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TODORELATOS » AMOR FILIAL » CONOCIENDO A MIS HERMANAS (8)
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Fecha: 07-Jun-23 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Conociendo a mis hermanas (8)

Gabriel B
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Terry tiene una nueva cita con Matilda, y por fin se reencuentra con Luna. Version para imprimir

Capítulo 8

—¿Qué? ¿le contaste? —pregunté, sorprendido.

               Había pasado a buscar a Matilda por la universidad, pues habíamos quedado en vernos ese día. íbamos en su auto para un bar del microcentro. Y ella acababa de tirar esa bomba como si nada. Luna sabía de nuestra relación.

               —No suelo rendirle cuentas a mi hermanita, pero creo que se merecía que le diga que me pensaba coger a un pibe que hasta hace poco le arrastraba el ala —respondió Matilda, sin pelos en la lengua—. De hecho, si me hubiese dicho que la idea le molestaba no hubieras ido nunca al local.

               —Entonces… —dije—, se lo dijiste antes de que pasara lo de aquella vez.

               Lo cierto es que no conocía mucho a Matilda. Si bien habíamos intimado sexualmente, seguía siendo un misterio para mí. Me di cuenta de que debía estar preparado, porque no sería la única vez que haría algo que me dejara desconcertado.

               —¡Obvio! ¿Qué clase de hermana sería si no?

               —¿Y no se molestó? Digo… ¿No se incomodó? —pregunté.

               —Le pareció raro. Pero me dijo que como ya no tenían nada, estaba todo bien.

               La respuesta me indignó. Sentí que algo frío se clavaba en mi corazón. Apenas habían pasado algunas semanas desde que dejamos de vernos. ¿Y no le importaba que me cogiera a su hermana? Concluí que para Luna lo nuestro no había sido más que una aventura corta y olvidable. Y la verdad es que eso debería ser para mí. Pero no podía evitar sentirme triste por eso. La verdad era que la extrañaba.

               —Bueno, mejor. Me incomodaba un poco el hecho de que ella supiera que estaba saliendo con vos —dije, intentando ocultar el efecto que había causado en mí aquellas palabras—. Pero si decís que a ella no le molestó, mejor.

               Vi a Matilda. Llevaba pantalón de lino negro, y una blusa también negra, con dibujitos de corazones debajo del escote. Que recordara era la primera vez que la veía con tanta ropa. Pero igual así estaba exquisita. Parecía una pantera que en cualquier momento me iba a saltar encima. Los senos se veían muy bien dentro de esa prenda ajustada. Acaricié su muslo. Mi verga empezó a hincharse. El malestar fue remitiendo paulatinamente mientras la calentura iba en aumento. Ese era el efecto que tenían las hermanas Anchorena en mí. Me la ponían como una roca y me hacían olvidar del mundo mientras estaba con ellas.

               —Si querés… —dijo Matilda, mientras la acariciaba con una lascivia que ya no podía controlar— podemos ir a casa —agregó después.

               —¿A tu casa? —pregunté. No me esperaba esa propuesta. Daba por sentado que su padre no estaría, pero me quedaba una duda—. ¿Luna no va a estar?

               Matilda rio. Había algo cínico en su actitud. Me pregunté si le había dicho a Luna que pensaba llevarme a su casa, así como le había dicho que pensaba cogerme el día que me tiró las cartas. Era raro, hasta incómodo, pensar que compartían ese tipo de información. Pero como yo no tenía hermanos con los que me había criado no debería opinar. Recordé que Luna se había preocupado mucho cuando Matilda apareció en el departamento aquella vez en la que le practiqué sexo oral. Pero Matilda no parecía preocupada. Por lo visto no había una relación de igual a igual entre ellas.

               No por primera vez pensé que había algo muy raro detrás del interés que Matilda tenía por mí. Me daba cuenta de que sentía una fascinación injustificable, que además iba más allá de lo sexual. Algo tenía que ver con su faceta de bruja astróloga tarotista. Me estaba perdiendo parte de la película. La calentura que me generaba esa mina me hacía olvidarme de lo improbable que resultaba relacionarme íntimamente con esas dos preciosuras (improbable incluso si se dejaba de lado que eran mis hermanas). Pero por momentos la intriga me hacía preocuparme. Me estaba metiendo en un terreno desconocido.

               —Me dijo que hoy salía —respondió Matilda.

               Le dije que sí, que vayamos a su casa. Si bien me perturbaba la idea, lo que tenía de bueno era que el polvo ya estaba prácticamente asegurado. Matilda era así, pasional y directa, y en ese momento, con mi mano muy cerca de su sexo, me daba cuenta de que estaba tan excitada como yo. Y lo mejor era que eso no significaba que fuera una puta. No se acostaba con cualquier tipo que conocía y que le gustaba, o al menos esa era la sensación que me daba. Pero cuando le gustaba alguien iba para adelante sin pensárselo mucho.

               La observé con deleite. Sus pezones se marcaban en la blusa, y por momentos debía hacer un esfuerzo por concentrarse en la carretera, pues su excitación la distraía. No había nada más hermoso que una mujer sexy y bella con el gesto de placer pintado en su rostro.

               Cuando llegamos, antes de bajar del auto tuve que acomodarme la verga para disimular todo lo posible la potentísima erección que tenía. En el ascensor tuve un adelanto de lo que venía. Nos besamos y Matilda se dejó manosear el culo a pesar de que había una cámara en el techo. Supongo que no le importaba que el tipo de seguridad viese esa escena erótica en su monitor.

               —Voy al baño, ¿me esperás? —me dijo cuando estuvimos dentro del lujoso departamento.

               No por primera vez sentí repulsión al percatarme de las comodidades que me había negado mi padre biológico. No porque fueran cosas que realmente necesitara, pero no dejaba de ser injusto la desigualdad que había entre mi pasar económico y el de mis hermanas. Además, mamá también merecía vivir en un lugar más cómodo. Algún día me desquitaría con Alejandro Anchorena. Pensar en él me exasperó tanto que hasta se me deshinchó la pija, cosa totalmente insólita. Sacudí la cabeza e intenté dejar de pensar en él. Ya tendría tiempo para hacerlo en otro momento.

Esperé. Me preguntaba qué pasaba si la cita de Luna se había suspendido y aparecía. La verdad es que la idea no me parecía mala. Que presenciara esa noche de lujuria con su hermana, que sufriera un poco, como yo sufrí, pensé. Pero el sentimiento de revancha desapareció enseguida. Al fin y al cabo, Luna no había sido mala conmigo. Al menos mientras duró nuestra relación no lo fue. Aunque no me gustaba admitirlo, seguía sintiendo cosas por ella. Era igual de bella que Matilda, pero había algo que su hermana mayor no me producía: ternura. Además, con ella la cosa siempre era risas y diversión. Con Matilda me llevaba muy bien, pero si no fuera por la química que había a la hora de coger no tendríamos mucho en común. Más bien al contrario, éramos muy diferentes, hasta el punto de ser opuestos.  

               Matilda se demoró más de lo esperado. Pero cuando apareció de nuevo entendí el por qué. Se había dado una ducha y se había puesto algo más cómodo. Un vestido rojo acampanado con un escote más que generoso.

               —¿Te gusta? —preguntó, dando una vuelta.

               —Me encanta como te queda. Pero me va a gustar más cuando estés sin él —dije.

               Matilda rio. Sin embargo, iba a tener que esperar un poco para gozar de ese cuerpo escultural. Eso no me molestaba, porque al saber que iba a terminar accediendo no estaba ansioso por el desenlace de esa cita.

               Nos sentamos en el cómodo sofá que yo bien conocía. Me pregunté hasta qué punto Luna le había contado sobre nuestra relación. Aquella vez no había querido que Matilda supiera lo que estábamos haciendo, y a su vez Matilda había usado el término “arrastrando el ala”, cuando me contó que le advirtió a Luna que se vería conmigo. Quizás se había quedado con la idea de que yo solo era un pretendiente. ¿Cambiaría algo si supiera que tuvimos relaciones sexuales? El hecho de no haberla penetrado no modificada mucho las cosas. Y, sin embargo, algo me decía que Matilda no se detendría por ese detalle.

               Fuimos al balcón. La noche estaba hermosa. Fresca y estrellada. Matilda se encogió, como si sintiera frío. Estuve a punto de decirle si no prefería ir a buscar algún abrigo. La verdad era que sería una pena volver adentro ya que me sentía muy a gusto ahí, viendo la ciudad empequeñecida. Pero por suerte no dije esa estupidez. En el momento justo me percaté de lo que tenía que hacer. La abracé por detrás, cubriendo parte de sus brazos desnudos. Ella se inclinó, lo que fue una clara invitación para que mi pelvis se apoyara en su culo. Qué fácil era todo con Matilda. Qué distinta era en la intimidad a como se había mostrado en otras situaciones.

               Para calentarme más de lo que ya estaba, hizo un movimiento de caderas con el que restregó su sólido orto con mi pija, la cual ya estaba gorda, y ahora se endureció por completo. Recordé eso de “coger con ropa” que había practicado con Luna, pero aparté el recuerdo de mi mente. No era momento de añorar los momentos vividos con mi hermana menor. Entonces agarré de las caderas a Matilda. Por lo visto ya se le había pasado el frío. Y ella meneó el culo una y otra vez. Literalmente me estaba masturbando con el infartante orto de mi hermana. Si seguía así unos minutos, más tranquilamente podría hacerme acabar.

               Deslicé lentamente las manos hacia arriba, sin perder el contacto con su espectacular cuerpo en ningún momento, hasta que las pasé por debajo de sus axilas para encontrarme con sus tetas. Las estrujé con crueldad. Y sin embargo ella ni se inmutó, por lo que seguí haciéndolo.

               —Nos puede ver alguien —dijo Matilda.

               Pero sus palabras no reflejaban temor ni vergüenza. Ni tampoco hizo nada para que la soltara. Al contrario, seguía con su trasero en pompa, y sus tetas seguían a mi merced, lo que me daba a entender que solo lo había mencionado para que yo tomara consciencia del riesgo que implicaba hacerlo ahí, y determinara si quería continuar en ese lugar.

Vi a mi alrededor. El edificio era de departamentos muy grandes, por lo que en cada piso había solo dos viviendas, y el balcón del vecino estaba en el ala opuesta, así que no podría vernos. Sin embargo, había un edificio a casi cien metros. Si alguien se asomaba por la ventana sí podría vernos. Desde abajo quizás también podrían divisarnos, aunque seríamos solo dos siluetas.

               Matilda se separó finalmente de mí. Sin embargo, lo que hizo fue apagar la luz del balcón, y volver a donde estaba, apoyándose en la baranda de metal. Ahora apenas podía ver gracias a la luz que llegaba de adentro. Pero era lo más seguro.

               Me agaché. Metí la mano dentro del vestido y le bajé la tanga lentamente, disfrutando de cada instante. Le di un beso en el culo y me puse de pie. El ruido que hizo el cierre cuando lo bajé pareció muy fuerte, quizás porque estábamos sumidos en el silencio, y me pareció un sonido más que oportuno para señalar el inicio de esa noche de sexo. Matilda separó las piernas y se inclinó todo lo que pudo, acercando más su culo. Acaricié su muslo, froté el aductor y hundí un dedo en su zanja. Estaba mojada. Las hermanas Anchorena se mojaban con mucha facilidad, y eso me volvía loco.  

               Liberé mi verga. Flexioné levemente las rodillas para ponerme a su altura, y empujé. La verga entró apenas unos centímetros. Matilda no pareció enterada de lo que estaba pasando. No era una chica que fuera a fingir gemidos solo para complacerme. Pero es que recién había empezado. Empujé más. La verga venuda se enterró casi por la mitad en ese movimiento. Matilda gimió. Su espalda pareció doblarse y la cabeza se tiró hacia atrás, en combinación con el dulce sonido de sus labios.

               La agarré del pelo y me aferré a él, como si fuera la montura de una yegua a la que estaba cabalgando, pero tuve mucho cuidado de no tironear de él. Y la penetré, así como estábamos. Matilda disfrutaba del peligro, de sentirse expuesta, era una exhibicionista de alma. Su conchita se contraía y hacía presión en mi verga, la cual de todas formas entraba en ella con mucha facilidad.

               —Avisame cuando vas a acabar —dijo, entre jadeos.

               Así lo hice, después de largos minutos de un constante meneo con el que parecía que estábamos haciendo algún tipo de coreografía. Matilda se dio media vuelta, me empujó contra el barandal y se puso en cuclillas con una agilidad impresionante. Ahora invertimos las posiciones. Ya no tenía la ciudad frente a mí. Ahora veía la enorme pared de cristal que separaba el interior del departamento con el balcón.

Y entonces la vi, mientras Matilda se metía la verga en mi boca. Quedé petrificado ante su presencia. Luna estaba ahí, del otro lado del cristal. Nos estaba observando.

               Su presencia me escandalizó. Pero estaba demasiado caliente como para apartar a Matilda de donde estaba. Así que la hermana mayor seguía mamándome la verga mientras la menor nos observaba desde adentro. Pero había algo más. Ya de por sí el hecho de que Luna se quedara ahí, donde estaba, era algo totalmente inusual. Nunca hubiera imaginado que alguien que daba tantas vueltas para coger fuera tan atrevida como para quedarse a mirar cómo su hermana le hacía un pete a alguien que conocía muy bien. No obstante, el gesto de Luna no reflejaba ni sorpresa, ni despecho, ni repugnancia. Nos miraba con deleite. Lo estaba disfrutando. Aunque no era un gesto evidente, había algo en sus ojitos claros que me hacía pensar de esa manera. Y también me percaté de que había estado presenciando la escena erótica desde mucho antes, cuando estaba penetrando a Matilda por detrás. Todo esto estaba pasando de lo extraño a lo insólito. Me estaba volviendo loco. Y sin embargo el estímulo en mi verga me instaba a quedarme ahí donde estaba, parado, con los pantalones en los tobillos, esperando la hermosa explosión de mi sexo.

               —Es Luna —dije, tartamudeando.

               Pronunciar esas palabras tuvo un efecto bien distinto del que debería haber tenido. Matilda no solo no se detuvo, sino que empezó a mamármela con más vehemencia, como si quisiera precipitar la eyaculación, o quizás, peor aún, como si le entusiasmara la idea de que su hermana nos estuviera espiando. Y entonces el orgasmo vino con una fuerza impresionante. Un torrente de leche salió disparado hacia su boca. Matilda se quedó un rato más saboreando mi verga, aunque ya se estaba empezando a ablandar. Y Luna seguía mirándonos.

               Matilda se puso de pie. Vi cómo se tragaba toda mi leche. Después se pasó la mano por las comisuras de su boca, en un acto impulsivo. Luego se dio vuelta y vio a su hermana. Recién ahí Luna pareció caer en lo que estaba pasando. Se dio media vuelta y salió corriendo. Matilda fue tras ella, dejándome con la verga babeada y blanda. Y totalmente confundido.

               Me subí el pantalón y me metí adentro. No las veía por ningún lado. Supuse que estaban en uno de sus dormitorios. Entré al baño para limpiarme. Me demoré unos cuantos minutos hasta que salí. Esperé un poco más en la sala de estar, pero luego concluí que ya no tenía nada que hacer ahí. Al fin y al cabo, eran cosas de ellas. Yo no había hecho nada malo. En todo caso lo único malo que hice (mantener relaciones con mis hermanas sin informarles de dicho vínculo) solo lo sabía yo. En lo que respectaba a Luna solo era un chico con el que había salido y con el que ahora su hermana se había encaprichado. Era entendible que tuviera muchas cosas que preguntarle a su hermana, pero no a mí.

               Y sin embargo, Matilda me había dicho que Luna sabía de lo nuestro. Y también me había dicho que nuestra hermana menor había salido. ¿Me había mentido? Quizás había algo en la relación entre ellas que yo desconocía por completo. Me había parecido que se adoraban, y que Matilda ocupaba un rol casi maternal, pero quién sabía. La realidad era que no las conocía muy bien.

               Estuve a punto de salir, pero justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, dudé. Ahora escuchaba sus voces. Estaban hablando acaloradamente, aunque no parecía una discusión violenta.

               Y entonces salieron de donde estaban. Aparecieron en la sala de estar y me miraron.

               Luna estaba vestida con un conjunto formado por un top y un short azul brillante. Le quedaba muy bien con su piel pálida y su cabello rubio. Sentí como si el corazón me empezaba a latir cuando la vi.

               —Terry, no te vayas —dijo Luna.

               Supuse que se refería a que ella se iría. Después de todo era la intrusa en esa noche de sexo. Pero no me daba la cara para aceptarlo.

               —No, ni a palos —dije—. Tranqui. Me voy yo. Matilda, después hablamos —dije después, dirigiéndome a la mayor de las hermanas.

               En ese momento me di cuenta de que Matilda en ningún momento se había mostrado sobrepasada por la situación. Ni siquiera molesta. Sus labios insinuaban una sonrisa que no terminaba de mostrar, cosa que la hacía ver sumamente sospechosa.

               —No hace falta que te vayas. Vení, Sentate un rato con nosotras. Somos todos adultos, ¿No, Luna? —dijo la hermana mayor.

               —Sí —respondió la aludida, sin dejar de mirarme.

               Qué carajos estaba pasando, me pregunté. Quizás era buen momento para abrir esa maldita puerta y desaparecer de ahí. Como estaban las cosas, era muy probable que me cortaran en mil pedazos y me comieran.

               Y sin embargo no me fui. Eran mis hermanas, y las quería. Y, sobre todo, me daba mucha intriga conocer cómo iba a terminar esa noche demencial.

               —Bueno. Qué momento raro, ¿no? —dije, con una sonrisa nerviosa, sentándome en uno de los sofás individuales, como para evitar estar muy cerca de ellas.

               —Igual no es nada de otro mundo —opinó Matilda—. Solo estábamos cogiendo.

               —Sí, bueno. Es que pensé que no ibas a estar Luna —dije.

               Luna miró de reojo a su hermana. Pero no era una mirada de reproche. Así que saqué dos conclusiones de manera inmediata. La primera, que Matilda había mentido. La segunda, que Luna estaba al tanto de la mentira, y probablemente era cómplice de ella.

               No pude evitar que esa certeza se reflejara en mi ceño fruncido. Matilda se adelantó a mis recriminaciones.

               —Te mentí. Pero no lo hice con malas intenciones —dijo.

               —Y entonces, ¿por qué lo hiciste? —fue la pregunta obvia.

               —Habíamos quedado con Matilda en que yo iba a estar acá cuando ustedes llegaran —intervino Luna—. Y entonces te diríamos que igual te quedases. —Agachó la cabeza, como sintiendo vergüenza—. Pero después me arrepentí. Me dio miedo.

               —¿Qué cosa te dio miedo? —pregunté.

               —¿Te acordás que me preguntaste qué era eso otro que me hacía sentirme segura de que nos íbamos a llevar bien en la cama? —preguntó Matilda.

               Claro que lo recordaba. Ella me había preguntado el horario en el que había nacido, y había calculado en su celular cuál era mi ascendente, y de ahí a que empezáramos a coger habían pasado apenas unos minutos. Pero cuando se lo mencioné me había dicho que no se había entregado solo por eso, que había algo más. Y desde entonces me daba mucha curiosidad saber a qué se refería.

               —¿Y entonces…? —pregunté.

               —La verdad es que ya le había tirado las cartas a Luna. Y en ellas había salido que entre ustedes había una unión que iba a ser duradera. De hecho, parecían tener una unión desde antes de conocerse.

               —Pero si bien me gustabas, yo no me sentía enamorada de vos, y eso me parecía raro —dijo Luna—. Me gustabas mucho, y te tomé mucho cariño, pero no sentía que me fuera a enamorar de vos. Pero Matilda seguía insistiendo con que había un vínculo muy fuerte entre nosotros. Entonces le dije, medio en joda, que si en realidad no sería que a ella le gustabas, a lo mejor la que quería tener ese vínculo con vos era ella. Y entonces se hizo tirar las cartas por otra tarotista, una amiga suya, solo por seguirme la corriente. Y lo que salió fue lo mismo, que había un vínculo poderoso entre ella y vos. Yo no soy de creer en estas cosas, pero la verdad es que Matilda no suele errarle. Entonces cuando terminé con vos por lo que pasó en el cine le dije a Matilda que si quería conocerte estaba todo bien.

               —Ustedes están locas —dije—. ¿Se piensan que soy un paquete que se pueden pasar de una a la otra?

               Aunque la verdad es que no estaba molesto. La idea de que una hermosura como Luna me cediera a otra hermosura como su hermana me inflaba el ego, pero no iba a decírselos.

               —Bueno, podías haberte negado. Yo no tengo la culpa de que los hombres sean tan fáciles —retrucó Matilda.  

               —Y quién se iba a resistir viéndote en tanga —dije yo, como única defensa.

               Para mis sorpresa, tanto Matilda como Luna rieron a carcajadas. El ambiente se distendió mágicamente. Hasta yo me encontré riendo.

               —Y qué onda con lo de hoy. La idea era que estuvieran las dos, ¿no? —dije, como al pasar.

               Esa charla era estímulo suficiente como para que mi pija empezara a engordar de nuevo.

               —Solo le dije a Luna que ibas a venir, y que si quería también podía estar, que seguro a vos te iba a sorprender, pero ibas a terminar por aceptarlo. Aunque te hagas el machito es obvio que la querés mucho —explicó Matilda.

               Luna se sonrojó, y yo me derretí ahí mismo.

               —Bueno, pero es obvio que no venía a jugar al tutifruti —dije yo.

               Luna agachó la cabeza.

               —Por eso al final me fui —respondió, avergonzada.

               —Pero después volviste —dijo Matilda.

               Nunca hubiera imaginado que sería mi aliada en ese intento de hacer un trío con ellas.

               —Y te nos quedaste mirando —acoté yo.

               —Pero no quiero. No me animo. No quiero —dijo Luna.

               Amagó con irse, pero la detuve enseguida. No iba a presionarla. No iba a cometer el mismo error otra vez. Su histeriqueo era exasperante, pero el saber que podría desahogarme con Matilda me reconfortaba.

               —No seas tonta, quedémonos un rato los tres —dije, y como quien no quiere la cosa me paré y me fui a sentar en el medio de ellas dos—. Además, ya hicimos lo que teníamos que hacer —dije.

               Traté de ocultar la enorme calentura que me generaba estar entre esas dos pendejas. Obviamente era un mentira lo que le acababa de decir. Sí, ya habíamos cogido. Pero yo ya estaba listo para el segundo round, y seguro que Matilda también lo estaba. Era increíble cómo eso de la brujería y el tarot me había jugado a favor.

Pero de repente reparé en algo en lo que no había pensado. Era normal que no lo hiciera antes, dadas las circunstancias, pero ahora esa verdad se presentaba de manera clara. ¡las cartas habían dado en el blanco! Ciertamente yo tenía un vínculo con ellas, y ese vínculo duraría por siempre, más allá de cualquier cosa que nos pasara, porque éramos hermanos. Pero, entonces ¿qué significaba todo esto? ¿Matilda sabía la verdad? No podía ser eso. El único demente que se cogería a sus hermanas era yo. Salvo que lo incestuoso sea algo que va en la sangre, quién sabe. Por lo pronto vi como algo muy probable que, después de todo, la magia de verdad existía. Era un escéptico, sí, pero las otras alternativas me parecían aún más locas. Incluso el hecho de que todo fuera una simple coincidencia me parecía más improbable a que las cartas del tarot tuvieran poderes mágicos. Pero bueno, la cuestión es que ahí estaba. Supongo que eso era lo importante en ese momento. Estar con mis dos queridas hermanas a mi lado.

—Y… ¿su papá está de viaje? —pregunté, solo por hacer conversación.

—Está en otro departamento que tiene por Recoleta —dijo Matilda.

—Uno que le “presta” a su sexcretaria —dijo Luna, con ironía.

—Ya te imaginarás cómo le cobra el alquiler —acotó Matilda.

               Me gustaba verlas así, cómplices, unidas en contra de un enemigo en común. Y estaban hermosas. Ambas con las piernas desnudas. Apoyé mi mano en la rodilla de Matilda. La miré. Estaba con el pelo suelto y su piel cobriza resplandecía, como siempre. Me acerqué y le comí la boca. Un beso corto pero muy lindo.

               Luego miré a Luna. Acaricié su mejilla. Me miró con esos enormes ojos celestes. Su carita de nena siempre me desarmaba. Frunció el ceño. Pero no parecía molesta, más bien culposa.

               —No te preocupes. Es solo un beso. No te voy a presionar —dije.

               Me acerqué y le comí la boca. Sentí el sabor a caramelo de frutilla en su lengua. Apoyé la mano en su rodilla y empecé a acariciar su pierna.

               —Eso está bien. Pero solo eso —dijo Luna.

               —Claro bebé. Lo único que me importa es estar acá con ustedes. Vamos a hacer lo que queramos todos —aseguré.

               Me preguntaba, con cierto temor, si Luna se iba a mantener intransigente con respecto a esto. Mi pija ya estaba dura como roca, y a pesar de lo que había dicho, en cuestión de minutos iba a necesitar algún agujero húmedo en dónde meterse.

               Alerta de spoiler: cogimos toda la noche.

Continuará

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