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Fecha: 08-Feb-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Private School: Especial Fede Vázquez (03/18)

jonascrespo
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(Incluye breve resumen) Fede se gana definitivamente la confianza de Nacho. Y luego le muestra sus cartas al profesor Moreno. Saltarán chispas y otras cosas en el gimnasio... (Desvela detalles no incluidos en la serie original) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

RESUMEN: para ganarse a su nuevo tutor, Federico se convierte en ‘guardián’ del pequeño Ignacio, el rubito consentido del profesor Moreno. Su primera misión es defender el honor de su protegido, y para ello medio desvirga a ‘Juanón’ Gómez, delegado de 7ºA.

3.1       Un trabajo bien hecho

Esa misma tarde, Federico Vázquez aguardó a que finalizaran las clases de refuerzo y esperó a Ignacio Lapresta en el dormitorio 4-23; durante sus pesquisas de varias semanas había podido comprobar que el crío acostumbraba a pasarse por allí antes de cenar. Había normas muy estrictas sobre la decoración que se permitía en las habitaciones, por eso enseguida tuvo claro que el niñito consentido realmente lo era; sus paredes estaban llenas de carteles, fotos, recuerdos…

-¿Fede, qué haces aquí? –le dijo Ignacio en cuanto le vio allí dentro.

-Te estaba esperando –y lo hacía con chulería, sentado en una de las cinco camas con las zapatillas puestas.

-¿Cómo sabías que ésta es mi habitación?

-Porque me he informado, chaval. Cierra la puerta –el pequeño obedeció y después dejó su mochila en el escritorio-. Tienes un dormitorio muy chulo, ¿lo sabías? ¿Qué tal te llevas con tus compañeros?

Ignacio se lo quedó mirando un instante antes de sentarse en la cama de al lado.

-Si es verdad que te has informado, ya sabes que no tengo compañeros de cuarto.

-¿Puedo sabe por qué?

-Es cosa del profesor Moreno.

-Lo sé, y eso es lo que te pregunto, ¿por qué el profesor Moreno te deja tener esta habitación tan grande para ti solo?

-No lo sé –se encogió de hombros el crío-, pregúntaselo a él.

-Te lo pregunto a ti, Nacho, porque se supone que somos amigos y además soy tu guardián ¿recuerdas? Necesito saber estas cosas.

-Ya… bueno, no sé, supongo que le caigo bien, no sé qué más decirte.

-Podrías decirme la verdad –Federico se arrastró hasta el borde de la cama y quedó sentado en él-. ¿Te toca?

-¿Qué?

-Que si te toca, si te mete mano… ¿Entra en tu habitación por las noches y te hace cosas, Nacho? Porque yo creo que sí, y que por eso te deja vivir aquí tú solo.

-No, él no… oye, no quiero que me preguntes nada sobre eso, Fede… ¿A qué has venido en realidad? Aún no me lo has dicho.

-He venido a asegurarme de que he hecho bien mi trabajo.

-¿Y eso qué quiere decir?

Entonces, como si estuviera ensayado de antemano y fuera una acción coordinada, en cuanto Ignacio hizo esa pregunta alguien llamó a la puerta con los nudillos. El pequeño miró a Fede sin comprender; supuso éste que el crío no estaba acostumbrado a recibir visitas en su dormitorio, o al menos a recibir visitas que se anunciaran golpeando la puerta en vez de entrar directamente, como había hecho él.

-Es tu habitación –le susurró Vázquez con una sonrisa-, deberías abrir ¿no?

Ignacio se levantó de la cama y caminó hasta la puerta con actitud temerosa como si tratara de adivinar quién era mirando a través de la madera mientras repasaba mentalmente que todo estaba en orden: “No es la hora del toque de queda”, “No espero ninguna otra visita”, “No he quedado con nadie”… y finalmente al abrirla un rápido vistazo al visitante y una mirada fugaz hacia el alumno de último grado que decía ser su guardián y protector, como si se quisiera asegurar de que Fede no se había volatilizado.

-Juan... –musitó a modo de saludo.

-Hola Nacho… Esto, yo… ¿puedo pasar? Sólo será un momento.

-Bueno, es que... –Ignacio miró a Federico de nuevo y éste simplemente sonrió con un leve asentimiento de cabeza-. Vale, pasa.

Juan Gómez era gordo, torpe y mal encarado, y tenía la mala costumbre de aliviar sus frustraciones metiéndose con los más pequeños... En cuanto el chico accedió al dormitorio y se percató de que Federico Vázquez estaba dentro, se le empezaron a subir los colores y su cara mutó en desconcierto.

-Tú haz como si yo no estuviera –murmuró el mayor.

-Vale... –su voz se aflautó ligeramente-. Verás, Nacho, he venido para pedirte perdón por lo que te he dicho esta tarde en los pasillos.

-Está bien, no te preocupes –el pequeño Ignacio no tenía intención de pavonearse.

-No, no está bien. Tengo que decirte que… bueno, que te he llamado “maricón” porque en realidad el maricón soy yo ¿vale?, y en verdad estoy deseando… estoy deseando chu… chuparte la polla, pero como sé que tú nunca querrías hacer nada con un tío gordo y estúpido como yo… bueno, eso, que me ha dado rabia y por eso te he llamado “maricón”. Pero te juro por mi madre que nunca lo volveré a hacer –su voz se volvió suplicante-. Por favor, Nacho, di que me perdonas… y que ya no estás enfadado conmigo.

Ignacio se había quedado mudo; le miraba, le escuchaba y no sabía qué decir. Sólo cuando Juanón volvió a soltar un lastimero “por favor” pareció reaccionar.

-Sí, Juan, claro que te perdono, pero lo que has dicho…

-Ya me ha perdonado… –musitó el muchacho en dirección a Federico sin interés en lo que Ignacio quisiera decirle-. ¿Me puedo ir?

-Te puedes ir –concedió Vázquez sin necesidad de escuchar más.

Juanón miró un instante a Ignacio Lapresta, sólo un instante en que sus ojos parecieron decir mil cosas atropelladas y difusas; luego se dio media vuelta y salió de la habitación 4-23 con la cabeza gacha. Entonces Federico se puso en pie, manteniéndole al rubito esa mirada azul que le dirigía invadida por una mezcla de admiración y temor. Parecía a punto de decir algo porque tenía la boca entreabierta pero no llegó a salir ningún sonido.

-¿Te ha parecido un trabajo bien hecho?

-Estaba como asustado –dijo Ignacio-, nunca le había visto así.

-Ese Juanón no tendrá cojones de volver a meterse contigo, chaval, ni él ni nadie se atreverá a joderte a partir de ahora. Y puedes estar seguro de que hará correr la voz de que te protege el mejor guardián de todo el puto internado –sonrió con algo de soberbia-. ¿Estás contento, enano?

-Sí, pero… no sé, ¿cómo lo has conseguido, Fede?, ¿te has tenido que pelear con su guardián? Aunque él es de 7º, y no sé si los de...

-No te importa cómo lo he hecho, el caso es que estás a salvo ¿vale? Y que a partir de ahora tú y yo seremos buenos amigos –dio un paso hacia él-. Y nos lo contaremos todo porque los buenos amigos no se esconden secretos, ¿estamos?

Ignacio asintió con la cabeza. Aunque no lo dijo con palabras su mirada le delató: se sentía un niño muy afortunado.

3.2       Sencilla seducción

Con la llegada de noviembre y los primeros fríos del invierno se acabaron las sesiones de Gimnasia en el patio. Pocos días después de que Federico e Ignacio sellaran su acuerdo y comenzaran a ser amigos, el profesor Cristóbal Moreno concluyó su clase con los chavales de último grado pidiéndole a Federico que se quedase un momento para hablar con él. Esperó a que todos los demás compañeros hubieran salido del gimnasio.

-¿Cómo va todo, señor Vázquez? –le dijo Cristo con una pelota de baloncesto en la mano-. Me he estado informando, y por lo visto después de dos meses de curso sigue por el buen camino, lo que me alegra. No he tenido quejas de ningún maestro, y sus compañeros tampoco parecen tener nada malo que decir de usted –le tiró el balón.

-Sigo intentando ser bueno, señor –con voz de corderito obediente lo botó un par de veces-. Y estoy haciendo nuevos amigos.

-Nuevos amigos, ¿eh? –el profesor recibió el balón y lo sujetó con ambas manos-. Es usted un chico muy listo, Federico Vázquez, me ha sorprendido gratamente porque siempre he pensado que era un muchacho de grandes músculos y poco cerebro. Ahora veo que me he equivocado al juzgarle.

-¿Es eso un halago, don Cristóbal? –Federico atrapó la pelota antes de que le golpease el pecho y se la lanzó al profesor con fuerza.

-No soy hombre de halagos. Y dejémonos de cortesías absurdas –tiró el balón a la canasta y consiguió meterla dentro viendo luego cómo botaba; entonces miró a Federico fijamente-. Supongo que sabes que he hablado con Lapresta, que me ha hablado de ti y de lo que le has propuesto, lo que entiendo que me distanciaría de él. Y me pregunto por qué tendría que renunciar a Ignacio. ¿Qué sacaría a cambio si lo hiciera?

-Bueno, señor… los dos sabemos que usted nunca se va a atrever más que a darle un par de sobeteos y juguetear un poco con él. No dudo que el niño le gusta pero sólo es eso, un niño. En cambio yo…

-Estás dando por sentado muchas cosas, jovencito. Y te he dicho que olvidaras las cortesías, así que puedes tutearme cuando estemos a solas.

-Está bien.

-Lo que yo haga o deje de hacer con el pequeño Lapresta es algo que no te incumbe, pero ya que estamos hablando claro, dime qué interés tienes tú en él.

-Me gusta, y sé que yo también le gusto. Es mi último año en la escuela St.Mikael’s y un buen amigo me recomendó que aliviara algo de tensión buscándome un juguetito con el que desahogarme… Y bueno, me gustaría que ese juguetito fuera Nacho.

El profesor se lo quedó mirando un instante sin decir nada. Luego avanzó un par de pasos hacia él. Iba vestido con su indumentaria habitual para las clases de Gimnasia que era un pantaloncito verde y una camiseta de tirantes blanca ajustada a su robusto y velludo pecho.

-Has elegido a Ignacio porque tratas de ponerme a prueba, ¿verdad? Sabes que es mi “intocable”, mi niñito mimado, y sólo pretendes averiguar dónde está el límite, ¿me equivoco?

-No, no te equivocas –el alumno sonrió.

-Eres muy listo, Federico. Pero quedarte con él no te saldrá gratis.

-Muy bien, entonces pon tú el precio.

Cristóbal Moreno llegó hasta Federico y comenzó a rodearle muy lentamente, como hace un lobo ante su presa. El chaval aún se notaba transpirado por los esfuerzos realizados durante la clase de Gimnasia; su frente estaba perlada de sudor casi seco y su camiseta blanca se percibía húmeda a la altura del pecho (se le marcaban los pezones como si fueran dos pequeños asideros) y también bajo las axilas.

-Deduzco que te has portado bien hasta ahora porque ya tenías esto en mente. Todo el claustro de profesores me ha felicitado por el cambio que has dado y yo me he dejado adular por ellos sabiendo que en el fondo no he hecho nada; que todavía no he tenido que hacer nada para domarte –le puso las manos en los hombros mientras le hablaba cerca de la oreja-. Me has puesto en una posición complicada, Fede, porque si de repente volvieras a ser el gilipollas que eras hasta el verano pasado... –deslizó las manos despacio por sus brazos, palpando la carnosa rigidez de sus bíceps-...si lo hicieras se reirían de mí pensando que he perdido mi autoridad, que ya nadie me respeta, todos creerían que soy un fracasado...

Moreno le olisqueó el cuello mientras metía las manos por debajo de la camiseta; Federico tan sólo escuchaba y se dejaba hacer sabiendo que aún no era el momento de decir nada, que el profesor estaba siendo seducido sin que a él le costase el más mínimo esfuerzo.

-El pequeño Ignacio huele a ingenuidad pero tú... –le hizo levantar los brazos para poder quitarle la camiseta sudada; luego plantó su nariz bajo una axila-. Tú apestas a sexo, cabrón…

Federico se dejó lamer los cuatro pelillos, juntó las manos en su nuca e hizo fuerza para que sus bíceps se endurecieran; la vanidad se le resbalaba por los poros, le encantaba sentirse deseado porque eso le llenaba de poder. Los dedos de Cristo fueron deslizándose por su pecho hasta que contactaron con el botón erecto de sus pezones, eso le hizo proferir un débil gemido que pareció enloquecer al profesor:

-¿Quieres ser el amo de este puto colegio? Yo puedo lograr que lo seas, Vázquez. No volverás a suspender ningún examen, no volverás a recibir ningún castigo y tendrás todo lo que desees y que yo te pueda conseguir, incluido ese rubito delicioso por el que los dos suspiramos –dejó que sus manos resbalaran por el abdomen contraído del chaval, que llegasen hasta su pantalón de chándal, que se internaran en él-. A cambio sólo te pediré que seas un niño bueno y que te conviertas en mi ojito derecho.

-¿Eso quiere decir que sea tu putita, profe? –le rodeó a Moreno la nuca con un brazo y le habló pegado a su boca.

-Más bien que sea yo la tuya –le rectificó Cristo chupándole la barbilla.

Federico notó las manos del profesor sobre su calzoncillo efectuando caricias toscas, unas refriegas bruscas que consiguieron atemperar su polla. Pensó que no había entendido bien la frase, pero luego se acordó de Manolo, el amigo de su padre, aquel cabrón con pinta de sargento chusquero que se ponía las ropas de su esposa y se dejaba hacer de todo por él… Aquello le entusiasmó: “¿tendrá Moreno los mismos gustos?”, se preguntó.

-¡Sígueme! –le ordenó don Cristóbal caminado hacia el fondo del gimnasio.

Federico le obedeció y siguió sus pasos dejando la camiseta tirada en el suelo. Siempre se había preguntado qué había detrás de aquella portezuela de madera carcomida, y por lo visto estaba a punto de descubrirlo. Moreno empujó la puerta y se hizo a un lado. “¡Entra!”, le dijo. Dentro había un cuartucho de unos 3x3 metros que debía utilizar el hombre a modo de cambiador, con una letrina y un grifo de ducha; en el suelo de piedra tan sólo un pequeño desagüe. Federico accedió al interior y miró a su alrededor sintiendo la suciedad y el morbo de aquella estancia casi en penumbra, iluminada sólo por una triste bombilla de baja potencia que colgaba penosamente del techo. Parecía el interior frío de una nevera, puede que a causa de la pequeña ventana alta que no tenía cristal ni protección alguna contra el invierno.

-Quiero verte mear –le dijo Cristo sin preguntarle si tenía ganas de hacerlo.

Por suerte Federico se había empalmado un par de veces durante la clase de Gimnasia, y eso siempre le dejaba la vejiga llena. Sonrió ante aquella petición inesperada y se plantó frente al meadero. El profesor se colocó a su lado sin apartar su mirada del pantalón deportivo del chaval.

-Cuando acabes no te la sacudas –susurró el hombre con ojos encendidos; a sus palabras las acompañó un fugaz hálito de vaho, porque la estancia estaba realmente fría, incluso más que cualquier otro rincón del internado en el que Federico hubiera estado antes.

Se bajó el chándal y el calzoncillo por delante dejándolos sujetos bajo sus huevos; tenía la polla algo crecida así que tendría que concentrarse un poco antes de ser capaz de mear. Trató de no pensar en lo excitado que estaba, hizo lo posible por visualizar su propio conducto urinario para darle la orden de evacuación, pensó en el frío que le atenazaba las pelotas… Moreno parecía ansioso, no dejaba de contemplar aquel rabo adolescente de buen tamaño, con medidas casi de adulto; los pelitos que lo rodeaban le conferían un aspecto delicioso a ojos del profesor, que tal vez para contemplarlo mejor se acabó arrodillando junto al meadero.

-Quítate esto primero... –alargó ambas manos y tiró de la ropa de Federico hasta que le sacó pantalón y slip por los pies; entonces la miró de cerca.

Acarició el culo del chico y observó esa polla que se bamboleaba a pocos centímetros de su cara. Estaba deseando verla dura, pero sobretodo le invadía la impaciencia por metérsela en la boca y sentir cómo crecía contra su lengua… Miró hacia arriba con la urgencia del que no puede resistir una tentación demasiado grande; le urgió a mear con ojos ansiosos, parecía gritarle “¿a qué coño esperas?”

Entonces arrancó el flujo de pis, primero salió un tímido chorro amarillo y luego ya comenzó a fluir de aquel glande descapullado una meada potente que dio de lleno contra la loza sucia de la letrina. El contraste de temperatura entre el cuartucho frío y el pis caldeado provocaba un leve vapor que enseguida se diluía en el aire. Federico sintió la mano del profesor asiendo su nalga derecha, le vio aproximarse unos centímetros más y pensó que seguramente no le importaría demasiado que le salpicase; por eso varió apenas unos grados la trayectoria de su pene convertido en fuente de modo que el pis rebotaba ahora contra la loza en forma de numerosos y pequeños proyectiles líquidos. Cuando el hombre acercó la cara al meadero empezaron a salpicarle tanto en la mejilla como en el mostacho finas y cálidas gotas que le hicieron mirar hacia arriba.

-Parece que me tienes calado, Vázquez... –le dedicó una sonrisa que el chaval correspondió con otra igual de satisfecha.

El profesor sacó la lengua y Federico lamentó no tener una reserva en su vejiga con la que empaparle de arriba abajo, se conformó con mover un poco su verga y dejar que lo que le quedaba por sacar impactase contra aquella lengua. Al instante le vio el jovencito abrir la boca y meterse dentro su sexo sin contemplaciones… Aquello le volvió loco, era la primera vez que hacía algo semejante, su polla todavía goteaba cuando Cristo se la había zampado con gula; le notó jugueteando con los labios y enseguida se le puso tiesa. Moreno le empezó a masturbar con la punta de la lengua hurgando en la rajita de su glande.

-¡Pajéate tú! –le ordenó luego mientras le soltaba la polla y se afanaba en acariciar su propio pantaloncito verde; dejó su lengua fuera mientras le oía jadear-. Creo que tú y yo nos vamos a entender muy bien, Vázquez… que vamos a formar un equipo de puta madre…

-Abre… la boca… que me corro… oohhh…

Se iniciaron los espasmos y el silencio de ambos acompañó una corrida espesa y abundante que llenó la boca del profesor haciendo que algo de semen se le resbalara por la comisura de los labios y se le pegara en el bigote. Se relamió con gula mientras Federico le apretujaba el capullo pringado contra las mejillas, raspándose el glande con la barbita de Moreno. Éste se lo chupó, lo limpió con dedicación durante varios segundos. Luego el hombre suspiró, ni siquiera un gemido… y se empezó a apreciar un cerco de humedad mojando su pantaloncillo verde.

Federico miró hacia abajo; sabía que Cristo no llevaba nunca ropa interior (todos en el internado lo sabían) y que por eso su lefa había provocado aquel manchurrón tan visible y morboso en la tela verde. Se había corrido sin llegar a sacársela siquiera.

¡¡ El próximo LUNES más !!



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