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Fecha: 11-Dic-04 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

El Harem (6)

superjaime
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La historia del harem del sultán de Fayuma. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

VI

Isabel hizo llegar un mensaje a Alzid a través de un esclavo de confianza. La cita sería a la medianoche en el patio del palacio del sultán, siempre y cuando Abdul no requiriera esa luna a la aragonesa. Si así fuera la cita se postergaría hasta la noche siguiente.

Pero no fue el caso. Abdul prefirió llamar Karimé en lugar de a Isabel. Por tanto a la hora prevista salió al jardín del palacio y se ocultó entre unos matorrales a esperar la llegada de su antiguo amante. Él no tendría problemas en llegar hasta allí, su despacho estaba próximo a esa ala del recinto del sultán y por tanto nadie se extrañaría en caso de verlo por allí.

Pasados unos minutos de la hora de la cita Isabel percibió que una sombra se acercaba pero se mantuvo quieta. No quería arriesgarse a que no fuera Alzid. Cuando por fin pudo ver entre las sombras la cara del general Isabel discretamente se hizo visible.

Los dos fundieron en un carnal beso y en un sentido abrazo.

- ¿Qué tal estás Isabel?-preguntó Alzid, apenas la había visto un par de veces desde la boda y en ninguna de aquéllas oportunidades pudieron hablar.

- Aguantando mi desgracia, pero no debemos entretenernos, debo hablar deprisa por si Abdul me reclama. Precisamente por eso te he enviado el mensaje.

- Dime pues.

- ¿Recuerdas que te pedí paciencia hasta encontrar una posible solución a mi desgracia y para que tú te vengaras de la afrenta de Abdul?

- Sí, no dejo de pensar en como hacerlo.

- Hay una posibilidad de ver cumplidos nuestros anhelos.

Isabel contó a Alzid con todo detalle el plan de las cuatro mujeres. Él debía acostarse con Karimé hasta hacerle un hijo y luego planear la muerte de Alzid. Le expuso las compensaciones que él obtendría, mantenerse el poder y ser el futuro padre del sultán. A cambio debía liderar el ejército para que apoyaran la regencia de Karimé tras la muerte de Abdul. El plan saldría adelante siempre y cuando Karimé concibiera un varón heredero y no una hija. Si se diera esto último habrían de probar a dejar embarazada a otra de las mujeres de Abdul y eso conllevaría bastante más riesgos en caso de ser descubiertos. La mujer adúltera y Alzid serían ejecutados de inmediato.

Alzid escuchó en silencio y con atención el plan de Isabel. Cuando ésta terminó se quedó pensativo. La idea implicaba riesgos, sobre todo si Karimé no se quedaba embarazada o concebía una hija. Pero si esto salía bien el resto era fácil. Envenenar a Abdul no era complicado. Él como general en jefe de los ejércitos de Fayuma tenía acceso a todos los recintos de palacio y conseguir un veneno que simulara una enfermedad estaba a su alcance. Por otro lado él saldría ganado. Mantendría su poder al frente de Fayuma con la ganancia extra de ser el padre del futuro Sultán y además con la satisfacción de haberse vengado de Abdul. En cuanto a acostarse con Karimé nunca se lo había planteado pero la idea no le desagradaba, era quizá la mujer más hermosa de cuantas había conocido en su vida.

- Está bien. Creo que acepto el plan- dijo tras haberlo reflexionado- Al menos hasta ver si Karimé engendra un hijo. Si no es así quizá habría que pensar en alguna otra cosa.

- Sabía que no me ibas a decepcionar.

Ambos quedaron en intercambiar mensajes para perfilar los detalles a través de su esclavo de confianza. Nadie más debía conocer sus planes o todo se iría al traste.

Cuando Isabel comunicó a Karimé, Zaira y Amina el resultado de su conversación con Alzid la euforia se desató en el harem. Sin embargo, tras la inicial alegría, Karimé hizo un llamamiento a la calma. Había que tener todo muy bien planeado. Las citas con Alzid serían en su jaima privada. Era el lugar más discreto. Serían de madrugada. Había que convenir una señal para que el general supiera cuando podía entrar en sus aposentos y cuando evitarlo para prevenir que alguien les descubriera. Las cuatro planificaron todo meticulosamente. La idea era poner en marcha su plan de inmediato.

Pasaron algunos días. En aquellas jornadas Karimé fue elegida con asiduidad por Abdul para calmar sus ansias sexuales, por tanto, hubo que retrasar su cita con Alzid. Después de dos noches consecutivas con el sultán Karimé pensó que la siguiente era improbable que volviera a ser llamada. Abdul era un ser previsible y gusta de cambiar de mujer cada par de días. Por tanto era la luna ideal para citar a Alzid.

Isabel se encargó de hacerle llegar el mensaje. Debía acudir de madrugada por una ruta en la que los vigilantes suelen quedarse dormidos. Alzid era un soldado adiestrado, hábil y en forma y no tendría problemas en llegar a la jaima de Karimé sin ser visto. Aún así en caso de ser descubierto había preparado una disculpa, como general tenía todo el derecho de supervisar las medidas de seguridad del palacio en cualquier momento del día y de la noche. Ese argumento no levantaría sospechas. Además la hermana del sultán colocaría un lazo atado en su puerta como señal de que no había peligro. En caso de que aquel pañuelo no estuviera en el lugar convenido Alzid debía marcharse inmediatamente. Todo estaba meticulosamente planeado.

Aquella noche, efectivamente, Karimé no fue llamada por el sultán. Se dio un baño perfumado, quería resultar agradable al general. Se encontraba extraña. Iba ser la primera vez que se acostara con un hombre que no fuera su hermano. Alzid era sumamente atractivo. Cuando Karimé era más joven, antes de ser sometida por Abdul, había soñado más de una vez con el militar. La cita además de ser parte de un plan para librase de Abdul le resultaba, por tanto, muy sugerente.

Karimé escuchó como la guardia se retiraba a sus garitas. Se acercaba la hora convenida y se dispuso a colocar la señal de que no había peligro aparente. Una vez ató el lazo en la puerta se tumbó en su cama a esperar. Iba ataviada con una capa que dejaba mostrar sus senos hasta a una altura generosa. El faldón cubría sólo hasta sus rodillas y debajo no llevaba nada. La espera se le hizo eterna. Se notaba excitada de una forma diferente a todas las anteriores. Era una mezcla de ardor sumado a una cierta sensación de ansiedad. Apagó las velas y permaneció en la oscuridad.

No supo precisar cuanto tiempo estuvo así. Pero llegado un momento pudo ver como alguien descorría la cortina de entrada y se adentraba en su jaima, el corazón de Karimé era un tambor que golpeaba su pecho con violencia. De repente tuvo miedo ¿y si no era Alzid? A oscuras no podría distinguir su cara.

- ¿Quién es?- preguntó en susurros.

Alzid también tuvo sus dudas ¿y si Abdul había descubierto el plan y era una trampa? Decidió contestar en clave.

- Me envía Isabel.

- ¿General?- se atrevió a decir Karimé.

- ¿Karimé?

Sí, venid por aquí, dijo cogiéndolo de la mano y conduciéndolo hasta el fondo de sus aposentos, un lugar mucho más discreto y en donde disponía de otro camastro.

Una vez allí ambos se sentaron en el borde del lecho. Se quedaron sin saber muy bien que decir. Era una situación tensa pero Karimé notaba como su excitación iba en aumento. Finalmente fue Alzid quien rompió el silencio.

- Debemos ser rápidos, princesa.

Karimé no contestó pero se atrevió a acercar sus labios a los de Alzid. Sin poder aguantarse dio un tierno beso en la boca del general. Éste respondió con otro similar hasta que sus lenguas se entrecruzaron. El corazón de Karimé palpitaba con más fuerza si cabe que antes, pero ahora ya no era de temor sino de puro furor.

Sin dejar de besarla Alzid se incorporó y se desvistió con rapidez. Karimé notó su desnudez y en un gesto casi inconsciente acercó su mano hasta la verga. Estaba erecta y era mucho más grande que la de su hermano. Casi por instinto acercó su boca al pene y lo lamió con dulzura. Escuchó los jadeos de Alzid e intensificó su acto. Se lo metió en la boca moviéndolo muy despacio. Parecía que hubiera deseado aquella verga durante años. En realidad lo que deseaba desde siempre era ser tratada con dulzura por un hombre.

Alzid apartó la boca de Karimé de su pene mediante un gesto amable. Qué diferente a como lo hubiera hecho Abdul. Acercó de nuevo su boca a la de ella y se fundió en un largo beso. Al concluir Alzid dejó desnuda a Karimé. Se agachó sobre su vulva y lamió sus labios vaginales con ternura.

A Alzid le encantó el olor y sabor de aquella concha. Percibió el perfume del jabón utilizado por Karimé. Ella se estremecía a cada roce, cuando los labios de Alzid llegaban a su clítoris su cuerpo se convulsionaba. Apretó la cabeza del general contra su monte y él lamió con mayor pasión. A los pocos instantes Karimé se vio obligada a pegar su boca contra la cama para ahogar los jadeos provocados por el orgasmo al que había llegado.

Alzid se separó de su vagina, se incorporó y se puso a la altura de la cara de Karimé. De nuevo se besaron con pasión. Los ojos de los dos amantes se habían acostumbrado ya a la oscuridad y pudieron distinguir sus caras. Solo dejaron de besarse para mirarse el uno al otro.

- Alzid estoy lista para que me tomes, hazlo por favor.

Alzid no dijo nada, se incorporó y se colocó encima de ella, con cuidado de no dañarla. Su verga no encontró resistencia. Entró en la húmeda cueva de Karimé sin problemas. Él se movía suavemente, con leves contorneos. A los pocos segundo Karimé volvió a notar oleadas de placer en su vagina. Nunca un pene le había proporcionado esas sensaciones. Se dejó llevar, cerró los ojos y disfrutó todavía más cuando Alzid fue aumentado progresivamente la intensidad de sus movimientos. Así estuvieron un buen rato. Ahogaban sus jadeos con besos apasionados. Karimé pellizcó con fuerza las nalgas de su amante, apretó hasta que fue consciente de que iba a alcanzar un nuevo éxtasis. Notó también que Alzid estaba llegando a la misma cima que ella. El beso se hizo furioso, fue la única forma que encontraron de no gritar. Ambos llegaron al final a la vez. Alzid derramando sus semillas en el interior de Karimé, tal y como era necesario para el éxito del plan.

Los dos se quedaron abrazados, sin detener sus besos. Perdieron la noción del tiempo, pero llegado un momento fue Alzid quien dijo...

- Princesa debo irme. Es peligroso que siga aquí por más tiempo.

Karimé volvió a besarle como respuesta aunque al final permitiera que se separara de ella. Observó como se vestía, y al terminar, como volvieron a juntar sus lenguas a modo de despedida.

- Adiós princesa.

Karimé no pudo decir nada, se quedó tumbada desnuda en la cama. Aquello había sido un sueño. Había disfrutado haciendo el amor con un hombre. Se sentía feliz. Su hermano era un ser repugnante pero no todos los varones son así. Aquella noche lo comprobó.

Durmió desnuda en aquella cama sin ni siquiera cambiar de postura. Se quedó tal y como la hubo dejado Alzid.

Al día siguiente Karimé contó entusiasmada a sus tres amigas todo lo ocurrido la noche anterior. Amina, Zaira e Isabel. La escucharon atentamente sin peder detalle y al final compartieron su alegría. Sólo Isabel se mostró algo seria por el relato de Karimé, y ésta se dio cuenta...

- Lo siento Isabel, quizá no debería haber sido tan explícita contando lo de anoche.

- Tranquila, lo que siento no son celos, sino más bien envidia. Echo tanto de menos que un hombre me trate con ternura.

Pero la melancolía duró poco. Tanto para Isabel como para las demás lo importante es que el plan estaba saliendo según lo previsto, ahora sólo había que esperar a que la simiente de Alzid cuajara en el vientre de Karimé y para incrementar las posibilidades tenían planeado continuar con aquellas citas secretas.

Alzid y Karimé se reunían entres dos y tres veces por semana. Todas las noches en las que Abdul no la reclamaba. Y según transcurrían las citas la prioridad inicial iba pasando a un segundo plano. Se convirtieron en auténticos encuentros amatorios. La pasión fue la nota dominante. En la segunda semana ni siquiera reparaban en el tiempo que pasaban juntos Alzid y Karimé. Aprovechaban desde primera hora de la noche hasta casi el amanecer. Llegaban hasta cuatro veces al éxtasis en cada uno de los encuentros. No sólo era ardor sexual, Karimé y Alzid se estaban enamorando el uno del otro.

La pasión, por tanto, trajo consigo al amor y se notaba en sus actos fogosos. Alzid penetraba a Karimé en todas las posturas posibles, compartían todas la caricia inventadas y el placer que ambos alcanzaban juntos hacía que aquellos encuentros merecieran la pena por sí solos.

Una de aquellas madrugadas Karimé quiso probar cómo era dominar a un hombre. Habían hecho ya el amor una vez esa noche y Alzid se preparaba para marcharse. Karimé sin decirle nada le hizo tumbarse de nuevo en la cama. También en silencio sacó unas cuerdas y ató las piernas y las manos de Alzid sin que él opusiera la más mínima resistencia. Para completar el cuadro amordazó su boca de forma que no pudiera gemir ni hablar.

Karimé se sintió poderosa con un hombre debajo de ella. No tenía sentimientos sádicos como su hermano pero la sensación de dominar a un varón la excitaba y sabía que a Alzid también, así lo demostraba su erecta verga.

Hacia ella se dirigió con su lengua. Tocaba lo justo como para que Alzid se mostrara deseoso de seguir siendo chupado, pero Karimé se apartaba y dejaba con las ganas a su amante. Le quería en el punto más álgido de su excitación antes de ser penetrada. Pero todavía no había llegado es momento. Se colocó encima de su cabeza con la vulva a la altura de la boca. Desató la mordaza y prácticamente le obligó a lamer su clítoris. Alzid sacó su lengua todo lo que pudo y la agitaba en la vagina. A pesar de su inmovilidad percibió perfectamente los temblores de Karimé fruto de las caricias bucales que le estaba proporcionando.

Pero antes de alcanzar el punto álgido, Karimé se apartó. Volvió a colocar la mordaza en la boca del general. Se montó encima de él, cogió su pene y ella misma se lo introdujo. Así le cabalgó, con furia y frenesí, parecía una mujer poseída por los demonios. Ambos de nuevo alcanzaron un apoteósico orgasmo conjunto.

Al terminar Karimé se mantuvo tumbada sobre su amante sin sacar el pene de su interior y sin desatarle. Cuando su respiración se hubo recuperado por fin le liberó. Fue entonces cuando Karimé se sintió segura de algo y así se lo comunicó...

- Alzid...

- Dime.

- Ya lo hemos conseguido. Siento que algo está naciendo en mi interior. Nuestro hijo ha sido concebido esta noche.

Alzid la miró y sin decir nada la besó convencido de que Karimé decía la verdad.

La premonición de Karimé se confirmó pocos días después, su regular sangrado mensual no apreció cuando debía. Karimé lo anuncio a las tres mujeres del harem y ninguna fue capaz de contener su alegría. Se abrazaron y besaron e incluso pidieron zumos para celebrarlo.

Ahora vendría la siguiente parte de plan. Isabel fue quien planteó la situación.

- Debemos ser pacientes. Hasta que no nazca el bebé no sabremos si es niño o niña por lo tanto debemos controlar nuestra ansiedad en los próximos nueve meses. Y ahora, primero esperaremos unos días para comunicárselo a Abdul. Debemos estar seguras, pero no tardaremos mucho porque en cuanto se lo digamos te librarás de pasar las noches con él. También habrá que comunicárselo de inmediato a Alzid, no debe correr más riesgos visitándote.

Isabel percibió la expresión triste de Karimé al escuchar sus palabras. La cogió del brazo y se la llevó a un aparte para hablar con ella sin la presencia de Zaira y Amina.

- Karimé debes ser fuerte. Piensa que sólo serán unos meses y luego Alzid y tú podréis estar juntos el resto de vuestra vida.

- Yo no...

- Vamos, a mi no me engañas, te has enamorado de él. Y estoy segura de que él también de ti. Le conozco. Ahora ambos debéis resistir la tentación. No tenemos que poner en riesgo nuestro plan. Y si todo sale bien, seremos libres.

- Gracias, Isabel- fue lo único que pudo pronunciar Karimé antes de ponerse a llorar. Lágrimas de alegría, de tristeza y amor a la vez.

A las dos semanas la noticia le fue comunicada a Abdul El sultán se mostró eufórico ¡Por fin un heredero! Tal y como había previsto Isabel Abdul mantuvo a Karimé alejada de él. No quería poner en peligro a su futuro hijo y su ignorante cerebro lleno de supersticiones temía que el acto sexual pudiera provocar la muerte del feto. Para Karimé fue un alivio pero no para las tres esposas de Abdul. El sultán se creció. Él siempre pensó que estaba lleno de vigor masculino y dejar embarazada a su hermana fue para él una demostración de su virilidad. Por lo tanto en aquellos meses se dedicó casi exclusivamente a tomar a sus mujeres para intentar que le dieran más hijos, aunque como era previsible no obtuvo ningún resultado.

Abdul estaba tan exultante que ordenó anunciar la noticia en todo Fayuma sin importarle que la madre de su futuro hijo fuera su propia hermana. La población acostumbrada a la fama aberrante de su sultán no se sorprendió demasiado.

Menos aún Alzid. Él supo la noticia desde el primer día. Isabel y Karimé le mantenían informado de todo a través de su secreto mensajero. Su impaciencia era cada día mayor. Deseaba con todas sus fuerzas ver de nuevo a Karimé. No veía llegar el día en el que dar muerte a Abdul y estar por fin junto a su enamorada. Ahora lo de menos para él era la permanencia en el poder. Sólo quería casarse con Karimé e iniciar una nueva vida en común.

Y llegó la primavera y con ello el noveno mes de embarazo. El día que Karimé rompió aguas fue casualmente el mismo en el que cumplió 24 años. Abdul llamó a los mejores médicos de Fayuma e incluso a prestigiosos cirujanos del extranjero como un tal Zakaría ar-rhazí llegado de Al Andalus. Ni mucho menos tales esfuerzos fueron pensando en el bien de su hermana, el único interés del sultán era que el heredero sobreviviera al parto. Abdul nunca rezaba pero se había pasado estos nueve meses rogando a Alá para que el fruto del vientre de Karimé fuera un varón.

No hicieron falta los cuidados de tanto prestigioso curandero, las matronas de Fayuma pudieron hacerse cargo solas de aquel parto porque todo salió a la perfección. Fue la jefa de matronas de Fayuma la primera en recoger a la criatura. Cortó el cordón, comprobó su estado y vio que todo iba bien al escuchar llorar al bebé. Karimé cansada y jadeante por lo costoso del alumbramiento levantó la cabeza y preguntó insistentemente:

- ¿Está bien? ¿Ha salido todo bien?

- Todo ha salido perfecto- respondía la matrona.

Una vez que supo que su primogénito o primogénita estaba sano no pudo resistirse a preguntar con la misma insistencia...

- ¿Es niño o niña? ¿Es niño o niña?

- Compruébelo vos misma.

La matrona le ofreció al bebe. Karimé lo tomó en su brazo y pudo ver aquella menuda belleza que lloraba desaforadamente. Finalmente Karimé exclamó:

- Un niño... es un niño.

La noticia le fue comunicada de inmediato al sultán que entró en la sala habilitada como paritorio a ver a quien él creía su hijo. Le cogió en brazos y le miró con orgullo, sin embargo, no tuvo ni siquiera un leve gesto hacia Karimé. Ni siquiera reparó en ella pesar de que todavía estaba exhausta y cubierta de sangre. Enseguida devolvió al niño a la matrona y acto seguido dio instrucciones para que se anunciara la nueva y para que se declararan diez días de fiesta en toda Fayuma.

No hizo falta que se hiciera el anuncio oficial para que Alzid conociera la noticia casi al mismo tiempo que Abdul. Cuando sus secretarios se lo comunicaron tuvo que saber contener su enorme alegría. El plan podía seguir adelante, y lo más importante, pronto estaría junto a Karimé.

También las tres esposas de Abdul celebraron con gritos y jolgorio el nacimiento del heredero. En cuanto les fue permitido acudieron a ver a Karimé y a la criatura. Las cuatro se fundieron en un solo abrazo, aunque en ese momento no tenían en mente la conspiración sino sólo alegría de ver que Karimé y su hijo estaban sanos y salvos.

Abdul estaba tan exultante que ordenó traer sus mejores vinos. La ley sagrada prohibía a los musulmanes injerir aquel brebaje pero el sultán no estaba para cumplir leyes ese día, ni siquiera las de Alá. Había que celebrar la noticia por todo lo alto y mandó sacar las ánforas que oficialmente tenían almacenadas en palacio para agasajar a los comerciantes y dignatarios extranjeros. Invitó a toda su guardia personal, pero sin duda, él fue quien con ansia mayor se abalanzaba sobre el vino.

Al llegar la noche el estado de Abdul era ya bastante lamentable. Borracho y eufórico como estaba decidió abandonar a sus soldados y dirigirse a las dependencias donde habitaban sus esposas. Pretendía también dar rienda suelta a su lujuria para celebrar el nacimiento del heredero.

Las tres mujeres se sorprendieron con la llegada de Abdul, ingenuas, no se esperaban una visita aquella noche.

- Hola zorras- dijo con voz claramente ebria- vengo a haceros un hijo a vosotras también. Aunque no creo que seáis capaces. Sólo mi hermana ha sabido estar a la altura.

Abdul tropezó nada más entrar a la jaima y cayó al suelo. Las mujeres le ayudaron a incorporarse pero Abdul las apartó violentamente.

- Quitaros de aquí, soy perfectamente capaz de levantarme yo sólo- dijo con lengua de trapo- Desnudaros inmediatamente- ordenó.

Zaira, Amina e Isabel obedecieron de inmediato y se quedaron completamente desnudas, de pie esperando a que aquel borracho les dijera que tenían que hacer. Sabían que en ese estado Abdul era más peligroso de lo habitual, pero en aquella ocasión no estaban asustadas. Más bien sentían vergüenza ajena por el sultán. El sentimiento de repugnancia que les provocaba parecía ensanchar sus límites día a día. Se consolaban pensando que ya quedaba menos para que su suplicio tuviera fin.

Abdul exigió que iniciaran una felación. Como siempre, se tuvieron que colocar de rodillas frente a él. Fue Zaira la primera. Se empleó con sus artes habituales. Cogió el flácido pene de Abdul y se lo metió en la boca, chupando suavemente. Pero aquello no reaccionaba. Se colocó la punta en la boca y fue introduciéndoselo, primero poco a poco, luego a mayor velocidad para intentar que aquello se levantara pero no obtuvo ningún resultado.

Abdul la abofeteó.

- No tienes ni idea de cómo dar placer a un sultán- dijo empujándola.

Amina fue la siguiente. Intentó con mayor empeño si cabe despertar la verga de Abdul pero también fue inútil. La frustración de Abdul era cada vez mayor su primera esposa fue la víctima injustificada. Abdul se empleó con más violencia todavía. No sólo la abofeteó sino que la emprendió a patadas cuando esta cayó al suelo. Amina se quedó llorando en el suelo dolorida por los golpes.

La siguiente en intentarlo debía ser Isabel. Era consciente de que sería en balde. Aún así se metió el pene en la boca y lo chupó con fuerza, mordiéndolo levemente incluso para ver si podía provocar su reacción. Tampoco hubo manera.

Abdul estaba ya fuera de sí. Sacó el látigo y la fustigó con una furia desatada. Gracias a su borrachera fallaba algunos golpes sobre sus esposas pero aún así la paliza fue tremenda. Las tres se quejaban doloridas y ensangrentadas de los azotes.

- Sois unas completas inútiles- dijo el berraco sultán- si no sois capaces de darme placer al menos me deleitaréis la vista. Quiero que os chupéis y toquéis vosotras. Como hacéis cuando estáis solas, sucias mujeres.

Obedecieron sus órdenes. Se trasladaron a la cama, cojeando y apaciguándose las heridas que les había provocado Abdul. Amina era la más dañada. Zaira e Isabel la colocaron tumbada boca a bajo en la cama para que su piel irritada se aireara. Isabel se dispuso a chupar sus nalgas, pero más como un intentó de aliviarle el escozor que como caricia sexual. Zaira por su parte Se colocó entre las piernas de la europea. Lamió también las heridas de sus mulsos y luego se concentró en sus labios vaginales.

Los abrió lentamente, y chupó el exterior, de forma dulce y suave. A Isabel no le eran indiferentes aquellas caricias. Notaba el cosquilleo en su vulva que muy pronto tornó en un atisbo de placer. Mientras, ella siguió chupando el culo de Amina quien agradecía el frescor que la lengua de Isabel le estaba proporcionando. Alentaba por Zaira Isabel puso su mano en la concha de Amina. Tocándola suavemente, sin forzar. Amina se movía torpemente. Estaba todavía escocida por las heridas pero las caricias de Isabel le provocaban una extraña mezcla. No aplacaban el dolor pero sí lo distraían.

Abdul las contemplaba. Excitado por dentro pero sin que su pene reaccionara ante ello. Su furia causada por su impotencia solapaba a su ardor interior. Observó como Amina se daba la vuelta exponiendo ante Isabel su vagina. Vio también como la aragonesa cada vez más motivada por la lengua de Zaira se dirigió sin pensárselo dos veces a la cueva de Amina e inició una lamida entregada con la lengua volcada en el clítoris de la primera de las esposas. No tardaron mucho Isabel y Amina en agitarse ante sus caricias. La dos jadearon. Estaban llegando a la cima del placer. La muy zorras, pensó Abdul. Con él nunca se mostraban así. Estaba cada vez más irritado siendo la causa principal la inutilidad de su miembro en teoría viril.

Abdul volvió a coger el látigo y sin previo aviso fue directo hacia sus tres mujeres a las que pegó con mayor odio que nunca. Amina y Zaira estaban ensangrentadas e Isabel había recibido un latigazo en al cara que casi le provocó la pérdida del conocimiento. La aragonesa pensó que Abdul las iba a matar. Tuvo una reacción instintiva, se incorporó como pudo y empujó a Abdul. Dada su borrachera éste perdió el equilibrio y cayó hacia el suelo.

Abdul se quedó extrañado ¿Cómo había osado una de sus mujeres agredirle? Se incorporó como pudo. Las tres temblaban de pánico. Ahora sí las iba a matar, pensaron. Abdul cogió a Isabel la tiró al suelo y la emprendió a patadas con ellas. Cuando vio que no se movía y que él mismo estaba agotado de tantos golpes dijo sin saber si aquella mujer estaba consciente para escucharle:

- Has firmado tu condena a muerte. Mañana serás ejecutada. Nadie puede osar enfrentarse al sultán, sucia cristiana. Mañana morirás.

Su amenaza dejó heladas a Zaira y Amina que pensaban que Isabel estaba ya muerta por los golpes de Abdul. El sultán salió de su jaima tambaleándose. Cuando comprobaron que definitivamente se había marchado acudieron prestas a comprobar el estado de Isabel. Todavía respiraba. Estaba viva pero inconsciente a causa de los golpes de Abdul. La llevaron a la cama y la limpiaron las heridas y a los pocos minutos Isabel pudo volver en sí. Sus compañeras no la dijeron nada sobre la terrible amenaza que había proferido Abdul. Tenían la esperanza de que gracias su borrachera al día siguiente no recordara nada.

Sin embargo Abdul estaba decidido a mandar ejecutar a Isabel. Definitivamente estaba harto de ella. No le había dado un hijo, y el otro objetivo que se marcó al casarse con ella, el de humillar a Alzid, ya lo había cumplido con creces. Con lo cual mañana sería sacrificada por haber atacado al sultán. Así serviría también de escarmiento para las otras.

Pero no duraron mucho esos pensamientos en la cabeza de Abdul. Enseguida se centró en continuar celebrando el nacimiento de su hijo. Se dirigió al comedor donde algunos soldados seguían bebiendo. Cogió una ánfora de vino y salió al patio a bebérsela. Miró hacia el cielo estrellado, hacia el alminar del palacio. Se le ocurrió una idea alentado por su enajenación mental aumentada con el vino. Se iba a dirigir a su pueblo, él mismo les iba a ordenar que guardaran respeto al nuevo heredero y de paso comunicaría la condena a muerte de su esposa Isabel.

Abdul con su ánfora de vino subió las escaleras y se dirigió a la torre. Al llegar los guardias se sorprendieron por la presencia del sultán. En cuanto le vieron se colocaron en formación.

- Guardias, dejadme pasar. Voy a hablar al pueblo de Fayuma.

Uno de aquello soldados intentó razonar con el sultán a pesar de su lamentable estado

- Sultán quizá debería esperar a mañana. Ahora es madrugada y los ciudadanos estarán durmiendo.

- Pues que se despierten. Ordena que se despierten soldado- dijo en un tono completamente ebrio para a continuación añadir- Buah, déjelo soldado yo mismo me encargaré de hacerlo. Yo lo tengo que hacer todo en este país.

Abdul se encaramó hacia las escaleras del alminar. Tambaleándose de un lado a otro e incapaz de mantener el equilibrio. El soldado intentó de nuevo convencer al sultán...

Señor es peligroso que suba al alminar, es de noche y podría caerse. El guardia utilizó aquel eufemismo de "es de noche" pero en realidad lo que quería decir al sultán era "está muy borracho".

- Como osas decirle a tu sultán lo que debe hacer o no hacer. Mañana voy a ordenar matar a mi esposa ¿Acaso quieres acompañarla tu también?

Ante aquella amenaza, el soldado declinó seguir intentando razonar con el sultán.

Abdul llegó hasta la parte más alta del alminar. Jadeando por el esfuerzo. Se inclinó hacia la almena y comenzó a gritar...

- Fayuuuuumos despertad. Vuestro sultán os habla.

Viendo que sus gritos no habían provocado ninguna reacción en el pueblo se encaramó en el muro a gritar como poseso, perdiendo cada vez más los nervios porque ningún fayumo viniera a escuchar lo que su sultán tenía que decirles. Su estado y actitud y le hicieron perder el desequilibrio. Cayó hacia delante y su cuerpo se quedó tambaleado sobre la almena. Un hombre sobrio habría podido incorporarse con facilidad pero el sentido del equilibrio de Abdul era ya prácticamente nulo debido al alcohol ingerido. Al intentar salir de aquella situación su cuerpo se deslizó hacia adelante un poco más. Estaba a punto de caer. Pidió ayuda a los guardias que al escuchar sus gritos subieron rápidamente al torreón. Pero cuando llegaron ya no había nadie. Miraron hacia abajo y vieron el cuerpo del sultán destrozado. Se había precipitado al vacío.

Esa misma noche golpearon la puerta de Alzid.

- Señor, señor debéis despertar- le dijo su secretario.

- ¿Qué ocurre por que me alarmáis a estas horas?

- El sultán ha muerto señor. Ha caído desde el alminar.

- ¿Quién le ha empujado?- dijo temeroso de que hubiera sido alguna de las mujeres del harem.

- Nadie señor. Ha sido un accidente. El cuerpo de guardia no pudo hacer nada por evitarlo.

Alzid respiró. La noticia era lo mejor que podría haber ocurrido. Abdul había muerto sin necesidad de ejecutar la última parte de su plan. Ahora las mujeres de Abdul son libres incluyendo a Karimé. Alzid ordenó a su secretario que se marchara, quería disfrutar en soledad de la increíble satisfacción que sentía en aquellos momentos.

Los funerales por Abdul duraron diez días. Se llevaron a cabo los actos protocolarios pero, sin duda, no tuvieron ninguna comparación con los que en su día honraron a su padre, Ahmed. En esta ocasión, el pueblo no sentía ningún cariño por el sultán.

Pasado el periodo de luto Alzid reunió a los generales. Convenció a todos de que juraran lealtad al nuevo sultán y a la nueva regente. Tal y como decretan las leyes de Fayuma, el niño, que había sido llamado Ahmed en honor a su abuelo, sería declarado de inmediato Sultán. Karimé ostentaría el poder real hasta su mayoría de edad. En cuanto a Alzid continuaría como jefe de gobierno de aquel territorio, con rango de visir. Los generales aceptaron la nueva situación y la mayoría encantados con la novedad.

Isabel tuvo que pasar varias lunas en la enfermería de palacio recuperándose de la paliza que Abdul le propinó antes de morir. Al sexto día su estado gozó de una sorprendente mejoría. Todos saben a que se debió, recibió la visita de un niño. En teoría un huérfano a cargo de la anciana Zoraida. Aquel niño llenó de vida el maltrecho cuerpo de Isabel.

Con el tiempo Fayuma se convirtió en un reino donde la calma y la normalidad fueron la tónica. Transcurrido un año desde la muerte de Abdul Karimé y Alzid anunciaron su boda. Juntos criarían al nuevo sultán. Nadie se sorprendió de aquello a pesar de que se había mantenido en secreto la verdadera paternidad del niño Ahmed.

Zaira y Amina se volvieron a desposar pero esta vez por amor. Encontraron la felicidad junto a dos ricos comerciantes. Pronto nacerían sus primeros hijos

En cuanto a Isabel fue nombrada por Karimé preceptora de su hijo Ahmed. Isabel siguió viviendo en palacio donde también pudo llevarse a su secreto hijo. Para mantener oculta su verdadera procedencia Zoraida se convirtió en la asistenta de Karimé y también pudo trasladarse a palacio.

Años después Zoraida fallecería a causa de su avanzada edad. A Isabel se le fue concedida la custodia del oficialmente huérfano niño. Por fin podría estar sin ningún impedimento con su hijo.

Y la vida siguió en Fayuma con sus habitantes acostumbrados al aislamiento del desierto sólo roto por el paso de las caravanas de comerciantes, con su cría de ganado como principal forma de abastecimiento alimenticio y con sus problemas de suministro de agua. Pero por primera vez en su historia los fayumos vivieron bajo el mandato de una mujer. Pronto comprobaron que la joven Karimé reunía todas las virtudes, y alguna más, de su recordado y querido padre Ahmed.

FIN

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