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Fecha: 14-Sep-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

La boda y la novia de mi mejor amigo... (Parte 3)

TMac
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Mónica y Xuso me pidieron que oficiase su boda. Todo ello después de muchas historias. Todo ello después de muchos secretos. Esta es la historia de todo ello. El antes. El durante. El después. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Bajé de la escalera tras terminar de atar el último globo a la lámpara del salón y fue entonces cuando pensé por primera vez lo paradójico de aquella situación: estaba organizando una fiesta sorpresa de cumpleaños para mi mejor amigo simplemente para buscar una coartada a mis conversaciones (o lo que fuera aquello) con su novia.

Sé que estaréis perdidos y creedme, más lo estaba yo… Al menos vosotros podéis leer las entregas anteriores para poneros al día. Yo no podía. Yo andaba improvisando caminando por el filo de la navaja: loco por la boca, el cuerpo y el sudor de Mónica a la que no le faltaba de nada… Ni siquiera novio que, para colmo, era mi mejor amigo Xuso.

Estaba todo planeado para aquella tarde. Los invitados llegarían sobre las seis. A esa misma hora Mónica, que llegaba a Sevilla de su pueblo, se encargaría de recoger en la facultad a Xuso. Lo entretendría una hora de camino a casa (la forma de entretenerlo… era cosa suya) y para las siete ya estaríamos todos escondidos por la casa para cuando entrase el cumpleañero gritar: “¡¡SORPRESA!!” Y comenzar una fiesta de la que, como casi siempre, sólo sabíamos la hora de inicio.

Lo teníamos todo planeado. Leer nuestro grupo de Whatsapp era como leer Ocean´s  Eleven pero en cutre. A juzgar por el secretismo de nuestras conversaciones parecería que íbamos a robar un banco pero no… Todo era para organizar una puta fiesta de cumpleaños. Pero era por Xuso y mi amigo se lo merecía todo.

Estuvimos lanzando ideas al aire durante varios días sobre el tema principal de la fiesta. Queríamos un hilo conductor que entroncase la fiesta y nos diera una excusa para disfrazarnos y decorar la casa al estilo elegido. Como he dicho, las propuestas fueron varias: fiesta en la cárcel, antigua Grecia, bajo del mar… Éramos como un instituto americano… pero también en cutre.

Finalmente nos decantamos por algo que englobaba un poco de todo pero nos dejaba cierta libertad elección: cuentos clásicos.

Dado que la casa en la que se celebraría el evento era la mía compartida con Xuso, acabé nombrado algo así como una suerte vicepresidente del comité organizador principal. Me dejé hacer porque la presidenta era Mónica.

Pasó como pasa siempre… Muchos se apuntan pero conforme se acerca la fecha del evento el ánimo, el dinero y las ganas decaen. De las 30 personas iniciales del grupo acabamos confirmando asistencia 11. Menos daba un piedra.

Los días anteriores a la fiesta supusieron la perfecta justificación a mis largas charlas con Mónica vía mail, Facebook o Whatsapp. Yo me encargaría de decorar el piso el mismo día 14 de abril. “Ella me dio una sola orden: No prepares disfraces, yo me encargo. Solo te doy una pista… Caperucita Roja”. Y en ese momento pensé que nunca antes había sido tan lobo.

Xuso, como siempre, saldría en torno a las ocho hacia la facultad. Yo tendría entre esa hora y la de llegada de invitados para prepararlo todo. Otro día que no iría a clase.

El piso era bastante grande para ser un piso de estudiantes. Al abrir la puerta encontrabas una pequeña entradita que daba paso a dos estancias diferentes y separadas: la cocina/lavadero y el salón. El salón era amplio, con dos sofás gastados, una televisión de tubo vieja, un mueble bar, una mesa de comedor y un futbolín que yo había comprado de segunda mano.

El salón contaba a su vez con dos salidas: la terraza y el largo pasillo que daba paso a las habitaciones. Eran cuatro habitaciones. Una enorme al fondo que tenía cuarto de baño propio (era la de Xuso) y las otras tres que iban de más pequeña a más grande según avanzabas el pasillo. Y otro cuarto de baño.

El primer año compartíamos piso tres personas: Xuso, Manolo y yo; y la cuarta de las habitaciones siempre estaba llena de trastos inutilizada. Cuando en el segundo año Manolo se mudó al cambiar de facultad y carrera, decidimos no meter a nadie más y el casero aceptó porque, sinceramente, siempre le caímos bien y nunca supe por qué.

Repartí la decoración por la mayoría de la casa siguiendo una lógica narrativa acorde con el motivo de la fiesta. La entrada la decoré como si fuera la entrada de un armario a Narnia. Sí, sé que no es muy cuento clásico pero se le acerca.

La cocina y el lavadero intenté dejarlos muy libres ya que después para ir con la comida y las copas… Sobre todo las copas. No quería convertir el ya resbaladizo suelo de la cocina en una carrera de obstáculos para ebrios.

El salón fue mi obra maestra: un bosque con un laberinto. Coloqué los dos sofás en vertical e hice lo mismo con los cuatro colchones de sendas habitaciones. Todo dispuesto en el salón de forma que hubiera una suerte de pasillo que recorrer y en el que te podías desviar hasta las dos estancias contiguas: la terraza o el pasillo propio de la casa. Todo cubierto con una tela verde que teníamos en casa para hacer los cromas.

En la puerta de cada habitación coloqué un cartel haciendo referencia al cuento principal inspirador de todo aquello. “El apeadero caótico” fue como llamé al cuarto de los trastos; es decir, la primera puerta que te encontrabas al entrar por el pasillo y la habitación más pequeña de todas. El siguiente cartel para la siguiente puerta: “La posada del leñador” para el cuarto de invitados. “La guarida del lobo” era mi habitación y la de Xuso, como no, “La casa de la abuelita”.

Perfecto. Eran las 17.00 y mi obra había terminado. Sólo tenía que comenzar la fiesta.

Me dio el tiempo justo a ducharme. Serían cerca de las cinco y media cuando sonó la puerta. Me enrollé una toalla y salí a abrir pensando que era imposible que los invitados, por primera vez en la historia de una fiesta, llegasen con adelanto. Efectivamente llevaba razón, no eran los invitados. Un repartidor de Amazón me hizo entrega de una caja a mi nombre pero con Mónica al remite. La abrí y dentro había un disfraz de lobo. También una tarjeta: “Hoy te va a tocar aullar…” Y nada más.

Me quedé sorprendido de lo bien planeado que parecía todo para ser una puta fiesta de cumpleaños. Me metí en mi habitación, sí, la Guarida del Lobo, y me puse aquel disfraz formado por una suerte de pijama enterizo de una pieza gris y una especie de gorro con la cara de un lobo. Una cosa estaba clara: frío no iba a pasar.

Me miré al espejo y me reí. Luego pensé en las dificultades que iba a tener para ir al servicio. Me reí de nuevo. Tampoco podía hacer mucho más.

A las seis los invitados fueron llegando. Confirmaron once, es decir, ocho más Xuso, Mónica y yo.

Los primeros en aparecer fueron dos parejas amigas de la facultad: nuestro antiguo compañero de piso Manolo y su mujer Estrella, disfrazados de Hansel y Gretel; y Toni con su novia erasmus Kayma, disfrazados de las Tortugas Ninja. Vale, no es un cuento clásico pero ellos eran así.

Las siguientes en llegar fueron las tres chicas sin pareja invitadas, todas ellas compañeras de clase también: Paula, Mariale y Natalia. Eran inseparables, como una suerte de Ángeles de Charlie para los que teníamos la suerte de verlas. De hecho, así las llamábamos y, por eso, así vinieron disfrazadas. Al verlas aparecer pensé dos cosas: primero, que me iban a explotar los ojos y el resto del cuerpo; lo segundo, que nadie había entendido el concepto de cuentos clásicos.

Nuestros particulares Ángeles de Charlie se podían distinguir por sus cabellos porque, siendo sinceros, jamás supe cuál era cual en la serie.

Natalia era la castaña, disfrazada con vestido estilo hippie de los años 60 de muchos colores en horizontal. En el pelo lucía una diadema con flor y anudado sobre el muslo derecho, aquello que la convertía en Ángel de Charlie, un liguero con pistola.

Era la que mejor cuerpo de las tres tenía, esculpido en gimnasio. Verla en bikini era todo un espectáculo pero lo mejor de todo eran sus piernas y su culo: redondo, desafiante a la gravedad y con aspecto de duro… Como sus ya mencionados muslos. Siempre me gustaron los cuerpos así, los que te imaginabas en las pajas exigiéndote una buena quema de calorías.

La morena era Maria Alejandra, Mariale para todos. Sin duda, la más bonita de las tres. Su tez blanca y su sonrisa que marcaba una coma en sus mejillas. Sus ojos negros profundos. Todo.

Su cuerpo no quedaba atrás: era la más bajita y a mí eso… Me encantaba. Siempre me gustaron las bajitas. Tenía muy buena definición natural y aunque se había quedado más delgada, seguía teniendo unos pechos que resaltaban mucho en aquel conjunto. Venia disfrazada con una minifalda vaquera y un camiseta semitrasparente que daba su lugar al top que lucía bajo ella. Hubiera sido muy difícil evitar quedarse embobado con sus tetas de no ser porque su cara era preciosa.

Sobre el pecho, como no, una placa de Ángel de Charlie y una bandolera en la cintura para el revolver.

Paula era la rubía. Mi Paulita. Probablemente era la menos espectacular de las tres y, sin embargo, era mi favorita.

Cuando sonreía mostraba al mundo una sonrisa capaz de arreglarte cualquier problema. Tenía las paletas graciosamente más desarrolladas que los incisivos; lo juro, nunca una sonrisa imperfecta fue tan bien diseñada. Sus ojos miel y su nariz algo aguileña terminaban por pintar un cuadro que me embobaba mirar.

Su cuerpo era atlético, delgado y muy compensado. Tenía los pechos perfectos para el culo que tenía, el abdomen firme y un color moreno que te calaba hasta los huesos.

Para colmo, eligió mi prenda fetiche: un peto vaquero. Siempre sentí predilección por esa pieza de ropa y más sobre aquella percha. Era un peto que terminaba en un mini pantalón vaquero y que cubría en la parte superior una camiseta blanca lisa.

Ella no lucía pistola y simplemente llevaba la placa y unas gafas de sol. Cuando le pregunté por qué no llevaba arma me dijo: “No quedaban pistolas pero no te preocupes, soy la jefa de estas dos. Ellas me defenderán”.

Sólo quedaba por llegar Colomé. Su caso era especial porque primero nos dijo que vendría con novia, luego sin, luego con… Y al final apareció con… un amigo: Miguel. La cosa era que durante esos días Colomé estaba pasando unos baches en su relación con Celeste, su novia. Era imprevisible saber qué iba a pasar y cuándo.

El caso es que allí aparecieron los dos, disfrazados de Epi y Blas. Me reí mucho al verlos y me hubiera reído mucho más si mi amigo no hubiera tenido aquella cara de carajo que me traía. Había llorado. Sí amigos, Epi consolaba a Blas porque a Blas le había dejado la novia.

Con aquel plantel dispuesto sólo quedaba recibir al homenajeado. Eran casi las siete y, recién cumplida la hora de retraso, me llegó un Whatsapp de Mónica: “Abre la puerta lobito, y que todo el mundo se calle”.

Dicho y hecho. Mandé callar a todos y abrí la puerta. Mónica y yo nos miramos y nos reímos pero esta vez no era nada privado entre nosotros. Esta vez era por Xuso que venía disfrazado de abuelita con los ojos vendados y preguntando: “¿Váis a matarme?”

Me reí fuerte y los hice pasar. Los demás aguardaban callados. Mi amigo llevaba un jersey gris sobre un traje de lunares azul y blanco y, sobre él, una especie de poncho. Todo ello coronado con una peluca roete. Me moría con sólo verlo.

Por otro lado me mataba ver a Mónica con un disfraz de dos piezas: una capa roja cubría un cuerpo entallado sobre un disfraz vestido que, estoy seguro, en la tienda lo venderían bajo el título “Caperucita Sexy”.

Me quedé tras ellos. Mónica quitó a Xuso la venda y mientras todos gritaban el esperado “¡SORPRESA!” entre risas, yo tenía delante de mí a Caperucita Roja y unos metros más allá, a los Ángeles de Charlie… Y pensé que no podía haber mejor fiesta en el mundo.

Las primeras horas fueron las comunes a cualquier fiesta que se precie. Risas, copas, aperitivos… Y repetimos: más risas, más copas y más aperitivos. Así se fue vistiendo de noche la tarde y el alcohol, como siempre, levantó las barreras que la cordura impone al comportamiento social. Para bien… y para mal.

Apartando el futbolín que había quedado como mesa improvisada inventamos una minipista de baile a la izquierda en el salón. A la derecha, alguno se introducía por el impostado bosque de colchones y sofás. Por el pasillo, el goteo constante al servicio. Las diferentes habitaciones permanecían cerradas.

Me senté con Xuso en las sillas que quedaban de la mesa comedor. En la pista, caperucita bailaba con los Ángeles de Charlie. En la cocina Manolo y Estrella se servían copas mientras veíamos en el balcón a Miguel hacer gestos a Colomé intentando buscar una alegría que no había traído con él a la fiesta.

Comenzamos a hablar:

-       Es una putada lo de Colomé… pero se veía venir. Si siempre andaban discutiendo en público, qué no se gritarían en privado.

-       Claro. Yo lo tengo muy claro. Yo con Mónica no discuto y siento que es feliz conmigo. Para estar mal, mejor dejarlo.

Bebí un trago de mi ginebra con limón para disimular el pinchazo en el estómago de sus palabras. Era mi amigo y yo no podía dejar de pensar en su novia.

-       ¿Te puedo contar un secreto?

-       Claro

-       Hoy, al salir de la facultad, Mónica ha venido a recogerme.

-       Lo sé. La mandé yo.

-       Ya, ya. La cosa es que como he salido antes de tiempo, me ha venido genial que tuviera que hacer tiempo para entretenerme antes de venir. Nos hemos montado en el coche y me ha pedido que me pusiera el disfraz. Cuando veníamos, como era temprano, me ha pedido que me apartase al arcén por el camino de tierra que está junto al puente de la facultad. Allí me ha quitado las llaves del coche, me ha levantado el vestido este de vieja y me ha cascado la mejor paja que me ha hecho nunca. Parecía que teníamos 15 años cuando quedabas con una tía para tocaros.

El disfraz de lobo me venía al pelo. No sabía si estaba cachondo o celoso. El siguió.

-       Me bajó los calzoncillos, se escupió en la mano y me ha empezado a masturbar. Estaba muy cachonda. Ha estado como media hora mientras me decía cosas en voz baja. Algunas las entendía y otras no, pero yo no tenía la cabeza para pensar. Me decía que ella era la protagonista del cuento y que quería que también fuera su noche. Al final, imagínate, me he corrido como un mulo.

-       O como un lobo. – Solté yo mientras los dos nos partíamos de risa.

Los siguientes diez minutos de fiesta provocaron todo lo que vino después. Todo sucedió de forma rápida y simultánea, como si un director de cine hubiera dado la orden de acción justo en ese instante.

En el balcón, Colomé apartó de un manotazo a Miguel. Varios gritos después y con la atención de todo el mundo sobre ellos, Colomé salió del balcón maldiciendo, llorando mientras cruzaba el salón hacia la puerta de la casa. Lo intercepté. La situación debía ser cómica vista desde fuera: el lobo de Caperucita hablando con Blas de Barrio Sésamo.

Me explicó que Miguel, aún en el balcón disfrazado de Epi, le acababa de confesar que se había liado con Celeste. Le contó que sabía que estaba mal pero que no había podido resistirse tras meses en los que Miguel había sido su paño de lágrimas. De los dos en realidad. Al parecer, Colomé le contaba sus problemas con Celeste y Celeste le contaba sus problemas con Colomé. Y, a río revuelto, ganancia de pescadores.

A mí se me cogió un nudo en el estómago: ¿no era aquello algo similar a lo que me traía yo con Mónica? Cierto es que nunca nos habíamos tocado pero yo era consciente que la línea de lo éticamente aceptable la habíamos pasado hace algún rato.

Intenté convencer a Colomé para que se quedase. No lo conseguí.

Se cerró la puerta detrás suya y entonces fue Miguel el que entró en el salón. Nadie supo que decirle. Todos nos los quedamos mirando mientras él se dirigía a la puerta que un minuto antes había cruzado Colomé. Desde la puerta, ya con el picaporte en la mano sólo alcanzó a decir: “Lo siento… Y Felicidades Xuso.” Y se fue.

Treinta segundos después Mónica, que había salido al balcón, nos llamó a todos. “Chicos corred”. Todos fuimos.

Dado que no cabíamos todos, me situé pegado tras Mónica, envolviéndola con mis brazos sin tocarla mientras yo agarraba la barandilla del balcón y ella se queda de espaldas a mí en el hueco que se había creado entre mis brazos. A nuestro lado el resto de la fiesta: los tres Ángeles de Charlie, Manolo, Estrella y finalmente Xuso. Todos apretujados mirando el espectáculo en la calle: Blas llorando atravesando la plaza y detrás de él Epi, rogándole disculpas a voz en grito.

No nos quedó otra que echarnos a reír. En cualquier otro contexto nadie se hubiera atrevido a gesticular una sonrisa siquiera pero esta nueva versión de Barrio Sésamo era la mejor que jamás hubiéramos visto.

Y dentro de todo ese espectáculo allí estaba yo, sintiendo sobre mi pecho la espalda de Mónica, teniendo su pelo hocico de lobo. Hasta ese momento y a pesar de todos nuestros mensajes, nunca habíamos estado tan cerca el uno del otro.

Epi y Blas se alojaron plaza abajo y justo antes de cruzar la esquina, cuando nuestras miradas y risas aún estaban fijos en ellos, Mónica hizo un gesto con su cuerpo semiarqueando la espalda lo justo para que mi polla fuera a parar entre sus nalgas. Sí, ella llevaba un vestido de Caperucita Roja y yo el disfraz de lobo de cuerpo entero pero mi polla estaba ahí, semidura y rozando su culo.

Dos movimientos fueron toda mi reacción: en el primer instante, impulsé mi pelvis hacia su culo provocándome un ligero estertor de placer en la polla; ni un segundo después, me aparté rápidamente y me di la vuelta entrando en el salón. Miré hacia detrás y, afortunadamente todos seguían mirando la escena en la calle.

El espectáculo en la calle había terminado y todos volvieron al salón. Primero entraron Manolo y Estrella, tras ellos Los Ángeles y al final de la cola, Mónica que seguía sonriendo mientras me miraba. Al pasar a mi lado me susurró: “¿Me tienes miedo, lobito?”.

De pronto, del pasillo, el ruido de una puerta. Todos nos quedamos callados y giramos la cabeza en dirección al sonido. Bajé la música hasta que quedó con suave hilo musical. El silencio lo rompió un gemido de mujer. Y otro. Y el sonido producido por un cuerpo contra una puerta. ¡Nos habíamos olvidado de Tino y Kayma!

El Yin y el Yang de las relaciones. En la misma casa, a la misma vez, presenciábamos la historia de una ruptura sentimental y la filtración sonora de todo lo contrario a un ruptura… sentimental al menos.

Nos miramos todos en aquel salón/bosque pero nadie dijo nada. Ni nadie se rió.   

Todos quedamos a la escucha.

El sonido se repetía. La puerta siendo golpeada por un cuerpo, el gemido de ella y el silencio de él. Toni, cierto es, siempre se había definido como un “Ninja del sexo”. Un par de segundos más tardes, fueron las chicas la que se internaron en el pasillo para escuchar un poco más de cerca todo aquello. Era la puerta del baño. Primero Los Ángeles, detrás de ellos Mónica. Esta vez, y después de lo que había ocurrido en el balcón, no quise situarme detrás de Mónica así que me quedé pegado a la pared, a unos centrímetros de Natalia. Xuso sí que se situó detrás de Mónica, agarrándola por las caderas.

Allí estábamos todos, sin habernos puesto de acuerdo previamente pero todos en silencio escuchando más allá de la puerta. Todos atentos a esa suerte de porno sonoro que nos ofrecía nuestra pareja de amigos.

Los golpes en la puerta cesaron. El giro de un cuerpo. Por primera vez lo oímos a él.

-       Ven chúpamela.

Yo no podía dejar de imaginarme a Kayma, de rodillas frente a Toni, dejando cubierta de saliva su polla mientras él le sujetaba la cabeza. De repente, otra vez.

-       ¿Te gusta Kayma? ¿Te gusta probar tu propio coño en mi polla?

-       Mmmm, yes. I love it.

Había olvidado que Kayma era inglesa.

Aquella conversación tuvo dos efectos sobre mí. Por un lado, despejó mis dudas acerca del idioma que usaban para follar. Por otro, mi polla dentro de aquel disfraz se disparó. El auténtico lobo intentaba enseñar la patita. O casi.

La escena continuó como un minuto y el sonido era cada vez más tenue. Supongo que no siempre el sexo se grita. De repente, el sonido del picaporte de la puerta. Por el susto, todos retrocedimos un paso para atrás como si aquello fuese a evitar que nos pillasen.

El picaporte sonó pero la puerta no se abrió. En lugar de eso, volvieron las palabras desde el interior del baño.

-       Te voy a hacer lo del otro día.

-       ¿Here? Pues escúpeme primero.

-       Tranquila. No te va a doler. Voy a hacer que te corras pero esta vez no vas a manchar mi coche.

-       Fóllame motherfucker.

Aquel cabrón se iba a follar por el culo a Kayma en mi cuarto de baño. Casi delante de todos.

Mi polla estaba más dura que nunca pero ya no era yo el único que lo sabía. Con el susto del “momento picaporte” todos habíamos retrocedido un paso. O casi. Yo, al estar ya contra la pared, no pude moverme sino que fue la espalda de Natalia la que se pegó a mí. Y con su espalda, su culo. Aquel culo perfecto.

Era la segunda vez en la noche en que mi polla se situaba entre unas nalgas. La segunda vez que lo hacía entre telas de disfraz. Pero la primera vez que lo hacía tan dura.

En lugar de huir de aquel encontronazo pélvico, me sorprendió notar que Natalia no se separó. De hecho, durante unos instantes permaneció quieta pero segundos después, empecé a sentir como deslizaba sutilmente su cuerpo hacia arriba y abajo, hacia fricción con mi polla entre sus nalgas.

Su vestido estilo hippie años 60 bailaba sobre mi piel de lobo, a veces quedando levantado lo justo para evitarlo en nuestro juego y sentir con mi polla solo su tanga a través de mi disfraz.

Delante de mí, Paula y Mariale inclinadas sobre la puerta. Miré a mi izquierda y vi a Mónica y a Xuso liándose. De cara uno junto al otro, besándose. Ella abrió los ojos, me vió y los volvió a cerrar, agarrando con su mano derecha el paquete de mi amigo. Caperucita se estaba beneficiando a la abuelita.

Volví a lo mío, que no era poco. Miré la nuca de Natalia y olí su pelo. Mis manos fueron a sus caderas y la apreté contra mí. Toda ella contra mi polla. Gimió levemente y de nuevo todo se desencadenó.

Mariale y Paula se giraron. Nos miraron y exclamaron: “¡Tía no! ¡Dijimos que así no!”

Natalia se bajó el vestido y se apartó de mí, dejando intuir mi miembro marcado contra la tela del disfraz. Todas las miradas fueron a reparar en él, incluidas las de Mónica y Xuso que habían parado de lo suyo a oír a las chicas.

Me hubiera muerto de la vergüenza en ese mismo momento de no ser porque el picaporte volvió a sonar, esta vez para girarse, y dejarnos ver la cara de Kayma, asomada simplemente para verificar aquel tumulto. Cerró de inmediato al ver aquel panorama.

Lo siguiente que sonó fue el grifo y una tímida discusión bilingüe. Nos fuimos todos hacia el salón y los esperamos salir. Fueron apenas dos minutos. La primera Tortuga Ninja era ella, que salió rápido hacia la puerta de la calle visiblemente enfadada. No se despidió siquiera.

Tras ella, Toni, que antes de cruzar la puerta nos dijo: “Ya os vale cabrones. Estaba a punto de correrme”. Y se fue.

La risa estalló en todo el salón entre los seis supervivientes de aquella fiesta. Esta vez no nos asomamos al balcón. No hacía falta.

Subimos la música y serví otra ronda de copas. Y volvimos a bailar.

La convocatoria inicial se había reducido sustancialmente. De los once iniciales, apenas cuatro horas después, sólo quedábamos seis.

Me senté de nuevo con Xuso y las cuatro chicas siguieron bailando.

-       Vaya noche. Joder con tu cumpleaños…

-       Sí tío. Primero me he quedado super jodido con lo de Colomé… No entiendo cómo nadie puede follarse a la novia de un amigo.

Volvió ese trago amargo a mi garganta. Lo volví a ahogar con ginebra.

-       Pero después, escuchando a Toni y a Kayma follar… ¡Qué hijo de puta! Me he puesto supercachondo. Vamos, que tú tenías un empalme…

-       ¡Qué vergüenza! Pero es que me he rozado un poco con Natalia y…

-       ¡NO JODAS!

Las chicas, bailando y hablando en la pista, se giraron en nuestra dirección al oírlo. Disimulamos y siguieron a lo suyo.

-       Pues Mónica también se ha puesto cachonda escuchando a Toni. Me ha empezado a tocar la polla rozándome las tetas…

Paró un instante.

-       ¡Joder! Ahora entiendo por qué la he escuchado decir mientras me tocaba: “Que no se piense esa zorra que va a ser todo para ella”. ¡Os estaba mirando y quería demostrar que ella también tiene una polla para ella! ¡La mía!

Me quedé absorto mirando la pista. La piernas y el culo de Natalia. Las tetas y la cara de Mariale. Toda Paula y su peto.

Y Mónica. Su sonrisa, sus manos, sus piernas, su culo. Y el hecho de no poder ser.

Y el morbo de no poder pararme.

-       ¿Las ves Xuso? Alguna va a caer.

-       Jajajaja, yo lo tengo más fácil tío. La mía está segura.

Y otro trago amargo a mi garganta. Y otro apurar de ginebra.

Muy borracho ya.

Las chicas reían. Mucho. Yo miraba como el lobo que era. Xuso ni puta idea de lo que hacía.

Mónica se acercó al ordenador y la música cesó. A los pocos segundos el sonido de un aullido rompía el silencio y, tras él, un hilo musical que incitaba a las películas de terror de los años 80. Algo así como el sonido de fondo de Thriller de Michael Jackson. Ya imagináis: aullidos, búhos y una música bastante lúgubre que lo impregnaba todo.

-       Chicos, he pensado un juego – de nuevo Mónica-. Esto es “Caperucita Roja” aunque tengamos a Los Ángeles de Charlie de por medio.

Nos reímos.

-       Toca interpretar el juego porque seremos unos borrachos pero le debemos una lealtad al cuento. Así que vamos a hacer lo siguiente: Yo, Caperucita, debo ir en busca de mi abuelita, mi Xuso. Para ello, debo atravesar este bosque de sofá y colchones y cruzar el pasillo en su búsqueda. Al final, cuando llegue a “La casa de la abuelita”, si lo consigo, estaré a salvo y le daré a la abuela su regalo de cumpleaños. Ya me entendéis.

-       ¿Ves tío? Yo lo tenía más fácil – apuntó Xuso.

-       ¿Y qué pasa con ellas? – respondí.

-       Ellas ya saben lo que tienen que hacer. ¿Verdad my angels?

Y todas rieron. Ella prosiguió.

-       Así que ahora lo primero que tienes que hacer es salir a la calle y esperar. Nosotros te avisaremos cuando todo esté listo para que vuelvas a entrar.

Y me echó.

Y allí me vi. En la puerta de mi casa, con un cubata en la mano y las llaves en la otra. Borracho y cachondo. Cachondo y borracho.

Pasaron algunos minutos.  Después, un golpe en la puerta desde dentro. Y la voz de Mónica: “Ya puedes venir a buscarme lobito”.

Comienza el juego.

Abrí la puerta y un golpe de oscuridad me cegó. Habían cerrado todas las persianas y apagado cualquier fuente luminosa posible en aquel bosque de mi salón. La música ambiental subió algunos decibelios. Metido en el papel aullé lo mejor que supe. Cerré la puerta tras de mí. Dejé mi vaso en el único lugar en que sabía que estaría seguro: el suelo. Y recuerdo que pensé: comienza la caza.

A tientas comencé a caminar por el salón. Estaba borracho y aquello no facilitaba el juego, aunque quizá lo hiciera más divertido. Recordaba que aquel bosque comenzaba a la izquierda pasando la puerta así que empecé por ahí. Dos pasos más hacia delante. Un sofá. Giro de noventa grados a mi izquierda. Vía libre. Cuatro pequeños pasos hacia el frente. La pared. Giro de noventa hacia la derecha. Al primer paso noté algo sobre mi píe. Me agaché a cogerlo y sentí sobre la mano un trozo de plástico curvado que ponía fin a un acolchado cóncavo. Un sujetador. No podía verlo por la oscuridad pero me lo llevé a la cara. Lo olí. Aullé de nuevo. Y seguí adentrándome en el bosque.

Dos pasos más. Otro colchón. Giro de noventa hacia la izquierda. La cortina. Me había desubicado, perdido en mi propio bosque. Media vuelta y tres pasos más. Otro sofá. Había recuperado el sendero. Giro de noventa hacia la derecha esta vez. Un paso y otro roce sobre mi pie. Otra prenda olvidada en el suelo. De tacto resbaladizo y húmedo. Apenas tela.

El olor de aquellas bragas era intenso y dulce. Caperucita Roja me andaba dejando un rastro de prendas al estilo Hansel y Gretel. Se había equivocado de cuento y de migas de pan.

Mi polla era un resorte dentro del disfraz. El sujetador en la mano izquierda y las bragas en la derecha. Esa misma que utilicé para colocarme la polla dentro del disfraz para que no me doliese. Volví a oler las bragas y entre dientes exhale: “¡Qué cabrona eres!”.

Oí una risa. Apenas un metro delante de mí. Quise avanzar en esa dirección pero entonces una mano cayó sobre mi pecho y rápidamente subió hasta mi boca, ahogando así la exclamación que el sobresalto me había provocado. La dueña de aquella mano, por su forma de palparme, tampoco parecía ver nada.

-       Lobito, creo que tienes algo que me pertenece. - Era la voz de Mónica susurrada apenas audible por la atmosfera musical que ella misma había creado.

Alcé mis manos poniendo sobre su brazo el sujetador y las bragas, las migas de mi sendero.

-       No, lobito, no me refiero a eso.

Y sin terminar la frase, con un movimiento rápido y certero, su otra mano quedó sobre mi polla. La tomó toda en su contorno por encima de aquel disfraz y concluyó.

-       Esto es lo que me pertenece. – Y la agarró aún más fuerte, acompañándose además de un suave roce vertical.

Mi polla le correspondió con un espasmo, como si quisiera resistirse a aquel ultraje. Ella volvió a reír y esta vez sentí su aliento muy cerca de mi oreja.

Sin apartar sus manos de mí, me impulsó contra el colchón que hacía las veces de pared detrás nuestra. De pie, acorralado entre el colchón y sus manos no sabía qué hacer. Y no era necesario; ella lo dominaba todo.

La mano que apresaba mi polla fue subiendo sobre mi pecho y finalmente alcanzó el cierre de la cremallera de aquel disfraz enterizo. Comenzó a bajarlo lentamente, dándome vida en aquel calor. Mientras descorría mi cremallera me decía.

-       Ahora, voy a quitar la mano de tu hocico lobito y no me vas a morder. Te vas a quedar calladito y te prohíbo que hagas nada que yo no te diga que hagas. Estás castigado lobito por querer venir a por mí.

De nuevo, la risa entre susurros.

-       Lobito, quiero que me lamas la mano que tienes en tu hocico. Vamos.

La lamí. Pero no sólo la palma sino que giré la cabeza y me introduje un par de dedos en la boca, succionándolos suavemente.

-       ¡Uy! Lobito. Recuerda que tienes mis bragas y no quiero mojar el sendero.

Esta vez me reí yo.

Retiró la mano de mi boca y con las dos terminó de bajar la cremallera de mi disfraz. La abertura terminaba justo a la altura de mi polla así que, grácilmente, la saco de los calzoncillos y por primera vez pude sentir su piel sobre mi polla. Creí que me moría.

La comenzó a masajear y creo que se sorprendió de su tamaño. Segundos después me lo confirmó.

-       En aquella foto no parecía tan grande cabrón.

Su voz había perdido aquella impostada inocencia de cuento y ahora era sólo Mónica. Su voz. Sus ganas.

-       Poca saliva me has echado aquí para esta polla.

Retiró su mano de mi miembro que andaba ardiendo como nunca antes. La oí escupir y un segundo después, de nuevo su mano sobre mi polla. Resbaladiza.

La deslizaba desde el glande hasta la base suavemente, sin llegar a terminar el recorrido del todo. Y continuaba susurrándome más cerca que nunca.

-       Sí que andas bien de polla. No me extraña que esas zorras anden loca por catarla. – Se detuvo al notar mi desconcierto-. Sí, las putas esas que tenéis por amigas. Os vi antes, cuando escuchábamos a Toni follar. Esa tal Natalia te hubiera follado ahí mismo. Y por eso protestaron las demás. Todas querían su trozo de lobo. Este trozo de lobo.

Y esta vez sí terminó su recorrido sobre la base de mi polla, hundiendo su mano sobre ella y provocando un golpe de placer que hizo que mi polla se sintiese más poderosa que nunca antes. Y continuó.

-       Pero esta polla es mía. Es mi regalo por el cumpleaños de mi novio. Y esta polla se va a correr para mí. Sólo para mí.

Volvió a escupir en su mano. Yo seguía inmóvil.

-       ¿Dónde están todos? – me atreví a preguntar.

-       ¿Te he dado permiso para hablar? – me espetó ella como respuesta retirando su mano de mi polla. A los pocos segundos, volvió a agarrarla. – Si vuelves a hablar sin mi permiso te quedas así.

Noté en ese momento cuánto estaba disfrutando de sentirse mi dueña. Asentí sin hablar con un leve sonido de garganta.

-       Las putas de tus amigas están cada una en una habitación, esperando que entres para follártelas. Les he convencido proponiéndoles un juego: yo te guiaría hasta una de las puertas, la que tu eligieses y dentro… Pues la que tocase.

Quise hablar pero ella lo notó y volvió a desarmarme hundiendo su mano en la base de mi polla. 

-       El cabrón de Xuso está en su habitación, esperando su regalo. Cuando acabe contigo, cuando te derrames para mí, voy a tener que entrar en esa habitación y conformarme con él pero, ¿sabes qué? Voy a imaginarme cuando me esté penetrando que su polla es esta. Ya lo hice la primera noche que te conocí, ¿recuerdas?

Y de nuevo su saliva a su mano para, esta vez, jugar con mi glande.

-       Voy a imaginarme cuando me embista que eres tú quien está detrás, follándome sin pausa y tirándome del pelo para arquearme la espalda. Voy a imaginarme que es esta polla la que me parte en dos y, por el tamaño, estoy segura de que lo haría.

Otra risa más.

Nunca había recordado tener tantas ganas de correrme. Nunca había hecho tanto esfuerzo por aguantarme. No quería que aquello acabase.

-       Voy a cerrar los ojos cuando lo tenga sobre mí y cuando me corra, si tu amigo consigue que eso ocurra, voy a correrme por ti. Por esta polla. Por tenerla dentro. Porque me muero de ganas de…

No pude oír el final de aquella frase. Fue solapada por un grito desde el fondo del pasillo. Era Xuso.

-       Chicos, ¿va todo bien? Es que tardáis un poco y yo quiero mi regalo.

En lugar de detenerse, Mónica se escupió una última vez. Esta vez lo hizo directamente sobre mi polla, adivinando en la oscuridad donde caería su saliva. Y continuó más rápido.

-       ¿Lo oyes? ¿Te parece bonito? ¿Te parece bien que en lugar de estar con mi novio esté aquí haciéndole una paja al cabrón de su amigo mientras me tienes chorreando como una puta?

Aquello me mató, casi literalmente. Un latigazo recorrió mi espalda y mis piernas. Empecé a derramarme por la polla mientras ella continuaba su movimiento, ahora alternando la dureza y la suavidad. Prácticamente me ordeñaba.

No podía controlar exactamente dónde iba aquello que emanaba de mí. No veía nada y no quería que nada me descentrase de su mano sobre mi polla. Acariciándola con suavidad.

Sin soltármela, Mónica volvió a hablar. Esta vez en grito.

-       Ya voy Xuso. Disculpa cariño pero es que está todo tan oscuro que no conseguía que Xuso llegase a su destino.

Me soltó la polla y la sentí agacharse en el suelo. Me tendió la mano para entregarme sus bragas.

-       Toma. Te puedes limpiar con esto. Y te las puedes quedar… Te las has ganado.

Se separó un instante de mí. Lo justo para echarla en falta y se acercó de nuevo por mi derecha.

-       Voy a cumplir mi misión con tu amigo. Recuerda lo que estaré haciendo. – Me besó en la mejilla. – Ah, y una última orden lobito: te prohíbo follarte a ninguna de esas zorras de la habitación.

Y se fue. Lo último que escuché fue la puerta de “La casa de la abuelita” cerrarse.

El lobo amansado por la puta de Caperucita.


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