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Fecha: 06-Mar-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Dos amigos y un sofá

jonascrespo
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Siempre me habían dicho que empiezas con un cigarro y acabas metiéndote de todo... Pero con 12 años, ¿quién hace caso a lo que dicen los mayores? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

NOTA del AUTOR: no puedo más que arrancar dando las gracias al “nene” que me ha relatado sus vivencias verídicas para que las convierta en este relato (le llamaré Pablo). Quiere que sea su biógrafo sexual... pero sólo lo seré si gustan sus experiencias. Leed ésta y ya luego me contáis.

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-Mira lo que tengo –me dijo Jaime, abriendo la mano junto a su cintura para que nadie a nuestro alrededor viera lo que me mostraba; era un cigarrillo.

-¿De dónde lo has sacado?

-Se lo he birlado a mi madre –sonrió y se lo guardó en el bolsillo de la sudadera antes de agacharse a recoger la mochila del suelo-. ¿Nos lo fumamos de camino a casa?

De haber sabido en ese momento que me engancharía al maldito tabaco, quizá le hubiera dicho que no. Pero entonces tal vez me hubiera perdido todo lo que vino después.

 - 

1)  Pablo y Jaime

Nos conocíamos desde párvulos (educación infantil). Teníamos 12 años cuando echamos aquellas primeras caladas; él los acababa de cumplir, yo iba camino de los 13. Estudiábamos en el mismo instituto, sólo que yo iba a 2º de ESO, y Jaime iba a 1º. Que no fuéramos compañeros de clase nunca resultó un impedimento para cimentar una amistad basada en la diversión, el colegueo y las risas que nos echábamos con sus payasadas recurrentes y mi complicidad siempre presente. El fútbol también nos unió mucho.

Lo de fumar después de los entrenamientos un cigarrillo robado a su madre (que le tenía muy consentido porque había crecido sin padre), se convirtió en una costumbre. ¿A quién le importaba entonces que nuestros pulmones estuvieran “abiertos” por el deporte? Lo fundamental era ser rebeldes, saltarse las normas, hacer cosas de adultos... Supongo que por eso les cogí a mis padres un par de condones de los que guardaban en la mesita de noche. Ni me preocupó pensar que pudieran darse cuenta, que me fueran a echar la bronca. Los cogí y los guardé en mi habitación esperando encontrar la ocasión perfecta para que me dieran mi minuto de gloria con Jaime.

Pasábamos mucho tiempo juntos porque vivimos en la época del descontrol paterno (hablo de hace sólo seis años), su madre trabajaba mucho, mis padres todo el día, mi hermana mayor iba a su bola, y Jaime era mi asidero, casi mi hermano, la única presencia que me hacía sentir bien, a gusto, incluso protegido. Vivíamos (y vivimos) en el mismo barrio, a sólo cinco minutos uno del otro, de ahí que muchas veces saliéramos de clase al mediodía y le invitara a comer a mi casa, o que después de merendar le recogiese en la suya para ir hasta el polideportivo a entrenar.

Fumar pasó de ser una costumbre a un vicio consentido por los dos, que nos reíamos entre bocanadas de humo y ya no sentíamos ganas de toser. Fumábamos en su casa antes de ir a entrenar (a menudo bajábamos al chino y nos hacíamos los mayores para que el buen hombre nos vendiera un paquete de tabaco, cuando fumar aún no estaba tan perseguido como ahora); y de vuelta al barrio nos echábamos otro pitillo, a veces escondidos en algún portal para no mojarnos con la lluvia... No estoy seguro de que Jaime “me gustase” en el término más coloquial de la palabra. Ahora en la distancia se me hace evidente pensar que sí, pero por entonces era algo más, algo difícil de explicar cuando tienes 12 años y la vida no te ha dado herramientas suficientes para asimilar tus propias emociones.

Nos conocíamos de siempre, habíamos compartido muchas vivencias... a mí las chicas no me motivaban y a los chicos estaba empezando a “descubrirlos”. Nos habíamos visto desnudos en las duchas del vestuario, pero nunca antes despertó eso que se llama atracción por su cuerpo. Su persona me encantaba, no conocía una mejor, pero Jaime era mi mejor amigo y cuando no tienes otras relaciones con que compararlas, la amistad se puede confundir con otros sentimientos. Él era delgaducho, más bien poca cosa... de personalidad arrolladora, eso sí, pero físicamente nada destacable. Yo era otro mochuelo semejante, pero siempre le he sacado unos cuantos centímetros de ancho y de alto, quizá por cómo me han alimentado, o porque en el deporte siempre lo he dado todo (eso lo atestiguan mis muchas heridas de batalla, léanse cicatrices en la barbilla, rodillas, etc.)

Hasta el día del sofá nunca pensé que entre nosotros pudiera ocurrir nada; supongo que si lo deseé fue desde una parte muy oculta de mi interior, porque tampoco de ello me di cuenta hasta que no le tuve delante, pidiéndome sin palabras que fuéramos un paso más allá.

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2)  Los condones

Era principios de febrero cuando una tarde le dije de comer en mi casa. Nada que objetar, era algo habitual que escogiéramos su casa o la mía para pasar juntos las dos horas y media que teníamos libres entre las clases de la mañana y las de la tarde. Mis padres trabajaban y mi hermana estaba en la biblioteca, así que íbamos a estar solos. Ya de camino a casa pensé en los condones. Hacía unos días que los tenía escondidos en mi habitación, y aquella me pareció la mejor ocasión para “sacarlos a la luz”.

Comimos en la cocina, lo que había preparado mi madre para mí y un poco de algo que pillamos de la nevera. Los dos íbamos con el chándal del colegio, y como hacía algo de frío nos pusimos las chaquetillas para salir al balcón y fumarnos un cigarrito cada uno la mar de tranquilos. Casi en silencio, porque Jaime y yo nunca hablábamos más de la cuenta. Nos podíamos pasar media hora juntos y apenas haber cruzado tres o cuatro breves conversaciones. El silencio no era molestia, y sin embargo alguno de los dos lo rompía de vez en cuando para decir algo poco trascendente:

-Espero que no nos llueva para el partido del finde –me dijo-. ¿Te van a comprar esta semana las zapas nuevas?

-No creo. Mi madre dice que caerán para mi cumpleaños.

-¡Qué mierda! Hubiera molado que las estrenases el sábado.

-Ya, tío...

Nunca grandes conversaciones sobre lo humano y lo divino. Economizando palabras, que se dice. Después nos fuimos para el salón y estuvimos un rato viendo la tele, algo que echaban antes de “Los Simpson”, pero la verdad es que yo ya tenía la mente puesta en los condones y cualquier otra cosa me resbalaba bastante. La puerta de mi habitación da al salón, así que me metí por ella y lo hice preguntándome por qué le estaba dando tanta importancia a aquello, al fin y al cabo sólo se trataba de enseñarle algo que iba a despertar su curiosidad, que me iba a convertir en “héroe” durante unos minutos por haber accedido a material prohibido... Luego encontré la respuesta, cuando tuve las dos gomas en mi mano y las observé: me sentía nervioso porque aquello no era un cigarrillo robado a su madre, aquello tenía un componente distinto, una vertiente sexual que me podía llegar a incomodar. ¿Por qué? Ni siquiera pensé en ello, simplemente me levanté y volví al salón.

-Ey, tú, flipa... Mira lo que le birlé a mis padres el otro día –le dije nada más asomarme al comedor; Jaime estaba echado en el sofá y enseguida se incorporó un poco estirando una mano.

-¡Qué cabrón!, si son condones... –aportó una información innecesaria que se puede atribuir a la emoción del hallazgo- ¿En serio que se los mangaste a tus viejos?

-Sí, la semana pasada.

Jaime cogió uno de ellos y se puso a examinarlo concienzudamente; tanto que parecía estar preparándose para un examen teórico sobre el objeto en cuestión. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

-Oye, Pablo ¿por qué no nos los probamos? –me preguntó entonces.

-¿Qué dices, macho?

-¡Sí!, yo qué sé... por hacer la coña.

-No sé, tío...

Me parecía una idea genial, pero no quería mostrarme tan entusiasmado que pudiera levantar sospechas. De modo que me quedé un momento en silencio, Jaime no dejó de mirarme, y al ver que no reaccionaba tomó la iniciativa. Él siempre había sido el más lanzado y atrevido, yo el que le acompañaba desde la retaguardia. En aquella ocasión no fue diferente: rasgó el preservativo, dejó el plástico sobre la mesita de cristal y aprovechó el impulso para ponerse en pie. Yo le seguía observando con tanta fascinación como inquietud por lo que había provocado al enseñarle los condones.

Jaime iba a por todas, de modo que le vi bajarse el pantalón de chándal y casi de seguido el bóxer azul que llevaba aquel día. Se volvió a sentar en el sofá con la ropa por los tobillos y yo me quedé mirando entre sus piernas. Tenía la picha floja, caída, se la cogió con los dedos y simplemente la descapulló un poco sin llegar a sobarse demasiado. Luego se dedicó a desenrollar la goma mientras me miraba, yo tenía los ojos puestos en su pene pero trataba de apartarlos y mirarle a la cara. Resultaba curioso que llamara tanto mi atención teniendo en cuenta que se la había visto muchas veces, pero supongo que en aquel momento era consciente de que no teníamos compañía, ni la excusa del agua de la ducha cayendo sobre nosotros: éramos sólo él y yo, adquiriendo una intimidad hasta entonces desconocida sobre el sofá de mi salón.

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3)  La peli X

Jaime se había puesto la goma pero aquello no tenía consistencia, era sólo un trozo de látex demasiado grande enfundando un pene sin apenas vida. Él me miraba sin dejar de sonreír, como si quisiera decirme: “Ya verás cómo crece esto en un momento…”, pero al mismo tiempo no se tocaba con excesivo entusiasmo. Me sentía como hipnotizado porque mirársela fijamente era dar pistas sobre mi curiosidad mezclada con deseo, pero no hacerlo resultaba casi imposible; empezaba a sentir algo extraño, un impulso provocado por la euforia, fue ver cómo se la tocaba y enseguida sentir el impulso de querer hacer lo mismo, como si aquellas ganas de tocar su picha siempre hubieran estado ahí, latentes.

-Eso no queda muy bien, ¿no? –fue lo único que acerté a decir, mostrando el desinterés que la prudencia requería.

Porque se trataba de Jaime, casi mi hermano, mi amigo más fiel y perfecto, el ejemplo y razón que le daba sentido a mi reducido mundo social; no podía simplemente abalanzarme hacia su sexo, por más que su mirada parecía indicar que no le importaría. Pero esas evidencias no escondían una verdad cruda y palpable: quería tocarle, cualquier tipo de contacto físico cercano al cariño, un abrazo, una caricia, le sentía más cerca de mí de lo que nunca le había tenido y al mismo tiempo la distancia que nos separaba en aquel sofá era tan grande como la distancia entre el deseo y el miedo al rechazo, casi insalvable si el deseo no es bidireccional.

En este caso lo era, por suerte para mí. Cada vez que la picha de Jaime daba indicios de animarse, él frenaba las caricias y su mirada me seguía taladrando, sobretodo cuando me escuchó decir lo de que aquello no quedaba “muy bien”.

-¿Qué podemos hacer para arreglarlo? –preguntó con una sonrisita, mientras se sacaba el condón y lo dejaba sobre el envoltorio.

Era una pregunta retórica, porque los dos lo sabíamos. De hecho, me dio la impresión de que lo que Jaime estaba diciendo era: “Sabemos qué hacer, y sabemos quién lo va a hacer…”; me hice el tonto, por supuesto:

-¿A qué te refieres?

-Podríamos hacer algo que he visto en una peli...

-¿Qué aparece en esa peli?

-Era una peli X –sonrió un poco más, esperando mi respuesta.

Yo ya lo había supuesto, así que simplemente me lo confirmó. Antes de ese momento había visto alguna película (o más bien escenas de alguna) en Internet. Nunca habíamos visto porno juntos, pero dábamos por hecho que haber visto alguna peli guarra era pasaporte ineludible para todo adolescente.

-¿Y qué tendría que hacer yo? –le pregunté con una ingenuidad que hoy me despierta una sonrisa avergonzada.

-Si tú me la chupas, luego yo también a ti.

-Joder, Jaime, es que no sé...

Lo dije con la boquita pequeña, la misma con la que se dicen las cosas cuando esperas que insistan un poco más para “convencerte”. Jaime y yo nos conocíamos bien, y aunque nuestra relación no se basara en conversaciones profundas, íntimas y trascendentales, podíamos leer nuestras miradas y nuestros gestos con bastante facilidad. En ese momento él sabía que yo lo acabaría haciendo, y yo sabía que él lo sabía. Tanta sabiduría por ambas partes llevó al desenlace más lógico:

-Vale, pero si no se lo dices a nadie.

-Ok, no lo haré –me aseguró (cosa que luego no cumplió, aunque ésa es otra historia).

Entonces, con mi consentimiento implícito, Jaime se echó un poco hacia delante, me quitó con la mano libre el condón sin abrir que yo aún sujetaba, lo dejó junto al usado y esa misma mano la llevó enseguida hasta mi nuca. Seguía acariciándose una picha que todavía levitaba a media asta entre sus piernas. Me llevó muy suavemente, como si ocurriera a cámara lenta, ni me percaté de que mi espalda se estaba arqueando, de que sus dedos me estaban llevando, de que mi cara se estaba acercando. Me sentía desconectado, aún nervioso, excitado, feliz, confuso... una mezcla que me hacía sentir que aquello era irreal.

Hasta que de algún modo desperté.

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4)  Algo de leche

Puede que fuera el olor, la proximidad ya inevitable, el deseo de tener mis cinco sentidos puestos en ello, el caso es que me encontré de frente con aquel pene que ya no estaba tan flácido pero que seguía sin despuntar del todo; de hecho incluso me había postrado ante su sexo (literalmente postrado, con las rodillas en el suelo, acomodado entre sus piernas, sin saber bien cuándo ni cómo había ocurrido). Jaime estaba echado hacia atrás, despatarrado como si volviera de una dura jornada laboral, piernas separadas pero atadas en los tobillos por el pantalón de chándal y el bóxer, el polo de manga corta de nuestro uniforme escolar algo subido, hasta más arriba del ombligo; la mano que no me sujetaba la nuca estaba sujetando su picha, la agitaba muy despacio, la mostraba como si no tuviera en mí a un cliente ya más que convencido... Con la carita pegada y sin levantar ni apartar la vista, me decidí a envolverla con mis labios. Por primera vez entró una polla en mi boca.

Me alejé de ella al instante... sabía desagradable, a plástico y a lubricante. Jaime no dejó que me alejase demasiado, noté su mano sobre mi cabeza, una caricia tranquilizadora, nada dominante. Me concentré en olvidar el sabor, ya se le notaba algo más crecida, quería hacerlo bien, así que me incliné y me la metí entera, toda de una tacada. Por supuesto no era grande, entró fácil, enseguida me hice a ella, ignoré el sabor y empecé un sube-baja de principiante, algo torpe, mecánico, con su mano marcando el ritmo... me acariciaba la cabeza, la nuca, el pelo; inmóvil a excepción de su mano. Fui notando que desaparecía todo sabor desagradable.

-Tío, no pares... que lo estás haciendo muy bien –me dijo, tratando de darme ánimos.

Pero no necesitaba ninguna arenga porque estaba metido de lleno en la faena, había conseguido que su picha se pusiera rígida como una piedra y la mía también estaba a reventar, la notaba bajo la ropa pidiendo atenciones. Me bajé por delante el pantalón de chándal, también el slip que llevaba, saqué mi verga y me la sacudí un poco sin dejar de chupar la de Jaime. Entonces me atreví a mirar hacia arriba por primera vez, y (por suerte) le encontré con los ojos cerrados y cara de placer... No se dio cuenta de que le miraba, así que también yo cerré los ojos y volví a mi labor con el entusiasmo de quien le está cogiendo la práctica a algo que hasta diez minutos antes ni se planteaba que fuera capaz de hacer.

Ya no tenía la sensación de necesitar su permiso, de modo que me puse más juguetón moviendo la lengua con su picha dentro de mi boca, sorbiendo a ratos por la zona del capullo, mordisqueando con suavidad el pellejo, separándome para ver cómo la saliva me dejaba unido a él... Jaime estaba disfrutando como un cabrón, lo notaba en el modo en que empezó a acariciar mi espalda por debajo de la ropa, en cómo se deslizó por debajo de mi sobaco para pellizcarme una tetilla y hacerme sonreír, me seguía masturbando como si aquella escena formara parte de nuestra rutina. Me sentía a mil por hora, y él también; Jaime sacó la mano y la puso junto a la que ya tenía en mi nuca, al mismo tiempo empezó a mover las caderas hacia arriba, sin ser un experto me dio la impresión de que aquello estaba siendo una follada de boca en toda regla... pero no paraba, ni le dije nada porque le veía al límite del placer:

-Quiero terminar en tu boca... –me dijo-... como en la peli...

No pude responder, sólo dejar que lo hiciera, que se agitase como una anguila, ahora sí adueñándose de mí con ansias de dominación, sin soltarme ni darme un respiro... En ese momento no se me ocurrió otra cosa que ponerme a pensar en si tragármelo o no. Jaime seguía dando caña, completamente abierto y poseído por la lujuria sobre el sofá, yo amorrado a su polla como una presa que contiene el caudal del río para que no se desborde. Decidí que sí, que me lo tragaría, que así después él haría lo mismo conmigo. Ingenuo de mí... Me endosó dos chorrillos bastante líquidos y salados, una corrida tan pequeña como lo podían ser las mías por aquella época.

Apenas jadeó, simplemente se quedó unos segundos clavándome en el paladar la punta de su picha, noté que de ella fluía aquel semen escaso, abrí los ojos para comprobar que me miraba, y sólo cuando Jaime dejó ir las manos me despegué de su sexo y quedé de rodillas ante él, con los labios húmedos y la boca entreabierta, sonriendo. Los ojos le brillaban, su polla palpitaba aún entre nosotros cuando me eché un poco para atrás y le mostré cómo se me había puesto de dura, cómo me masturbaba, esperándole... y entonces los dos oímos el sonido de unas llaves... acojone, nos quedamos impasibles durante una fracción de segundo.

No era posible, ¡ahora no!, pensé, pero la lógica horaria no estaba de nuestro lado: mi madre solía llegar al poco de empezar el segundo capítulo de “Los Simpson”, y en la tele se veían ya las letras que acompañaban su inicio. Se trataba de un terrorífico Especial de Halloween, en pleno febrero... La saludamos sin mucho afán, le sorprendió ver a Jaime en casa, pero sólo porque no había contado con él a la hora de dejar la comida preparada. Nos vio a los dos sentados en el sofá, formalitos, bien vestidos, con nuestras mochilas cerca. Así de precipitado fue todo. Me sabía la boca al semen de Jaime, pero eso no tenía por qué saberlo mi madre, igual que tampoco sabía que teníamos aún las pichas duras bajo la ropa, o que en mi bolsillo había dos condones, uno abierto y el otro sin estrenar.

A los quince minutos estábamos Jaime y yo en la calle, caminábamos en silencio alejándonos de mi portal. En la primera papelera que vimos tiré el condón usado y el envoltorio rasgado. Le vi sonreír, y supongo que por eso rompí el silencio y se lo pregunté:

-¿Te ha gustado?

-Mucho –me dijo.

Nunca grandes conversaciones sobre lo humano y lo divino. Economizando palabras, que se dice. Pero a pesar de que no supimos expresar con una reflexión profunda lo que habíamos sentido y lo que estábamos sintiendo, yo supe con absoluta certeza que algo bonito había nacido aquella tarde en mi sofá.

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__________________ F I N A L   A B I E R T O _____________________



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