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Fecha: 15-Ene-18 « Anterior | Siguiente » en Gays

El diario del sacrificio de Mark Twin 4

Enterrador
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David se marcha a Manchester en unos meses, pero ¿cómo se lo habrán tomado sus compañeros de equipo? ¿Y cómo se siente él? No se lo pierdan. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Diario de una adolescencia gay

_______________

Un relato del Enterrador

 

El diario del sacrificio de Mark Twin 4: Sacrificio constante

 

Nos habían dicho que el capitán se iba a Manchester en un par de meses. La noticia, como es obvio, me sentó como un jarro de agua fría. ¿Quién nos dirigiría ahora? Esperaba que no fuera Eric, porque desde luego era lo que me faltaba… Pero seguramente sería así: o eso o Tyler. En cualquier caso, salía perdiendo. Con lo torpe que soy, sólo alguien con la paciencia de David podría aguantarme. Al menos eso creía.

Un buen día, estaba yo entrenando tranquilamente con Sony. Ese tío es muy buen portero, aunque no se lo tome demasiado en serio. Me explicó que el fútbol es como un videojuego: hay que ejecutar una serie de comandos de acuerdo a las reglas y a los estímulos. Me pareció que eso era más bien una definición de la vida, pero asentí y seguí chutando el balón. Cuando echaba la pelota fuera de la portería o algo, a mi compañero no le importaba lo más mínimo; siempre y cuando la recogiera yo. Sin embargo, yo me sentía algo avergonzado porque sentía que le estaba haciendo perder el tiempo o que lo estaba aburriendo.

En ésas, apareció el capitán y dijo que Sony podía descansar y que él entrenaría conmigo. Solía hacerlo de vez en cuando, y esta vez no fue diferente: se me iluminó la cara. David se colocó en la portería y me dijo que lanzara. Mientras preparaba el balón, me preguntó sobre Eric. Y yo qué sabía. Seguramente andaría con alguna chica, por mucho que fuera diciendo por ahí que ahora éramos novios y que me iba a ser fiel. ¡Hasta escalofríos me entran!

Le di con tanta fuerza al balón, que lo lancé al techo del gimnasio y dio a parar al saliente que había a gran altura. Entonces me puse nervioso y palidecí.

─L-lo siento mucho, capitán.

─¿Para qué apuntas hacia arriba? ¿Está la portería arriba? ─preguntó con expresión cansada.

No me esperaba esa respuesta. Tartamudeé un poco y él fue a buscar otro balón. Me fijé en que Mila me animaba con gestos y le sonreí. Cuando el capitán volvió, estaba dispuesto a hacerlo mucho mejor. Quería impresionarlo y demostrarle de lo que era capaz. No obstante, esta vez me pasé a la izquierda. David suspiró y dijo: «A ver si a la tercera lo haces bien». Algo debía andar mal. Más o menos salí del paso y logré hasta marcarle algún gol. Pero estaba raro.

Cuando llegó la hora de mi descanso, me senté un rato con Mila y estuvimos charlando. Entonces entró Alan, ese chico tan raro del club de periodismo. Se vino junto a nosotros y nos saludó algo tímidamente.

─¿Vienes a preguntar por el próximo campeonato? ─inquirió Mila.

─Pues sí. No me queda otra: mi ayudante se ha ido. Ahora tengo que ir yo a todos los clubs.

─¿Marcos se ha ido? ¿A dónde? ─quise saber yo.

─Se ha vuelto a su país.

─¿Ah, sí? ¿Y por qué?

─Alan, ─apareció el capitán─, prefiero que hablemos en privado. Acabemos con esto cuanto antes.

─¿Por qué no dejas que hable yo con él? Tú estás ocupado.

─No, Mila. Que se encargue, Mark. A ver si así hace algo útil.

Mila frunció el ceño, y yo agaché la cabeza, pero accedí a ir. Le conté al chico todo lo que sabía sobre la temporada y los jugadores, y evadí perfectamente las preguntas sobre Eric y su conducta. No me gustaba encubrirlo; solamente lo hacía por el bien del club. Me esforcé lo máximo que pude, y cuando Alan se fue, informé al capitán. Pero éste casi ni me prestó atención.

Volvimos a practicar, y creo que ya estaba nervioso, pues no daba pie con bola, nunca mejor dicho.

─No, no, no. Pero, tío, ¿qué forma de chutar es ésa? ¿Es que no sabes que nunca se le da con los dedos?

─Sí, sí lo sé…

─¿Entonces por qué no lo haces?

Me quedé sin habla y suspiró. No entiendo por qué suspiraba. David no suspiraba. Jamás lo había hecho. ¿Por qué iba a empezar ahora? Él siempre sonreía, y ahora sólo ponía mala cara. Eso me entristeció mucho, y, claro, con lo inquieto que estaba, ya se me fue del todo la concentración. La pelota iba a parar a la derecha, a la izquierda, arriba, a los palos; es decir, a todos los sitios excepto la red.

Llegó un momento en el que ya era patente que le estaba exasperando y entonces le mandé la pelota al saliente de nuevo, al lado de la otra. Se limitó a soltar: «Muy bien, Mark. Como siempre». Aquello me partió el corazón. En serio, me dieron unas ganas de llorar tremendas. En un instante me vino todo: recordé a mis primos restregándome que ellos eran buenos en todo, recordé cuando Dylan y yo les entregábamos las notas a mis padres y él me superaba de calle, recordé que he fallado en cada una de las cosas que he emprendido en mi vida...

Tenía muy claro que alguien tan torpe como yo no llegaría a ninguna parte. Algo inútil, que es lo que yo era, por definición, no sirve para nada. Y lo más duro de todo es que formaba parte de mí. Era algo que no podía arrancarme, que me acompañaría durante toda mi vida. Siempre había sido consciente, y, por mucho que tratara de luchar contra ello, seguía ahí.

Qué triste, ¿no es cierto? Por mucho que tratara de disimular que podía hacer algo medio decentemente, eso no pasaría. Pero, iluso de mí, he querido intentarlo varias veces. Y, claro, he acabado decepcionando a todo el mundo. No es para menos. Sólo soy un obstáculo, un estorbo.

Sacándome de mis pensamientos, David me dijo que traía una nueva pelota. Ni me había dado cuenta de que se había ido… Volví a lanzar, y volví a enviarla al saliente, al lado de las otras dos. El capitán se echó a reír. Yo también me reí, aunque tenía ganas de llorar.

─Vale, vale, lo siento, es culpa mía ─dijo─. He sido muy duro contigo. Tenía que haber tenido en cuenta tu imbecilidad y haberte dicho que la pelota debería ir hacia mí y no hacia el puto cielo.

Sentí un nudo en la garganta.

─Joder, Mark, ¿es que eres tan retrasado que no sabes distinguir arriba de abajo? Abajo es donde está el suelo, y arriba es donde están las nubes. Perdona si no me he explicado, pero es que no hablo mónguer.

En ese momento vi a una sombra que se abalanzaba sobre David. Fue tan rápido, que hasta que no pasó un rato no vi que era Eric. Ahora tenía al capitán agarrado de la camisa y proyectaba una expresión feroz, ferocísima, como nunca antes había visto en él. El otro se dejó hacer; sencillamente parecía indiferente, frívolo.

─Como vuelvas a hablar así a Mark ─Me señaló─ o a cualquier otro de los miembros del club, te…

─Vale, Eric, es suficiente. ─Se acercó Mila.

Todo el mundo había dejado de entrenar y estaban expectantes a ver lo que pasaba. Eric soltó a David, éste se fue a los vestuarios en silencio, cabizbajo, y Mila le siguió. Por su parte, Eric ordenó que todos volvieran a lo suyo y me cogió del brazo para llevarme al banco. Cuando me hube sentado, se agachó sobre sus rodillas y me preguntó si estaba bien. No me atrevía a hablar: si lo hacía lloraría. Preocupado, me alzó de la barbilla y me di cuenta, por sus ojos tristes, de que debía responder.

─Eh, tienes que decirme algo. Si no, no voy a saber cómo estás.

─Y-yo…

No continué. De verdad que quería evitar llorar.

─¿Por qué no salimos un poco para que te dé el aire? Te veo agobiado.

Asentí y me levanté. Sin embargo, debía de tener prisa por salir de allí, puesto que me agarró de la mano y tiró de mí hasta la salida. Nadie nos prestó atención; quizás porque predecían que él se enfadaría. Una vez en el patio del instituto, ambos nos sentamos en un banco. Él fue el primero en romper el silencio.

─¿Sabes? Esta sociedad está muy mal montada: se valoran más los fallos que los aciertos. Cuando uno la caga, todo son quejas y broncas, pero cuando uno hace algo bien, nadie le va a dar una palmadita en la espalda.

─Para, por favor. Si sigues, no voy a poder controlarme…

─Tienes que llorar ─soltó con la mirada al frente, como si supiera que yo no quería que lo viera─. Si lo dejas dentro, será peor.

Callé.

─Mira, Mark, sé que crees que eres muy torpe. Pero no es para tanto. Hay gente a la que le cuestan más las cosas. ¡Y qué! Pues tardas lo que tengas que tardar. Bueno, sé que yo soy el primero que te mete caña, pero mi intención, aunque no te lo creas, es motivarte. Yo… no soportaría hacerte daño.

Si le había dicho que no quería llorar, ¿por qué era tan cruel? ¿Por qué había hecho que llorara? Ya no iba a poder parar. Me tapé la cara para que no viera las lágrimas, y arrugó la frente.

─Joder. Ya está, voy a partirle la cara a David.

Fue a alzarse, pero le agarré del brazo y le detuve. Ahora era irremediable que tuviera mi llanto de frente.

─N-no te vayas…

─Me está partiendo el alma verte así. ─Se quedó en silencio durante unos segundos─. Oye, ¿puedo abrazarte?

A esas alturas había olvidado lo mal que me caía, y necesitaba el afecto de alguien, aunque fuera falso. Accedí, y me envolvió con sus brazos. Al menos así, oculta en su pecho, no me vería la cara. El tacto de Eric era tan suave… Me sostenía como si yo fuera algo frágil y delicado y no quisiera romperme. Estaba siendo tan dulce, que sólo con pensarlo mi llorera aumentaba.

─Eh, eh ─susurró separándome un poco─, cálmate, ¿vale? Tienes todo el tiempo del mundo para recuperarte. No volveremos hasta que no estés listo.

─G-gracias.

Entonces se quedó embobado durante un buen rato. Imagino que estaría perdido en sus pensamientos. Aunque no apartaba la vista de mí.

─Oye, ¿puedo besarte?

─No seas insensible… No es momento para tus bromas.

─No bromeo. Estoy enamorado de ti.

Mis mejillas se enrojecieron, y el nudo de mi garganta se disipó para dar paso a uno en mi estómago.

─Como si tú supieras lo que es enamorarse.

Sonrió.

─Creo que ya estoy mejor. Volvamos al gimnasio.

Me bajé del banco y eché a andar, pero Eric me tiró del brazo y, tumbándome sobre él, me dio un beso. Se me desbocó el corazón por completo, imagino que por los nervios acumulados y por la indignación.

─¿Q-qué diablos haces?

─Es para que no dudes de mis sentimientos.

─¡Eso ha sido contra mi voluntad!

─Denúnciame. ─Se encogió de hombros.  

Después de dejarle claro que ya hablaríamos de eso, volvimos al gimnasio. Estaba vacío, a excepción de Mila, que se aproximó a nosotros y me preguntó si estaba bien. Se lo confirmé y me dijo que se alegraba mucho. Ella es una buena persona.

─Sé que su comportamiento ha sido inexcusable, pero perdónalo, Mark. No está pasando por una buena racha ahora mismo.

─¿Dónde está? ─añadió Eric.

─Lo he mandado a casa para que piense y se relaje. Y a los demás les he dado el día libre. Es mejor así.

─¿En qué consiste esa mala racha? ─pregunté.

─Oh, tú no te preocupes por eso. Lo de Manchester le tiene algo estresado.

─Ésa no es razón para que maltrate a mi Mark. Míralo, si es que es un bebé. ¿Quién puede sentir ganas de hacerle algo malo?

─Qué patada en los huevos tienes ─respondí.

─La verdad es que yo estaba a punto de intervenir cuando has llegado, Eric. Sólo ponía al pobre Mark más y más nervioso. ¡Así normal que fallara! Tú no te preocupes, que todos podemos tener un mal día.

Ya estaba más alegre. Y todo gracias a Mila. Bueno, sí, y a Eric. Pero no se me olvidaba lo de ese beso robado de forma tan traicionera.

Nosotros también teníamos el día libre, de modo que volví a casa.

Cuando llegué, Dylan estaba en el sofá del salón, leyendo. Se ve que no le hizo mucha gracia que apareciera, porque puso los ojos de blanco y echó a andar hacia nuestro cuarto. Normalmente la casa es suya por las tardes: papá y mamá están trabajando, y yo estoy en el club. Como siempre suele haber alguien en el salón tiene que leer en su cama, y no le gusta, por lo que imagino que en esos ratos aprovecha para hacerlo allí.

Le dije que podía quedarse, que no iba a encender la tele ni nada. Pero respondió que daba igual, que se marchaba igualmente. Sin embargo, me observó atentamente y se detuvo. Ceñudo, trató de enterarse de qué me había pasado. Qué instinto que tiene, maldita sea… Me hice un poco el tonto, y volvió a insistir. Traté de desviar el tema a lo que estaba leyendo, y sólo conseguí que, tras señalar que era Crítica a la razón pura, de Kant, repitiera que qué me pasaba.

─Nada. ¿Qué te hace pensar que me pasa algo?

─Tienes los ojos rojos. Has estado llorando.

Qué crack es este niño para los detalles. Deberíamos llevarlo a la tele.

─No es nada. Es que hoy el capitán ha dado un discurso tan emotivo, que…

─El hecho de que hayas vuelto más pronto hoy, sumado a los indicios evidentes de llanto indican claramente algo diferente.

¿Por qué todo el mundo quiere meterse en mis problemas? Me agobia tener que hablar de mis cosas con cada persona a la que me encuentro.

─La tristeza es, en la gran mayoría de los casos, cuestión de percepción ─prosiguió─. Verás, Kant dice que la realidad que nosotros recibimos ha sido filtrada por los sentidos. Lo que nosotros vivimos es modificado por los sentidos y encaminado de una manera u otra.

─Vamos, que la culpa es mía. ¿Eso es lo que quieres decir?

Aquí reflexionó unos instantes, y hasta pensé que me sorprendería lo siguiente que fuera a soltar.

─Exactamente.

Pero no lo hizo.

─Gracias, hermanito, tú siempre sabes qué decir. ─Sonreí irónicamente─.

Luego se fue al cuarto tan ancho, pensando que la charla me había ayudado. Desde luego, éste para psicólogo no iba. Tenía que practicar mucho más la empatía. Debo reconocer que me enfadé un poco, así que encendí la tele y puse el canal de deportes a todo lo que daba, por molestar, más que nada. No obstante, no pude estar así mucho rato, porque me sentí culpable. Pensaba en mi hermano en la habitación, triste e impotente, y no me quedó otra que ponerlo bajito. A veces soy un blando.

Mis padres llegaron a eso de las nueve y media, y nos pusimos a cenar. Esa noche me zampé unas deliciosas chuletas. Me gustaban mucho porque mamá decía lo mismo cada vez que las servía: «Proteínas para mi deportista». Puede parecer una tontería, pero me hacía verdaderamente feliz. Era uno de los pocos momentos en los que me sentía valorado.

Aquella noche, a Dylan le dio por preguntar por qué le pusieron ese nombre, y le aclararon que fue por Sensación de vivir, una serie de la que no había oído hablar en mi vida, y que por lo visto echaban cuando ellos eran jóvenes. Mi hermano no quedó nada conforme, y yo, temeroso, decidí callar y no hacer averiguaciones sobre el mío.

─Hijo, ─mi padre se dirigió a mí─, Dylan nos ha contado que hoy has llorado en clase. ¿Qué te ha pasado?

Chivato de las narices… Le dediqué una mirada afilada y él hizo un gesto cerrando las manos como apremiándome.

─Son tonterías. No es algo de lo que debáis preocuparos.

─Pero nos preocupamos, cariño ─dijo mi madre─. Háblalo con nosotros. Verás como te sientes mejor.

Eso nunca pasa. Cuando dejas de hablar, el problema no ha desaparecido. Y el dolor tampoco. Si al menos la otra persona pudiera comprenderte, serviría de algo. Sin embargo, tampoco es así. Nadie puede estar en tu situación exacta con tu misma sensibilidad. Sólo intuyen lo que pasa, te dan un par de consejos que tú ya conoces ─porque son generales y los dice siempre todo el mundo─ y después os calláis y cada cual sigue a lo suyo: ellos, con sus conciencias más limpias; tú, con el corazón igual de roto.

─Pues… Es que hay una chica que me gusta, y…

─¿Cuál? ─intervino Dylan.

─¡¿Y a ti qué te importa?!

─Es la mánager del club de fútbol, ¿verdad? Normal que estés deprimido. Es que debes ponerte un objetivo realista. Ella es mayor, madura y mucho más guapa que tú.

─O sea, que me ha rechazado porque no le gusto y resulta que es culpa mía. ¿Eso es lo que quieres decir?

─Exactamente.

─Ahí lo tenéis: eso es lo que ha pasado.

─¡Ay, mi niño! ─gritó mi madre, y prácticamente saltó por encima de la mesa para abrazarme.

─No pasa nada, mamá. De hecho ─sonreí─, se me ha declarado otra chica.

─Hermano, las de Internet no cuentan. Suelen ser cuarentonas desesperadas haciéndose pasar por colegialas.

─¡Que es cierto!

No sé por qué, ninguno de los tres me creyó. Pero, aunque no había sido muy exacto, yo había dicho la verdad.

 

 

CONTINUARÁ...



© Enterrador

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