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Fecha: 13-Feb-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Private School: Especial Fede Vázquez (05/18)

jonascrespo
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(Incluye breve resumen) Fede va a ser la musculosa cobaya de un experimento planeado por el profesor Moreno para despertar la libido de los jovencitos alumnos de 4ºB. Poco a poco el ‘héroe’ se hará con el control de la situación. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

RESUMEN: a Federico no le cuesta mucho asumir que tiene un nuevo tutor, y en cuanto empieza a conocerle a fondo (al profesor Cristóbal Moreno le encantan las pollas jóvenes y gusta de ser humillado en la intimidad) las cosas empiezan a pintar pero que muy bien para él... Un día el hombre le pide a Federico ayuda para un proyecto que arrancará con los alumnos de 4º B. En qué consiste es una incógnita, pero tratándose de ‘Cristo’ seguro que será algo muy morboso…

5.1       Una especie de súper héroe

Cristóbal Moreno salió del cuartucho del fondo del gimnasio sólo un par de segundos antes que Federico Vázquez. Éste no tenía muy claro lo que iba a pasar y aún le daba vueltas a la idea de que su tutor quería buscar cinco candidatos de ese grupo de chavales para… bueno, para algo que no estaba claro todavía.

-¡Muy bien, muchachos, por ahora es suficiente! Pueden dejar de correr y recuperar el aliento unos segundos mientras se sientan todos aquí delante –les dijo el profesor a los chavales de 4ºB con Federico guardándole las espaldas-. ¿Todo en orden, Verdejo?, ¿no se ha producido ninguna irregularidad en mi ausencia?

-Ninguna… don Cristóbal… –le dijo Arturo Verdejo, delegado del curso, con la voz entrecortada por la fatiga.

-Entonces siéntense, ¡vamos!

Mientras los alumnos obedecían y el hombre les contaba enseguida el motivo por el que Vázquez les visitaba aquella mañana, éste se dedicó a observar a los 24 críos tal y como Moreno le había pedido. Entre ellos estaba Ignacio Lapresta con sus preciosos ojos azules abiertos de par en par; a su lado el pequeño orejón Saúl Villas que era su mejor amigo. No cabía duda de que Nacho iba a ser uno de los cinco elegidos. Cristo les habló sobre anatomía, sobre músculos, esfuerzo, cuerpos fibrados, brazos poderosos, abdominales marcados, pectorales firmes, muslos potentes…

-Por favor, Vázquez, ¡quítese la camiseta!

Aquella petición le sacó del ensimismamiento con que contemplaba a aquellos chiquillos ingenuos; pero no tardó en cumplir con su parte, sin denotar que no estaba convencido de que fuera buena idea. Federico se quitó la camiseta mientras miraba a todos los niños de 4ºB que le contemplaban con fascinación, un alumno de último grado, grande y fuerte como soñaban ser ellos algún día. El profesor también escrutaba su cuerpo, aunque en su caso menos fascinado (lo conocía ya profundamente) que imbuido por el morbo que le producía ser el que había propiciado aquella semi desnudez tan sensual y provocativa.

-Ahora entenderán por qué he escogido al señor Vázquez, ¿no? –les dijo Cristo a sus pupilos con una leve sonrisa-. Cuélguese de la espaldera.

Federico lanzó la camiseta al suelo y subió un par de barras antes de darse la vuelta, cogerse a uno de los últimos peldaños y quedar literalmente colgado de sus brazos. Comenzó a recoger y estirar las piernas con aparente relajación, como si no le supusiera ningún esfuerzo; eso contrajo y expandió las duras ondulaciones de su abdomen. Luego recogió y estiró sus brazos con algo más de dificultad y eso provocó que sus bíceps se tensaran y aparentaran dos enormes bolas de helado... La mirada repleta de fascinación que le dedicaban los 24 niños (y el excitado profesor) hizo borbotear su vanidad sin remedio. Se quedó colgando de un solo brazo a modo de simio y utilizó la mano libre para acariciarse la cintura; después cambió de brazo y repitió la acción.

-Muy bien, Vázquez, puede bajar –Cristo miró a los chicos-. Ahora quiero un voluntario.

El primero en levantar la mano, incluso antes de concluir Moreno la frase, fue Arturo Verdejo, delegado y pelota oficial de aquel grupo.

-Acérquese, Verdejo –le dijo el profesor-. Ahora quiero que toque el estómago de su compañero de último grado y me diga lo que le parece.

Arturo estiró una mano tímidamente y la plantó sobre los marcados abdominales de Federico, que se contrajeron levemente con el contacto.

-Está muy duro –comentó casi con sonrojo.

-Ahora los brazos…

Federico tensionó su bíceps haciendo que los ojos del crío casi se desorbitaran. Cuando lo tocó lo hizo como si acariciara un jarrón de porcelana.

-Jolines, parece una piedra.

-Puedes colgarte de él, si quieres –propuso el dueño de aquella anatomía digna de examen.

Moreno sonrió al escuchar aquello y asintió con la cabeza cuando Arturo le miró como pidiendo permiso. El pequeño se sujetó con fuerza y levantó los pies del suelo, despertando con ello suspiros de admiración entre sus compañeros al ver que Vázquez era capaz de sostenerle en el aire sin apenas esfuerzo.

Durante los siguientes veinte minutos de la sesión, un descamisado y soberbio Federico se convirtió en el mono de feria y juguete de aquellos muchachitos que peinaron cada rincón de su torso con dedos ansiosos. Entre él y Moreno les enseñaron y explicaron algunos sencillos ejercicios con los que podían fortalecer determinadas partes del cuerpo. Fue una clase teórica y práctica, pues los críos también trataron de imitar sus movimientos en la espaldera y algunos otros que les mostraron.

Luego el profesor les mandó al vestuario diez minutos antes de lo acostumbrado; les dijo que no se cambiaran todavía, que esperasen allí sin armar mucho escándalo. Cuando hubieron desfilado los 24 chiquillos comentando entre susurros lo divertida y emocionante que había sido aquella clase, tan diferente a lo habitual, Federico y Cristóbal se quedaron a solas en el gimnasio.

-No, no te pongas la camiseta –le dijo el profesor-. Tu trabajo aún no ha terminado.

-Ya... –murmuró Federico acercándose a él-. Es ahora cuando te voy a agradecer que me hayas conseguido el cambio de dormitorio, ¿no?

-Pues no, eso será en otro momento –le frenó y dio un paso atrás-. Lo que toca ahora es que me des sus nombres, que me digas quiénes son los cinco chavales que has seleccionado.

Durante toda la sesión Federico había estado pendiente de mirar a los chicos y analizarles a instancias de Cristo en busca de aquellos que estaban destinados a pertenecer a un enigmático grupo de élite. Les había preguntado su nombre a muchos de ellos, a medida que sus preferencias iban variando. De repente uno le miraba con ojos achispados y carita sonriente, entonces se interesaba por su identidad; otro le acariciaba con más ímpetu del esperado, a ése le anotaba en su voluble y subjetiva agenda mental... y fue así que conformó la lista definitiva.

-Si supiera lo que estás buscando exactamente, profe, tal vez hubiera resultado más fácil. Pero no me has dado muchas pistas.

-Lo has entendido perfectamente, Fede, no me hagas explicártelo como si fueras idiota.

-Pero son sólo unos críos, resulta complicado ver algo de sexual en ellos.

-No me jodas, chaval, que me apuesto lo que quieras a que muy pronto vas a meter en tu cama a uno de esos “críos”, uno rubito de ojos azules concretamente, así que no me vengas con cuentos y dime quiénes son antes de que suene el timbre. Tienen que cambiarse para la siguiente clase y no tengo notas de excusado para todos.

-Está bien. Por supuesto que Nacho es uno de ellos, pero hemos acordado que es mío en exclusiva para los próximos siete meses así que no sé si debe estar en esa lista.

-Puede estar en ella, no te preocupes que una cosa no quita la otra, seguirá siendo tuyo. ¿Quién más?

-Su amiguito el orejas-de-soplillo también apunta maneras y me consta que son inseparables…

-Saúl Villas, está bien, ¿y los otros?

-El niño repelente que les hace de delegado ha saltado sobre mí sin pensarlo, supongo que eso le hace merecedor de un hueco en esta lista.

-Lapresta, Villas y Verdejo… Buena selección –Moreno sonrió-. Dos más.

-Uno que tiene el pelo muy oscuro, cortado a tazón, creo que se llama Nico… Se me ha arrimado mucho todo el rato, me miraba como embobado e incluso diría que me ha tocado el culo en un despiste.

-Sí, ése es Nicolás Prado, está claro que tienes buen ojo y que pensamos muy parecido porque siempre he creído que ese crío acabará chupando pollas tarde o temprano… Y por último ¿quién?

-Ha habido uno que me estaba mirando el paquete disimuladamente. Le he pillado un par de veces. Muy delgado, con el pelo castaño casi rapado, tiene una ceja partida…

-Mmm, se llama Santi Miranda… su padre es un borracho hijo de puta, creo que le zurra de lo lindo. Según me ha contado Nacho, siente predilección por lo escatológico, siempre está hablando de cagar y de mierdas así –Moreno se quedó un instante pensativo mirando a Federico; luego sonrió-. Qué cabrón, ¿lo ves como eres bueno en esto? No podrías haber elegido mejor.

-Muchas gracias por alabar mi criterio ¿pero ahora qué?

-Ahora vas a esperar aquí mientras mando a los chicos a la siguiente clase. Tardo dos minutos.

Dicho esto, el profesor Moreno se alejó y Federico quedó solo en el gimnasio. Supuso que se perdería también la clase de Latín porque había llegado el momento de cumplir con Cristo; por suerte éste se había comprometido a pasarle aquellos exámenes para los que no se sintiera suficientemente preparado. Sonrió al imaginarse follando con todos los profesores a cambio de unas calificaciones excepcionales… Quiso estar preparado así que caminó hasta el cuartucho y echó una buena meada. Luego pensó en ofrecerle a su tutor un recibimiento adecuado pero mientras se bajaba el pantalón de chándal escuchó sonido de voces en el gimnasio. Hacía sólo un par de minutos que había sonado el timbre, tal vez fuera otro grupo que tenía clase de Gimnasia con Moreno. Entonces comprendió que iba a tener que repetir el mismo numerito también con éstos. De modo que se puso la camiseta y salió.

-Menos mal, Vázquez, ya creí que se había ido –le dijo el profesor en la distancia; a su lado cinco alumnos de 4ºB: Ignacio Lapresta, Saúl Villas, Arturo Verdejo, Nicolás Prado y Santiago Miranda.

Los cinco elegidos.

5.2       Cinco para uno

Federico se quedó de piedra; todos le miraban expectantes y seguían con el uniforme deportivo de la escuela. Ignacio le dedicó una sonrisa tímida, como si supiera que estaba allí porque él le había seleccionado.

-Bueno, muchachos, ya les he dicho que les firmaré notas de excusado a los cinco, así que no deben preocuparse por la clase de Cálculo. Y con usted, Vázquez, deduzco que no habrá problema ninguno en que nos acompañe, ¿verdad?

-Ningún problema, don Cristóbal.

-Me alegra oír eso –Moreno sonrió bajo su poblado bigote; tenía los ojos achispados como si hubiera bebido más de la cuenta, pero sólo era la excitación-. Puede volver a quitarse la camiseta, si es tan amable, porque me ha parecido que estos cinco jovencitos han estado especialmente atentos durante la clase extraordinaria de hoy. ¿Les ha gustado la lección de anatomía?

Asintieron los cinco sin palabras pero con firmeza. Mientras tanto, Federico se quitó la camiseta con una sola mano en un gesto de chulería innecesario pero sensual y convincente, muy propio de un súper héroe.

-Y ya que estamos en un ambiente más íntimo, sin tanto ajetreo como hace unos minutos, tal vez pueda quitarse también los pantalones. Somos hombres y estamos en confianza, ¿no?

De nuevo los muchachos asintieron a las palabras del profesor con gestos de conformidad y en este caso algo de emoción contenida. Por las miradas que se cruzaron entre ellos daba la impresión de que iban a resultar un grupo lleno de complicidad. Federico se llevó las manos a la cintura y tiró del elástico del chándal con los pulgares dejando enseguida su ropa interior y sus muslos al descubierto. Lo tiró junto a la camiseta quedando una imagen de postal con aquel cuerpo escultural embutido en un slip blanco ajustado y con las deportivas y los calcetines puestos.

-No hace falta decir que esta clase particular de anatomía debe quedar entre nosotros, que será nuestro pequeño secreto porque no queremos que sus compañeros se sientan envidiosos o menospreciados por no estar aquí… simplemente les dirán que se quedaron a ayudarme a dejar el gimnasio preparado para las actividades deportivas de esta tarde. También quiero dejar claro que son libres de marcharse cuando lo crean conveniente, sin que eso vaya a interferir en la opinión que tengo de ustedes. Y ya que estamos casi entre amigos, muchachos, si lo desean también se pueden despojar de sus camisetas.

Arturo el pelota fue el primero en hacerlo, como si las palabras de don Cristóbal fueran órdenes encadenadas. Su estatus de delegado le obligaba a ser pionero; le imitaron Ignacio y Santiago Miranda, con lo que la presión social llevó a los otros dos a seguir la misma senda. Con los cinco a pecho descubierto (todos ellos lampiños y en proceso de formación), Federico se acercó lo suficiente como para apartar sus camisetas del suelo con el pie.

-Bueno, muchachos, ahora dejaré que sea Vázquez el que dirija esta clase práctica. Hagan como si yo no estuviera, ¿de acuerdo? Federico se queda al mando.

-¿Usted se va, don Cristóbal? –le preguntó Arturo.

-No, simplemente me quedaré ahí sentado para asegurarme de que todo va bien –avanzó un par de pasos hasta su pupilo y se acercó a su oído-: Son todo tuyos, Fede, no me decepciones.

Luego se alejó y Federico se quedó allí plantado, casi desnudo y sin saber qué hacer, mirando a los chiquillos como si le hubieran dejado frente a una jauría de cachorros hambrientos. Por suerte estaba entre ellos el alumno aplicado que siempre quería quedar bien; de los seis (incluyendo a Federico), puede que fuese Arturo el que tenía más claro de qué trataba todo aquello:

-¿Podemos volver a tocarte? –preguntó con prudencia.

-Claro que podéis, Verdejo, ven y toca lo que quieras –le dijo con chulería, porque no podía dejar que pensaran que se sentía algo intimidado ante una misión para la que nadie le había instruido; una misión que ni siquiera él sabía cuál era.

Federico vio cómo el aplicado muchachito se acercaba con su pelo bien peinado y una mano casi alzada que fue directa al centro de su pecho. Entonces lo pensó, que si había convertido a un tío de aspecto tan macho como Cristo en su putita particular, bien podría enfrentarse con aquellos cinco mocosos sin que se le subieran a las barbas. Por eso cogió la manita exploradora de Arturo y le chupó el índice y el pulgar antes de conducirla hasta uno de sus pezones erectos. Santiago Miranda llegó junto a su compañero con esos mismos dedos metidos en la boca; dicen que aprendemos por imitación y Santi parecía uno de esos chicos que aprenden rápido. Enseguida le tuvo pellizcando suavemente su otro pezón mientras miraba hacia arriba con aire risueño. A pesar de la ingenua sonrisa que le dedicó, su ceja partida le hacía mostrar una expresión triste; Federico estiró una mano y le acarició con cuidado la cicatriz encima del ojo:

-¿Te duele? –le preguntó.

-Ya no –musitó el crío con los labios ligeramente arqueados.

El mayor se inclinó entonces hacia adelante y le besó la ceja partida. Enseguida notó dos manos en su espalda; puesto que Ignacio y Saúl estaban colocados cada cual junto a una de sus caderas, dedujo que era Nicolás Prado el que recorría sus lumbares con las palmas bien abiertas. Le acarició la mejilla a su querido Nacho después de retirarle el flequillo rubio de la cara; le besó la frente y se acercó a su oído:

-Desde mañana seré tu compañero de cuarto –le dijo.

Después le besó la mejilla y finalmente los labios; un beso fugaz, sólo un leve contacto. Santiago se había acercado tanto que le tenía olfateando su cuello, y también a él le besó los labios un instante; Arturo, delegado aventurero y atrevido, había sacado la lengua para chuparle el pezón del que se había adueñado por completo; Saúl estaba de rodillas y le palpaba el muslo izquierdo como si comprobase la madurez de una sandía; y a su espalda Nicolás calculaba la amplitud de sus caderas con los pulgares bordeando el elástico de su calzoncillo.

-Sabéis qué, chicos… creo que vosotros también deberíais quitaros los pantalones –les dijo a modo de propuesta pero consciente de que lo iban a hacer sin replicar.

Sintió algo de frío cuando las diez manitas cálidas dejaron de tocarle. En la distancia el profesor Moreno se mostraba extasiado, se acariciaba discretamente entre las piernas. Federico sabía que le estaba dando a su tutor justamente lo que éste deseaba. Los cinco muchachos perdieron rápido los pantalones, la vergüenza se la habían dejado en el vestuario y habían regresado de allí con una mochila de desinhibición muy agradecida. Los calzoncillos eran idénticos al suyo, slip blanco de algodón (los únicos permitidos, norma del internado), y mostraban abultamientos desiguales. Santiago y Arturo, los más lanzados desde el principio, se mostraban algo empalmados; los otros abultaban poco, lo lógico en su edad. Federico se estaba conteniendo de un modo consciente para no resultar una amenaza, no quería que una erección descontrolada les echara para atrás, la experiencia adquirida con los años le hacía muy capaz de manejar su excitación a conveniencia. En cuanto lo considerase oportuno, dejaría que la sangre regara su polla y la pusiera al límite de su dureza, pero mientras tanto…

-Está bien, chicos, ahora quiero que toméis vosotros la iniciativa. Por ejemplo, vosotros dos –señaló directamente a Santi y Arturo-, ya que os veo bastante animados, vais a coger dos cintas de tela de las que tiene el profesor Moreno en aquel saco y os vais a vendar los ojos.

Nicolás era el que más cerca estaba del saco (y sin duda el que mejor culo tenía de los cinco, por lo que pudo comprobar en ese momento), así que extrajo un par de trozos de tela y entre él y Saúl les cubrieron los ojos con ellas. Ignacio permaneció junto a Federico; éste le acarició la cabeza y después le dio un suave empujón en la espalda:

-Vamos, ve con ellos –le susurró, acompañándole un par de pasos-. Perfecto. No veis nada, ¿verdad? Ahora os van a traer dos colchonetas para que os tumbéis en el suelo.

Nico y Saúl volvieron a encargarse mientras Federico se agachaba frente a Santiago. Le miró un instante el calzoncillo que tenía frente a sus ojos, con la picha algo empinada hacia la derecha; estaba deseando vérsela.

-Deja que te quite las zapatillas y los calcetines, y tú –miró a Ignacio- haz lo mismo con Arturo.

Mientras ellos descalzaban a los muchachos que no veían nada, los otros dos se afanaban en arrastrar dos colchonetas que dejaron muy cerca. Federico e Ignacio les acompañaron hasta ellas y los chavales enseguida se dejaron caer boca abajo.

-¿Estáis cómodos? –Federico esperó a que asintieran.

Les contó entonces las normas de aquel juego que fue improvisando y los muchachos las escucharon con un entusiasmo y una excitación difíciles de contener. Cuando resolvió todas sus dudas, Federico dio la voz de inicio y el silencio se hizo casi palpable en la enormidad del gimnasio. Señaló a Saúl y Nicolás antes de cabecear en dirección a Arturo, indicándoles así que a ellos les iba a tocar ocuparse del delegado. Los chavales se miraron y caminaron casi de puntillas hasta acabar arrodillándose uno a cada lado del cuerpo relajado de su compañero. Ignacio se movió hacia Santiago, el otro chaval tumbado, y también se arrodilló junto a él. Federico dirigió un vistazo rápido al profesor Moreno que había conseguido mimetizarse con la pared y daba la impresión de que no estaba. Pero estaba muy presente, desde luego, utilizando la mano para sobarse la polla cada vez con más descaro; se le empezaba a asomar por debajo del pantaloncito verde. Cristóbal miró al mayor de sus alumnos negando con la cabeza y sonriendo, como si le dijera: “eres mi héroe, chaval”.

Aún se quedó Federico un instante en pie, mirándoles desde las alturas. Se sintió muy orgulloso de lo que su imaginación calenturienta había conseguido. Ahora empezaba la fiesta de los sentidos...

¡¡ Mañana más !!



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