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Fecha: 07-Feb-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Private School: Especial Fede Vázquez (02/18)

jonascrespo
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(Incluye breve resumen) El ‘mejor aliado posible’ de Fede acaba siendo un muñequito rubio de labios carnosos, el niñito consentido del profesor Moreno. Fede y Nacho se empiezan a conocer... (Desvela detalles no incluidos en la serie original) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

RESUMEN: a Federico se le ha acabado la buena suerte porque en su último año en la escuela St.Mikael’s va a tener como tutor al profesor Cristóbal Moreno pisándole los talones. Un amigo le cuenta que a ‘Cristo’ le gustan las pollas jóvenes y le recomienda hacerse amigo del niño consentido de su nuevo tutor.

2.1       El guardián

El mes de octubre lo dedicó Federico Vázquez a portarse todo lo bien que pudo, incluso recibiendo por ello las felicitaciones de su nuevo tutor (“Por lo visto no era el león tan fiero como lo pintaban”, le dijo Cristóbal Moreno una vez, “Intento ser bueno, señor”, le respondió Vázquez con cara de alumno aplicado); al mismo tiempo estuvo bastante ocupado esos días tratando de conocer a su presa: Ignacio Lapresta estaba en 4º grado, tenía los ojos azules como un cielo despejado, un muchachito de pelo rubio, largo y sedoso, de morritos carnosos... No era aquel chiquillo del culo escandaloso con el que se cruzó una mañana en los lavabos, (el que Santoro llamaba aparca-bicis), pero a Federico enseguida le gustó.

Desde que supo quién era el niñito consentido del profesor Moreno, no dejó de buscarle a menudo en los recreos y le miraba con la curiosidad de un detective; le seguía con disimulo, observaba sus gestos, el modo en que se comportaba con sus amigos, los juegos que más le gustaban, quiénes le caían mejor y quiénes le caían peor, cuándo y dónde se encontraba discretamente con Cristo… Todo eso mientras sentía que cada vez le atraía más aquel crío con aire de querubín complaciente. Sólo esperaba que fuese una presa fácil y para ello ideó una estrategia de acercamiento que finalmente puso en práctica un mediodía de principios de noviembre.

-Hola Nacho, ¿sabes quién soy? –le dijo mientras se colocaba detrás de él con su bandeja en la fila del comedor.

Ignacio asintió levemente con la cabeza y los amigos que le acompañaban, que hasta ese momento se mostraban alegres y dicharacheros, callaron al instante y bajaron las miradas. Federico sonrió.

-¿Quién soy? –le preguntó.

-Un alumno… de último grado… –dijo el chiquillo sin elevar la voz.

-¿Te doy miedo, Nacho?

-No sé –el pequeño se encogió de hombros.

-Dime la verdad.

-Sí, un poco. A veces te metes con los pequeños...

-Eso está mejor, Nacho, que seas sincero. Pero hoy no he venido a meterme con vosotros... –les miró a todos, pero luego se dirigió sólo a él-. ¿Quieres que seamos amigos?

El crío miró alrededor como si buscase una escapatoria (tal vez al profesor Moreno que le libraba de todo peligro); Federico siguió sonriendo, le llevó una mano a la barbilla e hizo que le mirase.

-A mí sí que me gustaría que fuéramos amigos, Nacho, pero necesito que tú también lo quieras… ¿Por qué no comemos hoy juntos tú y yo? –miró a los otros niños que parecían incluso más atemorizados que el propio Ignacio-. ¿Os molesta que por un día vuestro amigo no coma con vosotros?

Se apresuraron todos a negar con la cabeza.

-Muy bien, entonces ¡hecho! Coge tu bandeja y acompáñame, Nacho.

Ignacio obedeció mirando a sus compañeros con aprensión como si fuera un reo despidiéndose de los suyos antes de sentarse en la silla eléctrica… Federico avanzó en la fila hasta llegar al límite en el que las cocineras servían la comida; se inclinó sobre un chaval gordo y enfurruñado al que conocía porque dormía en la habitación junto a la suya.

-Oye Juanón –le dijo en un susurro al oído-, te gusta tener el rabo colgando entre las piernas ¿verdad?

-¿Qué? –el chaval le miró sin comprender.

-Que si quieres seguir teniendo la polla en su sitio.

-¿Yo? Sí… esto… claro ¿por qué?

-Porque mi amiguito y yo nos vamos a colar y tú no vas a decir ni pío, ¿a que no?

El tal Juanón frunció el ceño pero dio un paso atrás con sumisión y bajó la cabeza; a Ignacio y Federico les quedó espacio suficiente para colocarse los primeros. El pequeño miró al mayor con un atisbo de sonrisa bajo la nariz y Federico supo que no se lo iba a poner difícil; le había impresionado y eso lo hacía todo mucho más sencillo. Volvió a utilizar sus “artes de persuasión” dos minutos después para conseguir que seis alumnos se buscasen otra mesa en la que comer. De ese modo consiguieron un poco de intimidad.

-Sé que te gustan mucho las patatas, así que te puedes comer las mías –le dijo cuando ya estaban sentados; empujó la bandeja hacia él.

-Gracias... –el crío aún no las tenía todas consigo y trataba de no hablar mucho para no decir nada inconveniente-. ¿Quieres comerte mi carne?

-Mmm, la verdad es que tu carne tiene muy buena pinta.

-Cométela, si quieres.

Demasiado pequeño para entender el doble significado, pensó Federico. Empujó las patatas con el tenedor y después pinchó el filete de Ignacio y lo puso en su bandeja. Durante un par de minutos comieron sin decirse nada pero no dejaron de mirarse.

-Dime una cosa, Nacho ¿ya tienes guardián?

-¿Guardián?

-Sí, un alumno de último grado que te haga su protegido.

-Ah… pues no, no lo tengo –Ignacio le miró con el ceño algo fruncido-. ¿Necesito un guardián que me proteja?

-Es una costumbre del internado, ¿no la conoces? –esperó a que el rubito negase con la cabeza-. Pues sí, todos los alumnos de último grado tienen que convertirse en guardianes de los alumnos más pequeños. He estado preguntando a mis compañeros y me han dicho que ninguno te tiene como protegido, así que me ofrezco a ser tu guardián. Pero tendrá que ser un secreto entre nosotros, tus amigos no lo pueden saber. ¿Ellos te han contado quiénes son sus guardianes?

-No.

-No, claro, porque saben que tienen que guardarlo en secreto. Por ejemplo ése que tiene las orejas tan salidas, el que estaba contigo en la fila… ¿cómo se llama?

-Saúl Villas. Es mi mejor amigo.

-Ya, pues si le preguntas te dirá que no sabe de qué hablas, pero su guardián es uno de mis compañeros de habitación. No te puedo decir quién, claro.

-¿En serio?

-En serio, Nacho. Y si algún día Saúl se mete contigo y me lo dices, me tendré que pelear con mi compañero para protegerte.

-Pero Saúl es mi amigo, él no se mete conmigo.

-Pues mucho mejor, porque mi compañero me cae muy bien y no quiero tener que pelearme con él.

-Entonces, si alguien me insulta, por ejemplo, si te lo digo ¿te pelearás con su guardián?

-Eso es. Así es como funciona esto. Tú tienes un problema con alguien y los mayores lo solucionamos a hostias.

-¿Y nunca sabré con quién te has peleado?

-Nunca lo sabrás. Si yo gano la pelea, el que se haya metido contigo tendrá que pedirte perdón o hacer lo que tú quieras que haga.

-Pero tú eres muy fuerte, Fede, seguro que siempre ganas…

-Entonces eres un chico con suerte, ¿no te parece? –le encantó la sonrisa de fascinación que Ignacio le dedicó en ese momento-. Entonces qué me dices, enano ¿vamos a ser amigos o no?

El crío asintió. Federico estiró la mano y le cogió dos patatas para ponérselas enfrente de aquellos morritos carnosos que sonreían; el pequeño Lapresta los separó y se metió las patatas dentro.

2.2       Castigo ejemplar

Un buen rato después de comer, Federico le pidió permiso al maestro de Matemáticas para ir al baño argumentando que le dolía mucho la barriga. Los alumnos de 7ºA tenían a esa hora clase de Ciencias en el laboratorio. Hasta allí se dirigió el chaval con paso firme. Llamó a la puerta educadamente y entró sin aspavientos:

-Disculpe, don Rogelio, pero el profesor Moreno me ha mandado buscar al delegado de este grupo.

-¿A Gómez?, ¿para qué?

-Lo siento, pero no me lo ha dicho –se encogió de hombros-. La verdad es que cuando don Cristóbal me da una orden no suelo preguntar los motivos.

-No, claro... –el maestro dejó salir una leve sonrisa bajo su poblado mostacho canoso; luego miró hacia sus alumnos-. Gómez, ¡venga aquí! Acompañe al señor Vázquez y trate de no demorarse mucho en volver.

El delegado se levantó de su asiento y miró a Federico con cierta aprensión. Luego caminó hasta la mesa del maestro.

-¿Tiene que ser ahora, don Rogelio? –le preguntó en un susurro algo temeroso-. Es que no quiero perderme el experimento.

-Sólo vamos a mezclar líquidos, Gómez, lo hemos hecho mil veces. Además, ¿va a discutir usted una orden del profesor Moreno?

-No, claro... –el muchacho bajó la cabeza y caminó hasta la puerta del laboratorio.

Una vez que Federico y Gómez estuvieron a solas en el pasillo, el mayor comenzó a caminar a grandes pasos sin esperar a que el otro estuviera a su altura. Subieron las escaleras, caminaron, torcieron a derecha e izquierda, avanzaron por otros pasillos, se alejaron de la zona de aulas, cruzaron el patio por debajo de los soportales, siguieron caminando unos cuantos metros más y finalmente llegaron al pasillo 2, el mismo en el que ambos tenían ubicadas sus habitaciones contiguas.

-¿Por qué coño te paras, Juanón? –dijo Federico cuando le vio detenido.

-No vamos a ver al profesor Moreno, ¿verdad?

-No. Y ahora tira para tu dormitorio si no quieres que te parta la cabeza aquí mismo –el otro todavía se resistió a avanzar-. Me conoces, capullo, sabes que no me importan los castigos, así que puedes hacer esto por las buenas o por las malas. ¡Tú decides!

Gómez debió considerar que “por las buenas” sonaba mejor y por eso se adentró en el pasillo hasta llegar a la habitación 2-11. Abrió la puerta y Federico le metió dentro de un empujón.

-Joder, Fede, que yo no te he hecho nada... –protestó el de 7º.

-¿Ah, no? –le dio otro empujón hasta que le hizo caer sobre la cama más cercana-. Te ha molestado que Nacho Lapresta y yo nos colásemos antes en la fila del comedor, ¿verdad?

-¿Qué? –Juan abrió mucho los ojos-. No… claro que no. No me ha importado…

-Pues yo creo que sí –Federico avanzó un paso hacia él y le plantó una sonora bofetada-. Esa es por mentirme, así que lo volveré a intentar… ¿Te ha molestado que nos colásemos? Y piensa bien lo que vas a decir.

-Bueno… un poco, pero no he dicho nada. Me he echado para atrás y ya está.

-¿Y ya está? –una nueva bofetada restalló por todo el dormitorio e hizo que Juanón se llevase la mano a la mejilla y soltase un quejido-. Segunda mentira. ¿Qué ha pasado después?

-Nada... –musitó Gómez viendo que la mano de aquel chulo musculoso se volvía a levantar-. Sí, sí... sí que ha pasado algo más.

-Muy bien –bajó la mano-. ¿Qué ha pasado?

-Que antes de comenzar las clases de la tarde me he cruzado con tu amigo en el pasillo.

-Y te has metido con él, ¿verdad? Como no tienes cojones para enfrentarte conmigo, has ido a por Nacho, ¿a que sí?

Federico se empezó a acariciar la entrepierna por encima del chándal.

-Di que eres un cobarde y un maricón de mierda, Juanón.

-Soy un cobarde... –le temblaba un poco la voz-...y un maricón…

-¡De mierda! –Federico le dio otra bofetada.

-Un… un maricón de mierda…

-Muy bien. Ahora ¡quítate la ropa! –le ordenó mientras se desabrochaba el cordón.

-No, Fede, por favor… ¿qué me vas a hacer?

-Algo que a un maricón como tú dices que eres le encantará –sonrió con prepotencia y avanzó otro paso-. ¿Te la tengo que quitar a hostias?

Juanón Gómez tenía los ojos llorosos cuando se empezó a bajar los pantalones tumbado sobre la cama; Federico se encargó de quitarle las deportivas, luego los pantalones y el slip de talla grande de una sentada. El chaval tenía los muslos anchos y carnosos, con una picha dormilona rodeada de cuatro pelillos que nacían perezosos. Vázquez seguía sonriendo:

-Ahora te vas a poner a cuatro patas en la cama, con tu culo gordo mirando hacia mí.

-Por favor, por favor, Fede… no me hagas nada…

-¡Cállate!, y no pierdas el tiempo –le dijo mientras se bajaba sus propios pantalones sin prisa, dejando vislumbrar un paquete generoso y abultado-. Te he dicho que a cuatro patas... ¡gordo cabrón!

Le agarró de los tobillos y le hizo tumbarse boca abajo; Juan accedió a cumplir la orden y plantó para ello las rodillas en el colchón mientras emitía un sollozo apagado. Federico se movió lo justo para que su víctima pudiera ver cómo se sobaba el calzoncillo visiblemente empalmado.

-Escúpete en una mano y llena tu ojete de saliva, ¡vamos!

-Hostia puta, Fede… estas loco, tío… no puedes hacerme eso

-¿Dices que no puedo? –se bajó el calzoncillo y le mostró aquella preciosa verga en todo su vigoroso esplendor-, ¿es que no ves que tengo lo que necesito para hacerlo, capullo? ¡Mírala bien!, ¿no te parece lo bastante grande como para joderte hasta el fondo?

-Pero yo nunca… me vas a hacer mucho daño…

-Te dolerá menos si me haces caso y te llenas el ojete de saliva, joder ¡venga!

Federico se comenzó a masturbar con los ojos de Juanón clavados en su polla, en los pelos negros que la rodeaban; un hilacho de saliva cayó hasta sus dedos y enseguida se los llevó a las nalgas. Se aplicó el improvisado lubricante con la torpeza del novato.

-Mejor será que te pongas un poco más –le aconsejó el mayor disfrutando el momento.

Juan repitió la acción un par de veces, en cada una de ellas entreteniéndose un poco más en la aplicación del baboso ungüento. Entonces le ordenó Federico que se escupiera en la palma estirada, le cogió luego la mano de la muñeca y la plantó bajo su polla con la saliva en contacto con su glande; la mantuvo allí mientras él mismo lanzaba dos sipiajos contundentes.

-Ahora dame unas caricias suaves para dejarme la puntita bien mojada. Eso ayudará a que te entre más fácil.

-Pero ¿cómo vas a…? –el chaval cerró la mano y abarcó con ella tres cuartas partes del rabo de Federico; lo empezó a agitar despacio-. No puedes meterme todo esto en el culo, tío... me vas a matar…

-Ya verás como no –le dio una palmada en el trasero que sonó como un latigazo.

-¡Ay! Estás loco, macho… te juro por mi padre que nunca más me volveré a meter con ese niño, ni con ningún otro, pero por favor… Fede, por lo que más quieras…

-Demasiado tarde, Juanón, mira cómo tengo la polla. Ella es la que manda ahora y exige que te dé un castigo ejemplar. Deja de pajearme y ponte mirando a la pared.

No hubo más intentos del delegado de 7ºA por hacerle entrar en razón; Gómez soltó aquel cipote que brillaba por la saliva y se arrastró hasta darle la espalda por completo.

-No quiero oír ningún gritito de marica así que muérdete una mano, o la almohada si quieres… y sobretodo será mejor que te relajes.

-Me va a doler… me va a doler…

-Al principio sí –Federico se acercó a la cama y plantó una rodilla en ella-, pero luego te empezará a gustar cada vez más, y cuando te haya llenado el tripón de semen me pedirás que te la vuelva a meter… entonces te preguntaré ¿quién es el maricón ahora, putita?, y tú no dirás nada porque estarás así, a cuatro patas y culeando para que te vuelva a montar…

Le soltó dos buenas cachetadas, una en cada nalga; luego se las separó con las dos manos y recorrió la hendidura con la punta de la polla que se paseó arriba y abajo guiada por las caderas de Federico. El otro no hacía nada por escapar, al contrario parecía que una especie de inercia le hacía empujar el culo hacia aquel glande que le apuntaba aún sin demasiada firmeza.

-¿Me estás buscando, gordito?

-No –dijo Juan, pero Federico le metió la mano por debajo de la tripa y le encontró una picha pequeña pero bien dura entre las carnes.

-Claro que sí, maricón… se te ha puesto mazo dura…

-No… yo, bueno… sólo quiero que acabes… cuanto antes…

-Seguro que sí –se cogió la verga apuntando esta vez en la diana-. Vamos a hacer una cosa, Juanón, yo te voy a meter sólo la punta y luego vas a culear tú cuando quieras para meterte el resto, ¿qué te parece?

-No sé… supongo que así dolerá menos, ¿no?

-Jajaja, ¡pero mira que eres marica!

Federico dejó caer un último escupitajo en su glande y después inició una penetración lenta pero segura; tuvo que tantear con la bola de carne antes de que ésta comenzase a entrar muy lentamente. Juan contenía el aliento, no gritaba, sólo se mantenía expectante como si no quisiera perderse ninguna de sus propias sensaciones. El mayor vio que dos o tres centímetros de su glande habían cruzado la frontera, luchaban por adentrarse entre aquellas paredes que le envolvían con fuerza y le aprisionaban sin piedad; clavó un poco más de polla hasta que consideró que había entrado lo suficiente.

Se detuvo. Sintió las contracciones del esfínter tratando de no desgarrarse. Realmente deseaba hacerlo, meterse de golpe, sin avisar, rasgar aquella cavidad con su potente verga pero le había dado la oportunidad de auto follarse… y eso es lo que Juan comenzó a hacer. Con calma, el muchacho dio indicios de recular. Federico tuvo que mantenerse firme para que la inercia no le hiciese echarse para atrás. Le fascinaba ver aquella penetración desde lo alto y sentir en el extremo de su cipote cómo se adentraba por primera vez en esa cueva no explorada...

La mitad de su polla estaba dentro. Juan ya no protestaba, parecía querer abarcarla toda. A Federico le pareció suficiente. Justo en ese momento le dio un fuerte empujón y Juan quedó tirado sobre la cama hecho un ovillo y resoplando sudoroso.

-¿qué pasa…? –murmuró, dándose la vuelta.

-¿Quién es ahora el maricón, putita? –le preguntó con una sonrisa triunfal.

-Creí que me la ibas a meter entera –sonó a recriminación más que a alivio.

-No te voy a follar ese culo gordo y asqueroso porque me mancharías toda la polla de mierda –le dijo Federico en tono déspota y humillante-. ¡Ahora vístete!, y mientras tanto te diré lo que quiero que hagas esta tarde. Quiero que tomes buena nota porque si haces exactamente lo que te voy a decir, un día de estos traeré un condón para que no te me cagues encima y entonces sí que te la meteré hasta el fondo. ¿Qué te parece?

Tapándose las vergüenzas con la colcha, Juan Gómez asintió con la cabeza. Desde luego que no iba a olvidar nunca aquella lección: mucho menos aburrida que mezclar líquidos en una probeta; mucho más excitante que cualquier clase de Ciencias.

¡¡ Mañana más !!



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