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Fecha: 30-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Dos planes para dos madres: Violarlas o seducirlas

elquefolla
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Cómo los dos amigos pusieron en marcha dos planes para follarse a sus madres sin que ellas se enteraran de la participación de sus hijos Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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(CONTINUACIÓN DE “YO ME FOLLÓ A TU MADRE Y TÚ TE FOLLAS A LA MÍA”)

Después de haber pillado a su vecino follando con su madre en casa, Juan, furioso y desilusionado, pensó que eran amantes y follaban casi todos los días, y juró que la castigaría, que se follaría por todos los agujeros a esa perra en celo, a esa puta calentorra. Lo que no sabía era que Rosa no había consentido en mantener relaciones sexuales sino que había sido violada.

Por otra parte, Pablo observó escondido cómo su madre se masturbaba en la intimidad de su dormitorio, después de haberse dejado manosear, delante de su propio hijo, el culo y los muslos por Juan mientras charlaban. También él se juró a sí mismo que no solo su amigo disfrutaría de Marga, sino también él, su hijo, se follaría a esa zorra calentorra que era su puta mamacita.

Aquella misma noche recibió Pablo un whatapps de Juan donde le indicaba que, por motivos de trabajo, el padre de éste no pasaría la noche del día siguiente en casa, por lo que se podría ejecutar la siguiente fase del plan, el de follarse a Rosa, la tetona madre de Juan, la culo gordo.

Al día siguiente Pablo, antes de salir de casa, comentó a Marga que esa noche la pasaría en casa de Juan y ella no puso ningún inconveniente sino más bien al contrario, le pareció muy bien que fuera con una persona tan agradable como su amigo. Lo que Pablo pensaba era evidente, que su madre quería pasarse a Juan por la piedra, la muy zorra.

Como Pablo solamente quería follarse a la madre de Juan y no quería que ésta tuviera todavía constancia de su existencia, acordó con su amigo que le introduciría en la vivienda sin el conocimiento de la mujer.

Y eso hicieron, quedaron Pablo y Juan una hora antes en un lugar próximo a la casa de este último y planearon los próximos pasos a realizar. A eso de las nueve y media abrió Juan la puerta de la vivienda y, viendo que su madre estaba ocupada, logró hacer entrar a su amigo y lo hizo esconderse en el dormitorio de Juan, donde normalmente no iba su madre, de forma que si está se acercara a la habitación, Pablo podría esconderse bajo la cama.

En la cena Juan propuso a su madre tomar una copita de licor, sabiendo el sueño que la producía pero, como iban a dormir, su madre aceptó y no fue sola una copa sino tres, acostándose más tarde que de costumbre y, para desgracia de su hijo, cada uno en su cama.

En la habitación de Juan, éste cerró con cerrojo la puerta y durmió en su propia cama mientras Pablo lo hizo sobre una colchoneta.

Serían las seis de la mañana cuando los dos amigos se pusieron en movimiento, sabiendo que a esa hora Rosa estaría profundamente dormida ya que no solía levantarse antes de las nueve y menos hoy, después del licor que había ingerido la noche anterior.

En silencio entraron al dormitorio donde la mujer dormía profundamente sobre la cama. Estaba prácticamente tumbada bocarriba entre sábanas desordenadas que apenas la cubrían el cuerpo, dejando sus hermosas piernas desnudas al descubierto. Posiblemente el alcohol que había ingerido la hubieran provocado pesadillas en las que hombres con penes gigantescos se metían entre sus piernas, penetrándola. Quizá soñó con lo que la sucedió realmente el día anterior, cuando la dejaron completamente desnuda y la magrearon en el probador de señoras de los grandes almacenes, o cuando el vigilante de seguridad la arrancó la ropa y la violó en su despacho, o cuando corrió desnuda en la calle delante de sus vecinas chismosas y del portero de la finca, o cuando el odioso vecino con el que tantas veces había discutido la violó en su propia cama.

Aun así Rosa dormía ahora profundamente y Pablo, al acercarse a ella, y retirarla la sábana que cubría su cuerpo, observó maravillado las enormes tetas que prácticamente salían del ligero camisón de color crema que llevaba puesto. Al tener el camisón recogido podía apreciar también sus pequeñas bragas que apenas cubrían su apetitoso sexo.

Juan no se atrevió a acercarse, sino que, según lo planeado, llevaba una cinta adhesiva pegada a la boca y se sentó en una silla alta que había frente a la cama, colocando sus piernas juntas y sus brazos cruzados a la espalda como si estuviera atado y no pudiera moverse.

Colocó Pablo las cintas que llevaba encima de la cama y, tomado con cuidado, para no despertar a Rosa, uno a uno los brazos de la mujer, ató las muñecas a la cabecera de la cama, procediendo a hacer lo mismo con los tobillos, atándolos a los pies de la cama.

Apenas perturbó el sueño de Rosa, aunque al poner en la boca la mordaza ella se agitó, abriendo poco a poco los ojos y, extrañada, se dio cuenta que no podía moverse, que algo retenía sus brazos y piernas y, aunque intentaba soltarse no lo lograba.

Aclarándose lentamente la vista se fijó que frente a ella había una persona que la miraba fijamente. ¡Era su hijo! Estaba sentado en una silla y tenía una cinta cubriéndole la boca. Además parecía que no podía moverse, algo le retenía.

  • ¿Qué estaba pasando?

Pensó la mujer, suponiendo al principio que era también un sueño, una pesadilla, pero enseguida se despertó de golpe, asustándose cada vez más al comprobar que, por más que intentaba soltarse, no lo lograba. Tenía atados tobillos y muñecas a la cama y su hijo inmovilizado frente a ella. Además tenía algo dentro de su boca que la impedía hablar ni chillar por más que también lo pretendiera.

Miró aterrada a su hijo con los ojos muy abiertos, intentando comunicarse con él, preguntarle que estaba ocurriendo, pero Juan, sin moverse y el miedo reflejado también en el rostro, la respondió, agitando un poco la cabeza, manteniendo siempre los ojos también muy abiertos.

De pronto apareció en escena Pablo que cubría su rostro con una máscara blanca totalmente inexpresiva. ¡La mujer la reconoció al momento! ¡Era la que llevaban algunos hombres que, en aquella extraña fiesta, la violaron en innumerables ocasiones! ¡Ahora sí que se echó a temblar, recordando cómo la vejaron y lo que sufrió aquella noche!

Pablo, además de la máscara, solamente llevaba puesto un pequeño taparrabos que semejaba la piel de un leopardo, y que cubría por delante su pene erecto y por detrás se perdía entre sus blancas nalgas.

Caminaba lentamente Pablo cerca de los pies de la cama donde yacía inmovilizada Rosa que, en ningún momento, dejaba de seguirle con los ojos muy abiertos. Iba el joven muy despacio de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, sin dejar de mirar en ningún momento a la mujer como si fuera una bestia salvaje que rondara a su víctima para saltar sobre ella y devorarla.

El corazón de la mujer palpitaba rápidamente, escuchándolo ella como si fueran los redobles frenéticos de un tambor.

En uno de sus paseos el joven tomó algo con una de sus manos y, llevando su brazo detrás de la espalda, se lo ocultó a Rosa para que no lo viera, aunque ella sabía que algo llevaba y temía que podía ser.

De pronto, el joven saltó a la cama y se colocó de pies y a horcajadas sobre Rosa, mirándola sin decirla nada. De repente sacó su brazo de detrás de la espalda y enseñó a la mujer lo que llevaba, ¡unas tijeras! ¡unas largas y afiladas tijeras!

  • ¿Qué haría con esas tijeras? ¿Se las clavaría? ¿La cortaría con ellas?

Pensó aterrada Rosa, mirando la pieza con los ojos muy abiertos.

Se puso Pablo de rodillas ahorcajadas sobre la mujer, y abrió y cerró las tijeras frente a ella que emitió un ahogado chillido de pánico.

Inclinándose el joven hacia delante, acercó las tijeras a la cabeza de Rosa, que instintivamente la retiró, pero Pablo la dijo:

  • No te muevas si no quieres que te haga mucho más daño del que te imaginas.

Y sujetándola la cabeza con una mano, acercó las tijeras a un lateral de la cabeza de la mujer que, gimiendo horrorizada, pensó que iba a amputarla una oreja, pero el joven lo que hizo fue cortarle un tirante del camisón, ante el alivio de Rosa.

Después de cortarle el otro tirante, puso Pablo su mano izquierda sobre el camisón, concretamente sobre el pecho de la mujer, y, aproximando las tijeras, empezó a cortar el camisón por el centro, por el espacio que había entre las dos tetas, ante los gemidos ahogados de la desesperada mujer.

Cortando el camisón con una mano, con la otra iba separándolo según iba haciéndolo, hasta que dejó las dos enormes tetas al descubierto y, dejando de cortar, las observó maravillado durante unos segundos. Eran incluso algo más grandes que las de su madre, pero lucían fantásticas, redondas, compactas y sin una pizca de granos ni manchas.

Continuó cortando el camisón hasta el final, y lo abrió del todo, colocándolo sobre la cama, y se puso a contemplar nuevamente los hermosos senos.

La mujer gimió, con el rostro arrebatado de vergüenza, al ver que su hijo la estaba observando así, indefensa con los pechos al aire y prácticamente desnuda.

Dejó Pablo las tijeras encima de la cama a un lado de Rosa, y, colocando una mano sobre cada pecho de la mujer, comenzó a sobárselo lentamente, masajeándolos mediante suaves movimientos circulares, deleitándose del tacto y de la forma que iban cogiendo las tetas al amasarlas.

Se dio cuenta que los pezones de Rosa se iban hinchando y congestionando al sobarlos, así como su cipote, que ya emergía por encima del taparrabos.

También la verga de Juan estaba cada vez más erecta y congestionada al ver cómo iban desnudando poco a poco a su propia madre, aunque no se movía de su asiento para que Rosa, que no paraba de mirar avergonzada a su hijo, no se percatara que no estaba inmovilizado.

Las manos de Pablo dejaron por un momento de sobar las tetas a Rosa y, cogiendo los hinchados pezones de la mujer, tiró de ellos hacia arriba y hacia los lados, girándolos y haciendo que ella gimiera, mezcla de dolor y de placer.

Se detuvo Pablo en el sobeteo de la cada vez más excitada mujer y, cogiendo las tijeras, las acercó a las bragas de ella, cortando un lateral y luego el otro de la prenda, y, plegándolo, dejó al descubierto la vulva depilada de Rosa.

Observando con detenimiento el sexo de la mujer, así como el rostro ruborizado de ella, empezó a acariciar primero la parte interna de los muslos de Rosa para pasar a continuación a sobarla insistentemente la vulva, metiendo sus dedos y la palma de su mano entre los labios genitales, sobándolo despacio, lentamente, metiendo incluso los dedos dentro de la cada vez más lubricada vagina de Rosa, masturbándola poco a poco. Incluso la mujer, en contra de su voluntad, empezó a gemir de placer, pero, cuando ya estaba a punto de correrse, Pablo dejó de masturbarla, y levantándose de la cama, se alejó, colocando las tijeras encima de una de las mesillas de noche que había en la habitación, así como su taparrabos que, al quitárselo, disparó hacia arriba su propio cipote que, libre de toda atadura, apuntaba orgulloso al techo.

Agitando el miembro erecto al moverse, se acercó de nuevo a la cama y le dijo a la mujer:

  • Te voy a quitar la mordaza para que respires mejor pero si chillas o pides socorro te juro por lo más sagrado que te vuelvo a poner la mordaza y te la hago tragar hasta que mueras asfixiada. ¿Entiendes, zorra?

Rosa le miró, asintiendo ligeramente con la cabeza, y el joven continuo:

  • Pero a cambio, te voy a tapar los ojos para que así pueda quitarme esta máscara y disfruté mejor de esas tetazas que tienes. ¿Entiendes, tetas gordas?

Esta vez la mujer ni siquiera movió la cabeza, pero gruesos lagrimones surgieron de sus ojos y fluyeron por sus mejillas, cayendo sobre sus tetas, haciendo que relucieran, resaltando su voluptuosidad.

  • Además voy a poner música para que no nos oigan los vecinos mientras disfruto de ti. ¿Entiendes, puta, o prefieres que te escriba en el coño lo que te estoy contando?

Y encendiendo la radio que había en el dormitorio, dejó que música ambienta inundara la habitación, ahogando cualquier otro ruido, de forma que impidiera que escucharan a Rosa los vecinos y que ella escuchara algo.

Subiéndose nuevamente sobre la cama, Pablo se puso a horcajadas sobre la mujer y colocó primero sobre los ojos de ella una tupida cinta, tapándola toda visión, y, a continuación, la soltó la mordaza de la boca, quitándosela, y la arrojó sobre la cama.

Lo último que vio Rosa antes de que la cubrieran los ojos fue el rostro colorado de su hijo. Pensaba que estaba sofocado por no poder ayudar a su madre en tan vergonzoso trance, pero realmente estaba deseoso de colaborar con su amigo en follársela.

Cuando la quitaron la mordaza de la boca, la mujer respiró profundamente y una gran bocanada de aire entró en sus pulmones.

Cuando estuvo seguro Pablo que la mujer ya no podía ver nada, se quitó la máscara que cubría su rostro e hizo un gesto a su amigo que se levantó de la silla donde estaba y se quitó la cinta que débilmente tenía adherida a la boca, así como el pijama que llevaba puesto, tomando enseguida el móvil de Pablo para fotografiar y grabar todo lo que se hiciera a su sabrosa madre.

Acercándose al lecho donde yacía ella, observó cómo Pablo volvió a colocar sus manos sobre los pechos de Rosa, amasándolos nuevamente, pero enseguida su amigo se tumbó bocabajo sobre la mujer, lamiéndola, chupándola y mordisqueándola ansioso las tetas.

Rosa chilló sorprendida, entre el dolor y el goce, disminuyendo enseguida el volumen de sus chillidos para no ser castigada, aunque no pudo evitar gemir y suspirar ni estremecerse de placer.

Mientras Pablo jugaba ansioso con su boca sobre los turgentes pechos de Rosa, se fue colocando poco a poco entre las piernas abiertas de la mujer, restregando insistentemente su verga erecta por la entrepierna de ella, entre sus empapados labios genitales, rondando la entrada a la húmeda vagina, y, poco a poco, se la fue metiendo, penetrándola.

Una vez Pablo la metió su cipote, sin dejar de jugar con su boca en las tetas de la mujer, empezó a mover sus caderas y sus glúteos arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez, lentamente, disfrutando de cada momento, mientras Rosa, perdida toda compostura, después de casi un minuto de mete-saca, empezó a chillar y a agitarse excitada.

Situado de pies al lado de la cama, su hijo, completamente desnudo y empalmado, no se perdía detalle del polvo que estaban echando a su madre, grabándolo todo, y, sujetándose con una mano su pene erecto, comenzó también a masajeárselo.

El ritmo del folleteo fue aumentando progresivamente, tornándose en una frenética cabalgada, que incluso desplazaba la cama a uno y otro lado, chocando una y otra vez contra la pared del dormitorio.

Fue Rosa la primera que chillando, se corrió, pero casi al momento fue también Pablo el que, también chillando, descargó todo su esperma dentro de la vagina de la mujer, permaneciendo ambos inmóviles, disfrutando del orgasmo que habían tenido.

Dejando un momento de garbar, aprovechó Juan para soltar una de las muñecas de su madre y, desplazando uno de los brazos de ella, la volvió atar en otra posición en la misma cabecera de la cama. Hizo lo mismo con la otra muñeca y finalmente la desató los tobillos, dejando libres sus piernas desnudas.

Cuando Pablo se incorporó, besó uno de los pezones de Rosa y luego el otro, levantándose satisfecho de la cama. Entonces se acercó Juan y, sujetando las piernas de su madre, la obligó a ponerse bocabajo para luego tirar de sus caderas hacia arriba y obligarla a ponerse a cuatro patas sobre el colchón.

Ahora estaba la mujer con el culo en pompa, aturdida y preocupada por lo que vendría a continuación. Recibió de su hijo un azote en las nalgas, luego otro y otro, azotes que al sonaban como fuertes aplausos.

Dejando el móvil sobre un mueble sin dejar de grabar el cuerpo desnudo de Rosa, se incorporó también Pablo azotando los glúteos de la pobre mujer e iban turnándose los dos amigos en azotarlos, disfrutando de lo que hacían y observando el color cada vez más colorado que iban tomando las dos nalgas.

Una de las manos de Juan se metió de improviso entre las piernas de su madre, directamente en su vulva, sobándola, acariciándola. Quería masturbar a su madre, que gozara como la perra en celo que él pensaba que era.

Abandonando toda precaución, Pablo, mientras su amigo masturbaba a Rosa, se acercó a ella y, sobándola las tetas, la susurró al oído:

  • ¿Te gusta, zorra? ¿A que sí, culo gordo, a que te gusta que te la metan por el culo delante de tu pobre hijito? Él también se está corriendo al ver lo que hacemos a su pobre mamaíta.

Ahora sabía la mujer que no era uno, sino dos los que estaban abusando de ella, los que la estaban violando, pero no pensó en ningún momento que uno de ellos fuera su propio hijo, que su querido hijo, su único hijo, estuviera también abusando de su madre. Solamente pensaba que su retoño estaba contemplando todo, impotente por no poder ayudar a su madre y avergonzado al verla completamente desnuda, con el culo en pompa y lo que la hacían.

Poco a poco, Rosa, en contra de su voluntad, se fue excitando otra vez, y cuando su hijo se subió a la cama, colocándose de rodillas entre las piernas abiertas de su madre, y la penetró con su miembro por el coño, ella ya se lo esperaba y acompañó involuntariamente el movimiento de sus glúteos, caderas y muslos al ritmo del polvo que la estaban echando.

Juan, sujetando a su madre por las caderas, se balanceó adelante y atrás, follándosela, deteniéndose en más de una ocasión para propinarla un fuerte azote en las nalgas y, Rosa, cada vez que recibía las nalgadas, dejaba de gemir y chillaba como si la doliera.

¡Ya tenía ganas Juan de follarse por detrás a su madre y de azotarla a placer las nalgas! Si le encantaban las tetas de ella, no le gustaba menos su culo.

Rosa viendo que no podía evitarlo, que no podía evitar que violaran, abandonó toda vergüenza y se entregó al placer. Nunca lo confesaría, ni siquiera a sí misma que la encantaba que la sobaran y chuparan las tetas, que la azotaran las nalgas y que se la follaran. Sin embargo, no quería que su hijo viera lo que la estaban haciendo, pensaba que le provocaría un trauma y que la relación con su madre nunca volvería a ser la misma, pero, como no podía evitarlo, intentaría una vez les dejaran, recomponer la situación y quitar en lo posible hierro al asunto.

Sacando a la mujer de sus cavilaciones, Pablo se subió también a la cama y, colocándose de rodillas frente a Rosa, obligó a ésta a que levantara la cabeza y la metió en la boca su verga erecta y congestionada, haciendo que se la mamara como si fuera un dulce chupa-chups.

Por las embestidas que sufría la mujer al ser follada por detrás, la era imposible mantener la polla de Pablo dentro de su boca, pero éste, sujetándola la cabeza, fue él el que, balanceándose adelante y atrás, se fue follando a Rosa también por la boca. Como aun así le resultaba imposible al joven eyacular, sacó su polla de la boca de la mujer, dejando el orgasmo para más adelante.

Poco a poco Juan fue incrementando el ritmo del mete-saca y, después de estar más de cinco minutos follándosela, al fin de corrió, pero, cuando todavía estaba eyaculando, sacó su cipote del coño de su madre y descargó sobre el propio culo de ella, impregnándolo de un espeso fluido blanquecino.

Cuando su hijo la desmontó y dejó de sujetarla por las caderas, Rosa se derrumbó bocabajo sobre la cama como si fuera un juguete roto, y Juan, ufano, cruzó sonriendo una mirada cómplice con su amigo, haciendo el signo de la victoria con sus dedos y chocando las palmas de sus manos entre ellos como si de un partido de baloncesto se tratara.

Pero Pablo todavía no había finalizado, Rosa le debía todavía un último polvo, así que, separándola un poco las piernas, se colocó entre ellas y apoyándose en sus brazos sobre el colchón, se tumbó bocabajo sobre la mujer.

Presionando con su verga entre las nalgas de Rosa, encontró el único orificio que le faltaba por follarse, y se la fue metiendo despacio y con cuidado hasta el fondo.

Ella, al sentir cómo separaban sus nalgas y estaban forzando para penetrarla por el ano, se quejó débilmente con un “No, por favor, no”, pero el joven, impasible, continuó, haciendo oídos sordos ante los gemidos de dolor de la mujer, y se lo metió casi hasta los cojones..

Una vez dentro, varias culadas con cuidado al principio para dilatar lo suficiente el orificio, fueron las necesarias para que Pablo se corriera ahora en los intestinos de la mujer. ¡El dolor que sufría la mujer añadía un toque morboso a su violación!

Una vez satisfecho se levantó, dejando llorando en silencio a Rosa, y, al mirar a Juan, se dio cuenta que no le había gustado mucho que su madre sufriera tanto daño, pero un encogimiento de hombros parece que fue suficiente para calmar a su amigo.

Ya vestido y listo Pablo para salir a la calle, ató manos y piernas a Juan con cinta a la silla y le cubrió la boca y los ojos para engañar a Rosa y que no supiera que su hijo también la había violado.

Antes de salir el joven desató a Rosa las muñecas y la quitó la cinta de los ojos, saliendo a escape de la vivienda, llevándose consigo todo elemento que le pudiera incriminar, temiendo que la mujer le persiguiera o gritara solicitando auxilio, pero ella, dolorida y avergonzada, ni se atrevió a moverse de la cama donde estaba tumbada bocabajo.

Tardó más de quince minutos en incorporarse y, cuando lo hizo, lo primero que hizo, una vez vio a su hijo atado, fue ponerse una bata encima, cubriendo su desnudez, y desatarlo.

Lloraron abrazados madre e hijo y Rosa, acallando a su hijo, le dijo:

  • Es mejor que no digamos nada de esto a nadie. Ni siquiera a tu padre que ya sabes cómo se pone cuando le dices algo que no le gusta.

Era la reacción que esperaba Juan de su madre, era la que siempre había tenido cuando tenía alguna dificultad, y se sintió satisfecho, plenamente satisfecho. Mientras provocaba que salieran lágrimas de sus ojos y fingía lo mucho que le dolía lo que la habían hecho a Rosa, pensó que no sería la última vez que se aprovechara sexualmente de su madre.

En la calle Pablo no se deshizo del material que había utilizado para violar a la mujer, como hubiera sido lo prudente, sino que pensó en utilizarlo en otras ocasiones, incluso la máscara con la que había tapado su rostro y que fue Juan el que se la proporcionó.

Al llegar a su casa se encontró con Marga que, dándole un beso en la mejilla, le preguntó sonriente qué tal noche había pasado. Evidentemente la mintió, no la dijo que se habían cepillado a la madre de Juan contra la voluntad de ésta. En cambio contestó que había dormido muy bien, que se lo había pasado muy bien en compañía de su amigo, y que sus padres eran muy amables y muy buenas personas.

Seguía Pablo con el plan trazado con Juan de preparar a su madre para que su amigo se la tirara, no como él había hecho con Rosa, violándola de forma violenta, sino seduciéndola, para lo que, delante de Marga, tenía que elogiarle lo máximo posible y generar sentimientos de pena hacia su persona, como decir que su padre estuvo muy enfermo, que su familia pasó por graves apuros económicos, que él era acosado en el colegio por sus compañeros que le decían que era homosexual por lo que tuvo que irse a otro colegio. Además incidiendo en las dudas planteadas sobre su sexualidad, intentaba provocar a su madre para que demostrara a su amigo que no era gay, sino que se excitaba sexualmente con las mujeres como cualquier persona heterosexual normal, y para ello que mejor que acostarse con él, aunque claro no podía hacerlo delante de su hijo, no fuera a considerarla como una puta, así que, Pablo, ayudaría a su amigo para que se la follara, pero él, por supuesto, vería con todo detalle cómo lo hacía y, si era posible, que seguro que lo era, también se la tiraría, se tiraría a su propia madre.

Los planes seguían su curso y más aún cuando, entre elogio y elogio, Marga le dijo a su hijo:

  • Si quieres, puedes decirle a Juan que duerma esta noche en casa, en el cuarto de los invitados. No molestaremos a tu padre ya que tiene que quedarse esta noche en el trabajo y no dormirá aquí.
  • Me parece muy buena idea, mamá. Ahora le llamo y se lo digo. Seguro que puede y que se alegrará.
  • Dile que venga a cenar, que os preparo algo para picotear y ya verás que velada tan agradable pasamos. ¿Es tan encantador y tiene una conversación tan amena?
  • ¡Ya, ya! Es un encantador de serpientes, un vendedor de escobas, el muy cabrón, y a ti te ha engatusado para echarte unos buenos polvos. Tú ya sabes, mamita mía, que más que su conversación te interesa lo que tiene entre las piernas y que te lo meta a ti por el coño.

Pensó Pablo, mirando beatíficamente a su madre y asintiendo con la cabeza..

Delante de Marga le llamó por el móvil y le dio la buena noticia.

Por supuesto que aceptó Juan al momento. ¡Vaya si se alegró el muy cabrón al enterarse que esa misma noche podría tirarse a la madre de Pablo!

A eso de las ocho de la tarde, allí estaba Juan llamando a la puerta de la vivienda de la familia de Pablo. Fue su amigo el que abrió la puerta a un sonriente seductor, vestido con camisa blanca y pantalón azul marino, que, al no ver a Marga en la puerta, le guiño cómplice un ojo y Pablo respondió con un movimiento de cabeza indicando dónde estaba su madre. Traía Juan una botella de vino ya que el alcohol siempre ayudaba a bajar barreras y bragas, facilitando las cópulas desenfrenadas. Además Pablo ya había comentado a su amigo que su madre, cuando bebía, perdía el control y se volvía una auténtica cachonda.

Se estaba Marga cambiando en su habitación, y, cuando salió, estaba radiante con su vestidito de color rojo y sus zapatos de tacón a juego, y, si no se había maquillado, era para no dar demasiado el cante, para que no se notara tanto que quería que se la follaran. El vestidito era bastante ajustado, resaltando los pezones que, erectos y sin un sostén que los retuviera, amenazaban con perforar la fina tela, además mostraba más que tapaba, al ser de falda corta, bastante por encima de las rodillas, y escote pronunciado, permitiendo ver casi la totalidad del canalillo que lujurioso separaba los dos turgentes y erguidos pechos.

 Sentándose Pablo en una silla y su madre y Juan en el sofá, comenzaron a tomar los canapés que la mujer había preparado, bien regado con el vino que el joven había traído, mientras Marga y Juan no paraban de conversar animadamente como si Pablo no existiera.

Pablo, sentado sin decir ni una palabra en la silla, solamente tenía ojos para su madre y más aún cuando ésta, animada de tanto hablar y beber, se fue poco a poco abriendo de piernas, enseñándole el interior de sus muslos y sus braguitas, hoy rojas.

Sin dejar de conversar y como si fuera lo más natural del mundo, Juan colocó su mano sobre el muslo desnudo de Marga, acariciándolo suavemente con los dedos, y ella, como si no tuviera ninguna importancia, continuó dialogando alegremente.

Más de una lasciva mirada de Juan se perdió en la profundidad del escote de Marga, entre sus hermosos senos y sobre ellos mismos, sin inmutar lo más mínimo a su dueña.

Pablo ya había aleccionado a su amigo sobre la afición que tenía Marga por el baile, la encantaba, y, como a su marido no le gustaba bailar, ella pocas veces lo hacía, así que Juan provocó que la conversación virara en ese sentido, y, como no, el joven invitó a la mujer a bailar, allí mismo, en el salón, y Pablo, muy solícito, se incorporó al momento de su silla y puso en el moderno aparato un CD con música tropical seleccionada que ya tenía preparado para la ocasión.

Y allí mismo, retirando en un instante sillas, mesas y mesitas del salón, se pusieron Juan y Marga a bailar muy alegremente como si no existiera nadie más en el mundo. Si a ella la encantaba bailar, él se había preparado a conciencia con la intención de disfrutar al máximo de la sabrosa hembra.

Empezó sonando la canción “Despacito” y el ritmo al principio no era muy rápido, pero poco a poco fue incrementándose y se convirtió en desenfrenado. Si las manos de Juan se colocaban al principio con timidez en la cintura de la mujer, enseguida se fue entonando y siempre había alguna pegada a sus nalgas, muslos, caderas o cintura.

Fue Marga la que hizo que se alternaran bailando con ella tanto Juan como su hijo, que era mucho más torpe bailando por lo que fue el amigo el que bailó y manoseó más tiempo y con más intensidad a la hembra.

En ocasiones desplazaban sus cuerpos hacia adelante gradualmente, como si fuera una ola que corre por dentro. En otras giraban las caderas en movimientos circulares hacia los lados, atrás y adelante. A veces doblaban las rodillas ligeramente y se balanceaban al mismo ritmo de un lado a otro, moviendo en círculos la cintura, manteniendo las rodillas dobladas.

Los movimientos lascivos y sensuales, simulando lujuriosamente meneos y posiciones sexuales, eran un adelanto de lo que podría venir después. Los rítmicos movimientos de pelvis de Marga, sacudiendo su culo respingón adelante y atrás, friccionando reiteradamente sus macizos glúteos sobre el cipote cada vez más congestionado de Juan echaron chispas y casi esparcieron esperma de los dos jóvenes por toda la habitación, pero lograron estos contenerse a la espera de follarse a la suculenta hembra.

Las manos de Juan abandonaron las caderas y los glúteos de Marga y volaron a las tetas de ella, cogiéndolas, acariciándolas, y Marga, tan inmersa estaba que ni se dio por enterada, restregando insistentemente sus nalgas en movimientos circulares sobre la verga del joven.

Al finalizar la música fue cuando la mujer se dio cuenta que las manos de Juan estaban sobándola los pechos, y que éstos estaban botando desnudos fuera del escote de su vestido. Pero al contemplar Marga el rostro arrebatado de su hijo observando absorto las tetas desnudas de su madre cuando en un rápido movimiento, se desplazó retirando al mismo tiempo las manos del joven y se colocó los senos dentro del vestido.

Enseguida Pablo se levantó para poner un nuevo CD y el baile continuó, pero esta vez con su madre más reprimida y no tan caliente. Con el fin de que no se enfriara del todo, Pablo anunció que estaba muy cansado y que se iba a la cama, dando un beso rápido a su madre en la mejilla que ésta le devolvió, saliendo de la habitación y fingiendo que no la había oído cuando le dijo que esperara que se iban todos.

Camino Pablo por el pasillo hacia su dormitorio y, abriendo la puerta, entró dentro, se descalzó y puso el calzado bajo la cama.

Saliendo descalzo al pasillo, al no observar que su madre le estuviera viendo, cerró la puerta del dormitorio, dando un portazo para que lo escuchara su madre y pensara que estaba cerrado en su habitación. Luego se escabulló sin hacer ruido a la terraza para poder observar a través de la ventana del salón, sin ser visto, a su madre y a su amigo al tiempo que los grababa con el móvil.

Se quedaron solos los dos, Marga y Juan, en el salón mirándose. Marga le propuso bailar algo más lento y cambiando de CD puso música suave y se pusieron a bailar abrazados, pegando sus cuerpos. Los brazos de él ciñeron la cintura de ella, y los de ella al cuello del joven, acercando las cabezas. Al llevar Marga tacones era casi de la misma altura que Juan y sentía el pene erecto del joven sobre su propio sexo y, al bailar, se restregaba lenta e insistentemente sobre él, excitándose ambos cada vez más.

Sin dejar de bailar, las manos de Juan se deslizaron poco a poco de la cintura de la mujer a sus nalgas donde se posaron, una en cada nalga pero sobre la falda. A los pocos segundos, como no encontró ninguna resistencia, bajó las manos y las metió bajo la minifalda de la mujer y se ubicaron sobre las bragas encima de sus nalgas.

El baile lento continuó y los dedos del joven, juguetones, se metieron en los bordes superiores de la braguita y, tirando despacio hacia abajo, se las fue bajando, hasta que se deslizaron por las largas y esbeltas piernas de Marga, cayendo sobre sus pies, y de ahí al suelo, donde permanecieron, como si no sucediera nada, aunque tanto el corazón de uno como de otro latían cada vez con mayor fuerza.

Los dedos de la mano derecha de Juan se metieron ahora por detrás entre las piernas de la mujer, directamente entre los labios vaginales de ella, que ahora sí, dio un respingo excitada, aunque no se opuso a qué continuara avanzando en sus sobeteos. Y eso hizo el joven, acariciar lenta pero insistentemente la cada vez más lubricada vagina de Marga, mientras continuaban meciéndose al ritmo de la suave música.

Suspirando al oído de Juan, Marga cada vez se fue excitando más, aumentando el volumen de sus suspiros, y, estremeciéndose, apretó fuertemente con sus dedos en los hombros del joven y se corrió, chillando de forma ahogada para no despertar a su hijo.

La flaquearon las piernas y tuvo que ser el joven el que la sujetara para que no cayera, y, llevándola al sofá, la sentó y colocándose a su lado, la besó profundamente en los labios, metiendo su lengua en la boca de la mujer, abrazándose lengua con lengua.

Mientras la besaba una de las manos de Juan descubría un turgente seno de Marga, sobándolo a placer. Segundos después descendió esa mano y la metió entre las piernas de la mujer, nuevamente entre los labios vaginales, pero Marga, sujetándole la mano para que no continuara, le susurró al oído:

  • Ven, vamos a la cama.

Y, retirándose el joven, la mujer se incorporó del sofá, y, cogiendo sus zapatos de tacón en una mano y las bragas en la otra, guio, cogiendo de la mano a Juan con la misma mano que llevaba las bragas, en silencio por el oscuro pasillo al dormitorio de ella. Al tiempo que caminaban hacia la habitación, el joven se bajó la bragueta y descubrió su verga erecta y congestionada.

Entrando en el dormitorio, mientras Marga encendía la tenue luz de la lámpara que estaba en la mesita de noche, el joven cerró la puerta del dormitorio.

Dejando sus bragas sobre la mesita la mujer se inclinó hacia delante para dejar sus zapatos en el suelo cuando Juan la levantó por detrás la falda, dejando al descubierto su prieto culo desnudo, y, abrazándola, pegó su miembro congestionado a las nalgas de ella, pero, temiendo que la penetrara por detrás en esa postura, le dijo en voz baja:

  • Espera. Mejor en la cama.

Incorporándose la mujer, el joven la soltó y ella, en un momento, se levantó el vestido y se lo quitó por la cabeza, quedándose completamente desnuda.

Juan se quitó la camisa al tiempo que se descalzaba, pero, antes de que se bajara el pantalón, fue Marga la que se lo quitó, junto con el calzón, dejándole también a él totalmente desnudo.

Le besó ella apasionadamente en la boca, respondiendo él de la misma forma, cogiendo Marga la verga erecta del joven y manoseándolo insistentemente durante varios segundos.

Fue ella la que se apartó delicadamente y le susurró:

  • Túmbate en la cama.

Obediente el joven se tumbó bocarriba sobre la cama y Marga subiéndose cuatro patas en la cama se acercó y le cogió con una mano el pene erecto y, acariciándolo, se lo acercó a la boca y comenzó a lamerlo con deleite como si fuera un dulce helado. Acarició lentamente con su lengua el miembro en toda su longitud, saboreando cada centímetro.

Pablo, agazapado desde la ventana del dormitorio, no se perdía ni un instante de lo que estaba sucediendo, grabando todo, y observaba excitado el hermoso culo de su madre mientras practicaba una felación a su amigo.

Metiéndose Marga la inhiesta verga en la boca, lo recorrió despacio con sus labios una y otra vez, impregnándolo de saliva y lujuria, mientras que con una de sus manos le sujetaba el miembro y con la otra le acariciaba los cojones.

Antes de que se corriera, se sacó Marga el cipote de la boca y, sentándose a horcajadas sobre el joven, se metió el erecto miembro en la vagina, empezando a cabalgar sobre él, despacio, muy despacio al principio, disfrutando y haciendo disfrutar del polvo.

Las manos de ella se apoyaron en el pecho de Juan que, totalmente excitado, la sobaba los prietos glúteos con sus manos mientras contemplaba maravillado las hermosas tetas de Marga, que botaban ligeramente en cada movimiento de subida y bajada de la mujer.

Pablo observaba desde la penumbra de la ventana cómo follaba su madre y, sacándose el pene, comenzó también a masajeárselo excitado, disfrutando sobre todo cuando su amigo retiraba sus manos del culo de su madre y podía verlo en su totalidad, cómo lo bamboleaba al follar y cómo relucía iluminado por la luz de la lámpara.

Lentamente fue Marga aumentando el ritmo de subidas y bajadas, moviéndose también adelante y atrás para excitar más y mejor tanto su clítoris como la polla de Juan.

Deteniéndose una vez más antes de que se corriera el joven, le desmontó y, girándose, se puso de espaldas a él y le volvió montar, volviéndose a introducir el húmedo e inhiesto cipote en el coño, y comenzando nuevamente a balancearse arriba y abajo, arriba y abajo, adelante y atrás, adelante y atrás, una y otra vez, follándoselo, pero ahora era el hermoso culo lo que entregaba a Juan, que ansioso lo sobó a placer y, separando las dos nalgas de ella, la acarició el orificio con sus dedos.

Ahora Pablo, sin dejar de masajearse el miembro, contemplaba excitado las erguidas y redondas tetas de su madre y cómo brincaban brillantes al follar.

Esta vez Pablo no puedo aguantar más y, sujetando a Marga, por las caderas, la impidió que siguiera botando y, gruñendo, se corrió copiosamente dentro de ella.

Aguantó Marga sin moverse, dejando que el joven disfrutara del polvazo que acaba de echarla. Y cuando ella pensó que Juan ya había gozado lo suficiente, le desmontó y, girándose, le dio un apasionado beso en la boca y le dijo suavemente:

  • Vete a tu cama. No quiero que mi hijo se entere.

 A continuación se levantó y, brincando alegremente, se alejó deprisa, metiéndose al baño y cerrando la puerta a sus espaldas.

Cuando se escuchó el ruido del agua de la ducha caer, se levantó Juan desnudo de la cama y, caminando hacia la ventana donde sabía que estaba el hijo de Marga, exclamó en voz baja exultante:

  • ¡Joder, tío, qué polvo, macho, qué polvo me ha echado tu madre! ¡Está buenísima y cómo folla la tía!
  • ¡Es una puta y de las caras! ¡Solo vale para follar, la muy zorra!

Le respondió Pablo también entusiasmado y en voz baja y, después de una breve pausa, continuó.

  • Ahora me toca a mí, me toca follármela.

Cuando después de casi media hora salió Marga del baño, secándose con una toalla, se encontró la luz de la lamparita encendida y a Juan todavía desnudo tendido bocarriba sobre la cama. Mirándole asombrada, le dijo en voz baja pero en tono apremiante:

  • ¿Qué haces todavía aquí? Te dije que te marcharas a tu cama.
  • El último, Marga, por favor, el último.

Suplicó el joven mirándola con la tierna mirada de una mascota necesitada.

  • Bueno, venga, pero el último.

Apiadándose del joven cedió y, acercándose completamente desnuda a la cama, dejó caer la toalla sobre ésta, pero, antes de que se subiera al catre, el joven se levantó y la dijo, haciéndose el inocente:

  • Me gustaría hacértelo por detrás.
  • ¿Por detrás?

Respondió horrorizada la mujer.

  • No te asustes que no hablo de hacerlo con tu culito, pero por favor, cariño, ponte, por favor, a cuatro patas sobre la cama y yo te lo hago por detrás.
  • ¡Ah!

Exclamó Marga aliviada de que no quisiera darla por culo.

  • Ven, ponte aquí.

La dijo suavemente Juan y, dócil, se colocó a cuatro patas sobre la cama donde él quería, de espaldas a la ventana donde estaba su hijo escondido.

  • ¿Así te parece bien?

Preguntó la maciza algo tímida y el joven la respondió:

  • Sí, muy bien, pero por favor, no te gires mientras lo hacemos, me pone mucho tu culito, es tan hermoso y me da tanto morbo.
  • No te preocupes, no me girare.
  • Muchas gracias, cariño.

La propinó Juan un cariñoso cachete en el culo y, echándose un poco a un lado, fue Pablo el que, entrando completamente desnudo por la ventana sin hacer ruido, se puso detrás de su madre, entre las piernas abiertas de ella, y, mirando maravillado el hermoso culazo que se abría ante él en todo su esplendor con su húmeda vulva dilatada debajo, se quedó unos segundos como traspuesto. A pesar de tener todo planificado en detalle, no se creía todavía la suerte que tenía de disfrutar otra vez de su deseable madre.

Fue Juan el que palmeando cariñosamente la espalda de su amigo, le animó a continuar, a no demorar el polvo que su madre estaba anhelando recibir y podría girarse y echar todo a perder.

Cogiéndose Pablo con una mano el erecto cipote, se lo dirigió al coño de Marga, penetrándola lentamente por el coño, hasta que sus cojones chocaron con el culo de ella.

Sujetándola por las caderas fue el hijo, perdiendo poco a poco el miedo a ser descubierto, el que balanceándose adelante y atrás, se la fue follando, aumentando el ritmo.

Suspirando al ser penetrada, puso Marga su cabeza entre los brazos doblados sobre el colchón y continuó suspirando y gimiendo en voz baja mientras Pablo en silencio se la tiraba, restregando reiteradamente su duro miembro por el empapado interior del coño de su madre.

Al tiempo que su amigo se la tiraba, Juan tomaba en silencio fotos y películas del hermoso culo y de la sabrosa vulva de Marga con el móvil de Pablo.

La mujer, nuevamente excitada, se bamboleo también adelante y atrás, al mismo ritmo que su follador, favoreciendo el polvo y cuando, por fin, su hijo descargó, su madre se detuvo sin girarse, esperando que el macho que se la había follado quedara definitivamente satisfecho.

Enseguida Juan ocupó el sitio de su amigo y, mientras éste salía nuevamente por la ventana, el joven, propinando cariñosos azotes al culo de Marga, la agradeció suavemente en voz baja.

  • Muchas gracias, cariño.

Y, dándola un beso en una de sus nalgas, se acercó a la puerta del dormitorio con su ropa, y, despidiéndose, salió de la habitación, cerrando despacio la puerta tras él.

  • Buenas noches, cariño.

Antes de cerrar la puerta, echó una última ojeada al culo de Marga y se juró que muchas más veces disfrutaría de él.

Aquella noche transcurrió sin más incidentes y a la mañana siguiente todos muy sonrientes desayunaron juntos como si nadie hubiera sucedido y la jornada pasó sin más incidentes reseñables.

Las fotos y los vídeos que tomaron los dos amigos los compartieron entre ellos y prepararon los próximos pasos a dar.

Por último se pregunta al lector si prefiere violar o seducir, follarse a una rica hembra por la fuerza o inducirla amablemente a que se deje follar.


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