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TODORELATOS » SEXO CON MADUROS » SI TE COMO EL CHOCHO, TENDRÁS QUE PASAR EL MOCHO.
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Fecha: 07-Sep-17 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduros

Si te como el chocho, tendrás que pasar el mocho.

Sexploratore
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Tiempo estimado de lectura: [ 44 min. ]
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Un día, la chulita del 2ºA contó en la pelu que su chico follando era el puto amo. Mi mujer decidió ponerla en su sitio, aunque fuese a mi costa y le soltó: “Dices eso porque no has probado a mi Julián”. Esas palabras cambiaron mi vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

- Cariño, ve a ducharte por favor. El marido de Pitita va a irse a trabajar de un momento a otro y no quiero que tardes en bajar.

- ¡Joder, Gertru, me he duchado esta mañana!. Además, para comerle la cosita, ni tan sólo me tendré que desnudar…

- ¡Pobre de ti si te quedas en cueros delante de esa bruja!. Le demuestras lo que eres capaz de hacer con esa lengua que Dios te ha dado y vuelves a casa cagando leches. Le ha de quedar muy claro que lo mejor lo tengo yo en casa y si viese la pichurrica que tienes entre las piernas, iría contándolo por ahí y yo acabaría siendo la hazmerreír del barrio.

- Mi amor, tampoco hay para tanto…

- ¡Calla!. No me hagas hablar, que ahora con el Internet se puede comparar… Se lo he dejado muy claro: Sólo con que se lo comas, va a gozar más de lo que nunca se ha imaginado que fuese posible. Tanto, que ni podrá absorber todo el placer. Así que pórtate. Te presto únicamente para eso, nada más.

- Mujer, me metes en cada fregado. Mira que pedirle a tu marido que le dé gusto a otra… Si yo sólo te lo quiero comer a ti…

- Lo sé cariñín, lo sé, pero la muy guarra, ayer en la pelu de la Reme, me dijo delante de las amigas que su chico era un campeón en las cosas del sexo y que la dejaba siempre flotando después de… ya sabes… Me puso a cien y me piqué. Todas esperaban mi réplica y tuve que decirles que seguro que tú eres mucho mejor amante. Me soltó que eso lo tenía que comprobar por sí misma y acabé aceptando prestarte un día para demostrarle lo que mi marido es capaz de darle a una mujer en la cama.

- Ya… y a la muy guarra, no se le ocurre otra cosa que pedirte que baje al día siguiente. Y tú, vas y aceptas sin preguntarme siquiera…

- Julián, ¡soy una Hidalgo, coño!. Ya sabes que nuestra familia siempre ha de ir un paso por delante del resto. En todo. Y si hay que demostrar que el mejor amante, por corto de picha que sea, lo tengo en casa, pues se hace.

Esa es mi mujer. Para demostrar que ella es siempre la más de lo más entre sus amigas y vecinas, hace lo que sea, incluso enviar a su marido a trajinarse a la furcia del 2ºA. La verdad, es que a mí, aunque me toque aparentar un gran sacrificio, no me disgusta lo más mínimo: La tal Pitita, al menos es diez años más joven que mi mujer, está un rato buena y en el barrio se dice que es una tigresa rompe camas. Incluso se rumorea que por eso el Nando, su pareja, está en los huesos y con ojeras permanentes…

Duchado y acicalado, llamé al timbre de nuestros vecinos. Me abrió una Pitita despampanante, aunque tal vez debiera decir zorrona… Llevaba uno de esos camisones que lo transparentan todo. Négligés, creo que los llaman. Debajo, mostraba dos opulentas tetas de gruesos pezones oscuros, envueltos por unas areolas pequeñitas y no muy marcadas. No me corté un pelo: si me enseñaba sus tesoros, sería para que los admirarse, digo yo.

Le repasé el pechamen una vez más y continué hacia abajo. Me encontré con un breve triángulo de encaje de pega, sujeto al cuerpo por tres cordelitos del que sobresalían por los lados los pelos del chocho. Menuda hortera, pensé. Los pubis sin depilar y arregladitos me gustan, pero para llevar con cierta dignidad uno de esos tangas que caben en una caja de cerillas, una tiene que clarearse el bosque. Allí sobraba pelo a borbotones y se lo dije:

- Coño, Pitita, estás buenísima y encima vas enseñándolo sin tapujos. Eso me pone un montón, pero si quieres cubrirte el chochín con esa cosa, haz el favor de arreglarte el matojo. Venga, quítate eso o ponte unas bragas a la altura de la pelambrera que gastas. Así, das grima, mujer.

- Pero que poco galante eres, Julián. ¡Jo!, yo que me he puesto sexy para ti… Si pudiese, lo llevaría rapadito como tu mujer, pero es que si Nando ve que me depilo el chichi, me ostia. ¡No sabes tú cómo las gasta!. Dice que eso sólo lo hacen las putas y las que engañan a sus hombres…

- Ya… depilarte el chocho, no, pero exprimir las trancas de medio barrio… Nando es idiota y encima, un machista de cojones. Tú sabrás…

- Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente… Además, eso a ti que te importa. Venga, deja de mirarme con esa cara de vicio y vámonos a la cama. Ven, anda.

- Mejor nos quedamos en el sofá de la sala, hay más luz y podré trabajar mejor.

Ella se quitó el engendro de bragas con que trataba de cubrirse la raja, yo le arremangué el camisón, la estiré sobre los cojines del sofá, le separé los muslos y me metí en faena. Ella quería acabar de desnudarse y quitarme a mí la ropa, pero no la dejé. Yo venía a lo que venía y a las mujeres como Pitita, hay que atarlas corto desde el primer momento. La condenada tenía unas buenas ubres y me apetecía sobárselas, pero de momento, estaba convencido que con lo que iba a darle, sería suficiente para dejarla más que contenta y por tanto, también a mi mujer. Si te lo llevas todo el primer día, te arriesgas a que no te inviten a volver a por más…

La golfa tenía buen coño: Abierto, mostrando permanentemente su rosado canal vaginal, protegido por unos labios menores gordezuelos y colgones. Le sobresalían un buen par de dedos de la vulva, hasta esconder los mayores, muy externos y poco definidos. Si tuviese que follármela, mi polla, seguro que se perdería sin remedio en esa cueva.

Un clítoris abundante, de un rojizo que presagiaba un riego sanguíneo generoso, señoreaba en lo alto de la raja. Cuando le pasé la yema del pulgar humedecida con un buen salivajo, ya mostraba una hinchazón impresionante, por más que el capuchón protector intentase cubrirlo sin mucho éxito.

Evalué el territorio y decidí atacar el sexo de esa desvergonzada por la vía directa, sin filigranas para ponerla a tono. Pitita no las necesitaba: Sin duda, podíamos clasificarla como una de esas mujeres siempre dispuestas para el placer.

Le solté un denso escupitajo sobre el botón al mismo tiempo que le ponía el pulgar de mi mano buena, la derecha, sobre los labios de arriba y le indicaba lo que esperaba de ella:

- Chupa, lame, ¡embadúrnalo con tus babas!.

Lo hizo a conciencia y se lo agradecí apartando el capuchón y sorbiéndole el garbanzo con mi depurada técnica de efecto frío-calor, acompañada de un primer tintineo lingual. Le he puesto un nombre pomposo para impresionar, pero con una práctica regular y un clítoris prominente, la cosa es sencilla: Separo la caperuza con la lengua y hurgo con ella entre esa especie de glande maravilloso y las paredes que lo protegen. Cuando he conseguido que el botoncito presida la raja, envío los labios a envolverlo desde la base, sorbo con decisión arrastrando el aire y a la vez, hago que la puntita de la lengua tintinee sobre el extremo del clítoris. ¡Oh la la!. ¡Qué cosa tan deliciosa!. Cuando se lo hago a Gertru, siempre se corre antes de que pueda introducirle la lengua coño adentro. Y eso que mi lengua no es poca cosa…

Al poco, la tía estaba relinchando de gusto, pero todavía no era su momento. Yo soy capaz de mucho más. Dejé que mi dedo más sobón continuase estimulándole esa maravillosa excrecencia genital y me dediqué de lleno a penetrarle el coño. A base lengua, claro.

Aunque me apaño con lo que tengo, como dice Gertru, mi rabo es poquita cosa. Por contra, la naturaleza me ha dotado con una lengua singular: larga como la de una jirafa, bueno, dejémoslo en algo menos…, musculada, flexible y muy habilidosa. Desde pequeño disfrutaba hurgando con ella en las oquedades y pronto aprendí a rebañar los platos sin manos. Mis padres me reían la gracia, mientras mi tía Enriqueta me escrutaba con una mirada libidinosa que yo aún no sabía interpretar.

Tardé un tiempo en entender el significado de su mirada y de ese gesto tan poco decoroso con que tenía por costumbre obsequiarme de chico: en cuanto nos quedábamos solos, ella se arremangaba la falda y separaba los muslos para enseñarme las bragas o a veces, iba al baño y al volver, me mostraba directamente la raja. Se tocaba sin decir nada, mirándome los labios con ojos vidriosos, cargados de vicio contenido. Nunca fui un niño precoz para las cosas del sexo y tuve que esperar a cumplir los quince para percatarme que tita Enriqueta llevaba más de tres años provocándome, esperando a que yo diese el primer paso.

En verano siempre pasábamos dos o tres semanas con ella en un chalé de playa que había comprado papá hacía ya muchos años. Una tarde, mis padres tuvieron que llevar a mi hermana al médico de la ciudad. Solos ella y yo, un verano caluroso y supongo que muy necesitada de macho, se desmadró más de lo habitual. En cuanto mi madre cerró la puerta, mi tía se quitó falda y bragas y espatarrada sobre el sofá de la sala, empezó a darse lustre a la pepita y por primera vez, me invitó a la fiesta de forma explícita:

- Julián, ¿no vas a ayudar a la tita?.

Con quince años, poco sabía de mujeres, pero tenía muy claro que acariciar un coño es mucho mejor que hacerse un montón de pajas pensando en si algún día llegaría a hacerlo. Así que…

- Claro tita, pero tendrás que enseñarme. Nunca he hecho nada con una chica.

- ¿Ni besarla?.

- No, ni eso. Las de clase, cuando saco la lengua, se ríen y dicen que sólo pensar que pueda llegar a besarlas con esa cosa, les hace venir arcadas. Si incluso me llaman “El Dragón de Komodo”…

- ¡Ja, ja, ja, qué sabrán esas niñatas!. Con tu lengua vas a hacer felices a muchas mujeres. Te lo digo yo. Y vas a empezar conmigo.

Tengo la lengua de una longitud más que generosa, pero como además el frenillo lingual es largo y muy retrasado, la puedo sacar de la boca hasta doce o quince centímetros. ¡Una pasada!. Si a eso añadimos que la tengo pulposa y tonificada a tope, debido a la práctica continuada de estúpidos juegos y exhibiciones chorras para deleite de mis familiares y amigos, comprenderéis que mi tía sabía muy bien lo que podía esperar de mi apéndice bucal. Yo, aún no.

Enriqueta se quitó la rebeca que llevaba y el completísimo sujetador con que mantenía las tetas a buen recaudo, se estiró sobre los cojines del sofá, dejando las piernas colgando bien abiertas y dijo las dos palabras que iniciaron mi aprendizaje en el arte del cunnilingus: “¡Ven, cariño!”.

Verla allí, desnuda, estirada sobre el tresillo familiar, con esas tetas sublimes, tan gordas e hinchadas que se le desparramaban por los laterales de las costillas… Y, y,… ¡su coño!, una raja profunda, abierta de par en par… Mostrando con su eterna sonrisa socarrona su más íntima anatomía a su sobrino, un adolescente imberbe, me dejó KO. Lo quería todo, pero no sabía hacer nada, ni tan sólo por dónde empezar a degustar ese plato que presumía delicioso.

Por suerte ella era una mujer experimentada y práctica:

- ¿Te gusta mi chochete, Julián?.

- Claro, tita. Es una pasada. Tan… jugoso, tan… dispuesto. Parece muy acogedor…

- Y lo es, pequeño, pero va a ser el fin de tu viaje de hoy. Has de ir paso a paso, no sea que se te atraganten ciertas sensaciones, tal vez demasiado intensas para un mozalbete… Ven a besarme, precioso. Primero los labios, luego los pechos y después… ya veremos.

Entonces yo no lo sabía, pero la familia y en especial mi madre, tenía a su hermana Enriqueta por una fresca. Nunca se había casado, vivía en Madrid, vestía de forma desenfadada y decían que cambiaba más de hombre que de bragas. Al parecer, ninguno aguantaba su ritmo en la cama. De lo último, puedo dar fe: me lo demostró con creces.

Empecé dándole besitos con los labios apretados. Ella, riéndose, sacó la lengua, barrenando el hueco que quedaba entre mis labios, hasta introducirme la sin hueso en la boca. Me reseguía las encías, los dientes y buscaba mi lenguota con ansia. Le costaba, porque con lo que tengo, la boca me queda siempre llena, a veces, incluso molestándome para comer o hablar rápido.

Visto que buscaba precisamente lo que ninguna chica me había dejado hacer, saqué mi lengua impregnada de saliva y empecé a acariciar con ella sus labios, a metérsela hasta el fondo, a repasarle el paladar y las encías como hacía ella. Para mi sorpresa, le encantó. Abría la boca, chupaba mi lengua, sorbía las babas que la recubrían… Seguía y seguía y cuando mi puntita tintineó sobre la campanilla, suspiró y envió su mano a dedearse la almeja. Por ahí no pasé: sería joven e inexperto, pero uno tiene su amor propio.

- Ya te lo hago yo, tita.

- Espera, espera. Para algo te ha dotado la naturaleza con esa lengua de palmo. Me lo vas a comer, pero primero, dale un buen repaso a mis  tetas, cariño. Las tengo muy sensibles y si me lo haces bien, creo que incluso conseguirás que me corra.

- ¿Correrte?...

- Sí, coño, sí: un orgasmo, ¡joder!. Tú lame, restriégame la lengua por los pezones. Ya verás que gusto me va a dar… ¡Uy!, perdona, cariño, me he pasado… Yo te guío, pequeño…

Me enteraba de la misa la mitad, y ya es mucho decir, pero algo tenía claro: tía Enriqueta quería que le magrease las tetas a base de lengua y eso me gustaba. Me gustaba un montón…

Deslicé el cuerpo sobre el suyo, hasta que mi cabeza quedó a la altura de sus pechos. Se los tomé con las manos a tutiplén, le acaricié esos duros pezonacos que los coronaban… Una compañera de clase me dijo un día de botellón que gozaba un montón cuando se los pellizcaban, sin pasarse. Tomé sus dedales entre los pulgares e índices y cuando iba a apretar un poquito, tita me apartó las manos muy exaltada:

- Dame lengua, joder. Para trabajos amanuenses, ya me basto sola. ¡Quiero lengua, sobrino!, sólo lengua…

Al ver mi desconcierto, me besó, me acarició el pelo sonriendo y acompañó de forma decidida mi boca a sus tetas.

- Usa esa maravilla que escondes, no te cortes, hazlo tan guarro como sepas. Has de saber que soy una mujer muy ardiente y pocas cosas me echan atrás. Ya te iré enseñando lo que queremos las mujeres, guapetón. Vas a ser un amante excelso. ¡Te lo digo yo!.

Jugué con sus mamas, envolví los pezones con la lengua, se la restregué entre los pliegues que hacían esas sandías tan voluminosas, se los tomé entre los dientes y les di lengua a las puntitas erectas,... En un momento dado, empezó a temblar, me apretó la cabeza contra sus pechos y se puso a chillar como una pescadera ida. Lo tuve claro: ¡Eso era que se corría!. Estaba teniendo un orgasmo de esos. Continué lamiéndola por allí y por allá, como buenamente entendí que necesitaba para gozar al máximo. No olvidé sus axilas, las areolas, grandes y marcadas, con pequeños granitos a los que al parecer, pasarles la lengua ensalivada, incrementaba el placer…

Entonces, la tita soltó un bufido, me dio un piquito acompañado de su mejor caída de ojos y me apartó de su cuerpo por un momento.

- Me has hecho venir como una cerda, cariño. Y sólo con las tetas… Eres un ángel. Déjame reponer y seguimos. ¡No vas a irte sin comerle el chochito a tu tita!. Si lo tratas la mitad de bien que a mis domingas, me vas a provocar un orgasmo cósmico. Tienes un don, Julián. Te lo digo yo.

- Gracias, tita. Eres muy buena.

- Muy buena, muy buena… Una asaltacunas es lo que soy. Anda, baja a comerme el potorro antes de que me vengan los remordimientos. Después te haré unas cositas que te van a encantar. Tú primera vez ha de ser algo especial. Has de gozar a tope y recordarla siempre, cariño.

La moví hasta dejarla recostada sobre los cojines, espatarrada, con los pies apoyados en el suelo. Tomé una de las almohadillas que corrían por allí, la puse en el suelo y me arrodillé frente a su coño abierto. Era una cueva de proporciones generosas. Ni bella, ni delicada, sencillamente, voluptuosa y muy follable, seguro que me entendéis. No me entretuve más: acerqué mis labios, saqué la lengua y se la metí hasta el fondo, como si la usase para copular.

Ella me dejó hacer un rato, pero cuando a los pocos minutos su sexo empezó a excretar licores desconocidos, al menos para mí, me separó la boca de su vulva, tiró de mi cuerpo hacia arriba y sin perder su eterna sonrisa, me besó cariñosamente.

- Te voy a enseñar cómo dar el máximo placer a una mujer con la lengua. Por cierto, ¿te incomodan los juguitos que suelta mi coñito, Julián?. Algunas mujeres somos muy mojonas y a más de uno, le da repelús hacerlo con la boca si secretamos mucho…

- Pues a mí, me encantan. Me los bebería todos. Cualquier fluido que pueda salir de tu sexo, es ambrosía para mí.

- ¡Eres un guarro del copón, sobrino!. Bueno… como yo. Tu abuelo ya decía que para disfrutar del sexo, no se puede ser remilgado. ¡Cuánta razón tenía el pobre!. ¿Sabes que murió de un ataque al corazón follándose a una criadita de catorce años?. Eran otros tiempos. Pero vamos, dejemos eso y vamos a lo nuestro.

- Yo tengo quince, tita. La cosa no está tan lejos…

- ¡No me lo recuerdes, que me corta el rollo!. ¡Y encima, eres mi sobrino!. No sé cómo puedo hacer esto…

- Porque lo disfrutas tanto como yo, tita. Venga, enséñame a comerte el coño mejor que nadie.

Sus espasmos y gemidos de placer, prácticamente no se interrumpieron a lo largo de la media hora que me pasé amorrado al pilón. Cuando su cuerpo se relajaba al descender de la cima de un orgasmo, esa mujer, aún sudada y desmadejada por la brutal corrida, sacaba fuerzas para indicarme lo que debía hacer para conseguir el siguiente. Siempre con explicaciones precisas y muy pedagógicas. ¡En algo se tenía que notar que era catedrática de instituto!.

Empecé por lo más obvio para un pipiolo como yo: lamí sin orden ni concierto su raja, de arriba abajo, por los lados, explorando esa zona tan caliente entre el coño y el ojo del culo, derrapando a lo alto, hasta alcanzar el clítoris,… Allí me paró y puso un poco de orden:

- Lo que me haces me da gusto, cariño mío, pero puedes hacer que me dé mucho más. Mira, dejemos el clítoris para luego y dedicate a lamerme el chochito. Pásame esa maravillosa lengua por los labios, tómalos con la boca y sórbelos, juega con ellos. Luego puedes meterme tu estilete dentro. Lo que más placer nos da por ahí a casi todas es que nos acariciéis la pared del chichi por delante, desde dentro. La mayoría sólo pueden hacerlo con los dedos, pero tú eres especial y podrás atacarla con la punta de la lengua. Notarás unas rugosidades, lámelas sin tregua, repasa esa zona una y otra vez, aprieta con la mano por fuera y comprime las carnes…

Hice lo que pude y la muy salida, se vació. Se corrió como una vaca, pero es que además soltó un rio de flujos, calientes, blanquecinos, no muy viscosos, pero ricos, ricos. Me llené la boca con ellos y sin saber de dónde me vino la inspiración, aparté mi cara de su sexo y mirándola a los ojos, la morreé con ganas, compartiendo lo que era suyo. Al notar mi lenguaza recorriéndole los más íntimos recovecos del buche y sobre todo, al saborear sus propios elixires, a la cabrona le sobrevino un nuevo orgasmo aún más potente o continuó, corregido y aumentado, con el que estaba disfrutando. ¡Yo que sé!.

Dejé que su ritmo cardíaco volviese a un nivel razonable y bajé de nuevo a trabajarle el pilón. Supuse que esperaba que experimentase con su clítoris. Pues no. Me deslicé un poco más abajo y empecé a jugar con su ojete. Primero con la puntita de la lengua, dura y doblada formando una U. Recorrí el perímetro del esfínter exterior, lamiendo, resiguiendo los pliegues de ese ano tan perfumado. Cuando vi que mi tía empezaba a respirar de forma un tanto descontrolada, decidí que era el momento de probar cosas nuevas. Forcé sus esfínteres a golpe de lengua y se la metí en el culo. Ella me lo recriminó, pero mientras me exhortaba a sacársela por motivos higiénicos, empezaba a correrse de nuevo:

- Julián, sácame la lengua del culo, no seas guarro. No ves que no me lo he lavado, cielo.

- No pasa nada, tita. Está muy rico y te está viniendo otro orgasmo de esos. Déjate llevar.

- Sí pero… ¡Oh, oh, oh!. ¡Qué bueno, cariño, qué bueno!...

Sin proponérmelo, descubrí dos cosas nuevas: que el ano es una fuente colosal de placer y que degustar un culo o coño sucios, me ponía aún más. Cuando saqué la lengua de las profundidades rectales de tía Enriqueta, me di cuenta de que la tenía marrón y sabía a mierda. Debo ser un cerdo, porqué os he de confesar que no me asqueó en absoluto, de hecho, el rabo se me puso aún más duro. A tita, sí. Con un cabreo de pantomima y muy bien corrida, me envió a lavarme lengua, boca y dientes a fondo.

A la vuelta, me la encontré aún más abierta de patas, frotándose la panocha desenfrenadamente. Me miró, sonrió y entre bufidos libidinosos, me soltó: “ahora el garbancito, cariño. Cómeme el botoncito. Es lo más. Verás que corridón me vas dar”. Ahí pude comprobar en mis propias carnes que esa mujer nunca tiene bastante…

Me tiré al tajo y siguiendo sus indicaciones, jugué con el capuchón, se lo aparté, lamí, acaricié y froté el clítoris, lo vi crecer hasta que multiplicó su tamaño, lo mordí, lo ensalivé, volví a lamer,… Cuando empezó a venirle la madre de todos los orgasmos, le metí dos, tres, todos los dedos coño adentro y empecé a tamborilear con ellos esa zona rugosa y tan sensible de la que me había hablado. La tita, tardó poco en explotar. Gozó como yo no había imaginado que podía hacerlo una mujer: se convulsionaba, se retorcía, chillaba como un cerdo entrando al matadero, se pellizcaba los pezones con saña y sudaba y sudaba. Fue algo esperpéntico.

Tanto placer, abrió su grifo vaginal y soltó un caudaloso río de fluidos corporales. Cuando vi el charco que dejó en el suelo y cómo había quedado el tresillo de mis padres, me acojoné. Por suerte, estaba lamiéndole más arriba y no me ahogué…

La tía Enriqueta tardó sus buenos minutos en volver a ser persona, pero cuando finalmente retornó al mundo, su cara de felicidad lo decía todo.

- ¿Qué me has hecho, Julián?. Sabes, no recuerdo haber disfrutado nunca de otro orgasmo como éste. Ya te lo he dicho, tienes un don, cariño. Tu lengua es mágica. Anda ven, deja de te la chupe. Ya me la meterás más adelante, pero ahora al menos mereces correrte a gusto por primera vez entre los labios de una mujer.

Cuando me bajó los pantalones, vi su cara de decepción. Disimuló cuanto pudo, pero yo me percaté de que lo que se encontró, no era lo que esperaba. Seguramente me había visto la picha más de una vez, aunque de más pequeño y siempre en reposo, supongo. Ahora la tenía dura como una estaca, pero aun así era un gusanito no más largo y poco más grueso que un dedo meñique. Desde entonces me ha crecido, pero ciertamente, sigue sin ser un vergajo memorable.

La tomó entre los labios, se la introdujo en la boca y empezó un cadencioso sube y baja. Le cabía toda sin esfuerzo, con lo que me hacía una mamada muy completa. Su experiencia, mi falta de ella y las deliciosas caricias que me hacía alrededor del glande, me provocaron una eyaculación rápida, aunque copiosa y muy, muy placentera. La tita la degustó con una sonrisa, olvidando cualquier remordimiento. Sin dejar de lamerme el ciruelo, ahora despacito, decidió repetir la función y consiguió que me vaciase una segunda vez. Me dio un gusto igual de intenso, pero más largo. Fue genial. Creo que esa tarde, maduré cinco años en cinco minutos.

Se lo agradecí con un último beso, nos lavamos, limpiamos o más bien limpió ella el desastre que había provocado la generosa catarata de caldos íntimos con que me había obsequiado, nos vestimos, ventilamos a fondo y hablamos.

Tita Enriqueta quiso hacerse la madura que ha tenido un mal momento y se le ha ido la olla. Aún hoy sigo sin saber de dónde me salió la inspiración, pero la corté en seco:

- Mira guapa, lo que ha pasado, ha pasado. Yo lo buscaba y tú, mucho más. Así que no pretendas aflorar la moralina que nunca has tenido. Asúmelo y busquemos otro día para repetirlo. Todavía me has dejado con ganas y visto lo  visto… tú deseas repetir, como mínimo, tanto como yo.

No me contestó. Me besó apasionadamente y al separarnos, me soltó un “te llamaré, sobrino” que me supo a gloria. La tita es mucha mujer y si yo soñaba una o dos sesiones de sexo antes de acabar las vacaciones, me encontré con que el día siguiente ella ya lo arregló para que mi madre me pidiese que la acompañase a no sé qué pueblo cercano para… Ni me acuerdo de la escusa que se inventó la tita. Como bien debéis imaginar, acabamos despelotados y enganchados como fogosos amantes.

Ese verano fue un no parar. Teníamos media hora: ¡ñaca!, a darle lengua a la tita. Yo creo que nos enrollamos más veces que días de vacaciones pasamos juntos. La penetré un par de veces, pero ella prefería mi lengua. Lo disfrutaba mucho más. Los días que disponíamos de tiempo, se aplicaba un enema y llegaba con el culete bien limpito. Me pedía que le hiciese un anilingus de los míos. Los disfruta un montón y me decía que sólo yo podía darle tanto placer así. Yo me crecía y le daba más, por delante y por detrás…

Al verano, siguió el otoño, el invierno,… Me he pasado años y años dando lengua a tía Enriqueta. De hecho aún hoy, ya septuagenaria, cuando voy a verla algún día, si me la encuentro con la falda arremanga, sin bragas y sus labios enmarcan una de sus sonrisas… es que me está pidiendo que me amorre al pilón y le dé un alegrón. Y como se lo merece, siempre cumplo.

Se pasó unos cuantos años, al menos hasta que fui a la uni, enseñándomelo todo sobre los gustos de las mujeres. Se lo comí de todos los colores y no sólo a ella. En esos tiempos me presentó algunas de sus amigas más discretas y libertinas. Todas, sin excepción, acabaron prendadas de mi apéndice. Aprendí a usar mi lengua con un saber hacer impropio de mi edad. Lo que tengo entre labios, ayuda, pero los consejos y la variedad de coños y actitudes fue clave para convertirme en un comecoños excepcional. Esta ha sido mi vida sexual: ¡Follar poco y comer mucho!.

Ahora ya sabéis porqué Pitita vio el cielo cuando bajé a comerle el chumino. Según sus palabras, nada podía compararse a la sesión de sexo oral que acababa de regalarle mi lengua. Ni la mejor penetración del más dotado del barrio: Teófilo, el hermano de la florista de la esquina, según sus palabras, si dejamos de lado a Chimo, el portero del 47, pero ese es gay convencido y no cuenta, al menos para ella...

Tenía a la vecina derrengada, absorbiendo los últimos espasmos de la brutal corrida que acababa de regalarle, pero yo quería darle más. Para ella ese polvo tenía que ser algo memorable. Todas las marujas del barrio tenían que saber que Julián, el marido de la mayor de los Hidalgo, o sea yo, era un portento en dar placer a las mujeres. Sólo así tendría contenta a la parienta.

Pitita seguía tirada como un trapo sobre el tresillo, soltando los últimos gemidos descontrolados de su orgasmo. Le di la vuelta, la tomé por los tobillos poniéndole las rodillas dobladas bajo los glúteos, le separé los muslos y tiré de sus caderas hacia arriba, hasta conseguir que le quedase el culo en pompa y bien abierto. A pesar de que en esos momentos parecía no estar en este mundo, intuyó lo que se le venía encima y se puso a chillar:

- ¡Por el culo así no, cabrón!. Soy una chica muy anal, pero sin condón no, que no lo he preparado. Además, sin lubricante, me lo destrozarás y el Nando se podría dar cuenta. Encontrarás un frasco en el cajón de la mesita de nuestro dormitorio y los condones… en el bote del pan rallado, en la cocina. Los de la mesita no los toques, mi marido los tiene contados…

- ¡Pero mira que eres puta, Pitita!. Yo no necesito ni condones, ni mejunjes.

- Pero… ¡Ahhh, ahhh, ahhh!. ¡Qué me haces, loco!...

- Comerte ese culazo que te gastas, putita. Acaríciate el guisante, que yo te doy por dentro con los dedos. ¿A que nadie te ha partido el culo con la lengua?. Vas a ver lo que es bueno... Los orgasmos que has tenido hasta ahora sólo han sido un aperitivo. Lo bueno empieza ahora, golfa.

Primero pasé de sus protestas, luego de sus mete-saca desaforados. Más tarde, hice oídos sordos a sus bramidos y finalmente, tuve que sacarle los dedos del coño para asirme a sus caderas, porque con sus voluptuosos movimientos, no podía mantener la lengua incrustada en su ojete. No fue un gran problema. Esa mujer es una máquina de copular. Al encontrarse el chumino vacío, llevó la mano con que no se destrozaba el clítoris a la entrada de la vagina, hizo una piña con todos los dedos, la volteó a uno y otro lado unas cuantas veces cual barrena y apretó fuerte. Cuando quise darme cuenta, se la había embutido enterita en el coño. ¡Menuda cueva tenía esa tía!.

Yo seguí a lo mío. Con la lengua metida hasta el fondo, movía la punta por las paredes rectales, haciéndole unas cosquillas muy especiales. Usaba los labios para juguetear con el fruncido del ano, presionándoselo. Sus esfínteres se abrían y cerraban sobre mi lengua, presagiando la madre de todos los orgasmos.

Entonces empecé a notar algo que avanzaba desde muy adentro, poco a poco. Cuando la puntita colisionó con mi lengua, llegué a una conclusión fatal: ¡Era un zurullo compacto y de gran tamaño!. Joder con la guarra: ¡se estaba cagando de gusto!.

Saqué mis morros del culo de Pitita tan rápido como supe. Noté en la lengua un inconfundible gusto a mierda. La limpié como pude a base de saliva, soltando rápidamente un marronoso sipiajo tras otro en pleno ojete, hasta que salieron de un color más pasable y decidí que el boquete que tenía por culo no podía quedar desatendido a media corrida. Entre mis escupitajos, sus flujos y la caquita que empezaba a emerger, vi que ese hoyo podría con cualquier cosa: Dos dedos, tres, cuatro, también el pulgar,… Presión, rotación, más presión,… Cuando quise darme cuenta, tenía todo dentro, hasta la muñeca y ella, continuaba dándole a la matraca por el coño, sin olvidar seguir despellejándose el clítoris como si no hubiese un mañana.

Esa ninfómana ya no sabía dónde estaba ni que pasaba. Sólo podía correrse sin freno y es lo que hacía, ¡vaya si lo hacía!. Orgasmaba sin poder controlar su cuerpo. Sudaba a mares, babeaba, soltaba fuertes chorros de flujo vaginal, uno tras otro. Parecía una muñeca de trapo sacudida por espasmos enfebrecidos. En un momento dado, cerró los ojos, lanzó un largo suspiro y encontró fuerzas para vaciar el chumino y dejar de frotarse el clítoris compulsivamente. Apoyó las manos el sofá y se dejó caer. Yo aproveché ese momento para sacarle mi mano del culo. Lo intenté hacer despacio, para no dañar esa parte tan delicada de su anatomía, pero ella me sonrió como si acabase de cruzar en primera posición la meta de una maratón y forzó su cuerpo para que saliese todo de golpe.

¡Y vaya si salió!. Mi mano, un mojón grueso y compacto, acompañado de jugos malolientes y encima, va y se suelta por delante: los meados empiezan a escurrírsele por los muslos, ensuciando el sofá y llenando el suelo de un cóctel nauseabundo. Y ella, sonriendo, continuaba disfrutando de los últimos estertores del mejor orgasmo de su vida.

La dejé sola acomodada en posición fetal sobre sus excrecencias, pero con una cara de felicidad que enterraba todos los desmanes ocurridos. Flotaba en un exceso de placer carnal, si es que pueden existir los excesos de algo así. Me levanté, hice un gesto reflejo arrugando la nariz por el hedor de la habitación, busqué el baño, me lavé a consciencia, revolví los armarios hasta encontrar un colutorio bucal, me enjuagué repetidas veces y volví a casa.

Pitita tardó tanto en salir del trance postorgásmico que cuando Nando llegó de trabajar aún se la encontró en tan comprometida posición. Hay quien dice que la mejor defensa es un buen ataque y ella aplicó el consejo: Le echó en cara a su marido haberla llevado a cenar al tugurio de uno de sus amigotes la noche anterior. Seguro que el marisco o aquella salsa rosa debían estar en mal estado. Lo dejó recogiendo el desaguisado y se fue a duchar, cabreada con él por llevarle a sitios tan cutres.

A los pocos días mi mujer llegó del gimnasio exultante. Se me colgó del cuello, me besó con ganas y me soltó:

- Gracias, cariño. Debiste dejar muy a gusto a esa guarra. Habla maravillas de ti. Ahora todas saben que yo tengo el mejor amante del barrio. No sabes tú bien la de preguntas que me han hecho en el vestuario. Querían saber cada cosa… ¡roja me han puesto!, pero yo… ni mu. Eres un solete, Julián, estoy muy orgullosa de ti: los Hidalgo, como siempre, un paso por delante.

- Hice lo que pude. No fue difícil, Pitita es una mujer muy ardiente y…

- No quiero que me cuentes nada de lo que hiciste con esa golfa. Has cumplido con creces y eso me basta. ¡Ven aquí cariñín, deja que te dé un besito!.

Como podéis imaginar, la cosa no acabó ahí. Pitita es una bocazas y le encanta contar sus hazañas sexuales a las amigas, corregidas y aumentadas. Todo el sector femenino del barrio supo unos días más tarde que me la había follado y que lo que experimentó conmigo, iba más allá de lo que le había dado ningún otro hombre.

Gertru va a la pelu cada semana. Como debéis imaginaros, una Hidalgo también ha de ir siempre por el mundo con el pelo impecable. Las otras tres clientas con las que compartía la peluquería ese día la miraban con admiración, o tal vez… ¿envidia?. Ella les devolvía la mirada, escrutándolas por encima del hombro con un rictus de suficiencia. Al fin Paqui, la más lanzada, se atrevió a hablar:

- Oye Gertru, se dice por ahí que lo que le hizo tu Julián a la Pitita, fue algo del otro mundo…

- Sí, presté mi hombre a esa golfa para que se enterase que a una Hidalgo no se le puede hacer sombra, ni tan sólo en eso…

- Ya, ya… Es que… yo voy muy necesitada, sabes… Mi Juan llega tarde, cansado y encima los críos, que si baños, cenas, deberes… Vamos, que me sirve de poco. Y los fines de semana, entre el fútbol y la partida, llega a casa tocado y ya puedes imaginarte la fiesta…

- El mío igual, un par de polvos mal aderezados al mes…

- Pues yo que me he quedado viuda, aún peor, ¡ de !...

- Haced como yo: mirar guarradas en el ordenador y ahorrar para cambiar las pilas del pollón de plástico de tanto en tanto…

- ¡Coño, Reme, que tú eres joven y soltera!...

- Ya pero para lo que se encuentra por ahí… más vale apañarse sola. Y si no, al bollo, que está bien sabroso…

- ¡Reme!, no me digas que tú…

- Pues mira…

- Venga, dejaos de bobadas. Iba a pedirle algo a Gertru que a lo mejor puede venirnos bien a todas…

- Paqui, tú dirás…

- Verás, todas sabemos que Pitita es una bocas y una golfa. A lo mejor, va diciendo por ahí eso de que tienes en casa un hombre tan extraordinario sólo para quedar bien contigo. Tú te mereces algo más. Como vemos que estás dispuesta ceder a tu marido para una buena causa… y nosotras echamos en falta un buen trasiego de bajos… pues… he pensado que nos lo podías prestar. Piensa que probándolo entre varias, podríamos afirmar sin ninguna duda si Julián es o no es el mejor amante del barrio.

- ¡Nunca hubiese esperado oír algo así de tus labios, Paqui!. Seguro que nuestras amigas están tan escandalizadas como yo.

- Chica… lo de Paqui no es mala idea… Por un lado, unas mujeres honradas como nosotras podremos dar fe, discretamente, de lo bien que folla tu hombre…

- ¡Reme por favor!...

- … vaaale… de lo bien que sabe tratar a las mujeres tu marido. ¿Te gusta más así?. Y por otro, nosotras le damos una alegría al cuerpo, que buena falta nos hace…

- Piénsalo, todas saldremos ganando.

Ya os podéis imaginar como acabó la cosa: el jueves le di lengua a Paqui, el sábado a Antonia, la de la pescadería, el martes es el día que libra Reme y… pues eso. Finalmente el miércoles completé la tanda con Hortensia. Todas acabaron contentas y yo, también. Al parecer, montárselo con el habitual, no es lo mismo que encamarse con un amante… La mejor, Reme. No por joven, sino por las ganas que traía a cuestas. Ese día tuve que llamar a la pobre Gertru para decirle que vendría cenado…

En unas semanas el boca-oreja hizo estragos y como a pesar de sus tics “Hidalgo”, mi mujer es una buenaza que no sabe decir “no”, muchos mediodías, cuando llegaba del Ministerio -soy jefe de sección en un ministerio con muchos funcionarios y muy pocas funciones-, ella ya me tenía preparados “deberes” para la tarde.

Las amigas y conocidas de mi mujer se me rifaban y sabía que podía confiar en su discreción, así que en justa correspondencia, empecé a pedirles que me devolviesen los favores. Con Gertru el sexo se reducía a que se lo comiese de tanto en tanto y si me ponía pesado, dejaba que se la metiese con desgana o me cascaba una paja. Chupármela… ya ni me acuerdo y por detrás, jamás. Con ellas, todo era más fácil y placentero: Que si mamadita por aquí, un buen mete-saca por allá e incluso con un par, enculada de Champions. Vamos, que iba muy bien servido.

A los pocos meses, mi fama como contumaz comecoños, había desbordado el barrio y la cosa trajo consecuencias.

Una tarde, Gertru se encontró en la peluquería con una nueva clienta a quien nadie conocía. Parecía una de esas señoras del barrio de Salamanca o de La Moraleja. De mediana edad, iba de pija modernilla con su moreno de Ibiza o Saint-Topez. Vestía cosas de marcas buenas, monísimas, pero algo extremadas, según mi mujer, claro. Reme perdía el culo por atenderla. “Esa es más que Gertru, seguro”, debió pensar.

La mujer pidió que la peinasen, aunque a media faena, se lo repensó:

- Oye, guapa, ¿también hacéis la cera?.

- Claro, señora. Detrás tenemos un box equipado con las últimas novedades.

- Perfecto. Pues después me repasas el chochín. Mañana voy al gimnasio con la nueva “amiga” del Presidente y quiero estar presentable.

- ¡Aaahhh!.

Ni sabían de qué presidente hablaba, ni quién era su nueva amante. ¡Si ni tan sólo conocían a esa mujer!. Ella, al parecer, sí que sabía muchas cosas, al menos de Gertru.

- Tú debes ser la mujer de Julián, Gertrudis Hidalgo, ¿verdad?. Pilar Hildergrünne y de Seco-Ugarteburu, pero todos me llaman Cuca. Es más fácil, ¡ja, ja, ja!.

- A mí, Gertru. Pero…, ¿de que me conoce?.

- De nada, cariño, pero me han llegado rumores de las virtudes de tu hombre y quería hablar contigo.

Los colores cubrían la cara de la Reme por momentos. ¡Esa señorona venía para decirle a Gertru que le dejase probar la lengua de Julián, es decir, la mía. Así, sin más!.

- Ya está señora. ¿Le ha quedado a su gusto?.

- Si, bueno tal vez las puntas de atrás… Pero no te preocupes, cuando acabes con la cera, me las curvas un poco hacia adentro y quedaré estupenda. ¡Ja, ja, ja!. ¿Me acompañas, Gertru?. Así vamos hablando mientras ella me repasa el potorrín. Y haz el favor de tratarme de tú.

- Como quieras…

Cuca debía estar acostumbrada a otras dimensiones y lujos porque al entrar en el box puso una cara de resignación… Se bajó la cremallera lateral del vestido y se lo sacó por abajo con un meneo de caderas. Debajo sólo llevaba un pequeño tanga de encaje con una etiqueta más grande que la propia prenda, pregonando que su propietaria podía gastarse lo que costaban los diseños de esa marca italiana.

Al ver cómo le miraban las tetas, se las presentó, sujetándolas por debajo con las manos:

- ¿A que me han quedado estupendas?. Me las ha hecho Paco en Ruber Internacional. ¡Es un artista!. Toca, toca, ya verás que tacto tan natural. Desde que me he las ha operado, nunca uso sujetador. ¡Es fantástico!, además a Borja le pone que sus amigos sepan que voy “sin”. Ya sabes cómo son los hombres… ¡Pero tócamelas chica, entre nosotras no hay pudores que valgan!.

Mi mujer finalmente se las tomó entre las manos para no hacerle un feo. Las cosas como son: eran unas buenas tetas, equilibradas, flexibles, con el pezoncito bien definido, tan morenas como el resto de su cuerpo y tersas como un flan, de los de huevo campero. Le debieron gustar porque al final, tuvo que ser su propietaria quien le apartase las manos…

- Sabes, Gertru, una amiga me ha dicho que tu hombre tiene una lengua mágica. ¡Queremos probarla, preciosa!. A nosotros nos gustan las novedades, nos van las emociones fuertes, sabes cariño.

- ¿Queremos?...

- Claro, Borja y yo. Casi siempre compartimos, chica. Tanto a mi chico como a mí, nos va todo: almejitas o percebes, qué más da si el producto es bueno…

La pobre Gertru estaba desbordada: esa señora tan importante le estaba diciendo sin tapujos que ella y su marido eran bisexuales. ¡Y querían montarse una orgía conmigo!. Mientras reflexionaba sobre temas morales, Cuca dio instrucciones a la esteticien. Todavía la confundieron más:

- Reme, me estás poniendo cachonda con la cera. Hazme un dedito, guapa. Así me iré más relajada, cariño. Aunque si a ti no te importa, puedes comérmelo un poquito…

- Os dejo…

- ¡Noooo!, acabemos la conversación. ¿Vas a hablar con tu Julián?. Si lo prefieres, me hago la encontradiza y me lo ligo. Soy buena con los hombres…

Al oírla, Reme la miró con cara de Calimero. Cuca se rió mientras le devolvía la mirada y le soltaba:

- Y con las mujeres, pero sigue que lo que me haces, me gusta tanto como a ti.

Una continuó dedeando a su clienta. La otra, separó un poco más las piernas y reprendió la conversación.

Como podéis imaginar, la visita acabó en cita. Al parecer, la paciencia no es una de las virtudes de Cuca y a la mañana siguiente recibí una llamada suya en mi oficina del ministerio. No se conformó con una tarde, ni con probar. Sin preguntarme si me iba bien, me comunicó que su chofer me recogería el viernes a las once en la puerta ministerio. Debía llevar ropa informal y calzado apropiado para el barco, porqué iríamos a su casa de Ibiza. Ese fin de semana marcó un punto de inflexión en mi vida.

Al llegar, Cuca ya estaba en el coche. Me hizo sentar y allí mismo, delante del chofer, me morreó con ganas, con vicio diría yo.

- Ya tenía ganas de conocerte, guapo. Me han hablado maravillas de ti.

- Tomás, no se entretenga, recojamos rápido al Señor. En la M30 hoy encontraremos mucho tráfico y no podemos perder el avión.

- Cómo no, Señora.

Bajando por Castellana iba contándome el plan del fin de semana. A la altura de Colón, no se le ocurrió otra cosa que tomarme la mano y acompañarla hasta dejarla entre sus muslos. El vestido camisero con los botones desabrochados de medio muslo hacia abajo, facilitaba el magreo. Viendo lo que había, me crecí y me atreví a subirla. Con un piquito y su generosa abertura de piernas, entendí que me daba carta blanca.

Fui subiendo la mano despacito, acariciando la aterciopelada piel de esa mujer. Al llegar a la ingle me encontré sus mucosas más íntimas. Húmedas, suaves, receptivas... Compartir el asiento del coche con una señora bien que prescinde de su ropa interior era algo nuevo para mí y Cuca debió darse cuenta.

- No te cortes, guapo. Hemos planificado un fin de semana muy loco, así que ya vengo preparada de casa. ¡Ja, ja, ja!.

Yo no dije nada. Ella tampoco. Yo acaricié su sexo. Ella… lo gozó. Con dos dedos metidos en cucharita coñito adentro, llegamos a Recoletos. El chofer paró delante del portal del suntuoso edificio donde trabajaba su marido y yo me apresuré a sacar la mano y bajarle el vestido. Cuca no me dejo. El tal Tomás, bajó rápidamente a tomar la cartera de su jefe, la dejó en el cofre y le facilitó el acceso a la puerta delantera del acompañante. Antes de sentarse, Borja abrió la del lado de su esposa y le dio un beso. A Cuca le faltó tiempo para presentarle a su nueva mascota:

- Querido, él es Julián. Este weekend seguro que nos va a hacer gozar mucho. Ya nos perdonarás que nos hayamos metido en faena. Mira cómo me tiene…

Era una pareja curiosa: A la muy loca, no se le ocurre otra cosa que levantarse el vestido para mostrarle a su marido cómo la estaba masturbando y a él, le da por sonreír, soltarle un “disfrútalo, cariño” y ocupar el asiento del copiloto. ¡Menuda es la gente de pasta!.

Ese fin de semana descubrí el significado de gozar del sexo por el sexo, sin ataduras morales, sin vínculos personales: follar sin trabas para extraer el máximo placer del cuerpo, propio y ajeno.

El sábado salimos a navegar con otras dos parejas. En cuanto abandonamos el puerto, las ropas quedaron en los camarotes y aparecieron seis cuerpos despelotados en cubierta. Cinco minutos más tarde, se amachambraron, intercalando dúos y tercetos con una desenvoltura  que sólo se consigue con la práctica. Yo me lo miraba desde la bañera de popa, con un gin-tonic en la mano, ataviado con mis bermudas y un polo marinero de rayas que me había comprado para la ocasión.

La tripulación les atendía impertérrita, como si el que la polla del armador penetrase el elástico coño de una rubia despampanante sobre las colchonetas de proa, mientras su esposa le pedía al maromo de la rubia que le embistiese el potorro con más ímpetu, fuese algo tan cotidiano como un juego de salón.

Al fin, hicieron un alto entre tanto frenesí copulador y Cuca, con su eterna sonrisa arrebatadora, pero eso sí, exigiéndole a su partenaire ocasional que siguiese magreándole las tetas con ahínco, se fijó en mí:

- Julián, cariño, anda, desnúdate y ven con nosotros. Déjanos probar eso tan especial que tienes. Ya verás, vamos a hacer que te lo pases muy, muy bien…

Hice caso a la sabiduría del refranero y apliqué eso de “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Me despeloté un poco cohibido al ver mis discretos atributos colgando allí abajo. Una camarera, recatadamente uniformada, iba tomando mi ropa pieza a pieza a medida que iba quitándomelas. Las dobló primorosamente y cuando recogió la última prenda, bajó al camarote y lo dejó todo ordenado sobre la cama.

Crucé por el pasillo de babor y me reuní con ellos. Lo primero que hice, fue dar un repaso a los tres tíos. Sólo quería comparar sus atributos con mi mini-yo, aunque como veréis, alguno tergiversó mi interés. Al verme, Cuca se abrió los labios del chochito con los dedos y guiñándome el ojito, hizo el inequívoco gesto de chupar una polla con la otra. Yo, pringado de mí, le reí la gracia.

Borja calzaba una buena verga. Sin ser algo extraordinario, llamaba la atención. El del joven novio de la rubia recauchutada, iba en consonancia al resto de su cuerpo, esculpido por muuuchas horas de gimnasio, botes gigantes de complementos proteínicos y anabolizantes: Un pollón digno de un actor porno. Como no quería ver mi autoestima a ras de suelo, obvié comparaciones y ni tan sólo miré qué tenía Jonás, el tercero, bajo la tripa. ¡Seguro que le colgaba un cipote de palmo y medio!.

Pero como todos sabemos, los tíos somos voyeurs por naturaleza, así que tardé poco en dirigir la mirada a lo que lamía su esposa con tanta avidez. ¡Menuda sorpresa!. ¡El tal Jonás la tenía bastante más pequeña que yo!. Escondida entre el escroto, le sobresalía la habichuela: Un capullo rosado, hinchado, con la piel tan tersa como el parche de un tambor. Completaba el pene un tallo de no más de tres o cuatro centímetros. Con el glande y empalmado, el doble. Su mujer se lo chupaba con ganas, amorosamente, ronroneando como una gatita satisfecha y él le devolvía el favor acariciándole el sexo con vehemencia, orgulloso de lo que le ofrecía.

Era una pareja de mediana edad, rozando la cincuentena. Bien conservados, especialmente ella. De joven debía ser un bellezón despampanante. Ahora aún mantenía las carnes prietas, con todo bien puesto, exhibiendo unos pechos altaneros y su moreno integral, a juego con el de su hombre. A ninguno parecía importarle si la tenía gorda, corta, larga o fina. Ver cómo esos connaisseurs del sexo, disfrutaban de lo que había con naturalidad, me subió unos cuantos enteros mi amor propio. Cuando Mita, menudos nombres se pone la gente bien, me hizo gestos para que los acompañase, otros pocos más.

- Cómeme por detrás, cariño. Cuca me ha dicho que eres un primor y Jonás me tiene desatendido el culito. Soy una chica muy anal, sabes. No tienes que preocuparte, aquí todos venimos limpitos de casa y con los papeles en regla, je, je.

- Como ha de ser, aunque he de confesaros que tampoco me importaría jugar con una mujer tan guapa y dispuesta si no vinieses tan aseada…

- ¡Huuuyyy, has visto querido, es de los nuestros: todo un cerdito!. No puedes hacerle un feo: cómesela mientras me da lengua.

Por primera vez me la mamó un tío y… me gustó. Lo que yo le hice a Mita en el ojete, la hizo tocar el cielo. Cuca no perdía detalle y la otra se olvidó de Borja y miraba embelesada cómo se corría sin tregua su amiga…

Fue un fin de semana extenuante. Un no parar de follar. A esos les traía sin cuidado si tenían delante un coñito pelón o un culo peludo, si besaban labios bigotudos o lamían teta. Acabé comiendo rabo, con la retaguardia estrenada y los huevos completamente vacíos. Eso sí, os puedo asegurar que no quedó oquedad alguna sin degustar las bondades de mi lengua.

La experiencia cambió mi percepción del sexo y afianzó mi autoestima. Cuando volví a Madrid, era otro: Seguro de mí mismo, sin complejos y con ganas de disfrutar de la vida sin restricciones ni falsa moralina. Gertru lo notó en cuanto traspasé la puerta:

- ¿Qué te han hecho, cariño?. No pareces mi Julián. Si hasta andas diferente…

- Esos ricachos me han abierto los ojos, preciosa. A partir de hoy, van a cambiar muchas cosas. A mejor, ya verás. De momento, desnúdate y espatárrate en el tresillo, quiero hacerte gozar con algunas cosillas que me ha enseñado esa gente…

- Pero… los vecinos… Además, ahora no son horas…

La nueva seguridad que emanaba de mi persona, la desarmó y en menos que canta un gallo, estaba tendida en el sofá como su madre la trajo al mundo. Con sólo mirarla, entendió que los brazos cruzados sobre sus tetas sobraban y que los muslos, quedaban mejor bien separados, mostrando su hermosa raja.

- Tócate, cariño. Quiero ver cómo te corres con tus dedos.

- ¡Julián, cómo quieres que haga eso!. Yo no…

- A partir de hoy se han acabado las vergüenzas en esta casa. Vamos a enterrar los estúpidos pudores y disfrutaremos de nuestros cuerpos sin cortapisas. ¡Hazte una paja, coño!.

Gertru debió ver algo nuevo en mí, porque mirándome con los ojos más libidinosos que nunca le había visto, empezó a masturbarse sin abrir boca. La pobre no debía darse dedo ni de jovencita. Aunque aplicaba la innata intuición de cualquier mujer y le ponía voluntad, sólo conseguía restregarse el chocho con pasión, pero sin demasiado acierto. La dejé hacer un poco más y me bajé al pilón. ¡Mi lengua sí sabía cómo tratar la flor de una mujer!.

No paré hasta conseguir que se corriese tres veces. Fueron tres orgasmos como tres soles. Normalmente, cuando le llegaba el placer, me apartaba como si por comerle la panocha fuese un apestado, se santiguaba, me recriminaba que tuviésemos que llegar a “eso” por tener una pilila casi infantil y me enviaba a lavarme la boca. Sólo aceptaba darme un piquito al volver, y no siempre. Ese día no fue así. Con ella aún hiperventilada por los últimos estertores de gozo, la morreé con ganas, remetiéndole la lengua, todavía empapada con sus viscosos flujos vaginales. Iba a retirarse escandalizada, pero le bastó cruzar una mirada para aceptarla, tomándola entre sus labios y chuparla hasta degustar la última gota de sus propios jarabes.

Dejé que se relajase, la besé, jugué un poco con sus pezones y se lo dije alto y claro:

- Gertru, ahora es mi turno. ¡Chúpamela, cariño!.

Primero me miró con cara de cordero degollado, bueno, mejor oveja. Pero algo debió hacer “click” en su interior, porque seguidamente, sonrió, me llevó de la mano al dormitorio, me hizo estirar cuan largo soy sobre la cama y poniéndose de través, tomó mi ciruelo entre sus dedos y se lo llevó a la boca. Yo creo que por primera vez, no me la mamaba por una obligación mal entendida. ¡Le empezaba a gustar eso de comer nabo!. No era una gran feladora, pero le ponía ganas y lo disfruté. Me puso el cipote como una estaca y cuando decidió reseguir la parte baja del glande con la lengua, no pude mantener por más tiempo la lefa confinada en mis huevos:

- ¡Cariño, cariño, que me viene!. No aguanto más. ¡Eres una diosa, querida!, salte o te inundo la boquita…

- Anda, calla y llénamela de lechecita, cerdito…

¡No lo podía creer!. ¡Gertru pidiéndome que me corriese en su boca!. Entre que ya estaba a punto y sus palabras, la expulsión fue irremediable y… copiosa, muy copiosa. Le llené el buche de esperma caliente y aromático como nunca. Iba cargado, pero fue el ver la mujer ardiente y desinhibida que podía llegar a ser mi Gertru lo que propició mi eyaculación más bestia. ¡Una pasada!, y por primera vez, sobre la lengua de mi esposa. Para rematar la faena, la muy guarra la sacó embadurnada con mi lefarada, abrió la boca, tragó una, dos veces, me la enseñó casi vacía y me devolvió el morreo en que le di a probar sus propios elixires. ¡Menuda gozada!.

Esa noche no me mandó al baño con cara de manzanas agrias. Permanecimos desnudos, un tanto sucios y sudados, abrazados, hablando de todo lo que debimos haber hablado mucho tiempo atrás. Dormir, dormimos poco, pero aprovechamos bien la cama…

A media noche, me desperté con la polla como una escarpia. Gertru me daba la espalda, cubierta por la sábana sólo hasta medio culo. No pude seguir durmiendo sin rendir antes un homenaje a esas nalgas prodigiosas. Le tomé los pechos con la mano y empecé a acariciarle los pezoncitos en círculos, hasta llegar a pellizcárselos suavemente. Llevé la otra mano a su sexo, aún húmedo de sus flujos y mi segundo corridón. Me mojé los dedos y me dediqué a acariciarle el clítoris despacito, suavemente. A pesar de mi sigilo, acabó despertándose. Se giró, me sonrió como ya ni recordaba y me besó diciendo:

- ¡Huuuyyy, cariñín!, ¡cómo se te ha puesto la pollita!. ¿Es por mí?.

- Claro, preciosa, aunque he de decirte que este fin de semana he descubierto que esa pollita, pichita, pilila, o como tú la llames, es un pene normal y corriente. Nada extraordinario, pero más o menos en la media. No sé de dónde has sacado la idea de que la tengo muy pequeña…

A esas alturas, no podía haber secretos entre nosotros y así descubrí su afición por la pornografía. Y claro, en esas pelis sólo salen pollones de tres pares de narices, filmados con tomas escandalosas, usando grandes angulares que hacen que los coños de las actrices parezcan una de las bocas del Eurotunnel y los penes de los actores, torres de Pisa enderezadas. Como quedé sólo satisfecho a medias, decidí hurgar un podo más en la herida.

- Pero… tú sabes que en esas pelis, todo es un poco irreal, exagerado. Escogen a los actores por su dotación y capacidad de mantenerla dura aún bajo los focos y los técnicos pululando a su alrededor. No puedes comparar basándote en el porno, cariño. Eras virgen cuando empezamos a salir y si cómo siempre me has dicho, después no has estado con ningún otro hombre…

- Bueno… es que…

- Cuéntamelo todo, Gertru. Después de lo vivido este fin de semana, si hay confianza ya no me importa que te hayas acostado con otros…

- ¡Julián, por favor, qué gilipolleces dices!. Nunca he estado con otro hombre, pero…

Al final, resultó que lo más cerca que había tenido las partes pudendas de otro hombre, fue el día que le sobrevino un ataque de apoplejía a Don Segismundo, el párroco de su pueblo de toda la vida y tuvo que acompañarle en la ambulancia al hospital de la capital. Debido a los baches del camino que iba del villorrio a la carretera nacional, se le cayó la manta y con la ridícula bata sanitaria remangada, era imposible no ver que entre sus piernas, sobresalía un pirulo de padre y muy señor mío.

Aún arrugado, le pareció más grueso que el caño de la fuente de la Plaza Mayor. En la intimidad del cubículo y con Don Segismundo adormecido por los efectos de los narcóticos que le acababan de administrar, no le ocurrió otra cosa que tomarle el bálano con la mano. Al poco, el cilindro de carne creció, creció y se endureció. “¡Madre de Dios bendito!, si eso es lo que los hombres tienen que meter en nuestras partes, nos deben reventar”, pensó. Aunque también se emocionó con el calorcito que le iba apareciendo entre las piernas…

Inocente ella, años más tarde dedujo que si tanto la del cura, como la de los que la enseñan en las películas guarras que veía a escondidas, la tenían así, lo mío debía ser un error de la naturaleza… Así es como me enteré de que a pesar de dar pie al menosprecio de mi ciruelo, tenía que agradecerle al pollón de Don Segismundo el que Gertru, una lejana tarde de otoño, me dejase estrenar el tesoro que guardaba entre sus muslos …

A partir de esa noche, nuestra relación fue a mejor. Ella empezó a cogerle el gusto al fornicio y perdió todo pudor en la intimidad. A mí, como ya poco me quedaba, sencillamente le di todo lo que pedía y si podía, un poco más. No tardé mucho en abandonar a mis amantes pasajeras: ¿Por qué tenía que buscar fuera lo que tenía con creces en casa?. De hecho, al poco tiempo, Gertru acabó siendo más guarrilla que yo...

Empezamos a mirar las pelis porno juntos y practicábamos lo que veíamos e intuíamos que nos podía gustar. Su culo, tardó poco en caer y al mío, le encontramos nuevas y gratificantes funciones. Compramos juguetes eróticos, ungüentos y lubricantes y los usamos con prodigalidad. A finales de septiembre decidimos que nos tomaríamos el acueducto de la constitución y haríamos una escapada a algún lugar de playa. Fue ella quien propuso ir a Fuerteventura. “Quiero probar eso de bañarme y tomar el sol en pelota picada”, me dijo. Al oírlo, me puse más palote que un macaco en celo.

La realidad superó mis expectativas. Gertru ya hacía un tiempo que iba desbocada por la vida, pero cuando el día que tomábamos el avión, vi que cerraba la maleta sin guardar ni una sola prenda de ropa interior y se ponía un vestido de generoso escote y falda escasa a pelo, me dejó fuera de juego. Sus palabras al ver mi cara de bobalicón salido, más.

- Cariño, si estas vacaciones han de ser diferentes, que lo sean de verdad. Soy una Hidalgo y ya sabes que los Hidalgo siempre hemos de ser lo más de lo más. En todo. Si toca ir de putilla, no voy a quedarme a medias: estos días vas a follarte al mayor putón del barrio…


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