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Fecha: 14-Nov-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

¡soy enfermera, no puta!

Olga
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Tiempo estimado de lectura: [ 10 min. ]
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Soy una humilde enfermera que se ve tentada por la verga de un paciente parapléjico y lo peor es que soy casada. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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¡SOY ENFERMERA, NO PUTA!

 

         Hola, soy Lola, tengo 27 años, aunque no me considero bonita, mi cuerpo lo cuido mucho, mis senos no son enormes pero creo que son proporcionados a mi cuerpo y por herencia materna tengo buenas caderas que mi esposo disfruta a diario; estoy felizmente casada pero lamentablemente no puedo tener hijos, soy estéril, aunque vengo de una familia sencilla logré graduarme de enfermera, yo era fiel, hasta que me sucedió el caso que les voy a relatar.

 

         Me encontraba desesperada en el hospital donde trabajo, queda al otro lado de la ciudad donde vivo, los turnos son espantosos y hay un doctor muy viejo que me acosa, la jefa de enfermeras, fue mi salvación:

JEFA: Mira, Lola, el marido de una conocida tuvo un accidente y quedó parapléjico, la esposa me requirió una enfermera y como sé que no estás contenta aquí, puedes renunciar e irte a trabajar con ella, además la paga es muy buena.

       

        Se lo agradecí y ese mismo día renuncié, por la noche se lo conté a mi esposo, se puso feliz, un poco más de dinero no le cae mal a nadie, al día siguiente, planché mi uniforme, tomé mi pequeña maleta y me dirigí a mi nuevo trabajo, la fachada de la casa era hermosa, se veía que era gente de dinero, me salió a abrir Doña Laura, una señora de unos 40 años, guapísima, me llevó a la enorme habitación donde yacía su esposo, estaba sedado, me contó que hacía un mes que había salido del hospital pero que ninguna enfermera aguantaba su mal carácter.

        Sufría una especie de paraplejía compleja, podía mover con dificultad las extremidades superiores, pero no las inferiores, usaba silla eléctrica de ruedas, me contó que la lesión también le afecto las cuerdas bucales porque aunque hablaba ella no le entendía nada.

        Trató de explicarme mis obligaciones, pero yo le dije que en el hospital donde trabajaba había tratado a pacientes similares, se quedó más tranquila y me contó que era abogada, que casi no se mantenías en la casa y que me dejaba a cargo… ah, me dijo, se llama Rolando pero le gusta que lo llamen Rolo.

        Inspeccioné la casa y me senté a esperar que despertara, cuando me estaba quedando dormida, oí unos balbuceos, me paré y me presenté, le dije que era la nueva enfermera, me vio de pies a cabeza, (si no fuera porque tenía la mitad de la cara torcida, se podría decir que era un hombre muy guapo), entre balbuceos, que de manera extraña sí entendí, procedí a hacerle sus ejercicios de rehabilitación para que sus músculos no se atrofiaran, me pidió que lo bañara, le pregunté si quería un baño de esponja o en la ducha, prefirió la ducha, con muchos esfuerzo lo cargué para llevarlo a la silla, no sé si fue intencional pero sentí una de sus manos en mi nalga derecha, no dije nada, eso me suele suceder en este trabajo y lo llevé a la ducha, a pesar de mi entrenamiento me costó mucho quitarle la pijama, este hombre debía medir como uno noventa, lo senté en la silla plástica, encendí la ducha y Don Rolo dibujó una pequeña sonrisa de satisfacción, lo enjaboné por todo el cuerpo, me pidió que lo enjabonara en medio de las nalgas, que las anteriores enfermeras no lo hacían y que el sentía que de no lavar esas zona le podían salir hemorroides.

        Lo incliné sobre mi hombro derecho y lavé a la perfección su zona anal, al volverlo a sentar vi que tenía una tremenda erección, se disculpó y le dije que no tuviera pena que era normal, pero para mí no lo era, tenía un pene inmenso, no pude evitar compararlo con el de mi esposo y francamente salía perdiendo por mucho, me pidió que le lavara esa zona, me enjaboné las manos con los guantes puestos y empecé por debajo de sus testículos, eso hizo que su pene creciera aún más, yo estaba muy nerviosa, a pesar de que había bañado diversidad de pacientes, Don Rolo me provocaba una pequeña sensación de humedad en mi vagina, nunca me había sucedido esto.

        Me dediqué a lavarle ese pedazo de carne, así que con una mano se lo frotaba y con la otra lavaba sus testículos, Don Rolo me pidió que se la pelara, a mí me pareció muy obscena su petición, pero como toda la profesional que soy, lo hice, al ver su cabeza fuera del capuchón, pude comprobar que llevaba días sin que nadie le aseara esa zona, tomé un poco de agua tibia y le limpie la cabeza del pene, sentía como cabeceaba entre mis manos, me sentía incómoda pero he de confesar que me hubiera gustado quedarme más tiempo aseándolo.

        Le sequé todo el cuerpo y vuelta de nuevo a su silla de ruedas, ahora sentí una mano rozar mi seno, no dije nada pero empecé a sospechar, lo llevé a su cama, le pregunté donde estaban las pijamas limpias y me dijo que prefería quedarse desnudo, no me pareció correcto pero tampoco quería perder mi trabajo el primer día, lo recosté con la mitad del cuerpo sobre la cabecera de su cama y le pregunté si necesitaba algo más, me pidió que le diera sus medicamentos y al inclinarme para darle agua note que mi blusa se abrió y me miró los pechos con descaro, yo me hice la desentendida y seguí como si nada, luego le dije que me iba a ir a cambiar porque con el ajetreo del baño se había mojado mi uniforme, entré al baño y me desnudé quedándome solo en ropa interior con mis zapatitos y calcetas blancas, pude notar por el espejo que tenía mi tanga empapada, no podía ser, era un paciente más, me bajé la tanga y oriné, luego limpié bien mi vagina y me puse el uniforme seco, lo que no se me ocurrió fue llevar otra tanga de repuesto, así que tenía que permanecer el resto del día con mis partes íntimas sin nada que las cubriera.

        Al salir me pidió que lo llevara al jardín a tomar un poco de sol, cada vez que lo transportaba a su silla sentía sus manos en alguna parte de mi cuerpo que hasta ahora solo mi esposo había disfrutado, le quise poner la pijama pero no quiso, me pidió su bata de baño, solo permitió que se la pusiera sobre sus hombros y el resto lo enrollara en su cuerpo, salimos a un jardín precioso lleno de flores, al extremo había un yacusi cubierto por una pérgola hermosa, y en el centro una piscina de forma caprichosa, lo llevé a un área donde podía disfrutar de un buen baño de sol, en eso sonó el teléfono de la casa.

        Siguiendo el sonido llegué a contestar, era Doña Laura para saber si no había renunciado, le dije que todo lo contrario, que con Don Rolo nos habíamos llevado bien y que ahora estaba tomando su baño de sol, me advirtió que tuviera mucho cuidado con el almuerzo porque babeaba mucho, le dije que no se preocupara, que tenía mucha experiencia y nos despedimos.

        Al llegar al jardín, estaba ubicada atrás de su silla y pude notar ciertos movimientos de sus manos como si se estuviera masturbando, curiosa busque una ventana por donde yo podía mirarlo pero él a mí no.

Con sus dedos artríticos se agarraba la verga y trataba con mucha dificultad de masturbarse, casi tenía que mover todo el torso para logarlo, a pesar de lo patético del cuadro, yo estaba fascinada viendo como esa verga crecía entre sus manos, podía notar su cabeza roja y húmeda, yo apretaba las piernas, ¿qué me estaba pasando?, pero esa verga era como un imán para mis ojos, traté de acariciar mi vagina desnuda pero no me dio tiempo.

        Don Rolo se acalambró y pude ver extasiada como le salían muchos chorros de semen, era evidente que tenía tiempo sin tener un orgasmo, lo terrible fue que entre tanto espasmo se cayó de la silla, yo presurosa lo fui a levantar, por supuesto estaba desnudo y bañado en su propia leche, con mucha dificultad fui sentando a aquel hombrón en su silla, traje un poco de agua tibia y le limpié toda su zona genital, verme hincada entre sus piernas le ha de haber encantado porque me dedicó una sonrisa babosa que a mí me pareció de una ternura infinita.

        Llegó la hora del almuerzo, quiso hacerlo en el comedor, traté de ponerle su bata pero me gruñó, yo para evitar problemas lo dejé desnudo, así que llevé la bandeja y le empecé a dar su sopa, tenía razón la señora, bebía muy poco y el resto se le escurría por todo su pecho velludo hasta caer en esa área púbica que me traía absorta, fui a buscar con que limpiarlo y con mucho cuidado le aseaba el pecho y luego los genitales, de tanta limpiadera volvió a tener otra erección, yo debí limpiar de nuevo ese pene que cabeceaba al contacto con mis manos, lo aseaba evitando su mirada, no quería que se diera cuenta que yo también lo estaba disfrutando.

        No sé en qué momento quiso tomar algo de la bandeja y ésta cayó al suelo haciendo un ruido espantoso, con mucha paciencia fui a buscar con que limpiar aquel tiradero, me tuve que poner en cuatro para alcanzar un tenedor que había caído bajo la mesa, cuando me di vuelta me estaba viendo las nalgas y por el pijaso trasero de mi uniforme seguramente había visto mi sexo desnudo, ¡qué vergüenza!, estaba muy nerviosa pero también muy excitada, tenía a escasos centímetros de mi boca, su verga ¡Que tentación, Dios mío!

        Salí presurosa evitando que notara mi nerviosismo y volví a limpiarlo todo, lo dejé en orden, por la tarde me pidió que lo llevara al yacusi, pero fue imposible porque su cuerpo se resbalaba sin voluntad, le expliqué que alguien debía meterse con él para que no se ahogara, me pidió que lo hiciera, le dije que no traía traje de baño y que le iba pedir autorización a la señora y si ella lo permitía mañana mismo nos meteríamos al yacusi.

        Más tarde cayó un aguacero terrible, lo llevé a su cama, le di su medicina y se durmió, lo abrigué bien y pude notar su enorme erección bajo las sábanas ¿Qué tenía este hombre que me enloquecía? Para comprobar que dormía le pasé la mano por sobre las sábanas para tocar su verga, la sostuve por varios minutos y Don Rolo no despertó, tenía la boca abierta y roncaba babeando, lo limpié y lo acomodé de lado para evitar que su cuerpo se llagara, pero también para evitar la tentación de tener a la mano la mejor verga que haya visto en mi vida, realmente he visto pocas, pero como ésta: ninguna.

        Mientras Don Rolo dormía pensaba en esas mujeres que le son infieles a sus esposos, y las entiendo, algunas son víctimas de malos tratos, sus esposos no las satisfacen, solo van al mandado y no al retozo, las golpean… pero no era mi caso, mi esposo me ama y me respeta, me hace el amor delicioso y quedo muy satisfecha, aunque no tenemos lujos los dos trabajamos y tenemos una vida bonita… entonces ¿Qué hago yo deseando la verga de un parapléjico?... no tengo ningún motivo para ser infiel y sin embargo me encantaría introducirme esa verga por mi vagina.

        Don Rolo se atragantó con su saliva, le di agua para calamar su tos, al limpiarlo quedé acostada sobre la cama, él seguía durmiendo, no sé cómo me atreví pero la tentación era mucha, me metí bajo las sábanas y acerqué mi cara a ese inmenso fierro que se paraba desafiante, se me hacía agua la boca por saber que se sentiría tener esa verga hasta el fondo de mi garganta, abrí la boca pero solo le pasé mi aliento tibio por todos sus genitales, mi atrevimiento surtió efecto porque le cabeceó la verga de manera involuntaria, que rica se veía, dura y bien erguida.

        El sonido de mi celular me sacó de la locura que estaba a punto de cometer, era mi marido quien me preguntaba cómo me estaba yendo en mi primer día de trabajo, con voz bajita le contestaba que bien, me volví a meter bajo las sábanas y como el acto más morboso que había hecho en mi vida agarré esa verga con mi mano mientras hablaba con mi esposo, él me decía que casi no me entendía, que me saliera para hablar con más comodidad, yo le explicaba que no podía porque se acababa de atragantar, lo cual era cierto, empecé a pajear ese tormento que me enfebrecía.

        Al terminar de hablar con mi esposo me fui al baño, me desnudé  y gocé como el agua fría apagaba mis deseos, a pesar de eso estaba muy mojada de la entrepierna, debo confesar que casi no me gusta masturbarme, pero en ese momento metí dos dedos en mi vagina y alternaba mi otra mano entre acariciar mi clítoris y meterme los dedos a la boca imaginando que era la enorme y deliciosa verga de Don Rolo, metí y saque mis dedos como si esa verga me violara y tuve un tremendo orgasmo.

        Me vestí y al salir Don Rolo ya había despertado, esa erección me mataba, quería agua y al dársela miraba mis pechos entre la blusa, ni siquiera hice el esfuerzo por taparlos, le volvió a caer agua sobre el cuerpo y yo atenta se lo limpié, aunque debo reconocer que me tarde más de la cuenta en sus testículos.

        A las siete llegó la otra enfermara que hacía el turno de la noche, me despedí de Don Rolo y me recordó que mañana era día de Yacusi, en el bus de regreso a casa iba muy consternada, no podría ver a los ojos a mi esposo después de haber tenido esa verga entre mis manos.

        Mi esposo tenía tiempo pidiéndome que me dejara darme por atrás, era tanto mi sentimiento de culpa que se lo permití, fue dolorosísimo, pero era mi castigo por no haberme portado como la esposa fiel que siempre había sido, había oído a algunas mujer decir:

–me reventó el culo- y ahora sabía por qué lo decían.

Por un lado pensaba en renunciar, pero por el otro soñaba en:… ¿Qué pasara mañana dentro de ese yacusi?

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¿Continúo?


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