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Fecha: 23-Feb-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Private School: Especial Fede Vázquez (08/18)

jonascrespo
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Un dulce despertar como colofón a la caliente y culinaria despedida de la noche anterior. Luego Fede y Nacho inician su convivencia, y descubriremos el secreto mejor guardado de la escuela St.Mikael’s... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

RESUMEN: el tutor de Federico, ese nazi insaciable, ese morboso voyeur y fetichista absoluto llamado Cristóbal Moreno, le ha concedido a su alumno favorito el capricho de mudarse a la habitación del rubito de oro, su niño consentido... y aunque todavía no comparten dormitorio, Federico e Ignacio ya han tenido la primera discusión “de pareja” por culpa de los celos... Ajeno a esas cuitas, Gabriel se ha despedido de su mejor amigo y casi ex compañero de habitación del mejor modo posible: la velada con Federico se inició entre los vapores de un porro, siguió aderezada por unos chorizos grasientos y acabó bañada en esperma. Incluso volvieron a follar de madrugada, con sus tres compañeros de cuarto durmiendo al lado...

8.1       Amigos que se besan

Los alumnos de la escuela St.Mikael’s se levantaban a las siete de la mañana, tenían media hora para asearse y vestirse y una hora para desayunar antes de empezar las clases.

Eduardo Carreras, joven de 9º grado, solía ser el que se encargaba por las mañanas de apagar el despertador y subir las persianas en vez de encender la luz, porque en aquel dormitorio preferían arrancar la jornada en penumbra que verse invadidos por la molesta luz artificial de las bombillas. Después de silenciar el chirriante pitido del reloj que había en su mesita de noche, Eduardo se sentó aquel viernes en el borde de su cama y se frotó los ojos antes de ponerse en pie. Notó la tirantez en el pantalón de su pijama pero no le dio importancia. Tanto él como sus compañeros solían levantarse empalmados casi todos los días, nada que una buena meada no solucionase, así que simplemente estiró el brazo y subió la persiana que había junto a su cama.

A mediados de noviembre no empezaba a clarear hasta más tarde, de modo que sólo pudo intuir sombras en el interior de aquella habitación; pero eso bastó para darse cuenta de que había otra cama vacía aparte de la suya. Mirando más allá descubrió el motivo: Federico Vázquez se estaba destapando y desperezando en la cama de Gabriel Artero. Iba desnudo y mostraba un rabo algo más que crecido. Se tocó el suyo por encima del pijama con disimulo... ¡menudo flipe!, pensó.

-¿Qué pasa, Carreras?, ¿es que nunca has visto una polla? –le preguntó Federico sin alzar la voz.

-No, perdona... es que he visto que no estabas... Bueno, déjalo, perdona... –repitió dándose la vuelta y cogiendo sus cosas de aseo.

En menos de un minuto había salido del cuarto. Federico se puso en pie y tanteó sobre su cama hasta dar con el calzoncillo; se lo colocó sin prisa mientras los otros tres se hacían los remolones con pereza, sin ganas de abandonar el confortable descanso de sus lechos.

Pasaban unos minutos de las siete y media cuando Gabriel y Federico se quedaron al fin solos en la habitación, después de haber ralentizado todas sus acciones con la única intención de que los otros chicos que dormían allí se fueran a desayunar y les dejasen un último aliento de íntima compañía antes de dar por cerrada su relación como compañeros de dormitorio.

-¿Crees que va a decir algo? –le preguntó Gabriel, después de que su amigo y amante le contase la anécdota de minutos antes.

-Seguro que ya se lo habrá largado a los otros, pero si te molesta que lo haga le busco en el comedor y le hago cerrar el pico. Carreras no lo contará por ahí si se lo pido de buenas maneras.

-Déjalo, que ya me conozco tus “buenas maneras”... –su amigo sonrió y se le fue acercando-. No me importa que Edu se lo cuente a todo el mundo. Para el tiempo que nos queda aquí dentro, no creo que nos vayan a tocar los cojones porque hayamos pasado la noche juntos. Y aún menos a ti.

Gabriel estaba perfectamente vestido con el uniforme de la escuela (los días que no tenían Gimnasia no estaban obligados a llevar el chándal), y a Federico sólo le quedaba por ponerse la camiseta y la chaquetilla (él jamás se ponía el uniforme, prefería la ropa deportiva: “suave, cómoda y fácil de quitar”, decía siempre). Notó los brazos alrededor de su cintura, la barbilla apoyándose en su hombro:

-Lo de ayer te hizo subir dos posiciones en el ránking de mis deseos, cabrón... –le dijo Gabriel mientras le abrazaba-. Con lo bien que nos entendemos tú y yo, tendrás que volver a recordarme por qué coño no somos novios.

Federico se dejó arrullar y besar el cuello, acompañó las manos de Gabriel por su estómago y dejó caer la cabeza hacia atrás.

-Porque la cagaríamos –le dijo-. Dentro de siete meses saldremos de esta cárcel y ya seremos dos hombrecitos buscándose un futuro. Entonces ya veremos lo que ocurre, pero mientras sigamos aquí…

-Sólo follaremos, ¿no? –sus manos fueron entrando bajo el pantalón.

-Eso es. Follaremos entre nosotros y con otras personas, pero sin utilizar palabras que signifiquen compromiso.

-Cómo te gusta ser el jefe, cacho perro... Oye, ¿por qué no nos saltamos esta mañana el desayuno?

-Eres un mamón, Gabi... –Federico tenía la polla fuera-. Ayer ya no fuimos a cenar... no deberíamos pasarnos de la raya...

Se morrearon sin variar de posición mientras Gabriel masturbaba a Federico sin prisa. Luego éste se giró y le quitó el jersey de cuello de pico con el logo de la escuela; le empezó a desabrochar la camisa blanca al tiempo que volvían a besarse... y justo entonces unos golpes en la puerta les cortaron el rollo. Por suerte se trataba de alguien con la desacostumbrada idea de que una puerta cerrada implica intimidad. Pero Federico no se guardó la polla con prisa porque no temía que le pillaran haciendo algo indebido; estaba de vuelta de todo y le habían dado poder suficiente como para creerse el amo del lugar.

-Buenos días, enano –le dijo nada más abrir la puerta.

-Hola, Fede, ¿podemos…? –Ignacio Lapresta se fijó en la muy abultada entrepierna de Federico-. ¿...hablar?, aunque a lo mejor estabas... no sé, ocupado.

-Lo estaba, pero no te preocupes. Pasa, hombrecito, no te cortes... así verás la que va a ser desde hoy mi ex habitación.

Abrió más la puerta cediéndole el paso e Ignacio se adentró en el dormitorio 2-12; arrufó la nariz porque aquel cuarto debía oler a lo que huelen todos los cuartos que comparten cinco adolescentes. Gabriel estaba con la camisa a medio desabrochar (o abrochar, según diría la lógica por la hora de la mañana que era), y no hizo nada por cubrir su torso:

-Vaya, pero si es tu nuevo compañerito de habitación... ¿Qué tal? –le saludó-. Espero que cuides bien a mi amigo, chaval, porque te llevas al mejor colega que tengo.

-Lo cuidaré, no te preocupes –respondió el crío con tono formal, tomándose en serio las palabras del mayor.

-Te veo en el comedor, ¿vale?

Federico despidió a su amigo con un beso en los labios y enseguida se giró hacia Ignacio para analizar su reacción. Gabriel se vistió en pocos segundos y les dejó a solas. El pequeño miró a su alrededor y tal vez le llamó la atención comprobar que las paredes estaban desnudas, pero no fue ese hecho el que centró su pregunta:

-¿Ese chico es tu novio?

-No, qué va... es mi mejor amigo, como tú y el orejas-de-soplillo de Saúl. Si tienes suerte, cuando vayáis a último grado le querrás tanto como quiero yo a Gabi.

-¿Pero estabais…? –Ignacio dejó la frase en el aire a propósito y le miró un instante entre las piernas.

-Sí, Nacho, estábamos. Pero no seas curiosón porque eres el primero que nunca sueltas prenda. Y dime a qué debo el honor de tu visita mañanera. Espero que no hayas venido para discutir otra vez, porque es muy temprano y necesito mi colacao.

-No, no vengo a discutir. Sólo quería decirte que ayer fui un poco borde y que lo siento. Que tú y yo podemos tener los amigos que queramos y nunca te volveré a decir que no me gusta que tengas otros amigos… Lo iba a decir por Santi, pero lo digo por todos, por los que sean.

Lo soltó casi de carrerilla, tal y como se deben decir los discursos ensayados. Federico se mostró sorprendido, sin duda no esperaba una pelea tempranera, pero tampoco una disculpa tan sensata, pues al fin y al cabo, a pesar de los bajos instintos que Ignacio le despertaba no dejaba de ser un niño demostrándole ahora que podía comportarse de un modo casi adulto si quería.

-Vaya, peque, me has dejado de piedra, eso ha sonado muy bien.

-Es que ayer no me gustó verte con Santi, pero luego lo pensé mejor y me di cuenta de que había sido un tonto, que si nos vamos a enfadar por esas cosas, entonces va a ser un rollo compartir habitación. Y yo no quiero que sea un rollo porque me apetece mucho.

-A mí también –estiró una mano y le acarició la mejilla-. Lo estoy deseando, Nacho… Pero me ha gustado mucho que me digas esto, y yo te voy a decir lo mismo: tú también puedes estar siempre que quieras con tu amigo el soplillo, o con cualquier otro, no te volveré a pedir que dejes de estar con nadie para estar conmigo. O sea que estamos en paz, ¿no?

-Estamos en paz –Ignacio asintió con una gran sonrisa.

Federico se inclinó hacia sus labios y se los besó un par de segundos; luego retiró el flequillo de su frente:

-No me mires así, enano, ya has visto que me gusta besar a mis amigos...

8.2       La confesión

Aquella misma noche, a Ignacio le invadía una especie de euforia controlada mientras observaba a Federico desempaquetando sus cosas en el dormitorio 4-23. Siempre se había sentido afortunado de tener una habitación para él solo, pero ahora que le tenía delante, sacando sus chándales y demás cosas de aquella mochila, no pudo imaginar algo mejor: Federico Vázquez, alumno de último grado grande y fuerte, su guardián, su protector, su nuevo amigo... Sentado sobre su cama, le contemplaba embelesado. Habían quedado en que Federico ocuparía la cama del otro lado, dejando las tres libres en medio.

-¿No te vas a poner el pijama? –le preguntó Federico cuando ya tenía las cosas más o menos ordenadas.

-No tengo. Yo duermo en calzoncillos.

-Ah, bueno, yo tampoco uso pijama... Sólo lo digo porque quedan diez minutos para el toque de queda y te has pasado sentado ahí como media mirándome sin hacer nada.

-Ya, jaja... –el pequeño se puso un poco colorado-. Es que se me hace raro ver a alguien más en la habitación, pero ya no te miro más.

-Oye, que no me importa –sonrió el mayor-. Puedes mirarme todo lo que quieras.

Ignacio se puso en pie y se quitó el jersey del uniforme (él también era de los que se lo ponía los días en que no le tocaba Gimnasia), después se desabrochó la camisa blanca y los pantalones; no le importó quedar completamente en cueros delante de Federico, porque al fin y al cabo éste ya le había visto desnudo y empalmado la mañana anterior durante la actividad en el gimnasio. Buscó en el cajón de la mesita de noche un calzoncillo limpio y se lo puso. Federico había sido el que ahora le había estado mirando a él durante todo el proceso.

-Me ha gustado mucho tu striptease, enano –le dijo sonriente su nuevo compañero de habitación-, aunque le has puesto poco arte.

-¿Poco arte? Qué tonto... Sólo me estaba preparando para dormir.

-Bueno, aun así cuando uno se desnuda delante de otra persona que además le mira con tanto interés como te estaba mirando como yo a ti, está divertido que lo hagas como si fuera un auténtico striptease.

-Pues hazlo tú para mí, y yo te miro –le propuso, sentándose en la cama-. Y mañana ya lo hago yo para ti.

Federico sonrió y comenzó a tararear una musiquilla mientras se desabrochaba poco a poco la parte de arriba del chándal. Con movimientos sinuosos y a veces hasta descarados se fue quitando prenda a prenda mostrando sin mostrar, descubriendo sin descubrir, ladeándose, dándole la espalda, avanzando hacia él... sin dejar de sonreír, se quedó en calzoncillos e hizo saltar sus deportivas sin desabrochar los cordones, luego le plantó un pie con suavidad a la altura del estómago. Ignacio sonrió al darse cuenta de que Fede estaba algo empalmado entre las piernas y le quitó el calcetín; después hizo lo mismo con el otro. Federico le dio la espalda mientras tiraba del elástico del calzoncillo hacia los lados sin llegar a quitárselo. A Ignacio le pareció que le estaba proponiendo que se lo quitase él. De modo que estiró las manos y...

-Joder, ¿qué ha sido eso?

Se había escuchado el aviso de todas las noches, unos nudillos golpeando la pared. Pensó que tal vez Federico no conocía la señal.

-Nada, que ya ha empezado la ronda –le dijo.

-¿Qué ronda?

-Jolines, pues la ronda... la ronda del celador. ¿Es que en el pasillo 2 no lo hacéis?, ¿no os avisáis de que ha empezado?

-No sé de qué me hablas –Federico se incorporó olvidando el striptease.

-Bueno, es que aquí cuando el profesor Moreno inicia sus rondas en la habitación 4-01 los chicos que duermen allí dan unos golpes en la pared de sus vecinos para que estén preparados y se hagan los dormidos, que si no don Cristóbal se enfada. Y los de la 4-02 golpean la pared de la 4-03, y éstos la siguiente... y así hasta que todos nos hemos enterado y ya nos preparamos.

-Joder, qué guay. Eso es muy solidario –Federico avanzó hacia el centro de la habitación-. ¿Puedo avisar yo a los siguientes?

-No, no, esta es la última habitación de alumnos –le dijo enseguida-. La 4-24 ya es la de los profesores, como le des... se nos cae el pelo. Cuando el profe comience la ronda de las doce, lo hará empezando por este lado, y entonces sí que avisaremos a los demás.

-¿Siempre aguantas despierto hasta esa hora? –le preguntó Federico.

-Normalmente sí.

Entonces el mayor se lo quedó mirando como pensando en algo.

-O sea que Cristo acaba su primera ronda en este dormitorio y empieza la segunda también aquí...

Ignacio asintió con la cabeza.

-Pero no te preocupes, porque suele tardar casi media hora en inspeccionar todo el pasillo. Aún no tenemos que meternos corriendo en la cama.

-¿Sabes qué creo, enano? –le dijo Federico-. Creo que aguantas despierto porque Cristo se entretiene contigo un rato hasta que le dan las doce, ¿verdad que sí?

-Te dije que no me preguntaras sobre eso –Lapresta bajó la mirada.

-Me lo puedes contar, Nacho. Yo no te voy a decir nada, ni a él tampoco... Joder, después de lo que pasó en el gimnasio ¿crees que te voy a criticar porque te dejes tocar por Cristo? ¡Venga ya!

-Es que él no me toca, Fede, nunca lo ha hecho.

-Bueno, pues le tocas tú a él, que para el caso es lo mismo…

-¡Tampoco! Sé que con otros niños sí que lo hace, y también sé más o menos lo que hace contigo, pero a mí nunca me ha tocado.

-Que no, Nacho, que no me vendas la moto... Si él mismo me lo dijo [capítulo 3.2] hace unos días.

-No te lo dijo, simplemente dejó que te lo creyeras. Él sabe lo que crees que hacemos y no le importa que lo pienses, de verdad, pero si se enterase de que te he contado esto se enfadaría un montón conmigo.

-Pero ¿contarme qué, capullín?, si no me estás diciendo nada... Y si no es porque le das algo a cambio, ¿a cuento de qué ibas a tener tú esta habitación para ti solo? Qué pasa, que eres el hijo de algún ministro...

-No, no soy hijo de un ministro –no debería decirle nada, pero al mismo tiempo sintió que quería compartirlo con Federico, que podía confiar en él; Ignacio bajó de nuevo la cabeza, y también la voz-. Soy hijo de un profesor.

-¿De un profesor?, ¿un profesor de aquí?

Entonces pudo ver Ignacio que un rayo de lucidez se cruzaba en la mirada de Federico.

-Y una mierda... –dijo éste casi en un murmullo-. Tú no eres hijo de Moreno, Nacho... ni siquiera tenéis el mismo apellido. Pero tío, ¿qué movida te estás montando?

-En esta escuela no se permite que estudien los hijos de los empleados, nadie sabe muy bien por qué pero es una norma de siempre –una vez dicho, ya no le preocupaba darle los detalles-. Me matriculó un tío mío con los apellidos de mi madre, y nunca he podido contárselo a nadie porque mi padre se enfadaría. Por eso tienes que prometerme... no, mejor júramelo, que nunca le vas a decir que lo sabes.

-Pero no... joder, no es posible, él...

-Júramelo, Fede, por favor.

-Claro que sí, peque, te lo juro, pero es que estoy flipando. Yo creía...

-Será mejor que nos acostemos –Ignacio levantó la ropa de su cama y se sentó de nuevo-. ¿Estás enfadado conmigo, Fede?

-Qué... por qué... no, claro que no... –Federico tartamudeaba, se le notaba realmente sorprendido.

-¿Me puedes dar un beso de amigos?, ¿un beso de buenas noches como el que le das a tus amigos?

Le vio acercarse despacio, tomarle de las mejillas y plantar los labios en los suyos un par de segundos.

-Buenas noches, enano.

-Buenas noches, Fede –le dijo Ignacio con una sonrisa.

Su padre les encontró minutos después dormidos, o al menos fingiendo que dormían; les apuntó con su linterna y al momento ya había cerrado la puerta dejándoles de nuevo solos. Aquella noche no se quedó con él, no se quedaron charlando, no le preguntó qué tal le había ido el día, ni le dio un beso de buenas noches en la frente, ni le arropó antes de salir.

-¿Estás despierto, Nacho? –le oyó preguntar a Federico.

Ignacio lo estaba, pero prefirió no responder; de hecho tardó en conciliar el sueño. Cuando su padre inició la segunda y última ronda en aquel dormitorio se lo pensó antes de golpear la pared de su lado, pero el instinto solidario pudo más que él. Avisó a sus compañeros de la 4-22 de que el profesor Moreno iba para allá y aguardó en silencio por si Federico volvía a decirle algo.

No escuchó nada más que una respiración profunda.

8.3       Caza de maricas

Federico no había escuchado el despertador y sin embargo se notaba despierto; y notaba también que alguien estaba sentado sobre su culo. No era alguien que pesara demasiado pero le aplastaba lo suficiente como para haberle arrancado del sueño. Sólo entonces tomó conciencia de dónde estaba, con quién estaba y lo que había ocurrido en los minutos anteriores a quedarse dormido... Ignacio Lapresta (o mejor dicho, Ignacio Moreno Lapresta) le acariciaba los hombros y se inclinaba hacia adelante para soplarle la nuca. Federico se dejó arrullar por su recién estrenado compañero de cuarto, notando cómo la erección mañanera se clavaba contra el colchón. Porque era de día, eso lo pudo comprobar en cuanto abrió un solo ojo y vio que las rendijas de la persiana iluminaban la habitación muy vagamente.

-Buenos días, Fede –el susurro le acarició la oreja derecha-. ¿Qué tal ha dormido mi guardián en su primera noche aquí?

-De lujo... sin escuchar los ronquidos de nadie... –respondió, ladeando un poco más la cabeza en esa dirección-. Ni siquiera he oído el despertador.

-Es que lo he apagado antes de que sonase –Ignacio le alcanzó la comisura de los labios-. Quería despertarte con cariño, como un buen anfitrión.

Siguió notando las manitas cálidas del crío en sus hombros y ladeó aún más la cabeza para recibir un nuevo beso, esta vez más certero.

-¿Todas las mañanas vas a ser tan amable conmigo?

-Sólo hasta que me haya asegurado de que no te quieres volver a mudar –sonrió Ignacio-. Luego ya te despertaré a empujones.

Vázquez hizo el amago de darse la vuelta y con ello instó al pequeño a saltar de la cama y dejar que se colocase boca arriba; lo que no esperaba era que Ignacio sintiera el impulso de levantar la ropa de la cama de un tirón y sin avisar. Lo que encontró le hizo volver a taparle casi al instante.

-Uy, lo siento... lo siento, Fede, yo no... no sabía que dormías desnudo.

-No seas tonto, enano, no vas a ver nada que no hayas visto ya –Federico se volvió a destapar-. ¿Qué hora es?

-Casi las siete –dijo Ignacio mirándole entre las piernas con disimulo.

-Todavía es pronto, entonces. Hasta de aquí a media hora no empiezan a dar los desayunos –se hizo a un lado, y palmeó suavemente en el hueco libre a su lado-. Ven, túmbate conmigo unos minutos.

El jovencito se dio la vuelta y se sentó en el borde del colchón. Federico estiró una mano y metiendo los dedos por el elástico del slip lo hizo restallar suavemente contra su piel.

-Tienes que quitarte el calzoncillo.

-¿Por qué?

-Es una norma que tengo, Nacho –bromeó Vázquez-. No dejo que nadie se meta en mi cama con ropa.

-Sí, claro... –un poco a regañadientes, Lapresta aceptó ponerse de nuevo en pie y bajarse la ropa interior de espaldas a Federico.

Éste le miró el culo sin contemplaciones; un culito no muy grande pero redondo y bien formado. Volvió a recordarle tumbado en aquella colchoneta [capítulo 6.4] con las piernas abiertas y cara de éxtasis absoluto. Tarde o temprano iba a averiguar lo que le habían hecho dos de sus compañeros durante la actividad del gimnasio, y si descubría que le habían penetrado se iba a poner muy furioso.

-¿Alguna otra norma de tu cama que deba saber? –Ignacio dejó el calzoncillo en el suelo y se acabó tumbando junto a Federico antes de taparse hasta el pecho.

-Hay más, pero de momento...

La fase quedó interrumpida cuando la puerta del dormitorio empezó a abrirse lentamente y por ella asomó una cabeza adulta. Era el profesor Cristóbal Moreno adentrándose a hurtadillas en la habitación de su hijo y su alumno más complaciente.

-Vaya, vaya... –murmuró ajustando la puerta-. Veo que mis dos chicos favoritos están haciendo buenas migas.

-Buenos días, don Cristóbal, Fede y yo no hemos dormido juntos ¿eh?

-Lo sé, Lapresta, lo sé... En esta escuela las paredes son muy finas y usted sabe que duermo pegadito a ésa de ahí. Les he oído ronronear y por eso me he asomado a darles los buenos días –se agachó y recogió el slip que Ignacio acababa de dejar en el suelo-. Será mejor que se ponga esto y se vaya para la ducha. Necesito hablar con Vázquez.

-Como usted diga, profesor.

Ignacio salió de la cama y se puso otra vez el calzoncillo mientras Moreno levantaba una de las persianas y bañaba de luz azulada la habitación. Federico permaneció tumbado y en silencio, con el ceño ligeramente fruncido. Cogió el rubito una toalla y su pequeño neceser y miró hacia él antes de salir de la habitación y cruzarse seguramente por los pasillos con otros alumnos de habitaciones impares en ropa interior, aquellos a los que también les tocaba ducha el sábado.

-¿Esto va a ser siempre así, Cristo? –le dijo Federico en cuanto se quedaron a solas; se destapó del todo-. ¿Vas a venir a cortarme el rollo cada vez que me acerque a tu… a tu niñito mimado?

Estuvo a punto de decir “tu hijo”, pero se frenó a tiempo. En adelante tendría que olvidar aquella información para no cagarla. Moreno sonrió y se acercó a la cama sin dejar de mirar aquella polla grande y entrompada:

-¿Qué pensabas hacerle al crío con eso?

-No lo sé, si quieres que te diga la verdad... pero tampoco es que deba importarte. Creo que habíamos acordado que me gané la exclusividad de Nacho justamente, que para eso te hago pasar tan buenos ratos, ¿no?

-Frena el carro, chulito... Que el crío te pertenezca hasta final de curso no quiere decir que tenga que ponértelo fácil. Sabes que me gusta que me putees cuando nos lo montamos pero que sigo siendo un cabrón el resto del tiempo –colocó el hombre una rodilla sobre la cama y le agarró la verga con fuerza-. La quiero así de dura todo el día, ¿estamos? Te mandaré a buscar en cualquier momento para que volvamos a repetir lo del jueves pero con otro grupo.

-¿Es que vas a seguir con tu particular caza de brujas? O mejor dicho, tu “caza de maricas”... –más relajado, el chaval se llevó las manos a la nuca y dejó que su tutor le trasteara un poco el rabo; pero apenas le ponía ganas.

-Eso es, se trata de una clase en la que algunos levantan mis sospechas. Por eso voy a contratar tus servicios otra vez, para que me saques de dudas.

-Si no me vas a pajear... ¡suéltame la polla! –Federico le dio un manotazo fuerte y se movió hasta sentarse en la cama-. Y ya te puedes ir, Cristo, que no pienso hacerle nada al rubito. ¿A qué hora tengo que estar en el gimnasio?

-Ya te lo he dicho, que mandaré a alguien a buscarte. Que sea una sorpresa. Y no me llames así, joder, que cualquier día se te va a escapar delante de alguien.

-Todos aquí te llaman Cristo, y lo sabes.

-Sí, pero tú eres el único que tiene cojones de hacerlo en mi cara.

-Porque sé lo mucho que te jode –se puso en pie y le miró con aire desafiante; le apartó la mano cuando el profesor la dirigió otra vez a su rabo-. ¿Queda algún otro profe en tu habitación?

-No, se han ido los cuatro al comedor.

-Entonces llévame a vuestro váter, porque me estoy meando.

Moreno sonrió y le miró con ojos lascivos. Los dormitorios de los maestros eran los únicos que tenían un cuarto de baño privado para ellos. Cristóbal tardó apenas quince segundos en quitarse la camiseta y el pantaloncito verde, antes de sentarse en la bañera; Federico se bajó el calzoncillo frente a él y le apuntó a la cara mientras comenzaba a mear. Al hombre le encantaba disfrutar el de primera hora de la mañana porque, según él, ese pis todavía conservaba el regusto de las poluciones nocturnas del chaval...

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