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Fecha: 22-May-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni contgo ni sin tí (III)

atsitaler
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Lo que ocupaba su mente era Raúl, esta mañana lo había visto peor que nunca desde que llamase a su puerta, totalmente roto tras recibir los resultados de las incontables pruebas a las que se sometió tras desmayarse en el hospital mientras trabajaba. Llevaba tiempo cansado y con algún malestar, pero como tenía mejores cosas en que invertir su tiempo, prefirió ignorar todas las señales de alarma Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Cuando salieron del despacho fueron directamente al parking a recuperar el coche, y Mateo rompió el silencio cuando arrancó.

 - ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? - intentó sacar el tema una vez más, a pesar de haber sido rechazado en el primer intento de hacerle entrar en razón – salta a la vista que ninguno de los dos estáis bien así...

- Es lo que tengo que hacer, es lo mejor para él – Raúl dijo en voz alta lo que tantas veces se había repetido internamente, intentando convencerse a sí mismo.

- Eso no está tan claro, ya lo has visto hoy, la cara le llegaba al suelo... y de todas formas, lo mejor para él debería poder decidirlo Samuel, con toda la información ¿no?

- No – Raúl respondió cortante – Ya está decidido, y no quiero hablar más del tema – Se dió la vuelta mirando a través de la ventanilla, dando la conversación por terminada.

No volvieron a hablar durante todo el trayecto, aunque al llegar a casa de Raúl, Mateo se despidió como hacía cada vez que hablaban últimamente.

 - Llámame si necesitas algo, lo que sea...

- No tienes que preocuparte tanto, estaré bien. Pero gracias.

Raúl se bajó del coche y se metió en el portal, mientras Mateo condujo hacia su negocio. Por suerte era su propio jefe, y contaba con la colaboración de su mujer para poder escaparse cuando era necesario. Y de todas formas, por desgracia cada vez era menos imprescindible estar los dos en la tienda a la vez, ya que el volumen de clientes había bajado considerablemente. Pero no era eso lo que le preocupaba, en los años de bonanza habían conseguido un nivel de vida acomodado pero sin lujos que de momento podían mantener.

Lo que ocupaba su mente era Raúl, esta mañana lo había visto peor que nunca desde que llamase a su puerta, totalmente roto tras recibir los resultados de las incontables pruebas a las que se sometió tras desmayarse en el hospital mientras trabajaba. Llevaba tiempo cansado y con algún malestar, pero como tenía mejores cosas en que invertir su tiempo, prefirió ignorar todas las señales de alarma, restándoles importancia, hasta que los médicos empezaron a pedirle demasiadas pruebas para encontrar la causa de un simple mareo.

Cuando le dijeron que tenía esclerosis múltiple se le vino el mundo encima. Hubiera querido no saber tanto de todo lo que podía pasarle, pero era enfermero, y no tenían que explicarle lo que eso suponía. Cuanto menos, un cambio radical en su vida como la conocía hasta ahora, cada brote podía afectarle indiscriminadamente a diferentes órganos y funciones, en el peor de los casos de forma irreversible.

 

El mazazo les volvió a unir, después de varios años en que sus caminos se habían ido separando, al hacer cada uno su vida, así que Mateo se sentía afortunado de que hubiese tenido la confianza de recurrir a él en un momento así, al fin y al cabo era su hermano mayor, y Raúl no tuvo que explicarle por qué de repente volvía a retomar el contacto y a apoyarse en él.

En cierto modo fue al enterarse de que Raúl era homosexual y no haber tenido la cercanía para tratar ese tema con naturalidad cuando empezaron a distanciarse, y en otras circunstancias no habría entendido que le contase sus líos con sus “amigos”, pero su hermano, además de enfermo, estaba profundamente enamorado, y oírle hablar de Samuel en la forma en que lo hacía, más turbado por cómo iba a afectar esa noticia a la relación que acababa de empezar a asentarse que por el futuro de su propia salud, no se podía cuestionar que fuese un amor tan de verdad como el de la pareja más hetero que pudiera imaginarse.

Como supo después, tan grande como para pensar en cometer la locura de sacrificarse y evitarle a su pareja el sufrimiento de saber que su otra mitad iba a pasar por los momentos más difíciles de su vida, y la incertidumbre de no conocer qué podía pasar con la evolución incierta de su enfermedad. Sobre todo cuando ahora más que nunca necesitaría alguien con quien compartir el dolor.

En realidad, Mateo pensaba que no iba a ser capaz de hacerlo, creía que en un momento de debilidad Raúl se lo contaría todo, y por lo que sabía de Samuel, a través de su hermano, que la noticia le caería como un jarro de agua fría en un principio, pero no tardaría en reaccionar y apoyarle en todo lo que fuera posible, para llevarlo mejor entre los dos, como lo que eran, una pareja con perspectivas de estabilidad, en las buenas y en las malas.

 

Pero lo había hecho, había alejado de su vida a quien más cerca debía estar en un momento como éste. Y por eso Mateo estaba más preocupado que nunca... su hermano había dado un paso de gigante hacia un abismo del que no sería fácil que saliera si llegaba a caer en él, y además se cerraba en banda a cualquier cuestionamiento de su decisión. Tendría que ser lo suficientemente inteligente para conservar la relación de complicidad que se había creado entre los dos a raíz de la tragedia personal de Raúl, no podía dejarle sólo ahora, y aunque sabía que había una opción mejor para insuflarle ganas de vivir lo mejor que pudiera en las circunstancias que le habían tocado en suerte, supo que él estaba destinado a ser el apoyo que Raúl aceptase, y estaba dispuesto a echar el resto para no fallarle. Aunque no supiera cómo ayudarle, encontraría la manera. Tenía que hacerlo.

 

 

Mientras, Samuel bajó a la cafetería, después de que se fueran no había podido concentrarse en el trabajo, y más le valía hacerlo, tenía varios clientes citados más tarde esa misma mañana y no se podía permitir el lujo de hacer lo que le pedía el cuerpo, volver a su casa y meterse en la cama dejando que el tiempo pasase hasta que el alma le dejara de doler como lo hacía. No entendía nada.

 

Puede que últimamente no estuvieran bien, eso no lo iba a poner en duda, pero seguía sin ubicar el momento en que las cosas empezaron a torcerse, cuándo pasaron de hacer planes para dentro de unos meses a saber que había temas que era mejor no tocar porque acabarían en discusión, de reírse juntos de cualquier cosa a no tener el cuerpo para chistes, de pasarse horas sin salir de la cama a encontrar siempre algo más importante que hacer... porque fue así durante meses, él nunca había sido un tío enamoradizo, ni dado a entender más de lo que había en una relación, y la suya con Raúl había sido distinta desde el principio. Esas pequeñas (o no tan pequeñas) cosas que en los últimos tiempos empezaron a faltarle son las que le hicieron ver que lo suyo no tenía fecha de caducidad, que ninguno de los dos se planteaba terminarla porque estaban bien así.

“Estoy bien así, no busco algo más”, es lo que le había dicho Raúl antes de dejarle. Pero a él no le valía con eso, habían tenido más, mucho más, y después habían dejado de tenerlo... se resistía a creer que eso fuera el desgaste normal de cualquier relación con el paso del tiempo, ni había pasado tanto tiempo, ni creía que el nivel de desencuentro en el que estaban fuera desgaste normal, había algo que no le encajaba. Y no sabía si quería averiguar el qué. Al pensar en la posibilidad de que hubiera otra persona ocupando el corazón de quien no podía sacar del suyo, decidió que por el momento prefería no saber, le dolía demasiado plantearse que se había equivocado hasta ese extremo con quien pensó que podía ser el compañero ideal para su vida. Ya le costaba trabajo asumir que la misma persona acababa de resumir su relación en una bolsa de plástico que contenía todo rastro suyo en la vida de él, con cuya entrega le hacía saber que no quería tener motivos para volver a verle, como para enfrentar que quizá ya estaba fuera de sus planes mucho antes.

 

Apuró de un trago lo que le restaba del café y volvió al trabajo, en el que, contra todo pronóstico, consiguió concentrarse, espoleado por el alto nivel de exigencia del despacho, del que tantas veces se había quejado y que ahora le estaba salvando la mañana.

Y puede que también el resto de la semana que le siguió, en la que las horas de sueño brillaron por su ausencia, la centrifugadora de su cabeza no estaba dispuesta a parar y se hacía francamente difícil dormir en esas condiciones, seguía sin encontrar explicación a la situación en que se encontraba, y, a pesar de haberse propuesto lo contrario, seguía buscándola.

Echaba muchísimo de menos a Raúl a su lado, su olor, su tacto, el calor que desprendía el cuerpo de su ex-novio pegado al suyo... sentía su falta en todos los rincones de su casa, cada uno le recordaba algún momento feliz que habían vivido juntos y ya no se volvería a repetir. Por eso decidió convertir el trabajo en el centro de su vida, y hacer todas las horas extra que había rechazado en los meses anteriores, pasando prácticamente todas las horas de luz en el despacho. Pero llegó el fin de semana y no le quedó más remedio que quedarse en casa, donde se dio a la insana tarea de regodearse en su dolor, tumbado en el sofá en pijama, sin fuerzas para levantarse y hacer algo productivo; y así habría seguido si no hubiera sonado el teléfono. Sin saber muy bien por qué, dado que la única persona con la que quería hablar no parecía dispuesta a llamarle, descolgó:

 - ¿Sí?

- ¿Qué pasa tío? Estás perdido, ¿nos vemos esta noche o qué?

- Paso, no tengo ganas de salir – Al oír la voz de Víctor supo que había sido un error coger el teléfono, iba a tener que dar explicaciones que no le apetecían nada.

- Puff, de verdad, desde que te has echado novio estás de un soso... ya tenéis planes mejores, ¿no? - Víctor contestó irónico, escondiendo una cierta envidia por lo que, creía él, habían conseguido Samuel y Raúl.

- En realidad ya no tengo novio, ni planes, ni quiero salir – Samuel contestó con rabia, aunque Víctor no pudiera saber nada de lo que acababa de conocer de su boca, a él no se le olvidaba que la discusión acerca de sus miraditas había sido la puntilla para terminar con su relación.

- No jodas... ¿lo habéis dejado? ¿qué ha pasado? - Víctor parecía alucinado, no se esperaba algo así.

- Me ha dejado él, así que no sé lo que ha pasado. El domingo, cuando quedamos después de que te fueras.

- Pero no puedes estar así, pasa de él, no merece la pena... esta noche te vienes de fiesta y ya verás que se te quitan todos los males.

- Ya te he dicho que no estoy para fiestas...

- Bueno, me paso ahora por tu casa, y te convenzo en directo, así que prepárate, no aceptaré un no por respuesta. Mete unas cervezas al congelador anda

Víctor colgó sin dar opción a contestar a Samuel que, por supuesto, no se movió del sofá hasta que sonó el timbre de la puerta, y tuvo que levantarse a abrirle a un Víctor al que le cambió la cara cuando le vió.

- Vaya, esto es más grave de lo que pensaba... qué pintas... ¿te parece normal recibir así a un viejo amigo?

- Ya sabes lo que dicen, la confianza da asco. Lo siento tío, no tengo fuerzas para nada, es lo que hay.

- Sí que te ha tocado la patata ¿eh?... en serio, sé que es jodido, pero no puedes hundirte, nadie se merece que estés así, y sabes tan bien como yo que esta no es la actitud para superarlo. Porque eso es lo que toca ahora, borrón y cuenta nueva tío...

- Hay cosas que no son tan fáciles de borrar. Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?

- Claro, dispara...

- ¿Qué te pareció Raúl, el sábado pasado?

- No sé, buen tío, supongo, tampoco me fijé mucho, y sí que pensé que no era muy abierto, que igual estaba incómodo fuera de su ambiente.

- Él sí que se fijó en ti...

- ¿Cómo? ¿qué quieres decir?

- El domingo discutimos porque le molestó que habías estado mirándome más de la cuenta cuando salimos el sábado – Aunque quería evitarlo, el comentario sonó a reproche sin paliativos, necesitaba encontrar un culpable y aunque sabía que Víctor no lo era de su mala racha, sí le responsabilizaba de la conversación que fue el principio del fin definitivo con Raúl.

- Vaya, así que salió celoso el muchacho. Pues qué quieres que te diga tío, mejor para ti que ya no estéis juntos, las parejas así de controladoras no le convienen a nadie – en ese momento, la mejor manera de escurrir el bulto que se le ocurrió a Víctor fue atacar al “contrario”, aunque la apreciación de Raúl no había sido fruto de la exageración.

- Raúl no es controlador, pero tiene ojos en la cara, yo también vi como me comías con la mirada aunque me hiciera el tonto. Así que estarás contento. – Samuel estaba visiblemente molesto por la forma de negar la evidencia de Víctor, como si no se conocieran...

- Bueno, pues sí, vale, me gustas, no es ningún crimen, ¿no? … y si ahora que estás libre quieres disfrutar de la vida ya sabes que puedes contar conmigo, no me creo que tú no pienses a veces en lo bien que lo pasábamos hace años, cuando yo te ponía tanto como tú me sigues poniendo a mí, y compartíamos esos ratos de sexo sin complicaciones. Porque eso es lo que trae enamorarse, sólo problemas... ya lo has visto ¿no?. Claro que no me alegro de que estés echo polvo, no soy un monstruo, pero de verdad, no tiene sentido que estés así por un tío que pasa de ti, piénsalo, todo puede ser mucho más fácil.

Samuel le miró alucinado, ni siquiera sabía por qué no le había echado de su casa sin dejarle terminar de hablar. Lo cierto es que si lo pensaba fríamente, puede que Víctor fuera más inteligente que él, y era verdad, lo habían pasado muy bien juntos hace años, cuando no se empeñaba en buscar más allá de un buen rato de sexo. Víctor no le ofrecía más que eso, pero así las cosas estaban claras y nadie salía herido.

- Vamos, te vendrá bien distraerte un poco – Víctor se acercó a Samuel, animado por su silencio, el que calla otorga, pensó, y metió su mano por debajo de la camiseta del pijama, acariciándole el torso.

Samuel cogió la mano de Víctor y la llevó al elástico de su pantalón, metiéndola dentro.

- Cómemela – dijo tragándose el nudo que tenía en la garganta.

Víctor no se hizo de rogar, y aprovechó la oportunidad que se le daba sin hacer más preguntas, bajó el pantalón de Samuel y agarró su polla con la mano, se sonrío al comprobar que ya estaba a media asta, y se dispuso a lamerla, pajeándola, mientras jugaba con los testículos de su amigo en la otra mano, la metió en su boca, húmeda y caliente, cerrando los labios a su alrededor, sin dejar de lamerla mientras la introducía cada vez más, y la notaba crecer y endurecerse en su interior. Samuel estaba cada vez más excitado, y supo que quería algo más que una mamada, así que tiró suavemente del pelo a Víctor para que se levantara, y le pidió que se diera la vuelta, a lo que éste respondío al momento, quitándose la ropa, más que empalmado ante la perspectiva de tener a Samuel bombeándole como en los viejos tiempos. Se puso de rodillas en el sofá, frente al respaldo, y arqueó la espalda para sacar el culo provocando visualmente a su amante, algo que funcionó, a juzgar porque en pocos segundos tenía a Samuel lamiendo su ano con ansia mientras le masajeaba los testículos, no tardó en dilatarse y pronto dos dedos acompañaron a la lengua en su exploración del ojete de Víctor, que se abría cada vez más, a la vez que aumentaban sus gemidos de placer.

 - Fóllame, métemela tío, no puedo esperar más...

Samuel acomodó el capullo entre las nalgas de Víctor y, agarrándole de las caderas, le penetró de un golpe, sin miramientos, con rabia, lo que hizo que éste tuviera que agarrarse al respaldo del sofá para no perder el equilibrio, y, una vez apuntalado, apretó el ano y comenzó a moverse al ritmo de las embestidas salvajes de Samuel, que estaba fuera de sí, follándole como un loco, usándole como desahogo, únicamente centrado en su propio placer físico, aunque eso también proporcionase al receptor de su polla un placer que sin duda no esperaba encontrar cuando fue a su casa a animarle. Cuando Samuel se corrió, se separó de Víctor, que aún no había llegado al clímax, y se vistió, dándose la vuelta para evitar ver cómo su amigo se pajeaba para acabar, y una vez éste se hubo vestido, le pidió que se fuera, algo que Víctor hizo, sin preguntas ni malas caras, sin más expectativas ni deberse nada.

 

Y ya estaba, todo fácil, simple, sin problemas. Perfecto. Salvo por el hecho de que Samuel se sentía más vacío que nunca... después de todo, quizá lo difícil no estaba tan mal como Víctor quería creer.

 



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