícula, podía cagarme.

Sin mayores preámbulos se apoyó en mi espalda para ponerme el culo más arriba y abierto, cogió la defensa, me la puso en el agujero del culo y empujó con escaso éxito inicial al encontrarse los esfínteres mas cerrados que el puño de Marcelino Camacho. La número se enfadó y tras darme un golpe con la defensa en las nalgas, le comentó a Antonia que estas cosas solían pasar y que entonces había que empezar con las manos. Antonia le preguntó si quería unos guantes a lo que la número contestó que no hacían falta, que ya estaba acostumbrada. Me dio un buen cachete en el culo y me amenazó con que si ella no lo conseguía, llamaría a un compañero que lo hacía con la defensa y sin lubricante. Aquello no me tranquilizó, pero si me convenció que era mejor tratar de aflojar los esfínteres. Volvió a las andadas con un dedo que comenzó a introducir con algo de esfuerzo por ambas partes. Juraría que me introdujo el dedo corazón con la punta hacia abajo. Una vez que tenía todo el dedo dentro, mis esfínteres se relajaron bastante y comenzó un movimiento del dedo de derecha a izquierda, creo que con la intención de seguir relajándolos para atacar luego con la defensa. Me alegré que me hubiera tocado Irene y no la bestia de su compañero, aun cuando tenía entendido que las guardias sólo cacheaban a mujeres, pero a no dudar, la falta de miembros en el pueblo obligaría a hacer otros servicios que los estrictamente marcados.

Durante la maniobra trate de ver a la número Irene. Era una mujer más o menos de la misma edad que Antonia, estatura mediana, una morena guapa y con buen tipo pese al uniforme, que se componía de la camisa tradicional de manga corta y de una falda por la rodilla. Incluso en las circunstancias en las que estábamos seguía con el tricornio puesto.

Irene seguía con los movimientos de vaivén del dedo que, para mi sorpresa, comenzaron a producirme cierto placer. Yo había oído a algunos amigos que en el reconocimiento médico de la mili, te metían un dedo por el culo para tocarte no sé que zona y que había algunos que se corrían, pero aquello a mí hasta entonces me parecía otra más de las leyendas de la mili. Irene comentó que ya iba mejor, pero que para terminar de abrir los esfínteres era conveniente dar algunos cachetes en el culo y se aplicó a la tarea. Algunos instantes conseguía verla en el espejo mientras me azotaba, la imagen era morbosamente atractiva. Debían las dos tener razón en que era un pervertido: pese al dolor de los cachetes me estaba empezando a poner cachondo. Irene le dijo a Antonia que sería más rápido si las dos se aplicaban al mismo tiempo, Antonia se acercó y comenzó a darme cachetes, con una voluntad excesiva a mi modo de ver. Una de las veces que giré la cabeza hacia atrás vi que a Antonia se le había abierto algo la parte baja del albornoz y dejaba ver unos espléndidos muslos. Irene sacó el dedo y pensé que ahora venía la defensa, pero en lugar de la defensa introdujo dos dedos en la misma posición y siguió moviéndolos. Antonia se volvió a retirar y la perdí de vista, Irene siguió sola con los cachetes. El esfuerzo de los cachetes debía haberlas cansado, pues ambas jadeaban levemente. Yo estaba sintiendo un intenso placer, que no conseguía explicarme, y el nabo se me había puesto un poco morcillón. Irene dio un último y fuerte cachete, sacó los dedos de mi culo y dijo que no había que seguir con la exploración, que estaba claro que no me había introducido droga y se alejó de mí indicándome que no se me ocurriera mover un músculo.

Me quedé como petrificado, el culo me ardía por dentro y por fuera, pero era una sensación agradable, lo dicho, debía ser un pervertido. Se oían cuchicheos mezclados con suaves respiraciones entrecortadas que yo seguía achacando al esfuerzo de los cachetes.

Volvió la número y me dijo que si no era un drogado, era un vicioso, lo que empeoraba las cosas para mí. Le preguntó a Antonia si había llegado a tocar a las niñas (¡niñas!), a lo que ella respondió que según decían ellas no. La número me ordenó que me diera la vuelta y me preguntó mirándome a la cara si era un exhibicionista maricón, afirmando luego, que desde luego maricón era vestido así y poniéndome cachondo cuando me tocaban el culo. 

Pensé que no perdía nada por dar una versión que me exculpara, sin inculpar a las diablas, y conté que me había refugiado en el edificio para pasar la noche sin saber que era un internado, que por tonteo y con el calentón me había puesto la ropa interior que llevaba al verla en una taquilla. Después había salido a buscar algo de comer, entrando en una habitación en la que vi luz debajo de la puerta. Cuando descubrí a las chicas dormidas traté de salir, pero ellas me vieron, se asustaron y se abalanzaron sobre mí. En ningún momento había tenido intención de hacerles nada. Antonia le contó a Irene los resultados de la conversación-interrogatorio que habíamos mantenido antes de llegar ella y concluyó afirmando creer que era una gamberrada de juventud y que igual era mejor dejar pasar lo sucedido, para no disgustar a los padres de las chicas. En ese momento adoré a Antonia.

¿Cómo están las chicas ahora? Preguntó Irene a Antonia. Esta se dirigió al cuadro de las Tres Gracias, lo descolgó y diciendo que tenía esta trampilla para vigilarlas de vez en cuando por lo traviesas que eran, miró a través de un hueco situado detrás. Parecen tranquilas, Lola está acostada con una figura de la Virgen y las otras dos rezan de rodillas, contestó Antonia. Recordé los extraños ojos de la mujer del Desayuno en la Hierba y tuve el presentimiento de que alguien había estado observándonos desde esa mirilla durante los concursos. A la número le salió el carácter del Cuerpo, me golpeó con la defensa en los muslos y me preguntó si no me daba vergüenza y asco lo que había intentado hacer con esos tres angelitos.

Me agarró de un brazo, me levantó y acercándome a la mirilla dijo que mirase a mis victimas para comprender la monstruosidad de mi acto. ¡Carajo con los rezos! Las demonias seguían a lo suyo. Lola estaba acostada con los pies en el suelo y un consolador como la copa de un pino en la boca –estaría besando a la Virgen-, María estaba de rodillas en el suelo con la cara metida en su coño y Vero también estaba de rodillas, pero sobre la cama, y agachada comiéndose las tetas de Lola, que ésta le ofrecía con la mano libre. Se me debió descolgar hasta el culo. ¿Qué coño estaba pasando, es que estaban todas locas? La número, mientras me daba golpes con la defensa en el culo, me ordenaba  que mirase bien y que observara a que tres ángeles había intentado robar la virtud. Valientes ángeles, el festín que se estaban dando las muy cabronas con el calentón que habrían cogido a costa mía y yo camino del penal del Puerto de Santa María.

Por fin me separó de la mirilla y me sentó en la silla. La situación era tan delirante que comencé a pensar que las calenturas que llevaba pasando durante toda la adolescencia, el calor y el cansancio me habían jugado una mala pasada produciéndome alucinaciones con escenas guarras, que yo creía reales. ¿Has visto qué ángeles, cerdo? Dijo la número en mi oído llena de ira. Como no contestaba me llevé algún golpe más en los muslos. Finalmente dije que si, que había visto a los angelitos y a la Virgen también.

Irene le dijo a Antonia que tenía que pensar tranquilamente eso de dejar pasar lo sucedido.  En el Cuerpo había instrucciones de ser muy beligerantes con los depravados. Se giró hacia mí, me levantó otra vez y dijo que mientras lo pensaba y lo discutía con la profesora me iba a esposar al baño para evitar cualquier tontería. De camino, volvió a meterme la cara en la mirilla para que me quedara con la imagen de mis victimas. Estas seguían dale que te pego. Lola se mantenía en la misma posición pero ahora comiéndole el coño a Vero que estaba en cuclillas sobre su boca, en tanto que María estaba tendida a su lado sobándole las tetas y metiéndole el consolador hasta la epiglotis. ¡Angelitos!

En el baño me soltó una mano, cogió en el aro la ducha, que estaba empotrada en la pared, y mi mano y volvió a cerrar las esposas. Como despedida me dio un par de golpes en el culo y en los muslos, apagó la luz y salió dejando la puerta abierta. Escuché que salía de la habitación y decía en voz baja, al parecer al resto de los guardias, que podían irse a descansar, que la situación estaba bajo control, que ella regresaría al cuartelillo más tarde.

No era posible que todo fueran alucinaciones mías. Aquellas tres tías eran de carne y hueso, sobre todo de lo primero. Entonces, o Antonia estaba ciega con la virtud de sus chicas y era incapaz de ver la realidad de lo que hacían o era otra viciosilla como ellas y se pasaba el tiempo viendo los rezos y oyendo los cánticos de los angelitos y no quería perder el chollo. En cualquier caso, me extrañó el desparpajo con el que había quitado el cuadro y se había puesto a mirar delante de la agente de la Guardia Civil, demasiada familiaridad.

Contemplé mi imagen en un espejo que cogía todo el lateral de la bañera. La encontré patética con el corsé y las medias, los brazos en alto y el culo y el aparato al aire. Tenía el culo y los muslos rojos de los cachetes y los golpes que me habían endiñado. Traté de buscar alguna posición más cómoda, lo que no era fácil al tener los brazos colgados sobre la cabeza, me giré hacia el lado contrario de la ducha y cerré los ojos, total estaba a oscuras.

Al poco, abrí los ojos y me di cuenta que desde la posición en que ahora me encontraba podía ver la mayor parte de la habitación a través del espejo que había tras el bidé, pero sobre todo del que estaba en la puerta de la habitación. Nunca me ha gustado espiar ni observar a nadie que no supiera que podía ser observado, pero la dificultad de la situación no me permitía desperdiciar ninguna posibilidad.

El espejo de la puerta reflejaba en un primer plano el pasillo, en un segundo plano el centro de la habitación y al fondo parte de la cama y la mesa de trabajo. Si no recordaba mal, sólo quedaban ocultos el armario y parte de la cama. No veía a nadie, pese a que Antonia debía estar en la habitación. Apareció en seguida y se acercó a la mirilla pegando bien la cara y con los brazos a los lados de la cabeza. Pasados dos o tres minutos sin moverse, bajó lentamente la mano izquierda, la introdujo por la abertura baja del albornoz y comenzó a tocarse los muslos y la entrepierna. Después bajó la otra mano, la introdujo por la abertura de arriba y empezó a sobarse las tetas. ¡Joder con el internado de la virtud! Cuando ya debía haber visto bastantes rezos y angelitos con la Virgen se giró hacia el espejo de la puerta, con lo que pude verla de frente. Parecía que me estuviera mirando fijamente, aun cuando no pudiese verme al estar la luz del baño apagada. Soltó el nudo del cinturón del albornoz y lo abrió lentamente contemplando su cuerpo con cara de placer. Debajo llevaba un sujetador y una braguita de color rojo, unas medias negras y unos zapatos de tacón. El sujetador estaba formado por dos triángulos mínimos, que a duras penas le cubrían los pezones, sujetos por un elástico negro al cuello y a la espalda, la braguita era un triángulo muy apuntado hacia el chocho, también con su elástico negro a la cadera, las medias le apretaban suavemente los muslos, permitiendo contrastar el color claro de su piel con el negro. Estaba lo que se dice realmente tremenda, en una espléndida madurez: las tetas amplias y en su sitio, las caderas marcadas lo justo, las piernas largas y estilizadas y los muslos… ¡Me estaba poniendo más caliente que en toda la noche y eso era mucho decir! Dejó caer el albornoz al suelo y sin dejar de mirarse al espejo volvió a sobarse metiendo las manos por debajo de los triángulos. Despacio inició un giro que me permitió ver el perfil de sus tetas, que llevaba prácticamente al aire, de su barriguita ligeramente prominente y de su culo, totalmente al aire. Terminó el giro mostrando su magnífico culo y espalda, sólo interrumpidos por los pequeños elásticos del sujetador y la braguita. Durante todo el tiempo estuvo sobándose las tetas y el coño, hasta que concluyó el giro, entonces abrió las piernas y se arqueó hacia delante hasta situar la cabeza entre las piernas y poder contemplarse por detrás.

Comparé a Antonia con las chicas y me pareció tan dispar como comparar la Formula 1 con los minicars. Deseé tener la edad necesaria para follarme a una tía así y dejarme de niñas pacatas. El calentón que me había producido contemplarla era tal calibre que me retorcía colgado de la ducha. El nabo me iba a estallar como no hiciera algo, así que empecé a frotarlo contra la pared de la bañera como un energúmeno.

Sonó la manilla de la puerta y mi visión se rompió tanto por la carrera que dio Antonia para ocultarse, como por el giro del espejo. Era Irene que volvía a la habitación, posiblemente tras acompañar al resto de los guardias a sus coches.

Traté de calmarme, pero era muy difícil después de lo que había contemplado y seguí frotando el nabo contra la pared, hasta que reparé en que si Irene me pillaba así, no sería muy clemente conmigo. Me detuve y traté de oír lo que se dijeran entre ellas.

Desde la habitación llegaban cuchicheos mezclados con alguna risita. En un cierto momento Antonia le insistió a Irene que mirase ella también a las chicas y que comprobase que se encontraban tranquilas y bien. ¡Esa podía ser mi salvación! Si Irene veía lo que estaban haciendo de verdad, comprendería que las cosas no habían sido como ellas las habían contado. Antonia se excusó diciendo que tenía que hacer una ronda por el colegio, abrió la puerta de la habitación, hizo amago de salir pero se quedó dentro, cerró la puerta y se escondió en el baño. Se acercó donde yo estaba esposado y susurrando dijo: si quieres salir de aquí no digas ni una palabra. Calló un momento y después preguntó: ¿Te ha gustado? Asentí con la cabeza y emití un gruñido.

Irene estuvo deambulando durante un rato por la habitación y finalmente acercó la cara a la mirilla. El tricornio, que aun llevaba calado, le impedía mirar bien, se lo quitó y pegó los ojos a las aberturas. Su reacción fue como si hubiera recibido un calambrazo, dejó caer el tricornio y pegó la cara a la mirilla. Antonia observaba desde el mismo ángulo que yo, permaneciendo en silencio. Pasaron los minutos e Irene no se movía, se diría que había quedado petrificada. Antonia contenía la respiración y no quitaba ojo al espejo, creo que esperando la reacción que se produjera en Irene. Esta siguió observando sin moverse, sólo se escuchaba desde el baño su respiración entrecortada. Al poco rato se volvió de espaldas a la mirilla, miró al techo y siguió jadeando. Un minuto después volvió a poner los ojos en la mirilla, con las manos a los lados de la cabeza. Antonia, se volvió hacia mí y susurrando dijo: si quieres restregar la polla, hazlo aquí. Mientras lo decía recogió el bajo del albornoz y dejó al aire su esplendido culo, que me ofreció en sustitución de los azulejos. No tardé en aceptar el ofrecimiento y metí el nabo en la raja de su culo, restregándolo todo lo posible. Ella empujó hacia mí y comenzó un movimiento circular que me robó la poca sangre que aun tenía en el cerebro.

Cuando volví a mirar hacia el espejo, Irene seguía en la misma posición, alejándose y acercándose a la mirilla, con movimientos que cualquiera hubiera tomado por los de un loco. Antonia dijo que Irene ya estaba preparada y añadió: no te muevas y sigue mirando, si quieres pasarlo bien. Se separó de mí, se arregló el albornoz y sin pensárselo dos veces salió del baño hacia la habitación. Silenciosamente, se acercó a Irene y pegándose por detrás a ella, le cogió las manos y le dijo con el tono de voz justo para que yo pudiera oírla: a que parecen tres angelitos. Irene dio un respingo manteniendo la cara en la mirilla y sin rechazar el contacto con Antonia, le respondió con voz quebrada, que en efecto parecían tres angelitos, pero expulsados del paraíso por culpa de un depravado que las había pervertido. Volví a verme en el Penal de El Puerto y confié ciegamente en las cualidades de Antonia, que tenía sobradamente demostradas. Antonia no solo no dio un paso atrás, sino que separando su mano izquierda de la de Irene, le desabrochó el primer botón de la camisa, se la introdujo por el escote y comenzó a sobarle las tetas. Irene se rompió al contacto de la mano de Antonia con sus tetas, las piernas se le afloraron y estuvo a punto de caer, Antonia la sostuvo, sin dejar de tocarla, le giró la cabeza y la besó en la boca. Casi sin poder sostenerse en pié, le dijo a Antonia como pudo, que yo tenía la culpa de lo que había visto: la transformación de tres ángeles en tres guarras. Volvió la cabeza hacia la mirilla sin soltarse del abrazo, sin duda lo que veía la tenía embobada. Antonia le respondió que no eran tres guarras, sino tres chicas jóvenes con las hormonas disparadas desde mucho antes de esa noche y que bien podía ser yo la víctima de las chicas y no al revés. Siguió sobándola y al cabo del rato le susurró que no sólo las chicas tenían las hormonas disparadas, que ella misma también y que una mujer ardiente podía reconocer a otra mujer ardiente, como ella la había reconocido cuando había visto como se había puesto al cachearme y golpearme en el culo.

Empujando a Irene contra la pared de la mirilla, sacó la mano del escote y siguió desabrochándole la camisa. Cuando hubo terminado, se la sacó de la falda y se la quitó lentamente, dejándola caer al suelo. Entonces se abrió el albornoz, le pegó las tetas a la espalda y comenzó a restregarse mientras que ahora con las dos manos seguía sobándole las tetas por encima del sujetador. Yo volví a restregarme el nabo contra la pared de la bañera, sin perder ojo a lo que sucedía en la habitación. Mientras sobaba y se restregaba le preguntó a Irene si prefería observar o que la observasen a lo que esta respondió jadeante que le gustaba todo: observar y ser observada, hacerlo sola, con mujeres, con hombres o con los dos, pegar y que le pegasen o cualquier otra cosa que la hiciera sentirse como la mujer atractiva que era y no como un número, pero que en aquel pueblo de mierda no había encontrado con quién relacionarse que tuviera sus mismos gustos. Antonia, volviéndole la cabeza, la beso y le dijo que al fin había tenido suerte. Cuando Irene escuchó aquello se volvió como una fiera abrazando y  besando a Antonia, que tras un buen beso le dijo que se tranquilizara que había mucho tiempo y muchas cosas con las que disfrutar.

Sin moverse las dos del sitio, Antonia le soltó el gafete de la falda, bajó la cremallera y la falda cayó al suelo, dejándome ver de perfil la esplendida figura de la guardia. Tenía el pelo recogido en un pequeño moño, imagino que para poder ponerse el tricornio, llevaba un sujetador y una braguita blancos de tipo corriente. Las tetas eran como pitones grandes que embestían contra el pobre sujetador, que debía tener la impresión de estar siempre al borde del colapso. Las piernas eran imponentes, con la única pega de la fealdad de los zapatos de medio tacón reglamentarios que llevaba puestos. Antonia se separó de ella sin soltarle las manos para mirarla. Irene hizo un pequeño gesto de desagrado y de forma muy coqueta le dijo que ella no venía preparada para una fiesta y que le daba vergüenza que la viera tan sencilla en su primera vez. Antonia le contestó que era preciosa y que tenía razón, la primera vez no podía estar de andar por casa, pero que ella tenía mucha ropa divertida en el armario. La soltó y fue hacia el armario, con lo que la perdí de vista. Debió abrirlo y enseñarle su contenido a Irene, ya que esta soltó una exclamación y se acercó al armario, saliendo también de mi campo de visión. La oí celebrar la ropa con expresiones del tipo: ¡Que monada! ¡Que sexy! ¡Que fuerte! Antonia le dijo que eligiese lo que más le apeteciera para la velada, incluso si quería lo que ella llevaba puesto, no tenía más que decirlo, Irene le contestó que no, que la volvía loca con aquella ropa y quería seguir disfrutándola así, hasta que se la quitara con sus manos o con su boca. Ambas rieron nerviosamente y Antonia le dijo que la dejaba sola para tener otra agradable sorpresa esa noche al volver. La vi de nuevo, llevaba el albornoz abierto, estaba para comérsela, y enfiló el pasillo como para salir de la habitación. Se paró un momento en la puerta del baño y en voz muy baja, mientras se ataba el albornoz me dijo: deja de refregarte la polla, que al final vas a tener suerte esta noche. Se giró y esta vez abrió la puerta y salió sólo entornándola.

Pasaron unos minutos, eternos minutos, durante los cuales intenté serenar el nabo y convencerme de que lo peor para mí había pasado, que efectivamente con suerte, igual hasta terminaba bien la noche, sin más concursos ni más polladas de niñas calentorras y cumplía uno de mis sueños más febriles: follar con dos tías hechas y derechas. No quise darle mucho carrete a la cuestión, si no me sería imposible serenar el nabo. Durante esos minutos oí trajín en la zona del armario, Irene debía estar probándose ropa hasta asegurarse cual le gustaba más o con cual podía gustar más. Cerré los ojos de nuevo para concentrarme en los ruidos. De pronto, Irene asomó la cabeza por la puerta del baño y me dijo: mantén los ojos cerrados y no se te ocurra abrirlos, que todavía no has pagado tu culpa, depravado. La erección ya disminuida por mis esfuerzos, se cortó en seco y dije que obedecería sin rechistar. Apreté los ojos como si en ello me fuera la vida y la oí encender la luz, entrar al baño, levantar la tapa del inodoro, echar una meada como una burra -incluidas pequeñas exclamaciones de gusto-, bajar la tapa, tirar de la cisterna y apagar la luz. Desde la puerta cuando salía me dijo: sabes que estás resultón con el corsé y las medias, habrá que pensar que hacer contigo. No cerró la puerta. Pasados unos segundos me atreví a abrir los ojos y mirar al espejo, no podía ver nada con la puerta de la habitación entornada y por el espejo de detrás del bidé sólo podía ver poco más que el pasillo.

Se abrió la puerta de la habitación, entró Antonia con una cesta en la mano y cerró. Desde la entrada del pasillo preguntó si ya podía entrar e Irene le respondió que había tantas cosas que no sabía si habría acertado, aun cuando suponía que todas le gustaban ya que eran suyas. Antonia soltó la cesta, se desabrochó el albornoz, lo dejó caer al suelo y preciosa hasta decir basta cogió la cesta y se dirigió hacia dentro. Por el camino me guiñó descaradamente, mientras se ajustaba el minisujetador, la minibraga y las medias en el espejo de la bañera. ¡Otra vez a las andadas con el pollón!

Podía ver a Antonia, que se había detenido frente al armario y debía estar mirando a Irene, pues le dijo entre exclamaciones que estaba preciosa y que había elegido una de las prendas que a ella más le gustaba por que la hacía sentir muy sexy. Sin moverse de donde estaba le dijo a Irene que se diera una vuelta para que pudiera verla completa. Después le dijo que desde luego el uniforme no le hacía mérito ninguno y que pese haber supuesto que tenía un buen cuerpo, nunca podría haberse imaginado que fuese perfecto. Por último, recogiendo el tricornio del suelo del suelo le preguntó si podía proponerle una maldad y le pidió que se lo pusiera. Tras ello se acercó a Irene y dejé de verla.

Los susurros y las risas fueron llenando la habitación progresivamente, hasta que fueron sustituidos por jadeos entrecortados. Yo lamentaba no poder participar, al menos visualmente, de la fiesta. Pero pasados unos minutos, Antonia apareció de nuevo en el espejo, revisó el uniforme de Irene que estaba en el suelo, sacó algo, se puso el albornoz y se acercó hacia el baño. Encendió la luz, se dirigió hacia el mueble que había, sacó algunas cosas y se las guardó en los bolsillos. Luego se puso a mi lado, me dio otro buen cachete en el culo y con las llaves que había cogido de la ropa de Irene me soltó una mano de las esposas, diciendo: pórtate bien. Pude bajar los brazos, que ya me dolían por lo forzado de la posición, cuando los tuve abajo volvió a tomarme la mano libre para esposarla. Después sacó uno de los objetos que había guardado en el bolsillo, que resultó ser un antifaz, y me lo colocó, diciendo: ven con nosotras a la habitación que aquí vas a terminar rompiendo los azulejos y poniéndolos perdidos como el corsé. Yo mantenía una semierección que se animó cuando Antonia me ayudó a salir del baño, ya que yo no veía absolutamente nada.

Entramos en la habitación y Antonia me dejó de pie. Para entonces ya estaba completamente erecto, las dos rieron cuando se dieron cuenta del pollón que tenía. Una de ellas lo tomó en su mano y lo movió suavemente, mientras que la misma o la otra me arreó otro cachete en el culo con todas sus ganas. Antonia me dijo que Irene no sabía aun que hacer conmigo y que sólo me dejaría marchar si juraba no decir nunca, a nadie, nada de lo que pasara allí y, por supuesto, si me ganaba mi libertad demostrando que era un chico bueno y obediente.

Traté de contestar y no pude porque tenía la lengua materialmente pegada al paladar. Una de ellas me cogió la mandíbula y abriéndome la boca, pegó la suya y dejó caer un líquido que identifiqué como champán. Tragué y por fin pude contestar que me moriría antes de contar nada y que trataría de obedecer fielmente, dentro de mis posibilidades, a lo que se me ordenara. Para demostrar mi buena voluntad y una vez que las circunstancias estaban de otra forma, dije que también había un amigo mío durmiendo en el internado. Antonia respondió que ya lo sabían y que tenía tal borrachera que ni pellizcándole en los huevos se había movido. Irene preguntó si podían confiar en mí para quitarme el antifaz, contesté dando unos cabezazos que todavía hoy, después de muchos años, me duele el cuello. Antonia, con voz suavona, dijo que si yo podía mirar, las chichas también debían poder mirar, pues habían colaborado muy activamente en la preparación de la fiesta. Contestó Irene, también con voz melosa, que ya le había dicho que le gustaba tanto mirar como que la mirasen y que si las cosas salían bien, como seguro iban a salir –afirmó dándome otro fuerte cachete en el culo-, les sería muy instructivo para perfeccionar la esmerada educación al matrimonio que el colegio ofrecía.

Antonia me empujó hacia abajo y me sentó en el sillón, después me quitó el antifaz. Cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo a la luz, lo que vi no lo olvidaré nunca: Irene y Antonia se pasaban cada una un brazo a la otra por la cintura. Antonia tenía abierto el albornoz, debajo seguía llevando sólo los triángulos y las medias. Irene llevaba un leve corsé negro transparente atado por delante con lazos, que sostenía unas medias también negras, y una braguita a juego con el corsé, completaban su atuendo unos zapatos de tacón de aguja altísimos y el tricornio, también negro como todo el mundo sabe. Aquel corsé debía haber sido cosido por el mismo demonio, pues a ningún ser humano se le podía haber ocurrido una maldad así. Las tetas de Irene, con unas areolas grandes y oscuras que rodeaban unos pezones erectos del tamaño de la falange de un dedo, empujaban el corsé, poniéndolo en tensión –ella habría ayudado lo suyo al hacer los lazos- y la transparente braguita dejaba ver un coño grande y completamente depilado, donde unos abultados labios menores pujaban por salir de entre los mayores, pidiendo su sitio en la fiesta.

Antonia se acercó a la mirilla y enfocó una pequeña linterna hacia el cuarto de las diablas, diciéndonos que esa era la señal para que las chicas pasaran de observadas a observadoras. Mientras decía eso no dejó de mirar a Irene, que entendió perfectamente lo que pasaba entre las dos habitaciones. Se oyó un revuelo del otro lado, que cesó inmediatamente. Me jugué a mí mismo el nabo, a que Lola tenía ahora los ojos pegados sin perder detalle de todo lo que pasara a este lado del cuadro.

Irene se tumbó en la cama y le indicó a Antonia que se acercara. Esta la miró de arriba a abajo y dejando caer el albornoz al suelo se acercó primero al armario, cogió un látigo rojo del tipo gato de siete colas y luego se acercó a ella, quedándose de pie entre sus piernas abiertas. Sin mediar palabra subió el brazo del látigo y lo descargó con todas sus fuerzas en los muslos de Irene, que hizo un gesto de dolor. Volvió a descargarlo una, dos y hasta cinco veces, cada vez con más fuerza. Cuando iba a volver a descargarlo Irene se incorporó metió la cabeza entre las tetas de Antonia y debió mordérselas por que Antonia echándose hacía atrás le dio una hostia de las que hacen época y con voz atronadora le dijo que allí quién zurraba era ella, hasta que ella misma dijera otra cosa.

Cuando estaba convencido de que se iba a liar una ensalada de hostias, Irene se dejó caer en la cama, se llevó la mano al coño y llorando le dijo a Antonia que había sido mala y que necesitaba seguir con el correctivo. Antonia, sin inmutarse, cambió de darle en los muslos a darle en el vientre y en las tetas, hasta que debió cansarse, detuvo el brazo y le dijo: chúpame el coño, guarra. Irene obedeció como un resorte, se incorporó, le abrió las bragas por delante y comenzó a chupar como una poseída del demonio. Antonia se volvió hacía mí y me preguntó que hacía sentado, se trataba de una pregunta retórica, al momento ordenó: ven a chuparme el culo. En mi vida he cumplido una orden más rápido ni con más voluntad. Con las manos esposadas tiré del elástico de las bragas hacia el lado, metí la cara en la raja del culo y con una lengua, cuya longitud y potencia desconocía tener, chupé la raja y el agujero, hasta ensartarla. El agujero del culo tenía un ligero, casi imperceptible, regusto que me puso como un demonio.

Al poco tiempo Antonia se quitó de en medio y me encontré con la boca de Irene de frente. Me metió la lengua hasta la campanilla. El ligero sabor del culo se convirtió en un fuerte sabor a coño en una lengua que no paraba de moverse. Antonia no perdió el tiempo y se dedicó a zurrarme con el gato, mientras me preguntaba cada vez más fuerte si me gustaba. Cuando tenía el culo en carne en viva grité que si, que me gustaba, pero que me gustaba más la boca de Irene. Para que dije aquello. A partir de ese momento, Antonia nos dio la del tigre a los dos con el gato: tetas, barriga, espalda, culo y muslos de ambos quedaron rojos, mientras que ella sólo decía: puercos, viciosos o depravados. Paró el látigo, se fue hacia la cesta que había traído y sacó un bote, lo abrió, se tiró al suelo y me untó el nabo, los cojones y el culo con el contenido, que estaba muy frío. Después comenzó a chuparme a lametones la polla, los huevos y el agujero del culo. Era nata, la tía se estaba dando un festín de nata a la misma vez que de otras cosas. Cuando se hubo comido toda la nata, se metió mis huevos y mi nabo en la boca hasta el fondo y  no paró de tragar hasta que me corrí. Me corrí como si llevara veinte años sin correrme, me corrí en su boca, en sus tetas, en su ombligo, en su coño, en su melena, en sus mejillas, en el suelo, en la mirilla, en el espejo de la puerta, en todo el puto colegio y por un instante perdí el conocimiento.

Cuando volví estaba tumbado boca arriba en el suelo, Irene me estaba dando con el látigo y llamándome maricón, cabrón y otras lindezas por el estilo, mientras tenía mi nabo en su mano, que movía enfebrecidamente. Me dolía el nabo de los tirones que daba y creí que iba a rompérmelo, pero en lugar de eso volvió a ponerse en erección. Ella, dándose cuenta, dijo: esto me gusta más, te creías que me ibas a dejar a palo seco. Se puso a mis pies, volvió a untarme de nata y comenzó a lamerme los huevos sin parar de meneármela. Antonia se colocó detrás de ella, le untó el coño y el culo y comenzó a comérselos. ¡Para que luego digan que el dulce es malo para la salud! Mientras seguía comiéndome el nabo y lamiéndome desde la punta del capullo hasta el agujero del culo, Antonia, una vez engullida la nata, empezó a meterle primero los dedos en el coño, después en el culo y finalmente cogió un consolador y no paró hasta ensartarla por todas partes. Irene gemía como una poseída sin parar de moverse y de tocarse las tetas, que se había sacado del corsé.

Antonia se dio cuenta de que si Irene seguía a ese ritmo yo volvería a correrme y ya la recuperación no sería tan rápida como la vez anterior, así que le dio un fuerte cachete en el culo y le dijo que parara un momento. Me ordenó levantarme y a Irene ponerse a cuatro patas. Ella se sentó en la cama, se untó el coño de nata y le dijo a Irene que se la comiera y a mí que se lo untara a Irene y también me la comiera. El coño de Irene rezumaba y tenía la braguita empapada como si se hubiera meado encima, hice lo que me habían ordenado y nunca he probado una nata más sabrosa, ni más montada. Antonia se sobaba las tetas, mientras Irene cumplía su cometido, y yo se las trataba de sobar a Irene con las esposas como un loco, cumpliendo también mi cometido.

Durante todo el tiempo que Antonia estuvo sentada en la cama no dejó de mirar hacia el hueco del cuadro, como diciéndole a las chicas que observaran y aprendieran. Menuda juerga debían tener montada las diablas, pues se oían sus risas, gritos y jadeos y también peleas y golpes en la pared para ocupar el punto de observación.

Cuando yo ya tenía la lengua casi gastada de tanto chupar, Antonia se levantó y nos ordenó ponernos en la misma posición pero frente al espejo. Cuando ya estábamos situados, me cogió el nabo le dio una buena chupada, rompió las bragas de Irene, colocó la punta del nabo sobre su coño y empujó. Tanto Irene como yo entramos en la gloria a la misma vez, por las voces que dimos. Irene no paraba de decir que la follase, como si yo no hiciera otra cosa más que follarla y darle cachetes en el culo. Antonia pegó el culo a la boca de Irene y le dijo que cortara el elástico de las bragas con los dientes. Irene metió la cara en el culo de Antonia y mordió hasta destrozar el elástico, tenía el coño depilado también. Después Antonia le metió las tetas y le dijo que también cortara el elástico. Me imaginé mi polla entre aquellos dientes, como había estado hacía un minuto y me acojoné vivo. Ya desnuda, excepto por las medias y los zapatos, se puso detrás de mí y por el espejo la vi abrir otro bote y untarme el culo con su contenido. Después cogió un aparato compuesto por una polla y unas correas, se ajustó el aparato y me ensartó el culo mientras con una mano me tocaba los huevos y con la otra se sobaba las esplendidas tetas. Me dio un placer enorme ser enculado así. Traté de grabar en mi cerebro para no olvidarlo nunca lo que veía en el espejo: delante estaba Irene gritando que la follase con las tetas al aire, sobándoselas con una mano, yo estaba echado en su espalda follándola como un loco y detrás estaba Antonia desnuda follándome a mí y sobándose también las tetas.

A los pocos minutos grité que si seguíamos así me iba a correr, Irene se volvió, me dio una hostia y gritó que allí no se corría nadie antes que ella. Antonia entendió que, sobre algunas cuestiones, por más que se grite no se manda, así que me dijo que me echara a un lado y atacó con su polla artificial a Irene por el coño y con el otro consolador por el culo. Irene subió el tono de los gritos pidiendo más. Yo para no estar parado cogí el látigo y me vengué en el culo de Antonia de la paliza que me había dado antes. Finalmente Irene dio un grito de endemoniada y se corrió durante más de dos minutos sin parar de agitarse, para por último desvanecerse.

Antonia, cuando Irene terminó de correrse, se volvió hacia mí y me dijo que iba a pagar cada uno de los golpes que le había dado, después se levanto y me ordenó tumbarme boca arriba en la cama, se colocó el tricornio, cogió la defensa de Irene, se vino hacia mí y me levantó las piernas por encima de la cabeza. Mientras que con una mano me meneaba la polla con la otra me ensartó en el culo la defensa diciendo que ya estaba bien de contemplaciones. Desde luego a esta mujer no le faltaba carácter. Las risas, las exclamaciones e incluso los gritos de ánimo a su profesora para que me partiera el culo se oían nítidamente desde la habitación de al lado. ¡Que monas las angelitas!

Cuando me había dejado el culo como el boquerel de una manguera de gasolina de la formula 1, me bajó las piernas, se montó encima poniéndome la falsa polla en la boca para que se la chupara, al cabo del rato se movió para ponerme el chocho y que lo chupara también y al fin se volvió a mover me cogió el nabo y tras darle dos buenos meneos se puso en cuclillas, se lo metió en el coño hasta el fondo y comenzó a subir y bajar. Cuando llevaba así un buen rato me gritó que si ahora no le iba a zurrar el culo. ¡Aquella mujer era la hostia! Mientras yo le pegaba, ella saltaba bien ensartada, con una mano se tocaba las tetas y con la otra masturbaba la falsa polla. Del otro lado del tabique, se oían vítores, aplausos y gritos de ¡córrete, córrete! Y nos corrimos, vaya si nos corrimos. Larga y violentamente, aullando como lobos en medio de los gritos de las chicas y de Irene que había salido del coma para gritar y para comerse mi nabo en cuanto Antonia lo liberó.

Caímos los tres desnudos en la cama y abrazados, nos dormimos. Cuando  desperté era de día, me habían quitado las esposas, el corsé y las medias y estaba desnudo en la misma cama donde nos habíamos dormido. Tenía el culo entre rojo y morado y me dolían todos los bajos. En la habitación no quedaba ni rastro de la movida de la noche anterior. Busqué mi ropa, pero no estaba. Seguí buscando algo que ponerme, pero no quería volver a las andadas del día anterior con el corsé, así que decidí salir desnudo de la habitación para buscar mi mochila y a Antonio e irnos.

Recorrí un pasillo largo tratando de desandar lo andado la noche anterior. Por el camino escuché voces dentro de lo que parecía ser un aula, la puerta estaba cerrada y me asomé por el cristal. Antonia, vestida con una falda larga y una blusa blanca y amplia le estaba dando clase de matemáticas o física a las chicas. Me quedé de piedra. ¿Cómo era posible esa situación tan normal después de lo sucedido la noche anterior? Antonia me vio por el cristal y se asustó ligeramente. Salí corriendo, ella abrió la puerta y me gritó que esperara. Me detuve tapándome castamente. Se acercó y sin hacer el mínimo comentario sobre mi desnudez, me preguntó retóricamente cómo había dormido y me contó que Irene se había marchado tras echar del colegio a Antonio y decirle que yo me había adelantado hacia Málaga. No sabía que decir. Antonia volvió a hablar y, por primera vez con cierta cortedad, me dijo que las chicas necesitaban mejorar algunos conocimientos de ciencias, y que había pensado que igual me interesaba darles algunas clases y ganar un dinerillo. No supe que contestar hasta que ella me echó mano al nabo y vi a las tres chicas asomadas a la puerta mirándonos. Fueron las mejores vacaciones de mi vida, aunque tuvimos que llamar varias veces a la guardia civi


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