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Fecha: 12-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

La MILF más Deseada [01].

Nokomi
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Para luchar contra una mala situación económica, a Julián se le ocurre la idea de tomar fotografías eróticas de su propia madre, e intentar obtener dinero con ellas en internet. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

La MILF más Deseada.

Capítulo 1.
-1-

Julián se encontraba mirando una sit-com que eligió con la esperanza de distraerse un poco; pero realmente no le estaba prestando atención. Su mente deambulaba entre preocupaciones, problemas y alternativas de soluciones que eran descartadas por ser absurdas o inviables.

La puerta de la casa se abrió, y Julián se puso de pie de un salto. Vio a su madre entrando y le preguntó:

—¿Qué tal te fue? —Había un hilo de esperanza en su voz.

Diana cerró la puerta y evaluó la mejor forma de decirlo, pero una mueca de de amargura apareció en su rostro y las lágrimas la vencieron. Abrazó a su hijo, éste no necesitó que ella le explicara nada. Las cosas habían ido mal.

—Dijeron que no me pueden contratar —se lamentó ella, llorando.

—No te preocupes mamá, vamos a estar bien.

—Te juro que hice todo lo posible… es muy angustiante.

—Nos las vamos a arreglar —Julián intentó tranquilizarla dándole unas palmaditas en la espalda.

—No, con el trabajo de mierda que tengo ahora, no vamos a poder. Necesito conseguir algo mejor, y ésta era mi mejor opción. Tengo que trabajar en algo que me deje más de dinero, o…

—Ya se nos va a ocurrir otra cosa.

A pesar de sus palabras tranquilizadoras, Julián estaba tan preocupado como su madre, pero quería mostrarse fuerte. Su familia seguía sufriendo un duro golpe tras otro. Había pasado un año y medio desde que su padre había muerto de un infarto, una tragedia que los dejó emocionalmente despedazados. Recibieron algo de dinero del seguro de vida que tenía por su trabajo, pero no era mucho y ya se les estaba terminando. A Julián le resultó indignante que la vida de su padre valiera tan poco, él había sido un hombre muy trabajador y responsable, nunca faltaba a su trabajo. Sospechaba que la muerte de su padre se debía al alto estrés laboral. Cuando Diana se dio cuenta de que el dinero que les brindó el seguro no duraría mucho, intentó conseguir un trabajo mejor, ya que el que tenía era casi un pasatiempo. En realidad ella nunca había necesitado trabajar mientras su marido estaba con vida, lo hacía sólo para tener cuatro horas al día ocupadas. Vendía cosméticos en el negocio de una conocida. Poco después de la muerte de su marido, le suplicó a su jefa que le diera un trabajo a jornada completa, pero ésta le aseguró que eso era imposible, a duras penas podía pagarle por media jornada.

Durante varios meses se las arreglaron con el dinero del seguro de vida, pero ya estaba a punto de terminarse, y lo que ganaba Diana apenas servía para cubrir algunos impuestos; ni siquiera todos.

—¿De qué vamos a vivir? —Preguntó ella con el corazón partido—. ¿Del aire?

—Tranquila, mamá. Estuve pensando mucho y creo que ya sé cómo ganar algo de dinero extra.

Ella soltó a su hijo y se sentó en una silla, lo quedó mirando aguardando a que él le diera una explicación, pero no dijo nada.

—¿Y?¿Qué se te ocurrió?

—Podría… —Julián comenzó a barajar todas las ideas que había tenido y tuvo que optar por una de las descartadas, pero la menos absurda de todas—. Podría vender fotos.

—¿Fotos de qué? —Preguntó ella secándose las lágrimas con la manga de la blusa.

—De lo que sea. Cualquier cosa que merezca ser fotografiada y tenga impacto artístico. Paisajes, casas, personas, animales, lo que sea. Sé mucho de fotografía y tengo una cámara que costó una fortuna. Pensé en venderla, pero creo que si le doy un buen uso puede ser más rentable.

Dicha cámara se la había comprado su padre al cumplir dieciocho años ya que el chico mostraba grandes aptitudes para la fotografía. Aquel día Julián se sorprendió mucho al abrir sus regalos y encontrarse con una cámara de fotos profesional y un trípode. Durante mucho tiempo experimentó con ella. Nunca hizo oficialmente un curso de fotografía, pero dedicó mucho empeño y comenzó a instruirse usando internet. Dos años después, al ver su entusiasmo, su padre le regaló accesorios de luces y flashes de estudio. Por desgracia, desde el día en que su padre murió, no se sintió animado a sacar fotos, ya que él era su modelo predilecto, y el único que se prestaba a largas horas de experimentación lumínica.

—No lo sé… ¿funcionará?

—Claro que sí, mamá. Ya tengo muchas fotos buenas, podría retocarlas un poco y comenzar a publicarlas. Conozco varias páginas webs donde la gente compra y vende fotos. El siguiente paso sería sacar fotos nuevas. Sé que no soy profesional, pero hoy en día el mercado para los amateur es cada vez más amplio.

—Te noto muy entusiasmado —dijo Diana con una leve sonrisa.

—Lo estoy, porque sé que puede funcionar —intentaba convencerse más a sí mismo que a su madre—. No digo que nos vaya a dar dinero de inmediato; pero me voy a esforzar mucho.

—Está bien, y yo me voy a seguir esforzando por conseguir un mejor trabajo. Al fin y al cabo, no estoy tan vieja. Alguien me tiene que contratar.

—Bueno, con respecto a tu edad… —hizo girar sus ojos.

—No te olvides que algún día vas a llegar a mi edad —de pronto ella comenzó a sentirse mejor—. Tampoco estoy tan vieja, tengo apenas treinta y siete añitos.

—Tenés cuarenta y tres —la corrigió él.

—Pero parezco de treinta y pico —dijo ella poniéndose de pie y acariciando su cuerpo.

Julián se limitó a sonreír. No le discutiría a su madre, para que no se pusiera mal. De todas formas, algo de cierto había en esa afirmación. Muy al contrario de sus amigas más cercanas, o de sus hermanas, ella aún conservaba una excelente apariencia. Su difunto marido siempre le dijo que ella podría haber sido modelo, o vedette, especialmente gracias a sus firmes y grandes pechos. Además era rubia natural; ella solía decir que había algo bueno con las rubias: siempre destacaban. Es muy difícil no seguir con la mirada a una rubia bonita, y Diana aún seguía arrastrando cientos de miradas, de hombres y mujeres. Sin embargo, su mejor cualidad, era que nunca se había tomado su belleza demasiado en serio, nunca se aprovechó de ella para conseguir ventaja. Hasta cuando salía con su marido, cuando eran novios, solía vestirse de forma discreta y no usaba maquillaje. Según ella, lo hacía para no dar la apariencia de ser una “chica fácil”. Ella sabía que su difunto marido tuvo que soportar varias bromas pesadas por parte de amigos y familiares, en las que afirmaban que Diana era demasiado hermosa para él y que ella debía tener muchos amantes ocultos; tal vez uno para cada día de la semana. La que más se molestaba con esas bromas era la misma Diana, ya que ella siempre amó a su esposo y nunca tuvo necesidad de engañarlo con nadie. A su difunto marido poco le molestaban estas habladurías, ya que él conocía muy bien a su esposa y confió en ella hasta el día de su muerte.

-2-
Tal y como prometió, Julián se puso a trabajar ese mismo día. Revisó la galería de imágenes que tenía dentro de su PC, y fue seleccionando aquellas que parecían ser más prometedoras. Luego volvió a realizar un segundo proceso de selección entre éstas. Se quedó con un total de treinta y cuatro fotografías. Se pasó el resto del día editando el brillo, la saturación, el contraste y todo aquello que ayudara a mejorar la calidad de la imagen. No quería abusar demasiado de los retoques digitales ya que, según él, solían quitarle realismo a la fotografía. Lo hizo de la forma más sutil posible, manteniendo la esencia de cada captura.

Poco antes de que su madre lo llamara para cenar, él ya había publicado la mitad de las fotos en una galería online, donde la gente no sólo podía disfrutar contemplando miles y miles de fotografías, sino que también podía comprarlas o pagar derechos de autor para que ésta se publicara en algún otro sitio. Todo esto se lo explico a su madre mientras comían, ella se mostró tan positiva como él y estaba muy entusiasmada de que su hijo tuviera una meta a perseguir.

Esa actitud positiva en Julián se fue degradando con el paso de los días. Al principio logró alcanzar algunos picos altos, al vender varias fotografías; pero el precio que obtenía por las mismas era demasiado bajo como para considerarse una verdadera ganancia. De hecho, haciendo cálculos, ni siquiera alcanzaba para cubrir el gasto de los equipos adquiridos o del pago de algún medio de transporte, ya que al fotografiar paisajes urbanos debía moverse por toda la ciudad. Estaba muy conforme con la calidad de sus fotos, y pretendía seguir mejorando; pero el rédito económico no era lo que él había esperado.

Su madre, quien también seguía buscando alguna nueva fuente de trabajo, no dejaba de decirle que todo era cuestión de tiempo y que él necesitaba hacerse de un nombre, ya que las fotografías son consideradas obras de arte y una obra vale lo que vale el nombre del artista.

-3-
Cinco semanas después de iniciar con su nuevo emprendimiento, Julián comenzó a sufrir una crisis de angustia. Las ventas no estaban mejorando y tenía la sensación de que sus fotos se parecían demasiado entre una y otra; había fotografiado, desde distintos ángulos, los mismos edificios y lugares de interés. No era tonto, sabía que necesitaba renovar un poco su catálogo. En su afán por conseguir paisajes urbanos diferentes se vio obligado recorrer largas distancias, lo hizo a pie, para ahorrarse el transporte. Pensó en usar una bicicleta, pero hacía tiempo que había vendido la suya y ninguno de sus amigos le podía prestar una, ya que solían usarla para ir a trabajar.

Consideró que el esfuerzo valdría la pena, porque pudo reunir una buena cantidad de imágenes nuevas. Pero la desesperación lo abrumó al ver que las nuevas fotografías parecían captar menos atención que las primeras, como si el público se hubiera cansado de su estilo. Mirando objetivamente las fotos llegó a la conclusión de que se estaba repitiendo mucho, era casi como plagiarse a sí mismo. Los sitios y los objetos retratados podían cambiar; pero la forma de capturarlos con la cámara seguía siendo la misma.

Esto lo impulsó a realizar una pequeña investigación de mercado. Buscó en Google páginas que pudieran informarle acerca de qué tipo de fotografías eran más redituables en la actualidad. En algunas de ellas vio que lo más rentable eran ser las fotografías de bebés o las de mascotas. «Muy mal —pensó—. No me llevo bien ni con los bebés, ni con los animales». Otra opción era hacer fotografías para negocios, por ejemplo, empresas de turismo. Eso tampoco le brindaba ninguna solución ya que él a duras penas podía trasladarse dentro de su ciudad, mucho menos podría hacerlo en las afueras, donde estaban la mayoría de los sitios turísticos de la zona.

Continuó revisando páginas hasta que encontró una que captó su atención. Estaba en inglés, pero tenía el suficiente manejo del idioma como para comprenderla. Quedó fascinado con todo lo que leyó, una loca idea comenzó a formarse en su cabeza. Incluso llenó un formulario con el cual se comprometía con la web a trabajar para ellos. Al instante le llegó un largo e-mail donde se detallaban todos los pasos a seguir y los medios de pago que se emplearían; esta última parte no supuso ningún problema ya que podría utilizar la misma cuenta de Pay-pal que tenía asignada para la venta de fotografías. No tenía ni idea si iba a poder cumplir con todos los requisitos de la web, pero se empeñaría en hacerlo, y el firmar el contrato era el mejor incentivo que podía pedir.

De momento no le quedaba más por hacer que esperar.

-4-
Cuatro días después de haber llenado el formulario, Julián recibió un paquete por correo, se alegró que éste hubiera llegado por la mañana, cuando su madre estaba trabajando.

Preparó todo sus equipos para sacar fotos dentro de la habitación que él mismo se había asignado como “estudio”. Probó las luces y no dejó de cambiarlas de posición hasta que consiguió el efecto deseado.

Un par de horas más tarde su madre regresó a casa, esperó a que ella se diera un baño y en cuanto la encontró sentada en el comedor, mirando televisión, se le acercó.

—¿Cómo va todo? ¿Qué es eso?— preguntó su madre al ver el paquete que llevaba en la mano.

—Justamente sobre eso quería hablarte —tomó asiento y la miró como si estuviera pidiéndole permiso.

—Te escucho —Diana apagó el televisor.

Julián no tenía idea de cómo comenzar con la explicación, daba por sentado que su madre se lo tomaría a mal; pero lo que no sabía era cuánto se podría enojar. Al recordar el contrato firmado supo que ya era demasiado tarde para echarse atrás.

—Hace unos días encontré una página web que está dispuesta a pagar una muy buena suma de dinero por mis fotografías.

—¿Qué? ¿De verdad? ¡Eso me pone muy contenta! ¿Cuántas les vendiste?

—Todavía ninguna… es que no están interesados en las fotos que ya saqué, sino en las que tengo que sacar.

—No entiendo —Diana levantó una ceja, Julián sonrió, siempre la divirtió ver que su madre fuera capaz de hacer eso, aunque lo hiciera de forma involuntaria.

—Es que ellos me pagan por… cierta clase de fotografías… y vos tendrías que ayudarme.

—¿Yo?

—Sí, no se me ocurre nadie más a quién pedírselo.

—Pero yo no sé nada de fotografía.

—No necesitás saber nada, porque vos no estarías sacando fotos, vos serías la modelo.

La rubia abrió muchos los ojos, evidenciando sorpresa y confusión al mismo tiempo.

—¿Yo? ¿Modelo?

—Sí. Sos una mujer muy atractiva, mamá, serías una perfecta modelo, y lo sabés. Estoy seguro de que alguna vez soñaste con convertirte en modelo… esta puede ser tu oportunidad.

—Bueno, sí… puede que haya pensado en eso en alguna ocasión… pero… ¿de qué tipo de modelaje estamos hablando?

—Ahí viene la parte que te va a disgustar… espero que no te enojes mucho conmigo. Es modelaje de ropa interior.

—¿¡Qué!?

—Antes de que te niegues, quiero decirte que ya firmé un contrato con esa página web, comprometiéndome a enviarles las fotos…

—Pero Julián…

—Esperá, eso no es todo. Esta web, al ser europea, paga en Euros. Ahora mismo el Euro está muy por encima del peso argentino. Pero muy por encima... y eso lo sabés bien.

—No te voy a negar que eso resulta atractivo, pero de todas formas me parece una locura. ¿Cómo vas a firmar un contrato sin antes consultarme? ¿Estás loco?

—Es que pensé que sería la única forma de convencerte.

—¿Obligándome?

—No, no pretendo obligarte a nada. Si vos no aceptás… voy a buscar otra modelo, quien sabe dónde… o rescindiré el contrato, lo cual me haría perder dinero.

—Si lo ponés de esa manera, siento que me estás obligando indirectamente.

—Perdón, tenés razón. Vos no te sientas obligada a nada, si no querés, entonces veo la forma de arreglar todo, tampoco es que el mundo se vaya a venir abajo.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

—Depende. Me dieron una larga lista de precios, varían mucho; especialmente si yo tengo mi propia modelo, eso triplicaría las ganancias. Los precios, por un pack de fotos, oscilan desde unos pocos cientos, hasta cifras por encima de los dos mil euros.

—¡¿QUÉ?! ¡Eso es mucha plata!

—Y nos vendría más que bien.

—¿Y qué hay en el paquete?

—Es ropa interior.

—Y… yo… ¿tendría que usar esa ropa interior?

—Sí. Ellos me la mandaron. Lo que pasa es que si vos usás lencería u otros productos que ellos patrocinan, entonces nos pagarían más por las fotos.

—Entiendo, por eso es que los precios varían tanto.

—Emm… sí, por eso.

El voluptuoso pecho de Diana se infló en cuanto tomó aire, luego lo dejó salir lentamente. Se estaba haciendo la idea de posar ante una cámara vistiendo ropa interior. Eso, de por sí, le incomodaba; pero más le incomodaba que su hijo fuera el fotógrafo. Sin embargo la posibilidad de recibir ganancias en euros era muy tentadora.

—Veamos… si yo me pongo esa ropa interior, vos me sacás fotos ¿y ellos ya te estarían pagando?

—No exactamente. Ellos tienen que ver las fotos en cuestión y si son lo suficientemente buenas, entonces nos pagan. Al principio tal vez no nos den tanto; pero si ven que vos empezás a tener éxito, entonces el precio puede subir.

—¿Éxito en qué?

—Digamos, si el producto que usás se vende, si la gente hace clic en tus fotos, si a los patrocinadores les gusta cómo modelás, etcétera.

—Voy entendiendo…

—Entonces, ¿lo vas a hacer?

—Dejame meditarlo unos minutos.

—Ok, me voy al estudio, cualquier decisión que tomes, la quiero escuchar; aunque que sea un no.

—Esperá. Dejame la ropa interior, quiero ver cómo es antes de decirime.

Julián le tendió el paquetito y se retiró.

Como ya tenía todo listo, no tenía idea de cómo emplear el tiempo dentro del estudio, comenzó a caminar de un lado a otro, impaciente. Su madre se había tomado la noticia mucho mejor de lo que él esperaba, apenas se había enojado. A él tampoco le agradaba demasiado la idea de estar vendiendo a su madre de esa manera; pero si no comenzaba a generar dinero de inmediato, iban a tener una dura crisis financiera. Últimamente habían tenido que acortar muchos gastos. Los productos que su madre adquiría en el supermercado cada vez eran menos y de marcas más económicas y de baja calidad. A Julián le preocupaba que pronto debieran empezar a sacrificar otras cosas, como internet… la cual era un medio imprescindible para que él pudiera vender fotografías. Y luego de eso no tardarían en reducir la cantidad de comida... ni quería pensar en esa opción, él amaba comer en abundancia; especialmente las comidas caseras que preparaba su madre.

La puerta del estudio se abrió repentinamente luego de unos veinte minutos de espera, Julián vio a Diana envuelta en una bata blanca.

—Lo voy a hacer —dijo ella, con timidez.

—¿De verdad? —una amplia sonrisa apareció en el rostro del muchacho.

—Sí… aunque no me gusta nada el conjunto que mandaron, es demasiado… revelador. Además me queda chico.

—Eso último es mi culpa, porque no sabía tus medidas y me las tuve que inventar.

—Está bien, para la próxima te digo qué talle tenés que pedir.

—Bueno.

Un incómodo silencio se posó en el estudio fotográfico, madre e hijo se miraron con indecisión.

—¿Empezamos? —preguntó Julián.

—Eh… sí, supongo que sí. Pero antes quisiera decirte una cosa. Puedo aceptar que me veas en ropa interior, ya que soy tu madre, vos sos mi hijo, y nos tenemos confianza; pero lo que me preocupa de todo esto es que algún conocido vea las fotos…

—Por eso no deberías preocuparte, la página web es alemana. Dudo mucho que algún conocido entre a ella, sería una casualidad demasiado grande. Tal vez te hacés famosa en Europa —bromeó—, pero acá vas a seguir siendo una anónima del montón.

—Famosa… sí, claro —Diana sonrió—. Eso me tranquiliza un poco. Te pido una cosita…

—¿Qué?

—No hagamos un gran quilombo de todo esto, yo estoy intentando mentalizarme lo más posible para tomármelo con naturalidad y… “profesionalismo”, si es que puedo hablar de eso en mi primer día de trabajo.

—Sí, podés. De hecho, yo también tengo que tomármelo con el mayor profesionalismo posible, ya que tal vez esta sea la forma en la que me voy a ganar la vida de ahora en adelante.

—Bueno, empecemos... —Diana estuvo a punto de abrir su bata, pero se detuvo—. Ah, otra cosita. Asegurate de que todo esto valga la pena y que nos paguen, no quiero estar pasando vergüenza de forma gratuita. Que quede claro que esto sólo lo hago porque ya estoy desesperada y no sé de qué otra manera podríamos ganar dinero. Si no estuviera contando hasta la última moneda que gasto, ni siquiera consideraría hacer algo como esto.

—Quedate tranquila que si el negocio no funciona, doy de baja el contrato y busco algún otro trabajo. Yo tampoco quiero que vos te expongas de esa manera sin que nos paguen. Podrás ser la mejor candidata que conozco para modelar, pero también sos mi mamá.

—Sos un dulce —Diana le dio un beso en la mejilla.

Luego caminó hasta el centro de la habitación y abrió su bata, dejándola caer al suelo. Julián, bajó la mirada y se concentró en ir encendiendo las luces.

—Em… tenemos que esperar a que se calienten. Tardan unos segundos. Lo hubiera hecho antes, pero no quería gastar luz...

—Está bien.

Julián levantó la mirada y se encontró con el voluptuoso cuerpo de su madre apenas envuelto en un conjunto negro que incluía corpiño, tanga de encaje, medias y un portaligas, con sus correspondientes ligas. Si bien él no era virgen, nunca en su vida había estado en presencia de una mujer que irradiara tanta sensualidad… y sexualidad. Se sintió extraño, como si dudara de que esa mujer fuera realmente su madre. Una vez él fue a un bar desnudista con sus amigos, lo hizo más porque ellos le insitieron que por voluntad propia. En aquella ocasión quedó impactado ante el cuerpo semidesnudo de las mujeres que trabajaban allí, no estaba acostumbrado a ver semejantes bellezas sin ropa, en vivo y en directo. Ver a su madre vistiendo ese conjunto negro le causó el mismo impacto.

Diana permaneció estática, con las piernas muy juntas, intentando esquivar la mirada de su hijo, pasados unos segundos se dijo a sí misma que ignorar el tema era ridículo, y que sería peor para ambos. La única forma de superarlo era hablando de ello.

—¿Qué tal me queda? —preguntó.

—Muy bien —aseguró su hijo—, no tenés nada que envidiarle a una modelo profesional… al contrario, creo que muchas de ellas deberían envidiarte a vos.

—Gracias —dijo con una gran sonrisa—, pero tampoco exageres.

—No exagero, mamá. Es la verdad. Las luces ya están listas. Si querés puedo empezar a sacarte fotos.

—Dale… ¿y yo qué hago?

—No sé, lo que se te ocurra. Te podés sentar en ese banquito —señaló un pequeño taburete negro—. O bien te podés sentar en el suelo, por algo puse un acolchado. Vos hacé cualquier cosa que te nazca e intentá sonreír de forma natural. Ah… intentá no mirar a la cámara, a menos que yo te pida que lo hagas.

—Ok, veremos qué tal sale todo esto.

Diana hizo lo que su hijo le sugirió, se sentó en el taburete y fue cambiando de posición a medida que él capturaba todo con la cámara. Luego pasó a sentarse en el piso, sobre el acolchado. Procuró no abrir mucho las piernas y no exponer demasiado su cola. Estuvo posando durante unos treinta minutos, hasta que Julián dio la sesión por concluída.

—¿Ahora sólo resta mandarle las fotos? —le preguntó su madre.

—No, ahora tengo que editarlas, corregirles el color, la saturación, etcétera. Todo lo que sea necesario. Después sí se las mando.

—¿Eso cuánto tiempo te va a llevar?

—Lo puedo tener listo para hoy.

—Ah, perfecto. ¿Y cuándo sabremos si aceptan las fotos o no?

—No lo sé, tal vez un par de días.

—Ok. Ah, ¿qué tengo que hacer con la ropa interior? ¿Hay que devolverla?

—No, todos los productos que manden, te quedan para vos; así que ya ganaste algo, al menos tenés un conjunto nuevo de ropa interior.

—Uno que no voy a usar nunca, porque me queda chico y es demasiado… demasiado.

—¿Demasiado qué? ¿Revelador?

—No, demasiado de… ¿cómo decilro?... emmm ¿puta?

—¿Te parece?

—Julián, es la primera vez en mi vida que me pongo un conjunto como este. Esto te lo digo para que entiendas que estoy tan comprometida como vos en esta nueva propuesta de trabajo… porque las cosas no están yendo bien. Lo peor de todo es que ni siquiera sé cuánto tiempo más van a poder seguir pagándome en el negocio de cosméticos; porque las ventas están decayendo. Me aterra la idea de quedarme sin trabajo, así que espero que esto funcione y que, aunque sea, nos den cincuenta euros por todas las fotos. Con eso me conformo.

-5-
Cuatro días después de haber mandado las fotografías, Julián recibió una respuesta, en inglés, del sitio web alemán. Leyó todo cuidadosamente y luego fue en busca de su madre, que estaba preparando la cena para esa noche; la cuál consistía más que nada en arroz, y esto era un claro indicativo de que la economía familiar iba muy mal, ya que a Diana ni siquiera le gustaba el arroz.

—Tenemos noticias sobre las fotos —le dijo.

Ella apartó del fuego la olla y miró a su hijo.

—¿Son buenas noticias? —Diana no había dejado de pensar ni un solo día en ese asunto. Su jefa le había dado malas noticias y, aparentemente, sólo podría seguir trabajando en la venta de cosméticos durante un par de meses más, luego debería buscar un nuevo empleo. Ella era una siempre encaraba la vida de forma positiva, pero ya estaba llegando a un límite.

—No exactamente. Bueno, en parte sí, y en parte no.

—Explicame mejor, Julián, porque así me estás poniendo más nerviosa de lo que ya estoy.

—La buena noticia es que les encantaste como modelo. Tu apariencia física está a la altura de la clase de modelos que ellos contratan —a Diana se le dibujó una sonrisa en el rostro—. Pero no nos van a pagar por estas fotos —la sonrisa se le borró.

—¿Por qué no? ¿Tan mal lo hice?

—No, la culpa no es tuya, sino mía.

—Eso no me lo creo, vos tenés mucho talento sacando fotos…

—No, eso no es lo que está mal. La calidad de las imágenes es muy buena, eso me lo dejaron bien en claro, pero tendríamos que sacar más fotos… para que nos paguen.

—¡Ah! Entonces no es tan malo. Eso se puede solucionar. Si querés, después de comer sacamos más fotos. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto —dijo Julián, con una forzada sonrisa.

Esa misma noche, aproximadamente una hora después de cenar, Diana ya estaba preparada para la nueva sesión de fotos, ingresó al estudio improvisado cubierta en su bata blanca, las luces ya estaban encendidas. Ella miró el reloj de pared que marcaba las 11.47.

—¿Te molesta que sea tan tarde? —preguntó Julián.

—No, para nada. Mañana es domingo, no tengo que trabajar. No me importa irme a dormir tarde, así que tomate el tiempo que sea necesario para sacar buenas fotos. ¿Cómo empezamos? ¿Me siento en el banquito?

—Bueno, sobre eso quería hablarte.

—Cada vez que usás ese tono me da la sensación de que voy a terminar enojándome con vos. ¿Qué pasa, Julián?

—Tenés razón, te vas a enojar. No te conté todo acerca de este sitio web. Tal vez vos tenés la idea de que es una página que vende ropa interior…

—¿Y no lo es?

—Sí, en parte sí… pero ese no es el único negocio. A ver cómo te lo explico de la mejor manera posible, para evitar que me asesines —una dura mirada apareció en los ojos de su madre—. Yo les envié ese primer pack de fotos para que pudieran conocerte y así estar seguro de que nos iban a pagar… pero yo sabía de antemano que no nos pagarían por esas fotos; por eso no saqué muchas. Además mi intención era que te metieras paso a paso en todo esto, si te hubiera dicho cómo son las cosas desde el principio, te hubieras negado. Ahora al menos podés decir que aceptaste a sacarte fotos en ropa interior, lo cual es un gran avance. Sin embargo lo que ellos quieren son fotos con contenido… un poquito más erótico.

Los ojos azules de Diana se inyectaron de una ira asesina.

—¡¿Qué?! ¿Vos me estás cargando, Julián?

—No, para nada, es la verdad. Perdón que no te lo haya dicho antes, es que…

—¡Es que nada! ¿Cómo me hacés una cosa así? ¿No te das una idea de lo difícil que es para mí estar sacándome estas fotos?

—Me dijiste que te lo tomabas con naturalidad…

—No, te dije que iba a intentar hacerlo, no que lo haya logrado. Ahora me salís con que todo el esfuerzo no sirvió de nada.

—Sí que sirvió, ya te dije, cuando los administradores de esta web vieron tus fotos, te aceptaron como modelo. Te van a pagar, mamá… no es en vano.

Diana se sentó en el taburete negro y con una mano se frotó los párpados.

—No sé cómo asimilar esto, Julián. ¿De verdad vos estabas dispuesto, desde el principio, a sacarme fotos eróticas?

—Para mí también es difícil. No disfruto con este trabajo, pero sacar fotos es lo único que sé hacer bien… y vos sos la modelo perfecta. Se presentó la oportunidad y la tomé. Si no estuviéramos tan mal económicamente, ni siquiera se me hubiera cruzado por la cabeza.

De pronto Diana recordó las palabras de su jefa. Su empleo tenía fecha de caducidad y las deudas seguían acumulándose. Ningún banco estaba dispuesto a otorgarle un préstamo y eso ni siquiera era una solución; porque luego no tendría dinero para devolver lo prestado.

—Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas —dijo la rubia—. ¿No es cierto?

—Sí. De esa forma lo vi yo. ¿Vos te creés que a mí me agrada saber que pueda haber fotos eróticas tuyas en una página web? Aunque ésta sea de un país al otro lado del océano… y en un idioma que no voy a hablar nunca en la puta vida. La sola idea de saber que va a haber gente mirándote y fantaseando cosas raras, me incomoda… entiendo que para vos tiene que ser incluso más difícil.

—No sé si más difícil. Intento verlo desde tu punto de vista, y a mí tampoco me agradaría que mi madre estuviera en una página web erótica. Así como a mí tampoco me agrada estarlo. ¿Qué tan “eróticas” deberían ser las fotos?

—Solo un poco… ni siquiera hace falta que te quites la ropa… bueno, la poca ropa que tenés.

—Ah, eso cambia un poco las cosas, por un momento creí que debería desnudarme. Decime una cosa, Julián. Si yo hago estas fotos, ¿definitivamente nos pagan? Es decir, sin más vueltas… ¿nos pagan directamente?

—Sí, definitivamente. Se comprometieron a hacerlo. Mando las fotos y ellos nos envían el dinero… siempre y cuando las fotos sean de su agrado; pero como ya te dije, les encantaste como modelo, y yo como fotógrafo. Sólo tenemos que cambiar ligeramente el contenido de las imágenes.

—¿Vas a poder manejar la situación? Es decir… ¿vas a tolerar que yo salga en fotos de ese estilo… y encima que vos las tengas que sacar?

—Sí. Ya estoy lo suficientemente grande como para comprender cómo funciona la sexualidad y el erotismo. Además comprendo que vos sos una mujer muy atractiva y que, por esa razón, muchas personas pueden excitarse al verte.

—Está bien, sabiendo eso, lo voy a hacer. Aunque eso de que la gente se excite al verme, me deja un poco intranquila.

—¿En serio aceptás hacerlo?

—Sí. Necesitamos la plata, con urgencia. Después tendré tiempo para arrepentirme y lamentarme, pero ahora hay que actuar. Necesitamos dinero, urgente. ¿Qué tengo que hacer, exactamente?

—Em… no lo sé, sinceramente no creí que fueras a aceptar.

—Te entiendo, yo también estoy sorprendida. Bueno, será mejor que pensemos en algo.

—¡Ya sé! Quedate sentada así como estás.

Diana tenía ambas manos a los lados de su cuerpo, apoyadas en el taburete y estaba sentada de forma muy erguida. Julián se acercó con la cámara en mano y fotografió sus pechos en un plano picado.

—Los de la web dijeron que tus tetas son muy hermosas.

—Decile a los de web que son unos degenerados… pero gracias —Julián tomó dos fotos más, iguales a la primera, sólo por si acaso—. ¿Y ahora?

—Ahora parate… y date la vuelta.

Diana obedeció. Julián se agachó justo detrás de su madre y tomó algunas fotos de su cola, la cual estaba muy tensa y apretada. Se dio cuenta de que era la primera vez que estaba tan cerca del culo de su madre, estando ella en ropa interior. No le extrañaba que los hombres le gritaran barbaridades por la calle, tenía una retaguardia monumental.

—¿Podrías agacharte un poco?

Su madre se inclinó hacia adelante hasta que pudo apoyar las manos en el taburete. Su culo pareció ganar tamaño y justo debajo de la línea que lo dividía en dos, apareció un pequeño rombo negro. Julián tragó saliva porque sabía que eso no era otra cosa que la vulva de su madre escondiéndose detrás de una fina capa de ropa interior.

—¿Puedo sugerir algo? —preguntó Julián.

—Sí. ¿Qué se te ocurre?

—¿Podés separar un poco las piernas?

Ella no respondió verbalmente, sin embargo separó lentamente las piernas, enseñando aún más su vulva. Su hijo se apresuró a capturar las imágenes en un plano contrapicado. De pronto Diana dio media vuelta y se sentó en el taburete.

—¿Qué pasó?

—Perdoname Julián, no sé si voy a poder. Esto me parece una cosa de locos. De por sí no suelo ser muy dada a este tipo de prácticas eróticas, o a vestir ropa interior como esta; pero saber que vos me estás viendo, empeora mucho las cosas. Sé que tengo que hacer estas cosas con el fin de excitar a alguien, y tengo la horrible sensación de que estoy intentando excitarte a vos… con mi cuerpo.

—No es a mí a quien tenés que excitar…

—Sí, lo sé; pero el que me está mirando sos vos.

—Yo intento hacerme la idea de que estoy trabajando. Me ayuda mucho prestar atención a detalles como la luz, la sombra, la apertura de la lente, etcétera. Vos podrías hacer algo parecido.

—No veo cómo.

—Podrías concentrarte en que tenés que excitar al consumidor final de las fotos, y no a mí. Ya te dije, yo puedo comprender que vos tengas un lado erótico y que éste atraiga a otras personas. No veo nada de malo en eso. Al contrario, en este caso es un punto que nos juega a favor. Si vos no fueras capaz de irradiar ese encanto sexual, no nos pagarían… así que cuanto más te esmeres, más nos van a pagar.

—Si lo ponés en palabras tan bonitas no parece algo tan malo —ella esbozó una tímida sonrisa—. Bueno, vamos de nuevo… intentaré dar lo mejor de mí, y espero que a los de la web se les suba la temperatura al verme… así nos pagan.

—Así se habla. Yo sé que vos podés. Dejá salir la mujer fogosa que hay en vos.

—¿Y quién te dijo que hay una?

—Si no la hay… estamos jodidos, así que espero que la encuentres en algún lado —Diana se rio.

—Me voy a esforzar por encontrarla; porque tal vez la haya, pero hace mucho que no tiene motivo para asomarse.

—Acordate, hacé cualquier cosa que te pueda parecer sensual… o sexual; y no te avergüences, porque yo voy a estar más concentrado en que la foto salga bien, que en cualquier otra cosa.

—Ok —dijo Diana asintiendo con la cabeza, esforzándose por mostrar seguridad en sí misma.

Acto seguido, sin abandonar el taburete, acarició su vientre con ambas manos y subió hasta aferrarse los pechos. Mantuvo los ojos cerrados, para no tener que ver a su hijo fotografiándola. Luego deslizó las manos hacia abajo, hasta que llegaron a sus rodillas. Tomó una buena cantidad de aire y lo exhalo. Se dispuso a dar un importante paso e intentó activar dentro de su cabeza algún chip que dijera: “profesionalismo”. Separó las piernas, enseñándole a la cámara su sexo malamente protegido por una tanga de encaje que le quedaba algo chica. Esta vez sí miró a su hijo, y se tranquilizó al encontrarlo ensimismado en la tarea de tomar fotografías. No dejaba de moverse para todos lados, parándose y agachándose, con el afán de capturar la imagen desde todos los ángulos posibles.

Diana se puso de pie y adoptó la pose con las manos apoyadas en el taburete, dándole la espalda a su hijo. Esta vez, al inclinarse, separó un poco más las piernas, pudo sentir la tensión de la tanga en sus partes íntimas. Se mordió el labio pensando que tal vez estuviera revelando más de lo que pretendía.

Julián se quedó pasmado, viendo cómo esa delgada tela fracasaba al intentar cubrirlo todo. Una franja de piel se divisaba a cada lado de la tanga negra y el muchacho supo que eso ya era parte de la vagina de su madre. Cuando su cerebro por fin pudo reaccionar, tomó algunas fotos, desde lejos, capturando todas las piernas y la cola de la rubia; y desde más cerca en lo que era prácticamente un primer plano de la vulva.

Al ver que su madre separaba más las piernas notó que la ropa interior se deslizaba hacia el centro. Se puso de pie de un salto y apartó la mirada.

—Em… bueno, ya está.

—¿Ya está?

—Sí, por ahora no necesitamos más fotos.

—Pero no pasaron ni cinco minutos… —Diana estaba confundida, pero de todas maneras juntó su bata del suelo y se tapó con ella.

—Sí, pero tenés que tener en cuenta que ya habíamos sacado varias fotos, sólo faltaba el ingrediente “erótico”. No les quiero dar demasiado a la primera, prefiero que nos paguen por este pack de imágenes, y luego haremos otro.

—Ah, bien pensado —ella le sonrió mientras se sentaba en el taburete—. ¿Cuántas fotos forman un “pack”?

—Ellos piden al menos quince fotos, para poder considerarlas como un pack. A partir de ahí, pagan un poco más por cada foto extra. Eso sí, las fotos deben ser diferentes entre sí, al menos deben estar tomadas desde otro ángulo. Teniendo en cuenta las que te saqué la vez pasada, más que saqué ahora; creo que puedo armar un pack de unas diecisiete o dieciocho fotos.

—¡Qué bueno! Y sólo por unos minutos de trabajo… bueno, para mí; porque vos tenés que ponerte a editarlas.

—Sí, pero eso me lleva poco tiempo, porque a la iluminación la elegí yo, hablando de eso, tengo que ir apagando las luces; porque si no nos va a venir una factura altísima. Consumen bastante electricidad.

—Qué bueno que no te demores tanto con la edición, me apena un poco saber que trabajás más que yo.

—Mamá, la que tiene que hacer la parte más difícil sos vos. Vos sos la que pone la imagen a presentar, sin eso no haríamos nada. Además, si no tengo que pasar muchas horas editando es porque vos no necesitás retoques con photoshop. Tenés un cuerpo privilegiado, considerando la edad que tenés.

—¿Me estás diciendo vieja?

—¿Por qué las mujeres siempre ven la peor parte en todo? ¡Incluso cuando alguien les hace un halago!

—Sí, tenés mucha razón en eso. Gracias por el halago… pero más gracias te voy a dar cuando recibamos el primer pago. Sinceramente eso me tiene preocupada, tengo tanta mala suerte que no me sorprendería que, por alguna razón, no nos paguen nada. ¿Vos estás seguro de que esta gente no es un grupo de estafadores?

—No, no estoy seguro… por eso es que les quiero mandar lo justo y necesario para el primer pack.

—Entonces no deberías mandar más de quince fotos.

—Sí, puede que tengas razón.

—Si nos pagan, entonces probemos mandando más.

—Tenés razón, voy a hacer eso. Les mando quince justas. Hacemos buen equipo —dijo Julián esbozando una sonrisa y Diana le respondió de la misma manera.

-6-
El lunes siguiente Diana regresó a su casa del trabajo y se encontró a Julián sentado en el comedor, con una expresión de alegría que no le cabía en la cara.

—¡Ay! Decime que tenés buenas noticias —se apresuró a decir ella.

—¡Sí, más que buenas!

—¿Aceptaron las fotos?

—No sólo eso… ¡ya nos pagaron!

—¿Ya? —el corazón de Diana se aceleró.

—Sí… hoy mismo. Comprobé el depósito. Nos dieron ciento cincuenta euros.

—¡Wow! ¡Eso es mucho más de lo que me imaginaba! —Diana estaba a punto de llorar de alegría.

—Sí, lo que pasa es que quieren quedar bien con vos, porque les encantaron tus fotos. Además usaste la ropa interior que ellos mandaron, lo cual les sirve para publicitar esa marca.

Diana tiró su bolso sobre una de las sillas y dio un fuerte abrazo a su hijo. Tuvo que hacer un considerable esfuerzo por no llorar.

—No sabés lo contenta que me pone esto. Sinceramente ya me estaba preguntando de dónde mierda íbamos a sacar plata para la comida de la semana.

—Al menos esta semana no tenés por qué preocuparte por eso.

—Sos un genio, Julián. Sinceramente jamás me imaginé que se pudiera ganar plata de esta forma.

—Acá todo es gracias a vos, si no fueras tan hermosa, no nos pagarían nada.

—¡Ay, no digas boludeces! —Exclamó, apartándose de su hijo—. ¿Cuándo podemos mandar más fotos?

—Cuando nosotros queramos. Ah, por cierto, ya encargué otro conjunto de ropa interior; debería estar llegando dentro de uno o dos días.

—¿Al menos lo pediste un talle más grande?

—Sí, todo viene con un talle más grande.

—Genial, porque me daba la impresión de que no me tapaba nada. Entonces cuando llegue el nuevo conjunto, hacemos otra sesión de fotos. Esta vez sí podemos probar mandar un poco más de quince.

-7-
El miércoles de esa semana, al regresar del trabajo, Diana encontró un paquetito negro en la mesa del comedor, de inmediato supo que se trataba del nuevo conjunto de ropa interior. Se puso ansiosa ya que eso, además de ser una herramienta de trabajo, era un regalo para ella. Le agradaba poder quedarse con esos productos ya que, de poder utilizarlos, se ahorraba algo de dinero. Si bien el conjunto anterior no había sido del todo de su agrado, siempre cabía la posibilidad de recibir algo que sí lo fuera.

Como cada día después de una jornada de trabajo, se dio una ducha. Luego se dirigió a su cuarto envuelta en una toalla y abrió el paquete. Era un conjunto muy parecido al que había utilizado la vez anterior, pero éste era de color blanco. Al ponerse la tanga descubrió, con cierto disgusto, que el talle tera el mismo que el de la última vez. Creía recordar que Julián había pedido que lo aumentaran. De todas maneras se puso todo el conjunto.

Salió de su cuarto y se dirigió al de su hijo, la puerta estaba abierta y él trabajaba con su computadora.

—¿Qué te parece? —le preguntó ella, con los brazos en jarra.

Al darse la vuelta Julián se quedó boquiabierto. No esperaba encontrarse a su madre vistiendo un conjunto tan sexy. El color blanco hacía que todo fuera más llamativo.

—¿Y? —tuvo que volver a preguntar, ya que su hijo se había quedado mudo.

—Está muy bien, me gusta.

—¿Vos no habías pedido un talle más?

—Sí.

—Bueno, mandaron el mismo talle de siempre.

—Mmmm…

—Ese “mmm” me hace pensar que sabés algo al respecto.

—Lo que pasa es que cuando les pedí otro talle ellos me dijeron que lo iban a considerar; no imaginé que fueran a negarse.

—Al parecer, lo hicieron.

—Debe ser porque les gustó cómo te quedaba el otro conjunto, y no quisieron arriesgarse. Tal vez te moleste que te diga esto, pero no te olvides que es una página erótica; ellos quieren ver un poco de piel.

Diana apretó los labios.

—Viéndolo de esa forma, tiene lógica… pero sigo insistiendo en que no me agrada. Bueno, ¿empezamos con la nueva sesión de fotos?

—¿Ahora?

—No, cuando me salgan canas.

—Ya te salen canas.

—Mentira —dijo, desviando la mirada.

—Mamá, no soy tan ingenuo, sé que te teñís el pelo desde hace como cuatro años… lo bueno es que usas el mismo color que tenés naturalmente, por lo que es más difícil que se note.

—Le contás a alguien y te corto las bolas —dijo, señalándole la parte baja con un dedo.

—¡Qué susceptible, che! Bueno, mejor voy preparando las cámaras y las luces. Y vos andá preparando… —se quedó en silencio porque no supo qué más decir.

—¿El culo?

—Emm… —la incomodidad se hizo evidente.

—Pucha, Julián, estoy tratando de romper un poco el hielo con todo esto, si te vas a quedar tildado cada vez que yo haga referencia a mi culo, vas a hacer el trabajo mucho más difícil para los dos. Al fin y al cabo… me vas a sacar fotos del culo ¿o no?

—Sí, tenés razón. Es sólo que se me hace raro escucharlo viniendo de vos.

—Ahora que somos compañeros de trabajo tenemos que tener un poquito más de confianza.

Juntos caminaron hacia el pequeño estudio fotográfico casero.

—Bueno… te noto más entusiasmada, y eso me gusta.

—¿Cómo no voy a estar más entusiasmada? Ahora tengo la certeza de que nos van a pagar, es un incentivo muy bueno para que me importe un poquito menos sacarme fotos vestida de esta manera.

Julián encendió las luces, dándole tiempo para que se calentaran, y luego corroboró que la cámara de fotos tuviera una tarjeta de memoria con espacio suficiente. Ajustó la lente e hizo cuanta cosa innecesaria se le ocurrió, para evitar mirar a su madre.

—¿Me parece a mí o estás incómodo? —preguntó ella.

—Este… —estuvo a punto de inventarse una mentira, pero recordó que su madre le había dicho que tenían que tenerse un poco más de confianza—. Sí.

—Está bien, a mí me pasa igual. Nos va a tomar varias sesiones de fotos acostumbrarnos a esto.

—Sí, además este conjunto te tapa un poquito menos ahí abajo —señaló la entrepierna de su madre.

Diana bajó la mirada y se percató de que esta tanga dejaba un poco más al descubierto su pubis, ya que tenía una forma de “V” más pronunciada.

—Tenés razón, no me había dado cuenta. No me entusiasma que me veas así, estoy prácticamente desnuda, pero los dos tenemos que poner un poquito de nuestra parte para verlo con profesionalismo. Así que deberías sacar algunas fotos de esta zona —con un dedo trazó un círculo alrededor de todo su pubis.

—¿Segura?

—Y… si ya se ve, deberíamos aprovecharlo. ¿Creés que les gustará?

A Julián le pareció una pregunta demasiado obvia, pero de todas formas, respondió.

—Claro que sí. Es una parte del cuerpo muy sensual —se acercó con la cámara lista y se agachó frente a su madre. Ella posó con los brazos en jarra, y él tomó algunas fotos—. No sabía que te depilaras.

—No sabía que te tuviera que contar acerca de esas cosas.

—No, no… claro que no. Es sólo que me sorprende. Si no lo hicieras, ahora se te estarían viendo los pelitos.

—Es cierto. Si bien no es malo tener un poco, porque con eso puedo probar que soy rubia natural, últimamente prefiero sacarlo todo de una vez, y ahorrarme trabajo. Además no creo que tener pelitos ahí abajo fuera a quedar bien con este conjunto... esto es para usarlo estando toda depilada.

Diana nunca imaginó que pudiera tener una conversación con su hijo acerca del vello púbico, tenía una sensación de incomodidad en la boca del estómago. Recordó una frase que había escuchado en algunas películas estadounidenses: «Hablemos del elefante en la habitación», la usaban para referirse al tema incómodo que dos o más personas se esforzaban por evitar. Ella, al vestirse de forma tan provocativa, se sentía como ese elefante; por lo que consideró contraproducente estar evitando hablar de un tema que era tan evidente. Mientras más hablaran de ese “elefante”, menos incómodo resultaría verlo dentro de la habitación.

—Bueno, ahora sacame algunas fotos del culo —dijo con la mayor naturalidad posible.

Dio media vuelta y se inclinó hacia adelante para que sus nalgas se levantaran. Luego de unos segundos apoyó su pie izquierdo en un transversal que conectaba las patas del taburete. Esto provocó que su vulva se viera mejor, Julián se apresuró a captar el momento, intentando que no le temblara la mano. Se decía una y otra vez a sí mismo que debía empezar a ver a su madre como a una modelo. Quiso demostrar que él también podía ser un profesional, por lo que dijo:

—Agachate un poquito más.

Su madre lo hizo, dando un panorama muy sensual de su culo. A continuación Julián fotografió las tetas, le pidió a su madre que se quedara en esa misma posición, él se colocó delante de ella y fotografió los senos, que colgaban provocativamente. Diana sonrió a la cámara; quería que aquellas personas que visitaran sus fotos la vieran como a una mujer sensual y simpática.

—¿Tenés alguna idea de qué fotos les gustaron más a los alemanes? —preguntó ella.

—No mencionaron ninguna foto en particular, pero sí hicieron algunos comentarios positivos acerca de esas en las que estabas abriendo las piernas.

—Bueno, démosle algunas más como esas.

La mujer se sentó en el taburete con las piernas juntas.

—Quedate así —le pidió su hijo. Tomó un par de fotografías—. Ahora andá abriéndolas despacito.

Las piernas de Diana se fueron separando lentamente, Julián no dejaba de apretar el disparador, quería tener una imagen de cada instante, para poder elegir las mejores. La separación llegó a un punto tal que la vulva quedó completamente a la vista, hinchada y presionada por la tanga blanca.

—¿Se me ve mucho? —preguntó ella, intentando disimular su preocupación.

Julián no le respondió, se limitó a mostrarle la pantalla de la cámara. Al verla, Diana se puso roja, tomó aire y exhaló. Era más de lo que le hubiera gustado enseñar, pero tenía fe de que eso se vería recompensado económicamente.

—Está bien —dijo ella, quitándole importancia al asunto—. ¿Alguna otra sugerencia?

—Em… no se me ocurre nada. ¿Y a vos?

Diana miró su entorno y se dio cuenta de que el estudio que había armado su hijo estaba muy bien, técnicamente hablando, pero resultaba algo limitado a la hora de elegir diferentes poses.

—Acá no podemos hacer mucho.

—Tenés razón, no lo había pensado.

—¿Qué te parece si para la próxima trasladamos las luces al living? Ahí está el sofá, eso nos daría más posibilidades.

—Sí, es cierto… pero bueno, ahora terminemos el pack de fotos acá. Te saco un par más y listo. Hacé una cosa. Sentate en el piso.

—¿De qué forma?

—Sobre tus piernas.

Ella hizo lo que su hijo le pedía. Flexionó sus piernas y se sentó sobre ellas.

—¿Estás seguro de que esto queda bien, Julián?

—Sí… se te ven muy bien las pompis.

—Culo Julián. Decí culo o me voy a enojar.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—Porque siento que te esforzás demasiado por hacer que todo parezca más “inocente”, y me pone todavía más incómoda saber que vos estás incómodo. Estamos sacando fotos eróticas, esa es la realidad… y tienen que verse como tales. Yo no quiero que los alemanes me vean “las pompis”, quiero que me vean el culo… de lo contrario no nos van a pagar.

—Tenés razón, perdón, es que todavía se me hace un poco raro todo esto.

—A mí también, por eso quisiera que nos esforcemos para que deje de parecer tan raro, y que sea más profesional. Más directo. Nada de estar hablando como si esto fuera un programa en horario de protección al menor.

—Prometido.

Julián tomó fotos del culo de su madre y luego caminó hasta posicionarse frente a ella, en un plano picado capturó sus tetas y su rostro sonriente. Ella sentía que le estaba costando un poco menos sonreírle a la cámara.

Poco después dieron la sesión por terminada.

Diana se fue directamente a su cuarto y justo antes de comenzar a sacarse la ropa interior, se miró al espejo. Se encontró con una mujer rubia muy atractiva y sumamente sensual. Giró sus caderas para verse la cola, se agachó un poco dejando caer sus tetas, levantó una pierna y la separó de la otra, para ver su vulva. Todo lo que vio le agradó, se sintió bien con su propio cuerpo y, lo más importante de todo, se sintió capaz de ser una modelo de fotos eróticas. «Yo puedo excitar a los hombres, si me lo propongo —se dijo—; y lo voy a hacer».

No se quitó la ropa interior, se limitó a ponerse un pantalón de jean y una blusa; le sentaría bien acostumbrarse al talle, ya que daba por sentado que los alemanes seguirían mandándole el mismo. Además se dio cuenta que llevar puesta esa ropa, la erotizaba, y si quería obtener buenos resultados al modelar, debía dejar salir su lado más erótico, tal y como le había dicho su hijo: «Dejá salir la mujer fogosa que hay en vos». En algún lado debía estar escondida esa mujer, y haría todo lo posible por encontrarla.

 


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