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Fecha: 13-Sep-08 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Náufragos

Zorro Blanco
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En medio del caribe, una isla desierta donde la desgracia lleva a una madre y sus dos hijos, allí se instalarán y allí tratarán de sobrevivir. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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NAUFRAGOS

Día 13 de junio de 1723

Cuando mi marido me propuso acompañarle en su expedición al nuevo mundo tuvimos una fuerte discusión. Yo le repetía que estaba loco y él insistía en que las nuevas tierras estaban llenas de oportunidades, que estaríamos allí uno o dos años y que volveríamos cargados de oro, ¡pobre iluso, pensé yo! Según él, su Majestad nos había confiado una importante misión y no podíamos negarnos.

Así que con más desesperanza que ilusión emprendimos la marcha hacia el nuevo mundo, como era llamado el descubrimiento de ese genovés captado por sus majestades los Reyes Católicos.

La travesía fue dura, especialmente para mi, que era la única mujer a bordo. En cambio mis hijos, Daniel y Carlos estaban pletóricos. Daniel, el pequeño con dieciséis años y Carlos, el mayor con sus dieciocho recién cumplidos. Durante el viaje aprendieron todo lo que había que saber sobre el manejo del barco y sobre las velas, por mi parte me dediqué a dibujar con papel y carboncillo aquello que llamaba mi atención. Al principio dibujé nuestra partida al alba desde la tacita de plata, luego durante meses sólo vi agua y más agua y gaviotas, aunque de vez en cuando veíamos por la borda delfines y toda la tripulación se alegraba pues estos "peces" eran signos de buen augurio para el viaje.

La vida a bordo era especialmente dura para mi, la única mujer ente este grupo de rudos marineros. Yo procuraba pasar desapercibida, pero conforme pasaban los días notaba sus miradas lascivas sobre mi, como moscones sobre la miel. Como mi marido era el capitán del barco, se guardaban mucho de provocar mi ira y me respetaban, más les valía.

Tras dos meses y medio de travesía estábamos casi llegando según mi marido cuando un barco sin bandera fue avistado en el horizonte: "piratas" gritó el vigía y todos se santiguaron sin excepción a bordo. Durante días bregamos con ellos hasta que el enfrentamiento fue inevitable.

Yo me refugié con mis hijos en el camarote del capitán, mientras oíamos las salvas y los cañonazos disparados a bordo y los silbidos de las andanadas opuestas aproximándose a nosotros. Algunos impactaban en cubierta, despertando gritos desgarradores de hombres a los que alcanzaban y otros penetrando en las aguas cercanas.

La batalla fue brutal, mis hijos permanecieron abrazados a mi todo el tiempo en la cama. Cuando calló la tarde mi marido bajó y nos dio malas noticias...

La embarcación estaba bastante mal y él temía que nos apresaran, así que dispuso dejarnos en una isla cercana que habían divisado mientras ellos continuaban la batalla, más tarde volvería a por nosotros si todo iba bien y continuaríamos el viaje.

Todos lloramos, lo le grité que estaba "loco" al querer abandonarnos así, él me repitió que era lo menos arriesgado para nosotros, ya que si perdían, Dios no lo quiera, serían apresados y ella y los niños vendidos como esclavos o cosas peores. Esa noche ninguno pudo dormir.

Al alba, antes de que saliera el sol, dos marineros nos llevaron a la orilla en un bote, con provisiones para un par de días, no más y alguna ropa extra y mantas para pasar la noche. Y allí nos quedamos acurrucados sobre una manta y rezando porque los marineros que remaban de vuelta al barco volviesen lo antes posible. Esta sería la última vez que los veríamos, aunque en ese momento no lo pensáramos.

Ese primer día no lo recuerdo bien, sé que nos tumbamos bajo las palmeras y como apenas habíamos dormido la noche anterior, conseguimos dar unas cabezadas. Por la tarde los niños se asomaron a la playa, pero no vieron nada. Al caer la tarde oímos unos cañonazos en la lejanía, pero se oían tan bajito que dudábamos si eran eso o nuestras mentes engañándonos.

Al tercer día nuestras esperanzas de volver a ver a mi marido o los marineros se habían perdido completamente, especialmente cuando comenzaron a llegar a la playa restos de maderas y trozos de velas destrozados. Me derrumbé, esa noche no puede dormir, aunque llevaba sin dormir más de una o dos horas seguidas desde la mañana que llegamos a la isla. Nuestras provisiones se habían acabado y el hambre y la sed comenzaban ha hacer mella tanto en mi como en mis hijos. Fue en ese momento cuando supe que sólo dependíamos de nosotros para sobrevivir.

En la mañana del cuarto día arengué a los niños para que rebuscasen entre los restos todo lo que pudiese servirnos, así conseguimos rescatar algunos trozos de vela grandes para hacer un toldo y resguardarnos del sol, algún tonel vacío que nos permitiría recoger agua de lluvia y para nuestra suerte localizamos también un viejo baúl, mi viejo baúl con mis ropas y las de los niños. Tras una mañana intensa nos paramos a descansar y comimos algunos cocos que los niños y yo fuimos capaces de abrir, no tras varias pruebas, aunque por suerte, mi hijo mayor, Carlos, tuvo la idea de usar un clavo para taladrarlos y así poder beber su agua antes de comerlos.

Por la tarde seguimos con la tarea y al caer la noche dormimos de un tirón pues estábamos exhaustos.

1 semana más tarde.

Al principio todo nos costó mucho, lo más engorroso fue, aunque pueda extrañar el ir al baño. La selva nos daba miedo y yo le pedía al pequeño Daniel siempre que me acompañase mientras hacía mis necesidades. El mayor también se ofrecía, pero a mi me daba menos pudor ir con mi Daniel, que era más pequeño y a que Carlos era ya un hombrecito y me daba vergüenza que me pudiese ver semidesnuda.

Para nuestra suerte cuando conseguimos el valor para hacer una expedición por el interior de la isla descubrimos un lago de agua dulce y esto sin duda fue todo un descubrimiento, pues ya no tendríamos que preocuparnos por el agua y también pude bañarme después de muchos meses sin poder hacerlo. Esto también fue algo engorroso, pues me puse un camisón para dormir y aunque los niños insistieron en bañarse conmigo les dije que no, primero yo y después ellos. Fue maravilloso, gracias al jabón que guardaba junto con mi ropa pude asearme decentemente aunque procuré no gastarlo mucho para que me durase, pero al salir descubrí que mi camisón empapado dejaba ver mi silueta y para colmo los niños no dejaban de mirarme así que les grité que se diesen la vuelta y obedecieron.

Luego se bañaron ellos mientras yo me cambiaba, cuando volví ya vestida estaban desnudos en el agua y al salir pude ver cómo Carlos y Daniel ya eran dos hombrecitos con abundante bello púbico el primero y algo menos el segundo que estaba en plena pubertad.

En cuanto a la comida mejoró también, pues descubrimos que la isla estaba llena de unas aves que no podían volar y que eran confiadas y se las podía cazar sin mucha dificultad, esto unido a un chisquero que nos dejaron los marineros y disfrutamos de fantásticos festines con su carne.

1 meses más tarde.

Cuando pasó el primer mes estábamos ya bien adaptados a la isla, habíamos hecho una cabaña con la tela de las velas y nos podíamos refugiar en ella para resguardarnos del sol y el calor durante el día y del frío durante la noche. Aquí el cielo era fantástico, yo disfrutaba mucho tumbándome en la arena y contemplando las estrellas, y allí rezaba porque algún día volviese un barco a rescatarnos, aunque sabía que las probabilidades eran escasas y trataba de no hacerme ilusiones.

Un poco más tarde descubrimos una cueva oculta entre unos árboles, junto a la ladera de un risco rocoso. Este descubrimiento también nos sirvió de mucho, pues más tarde llegaron las lluvias y los huracanes y el toldo y la choza improvisada en la playa se hicieron a todas luces insuficientes para cobijarnos. De modo que tuvimos que resguardarnos en ella.

En la cueva también dormíamos los tres juntos pues sólo teníamos 2 mantas y así no pasábamos frío, yo en medio y mis hijos uno a cada lado. Realmente dormíamos bien, hasta que me empecé a preocupar, pues Carlos se rozaba demasiado conmigo, especialmente cuando me ponía de lado y él estaba detrás mío. Acercaba su vientre a mi culo y podía sentir su contacto e incluso cierto movimiento obsceno que llegó realmente a preocuparme. De modo que tuve que tomar cartas en el asunto e improvisar una cama con hojas de palmera y restos de vela para que Carlos durmiese separado con una manta para él solo. A partir de ese momento las noches fueron más tranquilas, Daniel era sin duda más "infantil" que Carlos y en él sí podía confiar. Claro esto no gustó a Carlos que protestó airadamente pero no pudo hacer nada por cambiar mi opinión.

 

3 meses más tarde.

Me acuerdo de aquella tarde en que estaba tumbada en la playa echando la siesta, los niños habían ido de caza y cuando me desperté descubrí para mi sorpresa que Carlos no andaba muy lejos. Yo estaba junto a un tronco de una palmera caída en la arena así que él no me podía ver, pero yo a él sí.

Estaba tumbado en la palla, resguardado también detrás de unas rocas. Yo creía que descansaba, pero cuando me fijé bien, descubrí que se había bajado los pantalones y su pene estaba erecto mientras él se masturbaba. Me causó mucha impresión y me oculté inmediatamente, pero luego la curiosidad me hizo seguir mirando, nunca había visto a un hombre hacer eso y menos a un hijo mío. Así que miré hasta el final, hasta que se tensó en el suelo como un arco y dio varios espasmos. Luego se levantó y fue a la orilla a lavarse sus partes manchadas del blanco elemento y sus manos. Me recordó cuando conocí a mi marido y nos hacíamos tocamientos lascivos y yo le masturbaba el pene, bajo pena de pecado capital y excomunión, pero la naturaleza en la juventud era imparable.

Y lo impensable en aquella situación pasó, estaba tan excitada por la impactante contemplación de mi hijo masturbándose que me dediqué al deleite carnal propio y metiendo mis manos bajo mis vestido gocé como ya no recordaba, luego me arrepentí de mi pecado, pero tal vez el señor supo poner aquella tarde allí a mi hijo para que yo aliviara mi sufrimiento en aquella isla y me olvidara por unas horas de nuestra desgracia.

A partir de aquella tarde volvía esconderme en aquella palmera y casi todas las tardes Carlos volvía a masturbarse y yo gozaba con mi deleite solitario tras contemplarlo.

4 meses más tarde.

La vida en la isla se estaba haciendo monótona y salvo por mis deslices al caer la tarde el día se resumía en buscar algo que comer y algo para encender fuego, cocinar y calentarnos en la noche. Como la isla era grande y aún no sabíamos si había indígenas o algo parecido nos dedicamos ha hacer excursiones para conocerla y así completamos su circunvalación andando por la orilla, ahora estábamos seguros de que estábamos solos y aunque era bastante grande para los tres y podía proveernos de suficientes recursos alimenticios, nadie más había allí que nosotros.

Mi hijo Carlos estaba ya más calmado, pues al principio, cuando lo eché de mi cama casi no me hablaba y estaba siempre de mal humor. Ahora yo lo mimaba más y de vez en cuando le daba un beso en la mejilla y le decía lo fuerte que era y lo que lo quería. Así que él se enterneció también, y eso si, comenzó a acecharme cuando iba ha hacer mis necesidades o me bañaba.

Como gracias a él yo ahora también llevaba mejor el paso del tiempo, ayudada por sus exhibiciones varoniles, dejé que de vez en cuando él me viese semidesnuda. El culito cuando hacía piss, los muslos cuando íbamos a recoger conchas a la playa o me dejaba el pijama mojado pegado a mi cuerpo cuan me bañaba, mientras me secaba. Esto también dio sus frutos, pues Carlos se masturbaba con más frecuencia y yo lo acechaba igualmente a él en esos momentos. Cambio el sitio de sus masturbaciones y cada vez se escondía menos para hacerlo.

Yo seguía durmiendo con Daniel que siempre era dulce e inocente conmigo y a veces mientras dormía, Dios me perdone, le tocaba el culo y le palpaba su miembro viril logrando que este creciera bajo la tela.

6 meses más tarde.

El tiempo pasó y Carlos y yo cada vez estábamos más próximos en nuestras masturbaciones y casi nos presentíamos el uno al otro. A veces yo decía: "voy a bañarme", cuando Daniel estaba echando la siesta y Carlos también estaba a punto de dormirse, aunque sabía que al decirlo inmediatamente iría a espiarme. Y él otras veces, nos decía a Daniel y a mi: "esta tarde iré a dar un paseo por la playa", cuando iba a masturbarse tras las rocas.

El calor había vuelto y ahora dormíamos otra vez al raso, bajo nuestro toldo junto a la playa. Las noches eran más cortas y disfrutábamos junto al fuego de la comida. Nuestra dieta se había hecho más variada, ahora comíamos higos de la selva y otras frutas que comían las especies autóctonas, también seguíamos cazando aves, pero ahora tomábamos faisanes de bellas plumas, pues Carlos se había hecho experto en acecharlos y acertarles con piedras y una honda.

Una tarde Carlos encontró una botella junto con Daniel y por lo visto era ron, pues cuando vinieron su aliento apestaba a alcohol. Aunque yo los reprimí al verlos, luego comprendí que esta botella podía ser algo fuera de la monotonía y les dije que esa tarde capturasen un par de faisanes que esa noche haríamos una fiesta y nos emborracharíamos con el ron, que ya eran hombres y podían beberlo y que yo también lo bebería.

Es noche hicimos una gran hoguera y comimos ricos faisanes y nos bebimos todo el ron, para mi sorpresa Carlos me había ocultado que en realidad lo que descubrieron era una caja con 18 botellas de ron en lugar de solo una así que empezamos la segunda tan pronto se terminó la primera. Bailamos junto al fuego y acalorados como estábamos, terminamos quitándonos casi toda la ropa. Ellos se quedaron en calzoncillos y yo me quedé con mi camisón interior, que me cubría desde la rodilla hasta el cuello, bajo el cual llevaba únicamente mis bragas, pues con el calor últimamente no llevaba la cinta habitual para sujetar mis pechos.

En un momento dado nos fuimos a bañar, pues estábamos muy sofocados. Dentro del agua seguimos jugando, pues estábamos ya bastante borrachos. El frescor del agua del mar y las olas hicieron que me despejara un poco y entonces fue cuando Carlos, entre juegos me abrazaba y me tocaba los pechos por encima de la camisola y también el culo bajo mi cintura. Lejos de disgustarme fue la mecha que encendió la pólvora acumulada durante tantos meses, y eché mano a su calzona, cogiendo su polla en erección, primero a través de la tela y luego bajo ella, admirando su dureza y su tersura.

Él por su parte cogió mi cintura con su mano y bajo hasta mis muslos y subió por ellos hasta tocarme mi flor, con mi mano tomé la suya y lo enseñe a acariciarme, restregándola en círculos concéntricos en torno a mi deseo, él aprendió pronto. Entonces Daniel se percató de nuestros juegos y se susurré que lo dejara, esperaríamos a que Daniel se durmiera.

Volvimos a la orilla y le di otro generoso trago de ron a Daniel, Carlos iba a tomar también pero con un dedo sobre sus labios le indiqué que no lo hiciera. Entonces el pequeño Daniel se tumbó y cerró los ojos. Carlos y yo nos quedamos arrodillados junto a él y la hoguera y esperamos hasta que su respiración se hizo profunda y lenta... ¡se había dormido!

Inmediatamente nos levantamos y tomé la mano de Carlos alejándonos de la hoguera y ocultándonos en las sombras de la noche tras sus rocas preferidas.

 Mamá, ¿qué vas ha hacer? -me preguntó él con la inocencia de Daniel.

 ¿No quieres tocar mis pechos? Pregunté yo tomando sus manos y posándolas sobre mi camisón mojado y pezones erizados.

 ¡Oh claro que sí, son muy hermososo yo...! - dijo él mientras yo tapaba sus labios con mis dedos.

Le quité su calzoncillo y tomé su polla con mis dos manos, estaba tan dura y erecta que me deleité masturbándolo. Desde su espalda me desnudé y apoyé mi cuerpo desnudo sobre su piel, mis tetas sobre su espalda y me coño sobre su culo, cogiendo su polla desde atrás con ambas manos lo seguí masturbando.

 ¿Te gusta, verdad? - le susurré al oído.

 ¡Me gusta mucho mamá! - contestó el mientras intentaba acariciarme el culo sin volverse.

Continué un rato así hasta que accedí a sus intentos de volverse y le dejé tocarme los pechos primero y el coño después. Abierta de piernas su mano quemaba en mi vagina, sobre mi botón secreto que hervía de ganas de pecar. Lo amamanté como cuando era pequeño con mis generosos pechos y él siguió deleitándome con su mano bajo mi vulva.

Sin más dilación lo tumbé en la arena y me subí a su vientre, clavándome su polla en mi negra flor. Entró sin dificultad, y como una bruja cabalgando a lomos de su escoba lo cabalgué tan ardientemente que en unos minutos su néctar de vida penetró en mi abertura inundándome por dentro.

Como yo aún necesitaba más, le pedí que me chupara y acariciarla los pechos mientras mi mano experta se deleitaba entre los pliegues del más intenso y profundo placer, y así alcancé mi clímax, contaminándome ante la atenta mirada de mi hijo Carlos. Luego permanecimos abrazados un rato más sobre la arena.

Cuando se quedó dormido me levanté y fui al mar a lavar mi vientre, entonces me arrepentí de lo que había hecho, ¿y si me había dejado preñada?, esperemos que nuestro Señor, no lo permita.

Al día siguiente.

Por la mañana estuvimos resacosos los tres y pasamos gran parte de ella cobijados del sol y la luz bajo el toldo. A medio día fui a recoger algunos higos y otras frutas a la selva y los dejé durmiendo. Carlos estaba especialmente satisfecho después de la "fiesta nocturna".

Por la tarde comimos las frutas y los higos y salimos a pasear por la playa, y seguimos jugando como la noche anterior. Estabamos los tres muy felices, y Carlos no dejaba de darme abrazos y besos, lo que me preocupaba por si Daniel notaba que estaban fuera de lo normal, así que también lo recompensaba a él con mis besos y abrazos y procuraba que fuese cosa de tres en lugar de sólo dos.

Por la noche volvimos a encender la hoguera y comimos cangrejos asados, estaban deliciosos, y aunque Carlos propuso abrir otra botella de ron, le dije que en otra ocasión sería, no era buen beber tanto.

Durante la cena Carlos no dejaba de mirarme y luego miraba a Daniel. Al acostarnos yo sabía que él no dormía, y por alguna razón yo tampoco intente hacerlo. Cuando Daniel pareció suficientemente dormido lo oí incorporarse y acercarse arrastrándose por la arena hacia mi.

Me besó en el cuello primero y luego en mi escote, yo cogí su pene y para mi sorpresa ya estaba en plena erección. Él echó mano a mi entrepierna y comenzó a juguetear con ella. Entonces le susurré que nos alejáramos de Daniel y así hicimos.

Bajo aquél cielo estrellado traté de explicarle que hoy no podíamos volver a hacerlo en mi flor ya que podía quedarme preñada de él y eso no era bueno. Él pareció entender, así que me dediqué a acariciar su polla mientras lo besaba en el pecho y él se deleitaba con mis pechos y mi culo.

 Carlos, hoy será distinto, vamos ha hacerlo por otro agujero y te gustará también – le susurré al oído.

 ¿Por otro agujero? - preguntó él estúpidamente.

 Si, ya lo verás.

Poniéndome a cuatro patas como una perra en celo tomé su polla y la coloqué sobre mi culo, a continuación le pedí que escupiera en su mano y embadurnada su polla primero y mi culo después, luego le dije que empujase muy despacio. Al principio costó un poco, pero cuando la tuve dentro él pareció complacido y me penetró una y otra vez por el nuevo y recién descubierto agujero. Hoy tardó más en correrse, cosa que agradecí, pues me dio tiempo a alcanzar mi orgasmo primero.

Como la noche anterior dejé a Carlos durmiendo junto a la hoguera y fui a bañarme para lavar mis partes íntimas. Al volver noté lo excitada que tenía de nuevo la flor y continué masturbándome hasta alcanzar un segundo éxtasis.

 

A la semana siguiente.

Siete días más tarde no habíamos parado de mantener relaciones carnales entre ambos, cada vez con mayor perfección, al principio Carlos agraciaba mi flor con sus caricias y yo su pene con las mías, luego él me penetraba por la flor, con la advertencia severa de no derramar sus jugos en ella y a veces terminaba fuera y otras terminaba en mi agujero secreto. Él siempre quedaba contento y yo también con nuestros encuentros.

Aunque ya lo sospechaba, Daniel andaba muy pendiente de nuestros movimientos, y un día cuando estaba bañándome y él vigilaba que no hubiese ninguna alimaña cerca me hizo una revelación.

 Mamá, anoche me desperté y no estabais, ¿dónde fuisteis?

 No sé Daniel, a lo mejor a dar un paseo por la playa – contesté intentando darle esquinazo a sus dudas.

 Bueno es que os oí y la verdad es que me acerqué sin hacer ruido porque hacíais unos sonidos muy raros y no sabía que erais vosotros, entonces vi a mi hermano desnudo encima tuyo... tu también estabas desnuda bajo él – asintió el pobre sin querer contármelo todo a ver si yo inventaba una escusa mejor.

 ¡Oh Daniel nos viste! ¿Cuando fue? – pregunté yo viéndome sin escapatoria.

 Hace dos noches, ya otra noche también me desperté y no os vi, aquel día no le di importancia pero anoche me asusté al no veros y por eso fui a buscaros. ¿Hice mal espiándoos?

 Bueno, no Daniel, no hiciste mal... bueno y qué piensas de lo que viste – le pregunté yo sin estar muy segura de qué decir.

 La verdad es que no estoy seguro, pero hacíais lo que hacen las personas mayores, ¿verdad?

 ¿Y por qué lo piensas? – pregunté tratando de no admitir lo evidente, mi querido hijo nos pilló con las manos "en la carne".

 Bueno porque me acuerdo de cuando papá volvía a casa después de meses de estar en la mar y hacíais los mismos ruidos.

 ¡Oh Daniel, lo siento mucho yo no quería que nos vieses así! –le dije entre sollozos de espaldas a él.

 Bueno mamá no te apenes, tampoco pasa nada. Supongo que aquí en esta isla echas de menos a papá, ¿no?

 Bueno sí hijo, pero lo de anoche no era por eso.

 ¿Entonces por qué era? –preguntó indiscretamente él.

 Pues... pues... bueno sí lo admito me siento sola en la isla Daniel y verás, los mayores a veces tenemos ciertas necesidades, como el comer o el beber y Carlos y yo estábamos... – intenté explicarle sin mucho éxito la verdad.

Mientras esto pasaba yo estaba desnuda en el agua de espaldas a Daniel, y al hacerme la revelación no puede evitar girarme y desde entonces le estaba hablando de frente, mostrándole parcialmente al menos mis pechos desnudos sumergidos en el agua del lago. Entonces me dí cuenta de que los miraba.

 Bueno mamá, yo soy pequeño pero a veces cuando te veo desnuda también siento... siento deseos... de acariciarte. ¿Te refieres a esto?

 Si Daniel, eso mismo es hijo –asentí yo sin girarme para que él siguiera viéndome desnuda bajo el agua–. Entonces ¿te gustaría acariciarme? –le pregunté pasando mis manos por las mis clavículas desnudas.

 Pero, ¿yo también podría hacerlo? –preguntó el incrédulo.

 Bueno pero sólo unas caricias por el momento, desnúdate y ven conmigo.

A toda velocidad mi Daniel se desnudó y me mostró su cinganillo colgando, con una mata de bello mucho más ligera que la de Carlos. Cuando estuvo cerca tomé su mano y la posé en uno de mis pechos, paseándola por todo él, hasta terminar en el pezón, luego el otro par terminar en mi canalillo.

 ¿Son suaves, te gustan? –le pregunté guiñándole un ojo.

 ¡Oh sí, mucho! –contestó el un tanto alterado.

Hice que se girase y entonces lo abracé por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo, acariciándolo con mis pechos y mi flor incluidos. Luego con mis manos busqué su cinganillo que ya estaba erecto, en verdad el cinganillo era bastante aceptable en tamaño para su edad, estaba tan suave al tacto y duro como un clavo.

Comencé a masturbarlo al tiempo que besaba su mejilla y su cuello. No tardó mucho en correrse en mi mano bajo el agua, incluso entre los estertores casi se cae hacia adelante, de modo que tuve que sujetarlo.

 ¡Oh! –dijo al fin–, creo que me he mareado un poco.

 ¿Te ha gustado? –le pregunté yo mientras se daba la vuelta.

 ¿No sé, es algo raro, pero sí me ha gustado? –asintió el un poco confundido–. Aunque sí, pienso que me ha gustado mucho. Pero mamá, podré hacerte algún día lo que te hacía Carlos.

 Bueno, si tu quieres sí, algún día, y ahora porqué no me dejas un poco sola, necesito algo de intimidad para relajarme, ve a ver qué ha cazado tu hermano, ¿vale?

 De acuerdo.

Y así lo vi desaparecer entre los matorrales. Entonces me relajé en el agua y me dediqué a masturbarme con los recuerdos de la primera vez de mi hijo Daniel conmigo, con quién mejor...

Esa misma noche.

Por la tarde hubo tormenta, así que nos trasladamos a la cueva a dormir y como hacía frío decidimos beber un poco de ron para entrar en calor y poder dormir mejor. De madrugada desperté abrazada a mi hijo Daniel y no sé por qué eché mano a su cinganillo y lo descubrí erecto y a punto.

Entonces oí su voz en un tenue susurro cerca de mi oído...

 ¿Puedes hacerme lo de esta tarde otra vez?

Me limite a contestarle con un beso en la oreja y un siseo en el oído. Luego me despojé de mi camisón y le quité sus calzonas, quedándonos desnudos bajo la manta. Me cercioré de que Carlos dormía como un tronco y abrazando su cabecita lo atraje hasta mis pechos y se los puse delante de la boca.

No tardó mucho en reaccionar y dulcemente me chupó los pezones hasta ponerlos duros y puntiagudos, primero uno y luego otro. Después me acerqué a él y pegamos nuestros cuerpos entrelazándolos. Procuré que su cinganillo estuviese cerca de mi espeso monte de venus, de modo que con el movimiento rozase mis carnes más delicadas. Esto gustó mucho a mi hijo que enseguida comprendió el juego y volvió a zambullirse en mis pechos capturándome con sus labios mis gordos pezones.

Como cada vez estaba más cachonda decidí iniciarlo en las artes de la cópula niño mujer y subiéndome encima suyo me clavé su cinganillo en mi flor. Él dio un fuerte resoplido y se puso muy tenso, cuando me detuve con ella dentro se relajó y estiró los músculos de nuevo. Entonces comencé el movimiento, muy suave, pues no quería que terminase muy pronto y que no pudiese saborear el néctar del placer. Y así lo hice, muy lentamente.

Lo hicimos tan bien que hasta encontré mi propio placer en el camino y viéndolo próximo aceleré el ritmo hasta que provoqué la llegada de su clímax con espasmos bajo mis pechos en su carita al tiempo que yo también alcanzaba el mío y caía rendida instantes después encima suyo.

El pobre tuvo que avisarme de que lo estaba aplastando para que me apartase a su lado y siguiéramos durmiendo.


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