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Fecha: 04-Ago-17 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

El Penal de los Lamentos (07)

sifaxnumida
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Tiempo estimado de lectura: [ 24 min. ]
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El alcaide inicia a Rebeca en los rigores de la esclavitud Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Persuadido por el alcaide y por la propia Rebeca, el juez aceptó dejar a su sobrina en la prisión durante una semana.

- ¿Me promete que nadie le tocará un pelo en ese tiempo?

- Se lo prometo.

- Bueno, y ¿cómo, cómo lo hacemos?.

- No se preocupe por eso, yo me encargo de todo, váyase tranquilamente a su casa, la deja en buenas manos.

- Está bien, bueno, pues, adiós Rebeca, sé buena.

- Adios tío,  tranquilo.

- Venga le acompañaré a la puerta, y tú Rebeca espérame aquí y no se te ocurra salir de este despacho.

El alcaide fue acompañando al juez hacia la salida y así aprovechó para hablar con él.

- No sé que habría hecho sin su ayuda, señor Alcaide. Me da escalofríos pensar qué hubiera pasado si la detienen y la condenan, ¿qué le habría contado a mi hermana?, y luego cuando descubrió todo,…. los juguetes de bondage, y….. mis videos, Dios mío los videos,…  si se supiera en mi familia….creí que se me caía el mundo encima.

- No se preocupe más, ya pasó.

- Claro que…… por otro lado le tengo que confesar algo que no he podido decir delante de ella.

- Creo adivinarlo señor juez, en el fondo le gustaría que su sobrina se convirtiera en su esclava.

- Exactamente, no sabe cómo me tengo que reprimir viéndola por la casa con ese bikini tan pequeño,…. o,…  o con la minifalda del colegio. Y el día que se vistió con el arnes de cuero estaba preciosa. Tuve que controlarme mucho para no desvirgarla como me pedía.

- Ya me lo imagino.

- No, no  se lo imagina, no me la puedo sacar de la cabeza, me masturbo compulsivamente pensando en ella. ¿Sabe? casi siento que no le hayan denunciado de verdad, si de verdad estuviera prisionera aquí la visitaría a diario y haría con ella lo que usted se imagina,…. pero …pero..no puede ser, ….no puede ser….ella es mi sobrina…

- Vamos, amigo mío,  no se atormente más,….. perdone pero ahora quisiera cambiar de conversación si no le importa. Es sobre las dos turistas que han venido hoy y que le he mencionado antes.

- ¿Qué pasa con ellas?

- No sé, no me fío, de hecho no creo que sean turistas,…... Dígame señor juez, ¿podría investigarlas?.

El juez dudó un momento antes de contestar

- Pues sí, no creo que haya problema ¿tiene sus documentos de identidad?.

- Sí, los tienen en la recepción, mandaré que le hagan una fotocopia.

El alcaide acompañó al juez hasta la puerta de la cárcel y allí le hicieron las fotocopias de sus documentos y de las fotos que les habían hecho, incluidas las de cuerpo entero.

- Ya veo que son extranjeras,…. y bastante atractivas, ja, ja, menudos ejemplares, no se preocupe me pongo en el asunto ahora mismo. Antes de que llegue el barco haré un par de llamadas a la policía……Por favor se lo pido, cuide a mi sobrina

- Descuide, adiós.

Tras despedirse del juez, el alcaide se apresuró a su despacho muy excitado. No podía creer que le hubiera tocado una lotería como esa, la pequeña Rebeca en su poder por una semana, ¡la tal Alina podía esperar!. Además ahora el juez le debía un favor y eso le permitió idear un plan perverso. Estaba tan excitado que el alcaide ni siquiera se dio cuenta de que iba entrampado, eso sí, antes de volver a su despacho tomó la precaución de pasar por una de las cámaras de tortura y cogió varias cosas para “jugar” con la pequeña Rebeca.

Por fin cuando entró a su despacho se encontró a la sobrina del juez ojeando uno de sus libros y masturbándose, desde luego lo de esa chica era una manía. Ella ni siquiera intentó ocultarlo.

- ¿Todavía vestida?, vamos ponte de pie y pon las manos en la nuca.

- Sí señor, la chica estaba tan excitada que el corazón le latía a mil por hora.

- La primera regla de la prisión es que las prisioneras tienen prohibido masturbarse sin permiso, ¿qué has cogido de la estantería, pequeña zorra?. Uhhhmmm “Suplicios en la antigua Roma”, sí ésta es una edición muy curiosa, está ilustrada por un tal Damian que utiliza dibujos a partir de montajes fotográficos. No están mal. ¿Qué es lo que te pone tan cachonda de los suplicios romanos, Rebeca?

- La crucifixión sobre todo.

- ¡Como no!, la crucifixión.

- Sí, en el colegio no hago más que ver imágenes de Jesús en la cruz, pero ¿sabía usted que no sólo crucificaban  a los hombres?, también crucificaban a las mujeres, a algunas santas las crucificaron.

- Lo sé pequeña, hay una tal Santa Julia o Santa Juliana.

- Sí y no olvide a Santa Eulalia

- Ya pero a Santa Eulalia la crucificaron en una cruz en aspa.

- Mi tío cree que me masturbo desde hace poco tiempo, pero desde hace un par de años me hago pajas pensando en Santa Eulalia y en cosas así. Cuando me voy a la cama me desnudo del todo y me empiezo a acariciar. Me imagino que soy yo misma, que me crucifican y que me laceran las tetas con tenazas como a la santa. Para eso me pellizco repetidamente los pechos con los dedos, incluso un día robé un par de pinzas de la ropa y me las ponía en los pezones bajo las sabanas…aguantando el dolor, .nunca falla, siempre llego al orgasmo.

- Ya veo, vaya, vaya, menuda guarrilla estás hechas.

- Pero eso ya no me excita, me gustaría experimentar qué se siente al ser crucificada de verdad, ¿nunca crucifican a las prisioneras?

- No, aunque conozco en la ciudad un viejo pervertido que es un auténtico obseso de la crucifixión femenina, más de una vez ha venido a la prisión para alquilar una prisionera y crucificarla pero lamentablemente tiene muy poco dinero y no ha podido hacerlo.

- ¡Qué lástima!

- Bueno, y ahora vamos al tema, hemos quedado que te tienes que desnudar para hacerte pasar por prisionera así que empieza a quitarte la ropa.

- Sí señor, ¿me lo quito todo?.

- Sí, pero poco  a poco, quiero verte bien.

Rebeca obedeció de mil amores aunque se volvió a ruborizar  al ver cómo el alcaide sacaba unas esposas, unos grilletes y una mordaza de una bolsa así como diversas cosas que le parecieron instrumentos de tortura: una picana, un pinwheel, unos estiradores de pezones y otras cosas más…

La chica se trabucó un poco al quitarse la blusa pues los nervios le impedían desabotonársela, eso hizo que el alcaide se impacientara así que le arrancó todos los botones y le rasgó la camisa de un tirón.

- ¿Qué hace?, me la ha roto.

- No te preocupes, algo me dice que no la vas a volver a necesitar. Ahora el sostén, estoy impaciente de ver cómo tienes las tetas.

Rebeca se llevó las manos atrás y nuevamente tuvo problemas para quitarse el sujetador.

- Espero que le gusten, tengo miedo de que le parezcan demasiado pequeñas.

- Ahora lo veremos.

La chica se soltó el sostén y roja como un  tomate lo dejó caer al suelo, pero de la misma le dio vergüenza y se las tapó con las manos.

- No, no, las manos en la nuca esclava, enséñamelas.

A Rebeca le dio mucho gusto que le llamara “esclava” así que obedeció mostrándole los pechos a ese viejo.

- ¿Le gustan?

- A ver ponte bien derecha. Así. ¡Vah! no  sé por que dices que las tienes pequeñas, son perfectas, redondas y tiesas como las tenéis las jovencitas, ….ya te irán creciendo en la prisión, je, je. Además esos pezones parecen muy sensibles, ¿es así?

- Yo creo que sí, ciertos días del mes sólo con el roce de la camisa me pongo cachonda. Como le digo, me gusta mucho jugar con ellos, los acaricio y me los pellizco pero no me los puedo chupar y mi tío no quiere.

- ¿Quieres saber lo que se siente cuando te chupan los pezones?

- Sí, ¿podría hacerlo usted ahora, por favor?

- Por supuesto preciosa, pero cuando estaba a punto de lamérselos ella se arrepintió y apartó el pecho.

- Espere espere un momento, ha dicho que me iba a atar las manos a la espalda ¿verdad?.

- Sí, al principio había pensado en una soga, pero creo que te puede dejar marca, será mejor usar estos dos juegos de esposas.

- Pongamelas ahora, por favor, mientras esté en la prisión quiero estar todo el rato desnuda y maniatada como una verdadera esclava, así no podré defenderme de lo que me quieran hacer.

Eso no tuvo que decírselo dos veces al sádico del alcaide.

- Como quieras, date la vuelta y  alinea los brazos a la espalda.

- ¿Así?

-Sí, primero le esposó las muñecas, y acto seguido le esposó los codos entre sí.

Rebeca intentó liberarse y pudo comprobar satisfecha que estaba completamente inmovilizada e  indefensa. Nunca le habían atado y ahora por fin empezaba a sentirse como una esclava de verdad.

Aprovechando ese momento el alcaide sacó un arnés de cuero y la careta infamante así como unos cascabeles y lo puso todo encima de una silla. Entonces se deletió de ver a la muchacha atada y prácticamente desnuda pues aún llevaba los zapatitos, las medias y esa minifalda que más le hacía parecer una striper que otra cosa. También llevaba aún la corbata del colegio lo cual le daba mucho morbo.

A esas alturas la joven Rebeca estaba ciertamente excitada con los pezones erizados y la entrepierna como un bebedero de patos.  Por su parte el alcaide se excitó tanto que se sacó la minga y se empezó a masturbar.

Ella frunció el ceño al mirarle la polla desnuda.

- Recuerde que ha prometido a mi tío que me iba a respetar.

- Y así va a ser, por lo que a mí respecta seguirás siendo virgen por delante y por detrás, pero aparte de la penetración también  hay otras cosas. ¿Nunca has hecho una fellatio?

- ¿Qué es eso?

- Ja, ja, que si nunca has chupado una polla.

- No, antes cuando era pequeña me daba asco pero ahora me da mucho morbo, el otro día quería chupársela a mi tío pero el no quiso.

- Pues peor para él porque la primera polla que te vas a comer en tu vida será la mía y va a ser ahora mismo.

- ¿Y si él se entera?

- Será nuestro secreto preciosa.

Entonces el alcaide comprendió que ya era hora de dejar tanto miramiento y yendo hacia ella le arrancó la faldita desnudándola completamente entonces agarrándola de un brazo se la llevó al  tresillo y sentándose en él hizo que Rebeca se sentara sobre sus piernas aunque antes se bajó los pantalones para sentir la calidez de sus muslos desnudos sobre sus propias piernas.

El tipo de volvió loco de deseo, 18 años recién cumplidos y ya tan puta, ¡y sin estrenar!, pensaba mientras le acariciaba por todo el cuerpo.

- Qué suaves tienes los muslos mi niña, desde que te los he visto ahí sentada quería acariciártelos.

- ¿De verdad que le gustan?

Rebeca también estaba muy excitada, sobre todo porque estaba atada y ese tipo no dejaba de acariciarla por todas partes, casi sin querer se puso a besarse  con ese hombre aunque casi le triplicaba la edad.

Tras unos cuantos morreos y besos de tornillo el tipo se puso a chuparle las tetas, pimero una y luego la otra…. y otra vez la primera. En un momento dado no sólo se las chupó sino que se las metió enteras en la boca y como un lactante se puso a mamar de ellas mientras su mano que seguía acariciando sus muslos de seda se iba inconscientemente a la entrepierna para masturbarla dulcemente.

- Sí, sí, oh sí siga…qué gusto cómame la tetas, assssiiii..creo que me voy a co….

Rebeca cerró los ojos y se puso a gemir de gusto, no tardó mucho en tener un profundo e intenso orgasmo, el primero que no se producía ella misma y por supuesto el mejor de su vida. Cuando se recuperó empezo a besar frenéticamente a su amante loca de contenta.      

   

- Oh gracias, gracias, muchas gracias, ¡qué gusto dios!.

- Bueno pequeña, me alegro que te haya gustado pero si quieres agradecérmelo de verdad hazme de una vez una buena mamada.

Rebeca le miró pícaramente y poniéndose de rodillas se puso delante de su polla y empezó lamerla como un gatito.

- ¿Qué tal lo hago señor?, ¿le gusta?

- Así , así muy bien, ¿y a ti que? ¿te gusta preciosa?.

- Sí, está muy suave pero está dura.

- Pues sigue, lo estás haciendo muy bien.

Y mientras ella se la seguía lamiendo y ensalivando el alcaide aprovechó para desnudarse el torso.

- Eso es, ahora métetela en la boca.

- Señor alcaide no creo que esto lo apruebe mi tío.

- No importa, zorra, nos gusta a nosotros y con eso basta.

Y efectivamente ella se metió la polla en la boca todo lo dentro  que pudo.

- Diooooos, qué mala zorra eres, y cogiendole con las dos manos del occipital la obligó a metérsela bien, hasta la garganta. Cualquiera hubiera dicho que la inexperta Rebeca iba a regulgitarla al tocarle la campanilla, pero el caso es que la chica le hizo una garganta profunda sin que nadie le enseñara.  

- Así, así, dios que mala puta eres, así y el alcaide sintió que le venía  y le descargó  su primera lefada dentro de la boca de cuatro o cinco disparos.

La pequeña Rebeca recibió el semen pastoso y templado con toda naturalidad y de la misma se lo tragó sin que le diera nada de asco. Una vez eyaculado ella siguió chupándosela y lamiéndola hasta que el tipo perdió completamente la erección.

- ¿Lo he hecho bien, le ha gustado? dijo intentando quitarse la lefa pegada a la lengua.

- Mucho, preciosa, pero la pregunta es si te ha gustado a ti.

- Sí, me ha gustado mucho, pero me he quedado con ganas, si quiere se la chupo otra vez, y diciendo esto volvió a lamérsela.

- Muchas gracias por la intención querida, pero ya tengo una edad y necesito un tiempo para recuperarme, de todos modos hay centenares de guardias y verdugos en la prisión y estos días estarán encantados de que les haga una mamada una niña tan preciosa como tú. Te vas a hinchar de pollas te lo prometo.  Bien y ahora vamos a quitártelo todo y a atarte como se debe. Y diciendo esto le quitó en un santiamen zapatitos, medias y corbata dejándola completamente desnuda.

Rebeca volvió a ruborizarse pues el alcaide la miraba con poco disimulado sadismo ahora que estaba totalmente en  bolas.

- Señor alcaide, le dijo intentando ocultar sus senos con su larga cabellera, ya sé que ha prometido a mi tío que no me harían nada  pero no podré hacerme idea de lo que es ser una esclava de verdad hasta que no experimente el dolor. El otro día al ver los videos de mi tío  vi a esas mujeres a las que torturaba gritando y llorando y yo me excité mucho pensando que era una de ellas. Por favor, lleveme ahora mismo a una de esas cámaras de tortura y hágame allí lo que quiera. Quiero conocer mis límites.

- No querida, si fuera por mí lo haría ahora mismo pero se lo he prometido a tu tío y es un hombre muy poderoso .

- No se lo diré, ….como lo de la fellatio.

- Lo sé, pero aún así la mayor parte de las torturas dejan marcas, lo descubriría.

- Pero otras torturas no dejan marca ¿me equivoco?

- No…..no te equivocas, tienes razón.

- Tengo una pregunta señor alcaide, ¿por qué ha traido esas cosas si pensaba respetar su palabra?, a simple vista parecen instrumentos de tortura.

- Sí, de hecho lo son, por un momento me he dejado de llevar,…. no me hagas caso.

- ¿Y son de los que dejan marca?

- No, éstos no.

- Pues entonces úselos conmigo si lo desea, no se lo diré a nadie de verdad.

-¿Estás segura?

-Bueno, no mucho, pero yo que usted aprovecharía antes de que me eche atrás, imagino que usted si que querrá hacérmelo, no como mi tío.

- Por supuesto, desde que te conozco no pienso en otra cosa, está bien, creo que la mesa de juntas servirá.

El alcaide ya había recuperado su erección completamente ante las palabras de esa adolescente sumisa y masoquista, entonces cogió unas sogas que había traido y cogiendo a Rebeca por el brazo se la llevó a una sala contigua. Se trataba de la sala de juntas que no se usaba nunca pero que tenía una mesa de tres metros de larga por uno de ancha. Muy alborozado el alcaide quitó todas las sillas mientras ella le miraba sin comprender.

Entonces sacó una llave y le quitó las esposas.

- ¿Por qué me libera ahora?

- Es sólo un momento, acuestate sobre la mesa cara arriba y estira brazos y piernas hacia las cuatro esquinas.

Entonces Rebeca comprendió y tumbándose sobre la mesa hizo lo que le decía ese hombre.

- ¿Así?

- Sí y ahora no te muevas mientras te ato.

Ella volvió a obedecer muy excitada y él le fue atando las sogas a muñecas y tobillos, entonces fue anudando el otro extremo a las patas de la mesa con  nudos corredizos y estiró una tras otra con toda su fuerza.

El precioso cuerpo de la joven Rebeca se le mostraba ahora totalmente disponible con brazos y piernas estirados e inmovilizados, entonces el alcaide fue a buscar el resto de cosas con que pensaba torturar a la muchacha. Lo primero que hizo fue ponerle una gallbag en la boca.

- Puedes gritar todo lo que quieras pequeña, nadie te va a oir.

- Un momento, por favor, antes de que me amordace quiero pedirle que por mucho que llore y suplique piedad no pare, siga con lo que está haciendo y preocupese sólo de gozar de mi tormento. La única función de una esclava es satisfacer los deseos de su verdugo.

- No te preocupes por eso, la segunda regla de la prisión es que no hay safeword para las prisioneras, ….ni piedad,….. y diciéndole esto le encajó la mordaza con cierto sadismo. Muy bien, dijo entonces el sádico alcaide cambiando radicalmente su actitud.

El tipo cogió el pinwheel y mostrándoselo le dijo

- La primera regla del BDSM es que el tiempo no existe, la víctima ansía que el dolor y el sufrimiento pasen, que terminen de una vez, pero quien decide eso es el verdugo para quien no hay prisas, ni plazos, ni reglas que respetar. Y mientras decía esto se pasó los pinchos de la ruedita por la palma de la mano. Uuuuf, esto pincha de verdad, vamos a ver cómo lo soporta una primeriza como tú.

Y sin decir más empezó a pasarle la ruedita dentada por la parte externa de la pierna, muy despacio. La chica hizo un movimiento brusco de cabeza sorprendida del dolor inicial pues el alcaide apretaba bien contra la piel aunque movía la rueda con mucha lentitud, La  ruedita fue subiendo poco  a poco por la pierna y tras pasar por la rodilla empezó a deslizarse por el  muslo, la cadera, el costado y poco a poco las costillas hasta el sobaco.

La chica fue tensando sus músculos a causa de los pinchazos.

- Ahí duele mucho más ¿verdad?, dijo insistiendo en las axilas. El verdugo debe tener unos elementales conocimientos de anatomía y conocer bien la sensibilidad del cuerpo al dolor. Y diciendo esto el alcaide volvió a bajar con la rueda por el costado apretando un poco más como si fuera un arado contra la tierra.

Eso dolía aún más y Rebeca empezó agitarse y a retorcerse reprimiendo sus gritos. La joven no quería gritar o al menos no quería hacerlo demasiado pronto, primero porque le parecía que gritar era lo  mismo que decepcionar al alcaide y en segundo lugar porque pensó que si veía que ella aguantaba él seguiría adelante y cada vez con más intensidad. Así la joven decidió soportarlo hasta que volviera a la pierna, ahí dolía menos.

Pero él la sorprendió y volvió a subir por el costado y para su desesperación cada vez apretaba más. Rebeca apretó los músculos de la cara y le miró angustiosamente pero siguió sin gritar.

- Como te he dicho  las reglas las pongo yo, no tú, dijo el alcaide. Crees que tú vas a controlar la situación si reprimes tus gritos, pero mando yo e impongo esta regla que te doy ahora. Si no emites ningún ruido con la boca seguiré pero aumentaré la intensidad más despacio. Si gritas subimos un escalón de golpe ¿entendido?

Ella afirmó con vehemencia intentando soportarlo pues él seguía pasando la rueda por las costillas con insistencia.

Tras hacerle desesperarse haciendo que los minutos parecieran horas el alcaide pasó al costado izquierdo con toda tranquilidad y parsimonia y volvió a hacerle lo mismo. Rebeca nunca hubiera imaginado que los costados de su torso fueran tan sensibles al dolor y tenía que apretar los labios y temblar para evitar lanzar un grito liberador .

- Cuando te lo hagan varios verdugos a la vez, las fuentes de dolor serán diversas y verás que todo  es mucho más insoportable, nadie aguanta eso sin perder el control. Y ahora vamos a explorar tu entrepierna. El alcaide cogió la dichosa ruedita de pinchos y empezando por la rodilla fue recorriendo la parte interna del muslo derecho. La carne algo más blanda de esa parte  permitía a los pinchos clavarse a más profundidad y la bella Rebeca miró suplicante a su torturador,  e incapaz de soportarlo más cerró los ojos y chocó su cabeza contra la madera pero siguió sin gritar. Eso sí, no podía dejar de debatirse ni retorcerse sobre la tabla del tormento

- Duele, ¿verdad?. El alcaide siguió pasando la ruedita por los dos muslos de la chica pero con la otra mano se puso acariciarle el sexo. Para ese momento la joven lo tenía otra vez empapado de sus propios jugos. La verdad es que  al alcaide le gustaba más que la chica no gritase. El había torturado a muchas primerizas y normalmente aullaban como locas en su primera sesión por lo que eso era una agradable novedad, sin embargo, por mucho que siguió y siguió con el pinwheel la pequeña Rebeca no gritó y eso también le fastidió.

- Muy bien preciosa, veo que eres muy valiente, has aguantado el primer aparato sin proferir un solo alarido.

La chica  le miró respirando profundamente y perlada de sudor  pero también con orgullo como si hubiera realizado una gran hazaña

- Pero sabes que no voy a parar hasta que supliques piedad. Habrás observado que aún no he tocado tus sensibles pechos, de ellos nos ocuparemos más adelante como se merecen. Bien y ahora vamos con la picana, a ver si esto lo soportas igual.

Rebeca aguantó estoicamente los veinte minutos de tortura con la picana eléctrica y eso que el alcaide tenía bastante habilidad usándola. Primero fueron toques cortos y espaciados en piernas, brazos, ombligo, luego más largos mientras iba subiendo la potencia del aparato y en un momento dado  le mojó todo el torso con una toalla mojada.

Rebeca se agitaba espasmódicamente a cada toque de las puntas de la picana pero siguió reprimiendo tozudamente sus gritos. Nuevamente la tortura respetó sus tetas pero no su entrepierna ni el agujero del ano. Al principio el alcaide le tocó en los labia exteriores lo cual le hizo dar un brinco sobre la mesa. Luego le acarició el ano, y esto lo repitió diez veces obteniendo respuestas semejantes. Cuando le tocó por primera vez el clitoris Rebeca casi no pudo ahogar un grito.

- Has estado a punto ¿verdad?, otra vez entonces. Y volvió a tocar el clítoris pero como ella ya estaba avisada lo resistió mejor.  Te juro que vas a gritar zorra, toma.

El alcaide perdió el control, subió la potencia de la picana una y otra vez y le tocó la pepitilla hasta veinte veces.

A la joven se le pusieron los ojos en blanco y de la misma empezó a soltar lágrimas pero siguió aguantando.

Esto hizo que fuera el alcaide el que se rindiera.

- Me estás rompiendo los esquemas, pequeña zorra,  tienes más aguante de lo que pensaba, así que ya es hora de ocuparnos de tus pechos, espérame un momento porque voy a buscar unas cuantas cosas más. El alcaide salió de la habitación y no tardó un minuto en volver. Rebeca vio que traía esos dos extraños objetos que a primera vista parecían sacacorchos, además trajo dos plumas de ave, un vasito con hielos,  una vela en una palmatoria y una cajita,…. no parecía gran cosa, la verdad.

- Este es uno de mis juegos favoritos, pero lo primero es lo primero. Entonces y sorprendiendo a la chica el alcaide cogió las dos plumas y empezó a acariciarle con ellas los dos pechos. Ella se sorprendió por la agradable sensación, las plumas le hacían cosquillas pero también le estimulaban las puntas de sus pechitos. De acariciarlas dando pasadas el alcaide pasó a darles vueltas sobre sí mismas con los pulgares e índices. Los pezones de Rebeca se llenaron de arrugas y las aureolas se le hincharon a ojos vista. De vez en cuando el alcaide completaba el efecto de las plumas soplándole en la punta de los senos. Ahora la chica tenía que reprimirse para no reir.

- Ajá esto marcha, vamos ahora con los hielos. El alcaide dejó las plumas y cogiendo un cubito de hielo con cada mano se puso a frotarle los pezones con ellos. Lógicamente los botoncitos de Rebeca crecieron aún más y se pusieron duros como piedras. Nuevamente el alcaide dejó los hielos tras insistir un rato y sopló repetidamente sobre los pechos de la chica.

La joven Rebeca recibía todas esas atenciones medio sonriendo y con los ojos cerrados para disfrutar más mientras su cuerpo se debatía en un sensual arabesco. Que no parara nunca eso, pensaba para sí aunque sorprendentemente también añoraba el dolor. Repentinamente el alcaide la dejó en paz y ella abrió los ojos, entonces el hombre le mostró uno de los “sacacorchos” y ella comprendió con un escalofrío.

El alcaide fue muy cruel pues antes de aplicárselos le explicó con detalle su funcionamiento. Los sacacorchos eran en realidad unos estiradores de pezones, perversos instrumentos de tortura especialmente diseñados para castigar los pechos. En el centro de una especie de campana hueca colgaba una pinza de metal con el borde erizado de dientes de cocodrilo. El alcaide los abrió y cerró varias veces sádicamente para que ella viera que encajaban a la perfección y se hiciera idea del tremendo sufrimiento que le esperaba. Ahora entendía por qué se los había sensibilizado y se los había puesto tan duros.

- Bueno querida, le dijo colocándole una de las pinzas sobre el pezón. Hasta ahora esto sólo ha sido un juego pero apartir de ahora vas a visitar el infierno. Uno dos y….tres.

- MMMMMMHHHHHHH

- Por fin, pensó el alcaide al oir el lastimoso gemido. La pobre Rebeca debió pensar que esa pinza le había amputado el pezón por su base y cuando pudo reaccionar levantó la cabeza para mirar de dónde provenía ese terrible dolor.

- Y ahora el otro, ahí está

- MMMMMMMMHHH

Esta vez Rebeca golpeó la tabla con la cabeza con la esperanza de desmayarse y escapar a un dolor tan terrible. La jóven miró angustiada a su torturador mientras balbucía que tuviera piedad.

- Creo recordar que me has dicho que no te haga caso cuando pidas que pare y eso mismo es lo que voy a hacer. Sigamos. Como eres una chica lista habrás observado que en la parte superior del ingenio hay una palomilla, si la atornillo bien tirará de la pinza hacia arriba y eso permitirá  estirar tu precioso pezón varios centímetros.  Vamos allá pero muy muy despacio.

- MMMMMMMMHHHHH, MMMMMHHH

Efectivamente, el alcaide fue retorciendo las palomillas muy lentamente alternativamente y los pezones de la pobre Rebeca se empezaron a estirar y a estirar hasta quedar como pellejos informes de piel rosada. Huelga decir que la chica gritaba ahora como una loca negando con la cabeza y retorciendo todo su cuerpo.

- ¿No querías experimentar dolor?, pues aquí lo tienes. Es increible lo que se puede estirar la piel humana, ¿verdad?. Bien ahora vamos con la segunda parte del castigo y diciendo esto encendió la vela junto al cuerpo desnudo de la chica.

- Voila!, le dijo agitando la caja. Algo metálico sonó dentro y sonriendo como un diablo el alcaide sacó un delgado alfiler vulgar de costurero y se lo mostró para que viera su finura y su punta afilada.

Rebeca le siguió con la mirada y cuando el alcaide acercó el alfiler a la vela vio medio hipnotizada que el metal se ponía de color rojo al contacto con la llama.

- Y ahora reza lo que sepas querida, y diciendo esto le pinchó en medio del pezón izquierdo y de un empujón se lo atravesó de parte a parte.

- MMMMMMMMMHHHH

Todo el cuerpo de Rebeca tembló de dolor mientras un chorro de orina salía disparado entre su piernas. La chica gritó y gritó hasta que perdió el sentido.

- Oh no, eso no vale, si te desmayas se acaba la diversión, y aprovechando el vaso donde se habían fundido los hielos le echó a la cara el agua fría. Rebeca recuperó la consciencia desorientada y vio cómo el alcaide estaba calentando otro alfiler. Inmediatamente ella se puso a negar y llorar desesperadamente pero con total crueldad el alcaide le atravesó el otro pezón esta vez más despacio. Nuevamente la joven volvió a retorcerse y a golpear la mesa con la cabeza pero esta vez no tuvo la suerte de desmayarse. La tercera alfiler ya estaba al rojo y el alcaide se la introdujo  otra vez en el izquierdo.

Efectivamente Rebeca visitó el infierno una y otra vez, durante cerca de media hora, alfiler a alfiler, pinchazo a pinchazo hasta que ya no pudo más y volvió a desmayarse. Viendo que se había acabado la diversión el alcaide dio por finalizada la mini-sesión de tortura.

Antes de que recuperara la consciencia le sacó las más de veinte alfileres que le había clavado y le fue aflojando las palomillas. Al soltarle las pinzas el dolor le hizo volver a su ser y ella volvió a negar. Por fin cuando la liberó de todas sus ataduras Rebeca perdió completamente su compostura y se abrazó a él llorando desconsoladamente como una niña.

- Vamos, vamos, ya pasó, has sido muy valiente. Ella paró de llorar y le miró con los ojos llenos de lágrimas.

- Yo quería portarme como una esclava de verdad pero es que dolía mucho, no podía soportarlo, y como los hielos ya se habían fundido se puso a ensalivarse los pezones con los dedos a ver si eso le aliviaba el dolor.

- Bueno muchacha, después de esto me imagino que querrás volverte a tu casa con tu mamaíta, si quieres le llamamos ahora  tu tío, seguro que viene a buscarte loco de contento.

Al oir esto, Rebeca no contestó, se bajó de la mesa y enjugándose las lágrimas salió de la sala de juntas para volver al despacho del director. Este se entretuvo un rato con sus cachivaches pensando que Rebeca se estaría vistiendo para volver a casa, pero cuando volvió a su despacho se llevó una sorpresa.

Allí le esperaba la joven Rebeca inmóvil, pero no con sus ropas sino con el corsé de cintas de cuero, la máscara infamante de cerda cubriéndole la cabeza, la mordaza en la boca, las manos cruzadas sobre la nuca y las piernas separadas.

No hizo falta que ella le explicara nada. El alcaide sonrió pensando que era curioso que la única presa libre  del penal, que podía salir de él cuando le diera la gana no quisiera hacerlo bajo ningún concepto. El tío se vistió y tras esposarle las manos a la espalda y colocarle un dogal al cuello se llevó a la aprendiza de esclava hacia las cámaras de tortura.    

(continuara)


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